Apuntes de un maltrato
En la actualidad, pareciera que la sociedad en general, al menos en estas latitudes, ha adquirido la necesaria sensibilidad ante la violencia machista de la que carecía no hace mucho. Porque no hace mucho maltratar a tu mujer era algo normal (o al menos casi normal), algo que pertenecía a la esfera íntima del matrimonio y en lo que desde fuera mejor no inmiscuirse, a ser posible intentar no enterarse. Hay quienes piensan, dada la frecuencia en que asistimos a escenas de violencia, que ahora se maltrata más que antes pero no es así, estoy convencido de que, por mucho que nos parezca cuantitativamente inadmisible, esta lacra era mayor en el pasado. De hecho, como se ha repetido muchas veces, el maltratador ha venido apareciendo en las más diversas categorías, al margen de clases sociales y niveles culturales. Un ejemplo muy relevante fue Norman Mailer, en particular con su segunda mujer Adele Mailer. Hay muchos factores que “explican” que una relación que empezó con un enamoramiento fulminante y apasionado fuera deteriorándose a lo largo de diez años, dejando entrar el maltrato hasta llegar a un funesto final. Esa historia sucedió en la década de los cincuenta, hace dos generaciones, no demasiado por tanto (eran más o menos de la edad de mis padres). Como es lógico, Mailer poco habló de su comportamiento, sólo del criminal acto final y diciendo absolutas estupideces al respecto, sin en ningún caso mostrar arrepentimiento. Adele, en cambio, se sintió obligada a escribir un libro (La última fiesta) que no es sino la descripción del proceso que llevó al trágico final –escrita casi cuarenta años después, cuando ambos eran setentones–, lo que permite contextualizarlo. Naturalmente es la versión de ella (“su verdad”, como cursi e hipócritamente se dice ahora), pero rezuma credibilidad. Después de leer el libro, a uno le queda la desazón de comprobar el lado diabólico de un personaje afamado, respetado, miembro incuestionable de la elite cultural del país más poderoso. Pero sobre todo, cómo por ser justamente eso, la sociedad (quienes la caracterizan, quienes son alguien) cierra filas para protegerlo y prácticamente no le pasa nada. He querido extractar algunos textos del libro de Adele (las citas van en cursiva) porque me parece una lectura muy instructiva. Las escenas finales del proceso de maltrato vendrán en un siguiente post (éste ya me quedaba muy largo).
Se habían conocido y enamorado en la primavera de 1951 y casi inmediatamente a vivir juntos. Desde muy pronto, ella se dio cuenta de la personalidad narcisista de él, de su escasísima empatía, de su necesidad compulsiva de ser siempre el centro de atención. Yo trataba de complacerlo en todo lo posible, pero cuanto más tiempo pasábamos juntos, cuanto más íntimos éramos, más difícil me resultaba lograrlo. Me hallaba frente a un perfeccionista, a un crítico incansable, especialmente con los seres más allegados, provisto de un ego que lo devoraba todo. Con el paso del tiempo las discusiones entre nosotros se fueron haciendo cada vez más frecuentes (125). Llevaban dos años juntos, asistiendo a muchísimas fiestas, bebiendo alcohol en cantidades excesivas, habiéndose convertido en la pareja de moda, la más original, transgresora y deseada de Nueva York. Ya para entonces, Norman oscilaba del trato cariñoso al insulto y al desprecio, en especial cuando estaba bebido pues el whisky exacerbaba su ira: estúpida de mierda, no aprendes nada. Estás anclada en el pasado. Eres un trozo de carne (125). La verdad era que no podíamos con todo el alcohol que ingeríamos. Él sufría un cambio como el del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pues el hombre encantador y razonable se convertía en un ser prepotente y sádico. Sus ojos azules se tornaban malévolos, su boca adquiría un rictus desagradable y hablaba con un falso acento de machito texano. Cuando bebía, la alegría y la espontaneidad estaban ausentes en cuanto hacía, todo parecía teñido de una lúgubre desesperación (130).
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Se habían conocido y enamorado en la primavera de 1951 y casi inmediatamente a vivir juntos. Desde muy pronto, ella se dio cuenta de la personalidad narcisista de él, de su escasísima empatía, de su necesidad compulsiva de ser siempre el centro de atención. Yo trataba de complacerlo en todo lo posible, pero cuanto más tiempo pasábamos juntos, cuanto más íntimos éramos, más difícil me resultaba lograrlo. Me hallaba frente a un perfeccionista, a un crítico incansable, especialmente con los seres más allegados, provisto de un ego que lo devoraba todo. Con el paso del tiempo las discusiones entre nosotros se fueron haciendo cada vez más frecuentes (125). Llevaban dos años juntos, asistiendo a muchísimas fiestas, bebiendo alcohol en cantidades excesivas, habiéndose convertido en la pareja de moda, la más original, transgresora y deseada de Nueva York. Ya para entonces, Norman oscilaba del trato cariñoso al insulto y al desprecio, en especial cuando estaba bebido pues el whisky exacerbaba su ira: estúpida de mierda, no aprendes nada. Estás anclada en el pasado. Eres un trozo de carne (125). La verdad era que no podíamos con todo el alcohol que ingeríamos. Él sufría un cambio como el del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pues el hombre encantador y razonable se convertía en un ser prepotente y sádico. Sus ojos azules se tornaban malévolos, su boca adquiría un rictus desagradable y hablaba con un falso acento de machito texano. Cuando bebía, la alegría y la espontaneidad estaban ausentes en cuanto hacía, todo parecía teñido de una lúgubre desesperación (130).
En el verano de 1954 viajaron por segunda vez a México (allí vivía Bea, la primera mujer, con su hija Susie). Conocieron a una pareja estadounidense, los Lattimore, con quienes él quiso organizar una sesión de sexo. Se colocaron con alcohol y marihuana y comenzaron los escarceos, las parejas intercambiadas. De pronto, Norman desapareció, dejándome librada al placer de bocas extrañas, suaves caricias y tiernas lamidas, con las campanas al vuelo para celebrar el goce de la reina de las putas. Fuimos entonces tres los cuerpos que, entrelazados, nos entregamos al paroxismo de la más pura y genuina lascivia (161). Cuando acabó la sesión y los Lattimer se fueron (los echó ella), subió a ver a su marido que, en la cama matrimonial, simulaba dormir. Arrimé mi cuerpo tembloroso a la espalda de Norman y le pedí que me hablara. Se giró y pude verle la cara pálida y demacrada, con la boca cerrada en un gesto airado. –Aléjate de mí, puerca –y me dio tal sacudón que casi me tira de la cama. –Lo he oído todo desde aquí. Me repeles (162).
El 19 de abril de 1955, Adele y Norman se casaron en el Ayuntamiento neoyorkino. Al poco tiempo se mudaron a un inmenso loft en la calle Monroe, en la parte baja del East River, un barrio peligroso. Hacia finales de ese año hicieron una fiesta que acabó con un enfrentamiento con gamberros del barrio y a Norman le abrieron la cabeza. Aguantaron un tiempo más pero finalmente se mudaron a un piso en la calle 55. Esas navidades, Dan Wolf (el amigo de ambos que los había presentado) fue a hacerles una visita. Adele tenía ganas de salir a cenar y poder pasar un rato largo con el viejo amigo, pero Norman, que había venido de la calle cabreado, le dijo que debía quedarse en casa cuidando a Susie. Poco a poco, delante de Dan, fue subiendo el tono. Perdí la paciencia y le dije que no quería discutir más, pero que había pasado todo el día con Susie y que me apetecía salir esa noche. Lo dije como un hecho, no como una queja. Sin previo aviso, me dio un revés en plena cara. Dan se quedó helado y yo muda por la sorpresa y el dolor. Quise devolverle el golpe, pero desistí cuando vi que tenía esa expresión malvada que tan bien le conocía; me eché a llorar, tanto a causa del dolor como de la humillación que sentía delante de nuestro amigo (191).
En 1956 el matrimonio se trasladó a Bridgewater, en Connecticut, con la intención de llevar una vida más tranquila, frecuentando la comunidad de escritores que residían en los alrededores (William Styron, entre otros, con quien Norman había hecho buena amistad). Adele estaba contenta porque ese entorno le parecía más adecuado para criar a la niña que había nacido pocos meses antes, y también porque confiaba en que el ambiente rural tranquilizara los ánimos de su marido. Pero pronto los dos sintieron que se aburrían y echaban de menos el ajetreo de las fiestas neoyorkinas, de modo que no tardaron demasiado en volver a saraos nocturnos, aunque tuvieran que conducir tres horas, la vuelta a altas horas de la madrugada y bastante borrachos. Un fin de semana estival, (sería en 1957) mi madre fue a Bridgewater sola porque le había pedio que hiciera de canguro, pues yo tenía que asistir a una fiesta el sábado por la noche. La fiesta, que era en Nueva York, acabó a las tres de la mañana, hora en que Norman y yo emprendimos el regreso a casa, borrachos y enfadados como de costumbre. Él se había portado muy mal conmigo toda la noche, ya que había flirteado abiertamente con otra mujer en mis propias narices y yo, movida por el alcohol, había reaccionado de forma descontrolada. Cuando llegamos a casa, nos peleamos a grito pelado, sin siquiera recordar que mi madre dormía en una habitación de la primera planta. La pelea subió de tono y nos fuimos a las manos, hasta que Norman me dio en plena cara, dejándome un ojo morado y la boca hinchada (250). Al día siguiente, su madre quedó impresionada al ver lo que le había hecho, no podía creer que el famoso escritor pudiera ser tan salvajemente cruel en la intimidad. –Y no te engañes, ya que no sabes casi nada de lo que ocurre. Además de abofetearme, tiene otras maneras de herirme. Me hiere con palabras y con críticas constantes, y me humilla en público. Hay mujeres que pueden cerrar los ojos ante esas cosas, pero yo no puedo. Me duele demasiado y me da la sensación de que no valgo nada (252). Ese mismo día, más tarde, madre e hija hablan desoladas; Adele no sabe qué hacer, dice que no puede dejarlo, que todavía lo quiere. Miré a mi madre y de pronto me pareció más diminuta, más vulnerable, no como el dragón que exhalaba fuego cuando yo era pequeña. Parecía alelada frente al lado oscuro de Norman. Después de todo, no nos había visto a menudo y él siempre había sido muy amable con ella y con mi padre. Y allí estaba su hija, con su precioso retoño en brazos, la gran dama en su lujosa casa que parecía un refugio beatniks. Sin embargo, pese a que estaba verdaderamente enojada con Norman, mi madre no podía dejar de decir la misma frase una y otra vez: –¡Oh Dios mío …, un divorcio! ¡Nunca ha habido un divorcio en la familia! –No mamá, no creo que lleguemos a eso. Aunque te cueste creerlo, Norman y yo nos queremos, y él también quiere a la niña. No te preocupes, ya lo solucionaremos (254).
La segunda hija de Adele, Betsy, nació en 1959, cuando ya la pareja estaba de regreso en el Village, después de tres años en Connecticut. Adele usaba un diafragma que, en los meses previos a que decidiera volver a quedarse embarazada, era algo que Norman odiaba. De repente, en medio del acto sexual, me metía los dedos con brutalidad, me arrancaba el diafragma y lo tiraba al otro extremo de la habitación, con tal furia que temía que fuera a pegarme. –Odio esas malditas cosas. Me darán cáncer … En esos momentos, sus ojos azules tenían una mirada helada y extraña que me hacían pensar que tal vez estuviera tomando alguna droga a mis espaldas (264). Pese a que lógicamente Adele sentía cada vez más rechazo sexual y hasta miedo, decidió quedarse embarazada porque pensaba que un hermanito sería bueno para su hija y contribuiría a mejorar la vida en común. Aunque Norman iba al estudio todos los días, creo que tenía muchas dificultades para escribir y, pese a estar yo embarazada de seis meses, descargaba en mí su frustración. Una vez, durante una discusión por algo sin importancia, me dio un repentino golpe en la barriga. Aún recuerdo el daño físico y el horror que sentí. Temerosa de que pudiera haberle hecho daño al bebé, rompí a llorar, pero gracias a Dios no le pasó nada. Él, como de costumbre, no se disculpó (265).
En 1956 el matrimonio se trasladó a Bridgewater, en Connecticut, con la intención de llevar una vida más tranquila, frecuentando la comunidad de escritores que residían en los alrededores (William Styron, entre otros, con quien Norman había hecho buena amistad). Adele estaba contenta porque ese entorno le parecía más adecuado para criar a la niña que había nacido pocos meses antes, y también porque confiaba en que el ambiente rural tranquilizara los ánimos de su marido. Pero pronto los dos sintieron que se aburrían y echaban de menos el ajetreo de las fiestas neoyorkinas, de modo que no tardaron demasiado en volver a saraos nocturnos, aunque tuvieran que conducir tres horas, la vuelta a altas horas de la madrugada y bastante borrachos. Un fin de semana estival, (sería en 1957) mi madre fue a Bridgewater sola porque le había pedio que hiciera de canguro, pues yo tenía que asistir a una fiesta el sábado por la noche. La fiesta, que era en Nueva York, acabó a las tres de la mañana, hora en que Norman y yo emprendimos el regreso a casa, borrachos y enfadados como de costumbre. Él se había portado muy mal conmigo toda la noche, ya que había flirteado abiertamente con otra mujer en mis propias narices y yo, movida por el alcohol, había reaccionado de forma descontrolada. Cuando llegamos a casa, nos peleamos a grito pelado, sin siquiera recordar que mi madre dormía en una habitación de la primera planta. La pelea subió de tono y nos fuimos a las manos, hasta que Norman me dio en plena cara, dejándome un ojo morado y la boca hinchada (250). Al día siguiente, su madre quedó impresionada al ver lo que le había hecho, no podía creer que el famoso escritor pudiera ser tan salvajemente cruel en la intimidad. –Y no te engañes, ya que no sabes casi nada de lo que ocurre. Además de abofetearme, tiene otras maneras de herirme. Me hiere con palabras y con críticas constantes, y me humilla en público. Hay mujeres que pueden cerrar los ojos ante esas cosas, pero yo no puedo. Me duele demasiado y me da la sensación de que no valgo nada (252). Ese mismo día, más tarde, madre e hija hablan desoladas; Adele no sabe qué hacer, dice que no puede dejarlo, que todavía lo quiere. Miré a mi madre y de pronto me pareció más diminuta, más vulnerable, no como el dragón que exhalaba fuego cuando yo era pequeña. Parecía alelada frente al lado oscuro de Norman. Después de todo, no nos había visto a menudo y él siempre había sido muy amable con ella y con mi padre. Y allí estaba su hija, con su precioso retoño en brazos, la gran dama en su lujosa casa que parecía un refugio beatniks. Sin embargo, pese a que estaba verdaderamente enojada con Norman, mi madre no podía dejar de decir la misma frase una y otra vez: –¡Oh Dios mío …, un divorcio! ¡Nunca ha habido un divorcio en la familia! –No mamá, no creo que lleguemos a eso. Aunque te cueste creerlo, Norman y yo nos queremos, y él también quiere a la niña. No te preocupes, ya lo solucionaremos (254).
La segunda hija de Adele, Betsy, nació en 1959, cuando ya la pareja estaba de regreso en el Village, después de tres años en Connecticut. Adele usaba un diafragma que, en los meses previos a que decidiera volver a quedarse embarazada, era algo que Norman odiaba. De repente, en medio del acto sexual, me metía los dedos con brutalidad, me arrancaba el diafragma y lo tiraba al otro extremo de la habitación, con tal furia que temía que fuera a pegarme. –Odio esas malditas cosas. Me darán cáncer … En esos momentos, sus ojos azules tenían una mirada helada y extraña que me hacían pensar que tal vez estuviera tomando alguna droga a mis espaldas (264). Pese a que lógicamente Adele sentía cada vez más rechazo sexual y hasta miedo, decidió quedarse embarazada porque pensaba que un hermanito sería bueno para su hija y contribuiría a mejorar la vida en común. Aunque Norman iba al estudio todos los días, creo que tenía muchas dificultades para escribir y, pese a estar yo embarazada de seis meses, descargaba en mí su frustración. Una vez, durante una discusión por algo sin importancia, me dio un repentino golpe en la barriga. Aún recuerdo el daño físico y el horror que sentí. Temerosa de que pudiera haberle hecho daño al bebé, rompí a llorar, pero gracias a Dios no le pasó nada. Él, como de costumbre, no se disculpó (265).


























