sábado, 14 de noviembre de 2020

De Jardina (La Laguna) al Mercado de Nuestra Señora de África (Santa Cruz)

Paso a las 7:25 a recoger a Jorge por su casa (al lado del mercado de Santa Cruz) y vamos en mi coche hasta el punto de inicio de la ruta, una pista (camino del Tomadero) que sale del Camino de Jardina pasado este núcleo, más o menos a 700 metros de altitud. Iniciamos la caminata a las 8 de la mañana, más o menos. Vamos a seguir un sendero que discurre junto al barranco de Tahodio, aunque ése parece ser el nombre del último tramo, el que va desde la charca del mismo nombre hasta su desembocadura junto al Club Náutico de Santa Cruz. La primera parte del recorrido será en dirección Este, pasando por encima de las cabeceras de unos cuantos barrancos menores que confluirán justo antes del embalse, en el principal. Al llegar al este barranco principal –cuando hayamos caminados unos tres kilómetros y descendido unos doscientos metros– se gira en dirección Sur. Prácticamente toda la longitud de la ruta se desarrolla en el término de Santa Cruz. Jardina, ciertamente, pertenece a La Laguna, pero a los sesenta metros del cruce ya hemos cambiado de municipio.
 

Nada más dejar atrás las casas de Jardina e iniciar la ruta se nos abre otro más de los espectaculares panoramas del macizo de Anaga, una orografía montañosa de infinitos pliegues sobre sí misma, las laderas tapizadas de múltiples verdes, pardos terrosos y afloramientos de roca negra exhibiendo sus muchas fracturas. No pocas de éstas son mordiscos humanos; encontramos algunas canteras abandonadas hace mucho.El nombre del camino permite suponer que en su origen se transitaba para acopar agua de algún "tomadero" más o menos cercano. Descubro ese topónimo en el cruce con el barranco del Salto del Río, que viene desde la dorsal del macizo (en las proximidades del Pico del Inglés) y es el que forma el cauce principal que seguiremos hasta su desembocadura. Imagino que ahí, a unos dos kilómetros y medio del caserío, se formaría una poza de agua cayendo en cascada, para luego continuar con menos pendiente hacia el Sur. 
 
 
El camino está en unas condiciones excelentes, lo que nos hace deducir que ha sido arreglado hace poco. De vuelta en casa confirmo que, efectivamente, es una obra reciente del Área de Medio Ambiente del Cabildo de Tenerife, financiada con cargo al Fondo de Desarrollo de Canarias. Los caminos rurales que ejecuta el Cabildo son de una calidad magnífica y, evidentemente, muy caros. Estas obras en concreto, según leo en la prensa, ascendieron a unos 265.000 €,  lo que supone un coste unitario de casi cien mil euros por kilómetro. La justificación principal que se esgrime para estas inversiones suele ser siempre la de posibilitar la actividad agraria en fincas con malas condiciones de acceso. Es verdad que encontramos algunos bancales en cultivo (y también lo que parece refugios de cabras), pero muy pocos. Pero bueno, uno de los objetivos que establece la Ley para los Espacios Naturales Protegidos en la categoría de Parque Rural –como es el caso de Anaga– es el de promover el desarrollo de las poblaciones locales y mejoras en sus condiciones de vida, lo cual es argumento suficiente para que la inversión pública por habitante en estos territorios sea enormememente superior a la que le toca al residente en cualquier núcleo urbano. Sin embargo, los pobladores de Anaga (y los de Teno, el otro Parque Rural) suelen sentirse (o al menos así lo expresan) en continuo agravio y olvido por la administración. En fin, este asunto daría para un largo debate, pero hoy hemos de seguir la ruta. 
 
El día es magnífico, especialmente para estar a mediados de noviembre. De momento la temperatura es muy agradable pero no es difícil anticipar que en cuanto el sol suba el calor será bastante más del deseable. Como a los cuarenta minutos de camino (vamos despacios, disfrutando del paisaje), la pista se hace algo más sinuosa e incrementa la pendiente: estamos bajando la ladera del barranco principal (por aquí cerca estaría el tomadero de la toponimia) y orientándonos hacia el Sur. Hacemos aun unos setecientos metros por el camino "de lujo", que acaba casi pegado al cauce, donde han colocado un pequeño puente de madera para permitir, durante las lluvias, pasar a unas fincas situadas en otra ladera. Hay un coche aparcado, pero no se ve a nadie trabajando la tierra. Los vehículos que hemos visto pasar eran casi todos de cazadores. Cruzamos y ascendemos por una mínima trocha que entra en bancales que no se cultivan desde hace tiempo. Llegamos hasta el final y vemos que hemos avanzado unos ciento cincuenta metros paralelos al camino que discurre más abajo. Para regresar al mismo hemos de abrir un somier puesto a modo de puerta que está trabado con alambre para impedir el acceso a la finca (algo absurdo cuando por el otro extremo el paso es franco). El camino ha dejado de ser una pista para convertirse en un sendero. Hasta aquí no han llegado las obras del Cabildo  ... de momento, porque leo que hay prevista una segunda fase de ejecución.
 

Durante el próximo poco más de kilómetro y medio caminamos bordeando el cauce del barranco por lo que sí es propiamente un sendero. Hay partes más ciudadas que otras pero en general es de fácil tránsito, sin que haya que tomar ninguna precaución especial. En todo caso, desciende la velocidad de marcha, pero no solo porque haya que fijarse dónde se pisa sino para disfrutar de un bellísimo paisaje que no me canso de mirar y sentir. A veces caminamos sobre toca, otras sobre guijarros, otras sobre tierra; a veces la senda baja al cauce, otras va a media ladera, otras se pega a paredes de roca en las que se abren cuevas ... Por supuesto, el silencio es absoluto, salpicado tan solo por trinos de pájaros. Así, sintiéndonos como si estuviéramos recorriendo un paraíso (y con el temor de que en cualquier momento un dios airado nos expulse), fuimos descendiendo durante unos cuarenta minutos hasta llegar a la charca de Tahodio. Hacia las diez menos diez el paisaje se abrió y ante nosotros apareció el gran muro de la presa. Decidimos bajar hasta el agua y allí descansarun ratito y comernos los bocadillos.

 
La conocida popularmente como charca de Tahodio fue construida entre 1914 y 1926 por iniciativa de Santiago García Sanabria –uno de los más famosos alcaldes de Santa Cruz– para el riego de las fincas de plátanos y pequeñas huertas que había en el valle. Leo que inicialmente spodía almacenar hasta 900.000 m3 pero esa capacidad ha bajado en la actualidad a menos de la mitad debido al barro que ha ido acumulándose en su fondo. En estos momentos, sin embargo, el nivel del agua está bajísimo; no creo que pase del 10%, una pena. Descendemos con algunas dificultades hasta el borde del agua, pisando barro seco resquebrajado. Tres patos se deslizan aburridos por el agua mientras en la orilla opuesta algunas garzas intentan pescar y parecen quejarse de su poco éxito con graznidos airados. Sentados en unas piedras engullimos los bocatas y bebemos un poco de agua. La caminata está siendo fácil y no estamos cansados, pero el sol ya empieza a pegar fuerte. Repuestas las fuerzas, trepamos hasta el acceso a una finca (éste abierto) desde el que alcanzamos de nuevo el sendero. Caminamos hasta la mitad del dique y desde allí miramos hacia ambos lados. Vemos que por la otra margen del barranco discurre otro sendero, pero regresamos para seguir el de la orilla por la que venimos (porque es el que he dibujado previamente al planificar la ruta). Justo al lado del embalse hay una edificación en la que reside una pareja con la que hablamos y que nos dice que ambos caminos confluyen más adelante; bueno, otro día lo recorreremos.
 

Los siguientes trescientos metros del camino, que bajan cincuenta metros (de la cota 270 a la 220), están en bastante mal estado, pero aún así son transitables por vehículos todoterrenos (como el que estaba aparcado en la casa junto a la presa). Pero enseguida, donde  el pequeño caserío de Casas de la Charca, el sendero se convierte en una maravillosa vía de hormigón blanco con arcenes de piedra, sin duda otra obra reciente del Cabildo. Con suave pendiente el camino va siguiendo el barranco de Tahodio, cruzando el cauce varias veces mediante badenes (en los que siempre se señaliza el peligro de pasar en caso de lluvias). El kilómetro escaso que media entre Casas de la Charca y Valle Luis, donde el camino se convierte en una estrecha carretera asfaltada, es un paseo delicioso, entre abundante vegetación y, de fondo, el imponente paisaje que enmarca el valle; tan solo se echa en falta que corriera el agua, como ocurriría en épocas pasadas. Este caserío  se encuentra en la confluencia del barranco de su mismo nombre con el de Tahodio. Para cruzarlo, la carretera dibuja una curva muy cerrada que baja casi hasta el cauce. Para acortar el recorrido peatonal (y permitir el paso durante las lluvias si la parte baja se inunda), se ha dispuesto un puente en pasarela, probablemente parte de las obras recientes. ¡Todo un lujo!


Inmediatamente después nos encontramos con seis o siete casas alineadas frente a la pista cuyas formas y estética nada tienen que ver con el lugar. Aunque quedan todavía casi dos kilómetros para salir del Espacio Natural Protegido, ya se nota la influencia urbana, se desvanece la sensación paradisíaca. Este último tramo  está jalonado por cada vez más edificaciones y, lo que es peor, por más basura de todo tipo que los civilizados habitantes de la Isla tiene por costumbre abandonar. El último caserío rural antes de pisar oficialmente el suelo urbano es el de Puente de Hierro, llamado así por el que cruza el barranco y la carretera, pero que ahora solo soporta una una tubería. Justo antes de este mínimo núcleo se sitúa un club de tenis –Capicua se llama– con tres pistas. Inverosímil ubicación, tanto por el lugar como por la orografía (una ladera). No sé ni cuándo ni cómo se instaló ahí, pero he de averiguarlo. Lo cierto es que en su facebook hacen virtud de lo que, en mi opinión, es un ejemplo clarísimo de un emplazamiento erróneo: "En el entorno más natural, sin contaminación, se encuentra el mejor club de tenis de Tenerife. Tres pistas de tenis en plena naturaleza".
 
Hacia las once y media entramos en la ciudad, lo cual se certifica porque a la carretera, que ya se había ensanchado a dos carriles en el último kilómetro, le aparece una acera y por tanto se convierte en calle. Estamos en el barrio de la Alegría (ése al que se quería mudar Sabina pero siempre perdía el tranvía), un núcleo que se fue consolidando durante los años sesenta y setenta con la autoconstrucción de viviendas trepadas por la ladera. Modelos urbanísticos como el de este barrio son la respuesta espontánea al fracaso de las políticas públicas de vivienda; no es para nada un buen resultado, ni ambiental ni funcionalmente, por más que a estas alturas lo que proceda es conseguir etenuar las indudables carencias de ese abigarrado asentamiento en fuerte pendiente. En todo caso, nosotros no llegamos a entrar propiamente en el barrio; caminamos por el borde del barranco, junto a la única franja de terrenos planos en la que en la actualidad se disponen los equipamientos vecinales, como el centro docente público (infantil, primaria e instituto) y el campo de fútbol (en el que se estaba jugando un partido con mucho público viéndolo de pie en las calles que lo bordean, porque no tiene gradas). Pasada la cancha hay una pasarela peatonal por la que cruzamos el barranco y entramos en Residencial Anaga, un barrio que ya sí responde al urbanismo ortodoxo (con planes aprobados en largas tramitaciones administrativas). Nos sentamos en una terraza para tomar unos refrescos y luego seguimos caminando por Santa Cruz con la incomodidad de la mascarilla (atravesamos el Toscal, plaza del Príncipe, puente Serrador) y llegamos a la casa de Jorge poco después de las doce y media. Nos metimos en su coche y me subió hasta Jardina para recoger mi coche. Etapa finalizada: fácil, corta y sin sobresaltos ni sorpresas.
 

domingo, 8 de noviembre de 2020

De la Palmita (La Victoria de Acentejo) a El Rincón (La Orotava)


Quedamos a las 7:30 en el aparcamiento de la playa del Bollullo, en El Rincón de La Orotava, un ámbito agrario que, por presión de la ciudadanía, fue protegido por Ley del Parlamento Canario en 1991. Llegué puntual pero el aparcamiento estaba cerrado con una cadena; abre a las 9 de la mañana y cobra 3 euros como precio fijo: un buen negocio, qué duda cabe. Esperé un rato mirando, a la tenue luz del sol naciente, el acantilado a cuyos pies se extiende la playa del Bollullo y el camino por el que se accede a ésta. Cuando llegó Jorge subimos hasta el restaurante San Diego, junto al cual dejó su coche. Seguimos en el mío hasta la urbanización La Palmita, en el municipio de La Victoria, donde habíamos acabado la caminata del domingo anterior y donde empezábamos la de éste; eran las 8 de la mañana más o menos.
 
Caminamos en dirección Sur por la carretera de acceso a la urbanización con la intención de girar hacia el Oeste por un camino a unos 270 metros. Sin embargo, al llegar, resultó que era de una finca privada y el paso estaba impedido por unas puertas con candado. Nos vimos pues obligados a seguir cuesta arriba otro tanto hasta llegar a la vía de servicio de la autopista. Una vez allí, doblamos hacia la derecha, pasamos el túnel que da acceso al casco de La Victoria y enseguida de nuevo giro a la derecha para bajar en sentido Norte por un estrecho camino asfaltado también llamado calle de la Costa. El camino discurre hacia el mar, transversal a la línea de costa en suave pendiente descendente, con una longitud algo inferior al medio kilómetro. Los primeros metros, asfaltado, para dar acceso a dos viviendas unifamiliares aisladas; luego atraviesa fincas en cultivo, más estrecho y con peor firme. Casi al final, antes de girar hacia la izquierda, se abre una espectacular vista del Teide, delineado sobre un cielo especialmente límpido, sin calima (aunque el primer plano, con edificaciones nada apreciables, estropea la fotografía).

El camino de la Costa acaba y doblamos hacia la izquierda, siguiendo el muro dede las últimas fincas agrícolas que se asoman a la acantilada ladera. Ahí empieza el sendero del Barranco Hondo, que separa los términos municipales de La Victoria de Acentejo y Santa Úrsula. El nombre del barranco no deja de ser acertado: estamos a 165 metros de altitud y habremos de bajar casi hasta el nivel del mar, por un trazado sinuoso ajustado a la ladera. El sendero está en un muy aceptable estado de conservación: firme hormigonado y abundantemente escalonado en la casi totalidad de su longitud y barandilla de manera que cumple bien su papel quita miedos. Aun así, nos damos cuenta de que los desprendimientos son frecuentes, lo que añade un cierto nivel de riesgo al recorrido. El descenso, pese al castigo que sufren nuestras rodillas, es una maravilla, disfrutando de las cambiantes vistas de la costa, los acantilados y el mar, con el roque que emerge justo enfrente de la desembocadura del barranco. En este roque, por cierto, hay cinco o seis personas, imaginamos que pescando, aunque nos preguntamos cómo han llegado hasta allí. Durante todo el descenso los escuchamos gritando, aunque no nos pareció que pidieran ayuda.  Al iniciar el ascenso vimos que llegaba una barca y recogía a dos de ellos; supusimos que repetirían el viaje para los restantes.
 
 
 
La bajada nos tomó casi veinte minutos. Antes de llegar a la playa de callaos que forma la desembocadura del barranco, nos desvíamos para ver unas cuevas excavadas en la ladera, bien cerradas con puertras y candados, y que parecían en relativo buen estado de conservación. En todo caso, ya no son vivienda permanente pero imagino que seguirán usándose como estancia temporal –de fin de semana, por ejemplo– por quienes se hayan erigido en sus dueños (porque parece evidente que están dentro de dominio público, sea del cauce del barranco o marítimo-terrestre). Desde ahí apenas quedaban unos pocos metros hasta la playita de piedras, contra las que las olas batían furiosas: no parecía un lugar idóneo para meterse en el mar. Abajo también había otreas cuevas, pero éstas abiertas y llenas de trastos y basuras (entre otras cosas, se apreciaba que habían desmontado una zodiac). Permanecimos solo unos instantes antes de iniciar el ascenso por la otra ladera, ya en el término municipal de Santa Úrsula.


 

El ascenso nos llevó más o menos el doble de tiempo, no solo porque la subida es más agotadora (ahí es cuando compruebo que mi forma física no es la deseable) sino también porque el camino en esa ladera estaba en peores condiciones de mantenimiento y, además, sube unos veinte metros más que en el otro lado. El sendero acaba en la carretera que viene desde la vía de servicio de la TF5 –se llama Camino del Mar– y ese acceso está cerrado con una valla: el ayuntamiento de Santa Úrsula prohíbe el tránsito porque lo considera muy peligroso; no así el de La Victoria que no advirtió nada en el otro extremo. Obviamente, vadeamos la valla y salimos casi al lado de la granja Teisol, una empresa ganadera que el Cabildo compró para evitar su quiebra, en la que invirtió fuertes sumas de dinero público y que pese a ello, según creo, ha tenido que cesar su actividad. Durante los últimos años, los "rescates" de empresas privadas agobiadas (sobre todo de amigos, según las malas lenguas) se convirtió casi en una política de la corporación insular, de dudosa justificación y más dudosos resultados. Pero no es este lugar para hablar del gobierno, así que sigamos con la narración de la ruta.

El Camino del Mar acaba en fondo de saco dando acceso a tres parcelas unifamiliares con chalets de apreciables tamaños. Poco antes el muro que cierra los bancales que hay a la izquierda tiene una abertura desde la que sale una senda que lleva al borde superior del barranco de la Cruz, el que separa esta meseta de la que soporta la urbanización de La Quinta, la mayor del municipio de Santa Úrsula. Éste, como el anterior, es un señor barranco. No hay un sendero "oficial" que lo atraviese, pero sí encontré en la Red algunas descripciones de quienes lo habían hecho y también, entre las propuestas que maneja el Cabildo para futuros senderos, hay un trazado que, desde donde estábamos llega a la Quinta y sigue hasta la urbanización Lomo Román, cruzando el siguiente barranco. Ese dibujo era el que, debidamente georreferenciado, había cargado en el móvil y que pretendía que nos sirviera de guía. Así que, con esa idea nos detuvimos al borde del barranco mirando hacia La Quinta (con el Teide amparándonos) y buscando el débil rastro de lo que alguna vez fue una senda y en la actualidad está prácticamente oculto por matorrales y zarzas.

El descenso fue no tanto peligroso pero sí complicado, porque apenas se veía por donde pisar y de continuo era necesario romper o apartar arbustos y ramas de la ferez vegetación. Al cabo de un rato nos detuvimos para comer y beber y, al poco de reiniciar la marcha, Jorge se dio cuenta de que se le habían caído las gafas. Dio la vuelta para buscarlas mientras yo le esperaba sentado en una roca junto a la pared vertical del acantilado, que amenazaba desmoronarse en cualquier momento. Al cabo de casi un cuarto de hora apareció Jorge y, contra mis previsiones, había econtrado sus gafas. Así que, con las consiguientes dificultades, continuamos el descenso hasta llegar al cauce del barranco, totalmente ocupado por juncos. La subida, curiosamente, nos llevó menos tiempo. El sendero, aunque muy parecido al del descenso, estaba algo menos cubierto por la vegetación y, además, en esa ladera tenía un recorrido bastante más corto. Así que, después de pasar delante de una furgoneta achatarrándose que algunos "cívicos" habían desbarrancado, salimos a una de las calles de la parte nueva de la urbanización La Quinta (la que todavía está muy poco edificada). Cruzar el barranco de la Cruz nos había costado una hora y cuarto. Eran casi las once de la mañana y el sol, muy alto ya, calentaba a gusto.

Después de caminar por tierra en pendiente y entre arbustos encontrarse sobre el pavimento liso, duro y bastante plano de una urbanización equivale a un descanso. La calle por la que entramos se llama La Sabinita; de ésta pasamos a la del Muella siguiendo hacia el Oeste; luego doblamos hacia arriba, pasamos una medio glorieta y seguimos por un pasaje peatonal que desemboca en la calle Codeso. Avanzamos por esta calle hasta su final, frente a una parcela inmensa con tres edificaciones al borde del barranco Michel. Junto al muro de esa parcela discurre un camino de tierra que lleva hasta una depuradora casi en el cauce del barranco. Cuando estudié la ruta había pensado llegar hasta ahí y luego trepar por la otra ladera, que no parecía demasiado empinada. Sin embargo, una puerta metálica bien cerrada nos impedía el paso. Hubimos de subir por el bosquecillo de la izquierda, pasar la puerta y, con bastante cuidado y apoyándonos en los bastones, caer al camino. Luego, desde la depuradora, la ladera presentaba bastante más pendiente que la que había supuesto, no se veía ningún sendero y, para empeorar las cosas, era de tierra blanda. La única solución que se nos ocurrió –y pusimos en práctica– fue escalar agarrados a la verja de una casa sita en la parte alta de la ladera. Cuando llegamos arriba descubrimos que, para llegar a la calle de la urbanización, teníamos que meternos dentro de la terraza de esa vivienda, pasando casi pegados al ventanal de la sala. Por suerte no había nadie ahí en ese momento porque nos habríamnos visto en un aprieto para explicar lo que hacíamos. En fin, tras esta breve violación de propiedad privada, salimos a la calle Venezuela de Lomo Román (por cierto, las otras calles de esta pequeña urbanización se llaman Simón Bolívar, Orinoco, Caracas y Maiquetía; no es muy difícil imaginar el origen del promotor).

Caminamos hacia arriba (una buena cuesta) hasta llegar al pie de la autopista que, en ese punto, es atravesada por un túnel que lleva al casco de Santa Úrsula. Estábamos para entonces muy escasos de agua y dudamos si acercarnos al pueblo en busca de un bar donde nos vendieran dos botellines. Pero era ya casi mediodía y aún nos faltaba un buen trecho, por lo que preferimos no desviarnos. De modo que doblamos por la lateral de la TF5, que se llama calle Sancho Panza y da acceso a otra urbanización de chalés, aun más pequeña que la anterior, de la que está separada por una franja de fincas en cultivo. No sé el nombre de este núcleo, aunque los nombres de sus calles dan una pista bastante clara: además de la citada de Sancho Panza, Don Quijote, Dulcinea del Toboso y Rocinante. Bajamos por la de Don Quijote hasta su final, donde empieza un paseo peatonal que bordea la urbanización por el cantil del acantilado. Un recorrido muy agradable con magníficas vistas al mar y al Paisaje Protegido de Acentejo, espacio natural cuya mitad más occidental la cubrimos con esta ruta. Eso sí, la subida, con innumerables escalones, se hace cansada, sobre todo cuando llevas ya unas horas de caminata. Si hubiéramos completado todo este paseo habríamos prácticamente enlazado con el sendero del Ancón, último tramo de la caminata. Pero unos 150 metros antes habían cerrado el paso con una valla porque parece que había habido desprendimientos. Así que hubimos de atravesar lo que debía ser un solar de la urbanización para salir de nuevo a la calle lateral y de ahi en un momento al mirador desde el que se inicia el sendero de bajada hacia el Rincón de la Orotava.
 
El camino del Ancón baja unos doscientos metros serpenteando por la ladera del risco del mismo nombre. Está en bastante buen estado y se aprecia que el Cabildo lo mantiene con regularidad. Pero lo que impresiona es imaginar cómo abrirían esta senda en su origen (es una ruta tradicional de pastoreo de cabras); su trazado sobre un acantilado escarpado, casi vertical, demuestra que no hay territorio que no pueda hacerse accesible (cuestión distinta es que eso sea conveniente); de hecho, en Tenerife hay no pocos ejemplos. Nos llevó una media hora bajar el sendero, de una longitud aproximada de un kilómetro; la verdad es que, a esas alturas de la jornada y sin agua, se nos hizo larga y cansada, pero en mejores condiciones no habría sido demasiado dura. Pero, en todo caso, las vistas son espléndidas: el acantilado al que se está pegado, que admira y asusta, el mar, las playas del Rincón, el núcleo del Puerto de la Cruz, al fondo ... El último tramo del sendero pasa por una finca de viñedos exquisitamente dispuestos y cuidados pese a la dificil orografía: es una sucesión de estrechos bancales que forman una amplia terraza asomada al océano. Se avanza un poco más y se llega a una pista asfaltada que da acceso vehicular a una magnífica vivienda que se dispone sobre el promontorio que separa las playas del Ancón y de Los Patos y a la finca agrícola (que se extiende sobre terrenos mucho más planos en toda la longitud de la playa de Los Patos). 
 
 
Lo que nos queda de ruta es ya muy fácil, por caminos pavimentados y de escasas pendientes. El primer tramo –de unos 400 metros– es un sendero estrecho y que debe mejorarse, ajustado entre el acantilado costero y los muros de las plataneras adyacentes; por el mismo nos cruzamos con bastante gente que se dirigía a la playa (paralelo a este sendero, por el interior de la finca, hay un viario privado ancho y en buen estado que, si se abriera al público, mejoraría mucho la movilidad en esta área). Luego se gira por otro pasaje estrecho entre fincas que desemboca en una pista asfaltada llamada Camino del Ancón y que más adelante pasa a denominarse Camino de San Diego. Por esa pista, flanqueada de plataneras y alguna que otra vivienda, caminamos casi un kilómetro hasta llegar al restaurante San Diego, junto al cual estaba aparcado el coche de Jorge. Antes de arrancarlo, entramos a tomarnos unos refrescos y corregir el deshidratamiento en el que estábamos. Pasada la una y media dimos por terminada la etapa; Jorge me acercó a La Palmita para coger mi coche y ahí nos despedimos hasta la próxima.
 

miércoles, 16 de enero de 2019

Magadán

Apuesto diez contra uno a que no sabes qué es Magadán. También yo lo ignoraba hasta hace unos días cuando el nombre apareció en Una saga moscovita, la monumental novela de Vasili Aksiónov que he terminado recientemente. “A doscientos kilómetros de Magadán, subiendo la carretera de Kolimá, el invierno ya se había presentado”: esta es la frase en la que por primera vez me topé con esta palabra, un topónimo, como obviamente se deducía. Es el inicio del cuarto capítulo del segundo libro, en el que vuelve a aparecer Nikita Grádov, detenido por la terrible NKVD hacia finales del primer libro. Así que es fácil comprender enseguida que estamos en la inmensa área geográfica de los campos de prisioneros de Stalin, el famoso Gulag, que fue revelado a Occidente en la tan tardía fecha de 1973 con la publicación del famoso libro de Aleksandr Solzhenitsyn. Además, la palabra Kolimá me suena vagamente, la asocio también a lo poco que sé de la historia soviética, a Siberia. Así que aventuro que Magadán debe ser una ciudad.

A estas alturas es probable que ya hayas buscado Magadán en Google y te hayas enterado de que, efectivamente “es una ciudad, centro administrativo del óblast de Magadán, Rusia, fundada en 1933. Tiene puerto en el mar de Ojotsk. Su población es de 92 782 habitantes, según el censo de 2018. La construcción y la pesca son las mayores industrias de la ciudad, cuyo puerto es accesible de mayo a diciembre. También posee un aeropuerto situado a 50 kilómetros al norte de la ciudad” (Wikipedia: has perdido la apuesta). Antes de Internet, lo más que habría sabido de Magadán sería lo que hubiera podido deducir de la lectura de la novela: poco, porque tampoco es función del autor darte la información sobre sus escenarios. Bien es verdad que siempre podría haber recurrido a alguna enciclopedia o rebuscar en bibliotecas, pero todo eso significaba demasiado esfuerzo de modo que, en la mayoría de los casos, no lo habría hecho. Ahora en cambio basta con teclear el nombre en el ordenador o el móvil; menos incluso si estás leyendo la novela en un dispositivo electrónico con conexión a la red ya que entonces basta con dar un golpecito con el dedo sobre la palabra ignorada.

De repente lo tenemos todo –todo no, pero mucho, muchísimo– al alcance de la mano. Es, desde luego, una maravilla pero, al mismo tiempo, la excesiva facilidad para conocer los datos pareciera banalizar ese conocimiento. Cuando antes escarbabas afanosamente para descubrir algo, los datos, una vez conocidos, se te enraizaban en la memoria. Ahora, se desvelan con tan suma facilidad y rapidez que no llegamos a interiorizarnos, se resbalan por la memoria hasta las cajas negras del olvido. Estás hablando con los amigos en un bar, la tele encendida y aparece un actor que todos conocemos; surge una discusión sobre si tal película la protagonizó él o no y el debate no dura más que el breve lapso que necesitas para consultar tu móvil. Claro que si dentro de un par de meses se repite la escena ya solo te acordarás de que buscaste la información pero no del resultado. No obstante, no reniego de la maravilla de esta cuasi-infinita enciclopedia virtual, al contrario. Como todo, sus bondades o perjuicios dependen de cómo la usemos. Por ejemplo, me alegra tenerla a mano cuando leo novelones como el de Aksiónov que me llevan a lugares remotos y desconocidos. Me ayuda a disfrutar más de la lectura y me atrevo a asegurar que no olvidaré Magadán.

Mencionaré otro efecto de complementar la lectura con Internet: que se me despierta la curiosidad, lo que me lleva a dejar por un rato la novela y ponerme a bucear. Así, voy a Google Maps y localizo Magadán: ¡está a casi quince mil kilómetros de Madrid! Fantaseo con lo que sería un viaje en coche: San Sebastián, Burdeos, Tours, París, Charleroi, Lieja, Colonia, Berlín, Poznán, Lodz, Varsovia, Bialystok, Minsk, Smolensko, Moscú. Esa sería la primera etapa, “solo” cuatro mil y pocos kilómetros, menos de un tercio de la distancia total que, para recorrerla, para cruzar toda Europa, me llevaría como mínimo quince días. Luego unos quinientos kilómetros hasta Nizni Nóvgorod y cuatrocientos más hasta Kazán, ambas ciudades en el Volga y las dos últimas cuyos nombres conozco. A partir de ahí aun nos quedarían casi diez mil kilómetros, cruzar los Urales e internarse en la inmensa Siberia, por unas carreteras que, según leo, son casi intransitables, y con una densidad de población ínfima, un desierto frío e inhóspito. Mientras me muevo por las fotos aéreas concluyo que no haré nunca ese viaje (tal vez llegara a Kazán o, como mucho, avanzaría un millar más de kilómetros hasta Ekaterimburgo, para visitar la casa Ipatiev, lugar de la ejecución de la familia imperial en 1918). Para compensar, me hago la lista de lecturas inminentes sobre esa atroz geografía soviética: Vida y Destino de Vasili Grossman, cuya lectura interrumpí hará unos cinco años, El Vértigo (1967) de Evgenia Ginzburg, madre de Aksiónov, y los seis volúmenes de Relatos de Kolymá (1966) de Varlam Shalámov; además me propongo releer dos novelas de mi juventud: El cero y el infinito (1940) de Arthur Koestler y El caso Tuláyev (de la década de los 40) de Victor Serge; y por último dos libros de investigación histórica: Gulag (2004) de Anne Applebaum, considerado el mejor estudio sobre los campos de concentración soviéticos y el más reciente Los que susurran (2007) del historiador británico Orlando Figes sobre la represión en la época de Stalin.

sábado, 5 de enero de 2019

Etapa 21: Fonsalía - Chirche

La primera caminata del año nos lleva a Fonsalía, donde habíamos acabado la etapa vigésima el domingo 16 de diciembre, antes del desbarajuste navideño (el pasado fin de semana recuperamos la que teníamos pendiente a través del Macizo de Teno). El punto de encuentro (y que será fin de etapa) es Chirche, caserío en la parte alta del municipio de Guía de Isora (en tono a los 900 msnm); allí dejamos mi coche y bajamos hasta Fonsalía en el de Jorge, que se queda aparcado en la vía que, desde la nueva glorieta de la TF-6237, entra hacia el litoral; son poco más de las nueve de la mañana del sábado cinco de enero, víspera de Reyes. Caminamos hasta la mencionada glorieta que es en la que remata –por el momento– la carretera de reciente ejecución que enlazará la autopista con lo que ha de ser el futuro puerto de conexión con las islas occidentales. El proyecto está acabado hace años pero aún no está nada claro cuándo se acometerán las obras; el problema principal es una discusión de competencias entre la Comunidad Autónoma y el gobierno central. Entre tanto en el Cabildo nos toca impulsar el Plan Territorial Parcial que ha de ordenar el ámbito de tierra comprendido entre los núcleos urbanos de Alcalá y Playa de San Juan; ya hemos empezado pero vamos lentos y dubitativos. Cruzamos la rotonda y enfilamos hacia el noreste por un camino de tierra que bordea la gasolinera de Disa. Son solo 300 metros hasta que doblamos a la izquierda por una pista asfaltada entre dos muros de explotaciones agrarias. Estamos en la parte de la Isla con mayor presencia de la agricultura de exportación con fincas de gran tamaño (para la escala tinerfeña) que se han construido sin apenas atención al paisaje: sorribas de tierra traídas del Norte (mucha de Teno), enormes desmontes y muros de contención, amplias superficies de invernadero. Pero, si bien es cierto que las actuaciones agrarias de los últimos cuarenta años no han sido por lo general nada modélicas, el principal factor de deterioro paisajístico se debe sobre todo al abandono de la actividad y a la aparición de usos residuales, todo ello sin el más mínimo control, generándose así una imagen sucia, propia de un basurero. No es casualidad que en toda esta amplia banda del municipio isorano, desde la carretera costera hasta el eje de medianías (la TF-82, ahora casi sin tráfico desde la puesta en servicio de la autopista TF-1) no haya ningún sendero; no es porque no puedan trazarse y ponerse en uso sino sencillamente porque no es éste un territorio que convenga mostrar a turistas. El primer ejemplo de fealdad nos lo encontramos nada más girar hacia la derecha por la pista de la Gambuesa: fincas abandonadas en las que ahora se depositan vehículos y otras chatarras; solo los muros de piedra atestiguan los cultivos que ya no están (La Gomera al fondo).



La pista asfaltada por la que subimos es una larga recta de un kilómetro. Luego el terreno se empina y el trazado se vuelve sinuoso y así seguirá durante los casi tres kilómetros siguientes, hasta que la pista desemboque en la carretera que viene desde Playa de San Juan, la TF-463. El paisaje no varía respecto de lo ya descrito: fincas de plátanos al aire libre y bajo invernaderos pero muchas, demasiadas, abandonadas, incluyendo las correspondientes construcciones. Pronto nos encontramos con una antigua vivienda, los muros sin vestir y los vanos tapiados, los bancales languideciendo. Frente a la fachada dos hermosos laureles; opina Jorge que debieron plantarlos cuando levantaron la edificación, tal vez en los sesenta. Luego más arriba nos topamos con una edificación ruinosa de mayor tamaño que debió ser la vivienda principal de una explotación importante; ahora está en venta. Un poco más adelante aparece otra edificación dividida en cuartos que debían ser los dormitorios de los peones agrarios. Al llegar a la carretera, en la zona llamada Lomo el Balo, la ruta prevista continuaba atravesando una finca privada para enlazar con otra pista que llegaba casi directamente al núcleo de Guía. Pero unos perros –estaban atados y ansiosos por ser acariciados– y un letrero de prohibido el paso nos aconsejaron desistir y seguir por la carretera (luego, en casa, pude comprobar que, si hubiéramos bajado por ella en vez de subir, a solo 250 metros habríamos encontrado ese camino público y la distancia habría sido bastante menor). En fin, que caminamos cuesta arriba por la carretera, mirando de vez en cuando a nuestras espaldas las panorámicas del paisaje ya descrito con el mar y La Gomera al fondo, y al cabo de dos kilómetros llegamos a la glorieta que han construido bajo la autopista; eran más o menos las once de la mañana, llevábamos recorridos unos siete kilómetros y habíamos subido hasta los 500 metros sobre el mar.


Los novecientos metros que nos quedan para llegar a la TF-82 ya en la capital municipal corresponden al tramo final de la carretera de Playa de San Juan, pero totalmente remozada con motivo de la prolongación de la autopista del Sur; ahora, más que una carretera local, se ha convertido en un ramal de conexión a aquélla y, por lo tanto, con bastante más tráfico. Sin ninguna incidencia entramos en el casco urbano por la carretera que, en ese tramo de travesía, se llama Avenida Isora y es el eje más comercial del núcleo. Giramos hacia el interior por la calle acertadamente bautizada como La Entrada, doblamos luego por la calle de Arriba, después hacia abajo por los callejones del Mentidero y del Pilón, volvemos a aparecer en la carretera general, giramos hacia adentro por la calle de la Cruz y nos detenemos un momento a ver el nuevo centro cultural y auditorio, por fuera nada más porque está cerrado. El edificio se inauguró en 2005 pero yo no lo conocía y eso que desde entonces he venido aquí más de una vez. El edificio no está mal aunque, para mi gusto, abusa de demasiados materiales en fachada (aplacados, piedras, hormigón visto, vidrio). Unos metros más arriba, cruzando la calle de Abajo, está la plaza del pueblo, con el Ayuntamiento en un lateral y la iglesia de Nuestra Señora de la Luz en el centro. El edificio del consistorio es un palacete urbano del XIX de muy digna factura y que ha sido restaurado no hace mucho; la fachada está pintada en un verde suave que queda muy bien con la piedra gris de las jambas de los vanos y de las cornisas. En cuanto a la iglesia, su apariencia no deja de ser curiosa, en especial la torre central, ecléctica con alusiones al neogótico y al neomudéjar; además, al estar pintada de blanco se refuerza su imagen de tarta de boda. En realidad, los inicios del templo se remontan a mediados del XVI, primero una sencilla ermita que a principios del XVIII se amplió para convertirse en iglesia de dos naves con espadaña. El famoso aluvión de 1879, que arrasó gran parte del casco urbano, dañó muy gravemente el edificio que empezó a reconstruirse a inicios del XX, erigiéndose la torre en la década de los veinte. Por cierto, esta advocación mariana está en el origen del nombre del municipio. Éste fue bautizado en su origen solo Isora, término de procedencia guanche, pero en el XVI apareció una imagen de la Virgen de la Luz y en su honor se decidió anteponer el nombre de Guía. Lo de que se aparezcan estatuas de la Madre de Cristo en esta Isla es casi costumbre (recuérdese la leyenda de la de Candelaria) pero me cuesta entender cómo sabían de cuál de las innumerables se trataba. Hay una leyenda que remonta la devoción a Nuestra Señora de la Luz a la época de los visigodos, así que puedo creer que ya en el XVI fuera bastante popular entre los castellanos. Y en cuanto a lo del término , supongo que será porque con su luz la Virgen nos guía por el buen camino, pero no he podido encontrar ninguna confirmación en tal sentido. Leo que la imagen original de la Virgen de Guía se encuentra en el convento de las Franciscanas Concepcionistas de Garachico; la que preside el interior del templo es de mediados del XIX, atribuida al escultor Fernando Estévez de Salas, artista orotavense y máximo exponente del neoclásico canario.



Dejamos atrás la plaza de Guía subiendo por la calle de Los Chorros, probablemente así llamada porque su trazado es adyacente y paralelo al barranco que aquí se llama de Aripe pero más arriba de Tágara, rico en manantiales que dieron el agua al pueblo. Llegamos al edificio de la policía local y doblamos a la derecha por Don Manuel Gorillo y luego de nuevo a la izquierda por Las Britas. La calle acaba frente a una casa junto a la cual nace el sendero PR TF-70 que va a Boca Tauce pasando por Aripe y Chirche; en cuanto avanzamos unos metros giramos la cabeza y vemos las fachadas traseras, una de las más horribles muestras de fealdad que cabe imaginar; cuesta entender que, siendo éste un sendero que promociona el propio Ayuntamiento no haya emitido una orden de ejecución para exigir a los propietarios unas mínimas condiciones de ornato. Superado el shock iniciamos esta última parte de la etapa, esta vez sí por un sendero rural, pavimentado con guijarros volcánicos, y no por pistas o carreteras asfaltadas. El paisaje cambia a mejor, por supuesto: matorrales y abundantes tuneras, bancales más pequeños y más adaptados a la orografía con cultivos para consumo interno (hortícolas, vid), las montañas boscosas en el horizonte (y hacia atrás el mar y La Gomera, claro) y lo más llamativo: la pléyade laberíntica de tuberías de agua que cruzan el territorio en diversas direcciones: una imagen alucinante. También nos encontramos con algunas eras de circular perfección perimetradas con piedras, vestigios de la cultura cerealística que tan importante fue en la comarca. Es solo un kilómetros y medio, y ciento treinta metros de desnivel (de los 610 a los 740 msnm), lo que separa el casco de Guía del pequeño núcleo de Aripe. Recorrerlo nos lleva media hora que, teniendo en cuenta la pendiente no está mal.


Hacia las doce y media llegamos a la primera casa de Aripe, una vivienda tradicional preciosa que con toda seguridad la han arreglado para alojamiento vacacional (me apunto buscarla en air b&b). El sendero a Chirche sigue por la derecha; es el llamado Camino Viejo por el que discurría la tradicional romería que llevaba la Virgen de la Luz a la vertiente norte de la Isla. Pero optamos por ir a la izquierda para pasear por el pequeño pueblo y subir por el camino nuevo, el que se abrió a principios del XX hacia las Cañadas y que hoy es la carretera que une Guía con Chirche. Tanto Aripe como Chirche están declarados conjuntos históricos desde 2008 debido a su arquitectura tradicional, caracterizada por gruesos muros de mampostería con cubiertas de teja árabe sobre estructura de madera de tea. Aripe tiene además fama porque aquí, en una zona aterrazada por antiguos bancales, se descubrió en 1980 un yacimiento guanche con grabados sobre las rocas: figuras de animales, signos geométricos y una media docena de figuras humanas, algunas ataviadas con vestimenta y armas, que constituyen la primera muestra de arte rupestre de la isla. El caserío no es muy grande pero se advierte que vivió mejores tiempos; hoy apenas llega a los cien residentes, aunque cada vez hay más casas arregladas para el turismo rural. Seguimos la ruta por la carretera para cubrir el kilómetro escaso que nos separa de Chirche (pero un desnivel de otros 130 metros). Al llegar a las primeras casas de este pueblo –hacia la una– nos metemos en un bar a tomar unos refrescos y una tapa de garbanzas que estaban ácidas. Media hora después nos montábamos en mi coche para bajar a Fonsalía, donde dejé a Jorge. Luego hora y cuarto de trayecto hasta casa; serían las tres cuando llegué. Fin de una etapa de once kilómetros y medio de caminata; será en la próxima cuando cuente algo de Chirche.


martes, 1 de enero de 2019

Una propuesta inviable en el asunto catalán

Por lo visto, las peticiones que Torra le hizo a Sánchez en la reunión del pasado día 20 en Pedralbes se basaban en la premisa de que Cataluña tiene derecho a la autodeterminación. No es ocioso recordar que ese presunto derecho, indisolublemente vinculado a la proclamación de Cataluña como sujeto del mismo, está en el inicio del proceso soberanista. Recuérdese aquella masiva manifestación que recorrió la Gran Vía barcelonesa el 18 de febrero de 2006 bajo el lema «Som una nació i tenim el dret de decidir» (ya hace casi 13 años: ¡qué barbaridad!). A partir de ahí, poco a poco, se ha ido construyendo el discurso tantas veces repetido e incluso se enuncia como si fuera un dato incontestable del derecho internacional que, por tanto, ha de imponerse a la propia Constitución. De hecho, éste fue el razonamiento que explícitamente se recoge en el preámbulo de la Ley 19/2017, de 6 de septiembre, del referéndum de autodeterminación: los pactos sobre Derechos Civiles y Políticos y sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales, aprobados por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 19 de diciembre de 1966, ratificados y en vigor en el Reino de España desde 1977 –publicados en el BOE de 30 de Abril de 1977– reconocen el derecho de los pueblos a la autodeterminación como el primero de los derechos humanos; la Constitución española de 1978 determina en el artículo 96 que los tratados internacionales ratificados por España forman parte de su ordenamiento interno y, en el artículo 10.2, establece que las normas relativas a los derechos fundamentales y las libertades públicas se interpretarán de acuerdo con los tratados internacionales aplicables en esta materia. La conclusión para el Parlamento de Cataluña fue que el pueblo catalán tiene derecho a la autodeterminación.


 Naturalmente, esa Ley 19/2017 fue declarada inconstitucional y nula mediante sentencia de 17 de octubre de 2017. En dicha Sentencia, el Tribunal Constitucional aclara que diversas resoluciones de las Naciones Unidas han acotado el derecho a la libre determinación a los casos de «sujeción de pueblos a una subyugación, dominación y explotación extranjeras», añadiendo que no debe invocarse para «quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país». También los magistrados señalan la obviedad de que pretender que el derecho a la autodeterminación (entendido como lo hace el Parlament) haya sido incorporado al ordenamiento jurídico español habría supuesto el contrasentido de negar la propia soberanía del Estado en virtud de la cual se habrían asumido dichos pactos internacionales. Diré, aunque mi opinión sea irrelevante, que comparto plenamente la interpretación del Tribunal Constitucional y, por tanto, considero que ni Cataluña ni ningún otro de los presuntos pueblos del Estado español ostenta derecho alguno a la autodeterminación.

Sin embargo, hemos de pensar que no pocos catalanes están convencidos de que, en el marco del derecho internacional, Cataluña tiene derecho a decidir su futuro, incluyendo la opción de conformarse como estado independiente. Gracias a la hábil estrategia de los conductores del procés se ha ido asentando entre muchos catalanes la idea de que ese derecho reconocido les es negado por un Estado opresor, que carece de las mínimas garantías democráticas, entre ellas de la separación de poderes e independencia judicial. Por eso, claro está, no se reconoce al Tribunal Constitucional (o a cualquier otro) y sus sentencias no gozan de ninguna autoridad, no van a convencer a nadie, más bien refuerzan las convicciones previas. Para colmo, pese a que a mí me parece fuera de toda discusión inteligente que el derecho de autodeterminación acordado en 1966 no es aplicable a Cataluña, hay unas cuantas personas de prestigio que no lo ven tan claro; es más, incluso hay voces que consideran (nunca lo dicen con absoluta rotundidad) que los catalanes podrían tener derecho a autodeterminarse como Estado independiente. No seamos pues tan ingenuos de pensar que todo está muy claro; hay suficientes ambigüedades y matices como para que los independentistas puedan sostener sin caer en el ridículo –por el contrario, con credibilidad– que Cataluña tiene reconocido el derecho a la autodeterminación y el Estado español se lo niega.

Ante esta situación, se me ocurre que quizá no fuera mala estrategia que desde el Gobierno español se plantease a la Generalitat que, aun entendiendo que Cataluña no tiene derecho a la autodeterminación, se estaría dispuesto a someter el asunto a un dictamen internacional, garantizándose el rigor jurídico y la imparcialidad. Es decir, que una comisión del más alto nivel jurídico se pronunciase sobre si el derecho de libre determinación de los pueblo, proclamado por la ONU en 1966, es de aplicación a Cataluña. Por supuesto, los dirigentes de los partidos que sostienen el gobierno catalán deberían comprometerse, así como el ejecutivo español, a respetar y acatar el dictamen.

A mi modo de ver, esta oferta desde el lado “español” sería tremendamente positiva en sí misma. De entrada, porque a cortísimo plazo tendría la bondad de desactivar el cansino discurso de que la única respuesta que da el Estado es la represión política y judicial; de pronto, los independentistas se quedarían en fuera de juego, desconcertados. Además, implicaría una especie de tregua, muy necesaria para posibilitar que en vez de las proclamas demagógicas e incitaciones a la violencia, empezaran a escucharse discusiones con un mínimo de sustancia argumental. Finalmente, estoy convencido de que el resultado de ese dictamen sería negativo, establecería que ese “derecho universal” no es aplicable a Cataluña. Ello, desde luego, no significaría que los independentistas renunciaran a sus anhelos, pero al menos habrían de renunciar a parte de las mentiras que alegremente exponen, perderían esa falsa pretensión de legitimidad y, probablemente, unos cuantos de sus acólitos abandonarían sus filas. Para mí, lo más importante es propiciar la disminución del porcentaje de independentistas como única vía para evitar la confrontación. Y, por cierto, si alguien me dijera que cabe la remota probabilidad de que ese comité de juristas concluyera reconociendo el derecho catalán a la autodeterminación, contestaría que habría de aceptarse y actuar en consecuencia (o sea, impulsar desde el Gobierno español los pasos legales procedentes, en el marco de la Constitución, para que los catalanes pudieran ejercer ese derecho). Para mí la unidad de España no está por encima del Derecho y, desde luego, me es mucho menos importante que evitar conflictos sangrientos (que parece que es lo que algunos desean).

Pero sé de sobra que hoy por hoy esta propuesta es absolutamente inviable. Y lo es desde los dos lados. La Generalitat nunca aceptaría vincularse a un dictamen jurídico neutral, por más que sus líderes cacarean reclamando la intervención internacional (mientras saben que el Estado no la acepta). No aceptarían porque saben de sobra que ello supondría deslegitimar su discurso. De otra parte, los dos principales partidos que claman por el 155 (a los que hay que sumar al nuevo) se precipitarían con salvaje entusiasmo a acusar al Gobierno de rendición humillante ante quienes quieren romper España y, lo más lamentable de todo, es que ese discurso encontraría un enorme apoyo entre los españoles (de modo que el Gobierno no se atrevería). Es muy triste comprobar cómo este país parece cada día más polarizado sin espacio para quienes buscan acuerdos, aparcar las emociones (emociones negativas, aclaro) frente a la razón. El otro día escuché que esta radicalización de las opiniones en relación a Cataluña no difiere demasiado de la que había en 1936. No comparto esa opinión, pero sí creo que el camino que llevamos es preocupante y que no conduce a nada bueno. En fin, ya pueden suponer cuál es uno de mis deseos para 2019.