jueves, 18 de abril de 2013

Los fines y los medios; los jesuitas

Atención a que salgan bien las cosas. Algunos ponen más la mira en el rigor de la dirección que en la felicidad del conseguir intento, pero más prepondera siempre el descrédito de la infelicidad que el abono de la diligencia. El que vence no necesita de dar satisfacciones. No perciben los más la puntualidad de las circunstancias, sino los buenos o los ruines sucesos; y así, nunca se pierde reputación cuando se consigue el intento. Todo lo dora un buen fin, aunque lo desmientan los desaciertos de los medios. Que es arte ir contra el arte cuando no se puede de otro modo conseguir la dicha del salir bien.

El texto anterior es el sexagésimo sexto aforismo de los trescientos que contiene el Oráculo manual y arte de prudencia, publicado en 1647 por Baltasar Gracián, con el propósito de servir como 'guía de supervivencia' en la crecientemente sociedad del Barroco (los libros de autoayuda tienen larga historia). Emparentado en cierta medida con la doctrina de Maquiavelo, los consejos del toscano a los príncipes los generaliza y amplía el Oráculo para el provecho de los ciudadanos comunes, predicados desde el más omnipresente pragmatismo, tanto que su lectura llega a revolver las tripas. Sin embargo, Gracián no inventa nada, limitándose a registrar ordenadamente, con la concisión literaria de la que es maestro, las normas de conducta que desde siempre han seguido quienes saben prevalecer en la sorda guerra de la existencia y que desde luego no han perdido vigencia. La diferencia respecto de nuestro Siglo de Oro radique quizá en el doble lenguaje que se ha impuesto, probablemente desde la edad victoriana. Hoy se ha de predicar todo lo contrario de lo que se practica, nos llenamos la boca con discursos éticos aunque sepamos de sobra sólo son recursos oportunistas para justificar o deslegitimar, según convenga a nuestros intereses. Así las cosas, prefiero la honestidad cínica de Gracián a la hipocresía vomitiva de nuestros ideólogos. Y en este marco, que mejor ejemplo de la archimanida relación entre el fin y los medios. ¿Justifica el fin los medios? Sí, dice el aragonés del XVII, sin perderse en disquisiciones éticas; por supuesto que no, sentencian nuestros autoerigidos maestros de moral (laicos y religiosos) aunque luego apliquen muy selectivamente la doctrina.

Lo de que el fin justifica los medios se ha atribuido siempre a los jesuitas, hasta el punto de convertirse, de tan repetida, en una verdad indiscutible que alimentó el generalizado rencor hacia la Compañía y justificó las expulsiones de la segunda mitad del XVIII. Y es que en efecto fue un jesuita, el alemán Hermann Busenbaum quien en su libro Medulla theologiae moralis (1650) escribió, a propósito del ejemplo concreto de un prisionero encarcelado injustamente que para escapar se plantea engañar al guardian, darle un somnífero o romper los barrotes de la celda (todos ellos medios "malos"), que "quia, cum finis est licitus, etiam media sunt licita" (porque, cuando el fin es lícito, también los medios son lícitos). Naturalmente, los del de Loyola siempre han negado que tal frase debiera entenderse como máxima ética y que lo que pretendía destacar Busenbaum era que medios no malos en sí mismos (o, al menos, solo ligeramente malos) pueden hacerse buenos gracias al fin a que se destinan. Ciertamente, si revisamos los debates académicos del XVII y siglos posteriores, no encontraremos que ninguna autoridad de la Compañía legitime con carácter general los medios en función de los fines. Sin embargo, en una sociedad que desde siempre prefiere la simplificación de los titulares (cómo si no movilizar la opinión pública), los jesuitas cometieron un error de bulto dando armas (demagógicas) a quienes envidiaban su rápida ascensión a puestos de poder en la Iglesia, a partir de su excelencia intelectual, su celo contrarreformista y su eficaz y ciega lealtad al Papa. Así, la primera pluma célebre en arremeter contra la Compañía fue nada menos que Blaise Pascal, en el seno del agrio debate que en la Sorbona parisina –y en toda la cristiandad católica– se sostenía a raíz de las tesis jansenistas sobre la Gracia y el libre albedrío (otra de las muchas discusiones bizantinas a que tan aficionados han sido desde siempre los teólogos). En sus célebres Cartas provinciales, el matemático venía a denunciar la "tibieza" moral de los jesuitas, condenando la forma de entender la ética que se dio en llamar casuismo.

Pascal, y la pléyade de quienes lo siguieron en las críticas a los jesuitas, no fue todo lo intelectualmente honesto que habría debido en sus acusaciones. Pero aunque ciertamente sea injusto atribuir a los de Iñigo la defensa de la tesis de Gracián, no deja de haber algo de verdad en que ellos mismos, con su jesuitismo, bien que se encargaron de hacer verosímiles los rumores. Así, por ejemplo, las mejores cabezas de le teología militante de la Contrarreforma, fueron españolas y jesuitas (Luís de Molina, Juan de Mariana y, sobre todo, Francisco Suárez) y en algunos de sus escritos dejaron escapar insinuaciones más o menos veladas sobre la licitud del tiranicidio. En la misma línea, y con mayor trascendencia en razón de su cargo, se pronunció el también jesuita cardenal Bellarmino (famoso por su deplorable papel en los casos de Giordano Bruno y Galileo), quien defendió el derecho de los pueblos a derrocar a los reyes injustos (obviamente, así declarados por el Papa), negando la ideología medieval del origen divino de la monarquía. Conviene advertir que las discusiones en este caso no eran precisamente teóricas; recuérdese que en 1589 Enrique III es apuñalado y muerto por un fraile dominico y solo 21 años después otro fanático católico, Francois Ravaillac, asesinó a su sucesor, el primer Borbón francés. Y es que el propio Enrique IV (hugonote de origen pese a su "París bien vale una misa") ya había sufrido varios atentados y no se cortaba en acusar a los de la Sociedad de Jesús de ser quienes los habían organizado. En ese ambiente tan caldeado, no es de extrañar que, por su influencia y poder y por la sofisticación, a veces ambigüedad, de los escritos morales de sus más preclaros representantes, los jesuitas se ganaran la fama, no del todo inmerecida, de que justificaban cualesquiera medios si los fines eran buenos (buenos, claro está, dirían sus enemigos, para ellos).

En todo caso, pasado el fragor de las terribles guerras de religión que asolaron Europa durante más de un siglo, y alcanzado el necesario status quo (Paz de Westfalia) que conllevaría un duro golpe a la primacía temporal de la Iglesia, los jesuitas se cuidaron ya muy mucho de insistir, ni siquiera tangencialmente, sobre la licitud de los medios en función de los fines, aunque es probable que, haciendo uso de la también jesuítica doctrina de la reserva mental siguieran ajustando su comportamiento a ese criterio ético. Sin embargo, los muchos pensadores que eclosionaron con la Ilustración, envalentonados en sus ataques contra la Iglesia, se ocuparon de machacar que el jesuitismo, entendido en su acepción más peyorativa y simplona, seguía dominando la política vaticana. Durante el XVIII arrecian las hostilidades contra la Compañía, colgándole la autoría de cuantas intrigas y conspiraciones, reales o imaginarias, se concebían. No deja de ser paradójico –alguno lo calificaría de justicia poética– que las campañas anti-jesuíticas que tanto éxito tuvieron (expulsiones de numerosos países europeos y supresión de la Orden por Clemente XIV en 1773) se valieran para alcanzar ese fin "bueno" de medios "malos", entre ellos, mentiras descaradas. Una de éstas, que ha alcanzado no poca difusión entre los amantes de las teorías conspiratorias, es la del supuesto juramento jesuita. Parece ser que se trata de un bulo inventado en la Inglaterra del XVII: por lo visto, cuando un jesuita ascendía a un cargo de poder había de realizar un juramento de fidelidad absoluta al Papa en asuntos temporales y, específicamente, de disposición a contribuir a la "destrucción" de los reyes herejes; a cada lado del "postulante" había otros dos compañeros, cada uno sosteniendo una bandera, la de los colores papales y otra negra con una cruz roja, una daga y una calavera con sus tibias cruzadas. En esta segunda bandera aparecía impreso el famoso INRI, pero significando no Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, sino Iustum Necar Reges Impious que viene a traducirse como "es justo exterminar a los reyes impíos".

Estrecha relación pues entre la "moral de los medios y los fines" y los jesuitas (por cierto, olvidé consignar que Gracián también era jesuita), tanta que no creo demasiado exagerado que son de la pluma de miembros de la Compañía los tratados más sesudos sobre estos asuntos éticos. Como dije, hoy lo políticamente correcto es afirmar que "el fin NO justifica los medios", que queda muy bien incluso como imperativo categórico, aunque no se terminen de extraer todas las consecuencias y mucho menos, desde luego, la apliquemos en nuestras vidas cotidianas. A riesgo de ser tildado de jesuítico, me atrevo a sostener que a veces el fin sí puede justificar los medios, aclarando de entrada que no cualesquiera medios. Pero para defender mi postura habré de traer a colación, aunque sea concisamente, otras consideraciones.

   
Senyors de la guerra - Gerard Quintana - Jordi Batiste (Els Miralls de Dylan, 1998)

martes, 16 de abril de 2013

Argumentación teísta que demuestra que los trances místicos son incomparablemente superiores a los viajes con LSD

En su penúltimo comentario a mi post del pasado 6 de abril, Vanbrugh expone una argumentación teísta (o creyente, si se prefiere) para defender su idea de que las experiencias místicas son diferentes e infinitamente superiores a los viajes lisérgicos, llegando incluso a afirmar que la comparación entre ambas es "sencillamente grotesca". Naturalmente, si negamos la existencia de Dios el argumento carece del mínimo peso. Desde una posición atea la conclusión sería la contraria: habida cuenta de que la explicación más probable de los trances místicos sea que el que los experimentaba sufría alguna disfunción neuronal, bien natural o bien inducida por alguna sustancia alucinógena, y dado que la potencia del LSD es muy superior a la de los alcaloides que pudieran ingerirse en aquellas épocas, es razonable pensar que la intensidad de los viajes ácidos sea mayor que la de un arrobo místico. Pero, como bien dice Vanbrugh, necesitaríamos personas que hayan pasado por ambas experiencias para contar con testimonios autorizados. El problema es que, de haberlas, difícilmente les creeríamos, ni siquiera los cristianos, máxime cuando supieran que además del pretendido éxtasis místico en otras ocasiones habían consumido alucinógenos.

Admitamos pues la tesis cristiana de que los trances místicos son, como dice Vanbrugh, "verdaderas 'uniones', ignoro de qué tipo o bajo que forma, con Dios, al que yo entiendo como un ser personal que participa libremente de estos encuentros y sin cuya voluntad no pueden tener lugar". Es mucho pedir dar por válida esta premisa, sobre todo por la enojosa ambigüedad de esa 'unión' que es justamente la esencia del trance. Lo que sabemos es que los místicos se sentían 'arrebatados' de las cotidianas dimensiones espacio-temporales y pasaban a otro estado de conciencia, ajeno a su materialidad, en el cual vivían esa comunión con la divinidad. No es la forma de comunicación tradicional de las 'apariciones', en la cual el elegido por Dios o por alguno de sus intermediarios (la Virgen, preferentemente) apenas ve alterada su conciencia (a lo sumo un leve mareo), lo que le permite ver y, sobre todo, escuchar con claridad el mensaje que se le transmite. Aunque Vanbrugh usa el término 'comunicación' (y en sentido amplio, lo es), más preciso sería calificarlos de 'vivencias integrales'.

Comparando las descripciones que han hecho los místicos de sus trances con las experiencias de los viajeros ácidos, muchos estudiosos han llegado a la conclusión de que ambas participan de los mismos procesos de alteridad de la conciencia con la consiguiente ruptura de las referencias espaciotemporales. Dicho de otra forma, parece bastante claro que si Santa Teresa contara sus experiencias a Timothy Leary, por ejemplo, éste diría que vivió casi exactamente lo mismo en sus viajes ácidos, aunque probablemente su imaginería de referencia sería otra, la propia de sus creencias y condicionantes culturales previos. A tal respecto, es conocido el caso del sacerdote católico que cité en los comentarios a ese post, quien tras su primer tripi dijo que había vivido una experiencia de intensísima unión con Dios, por supuesto todo en perfecta congruencia con el dogma. Claro que, por mucho que de los testimonios un escéptico tienda a pensar que se trataba de experiencias muy similares, hay que admitir que las palabras no pueden ni de lejos describirlas en sus justas medidas. Es decir, que cabe admitir que la intensidad de los trances místicos, por más que compartan los mismos fenómenos que los viajes ácidos, es muchísimo mayor que la de éstos (claro que, ya puestos, también podría llegarse a la conclusión inversa).

En ausencia de medidores homologados de las intensidades de los trances, Vanbrugh sostiene que es así porque en los místicos Dios se comunica libremente. Entiendo que Dios decide que una persona entre en trance para concederle, como gracia extraordinaria, la experiencia mística. En cambio, cuando uno ingiere una dosis de LSD, como lo hace desde su voluntad (y no por la acción 'arrebatadora' de Dios), no puede pretender que Dios 'se sienta obligado' a participar, porque para algo es absolutamente libre. Por tanto, si Dios no participa (o al menos no necesariamente) la 'comunión' no es con Él, sino con cualquier otra cosa. Y, naturalmente, como nada es mejor o más perfecto que Dios, la comunión con cualquier entidad distinta será necesariamente inferior a la comunión con Dios, que es lo que quería (Vanbrugh) demostrar mediante un razonamiento lógico a partir de premisas teístas (que me he propuesto no discutir).

Sin embargo en este aparentemente impecable razonamiento hay más de una trampa. Aquí lo dejo, como acertijo de lógica creyente (teología natural, véase el post del pasado día 9). Quizá resulte útil como pista sintetizar la argumentación descrita en sus correspondientes premisas:
  1. El trance místico lo causa Dios para que el sujeto experimente una 'unión' con Él.
  2. El viaje ácido es producido al margen de la voluntad de Dios por lo que, en principio, Él no participa en la experiencia.
  3. Una experiencia de comunión con la Divinidad es incomparablemente superior a cualquier otra en la que Dios no participe.

   
Legend of a Mind - The Moody Blues (In Search of the Lost Chord, 1968)

sábado, 13 de abril de 2013

One too many mornings

Down the street the dogs are barkin’
And the day is a-gettin’ dark
As the night comes in a-fallin’
The dogs’ll lose their bark
An’ the silent night will shatter
From the sounds inside my mind
For I’m one too many mornings
And a thousand miles behind

From the crossroads of my doorstep
My eyes they start to fade
As I turn my head back to the room
Where my love and I have laid
An’ I gaze back to the street
The sidewalk and the sign
And I’m one too many mornings
An’ a thousand miles behind

It’s a restless hungry feeling
That don’t mean no one no good
When ev’rything I’m a-sayin’
You can say it just as good.
You’re right from your side
I’m right from mine
We’re both just one too many mornings
An’ a thousand miles behind
Copyright © 1964, 1966 by Warner Bros. Inc.; renewed 1992, 1994 by Special Rider Music

La grabación original

Es una canción de amor, del amor que acaba, del que mejor ha escrito siempre Dylan. Canción triste, pero de tristeza tierna, melancólica; canción sobre el hastío y la impotencia. Demasiado tiempo y distancia entre dos que querrían amarse. Una relación que termina sin que ninguno sepa bien por qué. Bobby tiene 22 añitos.

   
One too many mornings - Bob Dylan (The Times They Are A-Changin', 1964)

Traducción personal libérrima (concisa, muy concisa)

Ladran los perros en la calle, va oscureciéndose el día. El estruendo de mi mente sofoca los ladridos y quiebra el silencio de la noche. Demasiadas mañanas y mil millas.

Dudas en el umbral. Vuelvo la cabeza hacia la habitación donde yacíamos, amor; los ojos se me enturbian. Nítidos ante mí, el camino, las señales. Demasiadas mañanas y mil millas.

Desazón e impotencia. Lo que diga igual sabes decirlo, tienes tú razón y también yo la tengo. No son buenos presagios. Hay demasiadas mañanas y mil millas entre nosotros.

La versión eléctrica de 1966

La "traición" eléctrica de Dylan se escenificó la noche del domingo 25 de julio de 1965 en el Newport Folk Festival, aquella vez que Pete Seeger quiso cortar los cables del amplificador con un hacha. De casi un año después –Bobby acababa de cumplir veinticinco– es la gira británica de mayo, recogida en el documental de Scorsese, incluyendo las diatribas de los fanáticos y decepcionados folkies ingleses, ésos que le abuchearon y gritaron ¡Judas! cuando, en la segunda parte de los conciertos, hacía pasar a los miembros de The Hawks (que poco después serían The Band). La que sigue fue grabada en la actuación de Manchester; demasiado ruidosa para mi gusto. Dice Paul Williams que en esos momentos Dylan deseaba un sonido rico, fuerte y rítmico, que las palabras fueran secundarias.

   
One too many mornings - Bob Dylan (Live at Free Trade Hall, Manchester, England, 1966)

Con Johnny Cash

A Johnny Cash, más que consagrado, le impresionó Bob Dylan desde su aparición en el Greenwich neoyorkino, una voz original en el "folk revival" de los primersos sesenta. Empezaron a cartearse y se conocieron en el festival de Newport de 1964, donde el veterano le regaló al novato su guitarra. En febrero de 1969, Dylan volvió a Nashville a grabar su noveno album y en el mismo estudio estaba Cash. Grabaron unos cuantos temas a dos voces de los cuales sólo uno (Girl from the North Country) fue incluido en el LP Nasville Skyline. Pero entre los otros se encuentra esta versión de One too many mornings, que aparece en uno de los infinitos bootlegs piratas del de Minnesota. Un cierto aire country inevitable que para nada me convence (creo que empobrece el sentimiento) pero que, aún así, resulta interesante. En vez del audio, cuelgo un video de Youtube para ver a los dos monstruos. Por cierto, para el disco homenaje a Dylan con motivo de los cincuenta años de Amnistía Internacional (del que ya hablé en un post anterior), los Avett Brothers hicieron una remezcla a partir de estas viejas sesiones de Nashville.
   


 La Rolling Thunder Revue

En otoño de 1975 Dylan reúne a un grupo de amigos y excelentes intérpretes e inicia la que sin duda es una de las giras más atractivas de la historia del rock. Bob se reinventa como trovador, asume la obligación personal de patear infinidad de escenarios en un movimiento interminable que ha seguido hasta hoy y que, en opinión de muchos de sus más autorizados críticos y biógrafos, es una faceta de su actividad artística tan importante y genial como la de compositor de los más grandes temas de la música popular. Yo sólo he asistido a tres conciertos de Dylan y el último he de confesar que me decepcionó un poco. Cuánto me habría gustado, sin embargo, haber sido partícipe de esa gira mítica; pero tenía dieciséis añitos y estaba empezando a enterarme. Del concierto del 23 de mayo de 1976 en el Hughes Stadium de Fort Collins, Colorado, procede esta nueva versión recogida en el album Hard Rain; me gusta más, sin embargo, de la misma gira, la que hace con el acompañamiento en un discreto segundo plano de Joan Baez (se puede ver en un documental de los archivos de RTVE). Bob está a punto de cumplir 35. Apréciese el violín de Scarlet Rivera, que a mi juicio colorea espléndidamente el Desire (y especialmente esa maravilla tan plañidera y hebraica que es One more cup of coffee).

   
One too many mornings - Bob Dylan (Hard Rain, 1976)

Las versiones de otros

Colecciono canciones de Dylan, cantadas por él, desde luego (pocas me faltan), pero también por otros. One too many mornings no es precisamente de las más versionadas, pero algunas guardo. Parece que el primer cover le corresponde a una banda californiana de cierta fama durante los sesenta, The Association, que la grabaron en un sencillo de 1965 y luego en un LP en vivo de 1970; esta versión no la tengo pero se puede escuchar en Youtube. La versión que pongo a continuación, en cambio, está cantada en un tono bastante intimista, más acorde en mi opinión a la letra. Se trata de una grabación de 1968 del prolífico cantante, pero también compositor, escritor y actor de Hollywood, Burl Ives, uno de esos tipos que recorrieron el siglo pasado y de los que ya no quedan. Es el único disco que tengo suyo y me lo conseguí por su homonimia con el tercero de Dylan: once versiones de temas conocidísimos que, en general, este hombre descafeina (de los cuatro de Dylan solo salvo justamente el que interesa a este post).

   
One too many mornings - Burl Ives (The Times They Are A-Changin', 1968)

En el 66, The Beau Brummels, otra banda californiana de corta existencia, grabaron un single con el tema; no lo tengo pero también es posible escucharla gracias a Youtube (versión facilona y hasta bailonga, que llegó al número 95 de las listas en junio de ese año). También de San Francisco eran los Kingston Trio, que ya disueltos publicaron un doble album en vivo, Once Upon a Time, con tres versiones de Dylan y ésta entre ellas; tampoco me gusta demasiado y prefiero no subirla sino remitir al correspondiente enlace de Youtube. Y Joan Baez, por supuesto, tan pronto como en 1968, en el primero de sus discos dedicado enteramente a canciones de Dylan. Para entonces ya se habían cortado su intermitantes amoríos con Bobby (imagino que tras la boda del chico con Sara), pero hasta hoy ella le sigue interpretando reverencialmente. La que sigue es su versión, interesantes arreglos adaptados a su clásica forma de cantar, tan perfecta que no termina de emocionarme.


   
One too many mornings - Joan Baez (Any Day Now, 1968)

Hay más, claro. Por ejemplo, una del ya mentado Johnny Cash en el album de 1978 con su mujer, Johnny and June, que recogía canciones inéditas grabadas en los sesenta (tuve ese disco en vinilo, pero ya no). Y, cómo no, los chicos de The Band, los fieles acompañantes de Dylan durante la segunda mitad de los sesenta, hicieron su propia versión durante la gira mundial de Bobby de 1966, la cual está recogida en otro de los múltiples discos de versiones dylanianas, éste llamado Tangled up in Blues (1999). Se trata de una versión "sin sorpresas", con el sonido característico del Dylan de esos años; pero no está nada mal.

   
One too many mornings - The Band (Tangled Up in Blues, 1999)

De esta preciosa canción, salvo algunas escasas interpretaciones en vivo del propio Bob, no tengo ninguna versión de las tres últimas décadas del siglo pasado (que es el veinte, recuerdo). Ya metidos en el XXI guardo tres muestras. La primera de The Panics, un grupo australiano de Perth, que en su disco de 2007 Cruel Guards, añaden como bonus tracks el Just like a woman y una envolvente versión del One too many mornings, un sonido mucho más contemporáneo y que merece la pena escuchar. La segunda es del cantautor británico David Gray (un tipo muy recomendable aunque poco conocido por estos lares) y se contiene en un album recopilatorio de grabaciones en vivo que significativamente tituló A Thousand Miles Behind (de 2007); me gusta mucho su versión tranquila y sentida, recuperando el espíritu de la original. Por último la de los Avett Brothers a la que me referí antes; esa remezcla de las sesiones de Nashville con Johnny Cash; digamos que es curiosa.

   
One too many mornings - The Panics (Cruel Guards, 2007)

   
One too many mornings - David Gray (A Thousand Miles Behind, 2007)

   
One too many mornings - Johnny Cash & The Avett Brothers (Chimes of Freedom, 2012)

Acabo señalando que, pese a esta apabullamiento de versiones, One too many mornings no es mi canción favorita de las de Dylan (sí lo era, según me he enterado hace unas semanas, de Steve Jobs). El porqué de este post me lo callo.
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Actualización (14/04/2013): Quien tenga interés por Dylan puede encontrar en internet una infinidad inabarcable de datos. Ya lo sabía y, sin embargo, para escribir este post no hice bien los deberes. Porque resulta que ahora descubro que existe una web dedicada a relacionar las muchísimas versiones de las también muchas canciones compuestas por el genio de Minnesota. Así que busco esta One too many mornings y encuentro que hay 177 registros y yo, pobre ingenuo, pensando que las diez versiones que guardo más las tres o cuatro a que hago referencia eran, si no todas, casi todas. Así que ya tengo referencias para mis afanes coleccionistas. Por cierto, compruebo que de esta canción hay unas cuantas versiones traducidas a otros idiomas, entre ellos el castellano. La primera pertenece a un grupo valenciano nacido en Mallorca en 1986, La Gran Esperanza Blanca; algo he oído de estos tipos, pero no tengo nada suyo en mi discoteca. El otro castellanoparlante que se ha atrevido con este tema es un argentino llamado Esteban Páez quien tiene el detalle de permitir descargar gratis toda su discografía desde su web, entre la cual hay tres discos dedicados por entero a sus versiones dylanianas (cierro esta actualización con la canción objeto de este post; juzguen ustedes). He de mencionar por último a Gerard Quintana y Jordi Batiste, quienes en 2000 publicaron el album Els miralls de Dylan - Sense reina ni as, con trece canciones de Bobby en catalán; no suenan nada mal.

   
One too many mornings - Esteban Páez (El refugio de la víbora 2, 2007-2009)

martes, 9 de abril de 2013

Teología natural

En los comentarios al post anterior, a partir de la opinión de Vanbrugh de que las vivencias de un viaje con LSD son un pobrísimo remedo de lo que ha de ser la existencia en el Cielo, la discusión evolucionó a la comparación entre las primeras y los trances de los místicos cristianos. Si bien de entrada Vanbrugh manifestó que la diferencia de las experiencias místicas respecto de la futura vida en la Gloria era más o menos tan abismal que la de un tripi ácido, posteriormente, tras meditarlo, cambio de parecer y afirmó que, sin saber "cuanto de parecidos serán los trances místicos a la bienaventuranza eterna", sí cree que se asemejan mucho más a ésta que un viaje de alucinógeno. He de confesar que cuando le planteé la comparación, tenía curiosidad por saber si su respuesta se ajustaba a la doctrina católica y algo me sorprendió (no mucho, porque Vanbrugh no se caracteriza por un seguimiento ciego del magisterio eclesiástico) que en primera instancia aceptara poner en condiciones de igualdad los éxtasis de, por ejemplo, Santa Teresa y Aldous Huxley. Pero luego, al considerar los primeros "incomparablemente superiores", elude eventuales tentaciones heréticas ya que, como es sabido, la Iglesia considera que son vivencias anticipatorias del Cielo, concedidas a quienes las viven como gracia libérrima de Dios. Y desde luego ni por asomo ha calificado de modo similar las experiencias bajo los efectos del LSD, más bien todo lo contrario.

Naturalmente habrá quien piense que esta discusión es completamente absurda (e incluso habrá más de uno a quien se la sude). Yo, en cambio, creo que puede conducirse dentro de los cauces de la lógica, lo cual invalida calificarla como absurda. Naturalmente, partimos de unas premisas mayores, o axiomas si se prefiere, que no cabe discutir y de cuya veracidad dependerá la de las premisas que, en buena lógica, vayamos derivando. Estos axiomas de partida son obviamente que existe un Dios personal, eterno y omnipotente, el cual, además, se relaciona con los hombres, interviene en la historia. Es decir, los postulados básicos de cualquier creyente y, en particular, de los cristianos. Si niego estas premisas iniciales, cualquier argumentación, por muy ajustada a la lógica que esté, no nos aporta ninguna certeza (lógica) sobre la veracidad de las conclusiones que vayamos obteniendo (tampoco sobre su falsedad). Lo que pasa es que los axiomas de partida no pueden ser negados tajantemente, no se puede afirmar que es imposible que Dios exista, ni tampoco que de existir no intervenga en la historia humana. Todo lo más, creo yo, es lícito hablar en términos de probabilidad (en tal sentido, y aunque se inspiraran en una vieja publicidad de una marca de cerveza, no me parece mal hallado el conocido eslogan ateo de "probablemente Dios no exista"). Pero claro, las estimaciones probabilísticas de base inductiva dependen mucho de las muestras a partir de las que se hagan y, al final, según las particulares selecciones de cada uno y, sobre todo, las tendencias de sus mecanismos mentales, se puede llegar tanto a que probablemente Dios no exista como a que probablemente sí.

Hay una rama de la teología que se ha dado en llamar natural y que se caracteriza por el intento de llegar al conocimiento de Dios (y como paso previo a la prueba de su existencia) a través de la razón, sin el recurso a la revelación o a la fe. Enseguida nos viene a la mente la herencia aristotélica y la figura del primer campeón de estas lides, el tan manido Tomás de Aquino. Pero aunque los argumentos de la Summa Theologiae desde hace ya mucho están bastante desprestigiados, sigue vigente la pretensión de que a través de nuestras capacidades y sobre todo de la razón se puede llegar, si no a demostrar, sí a concluir que las probabilidades de que Dios exista con los atributos clásicos del cristianismo son muy cercanas a la certeza. De hecho, tal es la posición de la Iglesia Católica que en su último Catecismo que, en su punto 31, reza textualmente: "Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas "vías" para acceder al conocimiento de Dios. Se las llama también "pruebas de la existencia de Dios", no en el sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales, sino en el sentido de "argumentos convergentes y convincentes" que permiten llegar a verdaderas certezas". Más tajantemente en punto 36 recuerda el dogma del Concilio Vaticano I de que "Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas". Aunque inmediatamente después (con esa exasperante tendencia de la Iglesia, tan "italiana", de no dejar nunca del todo las cosas claras y optar por ambigüedades calculadas), añade que "sin embargo, en las condiciones históricas en que se encuentra, el hombre experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con la sola luz de su razón". Así pues, punto 38, "el hombre necesita ser iluminado por la revelación de Dios, no solamente acerca de lo que supera su entendimiento, sino también sobre las verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado actual del género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error". O sea, que sí se puede conocer a Dios por la sola vía de la razón, pero mejor no lo intentes y básate en la Revelación. Nada nuevo, la teología revelada siempre ha tenido mejor consideración entre los jerarcas que la natural, lo cual no tiene nada de extraño.

Sin embargo, estas preferencias de nuestros curas no son tan generalizadamente compartidas en el mundo anglosajón, donde desde hace ya bastantes años se ha ido desarrollando un discurso filosófico que intenta revisar las cuestiones teológicas desde la luz exclusiva de la razón. Me refiero a los Swinburne, Collins, Plantinga y otros "teístas" hacedores de argumentaciones racionales que, nos convenzan o no, son desarrolladas desde criterios de rigor lógico y sin eludir la confrontación con las consecuencias de los conocimientos que provienen de la física o de la biología, por referirme a los dos campos de los que mayoritariamente se nutren las conclusiones también de los pensadores ateos. Son muy de agradecer estos planteamientos porque permiten, a quienes nos interesa el asunto, ejercitar la mayor o menor capacidad de raciocinio con que Dios o la naturaleza nos ha dotado. Además, al menos para mí, es de lo más entretenido tratar de verificar el grado de corrección y congruencia de tales argumentos, de la misma forma que intento lo mismo –porque así creo que lo exige la honestidad intelectual– con la mucho más popular bibliografía atea (sobre todo gracias a Dawkins). Algún día de estos escribiré sobre las premisas y razonamientos de estos teístas contemporáneos, a quienes he descubierto hace pocos meses a partir del revuelo que se generó cuando Antony Flew, seguramente el filósofo ateo de mayor relieve, anunció que había llegado a la conclusión de que Dios existía en base a argumentos estrictamente racionales derivados de los descubrimientos científicos más actuales.

Pero, en realidad, todo el rollo hasta aquí no es más que una introducción para establecer que creo que cabe discutir racionalmente sobre un tema tan específico como el que se suscitó con Vanbrugh en mi post anterior. El objeto de esta entrada había de ser examinar con las herramientas de la lógica la argumentación de mi amigo que le lleva a concluir que los trances místicos son incomparablemente superiores a los éxtasis ácidos, sin cuestionar la validez de sus axiomas creyentes de partida. Esto era lo que pretendía, pero ya es tarde y me he alargado demasiado. Así que lo deja para la siguiente entrada, pidiéndole excusas a Vanbrugh y remitiendo a entonces mi respuesta a su último comentario. Acabo pues, no sin resistirme a añadir con una levísima intención provocativa que la única limitación que ponen los filósofos teístas a la omnipotencia de Dios es la que deriva de su sometimiento a la lógica; es decir, Dios no puede ser absurdo.

sábado, 6 de abril de 2013

Atisbando el Cielo

Para el cristianismo, esta vida tan breve que nos ha tocado experimentar es una mera antesala de otra que es eterna. Cuando morimos no acaba todo sino que en realidad empieza, aceptando las imprecisiones de usar estos verbos temporales improcedentes para hablar de eternidad, que lleva implícita la ausencia de tiempo, mas ¿cómo puede entender nuestro pensamiento, cuya esencia son procesos neuronales en el tiempo, esa ausencia? Pero lo importante es que no dejaremos de existir y que esa eternidad, siempre que hayamos sido "purificados" será plena de dicha, la Gloria.

Hablamos del Cielo, cuya existencia es consustancial al cristianismo, tanto que, que yo sepa, nunca ha hecho falta declararla expresamente como dogma. Lo que sí ha sido objeto de debate (esas discusiones que ahora nos parecen bizantinas y que, sin embargo, fueron motivo de encendidas riñas de consecuencias no pocas veces dramáticas) es en qué consiste la vida eterna celestial. Sin embargo, estuvo claro desde los primeros Padres (Agustín y compañía) que en el Cielo veremos a Dios "tal cual es" y estaremos en comunión bienaventurada con Él. En principio no habrá nada más que hacer, lo que desde nuestra cutre óptica terrenal, quizá se nos antoje aburrido, pero creámoslo sin intentar entenderlo porque, al fin y al cabo, es un misterio. Puede servirnos de pista recordar que, al no haber tiempo, conjugar el verbo hacer carece de sentido (como aburrirse, claro). Digo yo que será un estado suspendido de visión beatífica, de unión con el todo (de ahí lo de comunión), sintiendo una paz, serenidad y felicidad absolutas, plenas.

En todo caso, a la jerarquía católica nunca le ha gustado demasiado meterse en elucubraciones sobre el Cielo. Pese a ello, no pocos cristianos a lo largo de la historia han experimentado la intuición anticipatoria de lo que es esa futura vida en comunión con Dios. Me refiero, claro está, a los místicos, esas personas que reciben la gracia del extásis y durante breves ratos acceden a esa comunión con la divinidad, que con frecuencia les viene cobrada con los desagradables estigmas. De las descripciones que hacen de sus experiencias místicas cabe generalizar que se caracterizan por una extraordinaria intensificación de la percepción visual, rapto de la voluntad y el interés por las cosas cotidianas y desapego de la materialidad (salir del cuerpo) con una sensación de fundirse en un todo unitario de infinita belleza y benevolencia que, obviamente, es Dios. Durante el éxtasis el místico "comprende", se le hace evidente la esencia de todo, sin necesidad de pensar (los innumerables interrogantes se desvanecen), trascendiendo de las limitaciones del saber mundano. Luego, cuando "vuelven", no son capaces de explicarlo pero la experiencia les vale, caso de San Juan de la Cruz y Santa Teresa, para componer poemas de bellas paradojas contradictorias.

La Iglesia explica las experiencias místicas como dones gratuitos que Dios concede sólo a algunos que perseveran en el camino de santidad, que es lo que para todos los cristianos ha de significar la vida aquí. En esta tierra hemos de esforzarnos en progresar hacia la plenitud cristiana y la perfección de la caridad y en ese recorrido algunos son recompensados con un anticipo de lo que a todos nos tocará en la Gloria (catecismo de la Iglesia Católica, 2013 y 2014). Lamentablemente, en los últimos siglos Dios se ha mostrado bastante tacaño en la concesión de esta gracia del misticismo, sobre todo si tomamos como referencia el fecundo periodo que transcurre entre los siglos XIV y XVI. Así pues, lo cierto es que, ateniéndonos a la dogmática católica, resulta que las fuentes con que contamos para imaginarnos cómo será la Vida Eterna (la del Cielo, por supuesto, que en la del Infierno mejor ni pensar) están algo anacrónicas. Sin embargo, dada la atemporalidad de la eternidad, este anacronismo es completamente irrelevante (si acaso, habría que actualizar el lenguaje descriptivo, pero no el fondo).

Seguro que a cualquiera que haya probado el LSD las experiencias de los místicos católicos les parecerán familiares, sobre todo en esa sensación de asombrosa percepción y fusión íntima con el Todo, mientras se está embargado por una felicidad infinita y serena. No en vano la dietilamida de ácido lisérgico se considera un enteógeno, término acuñado por el helenista Carl A.P. Ruck en el famoso El Camino a Eleusis y que viene a significar que hace nacer a Dios dentro. Naturalmente, el LSD no es la única sustancia enteógena (aunque sí de las más potentes) ya que éstas han convivido con la humanidad desde tiempos muy remotos, siempre empleadas en ceremonias sagradas en las que los participantes, normalmente guiados por un sacerdote, hierofante o chamán, alteraban su estado de conciencia para vivir unas experiencias de naturaleza religiosa muy similares a las descritos por los místicos (si bien obviamente desprovistas de las referencias cristianas con las que éstos las adjetivan), en las cuales conocían a Dios.

Una de las primeras y más precisas descripciones con voluntad científica de los efectos de los enteógenos nos la proporciona Aldous Huxley en su emblemático Las Puertas de la Percepción (1954), cuando refiere su primera experiencia con mescalina (el alcaloide principal del peyote) en una luminosa mañana de mayo. El escritor no siente ningún menoscabo en su capacidad intelectual (ni en pensar ni en recordar), pero los parámetros dimensionales de la realidad, espacio y tiempo, dejan de ser relevantes. Se entra en otro plano de la realidad en la que predomina la visión, con una percepción intensificada, de formas y colores (el ojo recobra esa inocencia perceptiva de la infancia) y, al mismo siente, se impone un sentimiento "sacramental" de inmersión en la realidad. Durante la vivencia se produce un cambio radical en la volición: pierden todo interés las causas que habitualmente nos motivan por la sencilla razón de que uno tiene mejores cosas en que pensar. Esas "cosas mejores" se experimentan en una fusión de exterior e interior, en armonía unitaria. Huxley se refiere al término Istigkeit acuñado por el padre de la mística alemana, el maestro Eckhart, y que el inglés interpreta como la Totalidad integradora, una visión de Dios muy cercana al budismo y que puso al dominico alemán bajo sospecha de grave herejía.

No voy a sostener que los místicos católicos ingerían alguna sustancia psicoactiva; al fin y al cabo, ciertos "desórdenes" psiquiátricos parecen estar causados por procesos bioquímicos cerebrales que implican moléculas de estructura muy similar a las de este tipo de alucinógenos. Pero de lo que estoy bastante convencido es de que esas experiencias anticipatorias de la Gloria católica pueden ser vividas mediante la ingestión de un enteógeno o, lo que es lo mismo y aunque suene herético, que la mejor explicación contemporánea (y perfectamente compatible con la de la Tradición católica) de cómo será la existencia en el Cielo sería decir que equivalente a un eterno viaje de tripi. Para acceder a la experiencia celestial, por tanto, no hace falta morirse ni esperar a que Dios nos conceda la gracia de un éxtasis místico. Ciertamente, estos "atajos" no le gustan nada a la Iglesia, mucho menos incluso que las iluminaciones místicas.

A otros en cambio, en especial durante los cincuenta, sí les pareció que estas sustancias eran un maravilloso don (de Dios o de la naturaleza) que contribuía poderosamente a desarrollar lo mejor del ser humano, un medio en el camino personal de autoconocimiento y felicidad, con muy beneficiosos efectos para la propia transformación interior. Incluso hubo algún extravagante personaje de esa época, un tal Alfred Matthew Hubbard (a cuya biografía, muy escasamente registrada, conviene acercarse) que, convertido en apóstol del recién descubierto LSD, recorrió Estados Unidos y Europa suministrándolo a todo quien quisiera (era un tipo tan extraordinario que hasta consiguió un permiso del Vaticano para administrarlo a sacerdotes católicos). Su propósito más preciado era conseguir que los gobernantes del mundo experimentaran los viajes lisérgicos y sintieran "el Amor como hecho cósmico fundamental y primordial" (son palabras de Huxley describiendo su primera dosis de LSD) ya que, entonces, habrían de cambiar desde arriba el sistema para propiciar la paz y felicidad humanas. Naturalmente, a pesar de que consiguió que algún alto capitoste tomara tripis, fracasó estrepitosamente.

Por el contrario, el ácido y casi todas las restantes sustancias enteógenes fueron muy poco después prohibidos (en varias disposiciones a lo largo de los sesenta), lo cual no impidió que su consumo alcanzara un notable auge durante esa década en el movimiento contracultural; de hecho, los enteógenos son un elemento indispensable para entender esos años y a muchos de los personajes que rondaban por entonces la veintena. Hay quienes piensan que la benevolente mística del LSD fue aniquilada conscientemente con la introducción de la heroína desde los mecanismos del poder. Sin meterme en "teorías conspiratorias", lo que sí parece bastante congruente es que al sistema no le tenía que hacer mucha gracia que los súbditos accedieran a un grado de lucidez que pusiera en cuestión los mecanismos psicológicos que los mantienen sumisos (a tales efectos, los opiáceos, en cambio, resultan mucho más adecuados). Salvando las distancias, parecidos motivos a los que explican que a la Iglesia no le guste demasiado que conozcamos el Cielo en esta vida mortal.

   
Heaven is in your mind - Traffic (Mr. Fantasy, 1967)

viernes, 29 de marzo de 2013

La Pasión según Majewski y Bruegel

Preparando el escenario


La última cena


La Cruz


El Látigo


Vía Crucis


La Crucifixión


Hoy es Viernes Santo, día muy apropiado para subir estas breves escenas de una película muy recomendable, El Molino y la Cruz, del polaco Lech Majewski. Se trata casi de un experimento, una inmersión cinematográfica en el famoso cuadro Camino al Calvario de Peter Bruegel. Jesús es un rebelde, en este caso a la dominación española de Flandes a mediados del XVI o a la corrupción de la institución que se dice su heredera. Ha habido muchas más pasiones y muchos más Cristos desde los romanos. Película triste y dura, colmada de simbolismo, pero sobre todo hermosa, muy hermosa.

domingo, 24 de marzo de 2013

Escrache

El pasado 5 de febrero, Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), hacia el final de su comparecencia ante la Comisión de Economía y Competitividad del Congreso de los Diputados dijo lo siguiente: " ... para nosotros ha llegado un punto de inflexión. Creemos que la ciudadanía ha tenido hasta ahora una dosis de paciencia infinita por la gravedad de los hechos que estamos describiendo y que estamos tratando, porque literalmente hay vidas en juego y nosotros lo estamos viendo cada día, como les decía. Hasta ahora nos hemos empecinado en agotar todas las vías que ofrecía el sistema. Hemos hablado con servicios sociales, con partidos políticos, con ayuntamientos, con oficinas de vivienda, con comunidades autónomas, con los juzgados, hemos puesto todos los recursos posibles, hemos hablado con todo el mundo. Nos han dicho que teníamos que recoger firmas como hormiguitas y hemos recogido más de un millón de firmas. Hemos agotado todos los canales y si, en cambio, las mayorías parlamentarias insisten en despreciar esa voluntad ciudadana tan clara y contundente que avala esas demandas de mínimos, estarán ustedes legitimando que demos un peso más y aumentemos la presión social. No es un capricho, no tenemos ganas de estar permanentemente movilizados y les aseguro que tenemos mejores cosas que hacer. Desde luego, la gente de lo que tiene ganas es de buscar empleo y de buscar soluciones para su vida cotidiana; no tienen ninguna gana de estarse manifestando y haciendo acciones de presión, pero no nos queda más opción. Las cartas están sobre la mesa, las demandas ciudadanas están sobre la mesa. Si hay grupos todavía que insisten en despreciar esa voluntad ciudadana, se tendrán que enfrentar a que públicamente les señalemos, y es eso lo que hoy tenemos que anunciar aquí. Pedimos a todos los diputados y diputadas que hagan un examen de conciencia, más allá de los grupos parlamentarios como tales. Apelamos directamente a las personas con nombres y apellidos que tienen una vida, que tienen familia, que podrían intentar imaginarse lo que significa que te destruyan la vida de un día para otro. Pónganse ustedes en la piel de la gente que está sufriendo todo esto, hagan un examen de conciencia y piensen si pueden votar en contra de estas medidas de mínimos. Aquellos diputados y diputadas que no se comprometan desde ya a defender estas medidas de mínimos en este trámite que se está desarrollando en esta Comisión o cuando se discuta la admisión a trámite de nuestra ILP el próximo martes, van a tener que ver cómo la población empieza a señalarles públicamente allí donde vayan. Nunca vamos a incitar acciones de violencia. Somos un movimiento pacífico y creemos firmemente en las acciones pacíficas, pero tampoco vamos a tolerar la impunidad que arruina la vida de miles de personas condenadas a un sufrimiento intolerable".

Ese anuncio venía precedido de la creación de una web que con el título "Hay vidas en juego, campaña para que los diputados conozcan por qué tienen que votar favorablemente a las medidas de la ILP hipotecaria", había abierto la PAH el 30 de enero, con un primer post dedicado al "protocolo de actuación en los escraches". Esto de los escraches (palabra que no conocía hasta ahora) consiste en que un grupo de gente se junta y se dirige al lugar de trabajo o residencia de alguien para personalizar sobre él su manifestación; es decir, se trata de señalarlo expresa y públicamente como responsable. Estas actividades de escrache conforman la segunda fase de la campaña que impulsa la Plataforma para lograr que la iniciativa legislativa avalada por más de un millón cuatrocientas mil firmas sea aprobada como Ley en el Congreso. Previamente, durante el pasado mes de febrero, se desarrolló la primera fase limitada a acciones en la red (enviaron mensajes y correos a los diputados para hacerles conocer la situación de los afectados e invitarles a asistir a las asambleas; imagino que pocos lo habrán hecho). La primera acción propiamente de escrache fue una concentración de afectados el pasado lunes 11 frente al Ritz de Madrid, donde se reunía la plana mayor del PP para asistir a una conferencia de María Dolores de Cospedal. Tuvieron que mantenerse a distancia porque la entrada al hotel estaba acordonada por un buen número de policías. El miércoles 13 un buen grupo se acercó hasta la casa de la diputada del PP María Ángeles Esteller, al final de la calle Balmes, en Barcelona; no pasaron del portal. Luego, también en Barcelona, fueron a los domicilios del ministro Jorge Fernández Díaz y del pepero Jorge Moragas. El sábado 16 se fueron al Prat de Llobregat para señalar a Antonio Gallego, otro diputado del PP. Pero el último y más polémico de estos escraches aconteció el pasado miércoles 20, cuando los afectados valencianos se plantaron en la casa de Esteban González Pons y llegaron a subir hasta el rellano de su vivienda (sólo dos, según la PAH) para aporrear durante un rato la puerta (o tocar al timbre tres veces, según la PAH), lo que, según declaró el vicesecretario general del PP, asustó a sus niños (que, por cierto, deberían haber estado en el colegio).

Desde luego, no es nada agradable esta medida que ha adoptado la Plataforma, no me gusta. Pero una cosa es que no me guste y otra que la considere, como han declarado los del PP, inaceptable. Viene motivada por la absoluta falta de respuesta de los políticos que ahora se sienten acosados, que se agrava muchísimo por el hecho de que quienes requieren esa respuesta son personas que están desesperadas. ¿Qué haríamos cualquiera de nosotros si el Poder, con todos sus instrumentos de "violencia legítima", nos apisona inclemente sin dejarnos ninguna opción? ¿Resignarnos? En mi opinión, lo realmente sorprendente no es que estas personas increpen a los políticos del PP, sino que sólo se limiten a eso, que no hagan las barrabasadas que ante situaciones tan dramáticas como las que varios de ellos viven cabría esperar. El gobierno del PP (y antes el del PSOE, aunque con menos prepotencia), en su repugnante sumisión a los dictados del capitalismo financiero, viene pasando por completo del gravísimo deterioro de las condiciones de vida de los españoles, asiste impávido a los muy negativos efectos sociales que suponen sus medidas, dirigidas exclusivamente a satisfacer las exigencias del sistema económico (les daré el beneficio de la duda, creyéndome con la más beatífica ingenuidad, que están convencidos de que tal es la única vía, que fuera del sistema no hay salvación posible). Pienso sinceramente que debemos alegrarnos de que el evidente quebranto de la paz social al que nos ha conducido la crisis y las medidas gubernamentales se manifieste nada más que en pitadas, abucheos e insultos a políticos. Pitadas, abucheos e insultos, por otro lado, que se merecen más que de sobra, aunque sólo fuera por su indignante pasividad e ineficacia para resolver los problemas reales de la gente, y mucho más en tanto cómplices descarados y necesarios de los culpables de esta situación, a quienes legitiman y socorren. Basta pues de escandalizarse fariseicamente ante lo "inadmisible" de los comportamientos de estas personas indefensas cuando no lo han hecho ante los verdaderos escándalos. Y que tengan el mínimo pudor de aguantar las "molestias" de ser escracheados haciendo el ejercicio empático (muy recomendable) de compararlas con las que han sufrido o pueden sufrir los afectados por un sistema y una legislación tremendamente injustos.

Pero no, no lo hacen. En cambio, entre otras perlas, nos informan de que esto del escrache es una práctica fascista, que se emparenta, dicen, con las estrellas amarillas que el régimen nazi obligaba a que llevaran los judíos. Por favor, no sean tan cínicos. Señalar públicamente a alguien no puede, en sí mismo, considerarse propio de ideologías fascistas ni de cualquier otro tipo. Que los nazis señalaran a los judíos fue una acción malvada y éticamente condenable por la radical injusticia que suponía y la finalidad que se pretendía al marcarlos. Cuando en 1995 la agrupación de derechos humanos HIJOS "inventó" el término escrache para "acosar" a los criminales de la dictadura argentina indultados por Menem, lo que estaban haciendo era expresar una condena social, la única forma que les quedaba ante la impunidad de los culpables. ¿Dirán los del PP que los escraches bonaerenses eran fascistas? ¿Acaso lo que están haciendo los de la PAH no enlaza mucho más con aquéllos que con los nazis o los de la kale borroka? A mi modo de ver, así es. Porque lo que pretenden los afectados, además de presionarles para que voten a favor de la Iniciativa Legislativa Popular, es que sufran un poquito en pago de sus culpas como cómplices de la injusticia imperante, resquebrajar mínimamente la impunidad vergonzosa que les ampara y desde la cual se permiten el lujo de despreciar olímpicamente los problemas de aquéllos a quienes se supone que representan. Qué coño, que apechuguen con lo que sienten hacia ellos los ciudadanos afectados por las decisiones (mucho es llamarlas así) que adoptan desde sus mullidos escaños. ¡Qué menos!

Ya he dicho que a mí no me gusta el escrache, no creo a casi nadie le guste, empezando por los propios afectados, tal como declaró Ada Colau en su comparecencia. Pero mucho menos me gusta la hipocresía rampante de sus señorías. Mucho menos me gusta que Leire Iglesias, la portavoz del PSOE en la Comisión de Economía, tenga la desfachatez de declarar su apoyo a las propuestas de la PAH para luego decirle a su portavoz, con velada incriminación, que lo hacen no porque los presionen sino porque es de justicia. Eso cuando el PSOE lleva ya varios años oponiéndose a medidas que siquiera mitiguen la tremenda injusticia que ahora ve la señora diputada. ¿Pretenden acaso los del PPSOE que los españoles seamos tan inconmensurablemente tontos como para creernos que no hace falta protestar, que ellos están ahí para corregir las injusticias de motu proprio? ¿Alguien se cree que estarían haciendo algo que no guste al capital financiero (que ya procurarán que sea lo mínimo) si la gente no saliera a la calle? Y resulta que quienes salen ya no son meros indignados, sino que plantean diagnósticos y alternativas serias que cada vez le resulta más difícil ningunear a los voceros del sistema, incluyendo a esos esbirros vergonzantes que pululan por las tertulias-basura de la televisión. La crisis social, como no podía ser de otra manera, está haciendo evidente la crisis de legitimidad ética del sistema y eso sí que les preocupa a los amos del cotarro y sus fieles servidores en los gobiernos. A este respecto, tengo la impresión de que, por mucho que entienda y justifique los escraches de la PAH, pueden significar un "balón de oxígeno" para el PP y sus secuaces, en tanto contribuyen a desviar la atención hacia el irrelevante debate de su "admisibilidad" como forma de protesta. Hacia ahí se han lanzado de cabeza los del PP y no dudan en acompañarlos representantes de otros grupos políticos. Una muestra más de la tremenda hipocresía de estos sinvergüenzas pero, lamentablemente, me temo que eficaz.



PS: Me precio de intentar ser ecuánime, de matizar mis opiniones y evitar las simplificaciones que, pese a su mayor contundencia comunicativa, suelen ser erróneas e injustas. Reconozco que en este post no me he ceñido a mis propias reglas. Les aseguro, sin embargo, que he profundizado en diversos aspectos del asunto, que he leído y visto diversos enfoques. De algunos de los temas relacionados quizá hable en otras entradas. Pero hoy he querido dar rienda suelta a mi indignación, incluso a riesgo de sobrepasar algún límite. Creo que poco a poco, y aún sin renunciar a nuestra capacidad crítica y al ejercicio de una saludable escepticismo intelectual, nos están obligando a tomar partido, a elegir bando. Como dice Lansky, se trata de una guerra y se está acabando el espacio para los neutrales (y que conste que no tengo hipoteca).

viernes, 22 de marzo de 2013

Los adolescentes adolecen

Adolescente deriva del verbo latino adolescere, crecer. El adolescens, participio activo, era el que crece, mientras que el adultus, participio pasivo, era el que ya había crecido. Adolecer, en cambio, proviene de dolere y, de hecho, su acepción original en romance se refería a los males físicos que "causaban dolor", aunque en la actualidad se emplea muy preferentemente en el sentido de padecer algún defecto (adolecía de falta de recursos, adolece de una vanidad superlativa).

Hago las dos precisiones anteriores porque el parecido entre ambas palabras lleva con frecuencia a vincularlas erróneamente, en un ejercicio de lo que se conoce como etimología popular. Hace unos días, por ejemplo, caí por motivos que no vienen el caso en una reunión con tres mujeres y la conversación derivó hacia los quebraderos de cabeza que les provocan sus hijos adolescentes. Una de ellas, a la que ya le había detectado marcada inclinación hacia las "máximas universales" (esas frases que se presentan como explicación aparentemente profunda de algo y que, vistas un poco de cerca, suelen ser tópicos inflados de vacío), nos hizo ver que el insufrible comportamiento de los adolescentes surge de sus propios sufrimientos a causa de las carencias que justamente definen esa edad, se llaman adolescentes por eso, porque adolecen, porque les falta lo que han de conseguir en el proceso de hacerse adulto, de madurar.

Aparte del error etimológico, más disculpable, mi amiga incurrió en el extendido vicio, frecuente sobre todo entre los periodistas, de emplear el verbo adolecer como sinónimo de carecer, que lleva a construir frases cuyo significado es precisamente el contrario del que pretende el hablante. Decir que los adolescentes adolecen de madurez, por ejemplo, significa que tienen madurez, aunque ésta les cause sufrimientos. En todo caso, si aceptamos la primacía del hablar popular sobre los purismos etimológicos, habrá que dar por buena la frase de esta amiga mía y reconocer que, en efecto, los adolescentes son los que adolecen ya que, por descontado, adolecer es tener falta de algo. Todo se andará, que gran parte del camino ya está recorrido.

Pero a lo que voy, que no es embarcarme en nuevas navegaciones lingüísticas. La cosa es que yo, tan culto, noté inmediatamente el doble error de mi amiga y a punto estuve de señalárselo. Si no lo hice fue porque, por mucho que uno se esfuerce en decirlo del modo más suave posible, las probabilidades de crear una situación si no violenta sí desagradable son muy cercanas a la certeza, máxime cuando hay más personas en la conversación (las otras dos mujeres, por cierto, asintieron asombradas al descubrimiento que les brindaba la otra). Aunque he de confesar que en tales ocasiones lo paso verdaderamente mal, son breves instantes en que tengo que ejercer mi máxima capacidad de autocontrol para que no se me dispare la lengua y chafe a quien se ha quedado tan a gusto tras la exhibición de su errónea sapiencia.

Supongo que ese impulso mío, tan intenso a veces, es debido a la vanidad, en mi opinión uno de los más deleznables vicios morales (porque ni siquiera tiene el empaque que reviste a la soberbia). Si así es, hago bien, me digo, en esforzarme en refrenarlo y confío en que mis empeños conduzcan poco a poco a debilitarlo; o sea, que cada vez me den menos ganas de corregir las burradas que pueda escuchar en cualquier conversación. Claro que a veces también pienso, quizá para justificarme cuando sucumbo a la tentación, que flaco favor hago a estas personas callando ya que conscientemente les estoy dejando en un error del que me sería muy sencillo sacarles. Pero no me engaño, este argumento no es más que una excusa pues en el fondo sé que poco o nada habría contribuido a la felicidad de mi amiga que le explicara la etimología y significado de adolecer; más bien los efectos habrían sido los contrarios.

No obstante, todo es cuestión de grados. Que estas tres mujeres estén convencidas de que adolescente y adolecer comparten etimología y semántica es algo bastante inocuo. Non è vero, ma è ben trovato, y ese trovato sirve para propiciar un buen rato sin graves consecuencias. Hay en cambio otras barrabasadas lingüísticas que, por la apabullante frecuencia con que se perpetran, disparan casi automáticamente mi acción correctora. Estoy dispuesto a admitir que también en estos casos debo esforzarme en dominar el vicio, pero concédaseme que me concentre primero en las de menor cuantía antes de afrontar estos mucho mayores retos. Citaré solo dos ejemplos que me enconan especialmente. El primero es la manía de cambiar prever por preveer (contaminación de proveer), que hace pocos días, en una reunión con unos propietarios de suelo, provocó que se me escapara entre dientes (pero suficientemente audible) "con una sola e". El segundo es el empleo de las formas plurales del verbo haber cuando se usa como impersonal y que, al menos en Canarias, es casi la norma. La semana pasada, en una reunión de trabajo en la que una compañera nos contaba el proceso seguido en un plan de mejora de un núcleo turístico del sur de la isla, refiriéndose en varias ocasiones a los numerosos problemas que hubieron, no pude reprimirme y, en cuanto acabó su perorata le pedí que no se ofendiera pero que debía decir hubo problemas. Creo que no quedé demasiado mal, pero seguro que esa chica (con quien además voy a tener que trabajar durante los próximos seis meses) no me quiere más a partir de entonces.

En fin, perseveraré en morderme la lengua.

   
Teenage wasteland - Pete Townshend (The Genuine Scoop, 1980)