miércoles, 11 de enero de 2012

Traslado angélico de la Santa Casa

La llamada "santa casa" que se conserva en el interior del Santuario de Loreto ha sido y sigue siendo objeto de apasionadas discusiones a propósito de los misterios que plantea. En la página web del Santuario puede leerse una descripción sintética (y aparentemente neutra) pero con todos los datos más relevantes para hacerse una idea de las características de este curioso y pequeño edificio. Buscando en internet he podido confirmar que parece haber consenso científico en que el edificio data de los tiempos de Cristo y del entorno geográfico de Nazaret. Los materiales de los muros (tanto las piedras calcáreas como el mortero que las une) y las técnicas constructivas remiten a los nabateos y, además, nunca han existido en Italia. Además, en las partes altas del interior de los muros, aparecen varios grafitis que también corresponden a la cultura judeo-cristiana de los primeros siglos de nuestra era, cuando ya la casa, se supone, había sido asumida como la de la infancia de Jesús y, por tanto, era lugar de culto. De otra parte, la edificación está “posada” sobre el suelo de Loreto, ocupando un antiguo camino, mientras que delante de la supuesta gruta de la Anunciación, en Nazaret, se conservan unos cimientos cuya forma y características constructivas coinciden con gran exactitud con el perímetro de los tres muros de la casa. Aclaro que estos “hechos probados” los conozco por fuentes secundarias. No he podido leer ningún informe de los trabajos de investigación realizados, entre los cuales me interesarían especialmente los estudios que el arquitecto Nanni Monelli llevó a cabo en 1982 (en el servicio de publicaciones del Santuario se pueden conseguir varias publicaciones sobre los estudios). Aunque uno tiende a desconfiar del rigor de las investigaciones sobre los objetos sagrados, dada la tradicional actitud de la Iglesia a controlar (y censurar) quién, cómo y qué se investiga, en principio me quedo con la impresión de que hay suficiente base para dar por válida la conclusión de que la casa de Loreto, al menos en su mayor parte, fue originariamente construida en Nazaret en los inicios de nuestra era y de que en ese lugar fue considerada desde entonces como el hogar de la Sagrada Familia durante la infancia de Jesús. Lo cual plantea el problema de explicar su traslado desde Tierra Santa hasta la costa adriática italiana, con la previa escala en la croata.

Que la llevaran a cuestas por los aires seis ángeles con San Miguel de timonel se hace difícil de creer incluso, supongo, para los cristianos. No porque Dios, que es omnipotente, o la Virgen a la que nada le niega, no fuera capaz de hacerlo. Si fue capaz de encarnarse en un vientre femenino sin concurso de varón o resucitar de entre los muertes (por señalar dos claras manifestaciones de su sobrenaturalidad en las que imagino que creen todos los cristianos), esto de la casa es peccata minuta. No, lo que lo hace poco verosímil es su estilo esperpéntico, chocante (y seguramente por eso causa incomodidad e irritación en cristianos inteligentes, que tal es la cuarta acepción que da el DRAE a ese adjetivo). ¿A cuento de qué iba a montar la Virgen tan ridículo espectáculo, más sabiendo el bochorno que iba a provocar en sus devotos con más luces? Si lo que quería era salvar su casa de los malvados turcos, mucho más sencillo y eficaz habría sido una transposición instantánea, al modo de los viajes en el tiempo o en el espacio de la ciencia ficción. Se antoja grotesco imaginarse a Dios montando lo que parece un show publicitario (al modo de las ya pasadas de moda banderolas desplegadas desde avionetas en vuelo bajo) pero, sin embargo, resulta muy creíble imputar a los hombres esa intención, incluso aunque para ello, se nos presente a una Virgen María titubeante que prueba en tres emplazamientos antes de decidirse por el definitivo. Al hilo de esto me ha interesado indagar sobre si la creencia en el traslado angélico data de finales del siglo XIII, fechas sobre las que hay constancia documental suficiente para admitir que la casa ya estaba situada en Loreto. Obviamente, sólo he podido hacer un muestreo mediante internet, pero encuentro algunos datos curiosos a los que se converge desde fuentes distintas.

Si bien encuentro referencias a la casa santa desde el siglo XIV (y, efectivamente, parece que estuvo en Tersatto (cerca de Rijeka) hacia 1291 antes de su traslado unos años después a la costa adriática italiana), el primer documento en el que se escribe sobre el viaje angélico, según todas la fuentes que he detectado, es un libro llamado Tesoro celeste della divozione di Maria Vergine, madre di Dio, publicado en 1618 en Padua por un fraile agustino llamado Andrea Gelsomini di Cortona, y que no es más que un manual piadoso infladísimo de hiperbólicas loas a la Virgen y dedicado específicamente a la de Loreto. Este documento se puede leer en GoogleBooks (quien tenga ánimos porque es indigestamente meloso) y, en efecto, en la dedicatoria (a la Virgen de Loreto), escribe lo siguiente que he traducido procurando mantener el farragoso estilo del religioso: "Pero hizo Dios maravillas mayores al transportar este arca celestial; vinieron ángeles del cielo con sonidos, cantos y melodías del paraíso, no sólo para acompañarla, sino incluso para llevarla, pues los hombros terrenos no eran dignos de tocarla. Y sin necesidad de dividir las olas o de abrir el mar, fue con extraordinaria pompa transportada por el aire, que creo yo que aquellos espíritus celestes quisieron llevarla al Cielo y que ya habían emprendido el vuelo hacia el Paraíso, pero Vos, Madre de misericordia, no os agradaba que el mundo perdiese tan preciado tesoro, tan salutífero refugio y tan poderoso remedio contra nuestros males, no deseabais privarnos de la fuente inagotable de todas las gracias. La enviasteis a las playas de nuestros mares, elegisteis el lugar más honrado por vos en la tierra y la donasteis a los pueblos más favorecidos y amados, prometiendo (como creo) a los ángeles que al fin del mundo se la concederéis a ellos en el Cielo".

Ahora bien, estas palabras están escritas más de doscientos años después de los hechos, sobrenaturales o no. Para entonces Loreto era un renombradísimo destino de peregrinación, al que acudían numerosísimas personas de todas las condiciones. Entre ellos, por citar a uno que no era nada tonto, estuvo nada menos que Michel de Montaigne en 1580 (casi cuarenta años antes de la publicación de Gelsomini). En su Diario del viaje a Italia dedica un capítulo a la visita al santuario, donde nos describe el pequeño habitáculo, el ambiente de devoción que se respiraba y la fama de milagrera de la Virgen y de la santa casa (el estilo connota un cierto distanciamiento casi irónico; por muy católico que fuera no debía sentirse muy a gusto en ese ambiente). Hacia el final menciona, casi de pasada, el asunto que me interesa: "El milagro del transporte de esta casita, que consideran que es la misma casa en la que en Nazaret nació Jesucristo, y su conducción primero a Dalmacia y después cerca de aquí y por fin aquí mismo, está representado en grandes cuadros de mármol en la iglesia a lo largo de las columnas, en lenguaje italiano, esclavón, francés, alemán, español". Habría que saber si esos "grandes cuadros de mármol" que cita el ensayista francés representaban a los ángeles volando con la casa a cuestas, pero me temo que no deben haberse conservado; en la descripción de las diversas pinturas que actualmente existen en el interior del santuario no se cita ninguna alusiva al traslado angélico (hay que tener en cuenta que la iglesia fue profundamente "reformada" en el siglo XIX). Pero si fuera así, incluso si fuera creencia generalizada que la santa casa había llegado por vía aérea, llama la atención que Montaigne no se refiera mínimamente a ello. Verdad es que califica de milagro el transporte de la "casita", pero perfectamente podría entender por tal (y con él sus contemporáneos) que doscientos años antes algunos hombres piadosos la hubieran desmontado en Nazaret y traído en barco hasta las costas adriáticas, pues dificultad bastante tenía la empresa como para creer que no habría sido posible sin la protección (¿milagrosa?) de la Virgen. De hecho, la pintura que he puesto dos párrafos más arriba, ejecutada por Saturnino Gatti hacia 1510, muestra el transporte por los ángeles apoyados en nubes que flotan y detrás una nave, lo que sugiere una alusión metafórica a un milagro de más limitado alcance. La impresión de que hasta finales del XVI se pensaba que la intervención mariana no pasaba de un amparo al traslado en barco de la santa casa queda reforzada con la xilografía de esa época que aquí adjunto (no he conseguido averiguar su procedencia), en la cual la casa aparece colocada en la popa de la nave.

En los diversos relatos de la leyenda, aparecen algunos "testigos" del vuelo o del aterrizaje de la santa casa pero, como era de esperar, dichos testimonios aparecen referidos por primera vez muchísimos años después de los sucesos, y sin la más mínima apoyatura en documentos contemporáneos ni tampoco pistas que permitan identificar a tan afortunados vigías. Parece lo más probable que se consolidara la explicación sobrenatural y, poco a poco, fuera enriqueciéndose con detalles que le dieran una aparente mayor credibilidad. La gran mayoría de los paisanos, tanto antes como ahora, no es muy proclive a corroborar las fuentes de lo que se les cuenta, contentándose con los argumentos de autoridad. En este caso, además, los distintos "datos" que irían reforzando la "veracidad" del relato (porque el milagro en sí no tenía nada de inverosímil) contarían con la eficaz capacidad difusora de la Iglesia, como hoy cuentan con los medios de comunicación de masa las versiones oficiales de los gobiernos. Aún así, no llego a afirmar que fuera Gelsomini quien inventara la historia. Barrunto más probable que el cuento ya correría de boca en boca entre el vulgo, pero sin que lo tomaran demasiado en serio por los "prescriptores de opinión" de la época. Pero, más o menos por los años de la visita de Montaigne, ya debían estar sopesando los mandamases eclesásticos la conveniencia de convertir el traslado en un "milagro mayor", en un prodigio extraordinario. Algunas para esta sospecha las dad de nuevo algunas obras pictóricas. Por ejemplo, en la década de los ochenta del XVI, Giovanni Battista Lombardelli es contratado por el obispo de Loreto para pintar La traslazione della Santa Casa bajo una óptica sobrenatural; y hacia 1605, Annibale Carracci (rival pictórico de Caravaggio) pinta otra Traslazione (la que adjunto al inicio de este párrafo) todavía más descaradamente milagrera. Y enseguida llegaría la publicación del Tesoro Celeste, quizá el banderazo de salida para la oficialización del prodigio.

Actualmente, pero desde hace relativamente poco, la Iglesia ha renunciado al traslado angélico. La propia web del Santuario nos cuenta que "según la tradición, en el 1291, cuando los cruzados fueron expulsados definitivamente de Palestina, la casa de la Virgen fue transportada "por ministerio angélico", primero a Iliria y después al territorio de Loreto (10 de diciembre de 1294). Hoy, en base a nuevos indicios documentales, a resultados de excavaciones arqueológicas en Nazaret y bajo la Santa Casa (1962-65) y a estudios filológicos e iconográficos, se va confirmando la hipótesis según la cual las piedras de la Santa Casa han sido transportadas a Loreto a bordo de una nave ..." Se nota que este abandono de la bonita versión del milagro lo hacen a regañadientes y con la boca chica, sin demasiado interés en que se propague, no se vayan a llevar un disgusto tantísimos devotos de la Virgen de Loreto (y no le vayan a retirar el patronazgo los aviadores). Pero no se vayan a creer que se conocen bien a la fecha las circunstancias del traslado por barco. Llevo ya una semana recopilando información y lo único que me está quedando claro es que es un embrollo de los grandes, una especie de conspiración tardomedieval, en la que hubo muchos, demasiado, implicados, todo ello en el convulso y conflictivo ambiente sociopolítico de la época. Ya lo contaré cuando sea capaz de poner algo de orden narrativo en tal barullo.


Angeli - Pietra Magoni & Ferruccio Spinetti (Quam Dilecta, 2006)

domingo, 8 de enero de 2012

Navidades apócrifas (5): la casa de la Sagrada Familia

Mateo cuenta que, cuando María Magdalena y la otra María (la madre de Santiago) fueron al sepulcro de Jesús, se les apareció un ángel que les informó de la Resurrección y les instó a que enviaran a los discípulos a Galilea, lo que éstos efectivamente hicieron. En este relato (no del todo coincidente con las versiones de los otros tres evangelistas, pero tampoco contradictorio) se apoya, desde los primeros siglos de la Iglesia, la leyenda de que los apóstoles acudieron a la casa de Nazaret, en la cual San Pedro erigió un altar y partió el pan y bebió el vino, celebrando así la primera misa. Muchos escritos hagiográficos sostienen que la casa de la infancia de Jesús era propiedad de Santa Ana, la madre de la Virgen, en seguimiento de la tradición de la Iglesia de occidente que considera que los abuelos de Jesús vivieron en Nazaret. En este relato me inclino más por la tesis de los primeros padres orientales (cuadra mejor con los apócrifos) y, con ellos, pienso que María nació en Jerusalén. Hay que considerar, además, que si fuera nazarena José habría conocido desde mucho antes de su boda a la familia de la Virgen, y me cuesta imaginar que cuando acudía a la convocatoria del Templo el carpintero era sabedor de la identidad de la niña que podía tocarle por esposa. De otra parte, si la tradición nos pinta a José como un viudo añoso, asentado laboralmente en Galilea, no encaja que mudara el domicilio conyugal a la vivienda de su suegra, pues la costumbre judía dicta que sea el marido quien reciba en su casa a la mujer. Por tanto, asumiré que la Virgen llegó a una aldea desconocida y que lo que pasó a ser su hogar, era propiedad de su marido.

El “descubrimiento” de la casa de la Virgen, como el de multitud de santos lugares, se hace a partir del reconocimiento del cristianismo en el imperio romano, gracias a la visión de Constantino antes de la batalla del Puente Milvio (312). Su madre, Santa Helena, se convirtió en una devotísima cristiana y, con más de setenta años, peregrinó a Palestina decidida a oficializar el culto de reliquias, inmuebles y lugares vinculados a la vida de Cristo. Hay muchos que le atribuyen la identificación de la casa nazarena, pero según la narración del único cronista contemporáneo, Eusebio de Cesárea (Vita Constantini), Helena sólo estuvo en Belén y Jerusalén (donde pudo distinguir la Vera Cruz de entre las tres que le mostraron en el Gólgota gracias a un infalible procedimiento: fueron poniendo una mujer agonizante en cada una y se levantó de un salto completamente sana cuando lo apoyaron sobre la de Cristo). Puede que la primera referencia históricamente documentada sea la del diario de peregrinación de una monja gallega llamada Egeria (a través de una copia manuscrita en el siglo XI en el monasterio benedictino de Monte Cassino), quien en 383 vio una gran y muy espléndida gruta en la que vivió María, en la que había dispuesto un altar; habrá que pensar que para entonces, ya con el cristianismo firmemente asentado como religión de Estado, los creyentes tenían claro cuál había sido la casa de la Virgen. Se cree que en torno a la cueva se construyó un primer santuario al estilo de la sinagogas judeo-cristianas de los siglos III-IV. Posteriormente, entre el V y el VI, los bizantinos erigirían una basílica de tres ábsides con suelos de mosaico (de la cual se han hallado restos arqueológicos), que sería destruida por los persas en el VII. En el siglo XII, tras la ocupación de Tierra Santa por los cruzados, Godofredo de Bouillon (fundador del reino de Jerusalén, cuyo título ostenta hoy Juan Carlos I) mandó construir una catedral que duró hasta 1263, cuando los turcos del sultán Bibars arrasan la ciudad. Durante tan largo tiempo, y a pesar de la intensa actividad constructora, siempre se mantuvo la gruta y la pequeña casa adosada, que fueron el hogar de la Sagrada Familia.

El espacio horadado en la roca estaba constituido por dos estancias: una mayor, de unos 16 m2 que daba hacia el exterior y, comunicada con ésta mediante una pequeña escalera, otra más interna de menores dimensiones y en un nivel inferior. Como ya se ha dicho, la vivienda se había ampliado, quizá para recibir a María, con un sencillo edificio de planta rectangular de unos cuarenta metros cuadrados construido con bloques rojizos de piedra caliza, dispuesto adosado a la cueva y probablemente rodeado de un pequeño patio delantero abierto hacia el camino. Me supongo que la cueva se destinaría a la cocina y molienda del grano, también a la guarda de víveres y quizá pesebre de algún animal; allí pasaría la joven esposa muchas horas, ocupada en las tareas más arduas de la vida doméstica, mientras José estuviera en su taller, bastante cercano a la vivienda. El cuerpo edificado digo yo que estaría dedicado a la estancia y puede que también a los dormitorios (pues habría dos, para evitar tentaciones); en esa parte descansaría el matrimonio, conversarían entre sí o con los amigos que los visitaran y también ahí la Virgen trabajaría en sus labores de costura, aunque ya no fuera con los hilos preciosos del Templo sino con telas bastas de lino. Sin embargo, mientras la que la tradición cristiana considera que fue la gruta de la Sagrada Familia sigue en Nazaret, dentro de la cripta que está bajo la Basílica de la Anunciación (un edificio de 1955), no así la casa exterior. Su ausencia no se debe a que haya sido demolida en algún momento de la azarosa vida nazarena, sino a que, para protegerla de los sarracenos, fue desplazada de allí por voluntad de la propia madre de Jesús.

La historia es sobradamente conocida, así que me limito a hacer un breve resumen. En 1291, ante la inminencia de una nueva destrucción de Nazaret por los turcos que probablemente esta vez no iban a respetar la santa casa, unos ángeles enviados por la Señora, arrancan el edificio de sus cimientos que se desgaja limpiamente, sin sufrir ni la más mínima fisura (la parte amarilla del dibujo adjunto). La operación imagino que se haría de noche, pues no he encontrado testimonios de tal maravilla; tampoco sé si se llevaron el suelo, que probablemente sería de tierra apisonada, aunque puede que para finales del XIII la larga custodia católica se hubiera ocupado de pavimentarlo con materiales más sólidos. La cosa es que volaron nada menos que 2.300 kilómetros con la casa a cuestas (primer porte aéreo del que se tiene noticia), calculo que a una velocidad no muy inferior a la de los reactores actuales, pues les dio tiempo de colocarla, antes del alba, en la cima de una colina cercana a la actual Rijeka, en Croacia. En la mañana del 10 de mayo unos leñadores la descubren y, asombrados (ayer aquí no estaba), entreabren la puerta y entran (no se darían cuenta de que faltaba una pared). Ven una única estancia (habrían suprimido los custodios en Tierra Santa las eventuales divisorias interiores) en la que hay un altar de piedra (ante el que celebró Pedro la primera misa ya reseñada), sobre el que se apoya una talla de María con el Niño en brazos, la mano derecha en ademán de bendición y la izquierda sosteniendo un globo terráqueo (para que los incultos campesinos medievales dejaran de pensar que el planeta era plano). Los muros interiores están bellamente decorados con frescos, mayoritariamente representaciones de la Virgen y de santos orientales, pero también la escena de la visita penitente que San Luís, rey de Francia, había hecho cuarenta años antes. Como es natural, la noticia corre veloz de boca en boca y llega hasta el párroco de Tersatto, la villa en cuyo término se había posado la santa casa. A este hombre, que se hallaba enfermo, se le aparece la propia María para darle todos los datos de la extraña construcción (entre otros, que era ésa su casa natal, lo cual ya he explicado que no me convence, así que prefiero pensar que tal afirmación fue un añadido del curita rural) y de paso, claro está, sanarle. El señor feudal del lugar, algo más escéptico que sus súbditos, envió al párroco con otros dos acompañantes a Nazaret, a que comprobaran que, en efecto, la casa ya no estaba allí y que las señas que les dieran de ella coincidían con la que había aparecido en la colina. Y, por supuesto, todo cuadraba, lo que sirvió para acrecentar la fama del lugar y generar un intenso flujo de peregrinos, con los consiguientes beneficios para la economía local.

Sin embargo, a la Virgen no debía terminar de convencerle el emplazamiento que había elegido para su casa, porque todavía la trasladaría tres veces más. Así, durante la noche del 10 de diciembre de 1294 (cuarenta y tres meses después), el edificio se volatilizó de la colina iliria y apareció en la otra orilla del Adriático, en concreto en la planicie costera cercana al puerto de Recanati, ciudad de las Marcas, en donde desde el siglo XVI se erige una ermita (chiesetta della Banderuola). Este desplazamiento, a pesar de ser mucho más corto (apenas 200 km), tuvo que realizarse al amanecer pues la casa pudo ser avistada desde la campiña por unos pastores, quienes relataron que, en efecto, la sostenían unos ángeles dirigidos por otro con una capa roja (identificado prestamente como San Miguel) y que sobre el techo iban posados María y el Niño (lo cual coincide con una visión de Ana Catalina Emmerick: "... transportada sobre el mar, tres ángeles la llevaban de una parte, tres de la otra y el séptimo iba al frente dejando una larga estela de luz sobre él ..."). Pero la vivienda no permaneció mucho tiempo en su nueva ubicación, pues los bandoleros asaltaban frecuentemente a los peregrinos (la zona vivía por aquellos años tiempos muy convulsos, con enfrentamientos continuos entre las facciones guelfas y gibelinas) y eso incomodaba a la Virgen que volvió a ordenar el traslado, esta vez a un cerro cercano. Mas tampoco acertó, ya que se trataba de terrenos por cuya propiedad se peleaban dos hermanos, los herederos del condado de Rinaldi, y la aparición de la milagrosa construcción no hizo sino acrecentar su codicia y recrudecer el conflicto. Así que otro vuelecito más, ahora sí el definitivo, al vecino monte Prodo con un bosquecillo de laureles (de ahí el topónimo), colocada en medio del camino. A partir de entonces, hasta lo que es ahora: uno de los más importantes santuarios de devoción mariana, multitudinario lugar de peregrinación. Como la historia de Loreto y los misterios vinculados a la misma tienen su miga (y como ya me he enrollado bastante), seguiré con el asunto en el próximo post, aún a sabiendas de que me desvío del relato navideño principal.


House Carpenter - Bob Dylan (The Bootleg Series, 1991)

En mi intento de poner canciones relacionadas, al menos remotamente, con la temática del post, he dado en mi disco duro de mp3 con este tema poco conocido de Dylan, grabado en el 62. Estaría muy bien que el título tuviera una apóstrofe detrás de House, porque entonces sería la casa del carpintero; pero no, la traducción es el carpintero de casas, oficio que remite a José (aunque él no construyera casas de madera, que se sepa) y no a la casa como me habría gustado. La letra (se trata de una balada tradicional inglesa adaptada y arreglada por Bobby) cuenta la historia de un tipo (se supone que es el diablo) que después de una larga ausencia vuelve a reclamar a su antigua amante, la cual está casada con el carpintero y tiene tres hijos. Ella, seducida por las promesas de riqueza que le hace, se fuga con él para descubrir, finalmente en el medio del mar, que se la lleva al infierno. Nada que ver, pero qué más da.

viernes, 6 de enero de 2012

La vida de María carece de interés

Con loable eficacia didáctica, en su post del pasado 12 de diciembre, Júbilo Matinal nos explica que cuando él (en realidad, cuando cualquiera) hace una afirmación, por muy tajante que parezca, siempre está expresando su opinión. Aunque coincido, lo cierto es que no todo el mundo interpreta así los enunciados simples y claros (porque, dicho sea de paso, lo que la gente entiende por “afirmación tajante” suele corresponder a oraciones sintácticamente sencillas). Consciente de ello, el mismo Júbilo aclara que emplea con frecuencia fórmulas tales como “en mi opinión …” o “a mi juicio …” pero sólo por “escarmentada cortesía”, ya que le parecen añadidos redundantes. Ahora bien, para serlo, tenemos que suponer que en el plano connotativo del discurso viene implícito para el oyente ese significado añadido; o sea, que decir (por repetir el ejemplo de Júbilo) “el cielo es azul” es procesado por el receptor del mensaje como “opina que el cielo es azul”. Sin embargo, los significados connotativos dependen de factores subjetivos (tanto del emisor como del receptor), así como de códigos contextuales compartidos en mayor o menor grado por los grupos de hablantes. De hecho, Júbilo lo sabe e incluso lo ha sufrido; es decir, ha comprobado que la frase “el cielo es azul” muchos no se la traducen como antes he dicho sino, por ejemplo, “este tipo me está imponiendo su creencia de que el cielo es azul y si yo no estoy de acuerdo con él me considerará un imbécil, cuando el imbécil es él por afirmar tamaña tontería de forma tan tajante”. Por eso, las fórmulas que suavizan los enunciados, aunque puedan parecer superfluas en cuanto a su aportación significante (y no siempre lo son), cumplen una función vehicular necesaria, o al menos conveniente, para la comunicación: evitar el rechazo del receptor, acotar el contexto semántico, “engrasar” los canales de ida y vuelta que sostienen todo diálogo (o discusión). No otra es la finalidad de la cortesía.

El ejemplo traído del post de Júbilo no es demasiado pertinente a lo que estoy contando. Más a cuento viene un comentario reciente de Lansky al post anterior, el cuarto de una serie dedicada al relato de los sucesos (probablemente ficticios en su gran mayoría) que conforman la narración tradicional de la Navidad cristiana. Dice textualmente Lansky: “Y estoy con los protestantes, la vida de María carece de interés”. La primera parte de la frase es en realidad una subordinada de la segunda que es, y así se percibe, el mensaje principal ("la vida de María carece de interés, como piensan los protestantes"); aunque tiene su importancia en la matización del significado, prescindiré de momento de ella. En cuanto a la parte principal puede, sin duda, calificarse como una afirmación tajante, y la primera pista radica en su elemental estructura sintáctica. Si le aplicara la fórmula “redundante” a la que recurre a su pesar Júbilo, la frase se convertiría en “en mi opinión (que es la misma que la de los protestantes), la vida de María carece de interés”. Nótese cómo el añadido (a diferencia del ejemplo de Júbilo) no es ya tan redundante, aunque sólo sea porque da pie a discutir dicha opinión, pierde gran parte de su connotación despectiva, para abrir una línea de diálogo. Se me dirá que (bajo el entendido de la fórmula elíptica de Júbilo) el significado denotativo de la frase no cambia; pero esa conclusión revelaría una excesiva ignorancia de los mecanismos de la comunicación, al prescindir de todos los contenidos connotativos que acompañan a una expresión. Dicho de otra forma, si bien puedo aceptar que ambas construcciones gramaticales denotan lo mismo, la elegida por Lansky connota muchas más cosas, nos da un mensaje mucho más cargado de significado. Cuestión distinta es la calidad e intención de ese mensaje connotado.

Pero, a mi juicio, la fórmula de Júbilo no vale en este ejemplo si nos molestamos en darle una segunda vuelta de tuerca. Lansky no opina (ni tampoco los protestantes) que la vida de María carezca de interés. La frase es equivalente a “la vida de María no es interesante” o, precisando más, "la vida de María no genera atención". Sin embargo, habría que ser un absoluto ignorante para desconocer que la vida de la Virgen no es que haya despertado atención, es que ha interesado a lo largo de la historia occidental (y sigue interesando) a cientos de millones de personas y que ha sido motivo de innumerables obras en casi todos los ámbitos de nuestra cultura; en otras palabras, dudo mucho que haya otra vida (salvo la de su hijo) sobre la que se haya manifestado con mayor intensidad y extensión el interés de los seres humanos. Naturalmente, Lansky lo sabe (y también los protestantes), luego hemos de concluir que lo que ha querido decir no es que en su opinión la vida de María carezca de interés, sino que a él no le interesa (como tampoco le interesa a los protestantes). Y no se me diga que es lo mismo, ni siquiera desde la subjetividad del hablante, decir que algo no es interesante a decir que algo no me interesa. Evidentemente, el interés es subjetivo, pero desde el momento en que lo atribuimos como cualidad de algo (la vida de María), el único modo que tenemos de verificar la veracidad del adjetivo es considerando la cantidad de personas que han mostrado interés, que le han dedicado atención.

Sentado que Lansky lo que ha querido decir es que a él no le interesa la vida de María (aunque, probablemente por prisas o por exigencias de estilo, haya prescindido de alguna fórmula que suavizara el tono tajante de la expresión), nos encontramos con que al mensaje se le adhieren otros subyacentes que, a mi modo de ver, son mucho más significativos que el denotativo, que sólo aparentemente es el principal. Porque, ciertamente, que Lansky me (nos) informe de que no le interesa la biografía de la Virgen tiene para mí la misma relevancia que puede tener para él que yo le informe de que no me gusta la zanahoria cruda. El texto que llevo publicado (las cuatro entregas) va ya por las nueve mil palabras. A la vista del comentario, lo primero que uno se pregunta es si Lansky lo ha leído, ya que de haberlo hecho (lo cual le agradecería) cuesta entender el porqué, dado que el asunto no le interesa. Pero, lo haya leído o no, también cuesta entender la pertinencia del comentario. Viene a ser equivalente a cuando estás charlando con alguien, soltándole algún rollo, y en una pausa va y te dice que a él (como a un determinado grupo de gente) lo que dices no le interesa (o, para ser más literal: “lo que cuentas carece de interés”). El mensaje no es, desde luego, el denotativo sino este otro: “deja ya de hablar (escribir) sobre este tema que me aburres”. Por supuesto, en la conversación “presencial” casi nadie se atreve a decir frases de este tipo (tajantes y sumamente desagradables), por mucho que se esté aburriendo; se recurre a técnicas de desviación o, si no hay más remedio, a excusas inventadas para escaquearse del tormento auditivo. En la lectura de un post, a mi juicio, con mucho mayor motivo son improcedentes estos mensajes, pues basta con no leer lo que a uno no le interesa o, si no le ha parecido interesante tras leerlo, abstenerse de comentar. De hecho, supongo que todos los que tenemos blog medimos el interés que ha suscitado un post por la cantidad y calidad de los comentarios que recibe (entre otras cosas); cuestión distinta es que escribamos para despertar interés. De hecho, si estoy escribiendo sobre los sucesos que sustentan la tradición navideña es porque a mí me interesan, aunque haya podido comprobar que a varios de mis lectores asiduos no (como, por ejemplo, supongo que le ocurre a Vanbrugh quien, sin embargo, no necesita hacérmelo saber a través de una “opinión tajante”).

Hallo más mensajes subyacentes en el comentario citado, pero tampoco se trata de desarrollar un ejercicio (muy aburrido sería) de desencriptación semiótica, sino simplemente de aprovecharlo como mero divertimento. Lo dejo pues, advirtiendo que tengo intención de seguir mi relato de historia-ficción apoyado, eso sí, en fuentes que forman parte de nuestra tradición cultural (nuestra sí, incluso de los que no somos cristianos). Pero antes de darle al botón de publicar quiero hacer una breve acotación sobre el interés de la vida de María para los protestantes. Tiene razón Lansky en que en las religiones llamadas protestantes la veneración a la Virgen (como a los santos) tiene escasa importancia, sobre todo si se pone en relación con el tremendo peso de la mariología en el catolicismo. A este respecto sería interesante (al menos para mí) reflexionar sobre el papel que ha jugado el culto a los santos y a la madre de Jesús en la continuidad del paganismo en el catolicismo (sobre todo en la religión popular), y no es irrelevante en tal sentido recordar que las denuncias en esa línea formaron parte del movimiento reformista del XVI. Sin embargo, está arraigada la idea falsa de que los protestantes no creen en María (no sé exactamente en qué se supone que no creen, pero bueno), cuando lo cierto es que creen todo lo que dice el Nuevo testamento sobre ella. En cuanto a que les interese su vida o no, habría que preguntárselo a los protestantes que cada uno conozca; desde luego, es verdad que han escrito sobre ella muchísimo menos que los católicos. Sin embargo, veo más factible que les interese a ellos la historia de la madre de Dios que a mí, que no creo que lo fuera. En todo caso, me da que hoy en día tampoco le interesa demasiado a los católicos.



El Boss canta (creo que en 2006) O Mary don’t you weep, una canción de esclavos o un espiritual negro tradicional, que ha sido versionado por multitud de cantantes gospel (y no gospel). Al hilo de este post, me habría encantado que la María del título fuera la Virgen para mostrar que la música cristiana americana (abrumadoramente protestante) también le dedica su atención a la madre de Cristo. De hecho, así lo había creído siempre que escuchaba este tema (lo tengo por Aretha Franklin y por Pete Seeger) hasta que acabo de enterarme por la wiki inglesa de que se refiere María de Betania, la hermana de Lázaro, el resucitado. No obstante, no me resisto a enlazar esta estupenda versión en vivo.

jueves, 5 de enero de 2012

Navidades apócrifas (4): el primer viaje de María

Al final del post anterior decía que me parecía más verosímil que la Anunciación hubiera sucedido (si aceptamos que sucedió, por supuesto) en Jerusalén y no en Nazaret, como afirma Lucas, el único de los cuatro evangelistas oficiales que nos da noticias de la misma (“Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María”). Pienso esto no sólo porque habría sido lo habitual entre los judíos (solían pasar varios meses desde los esponsales hasta la entrada de la novia en el domicilio conyugal), sino también porque me casa mejor para cuadrar temporalmente los acontecimientos que se citan en fuentes diversas. Sin embargo, hay que considerar, de un lado, que los desposorios de María habían sido singulares pues los sacerdotes la entregaban a José, respetando su decisión de mantenerse virgen en la que ya veían un designio divino, para que la guardara; este motivo puede explicar que la espera resultara innecesaria. Por otra parte, el principal escollo que veía para que la Anunciación fuese en Nazaret, era el embarazo de su prima Isabel. Ya conté de pasada que Zacarías tuvo su propia anunciación (ésta va con minúscula) mientras ejercía su oficio sacerdotal en el Templo y Lucas afirma que entre las dos visitas angélicas transcurren seis meses. Había yo supuesto (a partir de la amalgama de distintas fuentes apócrifas) que la milagrosa concepción de Isabel fue al menos unos meses antes de todo el montaje para elegir esposo a María (por cierto, tanto éste como la misma boda, fueron dirigidas por un Zacarías que había sido enmudecido por el ángel) y, por eso, si María partía a Nazaret al poco tiempo de los esponsales (nunca inmediatamente, como narraré), habría sido llegar a la ciudad galilea, que se le apareciera Gabriel y de vuelta a visitar a su prima para cogerla antes del sexto mes de embarazo, ya que estuvo con ella tres meses pero no se nos dice que asistiese al nacimiento del Bautista. Ahora bien, podemos dar por buena la versión de Lucas y situar la Anunciación en Nazaret, si asumimos que la visita angélica a Zacarías fue muy poco anterior al concurso de selección marital. En tal caso no parece muy creíble que Gabriel se le apareciera dos veces seguidas casi inmediatamente (por muy alado mensajero que sea, resulta excesivo). Me zambullo en la especulación teológica y propongo la audaz hipótesis de que, cuando Zacarías se encerró en el santuario a quemar incienso para que Dios le dijera qué hacer con María (porque su esterilidad ya la tendría asumida y a esas alturas no iba a reclamarle nada a Jehová), se presenta Gabriel, le da las instrucciones divinas y, de paso, le comunica su próxima paternidad; o sea, dos anunciaciones de golpe. Añado además que desde el aviso hasta la concepción de su mujer tuvo que pasar al menos entre un mes y un mes y medio. A partir de ahí, apretando mucho los sucesos, pongamos que en dos meses (menos se me antoja casi imposible) se resuelven todos los trámites, esponsales incluidos. En ese momento (que es con el que cerré el anterior post), Isabel llevaría apenas quince días fecundada, así que probablemente ni ella misma lo sabía. Con estos plazos, nos cuadra que María se demorase todavía algún tiempo en la capital antes de su partida a Nazaret, que llegase a la villa galilea y dispusiese de algunas semanas para instalarse y adaptarse mínimamente al nuevo entorno. Cuando Gabriel se le aparece, su prima andaría por los cuatro meses y medio (aunque hubieran pasado seis desde el anuncio a Zacarías) así que María, advertida por el ángel de ese embarazo, tiene tiempo razonable de preparar el nuevo viaje. Supongo también la llegada de su prima le serviría como excusa a Isabel para hacer pública su gestación (Lc 1:24: “Después de aquellos días concibió su mujer Elisabet, y se recluyó en casa por cinco meses”). La visita, como sabemos, se prolongó por tres meses, lo que permite que el regreso de María a Nazaret ocurriera aproximadamente un mes antes del nacimiento del Bautista. Pues bien, hecho este encaje temporal para no tener que contradecir a Lucas, sigo con el relato.

Quedamos pues en que José partiría primero, para preparar la casa así como a su familia y amigos, algo que le reconcomía. Durante los días que tarda María en dejar la capital sucede una curiosa anécdota: los sacerdotes deciden que había de hacerse un velo para el Templo, con la intención de exponerlo ante la congregación y realzar así el culto. Para quien no haya leído el Éxodo hay que explicar que en la larguísima entrevista (los inevitables cuarenta días y cuarenta noches) de Jehová con Moisés en el monte Sinaí, además de dictarle los diez mandamientos, entre otras varias instrucciones más, le ordenó que construyera un tabernáculo estableciendo con una precisión asombrosa hasta sus mínimos detalles. Hasta que Salomón erigió el primer Templo en Jerusalén y lo situó en el centro del edificio, el tabernáculo era una especie de caseta móvil, si bien de dimensiones bastante respetables (aproximadamente 13 metros de largo, 10 de ancho y 4 de alto). El tabernáculo contaba con dos cortinas o velos, uno hacia el exterior, conocido como la puerta, y otro que dividía el espacio en dos estancias: la primera donde estaba la Menorá, la mesa de los panes y el altar, y detrás el Sancta sanctorum, que acogía el arca de la alianza, al que sólo podía acceder el sumo sacerdote. No he podido saber cuál de los dos velos era el que querían renovar los sacerdotes, pero me apetece pensar que sería el interior (más importante) que había de ser, según las órdenes de Jehová, “de azul, púrpura, carmesí y lino torcido”. También ha de ser este velo el que “se rasgó en dos, de arriba abajo” en el momento en que Jesús expiró, lo cual no es menor prodigio que los demás que acompañaron a la muerte de Cristo (terremoto, rocas que se quiebran, sepulcros que se abren para dar salida a santos resucitados), pues según la tradición judía era un grueso cortinón tan resistente que ni dos yuntas de bueyes podían romperlo. Un velo así tenía que estar formado por un cuerpo grueso y pesado (la wikipedia dice cuero sólido de diez centímetros de grosor) sobre el que se dispondrían los recubrimientos ornamentales. Serían éstos los que los sacerdotes deseaban renovar y, para ello, convocaron a doce vírgenes de la estirpe de David entre las que incluyeron a María. Cada una debía hilar con un material específico, por lo que, para componer el diseño conjunto de la tela final, deberían trabajar juntas, supongo que en alguna de las dependencias del templo. Recopilando las distintas fibras, no siempre las mismas, que se citan en los tres apócrifos que narran este asunto se obtiene una idea curiosa sobre la tejeduría israelita de principios de nuestra era (si no son anacronismos posteriores). Por supuesto, usaban seda, que desde mil años antes se importaba desde China y era uno de los textiles de mayor lujo. También muselina, tejido tan transparente y vaporoso que por entonces era empleado en el cercano oriente pero no en Europa. Naturalmente había lino, tal como había sido mandado originalmente en el Sinaí, que además era la fibra vegetal más común para estos menesteres; ahora bien, se nos indica expresamente que se trataba de lino fino, selecto, nada que ver con las telas de los ropajes de los campesinos. No podía faltar en tan rica cortina los hilados de oro, práctica habitual desde muy antiguo. Me sorprendió que aparezca el amianto, tan denostado en tiempos recientes, pero compruebo que efectivamente estas fibras materiales se usan desde muy antiguo, probablemente para dotar a las telas de sus asombrosas propiedades de resistencia térmica y tensora. Reunidas las doce vírgenes se echó a suertes con qué material había de trabajar cada una y a María le tocó la “verdadera escarlata y la verdadera púrpura”, pero tales son colores y no hilaturas. Supongo pues que su labor consistiría en tejer hilos, de lino o de lana, teñidos en estos colores (los tintes provenían, respectivamente, de los huevos de un gusano y de las secreciones de ciertos caracoles marinos), pero lo que ha de resaltarse es que de todas las piezas del velo eran éstas, sobre todo las de púrpura, las más valoradas (desde los fenicios el púrpura ha sido el color de los reyes y también era el más característico del Templo). Que el sorteo favoreciera así a la Virgen provocó resquemores entre sus compañeras quienes, envidiosas, apodándola la reina de las vírgenes. Pero ahí estaba al quite, de nuevo, el ángel de turno que raudo se presenta ante las insolentes y les advierte que lo que ellas dicen con sarcasmo es una profecía verdadera. Las chicas, claro está, enmudecieron de terror y se apresuraron a disculparse con María y, visto el favoritismo celestial de que gozaba, aprovecharon para pedirle que intercediese por ellas.

Sin insistir más, la anécdota del velo parece confirmar que María se quedó al menos unas semanitas en el Templo, cosiendo y rezando, pero también, digo yo, despidiéndose de la que había sido su casa durante doce años y de las personas a las que sin duda amaría. Por fin un día los sacerdotes la pondrían en camino hacia Nazaret y en ese viaje la acompañaron cinco doncellas, probablemente escogidas de entre las compañeras de costura, algo mayores que ella, pero no tanto como para impedir la amistad espontánea, aunque imagino que algo coartada por el respeto que guardaban a quien, ya todos lo sabían, era una elegida de Dios para los más altos designios. No hay ninguna noticia sobre ese primer viaje de la Virgen, un trayecto de unos ciento cincuenta kilómetros que se haría, probablemente, a través de empedradas calzadas romanas. Seguramente, Maria y sus acompañantes, entre los que además de las amigas habría, supongo, funcionarios del Templo para escoltarla, se unirían a alguna caravana que fuera hacia el norte. Probablemente, hasta la ciudad samaritana de Siquem (en la que Jesús pediría agua del pozo a una mujer), la ruta debía ser bastante segura, pues era el camino que enlazaba Jerusalén con Cesárea marítima, la capital administrativa romana. Más peligroso debía convertirse el camino a partir de esa encrucijada (parece que abundaban los salteadores), pese a ser bastante concurrido como importante ruta comercial que llevaba a Séforis (la capital galilea, pocos kilómetros al norte de Nazaret), Jericó y Damasco. Me imagino pues un grupo relativamente numeroso, en torno quizá a cincuenta personas, la gran mayoría a pie, que los burros y camellos se reservaban para la carga. Puede que hubiera algún carro, aunque los caminos de la época, pese a las notables mejoras de la ingeniería viaria romana, hacían muy difícil, cuando no imposible, su tránsito. Quizá la comitiva mariana portara una litera en la que llevar a la Virgen pero, por más que la veneraran, se me antoja una hipótesis que cuadra poco con la tradicional humildad de la chica, además de que habría generado riesgos evidentes de seguridad. Así que el desplazamiento tuvo que durar varias jornadas, no menos de cuatro (eso leo en un libro sobre la vida cotidiana en tiempos de Cristo), aunque yo diría que algo más y sin duda, por mucho que hicieran varios altos, llegarían exhaustos y desastrados.

Nazaret, si es que por entonces existía, era un poblado (a lo sumo dos mil personas). Algunos textos lo sitúan en las faldas de una colina de fuerte pendiente, desde la que sus paisanos pretendieron despeñar a Cristo (Lc 4:29); sin embargo, lo más seguro es que el caserío se dispusiera al pie de éstas, protegido de los vientos y lindante con la carretera de Jerusalén a Séforis. Aunque la villa apenas era considerada en la época (recuérdese el comentario despectivo de Natanael cuando Felipe le anima a unirse a los apóstoles: "¿de Nazaret puede salir algo de bueno?" Jn 1:46), parece que allí residía un pequeño grupo de sacerdotes que viajaban periódicamente a trabajar en el Templo, lo que sugiere una cierta relevancia en la religiosa sociedad judía. En todo caso, la mayoría de los habitantes se ocuparían de oficios al servicio tanto del tráfico comercial de paso como de los más ricos ciudadanos de Séforis; de ahí procederían, probablemente, los clientes de la carpintería de San José. Según la tradición (¿?), el domicilio conyugal quedaba al sureste, muy cerca de la carretera y algo separado del núcleo del poblado. Se trataba de una amplia gruta (lo cual no deja de ser curioso pues entre los judíos las cuevas eran usadas más como lugares de enterramiento que como vivienda) a la que se adosaba una pequeña casa de mampostería. Pero sobre la vivienda nazarena de la Virgen, fuente fecunda de leyendas cristianas, ya hablaré en el siguiente post.


Walking to Jerusalem - Mahalia Jackson (Portrait, 1989)

lunes, 2 de enero de 2012

Navidades apócrifas (3): los esponsales de la Virgen

Me había quedado en la designación de José como esposo de María así que toca describir la celebración de la boda, que si tantos prodigios la habían precedido necesariamente hubo de ser sonada. Sin embargo, ningún evangelio (sinóptico o apócrifo) hace la mínima referencia al sagrado desposorio. Entre los judíos de la época, los matrimonios constaban de dos fases: la primera, los esponsales, análogos a nuestras bodas, cuando se pronunciaban las promesas; después de la ceremonia no había noche de bodas sino que la novia, si era doncella, regresaba a casa de sus padres y ahí seguía un añito más en una especie de interregno entre soltera y casada hasta que, pasado el plazo, era solemnemente recogida por su esposo y trasladada al domicilio conyugal. Hemos pues de suponer, como afirma la tradición, que los esponsales de María se celebraron en Jerusalén, probablemente en el Templo que, al fin y al cabo, era la casa de la futura esposa. Por cierto, tras rebuscar un buen rato, si bien compruebo que la Iglesia celebra la fiesta de los desposorios de la Virgen, no parece que cuente con una fecha fija, sino que varía según el lugar. Croiset, por ejemplo, la sitúa el 8 de abril, pero también la encuentro el 23 de enero, el 26 de noviembre o el primer domingo de mayo. La tradición data probablemente de la Baja Edad Media, y según varias fuentes se atribuye a los franciscanos. En nuestro país, la celebración más importante es probablemente la del pueblo de Membrilla, en Ciudad Real, cuando, a principios de agosto, sacan en procesión a la patrona, la Virgen del Espino, para representar el enlace con San José. Leo también que uno de los más ardientes defensores de la Inmaculada Concepción, Jean Gerson, teólogo francés del XIV, poco complaciente con los escolásticos, es considerado como quien sentó la doctrina oficial sobre el matrimonio de la Sagrada Familia, sobre la que se apoyaría Paulo III (el Papa que inauguró el Concilio de Trento) para oficializar la conmemoración. Otro ejemplo más de lo ya referido en el primer post de esta serie: que gran cantidad de las celebraciones católicas tienen su origen en fuentes que la propia Iglesia considera apócrifas.

Volviendo a las bodas, como ya he dicho, suelen localizarse en el Templo, sin otra razón supongo, que por parecer lo lógico. Pero he aquí que la mística de cabecera de estos posts, Ana Catalina, las vio en una casa cerca del monte Sión. La cuestión geográfica merece atención. El Templo de Jerusalén era, por aquellos tiempos, el reconstruido y ampliado por Herodes y se situaba en el mismo lugar en que lo erigió Salomón, la explanada del monte Moria, ocupada en la actualidad por santuarios musulmanes. El monte Moria queda al este de la ciudad vieja, mientras que el de Sión (lugar de la supuesta tumba del rey David) está al sur, a una distancia aproximada de 800 metros. ¿Por qué se habrían de casar en Sión? Una explicación que se me ocurre es que este monte habría de ser, unos cuantos años después, el sitio elegido por la Virgen para dormir su último sueño terrenal, durante el cual los ángeles la alzarían en volandas hasta el Cielo. O a lo mejor fue al revés: María se desplazó hasta allí en un arranque de morriña, con ganas de revisitar los lugares de su boda adolescente. Quizá es que los sacerdotes del Templo temieran que se desbordara la asistencia de público si los esponsales se celebraban en el santuario principal del judaísmo o puede que los futuros cónyuges, nada proclives a la ostentación, prefirieran un sitio más apartado y discreto. Nos dice la de Emmerick que alquilaron una casa que ya se usaba para estos fines, lo que suena a anacronismo o bien que el negocio de las celebraciones matrimoniales tiene larga historia. También asegura que las fiestas duraron entres seis y siete días, con mucha solemnidad y lujo y gran asistencia de amigos, familiares y compañeras del Templo. Muy exagerado me parece; más me inclino a pensar que sería una ceremonia sencilla seguida del inevitable banquete, aunque bien es verdad que lo habitual tras los casamiento judíos es pasarse una semana entera yendo de convite en convite a casas de amigos.

Gracias a Ana Catalina sabemos que María vestía una túnica muy amplia, abierta por delante y con anchas mangas; era de lino tintado de azul con estampados florales y de hojas verdes, y su borde inferior se remataba con flecos y borlas. La larga y hermosa melena dorada de la Virgen estaba recogida en un tocado arreglado por sus condiscípulas, y cubierta, como la cara, con un sutil velo celeste. Los preparativos se habrían hecho durante la semana posterior a la milagrosa designación, tiempo en el que los novios no deben verse. A José me lo imagino, en cambio, cubierto con un austero talit, el manto preceptivo en los oficios religiosos. Estaría esperando ante el altar, junto a Zacarías, cuando María, con un caminar gracioso pero humilde a la vez, entró a la jupá o palio cubierto y abierto por los cuatro lados y dio las siete vueltas rituales en torno a José. De la ceremonia, sujeta al más ortodoxo rito hebreo, sólo me interesa referirme a la entrega del anillo nupcial, símbolo fundamental que oficializa el matrimonio. La de Emmerick asegura que no era de oro ni de plata ni de ningún otro metal (intrigante) y lo describe como un círculo bastante grueso, liso aunque con pequeños triángulos incrustados en los que había letras. Desconocemos cómo y dónde conseguiría José tan extraña joya que, al ponérsela en el dedo a la Virgen, a pesar de su color sombrío, emitió fulgores luminosos. Como ocurre con casi todos los objetos relacionados con la historia sagrada, este anillo se ha conservado e incluso multiplicado. En Francia, por ejemplo, durante la Edad Media se veneraban hasta cuatro anillos nupciales, dos en sendas abadías benedictinas y otros dos en Notre Dame, de los que el ya citado Jean Gerson aseguraba que eran los auténticos intercambiados por los novios. En España, un arzobispo de Toledo legó un ejemplar de este venerable aro, pero también el duque de Berry poseyó otro que pasó a sus herederos británicos. Ahora bien, el más famoso de todos es el que todavía se guarda en un relicario bajo catorce llaves en una capilla de la Catedral de San Lorenzo de Perugia. Si hacemos caso a la leyenda, en el siglo III un cristiano de Chiusi (ciudad hoy en la provincia de Siena) llamado Lucio se lo había regalado a su esposa Mustiola, emparentada con la nobleza imperial. Eran los tiempos de las persecuciones, así que los romanos se cargan a Lucio y luego a la propia Mustiola, a pesar de que ésta pretendió huir cruzando el lago de Chiusi a bordo de su manto. Nada se sabe del anillo hasta que, ochocientos años después, Rainiero, un joyero de esa ciudad, se lo compra a un judío, quien le revela su santa naturaleza y le exhorta a que lo guarde con devoción. Pero el tal Rainiero, un distraido, se lo deja olvidado en la Iglesia de Santa Mustiola (para entonces ya santa y patrona de Chiusi). Pasa el tiempo y muere el hijo único del joyero, cuyo cadáver es llevado a esa iglesia y allí, mientras lo velaban, el chico resucita sólo para reprochar airada y públicamente al padre que no hubiera cumplido su deber de custodia del anillo. Imagino que, antes de volver a morirse, ya en paz pues el aterrado padre le prometió enmendarse, señalaría dónde se encontraba la joya y ésta sería recogida y conservada con la máxima devoción por las más altas autoridades de la ciudad. En ese momento, además, se pusieron a repicar las campanas sin que nadie las tañera y milagros de toda índole se sucedieron a partir de entonces. Luego, a mediados del XIV, por motivos de seguridad se trasladó al convento urbano de los franciscanos y ahí siguió hasta el XV, cuando un fraile de Maguncia lo sustrajo con intención de llevarlo a su tierra natal (lo del robo de reliquias era práctica habitual de esos tiempos, que se trataba de bienes harto codiciados). Camino de Alemania al tal fray le sorprendió una densísima niebla en Perugia, que interpretó como señal divina de que había de entregar el anillo a las autoridades de la ciudad (no sin recibir a cambio, claro está, una generosa recompensa). Los de Chiusi, descubierto el pastel, armaron un ejército apoyados por ciudades vecinas y hasta la propia Siena y cercaron Perugia en la que se ha dado en llamar la Guerra del Anillo (que probablemente inspiraría al católico Tolkien). La cosa no fue a mayores porque el Papa Inocencio apoyó la permanencia de la reliquia en la capital de la Umbría, de modo que Perugia pasó a incluirse en el circuito de las peregrinaciones, pues si se visitaba la ciudad durante los tres días que cada año se exponía al público el anillo se obtenían las correspondientes indulgencias.

Poco más hay que decir sobre los esponsales de la Santísima Virgen. Tras las fiestas de celebración, imagino que José se regresaría a Nazaret, a preparar el domicilio conyugal y, sobre todo, a atender la carpintería. María seguiría en Jerusalén, cumpliendo el preceptivo tiempo de espera, y allí, en la capital de Judea, en contra de lo que dice Lucas, tendría lugar la Anunciación así como la visita de la Virgen a Santa Isabel; pero estos sucesos van para el siguiente post. Antes de acabar, no obstante, quiero dejar constancia de que los esponsales de María y José han sido tema de numerosas obras de la pintura europea, algunas de las cuales ilustran esta entrada. La primera (1305) es un fragmento de uno de los frescos de Giotto para la capilla de los Scrovegni, en Padua, que intentamos visitar el año pasado con la mala suerte de que la pillamos cerrada. En la segunda (de principios del XVI), el Perugino representa el momento en que San José pone el famoso anillo a María; se trata de un óleo sobre madera que Napoleón confiscó de la Catedral de Perugia y ahora está en el Museo de Bellas Artes de Caen. Pocos años después, Rafael hizo su propia versión de este cuadro (demostrando de paso que le daba cien vueltas a su maestro) conservada en la actualidad en la Pinacoteca milanesa de Brera. La última imagen es una tabla pintada por el valenciano Cristóbal Llorens hacia finales del XVI (pese a que parece más primitiva que la de los renacentistas italianos) que tiene la curiosidad de mostrar a San José con la vara prodigiosa y florecida; se encuentra en la iglesia de San Félix de Játiva.


Wedding song - Maria Muldaur (Heart of mine: Love songs of Bob Dylan, 2006)

sábado, 31 de diciembre de 2011

Onírico año viejo

Estaba en Luzón, sentado en un autocar que circulaba a toda velocidad por la autopista del aeropuerto. Esa tarde, la primera del viaje organizado, nos tocaba visita guiada a Manila, pero primero instalarnos en el hotel cuatro estrellas del centro. A mi lado un tipo con cara de loco, abundante pelo blanco enmarañado, ojos verdes saltones, incesantes tics faciales, me recordaba a Doc Brown de Regreso al Futuro. Yo, pegado a la ventanilla, quería mirar el paisaje (apretujados rascacielos) pero el tipo no paraba de hablarme con cerrado acento catalán. Era físico, me dijo, tenía una teoría que era la madre de las teorías, la piedra filosofal del conocimiento; pero nunca se divulgaría, me dijo, iban a matarlo. Algo sobre la Trilateral, que decidía el timing de la historia, y lo suyo aún no tocaba. Su asesino, probablemente, iba en el autocar, había viajado en el grupo desde Madrid, a lo mejor hasta era yo mismo, me dijo, total qué importaba ya.

Hora y media después nos reuníamos en una sala de juntas de la planta baja del hotel. Unos veintipico españoles, casi todos emparejados, menos el profesor chiflado, una castaña de melena larga ondulada, algo gordita pero de buen ver, un enano con gafas y yo. El guía, un filipino extremadamente delgado, silabeando quirúrgicamente el castellano, nos explicó que acababan de desatarse varias revueltas callejeras (un pogromo popular contra los chinos, me enteré luego, tan odiados). Así que había de suspenderse el paseo por la capital; quedábamos encerrados en el hotel hasta la mañana siguiente cuando nos llevaran en un autobús custodiado por tanquetas del ejército hasta el puerto para iniciar el crucero por el Mar del Sur de China (Hong Kong, Macao, Vietnam, Bangkok, Malasia, Singapur y de vuelta al archipiélago de las Filipinas). Durante la charla el físico catalán, al otro lado de la gran mesa de juntas, me dirigía insistentes guiños, arqueos de cejas y silenciosas vocalizaciones labiales.

A la cena los desaparejados compartimos mesa. La mujer, unos cuarenta y pocos, me escogió inmediatamente. Vistas sus otras dos opciones, no puedo arrogarme ningún mérito. El enano, a su vez, se enrolló con entusiasmo con el profesor quien, en los primeros momentos, me pareció decepcionado de no poder continuar conmigo sus erráticas confidencias. Al cabo de un rato, sin embargo, se le veía distendido, en catarata de susurros con su interlocutor y éste los ojos muy abiertos, moviendo las orejas como si fueran antenas e interrumpiéndole con frecuencia para soltar en voz alta comentarios de lo menos pertinente a lo que pudiera estar escuchando (el Barça juega mejor pero el Madrid ganará la liga, el azafrán esta sobrevalorado, ojalá que encuentre un buen compañero de bridge para el crucero, y la última que le oí, inquietante: le pasaré unas pastillitas profesor, que lo que tiene que hacer es follar mucho).

Quien sí quería follar mucho en esas vacaciones era mi compañera de mesa, Sonia se llamaba. Mucho y con muchos, y a mí me había tocado ser el primero de la serie. A ver si se iba a creer el cabrón de su marido que sólo los tíos tienen derecho. O sea que pasé la noche sometido a erráticas exigencias sexuales, divertidas al principio, cansinas pasadas dos horas. Ya no estaba yo para demasiados trotes, sería la edad o las muchas horas de vuelo; menos mal que conseguí dormir unas horitas antes del desagradable timbrazo, banderazo de salida para un ritual acelerado (ducha, recogida y cierre de maleta, desayuno buffet, enlatamiento en el autocar, embarque en un inmenso trasatlántico repleto de norteamericanos y japoneses).

Durante el crucero no me crucé con el catalán. Alguna vez pensé en él, extrañado de su ausencia; estará encerrado, pensé, para evitar que lo maten. La noche de la escala en Singapur, al volver a mi camarote, encontré un folio metido bajo la puerta. Curvas mal dibujadas, una espiral de la que brotaban dos ramas parecidas a las dobles hélices de las cadenas de ADN. Esquema simbiótico del continuo tiempo/energía-espacio/materia, eso estaba garabateado a modo de título en la parte de arriba, subrayado tres veces, apretando demasiado el lápiz. Abajo, a bolígrafo, con afecto de Ovidi. Intrigado, intenté saber qué había pasado con el físico, lamentando no haberle prestado más atención. En las oficinas de la naviera se negaron a decirme nada (sólo podemos dar información sobre nuestros clientes bajo orden judicial). Al final, el enano me aseguró que lo había visto desembarcar en Bangkok (pero esa escala había sido tres días antes de la aparición del papel). Estaba como una cabra, añadió, y explotó en una carcajada brutal que acompañó con entusiastas palmadas en las nalgas de Sonia. Esta también se reía, se la veía feliz con el enano, cosas del morbo.

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Desde que mantengo este blog, todos los 31 de diciembre, he publicado un post alusivo al fin del correspondiente año (cinco antes de éste: del 2006 al 2010) en el que a grandes trazos revisaba lo que me había ocurrido. Pero las tradiciones están para romperse o, si no, para interrumpirse, y en todo caso hoy no tengo ni ganas ni tiempo de hacer ningún ejercicio de retrospección. Además, este año no me ha sido muy pródigo en sucesos: demasiada monotonía laboral. A cambio, el subconsciente me ha regalado abundantes sueños o, mejor dicho, al despertarme los recordaba con bastante mayor frecuencia de la habitual. Sirva como ejemplo el de hace dos noches que relato en este post. En fin, que se acaba ya 2011 y se nos viene un 2012 cuyos augurios no son nada optimistas. Hago votos para que los agoreros se equivoquen y una epidemia de almorranas afecte a todos los capitostes del mundo financiero; hago votos para que la mala leche endémica se nos agüe y nos esforcemos en entendernos, apreciarnos y ser más constructivos; hago votos para que seamos algo más felices, en especial (los deseos genéricos se diluyen) las personas que quiero y me quieren, entre los que estáis, claro, quienes pasáis por aquí. Pues eso, que feliz 2012.


Como además de desganado también estoy poco imaginativo, acompaño esta entrada con la música más tópicamente procedente para la entrada de un año nuevo: la Marcha Radetzky, de Johann Strauss, interpretada durante el Concierto de Viena, en este caso el de hace un añito.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Navidades apócrifas (2): la infancia de María

Referido ya el nacimiento de la Virgen María, continuaré en este post (procurando no irritar la paciencia de Vanbrugh) con la infancia y adolescencia de la madre de Jesús, siguiendo lo que nos cuentan los evangelios apócrifos así como lo que vio en sus arrobos místicos la monja alemana Ana Catalina Emmerick. Obviamente las visiones de esta beata, bajo una óptica racional, merecen todavía menos credibilidad que los apócrifos, pero como de lo que se trata es de hilar un relato, bienvenidas sean.

Nació pues María del vientre de Ana y, aunque ni siquiera sus padres lo supieran, era la primera mujer después de Eva que venía a este mundo sin pecado. Tampoco hablan de la inmaculada concepción los apócrifos a quienes probablemente este asunto les traía al fresco. Realmente, lo que desde 1854 es un dogma para los católicos (no así entre los protestantes), se fue forjando como una consecuencia lógica de las reflexiones de los Padres de la Iglesia sobre el plan divino de la salvación de la especie humana a través de Cristo. El argumento es sencillo: si Jesús era Dios encarnado, el vientre en el que había de producirse su “humanización” tenía que ser de alguien libre de todo pecado, incluyendo el que nos legó la puñetera manzana prohibida. De todas formas, si bien los primeros Padres se hartaron de cantar loas a la pureza y santidad de María, no terminaron de concluir que había sido concebida sin pecado original. Como es frecuente en la historia del cristianismo, a la afirmación tajante se llegó como reacción frente a doctrinas molestas que acabarán siendo declaradas heréticas. En este caso, de un lado en Oriente un tal Nestorio que llegó a Patriarca de Alejandría, en el marco de los apasionados debates (pre)bizantinos sobre si lo humano y lo divino eran una o dos naturalezas en Cristo, sostuvo hacia principios del siglo V que llamar a María “madre de Dios” era una blasfemia. Más o menos por la misma época, un monje británico (quizá irlandés) llamado Pelagio, que se había instalado en Roma hasta que Alarico saqueó la ciudad, se atrevió a negar el pecado original. Este audaz planteamiento no fue muy combatido al principio, pero en pocos años los principales teólogos de la época, con San Agustín a la cabeza, se dieron cuenta de que suprimir el pecado original tambalearía demasiados pilares del cristianismo, empezando por la pertinencia de la propia Redención (algo que, entre paréntesis, siempre me ha parecido un poco rebuscado, pues qué necesidad tenía Dios de encarnar a su Hijo y enviarlo a la muerte para quitarnos la mácula que traemos de marca en nuestras almas; con el agravante, además, de que tampoco es que se nos quite, sino que para ello han de bautizarnos). En fin, a lo que vamos, que si no había pecado original, no María sino todos éramos inmaculadamente concebidos. Así, las reacciones oficiales al nestorianismo y al pelagianismo se resolvieron, en lo que a la Virgen se refiere, reafirmando la idea de su maternidad divina amén de su exención de pecado desde que le fue infundida el alma (que, como se sabe, ocurre en el mismo momento de la concepción). A partir de ahí, lo de la Inmaculada Concepción fue convirtiéndose en creencia firme de los cristianos y repetido, con distintas variantes y distinto grado de lirismo, en múltiples loas y oraciones a María. No obstante, el tema distaba de estar cerrado y durante la Edad Media fue objeto de encendidas discusiones entre los escolásticos. El propio Santo Tomás, pese a la tontorronería que le imputa Lansky, defendió que la Virgen fue concebida con pecado original (su argumentación no deja de tener su coherencia lógico-formal) y que eso no sólo no disminuye la dignidad de Cristo, sino que la engrandece pues fue ella la primera a la que, con su encarnación, liberó de dicha mancha. Sin embargo, hacia el siglo XIV, la mayoría de los posicionamientos teológicos eran favorables a la tesis inmaculista y de hecho fue prácticamente asumida universalmente entre los católicos sin generar ya nuevos debates. Hacia mediados del XIX las amenazas a la Iglesia no provenían ya de herejes al viejo estilo, sino del odiado racionalismo materialista; parece que con la proclamación del dogma (en la bula Ineffabilis Deus), Pío IX pretendía, según el consejo de uno de sus cardenales, “restablecer el sentido de las verdades cristianas y retraer las inteligencias de las sendas del naturalismo en las que se pierden”. Curiosa la solución para ese objetivo, pero debía estar convencido ese Papa de que tal era el método, porque pocos años después lo empleó profusamente en el Concilio Vaticano I, tan fértil en producción dogmática. Bueno, me he desviado un largo trecho del relato, pero antes de volver a la senda correcta no me resisto a referir que años antes del dogma la citada Ana Catalina Emmerick vio “a la pequeña María creciendo en el espacio luminoso, debajo del corazón de Santa Ana” y se sintió “penetrada de la íntima convicción de la ausencia absoluta de toda mancha original en la concepción de María”.

Pues eso que María era un bebé sano y hermosísimo, y además, a medida que crecía, demostraba inteligencia y bondad extraordinarias (digo yo, que probablemente la causa de tanta precocidad algo tenga que ver con la ausencia del pecado original que a los demás tiene que lastrarnos el desarrollo). Cuando cumplió seis meses, Ana la puso de pie en el suelo y la niña avanzó siete pasos hacia adelante y luego de vuelta para saltar a los brazos de su madre, todo sin ningún traspiés. Ya convencidos del altísimo destino que le esperaba, los esposos decidieron construir un santuario en la casa en el que alojar a la niña hasta que llegara el momento de entregarla al Templo, y allí crecía sorprendiendo cada jornada a propios y extraños con sus prodigiosos dones. Cuando cumplió un año, Joaquín invitó a los más nobles israelitas de Jerusalén a un gran convite y los sacerdotes bendijeron a la niña, pidiéndole a Dios que le diera un nombre que se repitiera siglos y siglos a través de las generaciones (y se ha cumplido la bendición, la cual, por cierto, sobraba, que ya el ángel había profetizado poco más o menos lo mismo). Al cumplir los dos años, el padre propuso entregarla ya al Templo, pero Ana dijo que mejor esperar un añito más, a fin de que la niña no los echase en falta. ¿Qué no los echase en falta? Más bien sería al revés, digo yo, opinión que se me confirma cuando el evangelio armenio cuenta que por esas fechas Ana volvió a quedar encinta (este embarazo ya no se considera milagroso) y parió otra niña de la que dijo que, como María iba a ser del Señor, ésta sería de los padres. Pasaron los meses y fue el tercer aniversario de la primogénita, y con ella fueron los orgullosos papás al Templo, desfilando por las calles de la capital hebrea flanqueados por las hija vírgenes de los vecinos más honorables, cada una portando una lámpara de aceite encendida de modo que la niña no viera nada más que la luz y no volviera la vista hacia atrás. De esta guisa subieron las escalinatas principales y fueron recibidos por el Gran Sacerdote, quien tomó a la niña de los brazos de su madre y la besó y la bendijo, porque ya todos sabían que María había sido glorificada por Dios y que de ella había de venir la redención del pueblo de Israel. Sosteniéndola con sumo respeto, la llevó hasta la tercera grada del tabernáculo y allí la depositó. Entonces se iluminó la estancia con un luz de maravilloso resplandor y se oyeron voces de ángeles entonando cantos melodiosos, y la niña se alzó y bailó levemente sobre sus gráciles piececitos a la vez que declamaba plegarias en honor a Yaveh. Todos se admiraron del prodigio y corrió la voz por todo Jerusalén. Joaquín y Ana, henchidos de gozo, abandonaron el Templo. Un año después, según el evangelio armenio, morirían ambos cónyuges, pero yerra, porque la beata de Emmerick vio a Santa Ana en la gruta de Belén, sosteniendo embelesada a su nieto, prodigándole tiernas caricias de abuela y, a la vez, llorando de fervorosa emoción. Así pues, sólo falleció Joaquín y Ana volvió a casarse con un tal Cleofás del que engendraría otra hija a la que también llamó María (muchas Marías pueblan los evangelios; pareciera a propósito para confundir al lector) quien, a su vez, sería madre de tres de los apóstoles: Santiago el Menor, Judas Tadeo y Simón el Zelote, a los que Jesús llama hermanos (aunque en realidad eran primos o medio primos). En fin, que a la muerte de su padre, la pequeña, hondamente afligida, guardó devotamente el luto de treinta días.

Si desde que entró en el Templo María ya asombraba a todos con sus extremadas gracias, éstas no cesaron de crecer mientras permaneció en la casa del Señor. Día a día agrandaba su sabiduría y su piedad. Nos cuenta el pseudo-Mateo que “se había impuesto la regla siguiente: desde el amanecer hasta la hora de tercia, permanecía en oración; desde la hora de tercia hasta la de nona, se ocupaba en tejer; a la de nona, volvía a orar, y no dejaba de hacerlo hasta el momento en que el ángel del Señor se le aparecía, y recibía el alimento de sus manos”. Así se iba formando con las demás jóvenes, pero sobresalía entre todas por su extrema perfección, que ninguna mejor que ella en alabar a Dios, conocer su Ley o entonar los cánticos de David; ninguna vivía con tanta perfección la caridad, la constancia, la humildad y cualquiera de las más preciadas virtudes. Y así pasó el tiempo hasta que se acercó el momento en que había de venirle la primera sangre y los sacerdotes se reunieron a decidir qué habrían de hacer con ella para que no mancillase el santuario. Naturalmente, había que elegirle un marido, difícil tarea, pues tendría que ser alguien digno de tan excelsa doncella. Uno de los sacerdotes convenció a los demás, ofreciendo una verdadera fortuna, de que el agraciado fuera su hijo, pero al irle a la chica con la propuesta, María se negó en redondo pues había decidido permanecer siempre virgen para agradar a Dios. Menudo problema, pues la Ley establecía que las vírgenes del Templo lo abandonasen al llegar a la edad núbil, yéndose al nuevo domicilio conyugal o devuelta a la custodia de su padre. En esas andaban, sin saber qué hacer mientras pasaban los meses y la chica ahí seguía con catorce años cumplidos, cuando murió el Sumo Sacerdote y consultado Yaveh (o sea, echado a suertes) resultó que eligió como sucesor a Zacarías, el marido de Isabel, que era pariente de Ana, aunque las “fuentes” discrepan si prima o sobrina, y es tarea vana intentar desenredar tanto barullo familiar del que provienen una muy grande parte de los protagonistas de los evangelios. La cosa es que Zacarías, ya de avanzada edad, también era infecundo y esa situación causaba grave enojo a sus colegas y más de uno murmuraba que si la elección la habían trucado, que si Dios se había distraído, y otras palabras similares, eso sí a sotto voce, pues rayaban la blasfemia. Para no alargarme demasiado, eludo contar ahora cómo todas las dudas quedaron disipadas y la legitimidad de Zacarías reafirmada gracias a la correspondiente intervención del Señor que, nuevamente (la verdad es que el estilo de Yaveh en materia de fecundaciones milagrosas es bastante repetitivo), anunció la preñez de Isabel del futuro Juan Bautista. Lo que nos interesa es que seguía pasando el tiempo sin que ninguna decisión se hubiese adoptado sobre la santísima Virgen que ya rondaba los quince años, una bellísima adolescente que no debía seguir viviendo en el Templo. Instaron pues los sacerdotes a Zacarías para que pusiera fin a lo que empezaba a ser piedra de escándalo. Así que el sumo Sacerdote vistió el traje de doce campanillas, se recogió a solas en el altar y quemó incienso mientras recitaba sus plegarias al Señor para que le dictase su voluntad. Entonces se apareció el consabido ángel con las pertinentes instrucciones: convoca a todos los viudos de la tribu de Judá y que cada uno venga con una vara (imagino, aunque nada se nos dice, que se trataría de una rama de olivo) que colocarán ante el Tabernáculo; luego ofrecerás un sacrificio a Yaveh (la habitual matanza ritual de un cordero, supongo) y devolverás cada vara a su dueño; aquélla en la que Dios obre un prodigio será la del elegido para marido y guardián de María.

Y así se hizo, que a toda prisa se circuló el aviso y el día señalado ahí estaban los viudos, uno de ellos José, hombre ya de pelo blanco y con hijos mayores, carpintero en Nazaret, villa galilea, a unos 150 kilómetros al norte de la capital. José era natural de Belén, descendiente directo del rey David, pero había abandonado muy joven el hogar paterno. La Beata Ana Catalina nos cuenta que ni sus padres ni hermanos le tenían mucho aprecio, quizá porque lo consideraban un bicho raro, callado y estudioso, siempre orando y cuando no, aprendiendo oficios manuales cuando podía aspirar a un destino más prominente. Se escapó de su casa hacia los dieciocho y erró durante años hacia el norte hasta establecerse en Belén. Nada he averiguado sobre su primer matrimonio ni sobre sus hijos (la Emmerick nos dice que siempre había sido célibe, pero me temo que esa visión se le desenfocó), pero hemos de pensar que, para esas fechas, vivía solo y sin lazos familiares. Tampoco tenía ningún deseo de volver a casarse, se consideraba demasiado mayor para recibir nueva mujer y mucho menos una que era poco más que una niña, con tanta fama de santidad. Pero era un judío religioso y obediente, así que viajó hasta Jerusalén y se sumó al grupo de aspirantes, cada uno con su vara, la suya muy pequeñita para que pasara inadvertida. Celebró pues Zacarías el sacrificio con las varas dispuestas bajo el fuego del altar y, acabadas sus oraciones, las devolvió a cada viudo (me pregunto cómo las habrían identificado previamente). Ahí estaban todos, pasmados y expectantes, pero ningún prodigio se obraba. También estaban observando la escena los ángeles de Dios desde el cielo y fue uno de ellos el que se percató de que Zacarías, a causa de la cortedad de su vista, había olvidado la minúscula ramita de José en el Tabernáculo, así que se precipitó en picado hasta el sacerdote para advertirle al oído de su error, y el futuro padre del Bautista, con voz tronante en la que se notaba la irritación que le causaba su error, gritó que quedaba una vara y que el dueño fuera raudo a recogerla. Rojo como un tomate, entre las risitas contenidas de los otros viudos, burlonas de ese anciano apocado, José se acercó al altar y tomó la vara y, nada más alzarla, de su extremo surgió una paloma, blanca como la nieve y de la más resplandeciente belleza, que voló en círculos majestuosos en el interior del Templo y al fin se perdió en lo alto, en dirección al cielo. Imagínense las exclamaciones de admiración, el sobrecogimiento de los presentes, el asombro asustado del propio José. Pasado el rato de estupor todos felicitaron al carpintero y Zacarías, con porte solemne, se le acercó y le dijo: Has sido designado por el Altísimo para tomar bajo tu guarda a la santa Virgen. José se resistió: soy viejo, con una familia numerosa de hijos ya casados, dijo, y me dais una niña por esposa; no me violentéis, no me convirtáis en la irrisión de mis amigos y conocidos. Pero Zacarías y todos los sacerdotes se mostraron inflexibles: es la voluntad de nuestro Dios, no oses desobedecerla pues terribles penas habrían de afligirte si lo hicieras; tómala con nuestra bendición y guárdala con respeto y santidad (o sea, que la conservara virgen), que sabemos que eres justo y respetuoso de la Ley. Vamos, que durante un rato hubo su tira y afloja pero, como no podía ser de otro modo, al fin cedió José y, postrernándose ante los sacerdotes, acató la decisión divina. Entonces alguien iría a buscar a María, si es que no estaba ahí desde antes contemplando en silencio la ceremonia, y se la entregaron. Después de doce años salía la Virgen del Templo.


Mary had a little lamb - Stevie Ray Vaughan (Live at Montreux, 1985)