miércoles, 20 de marzo de 2013

En veinte años, homosexuales

A finales de 2010, durante la celebración de una Misa por la Sagrada Familia, el Obispo de Córdoba pronunció una homilía en defensa y exaltación de la concepción cristiana de la familia que sería publicada el 2 de enero de 2011 en el número 265 de la revista Iglesia en Córdoba. En la casi totalidad de su texto se trata de una homilía más, en la línea habitual de la doctrina eclesiástica sobre "el pilar fundamental de nuestra vida y de nuestra convivencia" que no habría tenido mayor trascendencia si su eminencia no hubiera revelado a sus feligreses una sorprendente información que le había confiado días antes, en el Congreso Nacional sobre Familia y Vida celebrado a principios de ese mes en Zaragoza, ni más ni menos que el entonces presidente del Consejo Pontificio para la Familia, el cardenal Ennio Antonelli. Se trataba, sin duda, de un notición que tanto sobrecogió a Demetrio Fernández que no pudo callarlo: la Unesco estaba llevando a cabo un plan con el objetivo de que en veinte años la mitad de la población mundial fuera homosexual. El principal instrumento para lograr esa ambiciosa meta era la implantación de la perniciosa ideología de género, ya saben: esa corriente de pensamiento que, siguiendo a Simone de Beauvoir, sostiene que el sexo no es una cuestión biológica sino social y, por tanto, cada uno debería poder cambiarlo según se le antojara. No es casual que el apostolado de este prelado a partir de entonces se enfocara ardorosamente a denunciar y combatir las muestras que en nuestro país proliferan de dicha ideología, dolorosamente consciente del fin deliberado hacia el que apuntan.

Como era de esperar, la gran mayoría de los medios de comunicación de nuestra patria enseguida se hicieron eco de esa homilía, pero para chacotearse y repetir la cansina cantilena de siempre de lo carcas que son los obispos. Sin embargo, en evidente exhibición de las graves carencias de los periodistas que sufrimos, a ninguno se le ocurrió indagar sobre la veracidad de la acusación del obispo cordobés, nadie se dirigió a su eminencia Antonelli para que aclarara si, en efecto, habló al titular de la Mezquita del secreto plan de la Unesco. O, si a alguien se le ocurrió solicitar tal audiencia, el italiano se negó a concederla lo cual, de otra parte, es lo que cabe esperar de un miembro de la Curia, enseñado en la discreción que tan indispensable ha sido siempre en el maquiavélico actuar de la Iglesia. Sin duda, el experimentado Ennio se habrá aplicado más de un flagelo en castigo por haber confiado en el colega español, por haber creído que no era tan bruto como delataba su fisonomía. Por una vez Antonelli se alegró de que entre los medios de comunicación españoles prevaleciera el laicismo anticlerical y que las indiscretas revelaciones de Fernández no fueran tomadas en serio. Sin embargo, la prudencia aconsejaba desaparecer del primer plano vaticano, a fin de evitar alertar en exceso a los poderosos amigos. Antes, empero, debía salvaguardar la delicada estrategia todavía no del todo consolidada y, sobre todo, asegurar la protección de su más importante garganta profunda, un alto funcionario en las oficinas parisinas de la Unesco.

Pero las buenas intenciones de Antonelli se hicieron añicos a mediados de 2011, poco antes de la cita que había concertado con su particular topo, cuyo nombre, todavía hoy, conviene mantener en secreto. Tampoco me atrevo a decir las diabólicas medidas adoptadas por los conspiradores (y autorizadas personalmente por la directora general Irina Bokova, antigua miembro de la elite comunista búlgara) para asegurar el silencio definitivo del traidor; que cada uno se las imagine. Lo que sí puedo confirmar es que los conjurados de la Unesco conocían, antes incluso de la homilía del arzobispo de Córdoba, las filtraciones de su plan secreto. Menos se habría jactado Antonelli de contar con un espía en París si hubiera sabido que ellos, a su vez, contaban con algunos más en los palacios vaticanos, y no se trataba precisamente de personal subalterno. Ante la gravedad de la situación, Antonelli se vio obligado a exponer en todos sus detalles la magnitud del desastre al Papa. La detención de uno de los implicados, el mayordomo papal Paolo Gabriele, fue la reacción inmediata de la dirección eclesiástica, acusándole del robo de papeles confidenciales que desvelaban los trapos sucios de índole económica, el conocido Vatileaks. Pero ésa no era toda la verdad (sólo la que se veían obligados a revelar); en la estrategia que a la desesperada hubo de urdirse durante la primavera del año pasado, era necesario ocultar a los enemigos que la Iglesia conocía hasta qué punto habían minado sus estructuras directivas, ganar una tregua indispensable en esa soterrada guerra para reparar los daños sufridos. Antonelli dimitió en junio, alegando razones de edad (inverosímil excusa) y unos meses después (esto lo sabe todo el mundo) el propio Benedicto anunció su renuncia. Tal como estaba previsto, casi todos explicaron este inédito acto a que el anciano Papa se sentía incapaz de afrontar las reformas que exigía el escándalo del Vatileaks. Pero no, no era esa batalla la que temía, sino otra mucho más peligrosa y a la que había dedicado sus mayores esfuerzos doctrinales.

La reciente elección del Papa Francisco marca el cierre con éxito de la reestructuración vaticana de cara a la siguiente batalla contra el diabólico plan de la Unesco. Hacía falta un pastor de firmes y probadas convicciones sobre la función cristiana de la familia y acertadamente (como siempre) el Espíritu Santo hizo recaer la designación en el bonaerense. A estas alturas Bergoglio conoce ya en detalle las intenciones de los conspiradores parisinos (mis fuentes me aseguran que el propio Antonelli le puso en antecedentes durante las congregaciones cardenalicias previas) y está serenamente mentalizado para afrontar la ofensiva católica, de cuya suerte depende en no poca medida el futuro de nuestra especie. Cuando el pasado día 13 pidió a todos los reunidos en la plaza de San Pedro y a los cristianos televidentes que rezaran por él, muy pocos sabíamos cuánto ansiaba que esas oraciones inclinaran al Todopoderoso a concederle Su auxilio.

De más está decir que los papeles que pasó a Antonelli el funcionario de la Unesco hace ya tres años no han sido filtrados y se conservan a buen recaudo, sin que los intensos esfuerzos por recuperarlos de los conspiradores hayan tenido éxito hasta la fecha. Son, obviamente, un arma decisiva en esta trascendental guerra, pero han de usarse sólo a su debido tiempo, cuando haya garantías de que el golpe sea definitivo. Al leerlos, uno se asombra de la inmensa maldad e inteligencia de los artífices del Plan y, a la vez, comprende aterrado la calculada interrelación entre tantos hechos de los últimos años, inconexos en apariencia; con la precisión de un complejo mecanismo de relojería se han ido cubriendo las etapas previstas y lo que en un principio habría parecido impensable para los más ambiciosos conjurados en esta maquinación hoy es una realidad embrionaria. No puedo entrar en detalles pero no lo dudéis: si la Santa Iglesia no lo impide, en veinte años la mitad de nosotros seremos homosexuales. Hasta yo mismo, pese a la solidez de mis creencias, llego a veces a sorprenderme en actitud tolerante frente a las omnipresentes muestras de la antinatural aberración; e incluso, Dios me perdone, hasta complaciente.

   
Walk on the wild side - Lou Reed (Transformer, 1972)

domingo, 17 de marzo de 2013

Muerte desapercibida

Me entero por casualidad de que la pasada semana, el miércoles 6 de marzo, murió Alvin Lee; tenía 68 años. Para los de mi generación y hermanos mayores no hace falta decir quién fue, salvo que hayan pasado sus años de adolescencia y juventud sordos o ajenos al proceso durante el cual el rock se hizo adulto. Me refiero, claro, a lo que se dio en llamar la invasión británica, una numerosísima pléyade de chavales, niños de la posguerra, que redescubren el rythm & blues (en especial a los negros de Chicago y sus grabaciones de la Chess Records) y se desmelenan y electrifican. No acabaríamos si nos pusiéramos a hacer una lista de todos esos músicos y de los grupos que formaron, así como de los fantásticos temas que compusieron e interpretaron. Uno de ellos fue Alvin Lee, el guitarrista y líder del mítico Ten Years After.

Mi primer encuentro con los Ten Years After fue hacia el 74, cuando el grupo se acababa de disolver (es que no soy tan mayor), y no a través de ninguno de sus discos sino por el famosísimo concierto de Woodstock, aquellos tres días de paz y música de agosto del 69, culmen y en cierto modo acta de defunción del movimiento hippie. En ese festival tocaron I'm going home, tema del propio Lee, cuya frenética y excesiva guitarra me anonadaron desde la primera vez que lo escuché. Luego, durante los siguientes años, me fui poniendo al día con los viejos vinilos de la banda y también siguiendo los sucesivos trabajos de Alvin, al menos hasta finales de los ochenta (con motivo de su muerte descubro que publicó el año pasado un último CD, cuyo título, Still on the Road to Freedom alude a aquél que hizo con el rockero predicador Mylon LeFevre).

   
I'm going home - Ten Years After (Woodstock: Music from the Original Soundtrack and More, 1970)

La muerte de Alvin Lee sería una buena excusa para escribir sobre su música y la relación que con la misma he mantenido. Ciertamente, estos tres últimos días he aprovechado los ratos libres para revisar la docena de álbumes que tengo digitalizados (incluyendo los de Ten Years After) y corroborar que el tío era de los buenos y que me sigue gustando tanto como cuando era un crío que descubría y se apasionaba por el blues eléctrico. Pero, aunque me vienen algunos recuerdos pertinentes, no me voy a enrollar al respecto; hay en internet multitud de información sobre este hombre para quien tenga interés. El motivo de este post es dejar constancia de mi desconcierto ante la poca relevancia mediática que ha tenido la noticia de su fallecimiento. ¿Habrá tenido algo que ver que el día anterior había muerto Chávez?

He rebuscado bastante rato en internet y prácticamente nadie añade nada al comunicado de la familia a través de la página web del músico, que parece que es la única fuente primaria de la noticia. El texto, firmado por su hija (Jasmine), su pareja (Evi) y su ex-pareja (Suzanne), reza lo siguiente: "Con gran tristeza, tenemos que anunciar que Alvin falleció inesperadamente esta madrugada debido a complicaciones imprevistas tras un procedimiento quirúrgico de rutina. Hemos perdido a un maravilloso y muy amado padre y compañero. El mundo ha perdido a un músico de verdadera grandeza y talento". Unos días después, en la misma web se publicó una breve reseña biográfica en la que se amplía algo más la noticia: "Había ingresado en un hospital en España, donde vivía, para un procedimiento quirúrgico rutinario para su arritmia auricular, pero murió debido a complicaciones imprevistas". Por cierto, gracias a La Vanguardia me entero de que era en Estepona donde Alvin Lee residía desde hace algunos años. ¡Y yo sin saberlo! Menos mal que no soy excesivamente mitómano, que si no estaría tirándome de los pelos por no haberme dado un salto a la caza del autógrafo.

¿Procedimiento quirúrgico de rutina? Suena raro, la verdad. Si se trataba de una arritmia auricular, cabe suponer que la operación era para implantarle un marcapasos, que es una intervención normalmente ambulatoria con muy bajo nivel de riesgo y remotísimo de complicaciones tan graves que acaben en muerte. Por supuesto, no he encontrado ninguna explicación del hospital (ni siquiera sé cuál fue) que ante una muerte tan inesperada habrá de darla. ¿O acaso no era una intervención rutinaria? Reconozco que últimamente estoy algo suspicaz con las muertes misteriosas.

En todo caso, lo curioso es el poco eco que ha tenido la noticia. No era desde luego tan famoso (ni hortera) como Michael Jackson o Amy Winehouse, pero le corresponde un puesto más que prominente en la música popular del último medio siglo. La cobertura de la prensa nacional ha sido lamentable, y eso que vivía y murió en nuestro país. El País trae en su edición del día 6 un breve obituario firmado por el sempiterno Diego Manrique en el que aprovecha para hacer un breve repaso de la carrera del músico, pero se limita a citar la fuente "oficial". ABC y La Razón todavía son más breves y también citan la misma fuente. El Mundo y Público ni siquiera reseñan el suceso. La Vanguardia, ya lo he dicho, es el único que informa de que vivía en Estepona, aunque tampoco dice que allí muriera. En cuanto a los medios foráneos, en especial los anglosajones, más o menos lo mismo, con el añadido de declaraciones de sus múltiples compañeros de una vida larga y prolífica.

En fin, que muy rara tanta discreción, tanto pasar de puntillas por esta noticia triste. Probablemente se deba a la voluntad de su familia, no sé. Habrá que esperar que empiecen ahora los homenajes póstumos y, quizá, nos enteremos de algunos detalles de este irse tan silencioso de uno de los grandes guitarristas del rock. Que este post sea mi pequeño tributo e ínfima contribución para que esta muerte no quede tan injustamente desapercibida.

   
I'd love to change the world - Ten Years After (A Space in Time, 1971)

Este tema con el que cierro el post es probablemente el más popular del grupo y toda una declaración que es casi imposible no compartir: me encantaría cambiar el mundo. La letra expresa el desconcierto ante el estado del planeta en los principios de los setenta, desconcierto que imagino que Alvin no terminaría de erradicar. La música, de balada rock que enlaza con algunos otros temas míticos (alguno de los Zeppelin, por ejemplo), es hipnótica y en ella destaca brillantemente la lead guitar de Lee. Era bueno el tío. 

jueves, 14 de marzo de 2013

Historia etimológica de las explosiones

En tiempos de los romanos no había explosiones o al menos eso cabe deducir de que no tuvieran una palabra para nombrarlas. Como es sabido, las cosas no existen hasta que el hombre, rey del universo, las nombra, ejerciendo con dicho acto su función de creador vicario, delegada por los propios dioses. Ahora bien, una explosión es la liberación brusca de mucha energía con desprendimiento de calor, luz y gases, acompañada de gran estruendo y la rotura del recipiente que la contiene. Explosiones naturales son las erupciones volcánicas, y los romanos vivieron y documentaron la famosa del Vesubio en el año 79, de la cual dejó constancia Plinio el Joven en una conocida carta (recuerdo que era uno de los textos para traducir en cuarto de bachillerato) en homenaje a su tío que la palmó por acercarse demasiado. Curiosamente, pese a que este volcán napolitano adjetiva las erupciones explosivas, Plinio no emplea en su epístola ningún término que emparentemos etimológicamente con nuestra actual palabra castellana. Tampoco usa el verbo latino erumpere, del que deriva nuestro sustantivo erupción, probablemente porque aunque su significado –"precipitarse afuera"– fuera bastante apropiado para describir lo que hacía el Vesubio, lo reservaban para acciones de seres animados. Al fin y al cabo, las erupciones no eran cosa frecuente.

Mucho después, con nuestro idioma romance ya pasada la adolescencia, las tropas de Alfonso XI conocen en carne propia los efectos del primer explosivo elaborado por los humanos: los moros sitiados en Algeciras (1342-1344) responden a los bolaños de piedra lanzados por los trabucos cristianos con pellas de fierro disparadas con gran estruendo. La Crónica de Alfonso XI deja testimonio del estupor aterrorizado de los castellanos ante estas primeras armas de fuego: «Et otrosi muchas pellas de fierro que les lanzaban con truenos, de que los omes avían muy grand espanto, ca en cualquier miembro del ome que diese, levábalo á cércen, como si ge lo cortasen con cochiello: et quanto quiera poco que ome fuese ferido dellas, luego era muerto, et non avia cerugia nenguna que le podiese aprovechar: lo uno porque venia ardiendo como fuego, et lo otro porque los polvos con que la lanzaban eran de tal natura, que quálquier llaga que ficiesen, luego era el omé muerto; et venia tan recia, que pasaba a un ome con todas sus armas». A partir de ahí, la pólvora se convirtió en el explosivo por excelencia, si no el único, hasta bien avanzado el siglo XIX, tanto como propulsor de las balas de las nuevas armas de fuego como, en el ámbito civil, para el aprovechamiento de los recursos mineros. Es decir, que los castellanohablantes tuvieron nada menos que medio milenio para oír y ver explosiones.

Sin embargo la palabra explosión no es recogida en el primer diccionario de la Real Academia, de 1780. Piénsese que cuando esa obra se publicó, la Academia tenía ya la friolera de 67 años de existencia; es decir, que tiempo habían tenido para revisar el corpus lexicográfico del español del siglo XVIII y, por tanto, la ausencia de nuestra palabra me hace sospechar que, aunque se empleara, no estaba lo suficientemente asentada en el idioma para que aquellas primeras generaciones de académicos la juzgaran digna del primer diccionario. Pero solo once años después, en la tercera edición, se admite el sustantivo. La edición más antigua que he podido consultar (disponible en internet) es la de 1817 (la quinta) y no creo que sea demasiado aventurado suponer que la definición que en ella aparece sea parecida a la original de un cuarto de siglo antes. Así, explosión para los académicos de principios del XIX es "la acción con que el aire comprimido o algún cuerpo inflamado rompe violentamente y con estruendo al que lo contiene". Con ligeras variaciones, más o menos el mismo significado que se mantiene dos siglos después, pero con una nota diferencial importante y es que en el diccionario de principios del XIX se señala que se trata de una voz proveniente de la física.

De otra parte, en el interesantísimo Corpus del Nuevo Diccionario Histórico del Español que mantiene la RAE, la primera referencia documentada al vocablo explosión aparece en una carta de José Celestino Mutis, el célebre botánico del XVIII. Se me ocurre, por tanto, que es probable que el término surgiera vinculado al feraz florecimiento de las ciencias naturales de la mano de la Ilustración, limitado su uso al principio a aquellos primeros científicos de curiosidad omnívora. Mutis habla de una explosión florística, pocos años después Carlos Andrés se refiere a explosiones eléctricas, Jovellanos, en 1806, alude a la eventual explosión de un polvorín, enseguida la palabra se aplica a los volcanes y ya muy avanzado el siglo XIX se documenta el uso del término para las violentas expresiones humanas (explosión de risas, de vivas y palmadas, de gritos, silbidos, injurias y elogios, de cólera). Advertido por Corominas, consulto en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes una obrita de Capmany con el atrayente título "Filosofía de la elocuencia" (1776) que parece probar el origen del término restringido a los lenguajes técnicos, si bien para entonces algunos ya empezaban a emplearlo para expresar manifestaciones de estados de ánimo, en vez del más usual desahogo. Parece pues que la castellanización del original latino (explosio, onis) no se habría producido en la península, sino que habría sido adoptada por nuestros primeros ilustrados directamente del francés. Si así ocurrió, no deja de ser curioso que la traslación semántica del vocablo romano haya seguido el camino inverso al que, creo, es el habitual; me refiero a que normalmente una palabra referida a hechos naturales amplía su significado para describir acciones o estados del hombre y sin embargo en este caso habría sido al revés. Así, quienes necesitaron nombrar los fenómenos explosivos optaron por el que describe en latín la acción de expulsar ruidosamente, mediante pataleos y abucheos, a personas o animales (explodere deriva de plaudere, aplaudir). Asumida la palabra en nuestra lengua para las erupciones volcánicas, estallidos artilleros, voladuras mineras y análogos actos físicos a través de estos azarosos vericuetos, pasaría luego, con no pocas resistencias de los puristas, a describir expresiones violentas del espíritu humano.

Así las cosas, algunos años después de que comience a emplearse en nuestra lengua la palabra explosión, aparece, también tomada del francés, el verbo explotar, pero sin que guarde ninguna relación ni etimológica ni semántica. Proviene en este caso del latino explicare (desplegar, desenredar, desarrollar) que en todos los romances derivó al natural sentido de explicar pero que, al menos en francés, además se bifurcó para formar exploiter, con el significado de "sacar provecho de algo o de alguien". Sería cuestión de averiguar si este verbo se consolidó en francés por evolución natural del latín (por ejemplo, si aparece en textos de la Alta Edad Media), pero lo que no tiene dudas es que ya en el XVII estaba más que asentado y casi podía considerarse una palabra de moda, en especial durante la prevalencia del mercantilismo como mantra económico y la obsesión políticamente correcta de explotar intensivamente los recursos. La revolución industrial pondría de manifiesto que también los seres humanos eran recursos y por tanto susceptibles de ser explotados, lo que poco a poco iría creando la desagradable acepción de "utilizar en provecho propio, por lo general de un modo abusivo, las cualidades o sentimientos de una persona". La cosa quedó consagrada con Marx, quien estableció la explotación del trabajador como una de las condiciones intrínsecas del capitalismo; digamos de paso que la palabra alemana que aparece en Das Kapital es exploitation, la misma etimología latina y probablemente también un galicismo para los tedescos.

Como ocurre siempre que aparecen nuevas palabras (y más si provienen de idiomas foráneos) no pocas voces se alzaron contra este verbo, argumentando que bastantes vocablos teníamos ya en castellano para expresar esta idea (aprovechar, beneficiarse, sacar partido, etc). En su Diccionario de galicismos (1840), el venezolano Rafael María Balart desaconseja su uso y propone para ciertos sentidos el vocablo socaliñar, muy expresivo, es verdad, pero que hoy ha caído en el más desolador abandono. Naturalmente, ningún efecto tuvieron tales quejas en evitar el arraigo del galicismo que, por ejemplo, es usado por Larra en 1836 (primera cita cronológica documentada en el Corpus). Desde luego, el sustantivo que corresponde a la "acción y efecto" de explotar, que empezó a popularizarse en nuestro idioma simultáneamente, es explotación. En la undécima edición del Diccionario (1869) la Academia admite verbo y adjetivo, indicio casi probatorio de que para esas fechas ambos términos estaban más que enraizados entre nuestros abuelos.

Mientras tanto, las explosiones seguían y a punto estaban de ser más potentes con la invención de la dinamita. Pienso que, a falta de un verbo del mismo lexema, lo que hacían los artilleros o los mineros se diría estallar, vocablo que habita el castellano desde su infancia y que deriva de astilla. De hecho, encuentro ejemplos de esta acepción en citas del XVII, asociadas a tormentas estruendosas y a movimientos sociales ("estalló la revolución"). Pero es más que probable que los profesionales de los explosivos no se sintieran muy a gusto provocando estallidos y, con absoluta lógica lingüística, crearon un nuevo verbo a partir del sustantivo específico disponible: explosionar. Sin embargo, aunque estoy bastante convencido de que este término debía emplearse al menos desde el último tercio del XIX, no parece que tuviera apenas arraigo en habla popular. Bien es verdad que era fea palabra, y que además no resultaba muy necesaria. Al fin y al cabo, con el hacer explotar se resolvían bien la mayoría de las frases.

Sin embargo, probablemente también hacia las últimas décadas del XIX, empezó a calar la acepción del ya arraigado explotar como "hacer explosión". Si los puristas se habían escandalizado años antes por la admisión del galicismo, imagínense su indignación ante esta abusiva ampliación semántica. Se trataba, en efecto, de un barbarismo en toda regla que, con motivos más que fundados, fue repetidamente denunciado por lo menos hasta los años cuarenta del siglo pasado. He encontrado hasta cinco muestras de estas protestas, todas de eruditos de principios del XX preocupados por la corrección de nuestra lengua. La primera procede de un lexicógrafo célebre, Miguel de Toro y Gisbert, un granadino trasladado muy joven a París y que en 1912 publicó el diccionario Larousse, con vistas, según sus propias palabras, a enriquecer el de la Academia. En dicha obra, registra en la entrada explotar, como barbarismo, la acepción de "hacer explosión", que ejemplifica con "la dinamita explota facilmente". La segunda crítica proviene del cervantista asturiano Emilio Cotarelo, activo académico fundador del Boletín de la RAE que todavía hoy sigue publicándose. En 1916, justamente en dicho Boletín, ya desaprueba la cada vez más frecuente y bárbara acepción de explotar. Gustavo Lemos, el más reconocido filólogo ecuatoriano, reconoce en su Barbarismos fonéticos del Ecuador de 1922 que se usa en ese país en el sentido equivalente al substantivo explosión. En 1928, para presentarlo a la exposición iberoamericana de Sevilla (la de 1929, de tanta importancia para la capital andaluza), José Toribio Medina, uno de los más notables historiógrafos americanos, publica el ensayo Chilenismos: apuntes lexicográficos. Allí recoge el significado de explotar como "estallar, reventar, hacer explosión", pero advirtiendo que se trata de una incorrección. Finalmente, me topo con la misma posición en otro hispanoamericano, el guatemalteco Lisandro Sandoval, un ingeniero militar metido a gramático que escribe una Semántica guatemalense en la ya tardía fecha de 1941, donde todavía sigue sosteniendo que "la bomba explotó" es proposición incorrecta y debe substituirse por "la bomba estalló, reventó, restalló".

Pero nada pueden los "defensores" del lenguaje contra los embates de los bárbaros y la Academia hubo de rendirse en 1970 e incluir en el suplemento a la decimonovena edición de su diccionario este significado, si bien no como una cuarta acepción de las ya reconocidas, sino en entrada independiente, y así se mantiene hasta la fecha. Estaría bien que alguien con mayores conocimientos de lexicografía me aclarara qué significa esta separación; se me ocurre interpretarla como que los académicos, aceptándola a regañadientes, quisieron dejar constancia que, pese a su identidad morfológica, se trata de una palabra distinta a la previamente existente. Sin duda pasaron un mal trago aquellos señores (pero es que para ocupar uno de esos sillones hay que acostumbrarse a ello) y quizá lo compensaron introduciendo en la edición principal de ese año el verbo explosionar al que, además, remiten el significado de explotar. Es decir (y todavía hasta hoy), explotar significa explosionar y explosionar, hacer explosión. Nos informa María Moliner en su estupendo Diccionario de uso del español que cuando se discutía sobre la admisión de explotar distintas personas se dirigieron a la Academia para comunicarle que el verbo explosionar tenía ya un uso consagrado en ciertas técnicas (artillería, minería y otras disciplinas afines). No sirvieron estas cartas para impedir la entrada de explotar aunque sí contribuirían a dejar constancia de su origen bastardo.

Desde antes del 70, fecha del bautismo legitimador, yo ya hablaba con aceptable corrección el castellano e incluso disfrutaba redactando cuentitos y narraciones varias. Estoy seguro de que alguna vez habré escrito (y más pronunciado) la palabra explotar en el sentido de estallar, completamente ignorante de que contribuía a consolidar un barbarismo. Ciertamente, en el español que aprendí de niño, aunque no estuviera aceptada por la RAE, explotar estaba ya más que arraigada. Buscando en el Corpus del Nuevo Diccionario Histórico del Español compruebo que esta acepción empieza a emplearse a partir de los años cuarenta. Alejandro Casona escribe "el día que explotó el grisú en la mina" en La dama del alba (1944); Arturo Barea, en el tercer tomo de La forja de un rebelde (1944) dice que "...aún escuchaban explotar las bombas y retemblar la tierra profunda que rodeaba el cemento". Barrunto que el impulso semántico de la palabra hasta alcanzar su preponderancia pudo deberse a las impresiones de la segunda guerra y, especialmente, al estupor de las explosiones atómicas. Tengo un libro bastante estropeado proveniente de la biblioteca de mi padre, La energía nuclear que escribió un jesuita astrónomo en 1954, el padre Ignacio Puig, quien creo que fue uno de los más famosos divulgadores de la época; pues bien, el buen señor nos informa que "algunos explosivos, llamados detonadores, al explotar producen vibraciones atómicas". Levantada la veda, ya casi todo empezó a explotar y poco a poco dejó de estallar, reventar o cualquier otro sinónimo. De ahí a que nos convenzamos, con buena lógica, de que explosión es la acción de explotar, aunque para ello hayamos de admitir que hay otro explotar cuya acción se expresa mediante la palabra explotación.

Naturalmente, la apoteosis de explotar con la consiguiente apropiación del sustantivo que la precedió como derivado, genera el desprecio inmisericorde de explosionar que, ciertamente, nos parece una fea palabra. Pero imaginemos por un momento que nunca se hubiera producido la inverosímil pirueta semántica de atribuir a un vocablo un significado que nada tenía que ver con el propio y que, por tanto, explotar no equivaliese a hacer explosión; entonces, si alguien dijera "ha explotado una bomba" nos parecería una barrabasada análoga a "fue sorprendido en fragante delito". Por la misma razón, en tal caso quizá tampoco nos sonara tan mal explosionar, de modo análogo a como no lo hace fusionar. Pero, a estas alturas, las vicisitudes etimológicas ya no importan nada, meras curiosidades evanescentes.

   
Palabras como cuerpos - Joaquín Sabina (Inventario, 1978)

miércoles, 13 de marzo de 2013

Habemus Papam

Pues me he tragado en directo la fumata blanca, la hora de espera y el show de la loggia, incluyendo la indulgencia plenaria que, creo, es la primera vez en mi vida que la recibo (me considero, sin falsa modestia, un hombre de buena voluntad). Sorpresa absoluta: no ha sido el arzobispo de Milán, ni el brasileño de Sao Paulo ni el canadiense francófono; supongo que con el tiempo se irán conociendo los azarosos vericuetos de las votaciones, las intrigas y cálculos de los cardenales electores y las demás circunstancias de que se ha valido el Espíritu Santo para designar al nuevo sucesor de Pedro.

En fin, se trata de un argentino hijo de italianos, nacido en Buenos Aires en diciembre del 36, así que tiene ya 76 años, no precisamente joven como apostaban muchos de los expertos vaticanistas. Además es jesuita y, para mi asombro, el primero de la orden de Iñigo de Loyola, que ahora ya tienen, además del negro, Papa blanco. También es el primer sumo pontífice hispanoamericano, que ya era hora, máxime cuando allí habita el cuarenta y pico por ciento de los católicos. Será agradable oír la voz del Papa en nuestro idioma sin los ásperos acentos polacos y alemanes.

Se llamará Francisco y será también el primero con ese nombre. Sabido es que la elección del nombre encierra una declaración de intenciones, que en este caso hay que buscar en la advocación al santo correspondiente. Pero ¿cuál? ¿il poverello d'Assisi o el misionero navarro? Su pertenencia a los jesuitas hace pensar que alude al de Xavier, hombre enérgico, de intensa acción evangelizadora bajo el espíritu intolerante de la Contrarreforma. Pero quizá haya pensado en el santo de la Umbría, uno de mis favoritos y muy querido por los italianos, quien tanto incomodó al Papado en vida y mucho más cuando ya muerto su ejemplo dio origen a varias herejías. Más requiere la Iglesia, en mi opinión, al de Asís que al de Javier, aunque dificílmente sobreviviría el primero en el Vaticano. Mientras escribo, con la tele de fondo, escucho algunos comentaristas que dan por sentado que el nombre del nuevo Papa es en homenaje al santo italiano; habrá que esperar que él mismo lo confirme. Cabe también que haya querido conjugar las dos figuras, si bien son tan distintas que parece difícil.

Lo cierto es que me ha gustado durante los breves minutos en que se ha mostrado en el balcón de la plaza de San Pedro. Ha hablado con dulzura y sencillez, sin asomo de arrogancia ni acartonamiento. Vaya usted a saber qué tanto de esa imagen será fingimiento aprendido durante los ya muchos años de ser una figura pública, pero a mí al menos me ha convencido. Incluso me ha traído el recuerdo del bondadoso y bienintencionado Albino Luciani, quien en su brevísimo pontificado se hizo popular por su calidez y capacidad comunicativa. El tono y contenido de las palabras del nuevo Papa han sido también ejemplo de cercanía. Confiemos que esas cualidades no le deparen el mismo destino que a Juan Pablo I.

Imagino que esta breve aparición ante los fieles de su diócesis (es lo que se dice, ya que es obispo de Roma, pero la verdad es que apuesto a que la mayoría de quienes integraban esa multitud no eran romanos) habrá encendido ilusiones entre tantos católicos que creen que la Iglesia debe ser reformada en profundidad. Yo, pese a mi buena impresión inicial, soy más cauto y hasta algo escéptico. En todo caso, nada sé de este hombre salvo las notas superficiales que he consultado sobre la marcha y que, la verdad, tampoco es que me den base para el entusiasmo. Calló durante la dictadura argentina y parece que es bastante conservador en cuanto a la doctrina (en especial en relación con temas polémicos como el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, etc). Pero, de otra parte, se le atribuye una gran preocupación por la justicia social y una probada humildad (por ejemplo, los rumores sobre el cónclave anterior dicen que podría haber sido elegido entonces si no fuera porque él mismo, visiblemente emocionado, pidió a los cardenales que no lo votaran).

Por cierto, este nuevo Papa hace el ordinal 112 en la relación del Lignum vitae, las famosas y apócrifas profecías de San Malaquías y, por tanto, debería haberse llamado Pedro (el Romano), que habrá de ser quien en la última persecución de la Santa Iglesia hará pacer a sus ovejas entre muchas tribulaciones, tras las cuales la ciudad de las siete colinas será derruida y el juez tremendo juzgará al pueblo. O sea, el último Papa antes del Fin.

sábado, 9 de marzo de 2013

Posicionándome

a Vanbrugh, que (temo) será el único que se lea este tostonazo

En la entrada precedente empleé la fea palabra posicionarse, lo que me mereció un Tu quoque recriminatorio de Lansky. Admití enseguida que ese verbo me disgustaba y me justifiqué alegando que era la palabra que con más precisión expresa lo que quería decir. Naturalmente, esa excusa, como cualquiera, no era toda la verdad. Sí es cierto que escribí posicionarse porque su significado califica con bastante exactitud lo que en mi (poco fundada) opinión llevaba un tiempo haciendo el vicepresidente venezolano, pero también lo es que no me paré a pensar expresiones alternativas que eludieran el palabro. Es más, ni siquiera me había dado cuenta de que se me había colado hasta que Lansky me lo hizo notar, lo cual es síntoma significativo de que, siquiera subsconcientemente, ya estoy "abdicando" (como diría Vanbrugh) no sé si de sólidos principios lingüísticos pero sí al menos de unos criterios estéticos que mucho tienen que ver con el aprecio y respeto por nuestro idioma.

Añadí también en mi pobre comentario exculpatorio que la palabreja constaba en el diccionario de la RAE, lo que quizá fue el detonante para que Vanbrugh me asaeteara inclemente para dejar claro que la admisión de un término por los académicos no es motivo para darlo por válido cuando no lo es. Conste que no justifiqué, porque no lo pienso, la pertinencia de posicionarse sólo por constar en nuestro diccionario de referencia. De hecho, fue una alusión incidental precedida de un aunque que no pretendía insinuar la legitimidad del término pese a su fealdad sino justamente que la Academia admite palabras que no me gustan. Y a mi modo de ver, en los últimos años lo viene haciendo en demasía, sembrándome la duda de si tan respetables señores han relajado en exceso sus criterios o soy yo quien con la edad estoy sufriendo algún proceso de esclerosis estética en relación al lenguaje.

En todo caso, comparto con Vanbrugh que la inclusión de una palabra en el diccionario no es razón suficiente para que un "hablante medianamente culto" la emplee. Si así fuera, se trataría de un argumento de autoridad, a los que se recurre cuando no se tienen ganas o capacidad para sustentar las correspondientes tesis. Ahora bien, no es posible evitar los argumentos de autoridad, por la sencilla razón de que no tenemos ni tiempo ni medios para basar todas nuestras premisas en razonamientos propios; en un escenario caricaturesco, ello equivaldría a que cada ser humano se construyera autónomamente todo su sistema de creencias y conocimientos. De hecho, cuando damos por sentado cualquier enunciado estamos asumiendo argumentos de autoridad que ni siquiera nos hacemos explícitos; sólo los cuestionamos cuando algo nos "chirría". Tal es el caso de posicionarse, que, comprobada su bendición académica, provoca en Vanbrugh el cuestionamiento de la presunta autoridad de los señores académicos.

Y es que, obviamente, la solidez de los argumentos de autoridad descansan en la confianza en la competencia de la persona (o institución) que los emite. Pero ya se sabe que la confianza es difícil de conseguir y muy fácil de perder, así que basta que quien tomábamos por autoridad válida en alguna materia nos revele alguna inconsistencia de su razonamiento para que se nos agriete la confianza en su juicio e incluso tendamos a generalizar la descalificación, con frecuencia injustamente. Algo así podría deducirse de la primera frase del comentario de Vanbrugh, la cual da pie a interpretar (de modo abusivo) que para él los académicos han perdido toda autoridad justamente por las abundantes muestras de comportamiento complaciente y poco riguroso. Yo, más tibio que nuestro amigo (y con mayor riesgo de ser vomitado), aún reconociendo que no me gustan muchas de las recientes decisiones de la RAE por parecidos motivos de coherencia, no he llegado todavía a desposeer a esos señores de autoridad en mi argumentario personal.

Ya lo dice Grillo en uno de sus comentarios: cuando un palabro popular tiene éxito, los académicos, tan serios ellos, tienen que tragar y aceptarlo. Y, en efecto, tal es la postura que defienden los propios académicos acerca de su función. De alguna manera, el diccionario vendría a ser un registro del idioma en ese momento histórico; en realidad, con un cierto atraso, porque se supone que ha de pasar algo de tiempo (cada vez menos, por lo que se ve) para que una palabra "nueva" pueda considerarse consolidada en el hablar. Aceptando que tal es la función del DRAE, resulta difícil negar que posicionarse (o posicionar) es una palabra más que consolidada en el español actual y, por tanto, bien habrían hecho los académicos al incluirla en el diccionario. Aún así, parece que estamos de acuerdo en que no nos gusta.

Pero, ¿por qué no nos gusta? Nuestros gustos no son caprichosos (o no siempre) sino consecuencia de algunas lógicas subyacentes que las más de las veces no nos molestamos en inquirir. Con su comentario Vanbrugh me ha obligado a hacerlo. Se me ocurrió, en una primera hipótesis, que lo que nos chirría es aquello que va contra las reglas internas del lenguaje, ésas que al empezar a hablar hacen suyas los niños y les llevan, por ejemplo, a conjugar erróneamente los verbos irregulares. Sin embargo, muchas irregularidades se explican por motivos fonéticos; es decir, que la forma regular fue sustituida precisamente porque no gustaba a los hablantes cómo sonaba. Claro que a estas alturas de consolidación de nuestro idioma viene a ser muy difícil discernir si la presunta cacofonía de la forma regular fosilizada estaba en el origen (de hecho, la mayoría de las irregularidades proceden del latín) o simplemente es que nos hemos acostumbrado a la palabra correcta. ¿A los primeros hablantes les disgustaba decir "la gallina ha ponido un huevo" y optaron por inventar un participio irregular? Pero entonces, ¿por qué no decimos "Maripuri ha tiesto un niño"? Cuando se curiosea en asuntos de gramática histórica, si bien se aprecian ciertas reglas que se repiten (muchas vinculadas a eufonías/cacofonías), su aplicación o no en los procesos evolutivos de cada término parece haber sido decidida por el azar.

   
Consejos para padres / La gallina dijo Eureka - Les Luthiers (Les Luthiers hacen muchas gracias de nada, 1980)

El comentario de Vanbrugh parece sugerir que el gusto personal en materia lingüística derivaría de los criterios "generales" que cada uno, conscientemente o no, se ha ido formando. Me parece una explicación brillante pero no me basta para suprimir completamente mis reservas de escepticismo; es decir, sigo dudando de que nuestro aprecio o rechazo por una palabra sea consecuencia de nuestros criterios propios, por más que estén fundados en "principios sólidos" o, por el contrario, construimos esos criterios para argumentar a posteriori lo que nos gusta o, sobre todo, lo que rechazamos. Probablemente (de nuevo mi vomitiva tibieza) tienda a inclinarme por una posición intermedia y ambigua: gustos y racionalizaciones de éste se van influyendo en los conocidos procesos circulares de feed-back, una rueda en movimiento continuo. Y puestos a cuantificar, tiendo a pensar que pesa más el sentido que va desde el gusto a los "principios" que el inverso. Al fin y al cabo, es lo que nos pasa con nuestros personales constructos ideológicos, que solemos argumentar en términos de sistema de valores el que justamente refuerza (y auto-legitima) nuestras emociones.

En el caso que nos ocupa, el principio que enuncia Vanbrugh, y que explicaría por qué posicionarse nos parece una palabra fea, es el siguiente: ningún sustantivo que provenga de un verbo debería poder dar lugar a un nuevo verbo. De esta regla deduce que, si se necesita un nuevo verbo relacionado con la palabra posición, hay que retroceder hacia poner (el verbo de la cual deriva) y no adelantar hacia una aberración como posicionar. El problema es que Vanbrugh no nos explica cómo derivamos del verbo poner otro verbo (no un sustantivo) que acote el campo semántico al más preciso significado del desagradable palabro. De hecho, ahí está el meollo del asunto, creo yo. Poner es uno de esos verbos primigenios de amplísimo significado (44 acepciones en el DRAE). Posición deriva de dicho verbo mediante el sufijo -ción, que es la forma habitual en castellano para construir los sustantivos que expresan la acción y/o el efecto del verbo correspondiente; así que nada extraño en este primer paso, salvo la irregularidad del lexema que, de no haber sido así, nos habría dado ponición. El DRAE, en efecto, señala que posición significa (segunda acepción) "acción de poner"; nótese, como curiosidad, que en este caso no es también, como suele ser habitual, el "efecto de poner" que, en castellano, se expresa con la palabra puesta. Sin embargo, ya casi nadie usa posición para expresar la acción de poner. Nótese por ejemplo que las frases "imitó a Rajoy" e "hizo una imitación de Rajoy" nos resultan intercambiables sin ningún esfuerzo, y en cambio "la gallina hizo la posición de un huevo" se nos presenta poco menos que incomprensible.

La primera acepción de posición según el DRAE es "el modo en que algo está puesto", que viene a ser sinónimo del vocablo postura. Me parece a mí, sin embargo, que esta acepción de posición es más amplia que la equivalente de postura, que yo al menos suelo usar referida a personas o, en todo caso, seres animados. En todo caso, si quisiéramos disponer de un verbo que acotara el significado genérico de poner al más específico de poner algo en una determinada posición, ¿cómo haríamos? La "regla" de Vanbrugh sería, entiendo, derivar el nuevo verbo de poner y, encontrado éste, sustantivizarlo. Creo que los mecanismos "normales" para generar estos verbos derivados son mediante el añadido al lexema del original de un prefijo con valor significante o de otra lexema diferente, en su mayoría adverbial. De hecho, hay no pocos verbos derivados de poner mediante prefijos: aponer, anteponer, componer, deponer, exponer, imponer, interponer, oponer, posponer, preponer (equivalente a anteponer), proponer, reponer, superponer, suponer, transponer (o trasponer), yuxtaponer y seguro que alguno más. He de hacer notar que la mayoría de estas derivaciones nos han llegado directamente del latín; es decir, que ya habían sido generadas por los romanos, lo que me hace pensar que no es un recurso usual para construir neologismos. Quizá (no lo tengo nada claro) sea más frecuente crear nuevos verbos combinando lexemas diferentes y se me ocurren a bote pronto maltratar, menospreciar y alguno más, pero ninguno para poner. En todo caso, estos mecanismos "canónicos" parecen tener bastantes limitaciones si lo que se pretende es crear un verbo derivado del original acotado a una de sus acepciones específicas (salvo que ésta encaje en el valor significante de alguno de los prefijos disponibles). A la espera de que Vanbrugh me lo sugiera, a mí no se me ocurre ninguna derivación de poner que nos dé un verbo cuyo significado sea el mismo que ha adquirido posicionar.

Con el "retroceso" que Vanbrugh propone puede también estar diciendo que una vez situados en el verbo original busquemos palabras que, con lexemas distintos, expresen con mayor precisión el significado que nos interesa. En el caso de poner, disponemos de dos verbos nada cacofónicos que, en principio, parecen plenamente idóneos para el fin pretendido: colocar(se) y situar(se). Los significados de ambos son prácticamente idénticos: poner a alguien o algo en un sitio (lugar, puesto, posición) preciso, con la diferencia de que colocar pareciera incorporar el matiz de que el sitio donde algo se coloca es el debido, el que le corresponde. Posicionar es, según el DRAE, "tomar posición", pero posición significa, al menos en la acepción de la cual deriva el feo verbo, el sitio o lugar, sea físico o inmaterial (por ejemplo, posición social). Luego, tomar posición vendría a ser equivalente a situar(se) o colocar(se). Así pues, ¿procede emplear los verbos colocar o situar en vez de posicionar? En principio, yo diría que sí. Si en la frase que escribí en el anterior post reemplazo el posicionarse por cualquiera de estos dos verbos sinónimos parece que no se altera lo que pretendía decir: "Maduro lleva ya tiempo maniobrando para situarse/colocarse en el futuro panorama político venezolano". Añado que, además de los citados, probablemente podrán encontrarse más verbos equivalentes en nuestro idioma; apunto a modo de ejemplo instalar y ubicar (éste poco empleado en España).

Ciertamente hay una ligerísima diferencia semántica entre ambas frases asociada al plano connotativo y que, me parece, es justamente la que da origen al término posicionar. Intuyo que posicionar tiene su génesis en el mundo del comercio, originado como tecnicismo para referirse a la actividad de colocar un producto en la percepción de los potenciales consumidores (y que esa percepción, claro está, sea positiva). Así, los publicistas habrían recurrido a una de las acepciones de posición que significa no sólo un lugar, sino un sitio específico en un marco de referencia ordenado. Cuando preguntamos en qué posición ha quedado un atleta, por ejemplo, va implícito que la respuesta es un número ordinal; pero si ese atleta no ha participado en la carrera, simplemente no está en ninguna posición. Por tanto, cuando los del departamento de marketing (aunque todavía no se llamara así) de una empresa querían que su nuevo producto pasara a ser considerado por la clientela, dirían que había que posicionarlo y, por supuesto, posicionarlo lo mejor posible. Como el posicionamiento de una marca no es otra cosa que la valoración perceptual que de la misma tienen los consumidores, barrunto que la traslación del tecnicismo al lenguaje común sucedería apoyándose en ese tinte subjetivo del nuevo verbo. Posicionar algo (o posicionarse alguien) vendría a diferenciarse de situar, ubicar, colocar o instalar en que llevaría implícito que el sitio en que se pone el algo o el alguien es un "lugar" en un sistema referencial ordenado y, además, goza de una valoración positiva. De ahí que posicionarse venga a incluir el conjunto de actos que uno realiza para instalarse en ese puesto dentro del sistema jerárquico. Nada habría impedido, desde luego, que para expresar estos matices se hubiera seguido usando cualquiera de los verbos ya citados, mejor arraigados en nuestro lenguaje, pero el éxito (supongo) del neologismo iría desprendiendo a aquéllos de esa acepción específica apropiándose de la misma con pretensiones de exclusividad. Fíjense, si no, qué bien entendemos lo que alguien quiere expresar cuando dice, por ejemplo, "ése está posicionándose de cara a las elecciones" y cómo el significado queda más ambiguo en la frase "ése está situándose de cara a las elecciones".

La pregunta a estas alturas es si debemos o no usar palabrejas como ésta. Mi posición (o posicionamiento) al respecto es que sí cuando el matiz diferencial semántico del palabro no puede conseguirse con otros términos más arraigados (y, consecuentemente, más agradables a nuestra sensibilidad lingüística). Claro que la valoración de si se puede o no conseguir no ha de hacerse desde nuestro punto de vista sino desde el del oyente. La aclaración me parece importante en especial para quienes podamos tender a pontificar sobre lo que deben entender los demás, despreciando lo que realmente entienden. Para mojarme con el caso concreto, creo que, como ya he dicho, podría haber escrito la misma frase con prácticamente idéntico significado si en vez de posicionar hubiera puesto cualquiera de los verbos ya citados. El mínimo matiz diferencial que eventualmente aporta el verbo posicionar no justifica a mi juicio emplearlo, contribuyendo de ese modo al afeamiento de nuestro idioma. Por tanto, confieso arrepentido mi pecado en el post precedente (si no lo corrijo es porque en tal caso dejaría de entenderse éste). Ahora bien, si la evolución en el uso del lenguaje hubiera llegado a un estado en el que el significado específico que porta el verbo posicionar no pudiera expresarse con suficiente precisión mediante otro verbo, entonces me parece que lo correcto sería emplearlo. No hemos alcazado ese punto, creo, pero me da que poco nos falta; de hecho, como ya he comentado, la inclusión del palabro en el DRAE es un síntoma no del poco caso que hay que hacerle sino, por el contrario, de que ha adquirido ya, en opinión de los académicos, un grado de consolidación notable.

Ahora bien, quiero volver sobre el criterio que propone Vanbrugh: "ningún sustantivo que provenga de un verbo debería poder dar lugar a un nuevo verbo", porque me ha hecho pasar un rato de entretenida reflexión. No sé de dónde ha deducido esa regla pero lo cierto es que resulta sugerente aunque tal vez un poco esotérica. Me pregunto si la máxima inversa también podría servir como guía para neologizar: "ningún verbo que provenga de un sustantivo debería dar lugar a un nuevo sustantivo". En todo caso, a bote pronto y quizá por que tengo el ánimo algo fúnebre, me viene a la mente que el sustantivo muerte (mors, mortis) que deriva del verbo morir (morire) da lugar a palabras tan asentadas y eufónicas como amortajar, amortiguar, amortizar y la preciosa pero en desuso amortecerse. Apuesto a que Vanbrugh no las descalifica, probablemente porque las ha hecho propias, pertenecientes a "su" lengua, un ámbito en el que posicionar tiene de momento vedado el ingreso.

Dice Vanbrugh que admitir estas derivadas significa dar paso libre a nuevas derivaciones en una espiral sin fin que se le antoja nauseabunda. Yo diría que exagera, que el propio idioma se ocupa de limitar los excesos, aunque sólo sea porque la brevedad silábica es uno de los genes dominantes en la evolución lingüística. Me da la impresión de que este proceso de segunda derivada al que responde posicionar requiere, para consolidarse, que la conveniencia o necesidad del nuevo significado sea suficientemente fuerte para vencer la resistencia del aumento de la complejidad fonética que trae consigo el nuevo palabro. De hecho, para desgracia de Vanbrugh, el siguiente paso ya ha sido dado (y también recogido en el DRAE) y así contamos con la todavía más espantosa posicionamiento. ¿Cabe esperar que por haber infringido el criterio que Vanbrugh nos aporta ha de venir a continuación una horripilante posicionamentar. Eso implicaría que se necesita precisar el campo semántico de posicionar de la misma manera que posicionar acotaba el de poner y, francamente, no veo cómo.

Mientras estoy escribiendo me viene otro contraejemplo a la regla vanbrughiana, que me parece mejor que el de morir. Se trata del verbo estar, de los más fundamentales en nuestra lengua. Pues bien, de estar derivan bastantes sustantivos (o adjetivos): estable, establo y estación, por ejemplo, y cada uno de ellos da lugar, en flagrante infracción del criterio de Vanbrugh, a tres estupendos verbos: estabilizar, estabular y estacionar, los cuales, a su vez generan tres nuevos sustantivos que no suelen chirriarnos: estabilización, estabulación y estacionamiento. Absolutamente similar a la secuencia poner–posición–posicionar–posicionamiento. Y, por cierto, dudo que nadie esté preocupado por una próxima aparición del vocablo estacionamentar, pongamos por caso.

Si, como me atrevo a sospechar, estabilizar, estabular o estacionar no le resultan desagradables a Vanbrugh (ni tampoco amortajar, amortiguar o amortizar), he de concluir que o su criterio no es tan sólido como proclama o que, en realidad, más que un criterio es un ingenioso constructo a posteriori para justificar que la palabra no es que no le guste porque le suena mal, sino que le suena mal porque contradice un pretendido principio del que no quiere abdicar. Naturalmente, puedo estar en un error pero, mientras no me convenzan de lo contrario, el comentario de Vanbrugh ha venido (además de regalarme una excusa para pasar un rato entretenido) a confirmarme la que era mi intuición previa: que más que nos gusten (o disgusten) las palabras por su grado de adecuación a nuestros criterios, elaboramos tales criterios para legitimar nuestros gustos (a veces con notable ingenio, como Vanbrugh, que contribuye poderosamente a reforzar su capacidad de convicción).

Pero entonces, si posicionar responde exactamente a la misma lógica que estacionar, ¿por qué la primera nos chirría y no lo hace la segunda? A falta de razones sólidas, oso sugerir la cutre explicación de que se debe a que estamos acostumbrados al segundo término, mientras que el primero ha hecho su aparición en nuestro universo lingüístico cuando éste ya estaba suficientemente armado (y, probablemente, algo rigidizado). De momento, tal es mi posicionamiento.

   
Mama nen - Pau Riba (Jo, la Donya i el Gripau, 1971)

miércoles, 6 de marzo de 2013

Mentir desde el gobierno

Estaba viendo el canal 24 horas de RTVE mientras cenaba cuando conectaron con Caracas para retransmitir el ceremonioso anuncio del vicepresidente Maduro de la muerte de Hugo Chávez. La voz quebrada y el emocionado dolor que exhibía (supongo que sincero, lo que no es óbice para que ese hombre lleve ya bastante tiempo maniobrando para posicionarse en el futuro panorama político venezolano) me evocaron inevitablemente la famosa comparecencia de aquel lloroso Carlos Arias (no lloraría tanto cuando se le conocía como el carnicero de Málaga), aunque la parafernalia de esa escena fuera bastante más austera (y en blanco y negro). Y es que el Caribe es mucho más barroco y exuberante que la apergaminada España oficial de aquel régimen moribundo. Nunca he estado en Venezuela pero, viviendo en Tenerife desde hace más de un cuarto de siglo, es inevitable que lo que pasa en ese país me sea muy cercano, dada la grandísima mayoría de isleños vinculados familiarmente a esa tierra. O sea, que aunque tenía que acabar unas notas, me quedé un buen rato viendo el programa y escuchando las "valoraciones" de los arrogantes (en su sabelotodería) tertulianos que acompañaban a la rubita presentadora.

Uno de ellos, periodista del ecuánime y centenario periódico ABC, aseguró que Maduro ha mentido al decir que Chávez murió a las 16:25 de Caracas en el Hospital Militar de esa ciudad, es decir, menos de una hora antes de esa comparecencia televisada. Según ABC, que se refiere a fuentes fiables del entorno médico (¿cubano?), Chávez sufrió un agravamiento de su estado la noche del pasado jueves y fue trasladado en avión-ambulancia desde la residencia presidencial de la isla de La Orchila a La Habana. Allí habría muerto a las 7 de la mañana (hora cubana) y casi inmediatamente devuelto secretamente al Hospital Militar de Caracas para poder escenificar la "mentira oficial" sobre la hora y lugar del deceso. Aunque sea un asunto relativamente irrelevante (el caso es que ha muerto), imagino que, de confirmarse, ABC se apuntará un tanto periodísticamente hablando, pues no encuentro ningún otro medio que ponga en duda la veracidad de la afirmación del gobierno venezolano.

No sé si lo que dice ABC es cierto y tampoco me importa demasiado. Pero, si lo fuera, hay que preguntarse qué interés tiene el ejecutivo venezolano en emitir una mentira tan burda. Porque no pueden seriamente pensar que vaya a sostenerse, tienen que saber, so pena de sufrir una grave patología alucinatoria, que será destapada. Y burda también porque si, después de decir que fueron al hospital a interesarse por la salud del presidente y que estando ahí se les acercó un médico para decirles que acababa de fallecer, resulta que a lo que habían ido era a comprobar que el cadáver ya había sido convenientemente recolocado en la habitación del centro sanitario y poder empezar la farsa, van a quedar en una situación de lo más ridícula. Una mentira sobre un asunto tan poco importante no compensa en absoluto la tremenda vergüenza a que se arriesgan (y el riesgo, para más inri, es extremadamente alto). Se puede decir que se hace para "tapar" un traslado previo que se ocultó a la población y que, además, se hizo de forma ilegal porque era obligatorio comunicarlo al Congreso. Pero más les valdría reconocer esos ocultamientos previos (fácilmente justificables con cualquier argumento) que dar un salto cualitativo como el que ABC afirma.

Naturalmente, el periodista de la tertulia de la tele aprovechó su "primicia" para presentarla como una prueba más de la ausencia de democracia en Venezuela y del carácter populista y manipulador del régimen chavista, llegando a calificar este tipo de comportamiento como propio de las "repúblicas bananeras". No deja de tener razón. Sin embargo, no puede evitar sonreírme ante la descarada doble vara de medir que nos permitimos desde nuestra civilizada y democrática España. Por poner el último y paradigmático caso basta referirse a la sarta de mentiras que lleva soltándonos el gobierno desde que se descubrió la cuenta suiza de Bárcenas. Y no me refiero a que niegue que ese dinero tenga que ver con financiaciones irregulares del PP, porque de momento sobre esa muy sospechosa relación (que a su vez derivaría en también muy sospechosas corruptelas) nadie puede desde fuera afirmar a ciencia cierta que sea verdad o mentira. Pero lo que no admite ninguna duda es que el gobierno de España viene diciendo mentira tras mentira sobre la relación laboral del ex-tesorero con el Partido Popular; y no admite ninguna duda, porque cada una de las comunicaciones contradice la anterior, ergo sólo una (o ninguna) puede ser en pura lógica verdadera y las restantes, necesariamente, han de ser falsas.

Estoy seguro de que si se comprueba que lo que dice ABC es cierto, no pocos de los dirigentes peperos nos deleitarán con comentarios en la línea de los que esta noche nos ha brindado el periodista. Porque me sorprendería mucho que tuvieran el pudor de callarse y muchísimo menos la decencia de reconocer que ellos también han mentido, para colmo en un asunto de bastante mayor trascendencia y con mucha más torpeza. Los gobernantes venezolanos quizá contribuyan a fomentar la imagen de su país como "república bananera"; los nuestros, en cambio, nos convierten en una "monarquía podrida". A este respecto, yo al menos, tengo claro qué prefiero.

   
Devil's right hand - Steve Earle (We ain't ever satisfied, 1992)

La canción que acompaña este post nada tiene que ver con el asunto del que trata. En realidad debería haberla subido al anterior, pero ni me acordé de que la tenía y sólo lo he hecho cuando Antonio de Castro me comentó que lo que había escrito le había recordado una de las frases de la misma. 

sábado, 2 de marzo de 2013

Rifles y pedagogía

Hace unos días escuché en la radio una de esas historietas estrafalarias típicamente made in USA. El pasado 13 de enero (o el 17, según otras fuentes, lo que es más probable porque el 13 cayó en domingo) una niña de quince años regresa a su casa de Saint Paul, Minnesota, con sus notas de la High School. Va ilusionada la cría porque en el boletín predominan los notables (B en el sistema de calificaciones americano) pero su padre, un tal Kirill Bartashevitch, de 52 años (el de la foto), monta en cólera nada más verlas porque no le parecen suficientemente altas. Ambos se van acalorando hasta que la chica, indignada, le grita que lo odia; rojo de ira, el tío se da la vuelta, saca un AK-47 que se ha mercado hace poco, se lo echa al hombro y apunta a su hija colocándole el cañón a escasos centímetros de la frente. Parece que el arma estaba descargada y que su hija lo sabía, lo cual, imagino, le evitaría el pánico de pensar que estaba a un tris de ser asesinada, así, de pie en la sala de su casa y sin haber tenido tiempo de quitarse el uniforme y merendar. Pese a ello, que con quince años un adulto te encañone de repente por no haber traído sobresalientes, y no digamos si el energúmeno es tu padre, se me antoja una experiencia nada recomendable para el equilibrio emocional, suficiente para hacer añicos algún que otro mecanismo psicológico y condicionar, para mal, la personalidad del adolescente.

Según la versión del suceso que aparece en casi todas las webs en castellano que he consultado, la madre, alarmada por los gritos de la discusión (no se nos aclara si esos gritos cesaron con el encañonamiento), aparece en la habitación y, alucinada-angustiada-histérica digo yo, se interpone entre marido e hija logrando que el primero baje el arma. Luego la señora llamaría a la policía que se presenta en la casa y detiene al tipo. Sin embargo, de las reseñas en inglés, bastante más creíbles, parece deducirse que la madre estuvo presente desde el principio del incidente y que probablemente se puso del lado de la chica durante la discusión (dijo luego que a ella las notas le parecían excelentes) lo que, supongo yo, enervaría más al basilisco antropomorfo. Las crónicas yanquis relatan que la mujer fue también apuntada con el rifle y que, en un momento en que quiso proteger a su hija, fue empujada por su marido tan violentamente que cayó al suelo. Así que imagino que la idílica escena doméstica finalizaría por su propia inercia, cuando el hombre tras su inadmisible exhibición y mandar a la niña castigada a su habitación, volviera a guardar el arma para irse al bar habitual dando un portazo al salir y orgulloso de haber dejado claro quien era el que mandaba.

No fue pues la madre quien llamó a la policía, lo que me hace sospechar que ya estaban acostumbradas a ese tipo de incidentes y hasta que quizá hubiera habido ya anteriores del mismo calibre. De hecho el tipo tenía antecedentes: en 2000 había sido condenado por desórdenes públicos y estuvo un año en libertad condicional (no llegó a ingresar en la cárcel). Que se haya descubierto este suceso, uno entre muchísimos del mismo cariz que nunca salen a la luz, se debió a una cadena de actos bastante azarosa. La niña se lo cuenta a una amiga del cole (sería interesante saber con qué nivel de dramatismo; tiendo a pensar que no demasiado, como algo, si no cotidiano, tampoco extraordinario), la amiga se lo escribe en un chat a otro chaval del instituto, la madre de éste le había puesto un programa espía en el ordenador para enterarse de sus maquinaciones internáuticas (que también ...) y, enterada, va y se chiva a la trabajadora social de la High School. Fue ésta la que hace la denuncia y cuatro días después de los hechos los polis se presentan en la casa del tipo, le preguntan si es verdad lo que les han soplado, él dice que sí (supongo que estaría delante su mujer para impedirle mentir) alegando que tampoco era para tanto porque el fusil estaba descargado, y se lo llevan esposado a comisaría, después de incautarse de dos rifles y abundante munición. Está acusado de dos delitos graves de amenazas, le han impuesto una fianza de 20.000 dólares y se enfrenta a penas de hasta cinco años de reclusión por cada cargo. Aunque en algún periódico estadounidense he leído que el juicio iba a celebrarse el 1 de febrero, no he encontrado noticias de éste y me inclino a pensar que todavía está pendiente. Parece que el individuo se encuentra en libertad con la prohibición de acercarse a su mujer o hija y que esta última ha sido llevada a una casa de acogida o algo por el estilo (el porqué no lo sé).

He tratado sin éxito de conseguir algún dato sobre el tipo, para hacerme una idea de su biografía. Nombre y apellido, así como su apariencia física, delatan claramente su origen eslavo, ruso casi con seguridad (la mayoría de los Bartashevitch de Facebook viven en Rusia y países de la antigua URSS). Fisgando en algunas webs para estos propósitos (whitepages.com, peoplefinders.com, etc) descubro que, aparte de una tal Linda de New Hampshire, este tipo y su hija (que debe llamarse Natalia) parecen ser los único con ese apellido en todos los Estados Unidos. La mujer se llama Olga Rogovitskaya (más rusa que la ensaladilla) lo que, sumado a que me entero de que Minnesota ha recibido una significativo caudal inmigratorio de rusos durante las últimas dos décadas, me sugiere como bastante probable que el individuo haya llegado ya adulto a los Estados Unidos. De otra parte, descubro que este Kirill trabaja (o trabajaba, supongo) en el Media Center (la biblioteca, pero orientada sobre todo a medios informáticos) de una escuela primaria de Minneapolis, con el cargo de "técnico" (se ocuparía de los ordenadores, digo yo). La zona donde vivía es el típico suburbio norteamericano de casas unifamiliares, la mayoría construidas en el primer cuarto del siglo pasado. El entorno no está mal pero para la escala de esos lares me da que es de nivel tirando a bajo (el precio medio de una de esas casas, de dos plantas con ático, unos 600 m2 de parcela y 135 construidos, viene a situarse a poco más de 100.000 euros, lo que es inimaginable en nuestras ciudades). Pero poco más he logrado documentar sobre este padre desaforado.

Foto (tomada del Street View de GoogleMaps) del lugar de los hechos. La casa, salvo error, es la que hace esquina.

Sí sé por lo menos que el tipo declaró haber comprado dos rifles de asalto, el que usó y otro más, pocos días antes en una de las tres tiendas que la cadena Bill's Gun Shop tiene en el área metropolitana de Minneapolis-Saint Paul. Se animó a gastarse poco más de 500 dólares (apenas 400 euros) preocupado, como muchísimos otros norteamericanos, por la tímida advertencia de Obama sobre posibles limitaciones a la venta de armas a raíz de la matanza en la escuela primaria de Sandy Hook del pasado diciembre. Un buen ejemplo de cómo causar los efectos contrarios a lo que se pretende: en cuanto el presidente instó al Congreso a que prohibiera la venta de los fusiles de asalto (como los que se compró Kurill), la venta de éstos se disparató. Del amplio arsenal que se ofrece al ciudadano estadounidense, el más popular parece que es justamente el AK-47 y mira que ya tiene años. Apareció en 1947 diseñado por Kaláshnikov (de ahí el acrónimo) y enseguida pasó a ser el fusil preferido de la infantería soviética y en poco tiempo de la mayoría de la multitud de guerrillas revolucionarias de la posguerra, generosamente surtidas desde Moscú. Todavía hoy, dicen los aficionados (entre ellos Hugo Chávez) que pese a su antigüedad es el mejor fusil del mundo; lo cierto es que se fabrica en multitud de sitios y cuenta con muchas variantes del modelo original. Es ligero (unos 4 kilos), fiable, robusto, rápido (puede disparar hasta 600 balas por minuto) y, sobre todo, barato, lo que hace que se venda (legal e ilegalmente) como rosquillas, calculándose que hay unos 70 millones en todo el mundo (diez de ellos en los USA). No es de extrañar que Bartashevitch lo eligiera, máxime siendo un producto ruso.

En fin, lo llamativo de este "suceso menor" es, sin duda, que un padre haya amenazado con un arma de fuego a su hija. Lamentablemente, no lo es tanto (y mucho menos en Estados Unidos) que el tipo tuviera en su casa, legalmente adquirida, esa herramienta para matar. Un arma, como todo instrumento, es para ser usada. Yo diría más: un arma reclama ser usada; todo instrumento lo hace (es su naturaleza), pero mucho más las armas de fuego, poseedoras de una intensa y malsana capacidad de seducción. Los defensores del "derecho" de los ciudadanos a disponer de estos juguetitos alegan insistentemente que se funda en la autodefensa y autoprotección. Es fácil, desde esa paranoia, imaginar escenas en las que un arma de fuego nos puede salvar, pero a poco que impongamos un mínimo de sentido común a nuestros miedos resulta evidente que los inconvenientes son muchísimo mayores que las ventajas. Yo nada sé de armas, a las que temo más que a los peligros de los que se supone que pueden protegerme. Pero sí he conocido personalmente algunos casos en que se han empleado (nunca disparado) y en todos, creo yo, más valdría no haberlas sacado. Cuando escuché la noticia de que trata este post me acordé y pensaba relatarlos; como ya he escrito más de lo conveniente, los dejo para una próxima entrada.

   
My father's gun - Elton John (Tumbleweed Connection, 1970)