jueves, 15 de septiembre de 2011

De cómo se frustró mi prometedor futuro en el baloncesto

Estos días en los que se está disputando el Eurobasket me he acordado del curso en que fantaseé con dedicarme profesionalmente al baloncesto. Me remonto al otoño del 73, catorce añitos tenía e iniciaba quinto después del verano de mi estirón, durante el cual pasé de golpe de la talla infantil a casi la altura máxima que llegaría a tener, convirtiéndome en un adolescente espigado y uno de los más altos de la clase. Tampoco es que lo fuera mucho, calculo que 177 o 178 centímetros, pero en aquella época y edad bastaba para sobresalir y que te desplazaran bastantes puestos hacia atrás en la fila que se formaba en el patio para pasar lista y cantar algún que otro himno patriotero o mariano (estos últimos en el florido y virginal mayo). A don Fermín, el odiado, por sádico, profesor de gimnasia no le pasó inadvertido mi alargamiento corporal y me propuso, con inusitados halagos, que me apuntara al equipo de baloncesto del colegio. El año anterior, mi especialización deportiva –todos estábamos obligados– había sido el medio fondo, donde había logrado bajar de los tres minutos en la carrera del kilómetro (ya sé que no existe, pero tal era la distancia que corríamos en las pruebas de resistencia). Pero claro, el atletismo tenía mucho menos atractivo para un adolescente con las hormonas borboteantes, sobre todo porque sólo permitía exhibirse en los cutres juegos escolares, sin apenas gancho de público y en los que todos los participantes eran colegios masculinos. Distinto era competir en una liguilla que me suena que organizaba la federación madrileña (o a lo mejor me lo estoy inventando ahora), que nos llevaba a varios pabellones escolares (pomposo nombre, pues la mayoría de las pistas eran de cemento y al aire libre) con graderíos que se abarrotaban (quizá no tanto) de entusiastas supporters entre los que, y aquí viene una de las claves que inclinó mi decisión, abundaban las muchachitas, ya fueran familiares de los jugadores o alumnas de colegios vecinos. De hecho, nuestras animadoras femeninas eran las de un centro escolar muy cercano al nuestro, un colegio de monjas cuyo rebaño provenía, por término medio, de familias con menos recursos que las del mío. No seré yo quien diga ahora que haya ninguna relación, pero visto después de tantos años, estoy convencido de que el rechazo sutil pero inequívoco de nuestros padres a "esas chicas" (obviamente atribuible a prejuicios clasistas) contribuía a dotarlas en nuestro imaginario adolescente de un atractivo al que difícilmente nos podíamos resistir (ni tampoco queríamos). Por ejemplo, uno de los motivos de que en quinto de bachillerato me aficionara en demasía a la práctica del noble e ingenioso ejercicio de las pellas fue hacerme el encontradizo con mis coetáneas de las monjitas, que solían escaparse con mucha más frecuencia y descaro y pululaban fumando y chascarrilleando por el descampado que constituía la tierra de nadie entre los dos colegios. En esos encuentros la verdad es que no llegué a casi nada en el único asunto que nos obsesionaba, pero sí hice algunos avances poco recomendables (por ejemplo, fumar mis primeros y asquerosos celtas) y trabé lo que, remedando Casablanca, podía considerar como el principio de una gran amistad (que, si había suerte y me despojaba de mi exagerada timidez, aspiraba a derivar hacia otra cosa).

La verdad es que, hasta ese año, el equipo de baloncesto (no se decía basket) de mi colegio era bastante malillo, en gran medida a causa del poco empeño que había puesto don Fermín. A éste lo que le gustaba era el balonmano y ahí sí éramos una potencia, con algunos chavales, bastante cuadradotes, que se lo tomaban tan en serio que en los recreos ni se permitían jugar unas canastas porque el tiro era contraproducente con las exigencias técnicas del handball. Sin embargo, ese curso de quinto el profe de gimnasia y todopoderoso dios de nuestro deporte colegial, decidió que había que alcanzar un mínimo nivel competitivo, no está muy claro si por iniciativa propia o, más probablemente, a instancias de la dirección del centro, enojada con el exceso de favoritismo hacia una modalidad en perjuicio de las restantes y/o picada con el pobre papel que hacíamos en la liga de baloncesto, la cual, le gustara o no a don Fermín, gozaba de mayor prestigio que la de balonmano. Así que, reclutado por el zanahoria (era pelirrojo el profesor: los chicos no suelen ser muy originales en los motes) y animado por el secreto anhelo de destacar ante los ojos de Marimar, que así se llamaba la tentadora vecina que me ofreció el primer pitillo de mi vida, empecé a quedarme todos los días una hora más en el colegio para entrenar en unas canchas cutres como miembro del renovado equipo de basket. Por supuesto, ya había jugado durante los recreos y el baloncesto me gustaba, tanto o más que el frontón a mano desnuda, pero esas tanganas de prácticamente todos contra todos poco tenían con ver con la disciplina de unos ejercicios ordenados que, sorprendentemente (para mí), se iban traduciendo casi de forma matemática en progresos técnicos perfectamente comprobables. Mis mejores cualidades innatas eran el dribling con el balón, los saltos y el tiro a media e incluso larga distancia. En la jerga actual (que no se usaba entonces) diríamos que mi puesto teórico era de escolta, pero a veces hacía de base y otras de alero tirador, e incluso me convertía en un falso pívot, yendo a capturar (y capturando) numerosos rebotes en ataque. Recuerdo, por ejemplo, que llegué a perfeccionar una especie de regate mientras subía la pelota consistente en pasármela por detrás mientras me daba una media vuelta vertiginosa (a veces dando un saltito con la consiguiente sanción de dobles) con el que obtuve una moderada fama, así como también me reportaron unos cuantos aplausos (y el mote de el muelles) mis tremendos saltos hacia arriba gracias a los cuales arrebataba el rebote a chavales que me superaban en diez o quince centímetros. En cambio, como defensor era bastante más deficiente, agravado con mi carácter fosforito que me llevaba a exaltarme y cometer demasiadas faltas, muchas de las cuales deberían haberse castigado como intencionadas, pero no recuerdo que existieran. Como tampoco existía en aquella época el tiro de tres por lo que algunas de mis larguísimas canastas sólo obtuvieron la triste recompensa de dos miserables puntos, compensadas, eso sí, con ovaciones que me inflaban desmesuradamente el ego.

En fin, que empezó la liguilla inter-escolar y ahí estaba yo, primero de reserva y a partir del segundo trimestre como titular, si no indiscutible, casi. Lo malo es que en el equipo había otro chico de estilo y características muy similares a las mías y, justo es reconocerlo, con mejores dotes físicas y técnicas (tampoco mucho más, eh, y además él llevaba jugando más tiempo que yo). Pero lo peor no era que me superase en el baloncesto, sino que lo hacía en aspectos mucho más importantes, aunque quizá entonces yo no era demasiado consciente de ello. Para empezar, era bastante más simpático y sociable que yo, mejor persona (más bueno, en el sentido machadiano) y, por si faltaba algo, más guapo y varonil (ya se afeitaba habitualmente mientras lo mío no era más que una pelusilla rala). La cosa se agravaba porque Vicente era un excelente amigo, uno de los tres grandes que tenía en el colegio. Nada habría pasado, ni siquiera se me habría ocurrido hacer las comparaciones que acabo de señalar y mucho menos habría sentido el menor signo de envidia, si no hubiera percibido a mi amigo como una amenaza seria en mis acercamientos hacia Marimar. Porque resulta que a él también le gustaba la que en esos meses colmaba mis deseos eróticos y lo peor es que era bastante obvio que la chiquilla lo prefería (con razón). Y por esa causa, los partidos de baloncesto se convirtieron (sólo para mí, que Vicente era absolutamente ignorante de mis miserables resquemores) en una lucha no tanto contra el equipo rival sino contra las jugadas de mi amigo. Si encestaba, me empeñaba yo en emularlo con éxito en la siguiente jugada, incluso dejando de dar una asistencia cantada (y mucho menos a él); si cogía un rebote, lo mismo hacía yo (en esa faceta le ganaba) y así en todo. Mientras mis piques se limitaban a estos niveles, nada malo pasaba, salvo que el entrenador empezó a acusarme de ser demasiado chupón y descuidar el juego de equipo; pero como esta carrera egoísta pocos progresos me traía en los favores de Marimar, sin ser del todo consciente, mi amistad fue tornándose poco a poco en rabia contenida y manifestándose con airadas recriminaciones a su juego, especialmente cuando Vicente hacía una bandeja (que para colmo acababa en canasta) en vez de pasarme la pelota, que para eso estaba yo en mejor posición. No sé cuantos se dieron cuenta de cuánto mi ánimo se estaba envenenando; no creo que muchos y el que menos, desde luego, el propio Vicente. Pero lo cierto es que se mascaba la tragedia.

Ocurrió en mayo del 74, me acuerdo claramente. Era un partido en casa, o sea, en la cancha menos cutre de nuestro colegio, pero no mucho menos que las restantes. Jugábamos contra el equipo que iba primero y que ya nos había ganado en la primera vuelta. Si les ganábamos por más de diez, podíamos ponernos de líderes, a expensas de lo que hiciera un tercero que jugaba en una cancha muy difícil. Era pues una buena oportunidad, un partido importante. Sin embargo, hacia el final de la primera parte, íbamos perdiendo y lo peor es que yo estaba jugando y Vicente, algo tocado de una muñeca, en el banquillo. Si hubiera jugado bien, habría sido mi gran ocasión de ganar muchísimos puestos en popularidad lo que, en mi malévola estupidez, hacía equivalente a conseguir el amor de Marimar. En cambio, torpe de mí, fallé dos o tres tiros fáciles y hasta mis elásticos saltos no pasaron de mediocres. Como era lógico, en la segunda parte me sentaron y salió Vicente de alero tirador, pese a su muñeca dolorida. Estuvo mejor que yo, pero tampoco a su nivel habitual, y con él en el campo lo más que conseguimos fue frenar el aumento de la diferencia, pero no recortarla. Con vergüenza he de confesar que casi desde el inicio de esa segunda parte estuve incordiando al zanahoria para que me cambiase por Vicente. Don Fermín, claro, no me hacía ni caso y hasta llegó a cabrearse con mi insistencia y, desabridamente, me espetó que ya había tenido mis minutos y no los había aprovechado ni la mitad de lo que lo estaba haciendo mi amigo. Puede imaginarse la rabia que me carcomía, sentía como si fuera a explotar de un momento a otro. En eso se pidió tiempo muerto. Hay que mover la pelota más rápida, decía el zanahoria, y a ver si conseguimos alguna entrada. Pero es que son muy fuertes abajo, dijo Vicente, yo creo que lo mejor es tirar desde afuera. Y entonces el propio Vicente sugirió que entrase yo para que los dos, moviéndonos mucho por el perímetro de la zona, buscásemos el tiro exterior. Así que, gracias al amigo odiado, entré en la cancha y, mágicamente, su idea funcionó. Hilamos cuatro o cinco ataques seguidos en los que el base casi llegaba hasta el fondo y, al chocar con alguna de las moles rivales, soltaba un pase hacia Vicente o hacia mí que, libres de marca, lanzábamos unos maravillosos tiros en suspensión y ... ¡bingo! De pronto, casi sin darnos cuenta, empatamos; faltaban seis o siete minutos y si seguíamos así parecía probable que nos lleváramos el partido, máxime cuando podía apreciarse que los contrarios se mostraban entre desconcertados y abatidos. Pero la situación no me hacía ninguna gracia porque, aunque estaba jugando bastante bien, Vicente lo hacía aún mejor (el pensamiento ruin que me asaltaba era que su mejora se debía a mi presencia en el campo, cuando era justamente a la inversa) y, para colmo, había sido suya la táctica que parecía llevarnos a la victoria. Además, mis atentas miradas a las gradas me confirmaban que el entusiasmo de Marimar se desbordaba especialmente con las jugadas de Vicente; así, tuve que pensar, no voy a ninguna parte. Entonces llegó lo que nunca tenía que haber pasado. Fue un rebote defensivo mío que inmediatamente solté a Vicente. Los dos corrimos un contraataque velocísimo casi a la par por el centro de la cancha hasta llegar debajo del aro donde, haciendo aspavientos con los brazos, estaba el pivot rival. Vicente iba a saltar con la pelota para hacer una bandeja y yo también para proteger el rebote ofensivo, pero justo cuando mi amigo iniciaba el tercer paso, sin pensarlo pero con toda la mala intención, le barrí el pie de apoyo y cayó de bruces contra el cemento rugoso. Nadie vio que había sido yo y se pitó la falta al jugador del otro equipo que nos perseguía inútilmente. Mi amigo se abrió la rodilla y hubo que retirarlo. Yo seguí jugando hasta el final. Perdimos. Cuando nos retirábamos cabizbajos vi que en las gradas no estaba Marimar.

Me fui corriendo a mi casa y me encerré en el cuarto. Esa noche apenas dormí. Toda la rabia, la envidia, hasta mis deseos por Marimar, se habían esfumado, aniquilados de golpe por un sentimiento mucho más potente y mucho mas doloroso: la vergüenza íntima, la conciencia de haber sido, de ser, un mierda. Al día siguiente me di de baja del equipo sin ninguna explicación, ante el asombro y hasta desesperación de don Fermín, que no alcanzaba a entender cómo alguien que tantas ganas le ponía de pronto abandonaba, justo cuando más oportunidades de jugar iba a tener por la lesión de Vicente. A mi amigo casi ni me atrevía a mirarle a la cara y nuestra relación se enfrió, también sin que él acertara las causas. El siguiente año, el último del colegio, me dediqué a otras cosas y del baloncesto sólo me quedó la afición del espectador (eran los tiempos del Madrid de Cabrera y Corbalán, Brabender, Luyk y Walter, y las copas de Europa contra el Ignis de Meneghin). Poco a poco fui aprendiendo a reconciliarme conmigo mismo y, desde luego, nunca más he vuelto a tener un comportamiento tan miserable como aquél ni tampoco he alimentado sentimientos tan ruines. Menos mal.


Prisencolinensinaiciusol - Adriano Celentano (Nostalrock, 1973)

sábado, 10 de septiembre de 2011

El telegrama largo (2)

Dejaba el primer post sobre el telegrama largo en la incorporación de Kennan como tercer secretario a la flamante embajada norteamericana en Moscú, a cargo William Bullit. Como ya dije, este hombre fue sin duda singular. Bien dispuesto a su llegada hacia el régimen soviético, su primordial objetivo era afianzar una verdadera amistad entre Rusia y los Estados Unidos, pese al escepticismo reticente que predominaba en el Departamento de Estado. Para cuando se abrió la embajada, Stalin ya había alcanzado de hecho el poder omnímodo personal, si bien todavía no lo había desplegado en la extensiva, cínica y cruel purga de cualquiera que pudiera hacerle sombra que estaba a punto de iniciarse. Bullit, poco impresionado con las actividades sociales de los bolcheviques, decidió que sería una eficaz estrategia diplomática introducir el glamour y la ostentación en la nueva clase privilegiada. Ciertamente, la huella más recordada de su periodo como embajador (1933-1936) la constituyen las suntuosas fiestas que celebró en la Spaso House, la sede de la delegación.

El gobierno comunista ofreció tres edificios como posibles sedes de la nueva embajada y Bullit se decidió por esta mansión neoclásica, situada en el distrito Arbat, una de las divisiones del Okrug central de la capital rusa, a algo menos de dos kilómetros al oeste del Kremlin. Este barrio moscovita se originó en el XVII ocupándose por residencias de nobles y acaudalados personajes del zarismo, quienes gustaban de su ambiente rural y tranquilo, pese a su cercanía al centro comercial y administrativo (allí vivieron Tolstoi y Pushkin, por ejemplo). El eje principal que articulaba el distrito era (y sigue siendo) la calle Arbat, el principal acceso a Moscú desde el oeste. Por ella entraron en septiembre de 1812 las tropas napoleónicas al mando de Murat, para ocupar una ciudad abandonada tras la sangrienta batalla de Borodino (léase Guerra y Paz), las que provocaron, o tal vez no que sigue siendo un misterio, el devastador incendio que arrasó la casi totalidad de las casas de madera del barrio. Sin embargo, se reconstruirían a lo largo del XIX, ahora en piedra, y el barrio alcanzó mayores esplendores. La calle Arbat, plena de actividad comercial (sigue así, pero hoy peatonalizada) se comparaba con el Boulevard Saint Germain parisiono.

En 1913, Nikolay Vtorov, uno de los más importantes financieros e industriales rusos de la época, compró una gran parcela vacía frente a la recoleta plaza Spasopeskovskaya. Encarga la construcción de su nueva casa al estudio de los arquitectos Vladimir Adamovich (1872-1941) y Vladimir Mayat (1876-1954). Estos dos arquitectos, aunque todavía jóvenes, gozaban ya de reconocimiento profesional. Las obras que he podido ver de ellos en la red, tienen un cierto aire pre-art-déco que me hace aventurar que estuvieran vinculados a los movimientos de vanguardia de la época que en Rusia desembocarían en la arquitectura constructivista. Por eso extraña que se atuvieran a los cánones del ya trasnochado estilo neoclásico, que me lo explico suponiendo que fuera una imposición del propietario. Hay que tener en cuenta que el "neoclásico" fue el modelo de referencia de la aristocracia zarista durante todo el XIX y de algún modo, aunque fuera tarde, reclamado por la burguesía enriquecida de los años anteriores a la Gran Guerra, en sus ostentaciones emuladoras. Para ser más precisos, el adoptado por Adamovich y Mayat para la mansión era el que llamaban Nuevo Estilo Imperio, cuya más prominente figura había sido Joseph Bovè, el arquitecto del Teatro Bolshoi. Las obras duraron algo más de un año (brevísimo tiempo desde la óptica actual) y en agosto de 1914, poco antes de que estallara la guerra, los Vtorov se mudaron a la suntuosa mansión de planta simétrica, ventanas palladianas, capiteles jónicos, salones abovedados y muchos más detalles de exuberante lujo. No he logrado averiguar las dimensiones del inmueble, ni de la parcela ni del edificio, pero desde luego (midiendo en el GoogleEarth estimo en unos 5.000 m2 la superficie de la parcela, pero me da que es mayor).

Durante la guerra Vtorov se convirtió en uno de los mayores proveedores del gobierno zarista (lo que redundaría en importantes incrementos de su fortuna) y, tras la revolución, se puso al servicio del régimen bolchevique. Sin embargo, en 1918, fue asesinado en su oficina en circunstancias que nunca se aclararon. Su familia, en todo caso, no debía sentirse muy segura en Moscú y en cuanto pudo escapó de Rusia. La casa fue expropiada y convertida en edificio oficial, vinculado al comisariado de asuntos exteriores, pero usada más que para tareas administrativas como residencia de cargos importantes (el propio Chicherin, por ejemplo) y visitantes extranjeros. Que los bolcheviques la asociaran al mundo de la diplomacia pudo estar entre los motivos por los que se la sugirieran a Bullit. Al americano le gustaría, seguro, pues el neoclásico era también el estilo predominante en la arquitectura gubernativa y de las clases altas en los USA; pero también porque le pareció perfecta para organizar los fiestorros que tenía en mente y, además, contaba con un moderno sistema de calefacción recién instalado por los soviéticos. Así que le encargó a nuestro amigo Kennan que negociara un alquiler de tres años porque tenía pensado construir una nueva embajada al estilo de Monticello, la famosa y también neoclásica residencia de Jefferson en Virginia (ese plan nunca se materializó y hasta hoy la Spaso House sigue siendo la embajada americana).

La inauguración de la intensa actividad pública de la nueva embajada parece que puede fijarse en la primera celebración del 4 de julio, con una multitudinaria recepción oficial complementada con un partido de baseball entre los diplomáticos y los periodistas acreditados en Moscú; todos americanos, claro, que no me imagino a los rusos bateando y corriendo de base en base. Pero fue a finales de ese 1934, con la recepción de navidad, cuando el embajador dejó claras sus intenciones. Ordenó a su equipo que preparara una fiesta que nunca hubiera sido vista en Moscú para anonadar a los invitados soviéticos. Así que se tajeron cantidad de animales exóticos del zoo de Moscú y de granjas cercanas (un centenar de pinzones, un cachorro de oso, pavos reales), flores desde Helsinki, paté de Estrasburgo, una orquesta de Praga ... Ya comenzada la fiesta, con casi todos los miembros del Politburó presentes, súbitamente se apagaron las luces e hicieron su entrada tres grandes focas amaestradas: una llevaba en equilibrio el árbol de navidad, la segunda una bandeja con copas y la última una botella de champán. Después del show de las focas, parece que algún error del domador produjo un cierto desbarajuste con los otros animales (el oso desgarró el uniforme a un general soviético) que empezaron a dispersarse alocadamente entre los invitados, mientras los pinzones volaban enloquecida y ruidosamente por los salones. Como fuera, lo cierto es que la recepción causó conmoción y alteró radicalmente el nivel de la actividad social de los diplomáticos y miembros de la elite bolchevique.

Sin embargo, la verdadera guinda de las fiestas de Bullit, que ha alcanzado el carácter de legendaria, llegó el 24 de abril con la celebración del llamado Baile del plenilunio primaveral. En el salón de la gran lámpara de araña se dispuso un pequeño bosque de diez abedules sobre un césped artificial de achicoria, la mesa de comedor se recubrió de tulipanes finlandeses, un inmenso aviario estaba abarrotado de faisanes, loros y de nuevo un centenar de pinzones cebra, y además había varias cabras montesas, gallos blancos y el inevitable cachorro de oso. Asistieron más de cuatrocientos invitados y, aunque Stalin no fue, sí lo hicieron numerosos miembros de la cúpula comunista. La fiesta duró hasta el amanecer y por supuesto fue un éxito absoluto. Seguramente la mejor descripción del acontecimiento debe estar en el libro Bears in the Caviar, del diplomático Charles Thayer (a quien en tiempos de McCarthy expulsarían del Servicio acusándolo de espía comunista y homosexual), por entonces asistente personal de Bullit. Pero no tengo ese libro (ni lo he conseguido en internet), por lo que me he de conformar con las breves notas que en su diario escribió Yelena Shilovskaya, la mujer de Mikhail Bulgakov.

No había visto jamás un baile así. Todos vestían frac, sólo una pocos con chaqueta o smokings. Bailaban en una sala con columnas iluminadas por rayos de luz procedentes de una galería; detrás de una puerta que los separaba de la orquesta, había faisanes y otras aves vivas. Cenamos en pequeñas mesas en un comedor enorme donde, en un rincón, había jaulas con cachorros de osos, cabras y gallos. Durante la cena, los músicos tocaban el acordeón. Nuestra mesa estaba cubierta con una tela verde transparente iluminada desde el interior. Había ramos de tulipanes y rosas. Ni menciono la abundancia de comida y champán. En la planta superior (es una mansión grande y lujosa) habían preparado una habitación con una parrilla de pinchos de carne y la gente estaba haciendo danzas caucásicas. Quisimos irnos a las tres y media, pero no nos dejaron. Salimos a las cinco y media de uno de los coches de la embajada. Era ya de día cuando llegamos a casa.

Bulgakov, en efecto, estuvo esa noche en la embajada americana. Por esas fechas, ya era muy crítico con el régimen y si podía seguir escribiendo y en el teatro se representaban sus piezas era gracias a que a Stalin le gustaban. Yelena era su tercera mujer, con la que llevaba casado sólo dos o tres años, y que había conseguido animarle a retomar la que había de ser su obra maestra: El Maestro y Margarita. Un capítulo de la novela está dedicado al gran baile de Satanás, en el que Margarita, tras ser bañada en sangre y aceite de rosas y convertida en reina del Diablo, ejerce de anfitriona en una gran fiesta que, en gran parte, está inspirada en la organizada por Bullit en 1935. Así que, si no valió demasiado para el acercamiento entre los yanquis y los bolcheviques, habrá de reconocerse que contribuyó a la producción de una de las grandes novelas del siglo pasado. ¿Justificará eso la pasta que se gastaron? Yo diría que no, pero hay quien paga gustoso el precio de pasar a la historia. De hecho, el 29 de octubre del año pasado, el actual embajador americano en Moscú quiso celebrar las relaciones culturales entre Rusia y Estados Unidos con el que llamó el Baile Encantado, una recreación (seguro que no tan excesiva) del legendario Baile del Plenilunio de Primavera. Nunca segundas partes fueron buenas.


El video es una escena la versión de El Maestro y Margarita, dirigida en 2005 por Vladimir Bortko de 2005 para televisión. El baile de la embajada americana no sería tan macabro como éste, desde luego.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Por qué me han desheredado

A finales del pasado julio murió mi tía Marisa, la única hermana de mi padre. Las relaciones de mi familia con la rama paterna nunca fueron muy estrechas. Mi padre era el mayor de tres hermanos y su padre (al que ya le he dedicado un post) era un hombre demasiado a la antigua que nunca supo hacerse querer. De cuando éramos niños y venían los abuelitos guardo el recuerdo de unos señores muy viejos y muy secos, radicalmente distintos a los maternos. Venían casi siempre con Marisa, siempre pegada a sus faldas, la típica tía solterona, muy dada a zalemas disforzadas y empalagosas que, a mí al menos, me producían un rechazo instintivo. Tampoco contribuía para nada a hacer más fluida y afectuosa nuestra relación con ellos la clara hostilidad de mi madre, que no se guardaba en absoluto de ocultar ante nosotros. Mi padre, por su parte, los respetaba pero yo diría que se sentía incómodo, lo que entendí años después cuando supe que desde que murió su madre teniendo él doce o trece años y mi abuelo se casó con la que llamábamos la abuelita, fue internado en colegios y prácticamente apartado de la vida cotidiana familiar, salvo en breves vacaciones. Era gracioso, por ejemplo, que los nietos los tuteáramos y mis padres los trataran de usted.

En 1976, viviendo nosotros en el Perú, murió mi abuelo y mi tía se mudó con su madrastra a una casa en el centro de Toledo. En los años 81 y 82, ya de regreso en España, estuve trabajando en un plan de rehabilitación del barrio del Pozo Amargo, entonces el más deteriorado y menos turístico de la vieja capital visigoda. Cuando íbamos a hacer trabajo de campo, me obligaba a visitarlas, lo que, aunque valía para mantener las formas, no logró despertar en mí ningún sentimiento amoroso hacia esas dos personas, que no sólo me resultaban emocionalmente ajenas sino estética o vitalmente casi repulsivas. Mi abuela era una especie de maniquí encopetado con aires de grandeza y mi tía seguía con ternuras infantiloides que me desagradaban, besuqueándome y piropeándome desatinadamente: lo guapo que estaba, lo orgullosa que se sentía de que su sobrino mayor hubiera acabado una carrera tan difícil y similares boberías que me irritaban e impacientaban. Unos años después, creo que ya me había desplazado a Tenerife, murió mi abuela y Marisa se mudó de vuelta al piso familiar a pocos metros de la glorieta de Quevedo madrileña. No puedo asegurarlo pero diría que no he vuelto a ese piso desde que hacía el bachillerato.

Pasaron los años y ya sólo coincidía con mi ella en las navidades en casa de mis padres. Mi relación era nula, salvo en esos momentos durante los cuales no me sentía nada cómodo y, aunque no intencionadamente, le expresé esa aversión porque año tras años ella misma fue enfriando su comportamiento hacia mí. Tras la muerte de mi padre todavía se debilitaron más las relaciones, dado que mi madre, si bien no es que le cerrara la puerta, se esforzó mucho menos en disimular su desagrado (tampoco es que mi madre se haya esforzado nunca en aparentar buen rollito cuando alguien no le gusta, pero bueno). Marisa, sin embargo, durante estos últimos diez años empezó a volcarse en mis hermanos (tengo cinco), pero lo iba haciendo caprichosa y sucesivamente, escogiendo por una temporada a uno y haciéndose querer, a veces con actitudes arbitrariamente tiránicas. Al final, la que más la soportaba fue una de mis hermanas, que la ha ido atendiendo a medida que envejecía y dejándola, con mesura, que explayara en sus hijas sus melindres todavía más empalagosos que hace treinta o cuarenta años. Justamente fue en casa de esta hermana, cuando la vi por última vez en la pasada nochebuena; apenas intercambiamos unas frases intrascendentes y fríamente correctas, casi las que exige el protocolo con los parientes.

El día que murió, por la tarde, había ido a visitar a su "novio" a la residencia de ancianos en que vivía, como por lo visto era su costumbre. Casualmente, obedeciendo a un pálpito, mi hermana la llamó esa noche para saber cómo andaba. El teléfono sonó y sonó sin que nadie lo descolgara. Insistió unas cuantas veces e incluso se planteó ir hasta la casa, pero finalmente prefirió acostarse diciéndose a sí misma que se habría dejado el teléfono mal colgado. A la mañana siguiente, al seguir sin respuesta, fueron hasta Quevedo y subieron al piso. Tocaron al timbre y nada; al tratar de abrir la puerta (mi hermana tenía una llave) comprobaron que había otra puesta por dentro. Ya para entonces estaba claro que algo grave le había ocurrido a mi tía. Vinieron lo bomberos y entraron por una ventana del patio de luces. Marisa estaba caída junto al sofá, con la tele encendida. Mi cuñado, que es cardiólogo, aseguró enseguida que había sido un infarto fulminante: probablemente se habría levantado a coger algo y le explotó el corazón, antes de que el cuerpo llegara al suelo, dijo, estaba muerta. Haciendo salvedad de lo desagradable y triste que fue para mi hermana la escena, hay que convenir que fue una muerte estupenda: de golpe, sin enterarse. Me llamaron, claro. A lo largo de esa mañana se reunieron ahí mis cuatro hermanos madrileños (la pequeña vive en París) y hasta mi madre; al fin y al cabo éramos la única familia que tenía. El cuerpo al tanatorio de la M30 y al día siguiente a enterrarlo bajo un sol de justicia en la fosa que tenía comprada en Toledo, donde están los restos de mis abuelo y de mi padre. Yo desde luego no fui; tampoco nadie esperaba que fuera.

A finales de agosto, en una conversación con mi hermana (que, por cierto, es con la que más unido estoy), me cuenta que Marisa la hizo a ella única heredera y que menudo marrón. Por qué marrón, le digo, al contrario es estupendo para ti. Hombre, me contestó, porque a algunos de los hermanos les ha sentado fatal. A mí, desde luego, no me afectaba en absoluto haber sido "desheredado" y así se lo dije. En primer lugar porque estaba plenamente convencido de que así iba a ser y, en segundo, porque creo de verdad que, legalidades al margen, no tenemos ningún derecho "moral" a heredar de nuestros ascendientes (padres incluidos). Pero, aunque no me sorprendiera no haber sido beneficiado, y aunque supusiera que iba a ser esta hermana la principal beneficiaria de sus bienes, sí me extrañó un poco que Marisa no les hubiera dejado nada a mis otros hermanos, ni siquiera a la que va después de mí que era su ahijada. Pero las cosas son así, cada uno es como es (y baja las escaleras como quiere).

No habría escrito este post si no fuera porque hoy hablando con mi madre me he enterado de la verdadera razón de por qué Marisa no me ha dejado nada. Naturalmente ha sido porque le caía mal, ya lo he dicho, y además pienso que la mayor culpa de ese sentimiento es mía, fui yo desde niño y más conscientemente de joven y adulto, quien no tuve ningún interés en mostrarle cariño, casi peor, no hice el más mínimo esfuerzo en disimular que no se lo tenía. Como ya he contado, en los últimos años me fue evidente que tampoco yo a ella le caía bien, y me pareció una respuesta natural a mi desafección. No tenía pues nada que reprocharle. Pero es que ahora me entero de que, sin que mi actitud haya dejado de ser un factor en el desapego de mi tía hacia mí, no fue el único ni siquiera el determinante. Por lo que me ha dicho mi madre, Marisa me hizo la cruz unas navidades, con mi padre todavía vivo (o sea que hablamos de once o más años), a raíz de que manifesté mis opiniones antimonárquicas y, más en concreto, críticas hacia nuestro amado rey. No guardo el más mínimo recuerdo de que fue lo que dije (pero no dudo que lo hice) pero es que tampoco tenía ni idea de que mi tía fuera una fervorosa monárquica y juancarlista (no así ninguno de mis padres). Pues por lo visto, según sabía mi madre y nunca hasta hoy me había dicho, Marisa le hizo saber su absoluto enfado conmigo, tanto que para él yo siempre sería su sobrino primogénito, claro (porque la sangre ...), pero no, no quería tener que ver conmigo.

Así que hace unas pocas horas he descubierto que mi desafección monárquica ha tenido como consecuencia tangible el privarme de parte de una herencia. Creo que es la primera vez en mi vida que mis preferencias (o rechazos) ideológicos sobre la Jefatura del Estado me han costado dinero. Cuando me lo contó mi madre no pude evitar, tras el asombro, una carcajada espontánea; todavía mientras escribo sigo con la sonrisa.


La tieta - Joan Manuel Serrat (En Directo, 1984)

PS: En este post la canción era obligada.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Cantautrici italiane (4): Magoni

Me he operado de las cuerdas vocales. (Gangoso, silabeo la frase; apenas un leve aire vocalizado, casi mudo). Son dos las cuerdas vocales, eso dicen. Dos, dos, dos ... Dicen que las cuerdas vocales son dos, dos como las manos, dos como los pies. ¿Dos como ella y yo?

A veces es mejor no saber. También eso lo dicen, que dos son las cuerdas vocales y que a veces, casi siempre, mejor no saber. Yo no sabía nada, ni siquiera sospechaba nada ... ¿mejor así? A veces uno sabe lo que debe saber, dicen, hablan y hablan, de todo dicen, con las cuerdas vocales. Sí, dos ... ¿o tres?

Dice, dicen, dicen ... Tantas cosas. Parloteo vano (las cuerdas vocales vibrando incesantes). Dicen cosas que no son verdad, ¿para qué? Hasta ella, quizá porque no sabe que sé, porque no sabe que he sabido. A veces es mejor no saber, a veces es mejor perder que encontrar.

Toda mujer tiene un diario, un diario secreto. Secreta su existencia, no sólo su contenido. Tal vez no sean dos las cuerdas vocales, cómo estar seguro, ¿y si son tres? El diario ella lo escondía en el fondo del cajón de la mesilla de noche. Yo lo encontré al azar, de casualidad (sí, ya, al azar). Sí, sí, sí, claro que sí; yo no sabía nada, ni siquiera sospechaba nada.

Lástima que con las cuerdas vocales, tan útiles, tengamos dificultad para explicar algunas ideas, algunos pensamientos, algunas emociones. ¿De ahí esta necesidad desesperada de escribir, de sacar de dentro lo que nos duele, lo que nos quema, lo que nos sangra las vísceras? Ella, su diario secreto, sus cuerdas vocales; dicen que son dos: ¿mienten?

Dice, dicen, dicen ... También hacen. Hacen cosas que no deberían hacer y dicen cosas que no deberían decir. Deberían decirlas antes de hacerlas (no sé) o al menos después de haberlas hecho deberían decirlas (no sé). Dice, dicen, dicen ... y cuando no dicen te dan por culo.


Le due corde vocali - Petra Magoni & Ferruccio Spinetti (Musica Nuda 2, 2006)


Este texto es una versión muy libre de la canción que he puesto justo aquí encima, compuesta, a medias con su compañero contrabajista, por la titular de esta cuarta entrega de cantautrici italiane, una mujer que se llama Petra Magoni. Toscana de Pisa, nacida en los últimos días de julio del 72, así que joven todavía y, desde luego, bastante atractiva, con un rostro simpatiquísimo y pletórico de expresividad. Desde muy pequeñita empezó a cantar y todavía niña empezó a formarse, en principio en música antigua y sacra (ahí es nada). También ópera, improvisación vocal, canto armónico ... Iba para el mundo lírico, parece. En el 95, todavía sin haber cumplido veintidós, se une transitoriamente al grupo de rock pisano Senza Freni y con ellos participa en el Arezzo Wave, otro de los varios festivales italianos, éste para impulsar a los jóvenes rockeros. Luego participará en Sanremo (cómo no), colaborará con raperos y músicos de jazz (incluyendo al pianisto Stefano Bollani con quien se casará) y hasta publicará tres albumes propios en la segunda mitad de los noventa. O sea, que muy activa la niña, pero moviéndose en circuitos para entendidos, sin entrar claramente en el mercado (de hecho, las grabaciones de esa época son imposibles de conseguir fuera de Italia y hasta allí me imagino que debe costar mucho).

En el 203 su carrera recibe un impulso determinante. El detonante, encontrarse con Ferruccio Spinetti, un excelente contrabajista, y descubrir, ambos, que congeniaban a la perfección (Spinetti colaboraba con el grupo de jazz de su marido). Se les ocurre, un poco de coña, formar un duo al que denominan Musica Nuda, porque sólo hay dos instrumentos: el contrabajo de Ferruccio y las excepcionales cuerdas vocales de Petra. Sacan un primer disco con quince versiones de canciones en su gran mayoría bastante conocidas (Los Beatles, Sting, Lucio Battisti, Burt Bacharach ... hasta de Monteverdi) y descolocan al personal. Repiten la jugada un par de años después (2006) y el descoloque inicial adquiere ya la categoría de entusiasmo y consiguiente éxito comercial. Se trata, sin duda, de un estilo propio, original, pleno de virtuosismo. Ya sobrados se atreven a publicar un album de música sacra en el 2006 en el que incluso componen dos temas que no desentonan nada de los que interpretan de Mozart, Brahms o Bach. Habrá dos albumes más, en 2008 y 2011, en los que, aunque siguen predominando sus originalísimos covers de temas en inglés, francés o italiano, hay ya unas cuantas composiciones propias, que si no, no podría incluirla dentro de esta serie y la verdad es que me apetecía mucho.

Porque la chica es espectacular, impresionante. Diré que la he descubierto hace poco y, comparativamente con otras de las que ya he hablado o de las que hablaré, la tengo poco escuchada, aunque últimamente es una fija en el iPod durante mis caminatas. Tiene una voz increíble y, lo que es más importante, hace con ella lo que le da la real gana, y siempre le da la gana hacer maravillas. En fin, para qué decir más, salvo insistir en recomendarla encarecidamente.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El telegrama largo (1)

El 22 de febrero de 1946, el consejero de la embajada de los Estados Unidos en Moscú, un diplomático de cuarenta y dos años recién cumplidos, envió un telegrama al Departamento de Estado en Washington que contenía la friolera de más de cinco mil palabras (impreso ocupó dieciséis páginas). Tan desmesurada extensión le valió inmediatamente que fuera denominado como el telegrama largo, título con el que ha quedado identificado para la posteridad, casi como si se tratara de un record guinness. Pero la importancia histórica de ese telegrama no se debe a su longitud sino a que el texto que contenía se convirtió en la base teórica sobre la que se sustentó la política norteamericana en relación a la Unión Soviética, la que se denominó de contención (quizá no el término más preciso) y que condicionó el largo periodo de la Guerra Fría que, con altibajos en su intensidad, duró hasta la presidencia Reagan con el desmoronamiento de los regímenes comunistas europeos.

El autor de ese histórico telegrama se llamaba George Frost Kennan, (1904-1995), quien para entonces era, desde luego, un experto en los asuntos de Rusia, afición que podría habérsele instilado por vía genética, pues un tío abuelo suyo fue un apasionado viajero y explorador de las inmensas extensiones del imperio de los zares (contra cuyo régimen se opuso con vehemencia). Poco después de graduarse en Princeton decidió incorporarse al recién creado servicio diplomático estadounidense, lo que requería aprobar un duro examen de ingreso y pasar siete meses en la academia de Washington. Sus primeros destinos fueron Ginebra y luego Hamburgo. Estando en Alemania, el Foreign Service le ofreció un programa de especialización en idiomas y, como primero de todos, optó por un curso sobre historia, política y cultura rusas en la Universidad de Berlín (a lo largo de su carrera Kennan dominaría muchos más idiomas). En 1931, todavía veinteañero, ocupa el puesto de tercer secretario en la embajada americana en Riga, y sus funciones principales se centran en los asuntos económicos soviéticos.

En esas fechas no había relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y la URSS. La administración norteamericana recibió con bastante desagrado la revolución bolchevique y no se cortó un pelo en hacer cuanto se le ocurrió para incordiar a Lenin y sus colegas: embargo económico, apoyo financiero a los blancos, aporte de tropas a la invasión japonesa de los territorios rusos orientales ... Probablemente, el ideólogo que influyó más en la oposición de la administración USA al estado soviético fue Robert Lansing, quien entre 1915 y 1920, siempre bajo Woodrow Wilson, ocupó el cargo de Secretario de Estado. Lansing había conocido a los revolucionarios al poco de llegar al poder y enseguida le cayeron muy mal (y se esforzó por aumentar la aversión que también Wilson les tenía). Valga como muestra, lo que escribió justo en los días de la Revolución: "la avaricia, la ambición, la crueldad y el odio son las piedras angulares de esa repugnante y horrible estructura que los bolcheviques están tratando de construir sobre las ruinas del orden social y los estados civilizados". Este hombre de los primeros, entre los políticos estadounidenses, que se preocupó seriamente por el peligro rojo. Durante el año 1919, por ejemplo, escribió cantidad de textos alertando de los riesgos inminentes que suponían los bolcheviques: "Me pregunto hasta cuándo vamos a tolerar la propaganda radical que están trayendo a este país y que impele a la clase trabajadora a rebelarse contra el orden económico. ¿Cuánto podemos durar con esta actitud sin precipitarnos en el desastre?" Para esos momentos las valoraciones de Lansing no pueden sino parecernos exageradas (bastante ocupados estarían los bolcheviques, digo yo, con sus propios asuntos internos, muy lejos todavía de la estable situación de algunos años después). Sin embargo, lo cierto es que las ideas de Lansing tenían eco en un nada despreciable sector de la opinión norteamericana y, en cualquier caso, se tradujeron en acciones políticas concretas (hostiles) frente al estado soviético al menos hasta el final de la guerra civil (1923). Luego, poco a poco, la consolidación del poder comunista y el obligado pragmatismo que domina las relaciones exteriores, trajo consigo una progresiva suavización del anti-bolchevismo oficial, hasta la apertura de la embajada en Moscú en 1933.

Lansing fue el primer vocero del anti-bolchevismo en la administración norteamericana, pero sus ideas impregnaron el aire de la División para Europa del Este del Departamento de Estado gracias a su primer y duradero jefe, Robert F. Kelley. Este hombre, que había estudiado ruso en Harvard y trabajado como espía durante la primera guerra, diez años mayor que Kennan, seguramente se convertiría en su mentor ideológico y le transmitiría su profundo anticomunismo. La línea defendida por el Departamento de Estado mientras Kelley estuvo al frente de la citada división fue que no debía haber ningún tipo de cooperación con el régimen soviético. De hecho, durante dieciséis años Estados Unidos (siempre con presidentes republicanos salvo la segunda etapa de Wilson) se negó a reconocer a la URSS, pero Franklin D. Roosevelt debió pensar que ya era tiempo de acabar con esa anomalía. Hay que recordar que a principios del 33 Hitler había sido designado canciller y para noviembre de ese año, que fue cuando los responsables de exteriores soviético y norteamericano acordaron el establecimiento de relaciones diplomáticas, ya el bigotes había dado muestras más que suficientes de que pensaba poner las cosas feas en Europa. Por mucho que los bolcheviques siguieran sin gustar a la administración USA, las borrascas que se cernían sobre Europa aconsejaban no descuidar el inmenso flanco oriental y, además, siempre es bueno estar metido dentro de las filas rivales (aunque para ello debas dejarle que hagan lo mismo en tu casa). Así que hacia finales de ese año, William C. Bullit, diplomático ya de larga carrera a pesar de contar solo cuarenta y dos años, aterrizó en Moscú como primer embajador norteamericano ante Stalin.

Este Bullit era un tipo inquieto, cuya vida merecería un examen detenido. Lo relevante ahora es decir que, muy jovencito todavía, formó parte del equipo de Wilson en Europa y que, tras visitar Rusia en 1919, de vuelta a la Conferencia de París intentó sin éxito convencer al presidente de la conveniencia de reconocer la Unión Soviética. No le caerían tan mal los bolcheviques a este hombre, quien curiosamente se casaría uños años después con Louise Bryant, una periodista marxista y anarquista que era ni más ni menos que la viuda de John Reed, el famoso autor de Los diez días que estremecieron el mundo (hay una peli de Warren Beatty que no está mal). En fin, que con esos antecedentes era el hombre idóneo para el puesto ya que los bolcheviques lo tenían por un viejo amigo; imagino además que se lo tomaría como un agradable, aunque tardío, reconocimiento de sus esfuerzos. Pero aunque Bullit llegó a Moscú con las mejores intenciones y se consiguió un espectacular edificio como sede para la embajada (la casa Spaso, expropiada por el gobierno soviético a la familia de un importante industrial textil), que todavía lo sigue siendo, tampoco pecaba de sobredosis de ingenuidad y una de las primeras cosas que hizo fue reclamar a su lado al protagonista de este post (y los que seguirán). De modo que Kennan, junto a dos colegas más también de reconocido prestigio en cuanto a sus conocimientos sobre el hermético mundo ruso y soviético, fue destinado en calidad de tercer secretario a la flamante embajada. Había llegado, por primera vez y apenas a punto de cumplir los treinta, al cogollo de su principal interés profesional.


Little Lou, ugly Jack, prophet John - Belle & Sebastian (Belle & Sebastian, 2010)

martes, 30 de agosto de 2011

Motivos personales

No es nada personal, dice el mafioso a su víctima, sólo negocios. Quizá la frase sea verdad en el ambiente gangsteril de la Cosa Nostra, pero rara vez en la vida profesional, en el mundo de lo que genéricamente podemos llamar negocios (por oposición al ocio, en el que incluyo naturalmente la vida privada). Si se me concede entender como personales todas las motivaciones de nuestro actuar que derivan, al menos en parte significativa, de nuestras emociones y de nuestros sentimientos, supongo que también podríamos convenir en que no sería nada malo que en la marcha de los negocios dichos factores interviniesen lo menos posible. Y para acotar algo más, diré que me refiero en particular a los negocios públicos, a aquéllos que en mayor o menor medida influyen en la vida colectiva, en los intereses comunes (no sólo las actividades del sector público).

No es así, sin embargo. Las motivaciones personales suelen jugar un papel determinante en la vida profesional. Pensemos, por ejemplo, en las decisiones de un directivo o de un político. ¿Cuánto influyen en ellas las cuestiones personales? Mucho, puedo asegurarlo. Y lo peor es que no son precisamente los rasgos más laudables de nuestra naturaleza, sino las tendencias más ruines, entre las que frecuentemente destacan la vanidad, el orgullo (y la dignidad mal entendida), la envidia y tantas otras joyas de nuestros caracteres. Sería desde luego excesivamente ingenuo pensar que podamos erradicar lo personal de nuestras motivaciones profesionales y hasta es probable que, de poderse, no fuera nada recomendable. Pero se me ocurre que es, como tantas otras cosas, el problema radica en las proporciones.

Cuando yo era niño aprendí que la actividad laboral, amén de ser necesaria para ganarse la vida (la función alimenticia que la llaman algunos), tenía también y sobre todo por finalidad contribuir a mejorar la sociedad. Era la tópica, entonces, la idea de servicio público que donde más se expresaba era en la esfera pública y en particular en la política. No niego que, teniendo en cuenta durante qué época transcurrió mi niñez, esa pedagogía fuera una descarada muestra de cinismo hipócrita, pero tal hecho es irrelevante a los efectos de mi argumentación. La ideología asumida es la que digo, y cuando uno actuaba profesionalmente lo prioritario en sus motivaciones era propiciar un cambio a mejor del conjunto del ámbito en el que actuaba. Hoy esta manera de pensar, si alguien la expresara, nos sonaría ridícula.

Esta mañana, sin ir más lejos, he vivido otro de los múltiples episodios de motivaciones personales cutres. Estábamos, mi compañero en la empresa y yo, discutiendo con otro profesional la posibilidad de formar una asociación para optar a un encargo importante. los problemas que teníamos que resolver eran, vistos con una mínima objetividad, bastante sencillos. La complejidad no radicaba en lo que había que hacer sino en cómo llevarlo a cabo sorteando la maraña de fobias y susceptibilidades de los que habría que implicar en el proceso. Empezando por nuestro interlocutor quien, para colmo, declaró que él desde luego no se guía por factores personales (y lo peor es que estoy seguro de que se lo cree: la capacidad de autoengaño del primate humano es tan infinita como su estupidez).

La verdad es que a mí me agota y pone a prueba mi escasa paciencia el tremendo trabajo que exige esta especie de actividad diplomática para conciliar rencillas, vanidades y demás miserias. Afortunadamente, en el reparto de tareas, éstas le tocan en la mayor parte a mi compañero, mucho más entrenado y paciente que yo. Siempre me dice que el 80% de su trabajo consiste justamente en eso: en lograr con un despilfarro de tiempo y esfuerzos desactivar tantísimas cuestiones personales que obstaculizan el desarrollo de los objetivos de nuestro trabajo. Es inimaginable cuánto aumentaría la productividad si esos tiempos y esfuerzos se dedicaran a hacer las cosas que se supone que son las que tenemos que hacer. Pero, por desgracia, así funcionan las cosas en la práctica.

Lo cual nos lleva a tener que acostarnos con el diablo, que en este caso significa aprender las artes de la manipulación que ya enunciara magistralmente Maquiavelo hace casi casi quinientos años. Cuando esta mañana acabó la reunión, ya de vuelta en mi oficina, tuve una conversación telefónica con un amigo que se mueve en mi mismo ámbito laboral. Ambos estamos preocupados por unos rumores (fundados) que advierten de una movida político-legislativa cuyos efectos serían muy dañinos para el urbanismo y la ordenación del territorio en Canarias (atentando incluso contra principios democráticos elementales). Las motivaciones de la misma son una combinación de las ambiciones y ansias de protagonismo del promotor unidas a una audacia que sólo me explico por sus limitaciones profesionales. Ahora bien, aunque mi amigo y yo coincidíamos en la necesidad de intentar impedir esta amenaza, disentíamos en el modo de hacerlo. Lo que yo traté, supongo que infructuosamente, de hacerle ver es que no convenía una oposición frontal, articulada básicamente con críticas demoledoras, por más que tuvieran toda la razón. Había, le dije, que conseguir darle una alternativa a este individuo y conseguir que él llegase a creer que era obra suya o, al menos, que los méritos se le atribuyesen. Pero claro, eso supone discreción en los movimientos y renunciar a la cuota de protagonismo que a uno le gustaría, máxime cuando sería hasta merecida. A mí, a estas alturas, ya no me supone ningún sacrificio, y no es presunción vana. Lo que me produce satisfacción es contribuir a lograr que las cosas en que creo salgan (o salgan lo mejor posible). Que yo sepa (y algunos cercanos como mucho) que mis esfuerzos han valido para algo es mucho mayor premio que cualquier reconocimiento externo.


Operator - Alexis Korner (A new generation of blues, 1968)

La canción que acompaña este post está tomada de un fantástico album de 1968 de Alexis Korner (que ya me apetecía volver al blues como banda sonora). Este tema en concreto es un bonus track añadido con la remasterización en 2006; una canción, compuesta e interpretada por tres magníficos, el propio Korner (guitarra acústica, armónica y voces), Robert Plant, el cantante del por entonces recién nacido Led Zeppelin y al que, aunque conozco desde siempre, he redescubierto hace pocos años ya que siempre me lo había opacado Jimmy Page, y Steve Miller (aquí al piano y no con su guitarra habitual). Si Alexis Korner no hubiera existido es altamente probable que la revolución británica del rock en los sesenta hubiera sido muy distinta (y probablemente no tan maravillosa como fue) y, sin embargo y lamentablemente, todavía hoy no es lo suficientemente reconocido y mucho menos escuchado.

sábado, 27 de agosto de 2011

Donald White

Me llamo Donald White. Antes de que a la luz de la luna el nudo del verdugo ahogue mi garganta quiero que oigáis mis últimas palabras. Muy joven me largué de mi Kansas natal, cientos de millas hasta aquí, a Seattle, y nunca hice un amigo entre todos los tíos con los que me crucé. Si me hubieran dado una educación quizá habría sido médico o tal vez un artista famoso, pero sólo sabía robar. Las cárceles se convirtieron enseguida en mi hogar, el único que he tenido, en el que he encontrado la paz. No duró mucho, las prisiones están saturadas, me dijeron, tienes que irte. Les rogué que me dejaran dentro, me arrodillé y les lloré mis súplicas, pero no las atendieron, no me hicieron puto caso, si me permitís que así lo diga. El océano con sus olas gigantes es muy peligroso, dicen; las guerras también, miles de balas silbando en el aire. Pero para mí los mayores peligros están ahí afuera, donde los hombres luchan por su libertad, en la llamada sociedad. Yo no valgo nada ahí, no sé cómo orientarme en los enredados caminos por los que la vida nos zarandea, mi lugar está entre los presos, pero no les importaba nada. En la nochebuena del 59 maté a un tipo y ni siquiera me oculté, el Jurado me ha declarado culpable y en nada me opongo porque siempre supe que así tenía que ocurrir. Me alegro de no tener padres que ahora estarían preocupados y sufriendo, me alegro de no tener ni un solo amigo que pasaría un mal rato viendo como me embuten la capucha del verdugo. Me despido de los viejos bosques del Norte en los que me gustaba tanto deambular, me despido de las cárceles en las que tuve mi hogar, y también me despido de todos vosotros; imagino que os sentiréis muy a gusto cuando esté colgado del árbol de la horca. Pero antes de irme dejadme que os haga una pregunta que me corroe: es sobre todos esos chicos, tantos que como yo vagan por los caminos, ¿son enemigos o víctimas de nuestra sociedad?


Ballad of Donald White - Bob Dylan (Broadside Show WBAI, 1962)

El texto es la traducción (libre, desde luego) de una canción poco conocida de Bob Dylan y nunca publicada oficialmente, ni siquiera en los Bootlegs que va sacando regularmente Sony-Columbia desde hace unos años. La versión que he puesto corresponde a la grabación de la sesión de Bob en mayo de 1962 en el Broadside Show de la WBAI neoyorkina, una FM no comercial. En la emisora, con el jovencito Bobby (a punto o acababa de cumplir 21), estaban Pete Seeger y Gil Turner. El primero es sobradamente conocido; en esa fecha tenía 43 tacos y ya era una de las voces más importantes del folk (si no la más) y acumulaba un largo currículum como activista de los derechos civiles que le había costado varias persecuciones políticas en los histéricos años anticomunistas de la posguerra. Gil Turner no es tan famoso; fue también un cantautor folk y activista político, muy involucrado durante los sesenta en la promoción de la canción protesta, en especial a través de la mítica revista (si así se puede llamar a una publicación mimeografiada) Broadside. Sabía que se hizo muy amigo de Dylan durante sus primeros meses en el Greenwich, pero hasta ahora ignoraba que fue uno de los primeros a los que Dylan le enseñó su recién compuesta Blowin' in the wind, que le gustó tanto que la cantó casi inmediatamente, antes que nadie, en el Gerde's Folk City e incluso la grabó con su grupo, The New World Singers, cinco meses antes de la publicación del Freewheelin' (estaría bien conseguirse esa versión primigenia).

En la sesión radiofónica a la que me refiero, antes de que Bob cantara, Seeger y Turner conversan con él un rato, deshaciéndose en elogios hacia el muchacho. Pete lo califica como el más prolífico de los folksingers americanos, y Gil dice que es como una esponja que absorbe lo que la gente a su alrededor siente y lo filtra convirtiéndolo en poesía. Me imagino que Dylan hasta se sonrojaría (o quizá no, quizá ya tenía el ego flotando en las nubes); lo cierto es que se "defiende" diciendo que él hace las canciones sin ponerse a pensar demasiado en ello, simplemente poniendo una palabra detrás de otra. Las canciones están ahí, afirma al modo de Michelangelo, si no las escribiera yo alguno otro lo haría. O sea, el artista como desvelador, como mero vehículo que el arte utiliza para mostrarse, sea una escultura o una canción. Poético, sí, pero poco convincente. En todo caso, de esta canción en concreto (también de muchas otras) hay documentación sobre su génesis. El propio Dylan, en esa misma sesión, declara que el enfoque del tema (que Turner, con poco fundamento a mi juicio, califica de freudiano) lo tomó de una canción canadiense de finales del XIX que narra la muerte de un chico joven en un bosque maderero de New Brunswick; en realidad hizo algo más que basarse en esa vieja canción: copió la estructura compositiva y casi literalmente algunas estrofas. La diferencia fundamental, al margen de ser dos historias distintas, estriba en que el tema canadiense acaba con un esperanzado canto a la vida futura, desde la firme creencia religiosa, y el de Dylan, escrito ochenta años después, pone en boca del condenado una protesta absolutamente secular contra la injusticia social.

Por cierto, Donald White existió. Fue un negro (cómo no) que tenía veinticuatro años cuando lo ejecutaron. Dylan dijo que había conocido su historia hacia el 59, leyéndola en un periódico de Seattle. Probablemente una más de las muchísimas mentirijillas que tanto le gustaba contar, supongo que un poco por vacilar al personal y otro poco para darse ciertos aires de misterio, ese chaval advenedizo en la gran ciudad. Antohony Scaduto, en su biografía de 1972, aporta el testimonio de una tal Sue Zuckerman, una jovencita que solía pasarse por el apartamento de Bob y Suze (Rotolo) e incluso quedarse a dormir. Según ella, Dylan estaba bastante desesperado porque quería escribir canciones y no le salían; en la tele ponían un programa sobre la pena capital y pasaban un documental en el que un tipo hablaba quejumbrosamente sobre su vida. De pronto, en medio de la emisión, Bob se levantó de un salto y se puso a escribir frenéticamente. Sabemos por el propio Gil Turner que pocos días antes Dylan había escuchado a Bonnie Dobson, una folksinger canadiense, interpretar la Ballad of Peter Amberly (con toda seguridad la que acompaño a continuación, grabada en vivo en el Folk City), el tema del XIX ya citado, que le había gustado y que lo había registrado. Esos eran los materiales –una melodía y una estructura compositiva del texto– que sumados a un asunto aleatoriamente conocido (pero que, eso sí, encajaba bien en la retórica ideológica bajo cuyo paraguas –¿oportunistamente?– se cubría), le permitían escribir en un ratito una canción. Luego Bob contaría que sintió la necesidad de componer este tema llevado de la indignación que sintió: "Lo mataron y al hacerlo yo perdí parte de mi sitio en esta vida. ¿Cuándo van a despertar algunos y darse cuenta de que a veces las personas no son sus enemigos sino sus víctimas?" En fin, me suena un poco falso.


Peter Amberley - Bonnie Dobson (At Folk City, 1962)

En todo caso, si he traído esta canción al blog y aprovechado para contar su pequeña historia, ha sido motivado por los comentarios al post anterior sobre las letras y las músicas. Me hicieron pensar en la continuidad a lo largo de las épocas de las que podríamos llamar "canciones narrativas", en las que se cuenta una historia. Los rapsodas griegos, los juglares medievales, las coplas de ciego de nuestro Siglo de Oro y así sucesivamente. El folk norteamericano, o para ser más precisos lo que se dio en llamar el folk revival poco después de la segunda guerra (Woody Guthrie, Josh White, Lead Belly, Cisco Houston, el propio Pete Seeger ya citado) se inserta ciertamente en esta tradición narrativa, donde las músicas están, a mi juicio, supeditadas enteramente al servicio de las letras. Si repasamos la amplísima colección de canciones que Dylan compuso entre 1961 y 1964 (digamos que antes del "cisma" eléctrico), encontraremos muchísimas que son justamente eso: la narración de un suceso, casi siempre como denuncia aún sin necesidad de hacerla explícita (para tales fines bastaba casi siempre con el mero relato). Ésta que aquí he traído no es desde luego de las mejores de la serie pero, entre otras razones por ello y por ser de las primeras, es un buen ejemplo de lo que trato de contar. No voy a decir que no me gusten las melodías de estos temas primerizos, pero la música la percibo, incluso aunque no entienda del todo el texto (y tenga que buscarlo en internet y traducírmelo), como el vehículo que usa el cantante para transmitirme su historia. Y supongo que esos chavales descontentos que los escuchaban en el Greenwich estarían repitiendo los mismos mecanismos conductuales de los griegos que oían a un rapsoda recitando los poemas homéricos rasgueando una cítara (o equivalente). Acabo aclarando que, pese a mis aparentes críticas a Dylan (plagiario, presuntuoso, algo fanfarrón), cuanto más lo conozco más genial me parece. Incluso en temas como al que he dedicado este post se palpa ese genio.

viernes, 26 de agosto de 2011

Cantautrici italiane (3): Verasani e Civello

Grazia Verasani

Boloñesa del 64. En 1995 se presentó al Premio Recanati, un concurso para nuevos cantautores que comenzó en esa pequeña ciudad de Las Marcas y desde el 2005 se celebra en Macerata, la capital de la provincia, en un espectacular teatro-auditorio de principios del XIX que, según leo que opinan los más famosos cantantes líricos, es el edificio con mejor acústica de Italia (Calatrava debería estudiarlo). Pero basta de digresiones y digamos que Grazia ganó el premio con la canción Devi morire, un texto descarnado, duro, sobre los sentimientos autodestructivos cuando una relación acaba; parece que hasta escandalizó a algunos (tampoco es para tanto). Se hace moderadamente conocida y al año siguiente publica su primer disco, Nata Mai, todos los temas propios. Me gusta; me gustan las músicas y sobre todo los textos que, como no los he conseguido en la red, pretendo ir traduciendo poco a poco. Poco después casi desaparecerá del panorama musical (antes actúa de telonera en una gira de Jethro Tull; el querido Ian Anderson negando la primera parte de su famoso album: too old to rock'n'roll but too young to die) y no volverá a sacar un disco hasta el 2010. Este tan reciente se llama Sotto un cielo blu diluvio y no lo he escuchado, pero he leído muy buenas críticas. Así que se trata de una cantautrice de muy escasa producción y, desde luego, nada conocida entre nosotros. Es que la chica (bueno, no tanto) tiene otras y variadas ocupaciones: actriz teatral y cinematográfica, dobladora y locutora y, sobre todo, escritora. En 1999 publica L'amore è un bar sempre aperto (que los que quieran leer en italiano pueden descargar gratuitamente aquí), al que siguen unas cuantas obras más. Entre ellas hay tres del género negro, con una detective privada como protagonista, que tienen bastante éxito (adaptación para la tele, traducciones a otras lenguas, pero no a la nuestra). O sea, que no ha estado ociosa, pese a prodigarse poco en su faceta cantante, limitada hasta el último disco a ocasionales apariciones, entre ellas un dueto con Nada (sí, la del anterior post de esta serie) en el Premio Recanati del 2000, del que para mi desolación no logró encontrar ningún víceo en internet. Pero, desde luego, me habría gustado que hubiese tenido mayor producción musical (también ha compuesto para otras cantantes, me olvidaba). Quizá debería esperar a agenciarme su último disco para que esta reseña fuera más completa; no, basta con lo dicho y con la audición de uno de sus temas para dar por cumplida mi intención de llamar la atención sobre esta cantautrice.


Come una star - Grazia Verasani (Nata Mai, 1996)


Chiara Civello

Romana del 75. Desde pequeñita le apasiona la música, aprende a tocar el viejo piano de su abuela, prueba con una guitarra acústica que rompe y finalmente se anima a dedicarse al canto. Adolescente descubre el jazz y, a escondidas de todos, a los dieciséis, se presenta a unas audiencias del Berklee College of Music y gana una beca. Así que, con 19 añitos cruza el Atlántico para estudiar y, sobre todo, para empaparse de música. Se sumerge en el jazz vocal (le tiran las variantes más latinas, bossa nova y satélites) y en los estándares americanos, pero también descubre a Dylan, Joni Mitchell, Waits, James Taylor (toca el piano y hace las voces de fondo en el tercer tema de su disco October Road, de 2002) … Para esas fechas ya había compuesto su primera canción, Parole incerte, cuya maqueta le trae un contrato nada menos que con Verve Records, uno de los más legendarios sellos de jazz (Charlie Parker, Count Basie, Dizzy Gillespie, Lionel Hampton y muchos otros gigantes figuran en su catálogo). Publica en el 2005 su primer album, Last Quarter Moon, doce canciones (siete en inglés, tres en italiano y dos en portugués; diez de los temas de su autoría y los dos restantes, uno de Suzanne Vega y el otro del prolífico Burt Bacharach, que la llamó a Los Angeles para componerlo juntos). Luego, en 2007, aparece su segundo disco, The Space Between, de ambiente más íntimo porque, según Chiara, es un disco sobre el silencio, sobre el espacio entre las notas, entre las palabras, entre tú y yo, entre el presente y el pasado o el futuro; esos espacios en los cuales nos encontramos a nosotros mismos. Son trece temas, sólo tres de composición ajena y sólo dos en italiano (el resto en inglés, aunque en varios los ritmos son brasileros). Su tercer y último album hasta la fecha es del año pasado y tiene un curioso título: 7752, que son los kilómetros entre Nueva York y Rio de Janeiro, la ciudad que en 2008, dice ella, cambió su vida. En este disco, la italiana colabora estrechamente con Ana Carolina, una de las más populares cantantes brasileñas (también muy recomendable, pero este post va de italianas). En fin, que esta chica me interesa a pesar de su inclinación a las melodías tristes y aunque su encaje aquí sea un poco forzado ya que vive en Nueva York, que yo sepa, y canta y compone mayoritariamente en inglés, idioma en el que, para mi gusto, le salen mejores temas que en italiano (muy en la línea clásica del jazz vocal y con cierto parecido a Norah Jones, algo más jovencita que Chiara).


Sofà - Chiara Civello (7752, 2010)

martes, 23 de agosto de 2011

Cimbrel

Hace unos días, gracias a Maritornes, me enteré de que uno más de los incontables sinónimos de pene es la palabra cimbrel, término que desconocía. Nada extraño porque, como es sabido, difícilmente encontraremos en nuestra lengua (y quizás en todas) algo para lo que dispongamos de tantas palabras, más incluso que para el órgano genital femenino. Por ejemplo, una web a la que me llevó Google cuando buscaba el significado de cimbrel (y cuya url he perdido) presentaba un listado de casi doscientos términos, muchos de ellos, la mayoría casi, de uso limitado a alguna de la regiones en las que se habla el español. Tiene su gracia repasar catálogos de esta naturaleza y preguntarse por los orígenes etimológicos de cada uno de sus componentes. En algunos casos son bastante obvios, en especial cuando resultan del empleo de figuras retóricas normalmente muy poco imaginativas, siempre eufemismos y con frecuencia hiperbólicos y para colmo absurdos. Por ejemplo, aunque desagradable y muy poco adecuado en estos tiempos de susceptibilidades de género, es explicable el recurso a la analogía entre el pene y cualquier arma, aunque me parece francamente estúpido que se escojan sin ningún rubor las cortantes (sable, espada, puñal). Abundan de otra parte los términos que parecen proceder de hallazgos onomatopéyicos que calarían en el uso por su sonoridad, y entre ellos predominan los que usan y abusan del fonema ch (chibichanga, chola y chota, picha, pichula y bichola, pincho, chafalote, etc). La relación además puede graduarse en grados de malsonancia, si bien a estas alturas en que conviven la pacata corrección política con el irrespetuoso desnudamiento de los tabúes semánticos, a uno le resulta difícil decidir el término más adecuado en cada contexto discursivo. Las numerosas acepciones de ámbito infantil (pipí, pito, cuca, pilila, etc) pueden resultar risibles, si bien reconozco que de vez en cuando recurro a alguna de ellas. En cambio, en nuestro habla habitual usamos descaradamente las que hace algunos años habrían producido silencios incómodos en los interlocutores (o bofetones y lavados de la boca con jabón en el entorno familiar). Salvo, por supuesto, en situaciones más o menos ceremoniosas o cuando vamos al médico, momentos en que parece que la feraz riqueza léxica se limita radicalmente a una única palabra: pene. Vocablo triste, por cierto, tan adyacente a pena que, según una amiga mía, es un sustantivo muy adecuado a ese apéndice que parece concentrar en sus escasas dimensiones la esencia de nuestras virilidades (otro que la tiene pequeña).

Naturalmente, y vaya en mi descargo, es imposible estar al día de todos los vocativos disponibles para referirse a la sin hueso (que es también como se califica a la lengua, emparentada no sólo en el terreno gramatical) porque la producción terminológica es incesante. De hecho, cualquiera con una mínima creatividad (no necesariamente afortunada) suele acuñar sus propios sustantivos, siempre fácilmente traducibles en el contexto de la parla. Supongo que estas invenciones individuales, cuando tienen éxito, pasan al lenguaje comunitario y, con el tiempo a los diccionarios. Aunque los académicos son renuentes a incorporar en su sacrosanta biblia este tipo de palabras y lo digo porque muy pocas de las que aparecen en colecciones tan exhaustivas como la que he consultado tienen, a la fecha, una entrada propia. Tal es el caso de cimbrel, que no consta en el DRAE ni en ninguno otro de los diccionarios, unos cuantos, de que dispongo. Mi puñetera curiosidad me hizo preguntarme entonces si es que se trataba de un término de reciente invención o, por el contrario, un anacronismo ya en desuso, hipótesis esta que fue la primera que contemplé, tanto por la autora del texto en la que lo había leído (que domina muy correctamente el idioma) como por la época en la que transcurría el asunto narrado (el siglo XVII). Sin embargo, cimbrel no aparece ni en la séptima edición (1823) del Diccionario de la Real Academia ni tampoco (y más atrás no nos podemos ir) en el Tesoro de Covarrubias, que se puede consultar en internet. Así que, pendiente de que alguien me desmienta, mi conclusión provisional es que se trata de una aportación más o menos reciente, hecha por generaciones más jóvenes que yo. Aun así, me da la impresión de que ya ha conseguido suficiente enraizamiento popular, pues basta teclearla en Google para encontrar multitud de páginas que te informan inequívoca y unívocamente sobre su significado. Según el Wikcionario, por ejemplo, es el órgano que presenta el macho de los mamíferos, de forma eréctil, en el que desembocan los conductos del tracto genitourinario; pésima definición, por cierto (¿desde cuándo eréctil puede aplicarse a una forma?) e innecesariamente pedante. En todo caso, ahí se nos informa de que el ámbito de su uso se limita a España y que es de etimología incierta. Era ésta, la etimología, sobre la que me interesaba contar con algún dato y, como me temía, tampoco mi querido Corominas me absuelve en este caso las dudas.

Hay dos palabras de grafía cercana en el diccionario; cimbra es una y cimbrear (o cimbrar) la otra. Una cimbra es armazón que sostiene el peso de un arco o de otra construcción, destinada a salvar un vano, en tanto no está en condiciones de sostenerse por sí misma. Las cimbras se armaban con maderos curvados que formaban el molde sobre el que se iban disponiendo las dovelas de una bóveda; salvando las notorias distancias, algo parecido en la construcción pétrea a lo que sería el encofrado para la de hormigón. No se me ocurre ninguna asociación semántica con cimbrel que permita apostar relaciones evolutivas entre ambas palabras. Más sugerente resulta cimbrar que, en su primera acepción, quiere decir mover una vara larga o algo flexible, asiéndolo por un extremo y vibrándolo. Aceptando que la forma del pene sea de vara ("palo largo y delgado"; bueno, ni tan largo ni tan delgado) y siendo, esto sí, flexible (o de flexibilidad variable, si se prefiere), cabe pensar que a alguien se le ocurriera que al moverse del pene, fuera propio o ajeno, bien cuadraba llamarlo cimbrar. Y si lo que se mueve es móvil, por qué no cimbrel lo que se cimbrea. Cimbréame el cimbrel, le diría el orgulloso neologista a su pareja de esa noche tan fecunda en inventivas, que si no con el cimbrel te cimbro (pues la cuarta acepción del DRAE, coloquial, significa "dar a alguien con una vara o palo, de modo que le haga doblar el cuerpo"). Si mi descabellada hipótesis fuera cierta, habría que pensar, en efecto, en que el partero de este nacimiento hubo de ser alguien de aficiones filológicas, lo que se me antoja poco probable pero cosas más raras se han visto. Pues nada, hasta aquí el divertimento de hoy.

Addendum: A la vista de sendos comentarios de Vanbrugh y de Grillo añado otra palabra de la que podría derivar la que es objeto de este post. Se trata de cimbel que, según el DRAE, en su segunda acepción significa "ave o figura de ella que sirve como señuelo para cazar otras". Nos cuenta Grillo que en su tierra se usaba como sinónimo de pene en expresiones burlescas y cita una en concreto (un cimbel matutino con la forma de un pepino) que he visto reproducida en algunas webs pero con cimbrel en vez de cimbel. Así que parece razonable que cimbel fuera el término originariamente usado para referirse a la pirula y que el paso a cimbrel provenga bien de un barbarismo (se intercala una erre) que cala en la pronunciación habitual o de un matrimonio imaginativo del primitivo término con cimbrar, ampliando de ese modo el campo semántico del vocablo (esta hipótesis me parece mucho menos probable, pero es una manera de no cargarme del todo mi argumentación previa pese a que ya no me convence ni a mí). Se me ocurre que la asociación entre la polla y el cimbel puede radicar en que, desde antiguo, pájaro es una de las muchas denominaciones de la primera. Encuentro sin embargo (en Google books) un libro curiosísimo y al que dedicaré unos ratos de lectura que parece zanjar las incógnitas que motivan este post. Se titula Silabario de Palabrejas, y está publicado en México en 1982 por Eli de Gortari, ilustre intelectual mexicano del siglo pasado. La primera parte del libro se títula El nombre del falo y en ella relaciona a lo largo de 289 páginas del orden de unos 1.700 vocablos (y me parecían muchos los escasos 200 de la página web que había visto). Pues bien, Gortari nos recoge cimbel (y no cimbrel) entre los nombres del pene y dice, como también la DRAE, que la palabra proviene del latín cymbălum, una especie de platillos que aluden semánticamente a la campanilla que se usa como señuelo. Quizá algo traído por los pelos, pero más todavía la explicación de Gortari para su empleo como vocativo fálico: dice el mexicano que la verga es parecida a un cimbel. Desde luego no al cymbălum romano (címbalo en castellano) del cual he conseguido la imagen que adjunto, pero quizá sí la vara larga y flexible a cuyo extremo se ataba el cimbel (el cimillo que tanto sorprendió a Vanbrugh), y así, agrupando vara y pájaro, sí parece más justificado el empleo del término para designar la cuca. En fin, no me resta sino agradecer a los comentaristas sus valiosas aportaciones, tan útiles para el buen fin de esta apasionante investigación filológica.



Zu nah am Feuer - Alice & Stefan Waggerhausen (The Platinum Collection, 2011)

PS: Dedicada a CC y a Grillo (y en menor medida a Lansky) por sus discusiones en la anterior entrada sobre los matices gramáticales de la lengua tudesca (ésa que usaba el políglota de Carlos I para hablar con sus caballos). Del tal Stefan, un alemán del lago Constanza (qué bonito) no he escuchado nada, salvo este dueto en 1984 con la italiana Alice (de ésta sí conozco su música) que, por lo visto, ha sido su mayor éxito comercial, acaso el único. La canción me gusta y, además, me sorprende que ambas lenguas, tan distintas, casen bastante bien.