viernes, 13 de agosto de 2010

Día 7: El canal del Danubio y Ratisbona

Lo primero que hicimos tras desayunar y dejar ese hotel tan antipático fue acercarnos hasta la Befreiungshalle, que es el monumento que mandó erigir Luís I de Baviera para conmemorar la liberación de Alemania (aunque todavía no existiera como tal) del dominio napoleónico. Se trata de una inmensa tarta bastante hortera y presuntuosa, pero que está situada en una posición espectacular, en la cima de una colina desde la que hay unas vistas magníficas sobre Kelheim y el Danubio. Sólo por eso merece la pena subir hasta ahí, y tampoco deja de tener su gracia el panteón, con los nombres de las diversas regiones germanas sobre cada una de las colosales estatuas (todas iguales) de la victoria; muy en plan griego, que el viejo Ludwig era muy admirador de lo heleno, como comprobaríamos al día siguiente.

Tras rendir el obligado homenaje a la patria alemana, hicimos una breve visita a Kelheim, que aunque es un pueblo agradable (muy en el estilo de los de la zona) apenas tiene la calle principal y poco más. Luego, en vez de seguir nuestro recorrido, giramos hacia el oeste remontando el canal del Danubio que enlaza este río con el Main y luego con el Rhin, permitiendo una ruta navegable desde el Mar Negro hasta el del Norte. Nosotros, claro está, no hicimos más que los primeros quince kilómetros que corresponden al parque natural del Altmühltal, con un paisaje y unos pueblitos preciosos. Essing, con unas casitas acostadas sobre el río, cada familia con sus lanchas aparcadas en el borde del jardín. Un poco más allá un espectacular puente ondulado de madera que más parecía una exhibición de ingeniería y belleza porque al otro lado no había ningún núcleo poblado, sólo senderos. Mirando desde el puente hacia las escarpadas laderas al norte se veía, en la cumbrera, el castillo de Randeck y, desde su base, a un grupo de personas descolgándose con cuerdas por las paredes rocosas casi verticales. A ese castillo no subimos, pero sí nos desviamos a través de una carretera de montaña boscosa hasta el de Prunn, una deliciosa fortaleza altomedieval, probablemente de señor feudal de pocas ínfulas, dada su escala doméstica; desde allí arriba puede imaginarse qué maravillosa vista hay hacia el valle y el canal. Acabamos la desviación en Riedenburg, también un pueblito pintoresco de aires medievales, y en una de sus terrazas sobre el río nos tomamos sendos capuchinos.

Rehicimos pues la carreterita para volver a Kelheim y allí girar hacia el norte para arribar a Ratisbona o Regensburg que es su nombre alemán. En esta ciudad habíamos reservado habitación en el Goldenes Kreuz que, aunque muy reformado desde entonces, es el mismo edificio en el cual estuvo alojado el emperador Carlos V el verano aquél durante el cual engendró a Don Juan de Austria. Teníamos miedo de tardar demasiado en encontrarlo, máxime porque sabíamos que estaba en el centro histórico que es peatonal; sin embargo, como excepción a la norma alemana, el recorrido estaba adecuadamente jalonado de discretas flechas con los nombres de los distintos hoteles en la Altstadt, lo que nos permitió llegar sin ningún error a la Haid Platz. El edificio ha sido restaurado con bastante gusto y la habitación que nos tocó, aunque no la que se ve en la página de Internet, era magnífica; con la paliza que ya llevábamos encima, nos dieron ganas de quedarnos toda la tarde botados, pero teníamos que ver la que es una de las ciudades más bonitas de Baviera.

Durante unas tres horas pateamos prácticamente entero el casco viejo, cruzando la puerta que da al puente de piedra y por éste el Danubio, admirándonos de la imponente catedral gótica, deleitándonos con la belleza del Rathaus, disfrutando del callejeo por la trama medieval … El día, además, estaba radiante, tanto que hacia las siete estábamos acaloradísimos, justo cuando caímos en una terraza junto a una iglesia barroca (con ese amarillo tan característico que en la parte de Austria que hemos visto hasta el momento en que escribo este post abunda hasta la saciedad) y nos bebimos unos exquisitamente deliciosos batidos de chocolate. De ahí al hotel a reposar un ratito, ducharnos y salir a cenar frente a la Catedral. Justo cuando regresábamos, empezaba a chispear.

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jueves, 12 de agosto de 2010

Día 6: De vuelta al Danubio, pero casi no lo vemos

Primera parada en Ulm, donde nos reencontramos con el Danubio. Poco resta de la arquitectura antigua, seguro que fue muy dañada durante la guerra, pero la visita queda justificada por la magnífica catedral gótica, en cuyo interior nos colamos sin pagar (la primera iglesia alemana hasta ahora en la que cobran entrada). En la misma plaza del Dom hay un edificio cívico de Richard Meier, un arquitecto que me gusta mucho (es el diseñador, por ejemplo, del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona); dos volúmenes cúbicos y blancos que cierran parte del espacio elegantemente, sin competir con el absoluto protagonismo de la catedral. Un poco más abajo en dirección al río está el Rathaus que es también una preciosa edificación. Por una puerta medieval se sale al Danubio que ya aquí es muy ancho y de aguas veloces.

Al salir de Ulm abandonamos también Baden-Wurtemberg y volvemos a Baviera. Almorzamos el menú del día (no muy bueno) en una terraza en la marktplatz de Gunzburg, que más que una plaza es una calle muy ancha con las típicas casas entre medianeras con cubiertas transversales a la calle bajo las cuales hay dos y hasta tres plantas abuhardilladas y pintadas de distintos colores. Para llegar al casco viejo dejamos el coche en un parking junto a la carretera general que decía ser el de la Altstadt y desde ahí, siguiendo las flechas, ascendimos una eterna escalera (calculo que el equivalente a 8 pisos) para descubrir luego que se podía llegar hasta arriba con coche. Después de Gunzburg nos detuvimos en Dillingen, también un pequeño centro histórico de características muy similares, quizá algo más coqueto; paseito por sus pocas calles y unos helados en otra terraza. La siguiente etapa fue Donauworth, una localidad de mayor tamaño que las anteriores, pero muy parecida en sus características arquitectónicas. Pese a que llevábamos desde Ulm siguiendo el curso del Danubio, la verdad es que no veíamos el río y, con el calor que hacía, tenía ganas de sentarme a su orilla bajo árboles de sombra. Así que no pusimos a caminar por Donauworth en busca del Donau perdido y, tras cruzar varios canales, llegamos a un gran puente desde el que, por una escalerita casi escondida, se podía bajar hasta la ribera. La orilla no estaba adaptada para el uso de nadie (un desperdicio urbanístico) y mucho menos para acceder al agua; no obstante, quitándome las sandalias, me metí un poquito en el río apoyándome en piedras, lo suficiente para mojarme nuevamente con las aguas danubianas, aunque resultó que ese río no era el Danubio, sino el Zusam … En fin.

Ya a media tarde llegamos a Neuburg, una pequeña villa renacentista de lo más interesante. Enseguida vino Ingolstadt, que me defraudó un poquillo y donde casi ni paramos. Estaba ya atardeciendo cuando iniciamos el último tramo del día por una preciosa carretera secundaria que esta vez sí iba pegadita al Danubio. Pueblitos agrícolas de casas poco densas y fáciles accesos al río. Por fin pudimos aparcar y caminar un rato viendo las aguas verdoso parduzcas que fluían veloces (al paso rápido de un hombre, según comprobamos) y sentarnos en la yerba de la orilla. Ya oscurecido llegamos a Kelheim, a cuyas afueras estaba el hotel en el que habíamos reservado: un edificio grandote atendido por un alemán hosco, con unos interiores y pasillos que se daban un aire a la peli del Resplandor. Pero dormimos sin incidentes macabros.

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miércoles, 11 de agosto de 2010

Día 5: Empezamos el Danubio y ... nos desviamos

Furtwangen, como otros pueblos de la Selva Negra, tiene una larga tradición relojera y por eso alberga el Museo Alemán del Reloj (deutsches uhrenmuseum) al que llegamos después de caminar casi media hora dando un largo rodeo, pese a que estaba apenas a cien metros del hotel. Viendo la cantidad de mecanismos que el hombre ha fabricado se comprueba que la obsesión por la medición del tiempo, por segmentar ese fluido incesante en unidades conmensurables en el vano intento de dominarlo, viene de antiguo. Lo cierto es que había relojes preciosos, y también horteras a más no poder.

Acabada la visita cultural arrancamos a remontar el Breg hasta su nacimiento, al lado de la capilla de San Martín. El lugar es tal como lo describe Magris en el libro que motiva este viaje, aunque él no se refiere (creo) a la Gasthaus que hay a unos cincuenta metros y que, al menos en estas fechas, está llena de alemanes turisteando. Respetando una de mis tradiciones personales, bajé hasta el arroyuelo recién nacido y me mojé las manos y la cabeza: voy acumulando bautismos fluviales. Luego se nos ocurrió seguir hacia arriba por una pista forestal con la esperanza de encontrar, tal como vimos en un plano zonal que estaba junto a la Gasthaus, otra que en dirección este nos llevara a Triberg para ver las cataratas del Gutach que son las más altas del país. Pero, tras circular durante casi una hora por unos paisajes boscosos preciosos (la Selva Negra, recuerdo) se acabó la pista sin que hubiéramos visto ninguna transitable con coche hacia la derecha. Así que dimos la vuelta, pasamos por Furtwangen como una exhalación (volvíamos a ir tarde según el horario de la organización) y pusimos rumbo hacia Donaueschingen, lugar del nacimiento oficial del Danubio.

Para contribuir a incrementar nuestro retraso, la carretera estaba cortada, así que, sin hacer caso a las señales alemanas (que nos habrían obligado a un rodeo excesivo) nos metimos por carreteritas terciarias que subían montes y cruzaban prados para salir al final, pese al escepticismo de K, a Donaueschingen. El pueblito es una monada, con unos caserones decimonónicos de distintos colores que dan una imagen urbana muy relajada. Sin embargo, la oferta hostelera no parece excesiva (eso sí, heladerías hay de sobra), lo que nos obligó a comer en un barucho sendas hamburguesas de mala carne y en panes resecos, acompañadas de claras embotelladas de la marca Fürstenberg que resulta que es el apellido del que fuera el señor feudal del lugar (la fábrica de la cerveza Fürstenberg está en la localidad). Tras almorzar (si así se le puede llamar) nos acercamos a la fuentita redonda junto al Schloss que es el punto donde oficialmente nace el gran río europeo. El monumento no está mal, pero lo han separado del conjunto palaciego (Schloss y jardines) y queda bastante cutre. Por supuesto, ahí no nace el Danubio; no sé de dónde saldrá el agua que llena la fuente y que luego rebosa hacia los jardines del palacio, pero desde luego no proviene ni del Brigach ni del Breg, los dos ríos que confluyen a un kilómetro y medio al este de ese punto. Hasta allí fuimos por un bonito y oloroso sendero (una mezcla de hierba recién cortada y caca de vaca) y vimos ambos ríos confluyendo y una placa conmemorativa que naturalmente no entendimos.

La siguiente etapa era Sigmaringen, la capital de uno de los condados originarios de los Hohenzollern, la dinastía que reinaría en Prusia (aunque los de aquí eran una rama católica y secundaria). El castillo de estos nobles es imponente en tamaño y en estilos arquitectónicos que acumula. Además, como puede comprobar cualquiera consultando la Wiki, ha albergado no pocos acontecimientos históricos, siendo de los últimos el ser refugio del gobierno de Vichy que escapaba de los aliados. Entre los colaboracionistas que pararon en este castillo a orillas del Danubio cuenta Magris que estaba Celine, el autor de la estremecedora Viaje al fin de la noche; pero no vi ninguna referencia a la estancia del escritor. Por lo demás, el pueblo muy agradable, en la línea de tantos otros de esta región de la Selva Negra. Cuidan su entorno, estos alemanes.

Me he olvidado comentar que, para ir de Donaueschingen a Sigmaringen, en vez de seguir la ruta recomendada por Google maps (la carretera 311 y 313 desde Tuttlingen), decidimos desviarnos en este último pueblo (que como también era muy pintoresco mereció una parada para unos cafés con pastelitos) siguiendo el río a través del Parque Natural del Alto Danubio. Desde luego, aunque seguramente se tarda más, el paisaje bien merece la pena. Además tuvimos el regalo inesperado de descubrir un pueblito precioso (Mühlheilm am der Donau), que ni siquiera aparece señalado en el mapa Michelín ni parecía tener turismo: muy recomendable que quien viaje por estos lares se desvíe para visitarlo. Unos kilómetros más allá, bajando la carretera hacia el río, se aparece de pronto, tras una curva cerrada, el Kloster Beuron, un tremendo edificio monacal contra los escarpes pétreos que cierran el valle hacia el sureste: im-presionante.

Cuando acabamos de ver Sigmaringen el retraso era ya significativo: teníamos previsto llegar a Tubinga a las cinco y eran las seis de la tarde. Así que a correr en dirección norte, abandonando el Danubio recién iniciado y cambiándonos, de nuevo, a la cuenca del Rhin, del cual es afluente el Neckar. Llegamos hacia las siete y media, con muy poco tiempo ya de luz; una pena porque esta antiquísima ciudad universitaria es una preciosidad que habría merecido una visita bastante más larga y calmada. Las calles medievales y las enormes casas con inmensos tejados son espectaculares y ya el summum es la maravillosa plaza del Rathaus, una de las más bonitas que pueden imaginarse. Habrá que volver para pasear a la orilla del Neckar o montar en las barcas que parecen góndolas; esta vez no hemos tenido tiempo más que para un breve paladeo.

Mañana regresamos al redil danubiano, tras este breve desvío del final del día. Ahora estamos en una villa de principios de siglo acondicionada como hotel, en el pequeño pueblo balneario de Bad Urach. Una habitación enorme con Internet que funciona a buena velocidad; felices sueños.

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martes, 10 de agosto de 2010

Día 4: Friburgo y la Selva Negra

El hotelito de Estrasburgo no estaba nada mal y, desde luego, el desayuno era el mejor de los que nos han dado hasta la fecha: zumo de naranja natural, mini-croissants, buen café … Como habíamos dormido más de la cuenta (se van notando las pateadas al llegar la noche) salimos después de lo previsto; sacamos el coche del parking frente a la Gare y nos acercamos a ver la “casa egipcia”, un edificio de pisos de principios del XX con ligeros toques art-nouveau, y la monumental Plaza de la República. Luego hasta el área de las instituciones europeas: el Parlamento, el Palacio de los Derechos del Hombre … Pero para entonces ya se había puesto a llover, así que visita prácticamente sin bajar del coche (de todos modos es domingo y está todo cerrado).

Bajo una lluvia torrencial hacemos el trayecto por la autopista alemana que va paralela al Rhin hasta llegar a Friburgo. Como ya es la una, y por estas tierras los horarios de las comidas son bastante más tempranos que los nuestros, nos sentamos en una terraza bajo un toldo protector (no precisamente del sol) para almorzar. Pedimos sendas sopas sin estar muy seguros de sus contenidos y nos traen dos enormes boles, uno con crema de brócoli y otro de ingredientes más enigmáticos (y algo picantes). Se supone que eran sopas típicas de la Selva Negra; como fuera, ambas estaban muy buenas. Luego, una ciavatta con bacon, cebolla, pimientos y queso fundido. Lo único malo, el espantoso café alemán. Cuando ya estábamos acabando, se oyó un estruendo de banda de música y, para nuestra sorpresa, por la calle apareció un mogollón de paisanos vestidos con trajes regionales. El desfile era interminable: iban pasando sucesivamente varios grupos, diferenciados por sus trajes o uniformes específicos, cada uno de veinte o treinta personas y precedidos por su portaestandarte. Lo curioso es que prácticamente la totalidad de los participantes eran viejetes de setenta para arriba, algunos con unas facciones que parecían sacadas de un pintor flamenco o de los cuentos de los Grimm. Parece que este domingo se reunían en Friburgo no sé cuantos clubes de excursionistas (de amantes de la naturaleza) de toda Alemania y lo cierto es que la ciudad estaba tomada por estos tipos coloradotes y sanotes pese a sus longevas edades, que se veían felices desfilando y cantando y saludando a los transeúntes y, por supuesto, bebiendo enormes jarras de cerveza en el típico comedero de mesas y bancos corridos que se había montado en la misma plaza de la preciosa catedral gótica de Friburgo (aunque no llegue a ser la de Estrasburgo).

En fin, que habría sido la típica visita turística a una ciudad pequeña de cierto encanto, si no hubiera estado animada por la bulliciosa invasión de alemanes de la tercera edad. Hacia las cinco decidimos arrancar y, como íbamos bien de tiempo, se nos ocurrió desviarnos de la ruta prevista para conocer el Titisee, una localidad turística junto a un bonito lago en la Selva Negra. El paisaje de la Schwarwald, que se empieza a disfrutar desde que se atraviesan los túneles a la salida de Friburgo, es fantástico: zona de montañas no muy altas y valles angostos, con prados de verdes brillantes y masas boscosas oscuramente apiñadas. El lago también precioso, pero la pequeña ciudad no es más que un enclave turístico absolutamente masificado (turismo alemán, mayoritariamente) que, entorno aparte, no nos dijo nada. Así que, tras un breve paseo por la orilla del lago porque K no quiso que alquiláramos una barquita a pedales y tampoco estaba la tarde para bañarse, arrancamos en dirección a Furtwangen, que era donde habíamos reservado hotel.

Y aquí estamos en este pueblo silencioso, en una amplia habitación, cada uno escribiendo en la cama bajo el inevitable edredón. Hemos cenado en el mismo hotel (no parecía haber nada más abierto) platos suabos, que estamos en Suabia, pero también en la Selva Negra. También nos hemos acercado a ver el Breg, pequeño río de aguas veloces. Mañana subiremos hasta sus fuentes y luego seguiremos hasta Donaueschingen, donde se junta con el Brigach y de la confluencia sale el Danubio. Hoy ha acabado el prólogo y mañana empieza propiamente el viaje danubiano.

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lunes, 9 de agosto de 2010

Día 3: Stuttgart y Estrasburgo

Ya esta mañana estábamos decididos a que Stuttgart no nos hiciera ninguna nueva jugarreta. Después de un desayuno esta vez algo más pasable, fui hasta el coche para acercarlo al hotel mientras K recogía la habitación. Metimos las maletas en nuestro Peugeot y nos pusimos a caminar en dirección al centro, esta vez cuidando bien de no errar la ruta. Llegamos al área de los dos schloss (mucho más bonito el antiguo medieval que el nuevo del XVI-XVI) y cruzamos todo un parque con estanque y una calle de mucho tráfico hasta la Nueva Galería, un edificio diseñado por el arquitecto inglés James Stirling con maneras posmodernas. Ya lo conocía de mi viaje anterior de hace unos quince años (la verdad es que lo noté envejecido; es lo que tiene el posmodernismo) pero aquella vez no entré y ahora quería hacerlo para ver los cuadros de Otto Dix que, según la Michelín, allí se exponían. Sin embargo, en la recepción (menos mal que preguntamos) me dijeron que sólo había uno, pero que en el Kunstmuseum tenían un montón. Como nuestro planning no daba para más de una visita museística, decidimos ir a la otra galería que estaba en el otro extremo del parque del estanque, justo desde donde habíamos venido. Pero el entorno de ese edificio estaba plagado de carpas y casetas, porque en estas noches veraniegas se celebran conciertos y se llenaba de stuttgartenses que iban a comer y beber. Así que dimos un par de vueltas hasta que por fin encontramos la entrada y, cuando en la recepción pregunté si tenían obras de Dix, me dijeron que ya no, que ahora estaban en el Cube, un museo más moderno que estaba a unos 200 metros. Pues nada, que estaba claro que Stuttgart seguía sin ponernos las cosas fáciles. Ya se nos había ido demasiado tiempo y faltaba ver el Dom (al que no nos dejaron entrar porque estaban en misa), almorzar y poner rumbo a la siguiente etapa.

Así que, tras comprar unas cerezas en el mercado al aire libre que habían montado junto al Dom, decidimos regresar hacia el coche, fijándonos con cuidado en el plano para no volver a meter la pata. A medio camino almorzamos en un bar turco (el típico potpurrí de carne envuelta en pan pitta) y sin contratiempos (apenas un amago de desviación) encontramos el coche, adornado con una preciosa multa porque, por lo visto, había aparcado en zona azul (que estaba pintada de blanco). Derrochando amor por la capital de Wurtemberg, estudiamos detenidamente cómo salir hacia Estrasburgo y, maravilla de maravillas, lo logramos sin un solo error. Nada que reseñar del recorrido por una autopista que, a cada rato, se estrechaba por obras, pero sin que ello produjera, a diferencia del tramo de Augsburgo a Stuttgart, ninguna retención. Cruzamos el Rhin para entrar brevemente en Francia, en la excepcionalmente bella ciudad de Estrasburgo. Casi sin ninguna dificultad llegamos hasta la Gare y metimos el coche en el parking, pues a dos pasos estaba el hotel que habíamos reservado.

Esta tarde se nos ha ido en patear en toda su extensión la ciudad vieja, una isla delimitada por los canales del Ill. A quien no la conozca sólo se cabe encomiarle para que se dé cuanto antes un salto, porque es una verdadera joya. Empezamos el recorrido por el barrio de la Petite France, absolutamente de postal, que dejó a K con la boca abierta e incluso emocionada. Luego más pateo por tantas callecitas medievales, con parada en una tienda para comprar una lamparita con un cierto aire art nouveau que nos encantó y de pronto, desde la Place Gutenberg, vista de la Catedral, que es una de las más impresionantes de todas las gótica que por Europa hay (y he visto muchas); una filigrana en encaje de piedra, un monumento inmenso y, sin embargo, de gracilidad infinita. Francamente espectacular, como para pasarse horas embelesado contemplando toda esa belleza de piedra.

Más paseo hasta que nos entró hambre y compramos sendos woks de fideos y arroz con carnes y salsas en un restaurante tailandés y nos sentamos en la hierba que cae hacia el canal para comerlos, mientras la tarde iba cayendo. Entonces volvimos a la catedral y conseguimos sentarnos en una terracita con vistas directas a la fachada. K se pidió una tarta alsaciana que nos había de durar algo más de una hora para poder asistir desde tan privilegiada posición al espectáculo de iluminación y música que se hace todas las noches de verano. A las diez y cuarto, precedido de un largo repique de las campanas, se apagó la fachada y empezó a sonar música clásica rusa (parece que éste es el año Francia-Rusia, y por ello la banda sonora corresponde a ese país; de las distintas piezas sólo reconocí alguna de Tchaikovski). Pero lo alucinante era el juego de luces. Con distintos colores (rosa, amarillo, violeta, azul, verde, qué se yo cuantos más) iban secuencialmente iluminando diversas partes de la fachada, de modo que se hacía visible el pórtico, y luego el rosetón, y luego la fila de los apóstoles, y luego los vitrales superiores, y luego … Naturalmente, las secuencias cambiaban de orden y era como un baile de imágenes que aparecían, a veces sueltas, a veces juntas, siempre preciosas. Lo que me resultó más increíble fue la precisión con que la luz proyectada delineaba cada elemento arquitectónico, ajustada perfectamente a sus perfiles. Seguro que en la red se puede encontrar alguna grabación de este singular y bellísimo espectáculo. Cuando acabó, ambos, como la inmensa multitud que se había congregado, estábamos sobrecogidos de emoción estética. ¡Qué bonito!

Y nada más por este tercer día. Ya eran casi las once de la noche cuando iniciamos el regreso al hotel. Mañana, con el coche, visitaremos las curiosidades del Estraburgo más moderno, incluyendo los edificios institucionales de la Unión Europea, y volveremos a cruzar el Rhin (adiós Francia) para llegar hasta Friburgo.


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domingo, 8 de agosto de 2010

Día 2: Augsburgo y la casi no llegada a Stuttgart

K durmió de maravilla en la dura cama del hostal juvenil de Augsburgo pero yo, en cambio, me desperté hacia las tres y media y ya no pudé conciliar sueño hasta que amaneció. Desayuno cutre entre chavales, y maletas para el coche que ahí se quedó aparcado. El día está espantoso: llueve y hace frío; como siga así, tendremos que comprarnos ropa.

Primera visita, la Fuggerei: una urbanización cerrada de casitas adosadas de dos plantas que construyó Jakob Fugger en el siglo XVI para alojar a los indigentes a cambio de que rezasen por él. Se trata, como orgullosamente proclaman, de la primera experiencia de vivienda social de la historia que todavía sigue funcionando. Las casitas me parecieron fantásticas como apartamentos de un dormitorio (tienen unos 40 m2) y el espacio público (las calles interiores y los jardines comunales) eran de muy alta calidad. Una de las mayores diferencias que, desde la primera vez que vine a este país, noto entre Alemania y España es el cuidado de la propiedad común, lo que se traduce en unos espacios públicos de mucha más calidad por término medio que los de nuestras ciudades. Pero es que están en otro nivel de civilización.

El resto de la mañana lo dedicamos a pasear bajo nuestro nuevo paraguas barato que el viento casi logra varias veces desbaratar. Vimos la iglesia protestante de Santa Ana, el mercado, el Ayuntamiento (soberbio edificio renacentista), el magnífico eje central de la ciudad vieja, la Maximilianstrasse, la iglesia de San Ulrich y otro colega que no es santo conocido por nuestros pagos y etcétera. Almorzamos en una cervecería bastante típica y elegimos, casi al azar, dos platos de salchichas, cada uno con su correspondiente jarra de medio litro. Luego paseo hacia el norte para visitar la catedral (regularcilla) y cruzar un canal para llegar hasta el coche. La impresión global es que Augsburgo es una ciudad agradable (que habríamos disfrutado bastante más con buen tiempo), pero tampoco nada del otro jueves, lo cual es explicable porque quedó bastante dañada durante la guerra. Aún así, yo que había estado hará unos quince años, guardaba una mejor imagen.

Según Google maps, de Augsburgo a Stuttgart, nuestra siguiente etapa, se tarda una hora y media. Prudentemente había previsto dos, con la idea de llegar al hotel hacia las cuatro y tener la tarde para pasear por la capital de Wurtemberg. Pero Google no considera las obras de la autopista, los inexplicables parones y retenciones interminables y la lluvia insistente que hizo de la conducción casi un suplicio. Así que la hora y media optimista se convirtió en cuatro horas reales de viaje (¡para 150 kms¡). Pero la tortura no había acabado. Por más que me había hecho un esquema para llegar bien al hotel, de nuevo se repitieron los problemas de Augsburgo pero esta vez multiplicados. Debimos atravesar cinco o séis veces Stuttgart sin poder entrar en la ciudad propiamente dicha; y siempre presionados por riadas de coches a toda velocidad y sin ningún lugar donde parar. No exagero si digo que nos llevó una hora y media encontrar el hotel. Cuando nos registramos eran las ocho de la tarde y no las cuatro de mi planning.

Pero no acabaron todavía nuestros desencuentros con Stuttgart, de la cual he llegado a pensar que esté emparentada con la Wandernburgo de Andrés Neuman, que cambiaba incesantemente de modo que el viajero no reconocía el camino que recorría. Porque en el hotel me estudié el mapa de la ciudad y me hice sin demasiadas dificultades un esquema mental que nos permitiera ir al centro, cenar algo ligero y volver. Los dos primeros objetivos los logramos sin ningún problema, con el premio añadido de que la terraza en la que comimos era atendida por un argentino (emigrado a Stuttgart a causa de enamorarse de una alemana en Buenos Aires). Pero al regresar, todavía no entiendo cómo, nos perdimos completamente. Tuvimos que entrar en un hotel y que nos dibujaran sobre un planito la ruta que habíamos de seguir para llegar al nuestro que, por cierto, estaba bastante lejos. Se ve que a Stuttgart no le caemos demasiado bien

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sábado, 7 de agosto de 2010

Día 1: Llegada a Augsburgo

Como ya había sacado las tarjetas de embarque por Internet, al llegar a la T4 nos dirigimos directamente a pasar el control de seguridad y, en efecto, lo pasamos, incluyendo una maleta grande que obviamente no puede llevarse en cabina. No sé cómo no me di cuenta. Lo gracioso es que dentro del maletón iban líquidos y, curiosamente, no nos dijeron nada (tanta seguridad). En fin, que marcha atrás y llevar corriendo la maleta a facturación y volver a pasar el control y caminar rápido hasta las puertas K (menos mal que no nos tocó en la satélite).

A la hora de salida el avión estaba ya con todo el pasaje sentado y las puertas cerradas, pero debía ser que los controladores estaban extremando el rigor en los despegues porque estuvimos casi tres cuartos de hora avanzando tramito a tramito por la pista hasta que nos llegó el turno. Aun así, llegamos casi puntuales a Munich y la maleta salió de las primeras. Con algunos titubeos encontramos las oficinas de Car Rental y los de Hertz me hicieron firmar unos cuantos papeles en alemán y a cambio me dieron un Peugeot 205. Hasta aquí todo iba más o menos según lo previsto, incluso diría que en el mejor de los horarios: serían las 7:45 cuando arrancamos el coche y siguiendo las flechas de ausfahrt del parking accedimos por fin al exterior bávaro.

Llovía y hacía frío (unos 16º, diría yo). Menudo contraste después del calor madrileño. En fin, autopista recta en dirección a Munich y, antes de llegar, desviación a la derecha hacia Stuttgart. Salvo la incomodidad de la lluvia y la semioscuridad y que la autopista estaba en obras por tramos, todo iba razonablemente bien hasta que, como era de prever, nos pasamos la salida Augsburg Ost, que era la que había estudiado para llegar lo más recto posible al hotel. Bueno, no pasa nada, salimos por la siguiente, hacemos el cambio de sentido y entramos, ahora sí, por la avenida correcta. Se suponía que habíamos de avanzar un trecho hasta que se bifurcaba en Y y, entonces, coger la calle de la izquierda. Pero algo salió mal porque la calle por la que enfilamos no era la Unterergraben y, enseguida, nos perdimos.

No teníamos plano de Augsburgo, sólo unos esquemas sacados del Google maps, ampliados en el entorno del hotel, por el que estaba claro que no andábamos. Tras unos cuantas vueltas se nos había esfumado el sentido de la orientación y no nos quedaba más que la esperanza de cruzarnos de suerte con la calle buscada. Lo malo es que en Augsburgo no tienen la costumbre de poner nombres de calle en todas las esquinas y, cuando lo hacen, son pequeños y además están muy poco iluminados; encima son palabrejas tan largas que desde el coche apenas te da tiempo a retenerlas mientras pasas. Pues nada, que estábamos perdidos en una ciudad alemana más bien pequeña y casi desierta a las diez de la noche.

En una de nuestras vueltas erráticas vimos un bar y aparcamos enfrente para ver si, además de comer algo, lográbamos que nos orientaran hacia el hotel. Un chaval joven y simpático, pero que dudaba demasiado para que nos quedáramos tranquilos, nos explicó que habíamos de seguir justo por la calle en que estábamos (pero en el sentido contrario en el que veníamos circulando) hasta una gasolinera roja y ahí doblar a la izquierda. Cenamos (una pizza y una enchilada, comida de rancia tradición bávara) y salimos para seguir las instrucciones del chico.

Y, en efecto, encontramos la gasolinera y la calle que salía hacia la izquierda era la Unterergraben. Y, aunque nos pasamos un par de veces, logramos encontrar el hotel que estaba en su sitio. Pero resulta que no era exactamente un hotel, sino un albergue de juventud, lleno de chavales con ordenadores en la recepción (en las habitaciones no hay wifi) que debieron preguntarse que quiénes eran esos carrozas que entraban en ropa veraniega bajo la lluvia.

Nada más, by the moment. Mañana hay que levantarse temprano (el desayuno es hasta las 9) para visitar el casco medieval de Augsburgo. Ojalá que no llueva.

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jueves, 5 de agosto de 2010

Vacaciones en el Danubio

Dentro de unas horas salimos de viaje. Volaremos a Munich y desde allí a recorrer el Danubio y, ya de paso, desviarnos a algunos sitios interesantes. Hace unos meses pude leer (llevaba muchos años con ganas) el magnífico libro de Claudio Magris y, aparte de entusiasmarme, me propuse que también yo tenía que recorrer el gran río. Por limitaciones de tiempo no llegaremos hasta la desembocadura (queda para otro año), pero aún así el plan se nos presenta muy atractivo.

El prólogo al Danubio comprende el desplazamiento hacia el oeste, para empezar por las fuentes del río. Así que, nada más llegar al aeropuerto muniqués, saldremos a pasar la noche en Augsburgo. Al día siguiente, paseo por la vieja ciudad de los Fugger, los banqueros de Carlos V, y a pasar la tarde y noche en Stuttgart. El sábado nos desplazamos a Estrasburgo (con parada previa en Ludwigsburg) para disfrutar unas horas de la capital alsaciana y de una de las más maravillosas catedrales góticas. El domingo volvemos a entrar en Alemania y nos detenemos en Friburgo, la capital de la Selva Negra. Cayendo la tarde estaremos cruzando la divisoria entre las cuencas del Rhin y del Danubio y llegaremos a dormir a Furtwangen que, en estricto sentido, viene a ser la primera etapa del viaje danubiano.

La primera etapa corresponde al Danubio Superior o alemán. El lunes, desde Furtwangen y tras haber visitado el museo del Reloj, subiremos hasta las fuentes del Breg, un chorrito de agua que, según cuenta Magris, es el origen del gran río europeo, aunque sea muy discutible. Luego iremos a Donaueschingen, confluencia del Breg y el Brigach y nacimiento oficial del Danubio (remontar el Brigach sería volver a adentrarnos en la Selva Negra y nos demoraría mucho). Luego a Sigmaringen, donde está el célebre castillo de los Hohenzollern y en el cual se refugió el gobierno colaboracionista de Vichy al final de la Segunda Guerra. A partir de ahí nos desviamos temporalmente del curso del Danubio para acercarnos a Tubinga, la famosa ciudad universitaria a orillas del Neckar. De Tubinga, atravesando la Jura suaba y con noche en una villa decimonónica de un pequeño pueblo, llegaremos a Ulm, cerrando el primer anillo del recorrido y volviendo a encauzarnos en el río que motiva este viaje.

Desde Ulm volvemos a entrar en Baviera y siguiendo el Danubio nos dirigiremos hasta Ingolstadt, cunade tradiciones secretas y conspiratorias. Dormiremos esa noche (martes 10) en Kelheim y desde allí, al día siguiente, nos volveremos a desviar para remontar por un breve trecho el Altmühl hasta Riedenburg. Pero enseguida nos reencauzamos y directos hasta Regensburg (o Ratisbona), donde hemos conseguido habitación en el Goldenes Kreuz, el hotel que alojó a Carlos V durante sus amoríos con Bárbara Blomberg (y al que le tenía ganas desde que escribí sobre esa mujer). El jueves 12, con parada previa en Straubing, llegaremos a pasar la noche en Passau, la ciudad que gobernaba un Obispo y en la que confluyen al Danubio el Inn y el Ilz. A dos pasos de aquí empieza Austria y, por tanto, acabará la primera etapa danubiana, en la que habremos hecho unos 660 kilómetros.

La segunda etapa es la austriaca que culmina necesariamente en Viena, pero antes de llegar a la capital de los Habsburgo, nos detendremos en Linz, visitaremos el monasterio de San Florián (uno de los más antiguos de Austria), el campo de concentración de Mauthausen (que también hay que deprimirse un poco) y las localidades de Grein, Artstetten, Melk, Krems y Tulln, ciudad natal del pintor Egon Schiele, uno de mis muchísimos favoritos. En Viena pasaremos cuatro días, y el descanso de coche lo compensaremos con intensas pateadas de la ciudad. Luego, el martes 16, con 326 kilómetros hechos en esta etapa, iniciaremos la tercera.

De esta tercera y última etapa danubiana sólo sabemos que llegaremos hasta Budapest, con parada previa en Bratislava. A diferencia de lo descrito hasta aquí, esta parte del viaje está sin programar, nada más que ideas a grandes rasgos. Así, pensamos pasar dos o tres días en Budapest y luego abandonar definitivamente el Danubio para dirigirnos hacia el lago Balaton. Desde ahí atravesaremos las llanuras magiares pasando por Maribor (brevísima entrada en tierras eslovenas) y saldremos a Graz, la capital de la Estiria austriaca. De Graz a Salzburgo, a ver estatuas de Mozart y abandonar Austria. Ya en Baviera, los dos o tres días que nos queden los pasaremos en Munich. Esta última parte del viejo son unos 1.200 kilómetros, pero sólo 280 corresponden al Danubio (hasta Budapest)

En fin, ya veremos como se nos da. Vamos con la idea de ir haciendo un pequeño diario de viaje, o sea que, a lo mejor, voy actualizando el blog con mis impresiones danubianas.


CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

sábado, 31 de julio de 2010

Proteger la Fiesta

Contra la reciente iniciativa legislativa popular de prohibir los toros en Cataluña aprobada este pasado miércoles por el Parlament, se viene esgrimiendo, entre muchos otros argumentos, el de que la abolición de la fiesta es inconstitucional. Ayer mi madre, que como buena española sólo procesa las afirmaciones que coinciden con su posición, me aseguraba que había oído en la tele, por boca de expertos en derecho, que la Constitución protegía explícitamente las corridas. Con la habitual falta de respeto a las reglas de juego, El PP, invocando también la Constitución, anuncia que va a proponer en el Congreso que la fiesta se declare Bien de Interés Cultural, lo que implicaría, dicen, la anulación de la reciente Ley catalana.

En efecto, el engarce constitucional va por ahí. En su artículo 46, nuestra tan diversamente interpretada Constitución establece que "Los poderes públicos garantizarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad. La ley penal sancionará los atentados contra este patrimonio". Si la fiesta de los toros es patrimonio histórico, artístico o cultural, tal como afirma el PP y la propia ministra de Cultura, parece incuestionable que la Ley catalana contraría este precepto y, por lo tanto, es inconstitucional.

Por supuesto, la corridas de toros son una manifestación cultural, en la acepción que la Unesco en 1982 atribuyó a la palabra cultura. Lo malo es que, en sentido amplio, todas las manifestaciones del ser humano son cultura, de modo que ese camino no resulta nada fructífero en términos prácticos. En todo caso, no tengo ningún interés en objetar el carácter cultural de los toros, su alta imbricación con el arte y, desde luego, su profunda significación antropológica y etnográfica a lo largo de la historia de España (incluyendo Cataluña). Todo eso es cierto, así que admito que la fiesta forma parte "del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España".

Pero no basta con que una práctica tradicional sea patrimonio cultural para que la misma sea objeto de protección. El precepto constitucional genérico se ha de concretar a través de Leyes y, en nuestro caso, la ley básica a tales efectos es la 16/1985 de Patrimonio Histórico Español. Lo más llamativo de la misma es que en su definición de lo que es susceptible de integrar el patrimonio histórico se refiere únicamente a bienes materiales (inmuebles y objetos muebles). Sólo en dos artículos, 46 y 47, declara que también son "parte del Patrimonio Histórico Español ... los conocimientos y actividades que son o han sido expresión relevante de la cultura tradicional del pueblo español en sus aspectos materiales, sociales o espirituales". Pero difícilmente cabe suponer que el legislador estuviera pensando en las corridas cuando añade que "se considera que tienen valor etnográfico y gozarán de protección administrativa aquellos conocimientos o actividades que procedan de modelos o técnicas tradicionales utilizados por una determinada comunidad".

La Ley 16/1985, en todo caso, articula la protección constitucional mediante la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC). Es decir, "algo" integrará el patrimonio histórico, artístico y cultural (en términos jurídicos) si cuenta con la declaración de Bien de Interés Cultural. Los toros no han sido declarados BIC luego, en la actualidad, no forman parte del patrimonio ni están amparados por la protección constitucional; justamente por ello, Rajoy propone declararlos como tales. Ahora bien, no he encontrado ningún BIC "inmaterial" en la relación estatal ya que todos los bienes que se protegen son materiales (sean muebles o inmuebles), aunque algunos lo sean por su significación etnográfica. Sí ocurre que, muy recientemente, las Comunidades Autónomas están planteando la declaración de Bienes de Interés Cultural Inmateriales, como la Solemnidad del Corpus Christi valenciana (Decreto del 28 de mayo último del Consell) o la Tradición del Pilar, como quiere el Ayuntamiento zaragozano.

Esto de los BIC inmateriales es la transposición a nuestra legislación de un nuevo enfoque sobre el patrimonio cultural que viene consolidándose en los últimos años. En la trigésimo segunda reunión de la UNESCO celebrada en París a finales de 2003 se aprobó la llamada Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial y se definió éste como "los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas -junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes- que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural. Este patrimonio cultural inmaterial, que se transmite de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, infundiéndoles un sentimiento de identidad y continuidad y contribuyendo así a promover el respeto de la diversidad cultural y la creatividad humana".

A la vista de este texto, es fácil convenir que la fiesta de los toros encaja en la definición. Sin embargo, como cautela para evitar que cualquier manifestación cultural pueda ser objeto de protección, la UNESCO añade que "se tendrá en cuenta únicamente el patrimonio cultural inmaterial que sea compatible con los instrumentos internacionales de derechos humanos existentes y con los imperativos de respeto mutuo entre comunidades, grupos e individuos y de desarrollo sostenible". En el fondo, lo que quiere proteger la UNESCO son aquellas actividades humanas que consideramos dignas de mantener, desde la óptica de nuestros valores actuales. No basta con que un "bien inmaterial" sea una manifestación cultural de incuestionable relevancia etnográfica sino que, además, debe considerarse compatible con nuestra visión ética. Si no es así, no debe protegerse la práctica de esa actividad, bastando, en todo caso, con proteger los bienes materiales que la misma ha producido.

Como era de esperar, la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO contiene sólo manifestaciones que no generan ninguna polémica respecto a la sensibilidad ética contemporánea dominante: el tango argentino y uruguayo, la procesión de la Santa Sangre de Brujas, el carnaval de Oruro boliviano, la fiesta de año nuevo de los qiang chinos, la ópera tibetana, los encajes chipriotas de Lefkara, el baile de la tumba francesa de Cuba, el teatro sánscrito kutiyattamel en la India, el canto a tenore de los pastores sardos, el espacio cultural de la Plaza Jemaa el-Fna de Marrakech, las fiestas mexicanas dedicadas a los muertos ... Así, hasta más de 150 "bienes inmateriales" por todo el mundo, ninguno de los cuales me parece que incorpore (después de un rápido examen) prácticas susceptibles de ser consideradas "maltrato animal". De nuestro país hay seleccionadas cuatro tradiciones (el silbo gomero, los tribunales de regantes del Mediterráneo, el misterio de Elche y la Patum de Berga).

Así pues, en el ámbito internacional, no toda manifestación cultural, por mucho valor etnográfico que tenga, ha de ser objeto de protección, sino que ha de incorporar una valoración positiva en cuanto a la compatibilidad de su práctica con nuestra visión ética. Hay sin duda un alto componente de subjetividad que me lleva a pensar que sería casi imposible que en la actualidad la UNESCO incluyese la fiesta de los toros en su lista. Lo mismo ocurre a escala menor, por ejemplo en una Comunidad Autónoma española. Cuando la Comunidad de Madrid, por ejemplo, incoa expediente para declarar las corridas como un BIC inmaterial (la correspondiente ley madrileña incluye, a diferencia de la nacional, "aquellos bienes inmateriales que conforman la cultura popular, folclore, artes aplicadas y conmemoraciones tradicionales" aunque no la categoría de Hecho Cultural a la que se adscribe la fiesta en la Resolución de la Dirección General de Patrimonio Histórico madrileña) está claramente haciendo una valoración y situándose en una de las posiciones (no hay más que leer el texto de la resolución). Es decir, si la fiesta taurina llega a ser BIC en Madrid, lo será no sólo porque sea una manifestación cultural de altas cualidades artísticos, culturales y demás sino porque además los madrileños entienden que la misma es compatible con sus valores éticos.

Omitiendo las acusaciones de intenciones antiespañolistas (tema que no es objeto de este post), para mí la cuestión clave en el tema de los toros está justamente ahí: en la compatibilidad del "hecho cultural" con la sensibilidad ética social. Y esta cuestión es común tanto a la iniciativa popular que ha dado origen a la prohibición catalana como a las pretensiones peperas de declarar la fiesta como BIC. Si se ha prohibido en Cataluña es (al menos así consta en la justificación de motivos) porque se ha considerado incompatible con los valores éticos. Si se declara BIC en cualquier Comunidad española (dudo muchísimo que en todo el Estado) será, necesariamente, porque se considera compatible con los valores éticos (y me atrevería a decir que no sólo neutramente compatible, sino positiva para fomentar los valores éticos que propiciamos como sociedad). En cualquier caso, se me antoja muy difícil que una iniciativa legislativa como la que amenaza el PP (ya veremos si la concreta) sea capaz de superar en el Congreso un trámite tan exhaustivo como el que ha vivido la iniciativa catalana. Entre tanto, no estaría de más que quienes aseguran que la fiesta taurina goza de protección constitucional fueran algo más rigurosos y prudentes.


Entre dos aguas- Paco de Lucía (Entre dos aguas, 1986)

CATEGORÍA: Política y Sociedad

miércoles, 28 de julio de 2010

No vistas de turquesa

Tampoco calces tacones ni medias de seda ni que refuljan collares. Despacio camina pero no llores y deja que respiren tus senos, como nubes. Pálidas tus yemas, y prontas: afásicas redivivas. Alóngate, yace ingrávida, sólo el talón es asa y asa dulce que gomorresina exuda. Halla el ojo secreto e insufla allí tu alma toda.

No vistas de turquesa más quizá traigas las enaguas violas. Suenen dos golpes secos, los pies desnudos. No habrás de cardar tus rizos ni lacar las uñas. Aromará tu piel a flor de cáñamo. Que el sueño sabio te despierte; respira entonces.

No vistas de turquesa, sobran miedos. Desgarra los párpados, horade el cráneo el arcaduz luminoso, cánula de luz que de tu centro brota. Despójate hasta ser nada y así salir de dentro. Caigan los adjetivos de tu cuerpo y de celeste casi blanco entera te tornas. Desnudas las paredes, incienso inspirando, te miro.

No vistas de turquesa y olvida las ajorcas. Convoca tus sentidos y tu aire, sangre y fuego al zaguán sagrado. Expande ahora el universo, abre las estrellas; palpiten tus labios hasta su holgura máxima. Lleguen pues ya ellos, acólitos fieles, hacedores de solaces. Laxa te quiero.

No vistas de turquesa que ya sabes que es prohibido, ni comas en demasía. Respetarás los ritos del tacto, signos iterados para abrir tu alma. Asoman mis manos a tu cuerpo, se mojan en su aura. Caricias en tu alma, hacia mí te derramas. Vibra el chi.

No vistas de turquesa aunque no hay más colores sino el de la luz blanca. Yazgo también yo, pero ya no somos. Nos bebe el mar eterno, ahogados en su abrazo. No hay tiempo, pero son horas días años. Explotamos una y mil veces, subimos y bajamos, y el final es el principio. Plenitud del vacío, levitamos.

No vistas de turquesa, no esta tarde sin fecha, pues deseo entrañarme en tu sustancia pródiga. Atisbaremos los arcanos arrebatados; disueltos uno solo en muerte tan dulce a ella desafiamos, siendo el saber que ignoramos. Así sea.


Aya 1984- Anna Maria Jopek (Jo&Co, 2008)

CATEGORÍA
: Sexo, erotismo y etcéteras

martes, 27 de julio de 2010

Esclavos blancos

¿Hubo o no "esclavos blancos" en las colonias inglesas de América y en los Estados Unidos anteriores a la Guerra Civil? Gracias a los comentarios de Lansky a mi post del sábado último, merodeando en la red, me he enterado de que este asunto viene siendo objeto en tiempos recientes de un relativamente enconado debate entre los yanquis.

Pues bien, si la respuesta se atiene a la formalidad legal ha de ser negativa. En los códigos que regulaban la esclavitud en las colonias (e incluso en los promulgados tras la independencia) quedaba bastante claro que los blancos no podían ser esclavos. La regulación de la esclavitud siempre se refería a negros, moros, mulatos o indios, a veces con el añadido de que en sus tierras de origen no fueran cristianos (lo cual no modifica el criterio racial, pues todos los blancos provenían de países cristianos).

Virginia fue la primera colonia inglesa en Norteamérica y la única hasta la llegada en 1620 del Mayflower a Massachusetts y la constitución de Nueva Inglaterra. Durante los primeros setenta u ochenta años de vida colonial, la esclavitud no era muy significativa. Supongo que ello se debía, de un lado, a que Inglaterra se sumó tarde a la trata (hasta el XVII la gran potencia esclavista era Portugal) y, de otro, a que los colonos ingleses podían recurrir a personas en régimen de servidumbre forzada, conocidos como indentured servants, quienes, a cambio del pasaje, estaban obligados a trabajar bajo durísimas condiciones durante periodos que podían llegar hasta los diez años. El número de británicos (y alemanes) que viajaron a las Trece Colonias bajo este régimen fue altísimo (la wiki dice que se estima en 2/3 del total que se asentó allí durante el XVII, lo que me parece exagerado). No todos, ni mucho menos, iban voluntariamente; las necesidades de mano de obra de los colonos, especialmente de los virginianos, presionaron en la metrópoli para que se enviara tanto a convictos (a cambio a veces de la condena a muerte) como a cualesquiera que "molestaban" en las muy pobladas ciudades británicas (prostitutas, vagabundos, niños callejeros). Los viajes eran durísimos, similares a los de los esclavos africanos, de modo que la mortalidad era muy alta y luego habían de sufrir un trato que, en la práctica, poco había de diferenciarse del que recibirían los negros. Incluso, según se afirma en un libro de reciente publicación, el master (la persona a la cual estaban indentured) podía "venderlos" a plantadores de Virginia y éstos a su vez a otros.

Pese a que su cruel situación no era en la práctica muy distinta de la de los negros, no creo que ello justifique considerarlos esclavos en sentido estricto. No opina lo mismo Michael Hoffman (que es un historiador revisionista, lo cual genera bastantes sospechas sobre la fiabilidad de sus investigaciones) quien afirma que los indentured servants no fueron sino una minúscula fracción de los blancos que sufrieron en la Norteamérica Colonial tan duro tratamiento y que el resto, hasta uno de cada dos de los que llegaban, era esclavos blancos en toda la acepción de la palabra, ya que estaban obligados a trabajar en tales condiciones de por vida. Añade algo que me interesa porque va en el sentido de las dudas que le planteé a Lansky en los comentarios a mi post anterior: que estas personas se denominaban a sí mismas "esclavos blancos". Lo que pasa es que tesis tan radical como la de Hoffman no la he encontrado (de momento) en ningún otro autor y, además, como ya he dicho, despide un desagradable tufillo ideológico (entre otras cosas, le sirve para "quejarse" de que ya está bien de decir que fueron los "afroamericanos" quienes más sufrieron en la historia de los USA y que habría que zanjar sus pretensiones de reparaciones).

En el plano "jurídico" lo cierto, sin embargo, es que la esclavitud se "legalizó" en las colonias inglesas ya bastante avanzado el siglo XVII. Mayoritariamente se asume que el slave code de Barbados (1661) fue el primer cuerpo normativo con voluntad de regulación integral del fenómeno esclavista (tanto la trata como la posesión) y fue promulgado cuando ya las compañías inglesas llevaban algunos años dedicándose a ese comercio. Hay antecedentes "legales" (en Virginia, Massachusetts y Connecticut), lo que prueba que la esclavitud negra ya se estaba imponiendo, pero el código caribeño se convertiría en la base de los distintos sistemas normativas de las colonias continentales. Y en todos ellos, como ya he dicho, nunca los blancos podían tener la consideración de esclavos.

Cuestión distinta (e interesante) es que, como sostiene Stephan Talty, un periodista metido a historiador, durante el siglo XVIII y hasta la Guerra Civil, algunos blancos fueran raptados y vendidos como esclavos. Pero siempre ocurría bajo el supuesto, aunque fuera falso, de que se trataba de negros, calificándose como "mulatos claros" (light mulattoes), lo cual prueba que, por más que la avidez de los esclavistas fuera grande, éstos tenían claro que habían de legitimarla mediante la raza. De otra parte, Talty, a diferencia de Hoffman, no cree que estos casos fueran numéricamente muy importantes. Por parecidos caminos transita Lawrence Tenzer cuando sostiene que el asunto de los "esclavos blancos" pudo ser una de las causas (olvidada por los historiadores) de la guerra entre el Norte y el Sur. Según este autor, los del norte, sobre todo a partir de la promulgación de la ley sobre esclavos fugitivos, veían con alarma que a su amparo hombres blancos pudieran ser capturados en el norte y "devueltos" al sur, debido a que el color de la piel no era ya suficiente garantía (de nuevo los mulatos claros; sépase que todo hijo de esclava seguía considerándose esclavo). Afirma Tenzer, siempre refiriéndose a los descendientes de negros, que el término "esclavos blancos" aparece en varios textos abolicionistas de la época. Aunque los hechos en que se basa Tenzer son ciertos (como puede comprobarse en esta página de la Harper's Weekly de 30 de enero de 1864), los historiadores no tienen nada claro (más bien opinan lo contrario) que la expresión "esclavos blancos", por más que se usara esporádicamente en algunos escritos abolicionistas, fuera de uso frecuente y mucho menos que hubiera calado en las masas tanto como para convertirse en un factor relevante de la tensión entre el Norte y el Sur.

Hay otro punto que me parece destacable. Los movimientos abolicionistas surgen en los Estados del Norte en la década de los treinta del siglo XIX con el propósito de acabar no ya con la trata sino con el estatus de esclavo y sus campañas se prolongan hasta el final de la Guerra Civil (1865). Para esas fechas, los abolicionistas británicos hacía tiempo que habían ganado la batalla y los activistas victorianos (como Josephine Butler, a quien me referí en mi anterior post) andaban ya manejando la expresión "esclavitud blanca" como sinónimo metafórico de la prostitución. Creo que durante el siglo XVIII ese término no debía ser entendido entre las masas angloparlantes con el significado de esclavitud en su estricto sentido. Si alguna vez (como afirma Hoffman) se denominó esclavos a los blancos en régimen de servidumbre, ya se tenía que haber perdido tal acepción. Igualmente, tampoco las eventuales calificaciones de esclavos blancos de los abolicionistas norteños a los "mulatos claros" (según Tenzer) debieron cuajar en el lenguaje popular (al menos, no en Inglaterra). En otras palabras, cuando se empezó a llamar esclavas blancas a las prostitutas, la expresión debería carecer de referencia a ningún tipo de esclavitud estricta, porque, si no, no habría podido tener éxito la trasposición metafórica. Por eso pienso, a la espera de mayores datos, que el bautismo de la prostitución con estas dos palabras no enlaza con ningún antecedente de esclavitud blanca real, sino que, sus "inventores" las eligieron justamente porque desconocían que hubiese existido. Lo que querían era exacerbar la gravedad de la prostitución asimilándola a otro fenómeno social, cuya vileza había sido ya asumida mayoritariamente (al menos en Inglaterra).


Slave- The Temptations (Puzzle People, 1969)

CATEGORÍA: Política y Sociedad

lunes, 26 de julio de 2010

¿Os parece bella la Bella Otero?

Agustina Iglesias nació en 1868 en el concejo gallego de Valga, hija de madre soltera y pobre. Tenía sólo diez años cuando fue violada brutalmente, lo que la dejó estéril e imagino que condicionaría para siempre su comportamiento sexual (se decía que sabía cómo dar a los hombres lo que querían pero que ella carecía de deseos eróticos). La violación significó también su deshonra y la necesidad de escapar de su pueblo natal. Sus andanzas desde entonces hasta que alcanzó la fama forman parte de una leyenda que ella misma inició inventándose una biografía mítica y abonando así un terreno fértil en el que la imaginación de varios novelistas ha sembrado de aventuras y nombres propios de dudosa verosimilitud y casi imposible verificación (léanse los libros de Pedro Orgambide, Carmen Posadas o Ramón Chao, todos relativamente recientes). En todo caso, lo que parece seguro es que durante esos años trashumantes, desde adolescente, despertó en casi todos los hombres que la conocían unas increíbles ansias lujuriosas, llevándolos a las conductas más extremas por poseerla. Muy pronto tuvo que deducir la chica que esa devoradora atracción que despertaba era el recurso fundamental y tremendamente lucrativo sobre el que basaría su carrera.

Si su cuerpo había de ser su particular mina de oro, le convenía administrarlo con inteligencia, concediendo sus goces a personajes escogidos según criterios de rentabilidad pecuniaria. Es impresionante la lista de hombres ilustres (siempre entre los poderosos de la época) que fueron amantes suyos. Podemos razonablemente dudar de que, como narran los novelistas, Eusebi Güell y su amigo Gaudí disfrutaran de sus encantos en Barcelona (Orgambide describe el atormentado encuentro amoroso del arquitecto y la bella: él, fervientemente religioso, sucumbe a la tentación del pecado sumido en la angustia de la culpa) o de que, en Madrid, un ya anciano duque de Albornoz la presentara en sociedad y, prendado de ella, la solicitara matrimonio (eso cuenta Posadas, aunque no encuentro referencias a ningún ducado de Albornoz entre la nobleza española) o de que en sus primeros días parisinos mantuviese una relación con Gustave Eiffel, ocupado por entonces en la finalización de su famosísima torre para la Exposición Universal. Sin embargo, es bastante más probable, casi seguro, que fue amada por el príncipe Alberto I de Mónaco, el rey de los belgas Leopoldo II (de infausta memoria para los africanos), el que ya era "eterno" Príncipe de Gales y llegó luego a ser por breve tiempo rey de Gran Bretaña, Eduardo VII (Bertie, para la Otero), el káiser Guillermo II (brutal y cruel), el gran Duque Nicolás Nicoláyevich Románov (comandante supremo del ejército ruso), el príncipe Nicolás I de Montenegro (suegro del anterior) ... Casi todos estos regios personajes asistieron a una cena privada en Maxims para celebrar el trigésimo aniversario de la "artista" y, aunque se desconoce si los postres consistieron en una degustación colectiva de esa carne tan deseada, es más que cierto que los regalos de cumpleaños que recibió "Carolina" fueron joyas de valor incalculable. Quedaría por citar, si no somos demasiado escrupulosos en cuanto a la fiabilidad, al joven Alfonso XIII de quien se dice que fue iniciado en las artes amatorias por esta mujer extraordinaria; si así fuera, le tuvo que inocular el gustillo en dosis excesivas, pues sabido es que el abuelo de nuestro actual Borbón padecía unas exageradas inclinaciones eróticas que hoy le habrían merecido la calificación de adicto al sexo.

Cuando se lee sobre esta mujer, uno se maravilla de que los hombres puedan perder la cabeza hasta tal punto por poseer (verbo absolutamente inadecuado y mentiroso) a una mujer concreta. Hasta seis se suicidaron por perder (o no obtener) sus favores; ser amante de la máxima beldad de la belle epoque era uno de los más altos signos de prestigio que todo poderoso ansiaba; las cifras de la fortuna que amasó la Otero gracias a los regalos de sus amantes son tan exorbitadas que se hacen muy difícil de creer (se habla de que llegó a poseer el equivalente a 400 millones de euros actuales, muy cerca de la de la reina Isabel II según Forbes). Pero, en fin, los hechos demuestran tercamente que, en efecto, las apetencias genitales pueden imponérsenos sobre cualquier otra motivación y conducirnos a los comportamientos más insensatos. Aceptado esto, uno supone que una mujer que logra tan espectaculares efectos sobre el colectivo masculino había de ser de una belleza superlativa, avasalladora. Ciertamente así fue considerada en sus tiempos, por encima de todas las demás. Sin embargo, veo las fotos que de ella disponemos y no me parece ninguna beldad, casi diría que más bien al contrario. En internet pueden encontrarse muchísimos retratos de la diva, así que es fácil que cada uno opine. A mí, desde luego, no me gusta su cara de plato con los ojos demasiado separados y una mirada carente de chispa; tampoco su cuerpo, por más que se dijera que tenía las medidas y curvas perfectas, responde mi idea de la voluptuosidad femenina. ¿Tanto han cambiado los gustos? Porque no se trata de que a mí no me parezca guapa (la veo bastante sosita), sino de que era considerada el equivalente de lo que hoy serían las "mujeres más deseadas", que no sólo nos parecen bellas sino, sobre todo, sexys.

De verdad que para mí es un misterio qué le veían a la Bella Otero en su época. Más desconcertante es si comparamos a Carolina con otra colega (y rival) contemporánea, la bailarina del Folies-Bergere, Cléo de Mérode. También ella deseadísima por los poderosos e icono de la belleza. ¡Pero ésta sí es guapa y sexy! Así que no es que las apetencias masculinas hayan cambiado diametralmente en los últimos cien años. ¿Acaso la Otero haría maravillas en la cama, como me sugiere un amigo? Pero eso no explica la magnitud del deseo que despertaba, sobre todo porque éste radica mayoritariamente en quienes no lo han satisfecho; por eso fantaseamos con las mujeres guapas, imaginando gozar de unos atributos que tan bellos nos parecen y que luego no son el ingrediente básico del placer físico (aunque sí del morbo mental). Lo dicho, que no entiendo cómo pudo llegar a existir el magnífico fenómeno de la Bella Otero. Tampoco deberían entenderlo del todo los productores de una miniserie para televisión de 2008 (adaptación de la novela de Carmen Posadas) en la cual el papel de la Otero le tocó a Natalia Verbeke; así cualquiera ...


CATEGORÍA: Personas y personajes

sábado, 24 de julio de 2010

Trata de blancas

En un post reciente usé la expresión "trata de blancas" en su sentido habitual de "tráfico de mujeres para explotarlas sexualmente" y Alicia se preguntó si no sería hora ya de cambiar esa denominación anacrónica. El comentario me hizo pensar sobre el origen de la expresión y a ello he dedicado unos cuantos días (derivando por asuntos paralelos, como siempre me ocurre) sin todavía poder situar con precisión dónde y cuándo se acuñó. Sin estar seguro, me da la impresión, sin embargo, de que el término procede de mediados del XIX y del entorno anglosajón, probablemente de la Inglaterra victoriana. Si es así, corresponde al original inglés "white slavery" (esclavitud sexual) que en castellano se traduce por "trata", que es el término como tradicionalmente se ha conocido el comercio de esclavos.

Es bastante probable que la analogía entre la esclavitud y la situación de las mujeres forzadas a dedicarse a la prostitución empezara a emplearse hacia la década de 1830, cuando en Gran Bretaña se produjo, tanto en la literatura como en el periodismo, tras una ruptura con el romanticismo precedente, un vuelco hacia las miserias de la realidad desde una visión moralista puritana. Es una época también en la que muchas mujeres (siempre de clase alta, claro está) comienzan a asumir papeles protagonistas en diversas campañas públicas que acaban con consecuencias legislativas y políticas. Tal es el caso de Josephine Butler quien, desde inicios de los 60, demostró una intensa preocupación feminista que fue focalizando hacia las mujeres pobres y especialmente a las prostitutas. Alcanzó notoriedad internacional cuando lideró en 1869 una campaña contra las leyes de enfermedades contagiosas, aprobadas en Inglaterra con la finalidad de regular la prostitución y prevenir las enfermedades venéreas. Esta legislación permitía a cualquier policía detener a una prostituta (bastaba con que él sospechara que lo era) a la que se le hacía un examen genital; en caso de estar infectada, era confinada en un hospital de infames condiciones hasta que se curara, durante un tiempo máximo de tres meses que luego fue ampliado a un año.

Esta campaña, que consiguió finamente la derogación de las leyes, despertó apasionadas polémicas en Inglaterra, no sólo por su asunto central, ya bastante agrio, sino también por la irrupción de las mujeres en la vida pública ciudadana, como oradoras en mítines, manifestantes callejeras, firmantes de escritos periodísticos ... No hubo pocos que condenaron escandalizados a esas damas que olvidaban cuál era su sitio y se metían en asuntos ajenos de los que nada sabían (ni tenían por qué saber). Para 1870, en todo caso, la popularidad de Josephine Butler tenía que ser muy alta, así como los apoyos que suscitaba, como lo prueba que Víctor Hugo le escribiera una carta adhiriéndose a sus esfuerzos. Dicha carta es relevante al objeto de este post porque en la misma el novelista francés contrapone la trata de negros y la de blancas, definiendo la situación de la mujer, no sólo de la prostituta, como esclavitud («Traite des nègres: l'esclavage; traite des blanches: le mariage»). Que la expresión aparezca en un texto de Victor Hugo no implica que fuera el inventor sino más bien sugiere que se aprovechó de la que ya por entonces debía ser una acepción usual para incluir en su campo semántico a la mujer casada. No obstante, nada mejor que una pluma célebre para oficializar (y consecuentemente datar) una expresión como ésta.

El término de esclavitud sexual pasó a primer plano en una nueva campaña que, también con el protagonismo de la Butler, orquestó en 1885 William Thomas Stead, el editor de la Pall Mall Gazette, con el objetivo de combatir la prostitución infantil en Londres. Durante ese año, a través de varios números, se publicó la serie The Maiden Tribute of Modern Babylone, escrita por Stead y Butler, que produjo un fortísimo impacto en la sociedad victoriana y consiguió que, mediante la Criminal Law Amendment Act, que la edad del consentimiento sexual pasara en Inglaterra de los trece a los dieciséis años. Pero no quedó ahí, ya que a partir de entonces la preocupación por el tráfico de mujeres para ser prostituidas pasó a ser uno de los temas centrales de las agendas de varios gobiernos europeos, en respuesta al clima de pánico que se iba apoderando de la burguesía, preocupada de que sus inocentes hijas fueran raptadas y condenadas a tales horrores físicos y morales.

De esta forma, nos encontramos con que en 1899, organizado por la National Vigilance Association (en cuyo comité directivo estaba Josephine Butler), tiene lugar en Londres el Congreso Internacional sobre la trata de blancas (International Congress on the White Slave Traffic), al que asistieron delegados de los principales gobiernos europeos y cuyo fruto más inmediato fue la creación de una Agencia Internacional para la supresión de la trata de blancas. A partir de ese momento, por tanto, la expresión "trata de blancas" o su equivalente anglosajón "white slave traffic", puede considerarse como la designación "oficial" de esta actividad delictiva, y así será usada en las innumerables actuaciones públicas posteriores, hasta después de la Segunda Guerra Mundial, en que se sustituye por tráfico de personas, eludiendo las connotaciones racistas de la expresión anterior. De hecho, ya a principios de los veinte, la Sociedad de Naciones había sugerido que se cambiaran las palabras "trata de blancas" por las de "trata de mujeres y niños". Así que la expresión lleva ya más de sesenta años vetada oficialmente, pero lo cierto es que, pese a su olor a rancio, no se ha extinguido aun de la lengua común y con tal acepción sigue recogida en el diccionario.

Para acabar comentaré que me he enterado que la trata de blancas está en los inicios de la cooperación internacional de los cuerpos de policía y los tratados de principios de siglo suscritos para coordinar su persecución son los antecedentes directos de la Interpol. No deja de ser curioso que por aquellos años el tráfico de personas con fines sexuales fuera uno de los dos asuntos que impulsaron estos convenios entre Estados; el otro, extraño emparejamiento, era la lucha contra los atentados anarquistas, especialmente después del asesinato de la emperatriz de Austria-Hungría, la famosísima Sissí.



Woman is the Nigger of the World- John Lennon (Some Time in NYC, 1972)

CATEGORÍA: Política y Sociedad