domingo, 24 de enero de 2021

De Bajamar a Punta del Hidalgo por el Moquinal y Aguacada

Ayer sábado, Jorge y yo investigamos alguna ruta que uniera los dos núcleos costeros de La Laguna por el interior de Anaga y, combinando varias de wikiloc, dibujamos una que prometía un recorrido placentero no exento del justo y necesario esfuerzo. Quedamos a las ocho en la carretera general junto al Centro de Educación Primaria de La Punta del Hidalgo. Jorge se pasa a mi coche y vamos hasta la glorieta antes de Bajamar y entramos por una pista asfaltada que sirve a fincas agrícolas; avanzamos un poco y aparcamos el coche. La pista acaba unos metros más arriba (a 365 de la glorieta) y ahí, girando a la derecha, empieza propiamente el sendero, a unos 100 metros de altitud (se puede seguir recto, pero es propiedad privada), con una señal que indica que por él se llega a Tegueste y a la Cruz del Carmen (es el sendero homologado PR TF-12, por el que iremos durante un buen trecho). Enseguida giramos a la izquierda y seguimos un camino ascendente por la ladera del barranco de la Goleta. El camino es de grava compactada en estado muy aceptable. Como coge altura rápidamente, muy pronto se abren unas panorámicas excelentes hacia la planicie costera de La Laguna (mirando hacia atrás) y hacia la cuenca de la Goleta, que ya es el término municipal de Tegueste. A unos mil seiscientos metros hay una desviación que baja para cruzar el barranco e ir hacia Tegueste, pero seguimos por el PR TF-12 ascendiendo progresivamente durante otros ochocientos metros más o menos, hasta alcanzar los 430 metros de altitud. En ese punto el sendero gira unos noventa grados, pasando a la ladera noreste del lomo los Cardillos y, consiguientemente, abandonando el barranco de la Goleta; nos toca seguir ahora la barranquera que separa este lomo del picacho de las Aguilillas. Si consideramos la inmensa cantidad de accidentes topográficos que hay en este territorio (lomos, picos, barrancos, hoyas, saltos, degolladas, riscos y un largo etcétera) asombra que cada uno de ellos tenga denominación específica.

 
Los siguientes ochocientos y pico metros son una subida de mayor pendiente (en torno al 30%). El camino se estrecha y se vuelve más sinuoso para trepar la ladera, pero sigue estando bien conservado y no es difícil de caminar. Además, el paisaje también asciende en belleza y espectacularidad. Ruderales y enredaderas tapizando el sendero, tabaibas amargas, inciensos, espinos, cenizos y brezos (la mayoría de las especies matorral de sustitución de la vegetación potencial); también aparecen arbustos de mayor porte como algunos almácigos y guaidiles (creo) y árboles poco densos, como acebiños, laureles y hasta un pino canario solitario y fuera de su hábitat (en La Palma, según me cuenta un amigo, se dejaban crecer pinos en los lindes de las propiedades para identificarlas, y se les llamaba "de marca"; quizá éste obedece al mismo motivo). Nos rodean los imponentes lomos y montañas de esta parte del Macizo, con distintas tonalidades de verdes según cómo les da el sol de esta mañana que, cada vez va pegando más fuerte. A nuestra espalda el panorama cubre casi la totalidad de la vertiente norte de la Isla, presidido por el majestuoso Teide que aun no ha perdido las nieves.
 
 
Hacia las diez y cuarto llegamos a una vivienda edificada en la ladera, en la que un hombre trabajaba en un estrecho bancal; allí nos detuvimos a devorar los bocatas y reponer líquidos. Durante los siguientes seiscientos metros el sendero, bastante más ancho, discurre entre árboles, ascendiendo suavemente la ladera, con rumbo sureste primero y luego norte, hacia la degollada de Solís. Degollada, por cierto, es un término canario que alude a una depresión, generalmente de un lomo, que sirve de paso entre barrancos o entre laderas; su análogo peninsular serían los collados y los puertos de montaña. Seguramente, la degollada más conocida de Canarias es la de Peraza, en la isla de La Gomera, así llamada porque en ese lugar en 1488, Hautacuperche, un aborigen gomero, degolló a Hernán Peraza, el castellano señor de la Isla. ¿Habrá que pensar que el topónimo proviene de esta ejecución histórica? Corto la digresión y sigo la ruta: el camino desemboca en lo que ya es una pista forestal casi llana por la que nos cruzamos con bastantes paseantes. Los primeros doscientos cincuenta metros se dirige hacia el sur, bordeando la ladera del Roque Moquinal, tristemente célebre porque en su entorno se escondía uno de los más famosos asesinos tinerfeños, Dámaso Rodríguez Martín, apodado el Brujo del Moquinal (me reprimo y no digo más). Luego la pista gira hacia el este, rumbo que mantendrá hasta la Cruz del Carmen, pero nosotros solo caminamos por ella algo menos de cuatrocientos metros. A la altura del Cabezo de las Rosas nos desviamos por un estrecho sendero descendente con un cartel al inicio que advierte que es un acceso solo para vecinos.

Este nuevo y estrecho sendero discurre desde los 752 a los 683 msnm en un entorno boscoso (laurisilva) durante unos quinientos metros por la ladera de Lomo Los Picachos. A los tres minutos pasamos por el muro de contención de una finca en la que se intuye que hay una vivienda, más adelante una roca excavada en lo que podría ser un antiguo abrevadero, luego uno chamizo junto a unas pequñeas huertas abandonadas. Al cabo de un cuarto de hora desaparecen los árboles y se nos abre un espectacular panorama hacia la izquierda, que se corresponde con la cuenca del barranco de Flandes o de La Hoya, (que más adelante veremos mucho más de cerca) y otro que no lo es menos hacia la otra cuenca. Llegamos a un pequelo promontorio que se llama El Picachillo; a la derecha hay dos dragos gemelos y a la izquierda una casa que parece abandonada junto a otra edificación horadada en la roca. Este picachillo marca un alto en el camino: hay que subirlo y luego bajar por las rocas coun cuidado. La continuidad del sendero, en ese punto, no se ve muy clara. Jorge sigue por la parte alta y yo lo intento más abajo; al final, ninguno de los dos ha acertado, la ruta correcta está en medio.

 
El siguiente tramo tiene unos mil doscientos metros de longitud pero, como ahora contaré, hicimos doscientos más y otros doscientos de retroceso. Los primeros metros discurre por el Lomo Siete Fuentes y sigue por la cumbrera entre las dos vertientes hasta Cabezo la Casilla (unos 300 metros). En esta parte abunda el matorral bajo y el sendero está empedrado irregularmente. Alcanzados los 640 metros de altitud, el camino cae por la ladera que da hacia la cuenca del Barranco Seco y se torna de tránsito más difícil (estrecho y bastante invadido por la vegetación). Pero pasado ese tramo, se llega al sendero local Juntadero - Homicián, con un un trazado claro, perfil más o menos a nivel (ligera pendiente ascendente) y  suelo de tierra bien compactada. En esa última parte, el sendero traza una curva que se abre a la cuenca de dos barranquillos que desembocan en el Barranco Seco, ofreciendo unas vistas magníficas. Ahí está también, a mano izquierda, la Gollada de Agudo, una abertura en la ladera hacia la vertiente del barranco de Flandes, remarcada por unos megalitos pétreos bellamente esculpidos por la erosión que recuerdan el paisaje lunar de las Cañadas. Ahí es justamente donde deberíamos desviarnos del sendero, para pasar a la otra cuenca. Sin embargo, no nos dimos cuenta y seguimos de largo doscientos metros más hasta llegar a una meseta enclavada entre varias montañas. Al este se levanta el Monte del Morro, por cuyas laderas continúa el sendero por el que venimos (y por ahí siguen tres chicas con un perro que caminaban detrás de nosotros). Al oeste está la sucesión de roques que, alineados de sur a norte, forman la barrera divisoria de vertientes: risco de Lucas, roque los Cardos, roque Aguacada, roque de las Aguilillas, pico la Gallina y pico de las Aguilillas. Cuando llego al lugar veo que Jorge, que me llevaba ventaja, está subiendo la cuesta de la primera de esas montañas. Aprovecho para regresar a la Gollada de Agudo y verificar que, en efecto, es por ahí por donde va la ruta. Vuelvo a esperarlo, se lo digo, discutimos porque él prefiere  seguir el camino, pero retrocedemos e iniciamos el el tramo más espectacular del día (y también el que exige más cuidado).
 
 
Hacia la una menos diez cruzamos por la Gollada de Agudo a la vertiente del barranco de Flandes (que también aparece en la carto como barranco de la Hoya pues desemboca junto a este barrio de La Punta). El paso es complicado porque se salva un desnivel de nueve metros bajando por unas rocas casi verticales. El sendero en que nos encontramos es una estrecha muesca horadada en la ladera oeste del macizo formado por los promontorios antes citados –risco de Lucas, roque los Cardos, roque Aguacada, roque de las Aguilillas, pico la Gallina y pico de las Aguilillas–. Es un sendero colgado, no apto para quienes tengan vértigo, y para más males se encuentra en bastante mal estado de conservación; además, es unos cuantos tramos la pared de roca que llevamos a la derecha ha tenido desprendimientos y amenaza con desmenuzar nuevos bolos en cualquier momento. Pero, ese chute de riesgo, temor y adrenalina lo compensa sobradamente el paisaje de la cuenca del barranco de Flandes: se tiene la sensación de estar visitando un mundo cerrado y prohibido, en el que nos hubiéramos colado sin permiso. Pasado el risco de Lucas, a unos 150 metros del inicio del sendero, deberíamos habernos desviado hacia la izquierda bajando la ladera del roque los Cardos hasta llegar a la cota de 350 msnm y seguir por esa altitud hasta dar la vuelta al pico de las Aguilillas y llegar a la zona de los Andenes. Sin embargo, no vimos la desviación y caminamos por el estrechísimo sendero que va por adosado a los riscos entre 40 y 50 metros por encima de la ruta. Vamos despacio por lo dificultoso de la ruta pero también porque el panorama pide ser disfrutado. Más o menos a la altura del Aguacada aparecen numerosas mordidas en la ladera y partes de la pared con desprendimientos. En esta zona tanto las rocas de la montaña como el propio camino son de un rojo intenso muy bello que justifica el topónimo de Andén Colorado que tiene este paraje. Más adelante nos encontramos con una verja y una puerta hecha de tablones, junto a grandes piedras extraídas (¿o desprendidas?) de la pared. A medida que el sendero se aproxima a las faldas del Pico de las Aguilillas se nos abre una vista magnífica sobre la Punta del Hidalgo que se domina en toda su extensión. Pero enseguida, justo antes de dar la cruva al cerro para orientarnos hacia el Este, me encuentro con un derrumbe que interrumpe la continuidad del camino. Jorge, que se había adelantado (o yo retrasado), no está a la vista. Paso un rato pensando como seguir y al final descubro una vía posible de bajada (para nada un sendero) que me lleva desde la cota 385 a la de 340 msnm (esto lo compruebo más tarde en mi casa). Al llegar abajo veo que estoy en un sendero y la aplicación de wikiloc en el móvil me suena para advertirme que he vuelto a la ruta programada (la que, como ya he dicho, no supimos encontrar en su momento). Son las dos y cuarto; recorrer este tramo nos ha llevado una hora y veinticinco minutos para una distancia de solo mil ochocientos metros: a una velocidad media de solo 1,27 km/hora.

 
Estoy pues en la ruta. A mi izquierda tengo la ladera a cuya falda en forma de abanico se extiende la práctica totalidad de la extensión urbana de La Punta del Hidalgo, entre el barranco de la Hoya (o de Flandes) al sur y Barranco Seco al este. Si miro de frente, más allá de esta ladera, veo los abruptos escarpes de Anaga. He de seguir con rumbo este y más o menos a nivel (algo por encima de los 340 msnm) durante unos doscientos metros y luego, al llegar a Los Andenes, girar hacia el sur. Pero no sé dónde esta Jorge; grito pero no me contesta. Al poco me suena el móvil que hace solo unos minutos que tiene cobertura. Por lo visto, en el punto donde yo bajé él siguió por la misma cota (no entiendo bien cómo lo hizo porque a mí no me pareció posible). Retrocede y trata de encontrar mi vía de descenso pero sin éxito; así que decidimos ir caminando  paralelos en el mismo sentido pero él cuarenta metros más alto. Casi cuando el sendero va a trazar la curva, encuentra una zona por la que puede bajar y volvemos a juntarnos. Tras girar hacia el sureste seguimos por la misma trocha (pedregosa, mal definida e invadida por la vegetación) otros doscientos cincuenta metros en suave descenso. Luego volvemos a girar –a la izquierda, hacia el noreste– y bajamos la ladera contra pendiente entre bancales antiguos ya abandonados; en solo ciento cincuenta metros descendemos casi 60 metros (de 335 a 278 msbm) y llegamos a un sendero que viene subiendo desde El Homicián (sale desde el camino del Bucio y cruza el barranco) y que, si lo tomáramos hacia arriba (derecha) nos llevaría al sendero homologado PR TF-11 que enlaza El Homicián con la Cruz del Carmen. Nos dirigimos, sin embargo, hacia la izquierda y vamos descendiendo por un sendero bastante más transitable con un trazado bastante recto en su primera mitad y zigzagueante en la segunda, que discurre entre terrenos agrarios en su mayoría abandonados y con el faro de La Punta como referencia frontal. Tras un kilómetro de bajada, llegamos al punto en que el camino gira a la derecha para cruzar el barranco del Homicián y entrar en ese barrio. Nosotros hemos de ir en sentido contrario (hacia el oeste), pero nos encontramos una valla que cierra el paso. Si embargo, un poco hacia la izquierda se puede pasar y cruzar entre bancales hasta llegar a un sendero a nivel  –que sigue siendo privado; de hecho, poco antes del final hay una cancela que por fortuna está abierta– que acaba en el camino Lagarete. Estamos ya en viario municipal, una calle de fuerte pendiente por la que descendemos hasta la carretera general, pasando por el muro del colegio público. Son las tres y veinte de la tarde y hemos llegado al final de la etapa de hoy: 11,200 kilómetros que nos han costado siete horas; una velocidad media bajísima (cuento las paradas), lo que da idea de que la caminata tenía sus dificultades.

domingo, 17 de enero de 2021

El Camino de las Lecheras

Hasta hace apenas medio siglo, una de las más importantes fuentes de ingresos de los ayuntamientos españoles eran los arbitrios que se imponían a las mercancías que se introducían en los cascos urbanos, la mayoría de ellas artículos de primera necesidad. El impuesto, heredero de las alcabalas de la época musulmana, tuvo distintas modalidades, pero en su última etapa, desde mediados del XIX hasta 1962, se cobraba en unas casetas situadas a las entradas de las poblaciones que se denominaban fielatos, término derivado del fiel o balanza que se usaba para el peaje. Hay que decir que este arbitrio era uno de los más odiados, muy especialmente por las clases humildes, y provocó bastantes revueltas en muchos lugares del país. Las tasas eran con frecuencia abusivas (se solían calcular para alcanzar la recaudación requerida para cuadrar el presupuesto municipal) y ello alentaba a los productores a buscar medios para eludir el pago. Por ejemplo, introduciendo mercancías en las ciudades antes del amanecer, que era cuando se abrían los fielatos; a esa práctica se la llamaba pasar género ‘de matute’ (y a los contrabandistas, matuteros), términos derivados de ‘matutino’. 
 
Hasta los años sesenta, el abastecimiento de leche en la ciudad de Santa Cruz corría a cargo de las campesinas laguneras que todos los días “se levantaban muy temprano, cargaban sobre su cabeza una cesta de mimbre, llena de cazos de leche recién ordeñada y, después de dos horas de caminata, llegaban a Santa Cruz y comenzaban a recorrer las casas de sus clientas dejándole el nutritivo alimento con el que cada día se desayunaban” (José Manuel Ledesma Alonso). Si estas mujeres hubieran bajado por la carretera general habrían tenido que pasar por más de un fielato y abonar el obligado arbitrio. Para evitarlos, transitaban por rutas que no solía vigilar la Guardia Civil, veredas que discurrían por los valles y montañas del macizo de Anaga. De este modo el sendero que discurría entre La Laguna y Santa Cruz por los Valles (cuyo trazado probablemente exista desde los primeros años tras la conquista) pasó a denominarse Camino de las Lecheras. Parece que recientemente el Gobierno de Canarias ha realizado obras para recuperar y acondicionar este sendero (aún no homologado) que, por su situación, es bastante transitado por vecinos del área metropolitana. Esta es la ruta que decidimos hacer hoy.
 
 
A las ocho de la mañana llegaron Jorge y Álvaro a mi casa de Santa Cruz, me subí a su coche y seguimos hacia La Laguna. Tomamos la Vía de Ronda y salimos ya pasado el casco urbano al camino del Bronco, calle asfaltada y estrecha que va trepando por las laderas que enmarcan la ciudad por el oriente. Seguimos por la prolongación del Bronco, que es el Camino de Lomo Largo, viario de similares características pero con muchas menos casas a sus márgenes y con trazado orientado al Norte, más a nivel, por lo que se abren buenas vistas hacia la Vega lagunera. Luego la calle vuelve a cambiar de nombre para convertirse en la del Laurel; aparcamos casi al final de ésta, en uno de los pocos espacios llanos junto a la vía. Son las ocho y media cuando empezamos a caminar. El primer kilómetro, más o menos, sigue el trazado de la Cañada Verde que ya recorrimos, pero en sentido inverso, el domingo 20 de diciembre. Pasado el pico Gonzaliánez y poco antes de llegar al camino del mismo nombre, el sendero se bifurca y tomamos el ramal de la derecha, hacia el Este. 
 
 
El siguiente tramo del sendero –de unos 750 metros de longitud– discurre por las laderas meridionales de las elevaciones de El castillete y Lomo Alto, primero en suave pendiente ascendente y luego de bajada hasta cruzar el cauce del barranco de las Chozas en su inicio. El camino apenas es una angosta trocha de tierra escuetamente dibujada entre el matorral que tapiza las colinas. No es de difícil tránsito, aunque las lluvias recientes habían embarrado el firme y había que caminar despacio y atentamente para evitar resbalones. Hasta ese momento íbamos solos, pero de pronto apareció una moto de trial con el consiguiente estruendo que destrozaba la maravillosa paz que disfrutábamos. Pensando que estábamos en el interior del Parque Rural de Anaga, cuyo plan rector prohíbe las motos, a punto estuve de afearle al motorista su comportamiento. No tuve ocasión pues enseguida dio la vuelta y desapareció –visual y acústicamente– . Luego, en casa, comprobé que, aunque muy cerquita de su límite, el Camino de las Lecheras no llega a entrar en níngún momento en el Espacios Natural Protegido. 
 
 
Cruzado el barranco de las Chozas, el sendero sigue por las laderas de La Mesita, con muy escasa pendiente y características similares (trocha angosta de tierra). Recorremos un paisaje precioso y casi (en Tenerife el casi es inevitable) sin construcciones. Avanzados unos quinientos metros, el sendero se ajusta a una cumbrera (la Gollada de los Horneros) por la que discurre casi a nivel. Tras una de las curvas, horadado en la roca y apuntalado, encontramos un abrevadero y junto a él un depósito de agua conectado a la pertinente tubería de goma. Luego, hacia las nueve y media, llegamos a una pequeña explanada definida con un rudimentario vallado y de la que parten tres caminos: uno central que asciende hasta la cumbre de ese promontorio (Pico Hilario) y los otros dos, a la derecha y a la izquierda, que van ambos a Valle Jiménez, pero cada uno por la cuenca de un barranco distinto. Cuando preparé la ruta, buscando en distintas webs, la había trazado por el sendero de la derecha) occidental), que es el que sigue el barranco de Carmona. Pero un tipo joven que estaba sentado en la bifurcación nos aconsejó que fuéramos por el de la izquierda porque el que yo había grabado atravesaba terrenos privados. Le hicimos caso y creo que nos equivocamos, porque el tramo que recorrimos fue el de menor calidad paisajística de la ruta; me queda pendiente para algún día recorrer el otro.
 
 
Durante el siguiente kilómetro (o poco más), el camino mejora sus condiciones de transitabilidad: el firme sigue siendo de tierra pero más firme, el ancho aumenta y el perfil no presenta excesivas pendientes (de hecho, aunque no nos cruzamos con ninguno, por este tramo pueden circular vehículos)  Con un trazado curvilíneo por la ladera va progresivamente descendiendo para llegar al cauce del barranco de Jiménez (pasamos de los 660 a los 540 metros de altitud).  Pasado el barranco el camino va casi a cota por la otra ladera durante unos mil trescientos metros hasta llegar a las últimas edificaciones del caserío Lomo de las Casillas. Bajamos entre este grupito de casas hasta salir a la carretera de Valle Tabares (TF-111) y subimos por ella (en sentido sur) hasta el núcleo principal del asentamiento (cruce de la carretera con la calle Ventura García). Ahí, en la parada de guaguas (aquí llegan dos líneas de TITSA: la 912 desde Santa Cruz y la 228 desde La Cuesta), nos sentamos un rato a comernos los bocatas.
 

El punto en el que hemos descansado está cruzado por la divisoria municipal entre Santa Cruz y La Laguna. Si siguiéramos por la carretera insular entraríamos en el municipio capitalino y en poco más de un kilómetro aparecería el embalse de los Campitos y el barrio de este nombre. Sin embargo, la ruta va por la carretera que llega hasta el parque de Las Mesas, cuya primera parte va por la ladera oeste de esta montaña que cae del lado de La Laguna. Caminamos unos setecientos cincuenta metros por esta carretera paralelos a Valle Jiménez y, cuando empieza la curva que gira hacia el este para entrar en el municipio de Santa Cruz, encontramos una senda de tierra que baja la ladera y que está cerrada con una cadena (es el acceso a una vivienda). Bajamos por ahí, bordeamos la casa y seguimos zigzagueando la ladera hasta que la trocha se convierte en una estrecha pista asfaltada –Camino Mesita Los Valles, se llama– trazada casi en línea recta contra pendiente hasta desembocar en el Camino del Toscal, uno de los ejes viarios principales del núcleo lagunero de Valle Jiménez. En ese punto, además, confluimos con la ruta que había trazado previamente y de la que nos desvíamos. Son casi las once y media.


 
Valle Jiménez es una de las poblaciones más vinculadas a las lecheras y, según he podido comprobar, con cierta frecuencia se celebran actos alusivos a la antigua ruta y a las tradiciones vinculadas. El camino del Toscal enseguida gira hacia el sureste, por la ladera del barranco de Guerra, una hendidura rocosa entre el gran lomo que incluye Valle Jiménez y Las Mesas y la Montaña de Guerra. Esta montaña, por cierto, uno de los volcanes más jóvenes de Anaga (solo tiene alrededor de 150.000 años) parece que debe su nombre al que fue primer regidor de la Isla, Lope Fernández de Guerra, igual que la población de Valle de Guerra, fundada por él. El barranco desciende y en apenas kilómetro y medio desemboca en el de Santos a la altura del barrio de la Salud. En la ladera de enfrente hay una pista que baja hasta el cauce que, tapizado con picón, parece fácil de caminar. Me pregunto si puede hacerse una ruta siguiendo ese barranco y luego continuando por el de Santos; habrá que buscar información, seguro que alguien ya lo ha hecho. En esta zona de la confluencia de los cauces, cuando llueve, el agua que viene de la parte alta del barranco de Guerra cae en cascada; nunca lo he visto, pero Jorge sí. De hecho, también por ese entorno del Risco del Tanque se producía el abastecimiento de agua del núcleo y leo que queda aun un lavadero (pero no lo vimos). En cualquier caso, lo que es evidente es que los farallones rocosos que forman las paredes del barranco son espectaculares y además soporte de varias rutas de escalada; de hecho, vimos a unos cuantos escalando el risco.

El camino del Toscal sigue un rumbo ascendente con edificaciones a la izquierda y vistas abiertas hacia el barranco y Santa Cruz a la derecha. Al cabo de unos seiscientos metros se acaba el caserío y el asfalto y enseguida se llega al final del ascenso (estamos a unos 400 msnm), un pequeño roque que hace de mirador y donde un banco de piedra permite sentarse un rato. Desde ahí se tiene un magnífico panorama de la conurbación. A partir de aquí viene el descenso hasta Santa Cruz, en cuyo término municipal entramos nada más dar unos pocos pasos. Los primeros metros del sendero van por un terreno abierto de pendiente suave y profusa vegetación, una hoya de transición entre dos laderas abruptas. Pero enseguida entra en una de éstas, por la que ha de bajar hasta Barrio Nuevo y el barranco de Santos. El sendero se convierte en una estrecha línea arañada a las paredes rocosas casi verticales. Hay que caminar atento a dónde se pisa, pero el recorrido es magnífico y sorprendente (no nos lo esperábamos, desde luego). Cruzamos el barranquillo de las Goteras, así llamado por las goteras de las cuevas horadadas en las paredes, coladas de basalto con algunas líneas de almagres y columnas prismáticas. Luego se sigue en dirección Sur hasta el borde del Lomo Colorado, justo encima de la Cueva Roja y del Barrio Nuevo chicharrero. Unas escaleras talladas en la propia roca rosada nos permiten bajar hasta la carretera. Acabó el rústico; estamos ya en suelo urbano. Las doce y media. 



 
Al llegar a la carretera Jorge y Álvaro me estaban esperando (me había encontrado con dos amigos y había pasado un ratito conversando con ellos), sentados junto a uno de las dos aberturas de la Cueva Roja. Se trata de una cavidad de grandes dimensiones horadada en la piedra rosada de la montaña. No he descubierto si ese amplio espacio interior –bastante impresionante– es resultado de agentes naturales o humanos, o quizá se debe a la acción combinada de ambos. Tampoco sé si fue habitación aborígen (en alguna web he encontrado esa afirmación pero sin citar referencias y no la he visto en  inventarios arqueológicos), peor lo que sí está confirmado es que era lugar de descanso de las lecheras cuando llegaban a Santa Cruz. Por lo que he visto en la Red, la gente del barrio reclama desde hace tiempo que se rehabilite y acondicione la Cueva, dándole un uso público y evitando el estado de semiabandono en que se encuentra. Desde luego, la singularidad del espacio lo merece; ojalá se haga un proyecto acorde con su calidad. Por cierto, para llegar a la Cueva Roja en coche hay que subir por la carretera de Los Campitos (la que nace junto al Hospital Psiquiátrico Febles Campos) y, cuando ya se ha bordeado casi todo el perímetro oriental del Barrio Nuevo, girar a la izquierda por la carretera de la Cueva Roja. La carretera, al final, se bifurca en dos ramales, ambos rematados en fondos de saco con aparcamiento. El ramal inferior lo han bautizado como Las Lecheras.

Desde el fondo de saco se entra al barrio a través de un pasaje en escalera y seguimos por una calle peatonal descendente (la de las Lecheras) que va bordeando la ladera del lomo en el que se desarrolla la parte más característica del Barrio Nuevo: un caserío apretujado y de estrechos pasajes que trepa por el risco (desde luego, a ninguna de esas muchas viviendas se puede acceder en coche). El barrio sugió en los años treinta, con casas autoconstruidas que poco a poco se iban densificando y obteniendo, con dificultades y demoras, los que hoy consideramos servicios urbanísticos básicos. Me imagino que residiera eal final de la escalera de la foto adjunta; he salido de casa y he llegado abajo y entonces me doy cuenta de que me he olvidado algo ... Vivir aquí tiene que ser duro pero, por eso mismo, seguro que se han desarrollado lazos vecinales que ya no se dan en otras zonas de la ciudad. Recorremos toda la calle de las Lecheras y luego su continuación, la Atarjea Tahodio, hasta su extremo Sur, desde donde hay una magnífica panorámica sobre la ciudad. Ahí giramos a la derecha por Las Escaleritas que ya nos dejan en tramos accesibles al vehículo (calles Drago y Verode) y de ellas a la carretera de Los Campitos que bajamos hasta la curva en donde confluye con la calle Tajinaste. De ahí nos metemos en otra parte de edificios abigarrados y en la empinada ladera que cae al barranco. Entramos por la calle Ribera y luego por la zigzagueante y en escalera de Tamarcos para seguir por Los Santos que nos lleva al pequeño puente que cruza el cauce homónimo.

Caminamos por el viario que discurre por el otro margen del barranco, una pista asfaltada contra la ladera. Excavada en la roca está una ermita (bajo la advocación de la Virgen de la Candelaria, creo) que da nombre a este camino, pero está cerrada. Vamos hacia el Sur mirando la fachada del Barrio Nuevo sobre el barranco, un verdadero despropósito caótico y antiestético. El Camino de la Ermita acaba curvándose y empinándose para subir hasta el barrio de La Salud, junto al puente Javier de Loño Pérez. Cogemos la calle Benahore, luego la de Esther Tellado y después la de José Calzadilla, que nos desemboca en la Avenida de las Islas Canarias, hasta hace muy pocos años General Mola y, desde siempre, la carretera general a La Laguna. Estamos al lado de la glorieta Veintinueve de Mayo (conmemorativa de la primera batalla de Acentejo en la que los guanches derrotaron a los castellanos), donde viví varios años. Desde ella doblamos hacia abajo por la avenida de Bélgica y nos despedimos de Álvaro que se va al Club de Tenis, donde le espera su padre. Nosotros doblamos por la calle Comodoro Rolín y hacia las dos de la tarde entramos en el garaje de mi casa, nos montamos en mi coche y arrancamos hacia la calle lagunera del Laurel, donde sigue aparcado el coche de Jorge. 


miércoles, 13 de enero de 2021

Enésima anulación de un plan urbanístico canario

Me entero hoy de que el Tribunal Superior de Justicia de Canarias (TSJC) ha emitido sentencia anulando el Plan de Modernización Turística (PMM) del Veril, en Gran Canaria, que tenía por objeto posibilitar la implantación de un parque acuático en el Sur de la Isla. La sentencia se fundamenta en el artículo 25.4 del Texto Refundido de la Ley de Aguas (norma estatal promulgada en 2001) que establece que cuando los planes (entre ellos los urbanísticos, como es el caso) comporten nuevas demandas de recursos hídricos, previamente a su aprobación la Confederación Hidrográfica (aquí el Consejo Insular de Aguas de Gran Canaria) debe pronunciarse expresamente sobre la existencia o no de recursos suficientes. Si bien el Consejo Insular emitió informe a ese PMM, no se refirió en absoluto a la suficiencia de recursos hídricos para atender la demanda de agua que habría de generar el parque acuático que el plan calificaba. De otra parte, parece que tampoco había ninguna argumentación en la Memoria del PMM referente a las demandas hídricas y si los recursos disponibles eran bastantes a tales efectos. 
 
Al conocer la noticia mi primera reacción fue de hastío y enfado. Lograr la aprobación de un plan urbanístico o territorial supone culminar un camino infestado de engorrosas dificultades para que, unos años después, todo el esfuerzo quede anulado por obra y gracia de los señores magistrados. Porque lo cierto es que un altísimo porcentaje de los recursos interpuestos contra los planes canarios acaban con la anulación de éstos. O bien hacemos muy mal los planes o  los jueces son excesivamente severos (o quizá un poco de ambos ingredientes). Sin embargo, no es bueno precipitarse en conclusiones generales, apoyadas tan solo en resultados estadísticos; conviene analizar cada caso concreto y solo entonces valorar la corrección de la sentencia. 
 
Lo cierto es que es de sentido común que los planes deben justificar la disponibilidad de los recursos suficientes que viabilicen sus propuestas de ordenación. De hecho, no hace falta recurrir a una norma sectorial (aguas); en la propia legislación urbanística hay disposiciones de sobra de las que se concluye inequívocamente la necesidad de esa justificación. Por ejemplo, el artículo 20.1 del Texto Refundido de la Ley de Suelo y Rehabilitación Urbana (norma básica estatal) ordena a las Administraciones Públicas que, en la ordenación que hagan de los usos del suelo (los planes urbanísticos) atiendan, entre otras cosas, a la garantía del suministro de agua. La Ley del Suelo canaria, por su parte, obliga a los planes a justificar en su Memoria los principios de ordenación que señala la propia Ley, entre los que se cuentan el del uso racional del agua; parece lógico que ello implicaría como mínimo analizar el equilibrio entre la demanda y disponibilidad de este recurso para la propuesta del PMM. Finalmente, hay que suponer que el PMM debió de someterse al procedimiento de Evaluación Ambiental, en el cual debería haber sido ineludible el estudio de los efectos de la calificación de un parque acuático sobre el recurso agua. 
 
 
En resumen, lo grave no es que el informe del Consejo Insular de Aguas no se pronuncie expresamente sobre la suficiencia de recursos hídricos para la propuesta del PMM, sino que el Plan no haya analizado y justificado estos aspectos que son esenciales para la viabilidad de la propuesta. Se trata, a mi juicio, de un fallo garrafal de los redactores del Plan (la empresa pública GESPLAN), pero también de los funcionarios del Gobierno de Canarias que informarían favorablemente para posibilitar la aprobación del Plan. Y, ya puestos a imputar responsabilidades, también hay que reconvenir al Consejo Insular de Aguas de Gran Canaria por no pronunciarse en su informe sobre la suficiencia de recursos hídricos, cuando estaba obligado por Ley. Si lo hubiera hecho en muy distinta situación estaríamos porque, de haber dicho que los recursos eran insuficientes, el Plan no se habría aprobado; y si hubiera confirmado la suficiencia, no se habría llegado a esta sentencia (o no con esta fundamentación). Ahora bien, en descargo de todos los implicados en este despropósito, sépase que casi ninguno de los planes urbanísticos formulados y aprobados en los últimos años justifica la disponibilidad suficiente de los distintos recursos (no solo hídricos) necesarios para que su propuesta de ordenación sea viable. 
 
Así pues habremos de concluir que, en general, no hacemos bien nuestro trabajo y, consecuentemente, habremos de aprender, por más que nos irrite, que los magistrados no están dispuestos a hacer la vista gorda. A veces nos olvidamos de que, en un estado de derecho y democrático, las decisiones públicas (y las determinaciones de ordenación contenidas en un plan urbanístico obviamente lo son) han de estar motivadas, justificadas. Si no lo están –como parece que ha sido el caso de la calificación de un parque acuático en el PMM del Veril– es cometido de los jueces anularlas y, al hacerlo, están defendiendo la seguridad jurídica e impidiendo la arbitrariedad, de lo cual no podemos sino alegrarnos. A la vista de esta última gota de lo que lleva varios años siendo un goteo incesante de sentencias anulatorias, va ya siendo hora de que las Administraciones Públicas tomen medidas en positivo para mejorar esta situación. Y la más importante, a mi modo de ver, sería trabajar, de común acuerdo con los profesionales del urbanismo, en la elaboración de manuales prácticos de planeamiento. Enseñémonos a redactar buenos planes, incluyendo en las lecciones lo que justificarse y cómo hacerlo.

domingo, 3 de enero de 2021

Altos de Teguedite y La Sabinita (Arico)

Preparé una ruta circular enlazando dos senderos del Cabildo: el PR-TF 86 (Villa de Arico a Cumbres de Arico) y el PT-TF 86.3 (La Sabinita a Tamadaya). El punto de inicio y llegada lo fijé al final de la calle del Calvario de la Villa de Arico, donde enlaza con la pista de Los Gavilanes. Ahí quedamos a las ocho, con el cielo encapotado y la temperatura bastante baja: no parecía que en esta jornada fuéramos a pasar calor. Subimos por la pista asfaltada, al fondo la dorsal y sus laderas boscosas, una atarjea a la derecha y un paisaje agrario (intercalado con matorrales) de bancales de tosca, la preciosa piedra del Sur. A los doscientos cincuenta metros doblamos a la derecha y tomamos un precioso sendero local, el firme de tierra amarilla y parcialmente empedrado y los márgenes delimitados con toscas. Durante los primeros metros el sendero desciende con muy poca pendiente hasta que llega a las paredes del barranco de las Pasaditas y la bajada se empina. En la ruta de hoy hemos de cruzar varios barrancos, todos ellos de una belleza espectacular; pero éste es el primero y por eso vuelvo a maravillarme ante este precioso paisaje. Llegamos al cauce y nos detenemos unos instantes a contemplar la serena magnificiencia que nos rodea, a escuchar el atronador silencio que nos envuelve.
 
 
Reaudamos la marcha y ascendemos por la otra ladera; es éste un tramo sinuoso que salva unos cien metros de desnivel en 600 de planta. Luego continua casi recto por la cumbre del lomo durante algo menos de kilómetro y medio, con una pendiente también ascendente pero mucho más suave que nos lleva de los 700 a los 800 metros de altitud. El camino en esta parte está muy bien definido y conservado: firme de grandes piezas planas de tosca con arenilla y bordeado por piedras bien alineadas del mismo material. A mano derecha discurre una atarjea en tramos techada y en otros descubierta cuyas aguas han de provenir del Canal del Sur, al que pronto llegaremos. Los terrenos a la derecha son fincas de cultivo abandonadas pero a medida que ascendemos aparecen los pinos. A la izquierda queda una estrecha plataforma erial, una balconada con magníficas vistas sobre el barranco y hacia el mar, llegándose a ver la Montaña Roja del Médano. Pero quizá la vista que más nos entusiasma es la del propio barranco (llamado también de Charcos, según la cartografía) que, a medida que subimos se va estrechando y mostrando unas paredes cada vez más verticales de rocas casi desnudas de vegetación, amarillo rojizas abajo y bllanco grisáceas en las partes altas. El cauce, cubierto de guijarros, parece fácil de transitar (me lo anoto para una posible ruta futura). El barranco se bifurca y su ramal principal pasa a llamarse de la Puente y ahí mismo es cruzado por una pista asfaltada que venía paralela a nuestro sendero por el otro lomo. De hecho, en este punto, si giráramos a la izquierda y retrocediéramos unos metros por esa pista para luego seguir ascendiendo, estaríamos tomando el sendero PR-TF 86.1, una variante que llega hasta el Cercado de las Ranas y permite visitar la zona de escalada de La Puente. Pero ese tramo lo haremos otro día porque hoy giramos hacia la derecha para seguir (de momento) la ruta del sendero principal (el PR-TF 86).

Durante los primeros doscientos y pico metros el sendero asciende con un trazado sinuoso en dirección noreste; el firme, parcialmente empedrado, es arenilla, delimitado con pequeñas rocas en sus márgenes. Poco a poco, los pinos se adensan y el suelo del sendero se cubre de pinocha. Luego el camino gira en dirección norte ajustando su trazado a la cumbrera que divide las cuencas de los barrancos de la Puente (del que venimos) y de Ortiz (que cruzaremos en un rato). La pendiente se ha suavizado pero seguimos ascendiendo durante otros cuatrocientos metros, hasta llegar al Canal del Sur, que aquí está más o menos a la cota de 925 msnm. A partir de aquí, el sendero oficial sigue en dirección norte, pero nosotros nos vamos a desviar hacia el Este con la intención de llegar al PR-TF 86.3 (La Sabinita - Tamadaya). Son las diez menos diez de la mañana y este último tramo nos ha costado veinte minutos para salvar 120 metros de desnivel en unos seiscientos de longitud. Descansamos un momento junto al Canal disfrutando de las vistas..
 
 
El Canal del Sur fue, junto con la carretera general, la gran obra de infraestructura pública (pero privada) que en los primeros años de la posguerra permitió la integración económica del Sur de la Isla. Como cuenta Wladimiro Rodríguez Brito, hasta los años cuarenta el Sur terminaba en Güímar; el resto eran pequeños oasis unidos por barco o por Las Cañadas al resto de la isla. Desde principios del siglo XX se habían planteado proyectos para poner en cultivo la banda meridional, pero no llegaron a fructificar. A principios de los cuarenta, los grandes propietarios locales en alianza con la burguesía agrocomercial tinerfeña organizan la entidad Aguas del Sur S.A. y consiguen el entusiasta apoyo del Jefe Provincial del Movimiento, lo que facilitaría una muy importante e imprescindible ayuda inversora del Estado. El proyecto, elaborado en 1942 por el ingeniero Juan Amigó de Lara, definió un trazado que parte del barranco de Chifira en el municipio de Fasnia a una cota de 1.100 metros y termina en el barranco de Fañabé en el municipio de Adeje a 400 metros, desarrollando un recorrido total de 73,5 Km. Estamos en el que fue el tercer tramo del proyecto (entre los barrancos de Tamadaya, al que nos acercaremos, y el del Río, límite entre Arico y Granadilla) pero que, curiosamente, fue el primero en acabarse –a principios de 1944– pese a ser uno de los más complicados de ejecutar debido a lo accidentado del terreno. Las obras se alargaron durante ocho años, terminando con la puesta en servicio de los dos primeros tramos justo a tiempo de la visita de Franco a Canarias en octubre de 1950.
 
 
Hemos de continuar un poco a la aventura porque hemos dejado el sendero. Intuimos que algo más abajo hay una senda que va en la dirección que queremos, pero las obras del Canal se levantan aquí sobre un terraplén de unos cinco metros de altura. Jorge asciende un trecho y camina entre los pinos hasta encontrar una bajada practicable. Yo me decido a caminar sobre el canal, lo que me obliga a ir muy despacio y en precario equilibrio hasta superar los ochenta metros: no lo recomiendo. Bajada la ladera encontramos en efecto un sendero perfectamente trazado y delimitado en sus márgenes que, entre pinos, va descendiendo con muy suave pendiente hasta el cauce del barranco del Canalizo. Poco antes de llegar a éste encontramos a la izquierda una cueva horadad en la tosca perfectamente acondicionada y trancada con su correspondiente candado. Luego, cruzado el barranco, ascendemos la otra ladera por lo que ya es una pista apta para el tránsito de vehículos (al menos de todoterrenos) y que, cuando acaba en su confluencia con otra más ancha de tierra, descubrimos que es privada y está cerrada (arriba, no abajo) por una barrera con el consiguiente cartel de prohibido el paso. Estamos en un paraje denominado Huerta de los Regalado, topónimo que imagino que alude a los dueños del lugar, porque descubro que Regalado es un apellido de cierta presencia en el Sur (de hecho, el actual alcalde del vecino municipio de Granadilla así se apellida). Desde la parada en el Canal, bajando y subiendo las laderas del barranco del Canalizo, hemos recorrido setecientos metros en veinte minutos. Son las diez y cuarto.
 
 
Caminamos en dirección Sur algo más de seiscientos metros por esta nueva pista, que va por el lomo que separa los barrancos de Ortiz (el que cruzamos más arriba con el nombre de Canalizo) y del Garabato. Luego giramos a la izquierda por otra pista que, con bajada y subida, cruza el barranco del Garabato, en un ensanchamiento del cauce que está abancalado con huertas hoy abandonadas. Una vez arriba, volvemos a girar hacia la izquierda y atravesamos una propiedad privada, con una edificación sin acabar (muros en bloque sin revestir) y preciosos bancales con muros de tosca. Salimos de nuevo a una pista en dirección sur cuyo trazado enseguida forma un meandro para salvar los más de 40 metros de desnivel. Desde ahí, mirando hacia el mar, se abre un panorama grandioso, mancillado por las enormes torres de la línea de alta tensión que viene del polígono industrial de Granadilla, en la costa (y cuya instalación tanta polémica generó en su día) Tras dar la curva, recuperamos la alineación de la pista seguimos por ella durante unos trescientos metros, donde gira en curva hacia la izquierda; sin embargo, seguimos recto y bajamos a través de un bosquecillo de pinos para salir a una carretera local que viene desde La Sabinita. Las once.
 
 
En este tramo de la carretera en dirección hacia La Sabinita hay algunas edificaciones pero, sobre todo, varios estanques excavados en la tosca, alguno incluso con varios patos; el paisaje sigue siendo maravilloso, pero la presencia humana se encarga de ensuciarlo acumulando escombros. Pasados unos quinientos de descenso confluimos con el sendero PR-TF 86.3, que viene subiendo desde La Sabinita y en este punto gira al Norte hacia el barranco de Tasagaya. Justo en ese cruce, al lado de una enorme excavación (pareciera que pretendieron hacer un estanque que no llegaron a acabar), nos sentamos un rato a comernos los bocadillos. El sendero tiene firme asfaltado y un trazado recto (contra pendiente) en los primeros metros, pero luego gira hacia la izquierda para descender por la ladera. Hay una construcción algo más adelante, pero antes de llegar hasta ella, el sendero vuelve a curvarse y a empinarse para bajar hasta el cauce de un barranquillo cuyo nombre, si lo tiene, no he logrado averiguar (estamos a 633 metros de altitud). Luego viene la subida del barranquillo, un tramo corto con el sendero escalonado en la tosca entre rocas y muros de bancales abandonados. A continuación, el camino se orienta hacia el norte y se convierte en una estrecha senda que discurre, en suave descenso, por la ladera del barranco de Tasagaya. Este tramo, de algo más de medio kilómetro, me pareció el más espectacular de la ruta de hoy. El amplio barranco nos enfrenta la majestuosidad rocosa de su otra ladera y me hace sentir dentro de un entorno propio, bello y silencioso, aislado del mundo aunque, hacia el fondo, se deje ver el territorio costero con los signos de la actividad humana. Delante, un acueducto del Canal Intermedio (otra de las infraestructuras hidráulicas importantes del Sur) que cruza el barranco desde una caseta situada en la margen opuesta. El recorrido hay que hacerlo despacio, en parte debido a que las lluvias han dejado el suelo resbaloso y hay que fijarse bien dónde se pisa; pero sobre todo porque merece la pena disfrutar de la maravilla de paisaje que nos acompaña.
 
 
Los últimos metros de este tramo son un breve descenso sinuoso y empinado que desemboca en otro sendero paralelo que va por la misma ladera pero cuarenta metros más abajo. Ahí encontramos un poste indicador que nos señala que el PR-TF 86.3 sigue hacia la izquierda para cruzar el barranco de Tasagaya y acabar poco después en la Era de los Borges, en la otra vertiente. Apenas hay quinientos metros de distancia y ahora me arrepiento de no haber seguido hasta allí (aunque habría que haber ido y vuelto por el mismo camino); pero la ruta circular planificada nos obligaba a seguir hacia la derecha. Este camino esta entre sendero amplio y pista estrecha y por el mismo, con precaución, se puede circular en todoterreno (huellas de neumático así lo atestiguan). Caminamos en dirección Sur, paralelos –como ya he dicho– al cauce de Tasagaya hasta que bordeamos el risco Cho Alfonso y pasamos a la ladera de un barranquillo menor (el mismo que habíamos cruzado aguas arriba cuarenta minutos antes). La longitud de la pista es más o menos de un kilómetro y desemboca en la carretera local que sale desde La Sabinita (la misma por la que antes veníamos), casi al lado del pueblo que vemos desde arriba. Son las doce.
 

 
Hemos cubierto ya dos tercios de la ruta, los dos más hermosos porque discurrían por áreas no pobladas. Los poco más de cuatro kilómetros que nos quedan van a pasar por dos núcleos de población (La Sabinita y Teguedita)  unidos por la carretera general del Sur. Entramos al primero de estos pueblos por la calle de las Paredes y luego, al llegar a la ermita de Nuestra Señora de la Cruz (que parece un descuidado cuarto de aperos con tejado a dos aguas), giramos a la izquierda por la del Castillo para salir a la plaza, una explanada desangelada de obra reciente a la que da frente la edificación de las antiguas escuelas unitarias, de los primeros años del pasado siglo. Doblamos a la derecha por la calle del Portillo y luego por Silvestre Marrero hasta el final, donde se erige un calvario (estación del Vía Crucis) blanco con cruces verdes que puede considerarse el final o inicio del casco. De ahí seguimos cuesta abajo (giro a la izquierda) por la calle Polegre, una pista asfaltada que, tras novecientos metros de recorrido por un paisaje sin demasiado interés, desemboca en la Carretera General del Sur (TF-28).
 

Esta carretera fue, sin duda, la gran infraestructura necesaria para la integración social y económica del lejano Sur; la historia de su construcción revela elocuentemente cuan largo y dificultoso fue ese proceso. Hacia mediados del siglo XIX se elabora un primer proyecto desde Santa Cruz a Guía de Isora, en cuya memoria se insiste en la importancia y necesidad de la obra. Sin embargo, entrado ya el siglo XX la carretera solo llegaba hasta Fasnia, lo que al menos permitió la incorporación de la agricultura del Valle de Güímar a la economía exportadora insular. Luego, durante varias décadas, parece abandonarse el ideal del anillo (por el Norte la carretera llegaba hasta Buenavista) y se ejecutan carreteras locales de conexión "vertical" entre los pueblos de medianía y los respectivos puertos. Los productos agrícolas se bajaban a la costa y desde ahí se transportaban por mar hasta Santa Cruz; de hecho, desde finales del XIX se va consolidando una línea de cabotaje a modo de tren de cercanías: Santa Cruz - Abona (El Porís) - El Médano - Los Abrigos - Los Cristianos - Puertito de Adeje - Playa San Juan y de ahí a La Gomera para hacer el recorrido a la inversa. Durante la República la carretera se prolongó hasta Granadilla y en los primeros años del franquismo, antes incluso de acabar la Guerra Civil, se reanudan las obras que no se acabarán hasta los años sesenta. ¡Casi cien años de ejecución!  Y ya desde hace mucho, a medida que se fue haciendo y prolongando la autopista del Sur, esta carretera ha quedado relegada al tráfico de conexión entre los pueblos cercanos de medianía. Su trazado, sobre todo en esta vertiente Sureste, es un sinfín de curvas que obliga a una conducción pausada, incompatible con los estándares actuales. A cambio, quienes la transitan disfrutan de un paisaje maravilloso.
 
Son más o menos las doce y media cuando salimos a la TF-28, a un tramo que discurre por la ladera del barranco de Polegre. Por esa misma ladera, unos veinte metros más abajo, va el Canal del Estado de modo que ya hemos visto las tres principales infraestructuras hidráulicas de esta parte de la Isla. Cuando la carretera traza una curva cerrada para cruzar el barranco,  desde el puente admiramos el cauce encajado entre paredes rocosas y el acueducto del canal. Nada más acabar la curva, salimos de la carretera por una calle cuesta arriba llamada de La Vera que articula un pequeño caserío que supongo que se considera parte de Teguedite. Giramos a la izquierda y avanzamos en dirección Sur atravesando una hoya (bajada y subida) que probablemente fuera privada. Estamos ahora casi junto a la carretera del Sur, pero unos seis metros por encima. Seguimos paralelos a ella por un camino de tierra parcialmente empedrado que desemboca en la Iglesia de San Isidro (carente de interés) y donde se inicia la calle Los Gavilanes. Unos metros más adelante está la Casa de la Juventud de Teguesite, edificio proyectado a finales de los ochenta por un amigo mío, con una marcada voluntad de integración paisajística: volumen cúbico a la escala y proporciones de la arquitectura del entorno, empleo de la piedra puzolánica amarilla que aporta la característica unidad cromática de la comarca, continuidad del ritmo de bancales ...  
 
 
Hacia la una salimos de este barrio de Teguesite y seguimos por la misma calle que se ha convertido en una carretera estrecha y bien asfaltada que va tomando cada vez más pendiente. Justo antes de cruzar el Canal Intermedio, a mano derecha, hay un refugio de animales (Finca NaDu y amigos, se llama). Luego el paisaje ondulado de lomos y barrancos, antropizado con los preciosos bancales característicos. A los ochocientos metros desde el final del caserío, la carretera gira casi noventa grados hacia la izquierda y acentua todavía más su pendiente. Es ya el último tramo de la etapa, los últimos trescientos metros en cuesta que se hacen duros con doce kilómetros y medio de sube-baja en las piernas. A la una y veinte hemos cerrado el circuito. Nuestra llegada nos la festeja un schnauzer gigante que, aunque tiene collar, parece abandonado. Toco en la casa que hay en la esquina y una chica me tranquiliza asegurándome que el perro es de unos vecinos. Cada uno a su coche y a su casa y hasta la próxima etapa que ojalá sea tan bonita como esta.