Los fines y los medios; los jesuitas
Atención a que salgan bien las cosas. Algunos ponen más la mira en el rigor de la dirección que en la felicidad del conseguir intento, pero más prepondera siempre el descrédito de la infelicidad que el abono de la diligencia. El que vence no necesita de dar satisfacciones. No perciben los más la puntualidad de las circunstancias, sino los buenos o los ruines sucesos; y así, nunca se pierde reputación cuando se consigue el intento. Todo lo dora un buen fin, aunque lo desmientan los desaciertos de los medios. Que es arte ir contra el arte cuando no se puede de otro modo conseguir la dicha del salir bien.
El texto anterior es el sexagésimo sexto aforismo de los trescientos que contiene el Oráculo manual y arte de prudencia, publicado en 1647 por Baltasar Gracián, con el propósito de servir como 'guía de supervivencia' en la crecientemente sociedad del Barroco (los libros de autoayuda tienen larga historia). Emparentado en cierta medida con la doctrina de Maquiavelo, los consejos del toscano a los príncipes los generaliza y amplía el Oráculo para el provecho de los ciudadanos comunes, predicados desde el más omnipresente pragmatismo, tanto que su lectura llega a revolver las tripas. Sin embargo, Gracián no inventa nada, limitándose a registrar ordenadamente, con la concisión literaria de la que es maestro, las normas de conducta que desde siempre han seguido quienes saben prevalecer en la sorda guerra de la existencia y que desde luego no han perdido vigencia. La diferencia respecto de nuestro Siglo de Oro radique quizá en el doble lenguaje que se ha impuesto, probablemente desde la edad victoriana. Hoy se ha de predicar todo lo contrario de lo que se practica, nos llenamos la boca con discursos éticos aunque sepamos de sobra sólo son recursos oportunistas para justificar o deslegitimar, según convenga a nuestros intereses. Así las cosas, prefiero la honestidad cínica de Gracián a la hipocresía vomitiva de nuestros ideólogos. Y en este marco, que mejor ejemplo de la archimanida relación entre el fin y los medios. ¿Justifica el fin los medios? Sí, dice el aragonés del XVII, sin perderse en disquisiciones éticas; por supuesto que no, sentencian nuestros autoerigidos maestros de moral (laicos y religiosos) aunque luego apliquen muy selectivamente la doctrina.
Lo de que el fin justifica los medios se ha atribuido siempre a los jesuitas, hasta el punto de convertirse, de tan repetida, en una verdad indiscutible que alimentó el generalizado rencor hacia la Compañía y justificó las expulsiones de la segunda mitad del XVIII. Y es que en efecto fue un jesuita, el alemán Hermann Busenbaum quien en su libro Medulla theologiae moralis (1650) escribió, a propósito del ejemplo concreto de un prisionero encarcelado injustamente que para escapar se plantea engañar al guardian, darle un somnífero o romper los barrotes de la celda (todos ellos medios "malos"), que "quia, cum finis est licitus, etiam media sunt licita" (porque, cuando el fin es lícito, también los medios son lícitos). Naturalmente, los del de Loyola siempre han negado que tal frase debiera entenderse como máxima ética y que lo que pretendía destacar Busenbaum era que medios no malos en sí mismos (o, al menos, solo ligeramente malos) pueden hacerse buenos gracias al fin a que se destinan. Ciertamente, si revisamos los debates académicos del XVII y siglos posteriores, no encontraremos que ninguna autoridad de la Compañía legitime con carácter general los medios en función de los fines. Sin embargo, en una sociedad que desde siempre prefiere la simplificación de los titulares (cómo si no movilizar la opinión pública), los jesuitas cometieron un error de bulto dando armas (demagógicas) a quienes envidiaban su rápida ascensión a puestos de poder en la Iglesia, a partir de su excelencia intelectual, su celo contrarreformista y su eficaz y ciega lealtad al Papa. Así, la primera pluma célebre en arremeter contra la Compañía fue nada menos que Blaise Pascal, en el seno del agrio debate que en la Sorbona parisina –y en toda la cristiandad católica– se sostenía a raíz de las tesis jansenistas sobre la Gracia y el libre albedrío (otra de las muchas discusiones bizantinas a que tan aficionados han sido desde siempre los teólogos). En sus célebres Cartas provinciales, el matemático venía a denunciar la "tibieza" moral de los jesuitas, condenando la forma de entender la ética que se dio en llamar casuismo.
Pascal, y la pléyade de quienes lo siguieron en las críticas a los jesuitas, no fue todo lo intelectualmente honesto que habría debido en sus acusaciones. Pero aunque ciertamente sea injusto atribuir a los de Iñigo la defensa de la tesis de Gracián, no deja de haber algo de verdad en que ellos mismos, con su jesuitismo, bien que se encargaron de hacer verosímiles los rumores. Así, por ejemplo, las mejores cabezas de le teología militante de la Contrarreforma, fueron españolas y jesuitas (Luís de Molina, Juan de Mariana y, sobre todo, Francisco Suárez) y en algunos de sus escritos dejaron escapar insinuaciones más o menos veladas sobre la licitud del tiranicidio. En la misma línea, y con mayor trascendencia en razón de su cargo, se pronunció el también jesuita cardenal Bellarmino (famoso por su deplorable papel en los casos de Giordano Bruno y Galileo), quien defendió el derecho de los pueblos a derrocar a los reyes injustos (obviamente, así declarados por el Papa), negando la ideología medieval del origen divino de la monarquía. Conviene advertir que las discusiones en este caso no eran precisamente teóricas; recuérdese que en 1589 Enrique III es apuñalado y muerto por un fraile dominico y solo 21 años después otro fanático católico, Francois Ravaillac, asesinó a su sucesor, el primer Borbón francés. Y es que el propio Enrique IV (hugonote de origen pese a su "París bien vale una misa") ya había sufrido varios atentados y no se cortaba en acusar a los de la Sociedad de Jesús de ser quienes los habían organizado. En ese ambiente tan caldeado, no es de extrañar que, por su influencia y poder y por la sofisticación, a veces ambigüedad, de los escritos morales de sus más preclaros representantes, los jesuitas se ganaran la fama, no del todo inmerecida, de que justificaban cualesquiera medios si los fines eran buenos (buenos, claro está, dirían sus enemigos, para ellos).
En todo caso, pasado el fragor de las terribles guerras de religión que asolaron Europa durante más de un siglo, y alcanzado el necesario status quo (Paz de Westfalia) que conllevaría un duro golpe a la primacía temporal de la Iglesia, los jesuitas se cuidaron ya muy mucho de insistir, ni siquiera tangencialmente, sobre la licitud de los medios en función de los fines, aunque es probable que, haciendo uso de la también jesuítica doctrina de la reserva mental siguieran ajustando su comportamiento a ese criterio ético. Sin embargo, los muchos pensadores que eclosionaron con la Ilustración, envalentonados en sus ataques contra la Iglesia, se ocuparon de machacar que el jesuitismo, entendido en su acepción más peyorativa y simplona, seguía dominando la política vaticana. Durante el XVIII arrecian las hostilidades contra la Compañía, colgándole la autoría de cuantas intrigas y conspiraciones, reales o imaginarias, se concebían. No deja de ser paradójico –alguno lo calificaría de justicia poética– que las campañas anti-jesuíticas que tanto éxito tuvieron (expulsiones de numerosos países europeos y supresión de la Orden por Clemente XIV en 1773) se valieran para alcanzar ese fin "bueno" de medios "malos", entre ellos, mentiras descaradas. Una de éstas, que ha alcanzado no poca difusión entre los amantes de las teorías conspiratorias, es la del supuesto juramento jesuita. Parece ser que se trata de un bulo inventado en la Inglaterra del XVII: por lo visto, cuando un jesuita ascendía a un cargo de poder había de realizar un juramento de fidelidad absoluta al Papa en asuntos temporales y, específicamente, de disposición a contribuir a la "destrucción" de los reyes herejes; a cada lado del "postulante" había otros dos compañeros, cada uno sosteniendo una bandera, la de los colores papales y otra negra con una cruz roja, una daga y una calavera con sus tibias cruzadas. En esta segunda bandera aparecía impreso el famoso INRI, pero significando no Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, sino Iustum Necar Reges Impious que viene a traducirse como "es justo exterminar a los reyes impíos".
Estrecha relación pues entre la "moral de los medios y los fines" y los jesuitas (por cierto, olvidé consignar que Gracián también era jesuita), tanta que no creo demasiado exagerado que son de la pluma de miembros de la Compañía los tratados más sesudos sobre estos asuntos éticos. Como dije, hoy lo políticamente correcto es afirmar que "el fin NO justifica los medios", que queda muy bien incluso como imperativo categórico, aunque no se terminen de extraer todas las consecuencias y mucho menos, desde luego, la apliquemos en nuestras vidas cotidianas. A riesgo de ser tildado de jesuítico, me atrevo a sostener que a veces el fin sí puede justificar los medios, aclarando de entrada que no cualesquiera medios. Pero para defender mi postura habré de traer a colación, aunque sea concisamente, otras consideraciones.
Senyors de la guerra - Gerard Quintana - Jordi Batiste (Els Miralls de Dylan, 1998)



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