sábado, 10 de julio de 2021
Poco a poco, muy poco a poco, voy tomando posesión de esta casa que era la casa de Luisa, la casa que ella había hecho, que estaba haciendo porque hacerla era (y sigue siendo) el cuento de nunca acabar; pero escribir ese cuento era fuente de su felicidad y ahora, ahora que tan brutalmente se ha interrumpido su escritura, me toca a mí seguir haciéndolo, aunque no tenga ganas ni sepa cómo, salvo intentar imitar la forma en que ella lo hacía, hacer mis mínimos quehaceres bajo su mirada, atento a su aprobación, buscando su sonrisa. El jueves, por ejemplo, Dana vació el mueble zapatero del pasillo. Sus cosas, poco a poco, muy poco a poco, van también yéndose, aunque no se irán todas porque todas las que hay son suyas. Recoger, ordenar, limpiar … tareas que hacemos desganados, emocionados y, sobre todo, tristes. Pero así ha de ser.
Ayer empecé a colocar zapatos míos en ese mueble del pasillo. Al hacerlo, encontré un cigarrillo, un winston algo reseco. Me acordé enseguida de lo que escribió el martes 14 de mayo de 1991, su primer día en la playa después de la operación cerebral para corregir su malformación arteriovenosa (en el mismo sitio donde apareció treinta años después el tumor que la mató). Esa mujer treintañera escribió: “… el recibir el sol en mi piel mojada con mi infalible winston en la boca es capaz de transformar la tristeza en alegría, la depresión en relax y cualquier humor de perros mañanero en la felicidad más absoluta”. Le gustaba fumar, le gustaba mucho, le hacía sentirse muy bien. Que yo sepa, siempre fumó –me cuenta su hermana que empezó a los doce años, aún en el colegio–. Cuando nos conocimos, ambos fumábamos.
Yo había vuelto a fumar después de haberlo dejado durante cuatro años, impresionado por el fulminante cáncer de pulmón que mató a mi cuñado. Fumaba, sí, pero con sentimiento de culpa, repitiéndome con frecuencia que tenía que parar, cortar la adicción. Si ya me era difícil lograrlo, sabía que si mi pareja fumaba me sería imposible. Por eso, desde los primeros tiempos de nuestra relación, le pedí a Luisa que nos propusiéramos dejarlo juntos. Pero ella no sentía el mismo rechazo, no estaba convencida como yo de que el tabaco le hiciera daño o, en todo caso, ese hipotético daño palidecía frente al placer que le proporcionaba fumar. De modo que me prometía que sí, que lo dejaríamos, pero al mismo tiempo me pedía que lo postergásemos, que todavía no estaba preparada.
Fueron pasando los meses y luego los años hasta que en 2010 murió Chiqui, un gran amigo, también de cáncer de pulmón. Así que me planté y le dije que ya teníamos que hacerlo y ella, también afectada, me dijo que sí, aunque no estaba del todo convencida y más se decidió por darme gusto en algo que era muy importante para mí pero casi nada para ella (de eso no fui entonces consciente). Decidimos –más bien lo decidí yo– que dejaríamos de fumar durante el viaje que hicimos en agosto siguiendo el curso del Danubio desde sus fuentes hasta Budapest. Nos proveímos de unas pastillas que se suponía que ayudaban durante el proceso gradual de cortar el habito y nos fuimos de vacaciones. Cumplimos disciplinadamente la progresiva reducción de las dosis nicotínicas –no recuerdo que nos generara especiales malhumores– y la última semana de agosto estábamos de regreso en Tenerife como flamantes exfumadores.
Sin embargo, Luisa no aguantó mucho sin fumar. Supongo que al principio intentaría fumar muy poco, para no volver a enviciarse y que yo no me enterase. Pero pronto volvió a dosis similares a las previas al verano y, como era inevitable, acabé dándome cuenta. Fue un fin de semana a principios de noviembre, estábamos en mi casa de Santa Cruz, yo escribiendo en mi despacho y ella en la terraza, donde aprovechó para echarse un pitillito. Por más que se lavó los dientes, el olor la delató (es curioso lo sensibles que se vuelven los exfumadores al olor del tabaco). Me acuerdo bien de la dolorosa impresión que recibí, fue como si me derribaran de un golpe. Trató de explicarse pero no quise escucharla, me sentía traicionado y al mismo tiempo sin fuerzas. Le dije que se fuera de mi casa. Estuvimos unos días sin vernos, el tiempo que necesité para que se me pasara la tristeza y comprendiera que no tenía sentido enfadarme. En un correo que ahora encuentro le decía que me daba mucho miedo que, si ella fumara, yo volvería a hacerlo. Y así ocurrió, claro.
Volvimos a fumar, y la ruptura de ese pacto, fue durante algún tiempo, no mucho, una espina en nuestra relación. Los primeros años de la segunda década del siglo fueron complicados para ambos y probablemente el periodo en que más nos alejamos el uno del otro. Durante ese tiempo cada uno se fumaba más de una cajetilla diaria y yo notaba –Luisa no– que cada vez me hacía más daño. Mas no estaba el horno para repetir esos bollos que se quemaron –ambos estábamos quemados–. Pero las aguas volvieron a su cauce y las crisis intermitentes parecieron encauzarse. Compramos la finca de Tacoronte –el sueño de Luisa– y ella empezó a plantearse dejar de trabajar hasta que lo consiguió; yo, por mi parte, acabé mis ocho años de excedencia y regresé a mi puesto de funcionario. Estábamos en una nueva etapa, mayores, más tranquilos, con ganas de disfrutar de nuestra vida juntos.
Fue entonces Luisa quien me propuso que dejáramos de fumar. Me aseguró que ahora sí estaba convencida, que esta vez lo hacía porque ella quería, no por darme gusto. De modo que el 31 de diciembre de 2015 nos fumamos los que habían de ser nuestros últimos cigarros, cumpliendo uno de los más repetidos propósitos de años nuevo. Sin embargo, aunque fuera verdad que se había convencido de que debía dejar de fumar, también esta última vez Luisa lo hizo por mí. Sé que quería regalarme su apoyo para que consiguiera dejarlo, sabiendo lo importante que era para mí y que no lo lograría sin ella. Si por ella hubiera sido, habría seguido disfrutando de esos ratitos de placer que tanto le gustaban. Ahora, cuando ya nada de todo eso importa, me echo en cara haberle privado –aunque fuera solo indirectamente– de esas pequeñas dosis de felicidad; sobre todo, a la vista de los que ocurrió en pocos años.
Porque, desde luego, el tabaco nada tuvo que ver con el cáncer de Luisa. Es más, he llegado a pensar que tal vez dejar de fumar contribuyo a que le apareciera el tumor. Luisa empezó con sus terribles dolores de cabeza hacia finales de 2016, cuando llevaba casi un año sin fumar; antes, mientras fumaba, no los había tenido. Sé que es una idea estúpida, nacida de un masoquismo obsesivo, pero no puedo evitar pensarla. Pero, aunque sea falsa, lo cierto es que de haber seguido fumando nada habría sido peor de lo que fue. Yo tendría que haber sido capaz de desengancharme sin que ella lo dejara. Como en muchas otras cosas, Luisa supeditó en ésta su felicidad a la mía. Ojalá no le hubiera pedido que lo hiciese pero, sobre todo, ojalá me hubiese dado cuenta entonces y no ahora, cuando ya da igual.
En todo caso, durante esta última etapa de su vida, Luisa siguió fumando. No lo haría de forma habitual, supongo, pero de vez en cuando, siempre en días laborables (cuando yo dormía en Santa Cruz) se echaba algún cigarrito, se permitía un ratito de placer. No sé cuándo empezaría, pero un fin de semana, hacia mediados de 2018, le pillé una cajetilla escondida. Esta vez no hubo pelea; ella se apresuró a disculparse, la botó a la basura y me prometió que no fumaría más, que fue un momento de debilidad. Es verdad que me dolió pero, al mismo tiempo, pensé que no tenía sentido sacar las cosas de quicio. Me desentendí del asunto; supuse que seguiría fumando pero no quise preocuparme. Entre los dos el tema tabaco quedó suprimido; mientras no fumara en mi presencia: ojos que no ven … Luego, después de su muerte, Jesús me ha dicho que algunas veces se fumaron un cigarrito juntos …
Todos estos recuerdos me vinieron ayer a la cabeza cuando encontré ese Winston en el mueble zapatero. Y en memoria y homenaje a Luisa hice lo que tenía que hacer: me lo fumé, sintiendo que lo hacía contigo a mi lado, amor.
lunes, 5 de julio de 2021
Derechos de los transexuales (1)
Una persona transexual o trans es –según la última definición de la OMS– quien se siente, marcada y persistentemente, de un género distinto al de su sexo biológico y esta 'incongruencia' (término con el que la OMS califica la transexualidad) a menudo conduce al deseo de vivir y ser aceptado como una persona del género experimentado, al cual se intenta 'alinear' el cuerpo mediante tratamiento hormonal, cirugía u otras prestaciones sanitarias. En esta definición se juntan dos cosas distintas: la disforia de género (discordancia entre la identidad sentida y el sexo biológico) y el proceso de adecuación del cuerpo al género con el que se identifica. Parece que, para precisar estas diferencias, a los que no han cambiado su cuerpo se les denomina transgénero, reservando el término transexual a quienes ya han iniciado (o culminado) ese proceso de adaptación física a su identidad de género.
Personas que no se han sentido identificadas con su sexo ha habido desde siempre. Hay referencias sobre lo que hoy llamamos transexualidad en las culturas antiguas aunque, obviamente, son difusas, poco documentadas. A partir del triunfo del cristianismo, la transexualidad parece desaparecer, sin que apenas consten casos (en nuestra historia el más famoso es el de Catalina de Erauso, la llamada monja alférez). Ciertamente, rechazar el sexo que Dios había dado era gravemente pecaminoso y duramente reprimido. De hecho, la represión en la mayoría de los casos operaba desde la propia conciencia individual: cualquiera que se sintiera a disgusto en su sexo, vivía a la vez un intensísimo sentimiento de culpa que le impedía hacer nada más que resignarse.
Solo muy recientemente las personas que se sentían de un género distinto al que tenían de nacimiento han empezado a conciliar ese sentimiento en su interior. Me imagino que en la mayoría de los casos debe ser un proceso muy difícil y doloroso. Lo cierto es que esas experiencias individuales han ido compartiéndose en las últimas décadas y posibilitando el desarrollo de unas reflexiones colectivas sobre la situación de los transexuales en la sociedad. Así, se ha llegado a admitir (al menos en nuestro entorno) que la identidad de género (cómo se siente cada uno) es un derecho personal que no está condicionado por el sexo biológico. Dicho claramente: una persona de sexo biológico femenino que se siente hombre (transgénero masculino) tiene el derecho de expresar su identidad masculina –comportarse como hombre– e incluso que los demás le reconozcamos como tal.
Desde el punto de vista jurídico, este derecho deriva del artículo 10 de la Constitución que señala que “el libre desarrollo de la personalidad” es uno de los fundamentos del orden político y de la paz social. La jurisprudencia, tanto española como internacional, ha venido estableciendo que la libertad de definir la propia identidad sexual es uno de los elementos más básicos para posibilitar el desarrollo de la propia personalidad; de ahí que se hable del “derecho a la autodeterminación del género”. Para posibilitar el ejercicio de este derecho, hace ya catorce años se promulgó la Ley 3/2017 que tenía por objeto que en el registro civil aparezca como único y verdadero sexo de un transexual el percibido por él y no el atribuido al nacer. El Registro Civil es donde se hacen constar los datos definitorios de la identidad de los individuos (al menos los que son socialmente relevantes), de modo que con dicha Ley se estable que un transexual pasaba a ser considerado socialmente, ante los demás, del género que él percibía.
Como se ha dicho en algunas sentencias, esta Ley también contribuía al ejercicio de otro derecho constitucional, el de la intimidad. Según la jurisprudencia, el artículo 18.1 de la Constitución (se garantiza el derecho … a la intimidad personal y familiar …) lo que “garantiza es un derecho al secreto, a ser desconocido, a que los demás no sepan qué somos o lo que hacemos, vedando que terceros, sean particulares o poderes públicos, decidan cuáles sean los lindes de nuestra vida privada, pudiendo cada persona reservarse un espacio resguardado de la curiosidad ajena, sea cual sea lo contenido en ese espacio” (lo cual significa que también tenemos derecho a decidir lo que conforma nuestra intimidad). Pues bien, es obvio que forma parte de la intimidad cuál es el sexo biológico de cada uno y, por tanto, un transexual tiene derecho a que no se sepa y, consecuentemente, a que no conste el sexo natal en el DNI.
Tenemos pues dos fundamentos constitucionales –e incluso más que constitucionales pues derivan de convenios internacionales sobre derechos humanos– en los que se apoya la legislación dirigida a reconocer los derechos de las personas transexuales y posibilitar el ejercicio de los mismos. De un lado, el derecho al libre desarrollo de la personalidad; de otro, el derecho a la intimidad. Ciertamente se trata de derechos fundamentales que todos tenemos, seamos o no transexuales. Sin embargo, las personas transexuales, debido precisamente a sentirse de un sexo distinto al biológico, sufren unas dificultades específicas –que los no transexuales no sufren– para poder desarrollar libremente su personalidad y, también, para proteger su intimidad. Las “leyes trans” se justifican, en principio, para remover estos obstáculos. Ahora bien, la aplicación a los transexuales de estos derechos, al menos tal como se ha hecho por la jurisprudencia, no está aceptada por todos sino que genera enconadas oposiciones. Me refiero, en especial, al corolario de que tenemos el derecho a la autodeterminación de género, a declararnos del sexo que sentimos y a que así se nos reconozca de forma oficial, con todos los efectos que ello implica.
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Miroslav Panciutti
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jueves, 1 de julio de 2021
La inocencia de Cristina
El sábado 24 de marzo de 2018 publiqué un primer post sobre el máster de Cristina Cifuentes, la entonces presidenta de la Comunidad de Madrid; en esas fechas eldiario.es acababa de destapar el presunto fraude. Han pasado poco más de tres años y casi todos nos hemos casi olvidado de la Cifuentes. Recordemos, no obstante, que más o menos un mes después de que saltara el escándalo, Cristina dimitió de todos sus cargos (aunque el detonante fue un video en el que se la veía en el cuarto de seguridad de un centro comercial tras ser pillada en un intento de hurto). Estuvo un buen tiempo desaparecida (leo ahora que se fue a trabajar a París para una empresa de recursos humanos) y resurgió hacia finales del diecinueve declarando que la campaña de acoso y derribo que sufrió había sido planificada. Luego la he ido viendo de vez en cuando en programas televisivos, participando en tertulias pero ya nunca como protagonista (que no deja de asombrarme porque lo último que yo querría después del papelón por el que pasó sería meterme de nuevo en el circo mediático). Ahora es una ciudadana de a pie y se me antoja que definitivamente quemada para la política (aunque nunca se sabe).
En mayo de 2018, cuando estaba recién dimitida, el Juzgado de Instrucción 51 de Madrid imputó a Cifuentes la comisión de delito de falsedad en documento público en el caso del máster. El 15 de febrero de 2021, la Audiencia Provincial de Madrid, en sentencia 64/2021, la absolvió, aunque condenó a sus compañeras de imputación Cecilia Rosado y María Teresa Feíto. Por último (hasta el momento), hoy lunes el Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha confirmado la absolución y rebajado la pena de las otras dos mujeres. Por supuesto, Cifuentes se ha apresurado a manifestar que la sentencia de absolución, por más que haya gentes mezquinas quieran darle la vuelta, significa solo una cosa: inocencia. Y añade que así lo dijo desde el primer momento, pero que se le ha hecho pasar una condena de tres años sin el más mínimo respeto por la presunción de inocencia. (sus declaraciones aquí).
Sin embargo, como ya hizo repetidas veces durante aquella primavera del 18, Cifuentes no dice la verdad. Lo que significa la absolución es que no se ha demostrado más allá de las dudas razonables que el imputado haya cometido el delito. Así lo dice expresamente la primera sentencia: “sobre la participación de Cristina Cifuentes Cuenca, de lo actuado no ha resultado probada ninguna intervención de la citada … Las sospechas legítimas que pudieran existir no se han convertido en prueba suficiente para justificar la responsabilidad de Cristina Cifuentes Cuenca”. Los jueces no dicen que sea inocente, sino que no se ha probado su culpabilidad y, por lo tanto, la absuelven. Pero, como es evidente, de ello no se deduce que no sea culpable.
De entrada hay que aclarar que la absolución se limita a la comisión del delito de falsedad en documento público. La propia sentencia, en su relación de hechos probados, confirma lo que ya nos había quedado a todos claro en su momento: que el máster se lo habían regalado. Pero recibir un máster de regalo no es delito o al menos no se le imputó por eso. Es decir, estimada Cristina, que te hayan absuelto de falsedad en documento público no quiere decir que no hayas obtenido un máster que no merecías, y así queda claro en la sentencia. Recuerda, ahora que te crees con derecho a quejarte de lo injustamente que fuiste tratada, que fue el asunto del máster lo que nos escandalizó; en esos momentos no se hablaba de un eventual delito penal.
Ha quedado probado que el máster de la Rey Juan Carlos fue altamente irregular y fraudulento. De hecho, la propia Cifuentes reconoció en el juicio que cursó el máster sin ir a clase, sin realizar exámenes y entregando el Trabajo Fin de Curso pero sin exponerlo ante el tribunal (TFM que nadie conoce), condiciones que le ofreció el profesor Enrique Álvarez Conde, debido a la “vorágine” de su situación laboral. Pues bien, justamente eso, lo que ahora reconoce, es lo en su día nos pareció escandaloso y lo que ella negó. Pero que te regalen un máster no es delito.
El delito que se juzgaba era solamente la confección de un acta falsa en la que se certificaba que Cifuentes había defendido el Trabajo Fin de Máster ante un tribunal de tres profesoras. Esa fue el acta que exhibió la presidenta para “demostrar” que, contra lo que se publicaba en aquellos días, ella sí había defendido el TFM. ¿Se acuerdan de aquellas explicaciones confusas cuando le pidieron que describiera cómo fue aquella sesión? Pues bien, ya ha reconocido que esa defensa del TFM nunca se produjo. ¿Mintió en aquella comparecencia? Alguien debería preguntárselo y es posible que contestara que ella no dijo que hubiera ido a tal acto, porque no se acordaba; que ella solo decía que la universidad decía que tal acto sucedió.
La falsificación de ese acta se hizo el 21 de marzo de 2018, cuando ya eldiario.es había hecho públicas sus investigaciones, precisamente para que Cifuentes pudiera defenderse de aquéllas. La autora material fue Cecilia Rosado, la directora nominal del Máster (porque el director de facto era Enrique Álvarez Conde), presionada por éste último, al que la fiscal consideraba el principal urdidor de la trama pero que se ha librado del proceso penal porque falleció en abril de 2019 a causa de un cáncer de pulmón. Rosado también fue presionada por Mª Teresa Feito, asesora del Gobierno regional madrileño, quien la llamó varias veces, llegando a insinuarle consecuencias sobre su futuro laboral si no falsificaba el acta; además, según declaró al Tribunal, le dijo que si no accedía "Cifuentes las iba a matar".
En síntesis, que ha quedado probado que al menos tres personas –Rosado, Feiro y el fallecido Álvarez– se conchabaron para falsificar un documento público con la única finalidad de beneficiar a Cristina Cifuentes, pero no que Cristina Cifuentes interviniera en esa movida; no se ha probado que ordenara la falsificación, ni siquiera que supiera que se estaba haciendo. A mi me parece difícil de creer: como mínimo, cuando le hicieron llegar el acta tenía que saber que era falsa porque ella nunca había defendido el TFN frente a un Tribunal (según confesión propia). Pero respetemos las sentencias judiciales y admitamos que no se ha probado que delinquió y, consecuentemente, congratulémonos de que no se condene a una personas sin pruebas suficientes de su culpabilidad (ojalá que la vara de medir judicial sea siempre así).
Pero, después de hacer este ejercicio de ejemplaridad democrática, creo que lo que hay que pedirle a la señora Cifuentes es que, por favor, se esté calladita, que no tenga la desvergüenza de proclamar su inocencia, engañando a los desinformados y ofendiendo la inteligencia de quienes algo lo estamos. Y también, de paso, que no nos califique de mezquinos a quienes nos es imposible creer que no haya participado en ese fraude. Por último, me gustaría preguntarle qué sentimientos le produce que dos personas hayan sido condenadas por su causa.
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Miroslav Panciutti
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martes, 15 de junio de 2021
Indagación léxica sobre el vocablo balcón
Me informa mi maravilloso Corominas que la palabra balcón proviene de la italiana balcone. Encuentro en una web de etimologías que esta última, a su vez, proviene del longobardo balko que, por lo visto, significaba viga (digamos que de balko deriva tanto balcón como palco que, a fin de cuentas, viene a ser un tipo concreto de balcón). Este vocablo longobardo (lengua germánica ya extinta) parece ser el que da origen a esta palabra en la mayoría de los idiomas europeos.
Que balko significara viga me sugiere que ya con ese término se aludía a lo que entendemos (al menos yo) por balcón; esto es, una plataforma que desde un vano del edificio sobresale de la fachada hacia el espacio abierto. Hago esta aclaración porque la definición del DRAE es “ventana abierta hasta el suelo de la habitación, generalmente con prolongación voladiza, con barandilla”. O sea, que basta que una ventana esté abierta hasta el suelo para que merezca en castellano el nombre de balcón, toda vez que su “prolongación voladiza” existe con frecuencia pero no siempre. De hecho, en el Diccionario de 1791, la Academia llamaba balcón al antepecho que se pone en las ventanas formado de balaustres para poderse asomar sin riesgo, sin mencionar siquiera el vuelo hacia el exterior.
Pero no deduzcamos de estas definiciones académicas que no había balcones volados en el XVIII porque, como más adelante trataré, éstos son de muy antigua y remota datación. Pero antes de referir “datos fácticos” me apetece seguir transitando por terrenos lingüísticos. Tan solo quise apuntar, a modo de curiosidad, la extraña definición de balcón en nuestro idioma. La web de la Real Academia Española nos ofrece un maravilloso recurso al que ha bautizado, en homenaje a Covarrubias, Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española (NTLLE). Se trata de una amplia recopilación de diccionarios que “durante los últimos quinientos años han recogido, definido y consolidado el patrimonio léxico de nuestro idioma”. Aprovecharé pues esta maravillosa herramienta para indagar sobre la evolución de la palabra balcón.
El primer diccionario recogido es el Vocabulario español-latino, publicado por Antonio Nebrija en 1494 (dos años antes había acabado el latino-español); pero no incluye balcón. Tampoco viene en el Vocabulista aráuigo en letra castellana, impreso en 1505 por el fraile jerónimo Pedro de Alcalá, primer diccionario español-árabe. Ambas obras son del reinado de los Reyes Católicos, poco después de la toma de Granada. Ciertamente, por entonces había balcones espléndidos, por ejemplo, los magníficos ajimeces de las ciudades andaluzas –cajas sobresalientes de la fachada cerradas con celosías de madera– y de algún modo habrían de denominarse.
Busco la palabra en los dos mayores bestsellers de la época –la Celestina (1502) y el Amadís de Gaula (1508)– y no la encuentro. Me llama la atención, no obstante, que al describir el combate entre Ardán Canileo y Amadís de Gaula (capítulo 61) se dice que “toda la gente de la corte y de la villa estaban por ver la batalla en derredor del campo, y las dueñas y doncellas a las fenestras, y la hermosa Oriana y Mabilia a una ventana de su cámara, y con la reina estaban Briolanja y Madasima y otras infantas”. Esas ventanas y fenestras en las que se acomodaba tanto espectador digo yo que serían balcones.
El texto más antiguo en que encuentro el vocablo balcón, siendo también de esos inicios del XVI, no es literario sino jurídico. Se trata de una pragmática dictada por los Reyes Católicos a principios del XVI y ratificada por su hija Juana hacia 1515 que ordenaba que “los edeficios desta cibdad se fiziesen sin valcones e pasadizos ni salidizos en tal manera que la salud del pueblo no se ynficionarse con los lugares e parte e cubiertas e no se escureciesen las calles con los dichos cobertizos, con los quales cubren el sol e la luna e se dava lugar a delitos”. No deja de ser llamativo que uno de los primeros documentos en que se mencionan los balcones tenga por objeto prohibirlos. Leo en algunos estudios sobre urbanismo medieval que formaba parte de la tradición normativa castellana (se dice que desde las Partidas del rey Sabio) impedir la ocupación del espacio público. Hay quien opina, sin embargo, que en el asunto de los balcones pesó más el rechazo de la reina católica hacia todo lo que evocara la cultura árabe. Años después, el 28 de junio de 1530, el emperador Don Carlos y su madre Doña Juana promulgan en Madrid una ley “para que no se reedifiquen los balcones i saledizos, que caen sobre las calles, cayéndose ò reedificandose, i de nuevo no se hagan, i se derriben luego por mandado de las Justicias”. He obtenido el texto –sobre el que volveré en otro momento– del Tomo Segundo de las Leyes de Recopilación, que no son sino la última edición (1745) de la Nueva Recopilación de Leyes de Castilla, aprobada durante el reinado de Felipe II (vendría luego la Novísima Recopilación de 1805). Por cierto y aunque no venga al caso, el 28 de junio de 1530 ni el emperador ni su madre estaban en Madrid; él en Augsburgo y ella encerrada en Tordesillas desde 1509.
Llegados a este punto, aprovecho para, si no corregir, sí
mejorar mínimamente al excelso Corominas. Señala el eminente lexicógrafo que la
primera cita documentada de la palabra balcón se debe a la autoría de
Fernández de Oviedo en 1535. Con este dato es inmediato deducir que se trata de
la primera parte de la Historia General y Natural de las Indias, islas ytierra-firme del Mar Océano, impresa a modo de sumario en Valladolid. Y en
efecto, en la página 567 de la edición que publicó en 1851 la Real Academia de
la Historia, al inicio del capítulo vigésimoséptimo, “en que se cuenta lo
que le acontesció al adelantado Hernando de Solo con el cacique de Tascaluca,
llamado Actahachi, el qual era tan alto hombre que parescía gigante”, nos
dice Don Gonzalo que “… estaba el cacique en un balcón que se hacia en un cerro
á un lado de la plaça …” Poca información da el cronista para imaginar cómo
era ese balcón que a mí me parece que más que un cuerpo saliente de edificación
fuera un palco o podio erigido al aire libre. Pero, en todo caso, he aquí la
palabra, aunque no sea la primera vez que se escribía en documento publicado
(Corominas no conoció la ordenanza antes citada).
Sentado pues que la palabra balcón aparece en nuestro idioma al menos desde principios del XVI, vuelvo a la revisión de los diccionarios que nos ofrece el NTLLE. El primer diccionario que recoge el término es el Vocabulario de las lenguas española y toscana, publicado en 1570 por el sevillano Cristóbal de las Casas. Este diccionario bilingüe tenía por objeto facilitar la mutua comprensión de las lenguas, en unos tiempos de muy estrechas relaciones entre españoles e italianos, y en él ya se recogen los términos balcone y balcón. Lo curioso, sin embargo, es que la palabra toscana se traduce al castellano por ventana, mientras que la española pasa a convertirse en varias italianas sin que entre ellas esté balcón. Esta falta de correspondencia me hace sospechar que tal vez el término balcone no fuera ni siquiera en Italia el más usado para referirse a los balcones. Lo cierto es que de las cinco palabras toscanas que De las Casas hace equivaler a balcón –poggio, poggioulo, spalco, sporto, verone–, solo la última tiene este significado en el italiano actual, aunque con la advertencia de que es un anacronismo que se remonta al siglo XIV.
En todo caso, que a inicios del XVI balcone no fuera término de frecuente uso en Italia –como tampoco lo era en España– no permite cuestionar su existencia en el toscano pues aparece nada menos que en la Divina Commedia, escrita doscientos años antes (a inicios del XIV). En concreto, los tres primeros versos del Canto IX del Purgatorio: "La concubina di Titone antico / già s’imbiancava al balco d’oriente, / fuor de le braccia del suo dolce amico". (Aclaro entre estos paréntesis, que la concubina de Titono no es otra que la diosa Eos o Aurora, a la que Dante hace asomarse al balcón del Oriente para indicarnos con tan mitológica metáfora que estaba amaneciendo). En fin, lo relevante es que la palabra llevaba ya un par de siglos usándose en toscano, aunque puede que fuera excesivamente poética y no se empleara en el lenguaje vulgar para designar los elementos arquitectónicos a los que luego designó. De hecho, es obvio que el balco al que se asoma la Aurora no es uno de ellos (y, por cierto, hago notar que Dante usa una voz – balco– casi coincidente con la lombarda original; pareciera que aún no ha adoptado la desinencia -ne con la que llegaría a nuestro idioma.
Paso ahora al Dictionary in spanish and english publicado en 1591 en Londres por Richard Perceval, políglota traductor de documentos españoles en la corte de Isabel I. Perceval traduce balcón por bay window, término que todavía hoy se usa en inglés y que, según el Oxford Dictionary, significa “a window built to project outwards from an outside wall”, definición que se ajusta perfectamente a la idea de balcón. Perceval, además de la traducción al inglés, aportaba la latina y así vemos que balcón es una fenestra prominens (ventana salediza). El vocablo más usado actualmente –balcony– todavía no aparece en este diccionario, lo que apunta a que para designar los balcones que hubiera en Gran Bretaña –sin duda, bastantes menos que en los países mediterráneos– se recurría a un término compuesto (leo en una web de etimología anglosajona que, en efecto, la palabra balcony se introduce en el idioma inglés hacia los años diez del siglo XVII). En todo caso, en lo que nos importa, parece bastante seguro que a finales del XVI la palabra balcón estaba ya firmemente asentada en nuestra lengua con la acepción que sigue hoy manteniendo.
Los tres siguientes diccionarios que nos facilita la RAE son casi contemporáneos, de la primera década del XVII. Son el Diccionario muy copioso de la lengua española y francesa (1604) de Jean Palet, médico de Enrique IV; el Tesoro de las dos lenguas francesa y española (1607) de César Oudin; y el Tesoro de las tres lenguas francesa, italiana y española (1609) del italiano Girolamo Vittori. Los tres incluyen el vocablo balcón, lo cual refuerza nuestra anterior conclusión. Lo curioso, sin embargo, es que ninguno recoge el término en francés y las traducciones que hacen son descripciones de lo que es un balcón: "ventana sobre la calle", dice escuetamente Jean Palet; "una especie de galería o ventana que se abre en forma de saliente apto para apoyarse", según Oudin al que copia Vittori. Es decir, aunque en la primera década del XVII ya existía el vocablo en italiano y castellano, aún no en francés (ni en inglés). Parece que se recurría a la palabra appuy, pero ésta alude más al antepecho que propiamente al balcón. En una web de etimologías francesas leo que la palabra se introduce en el francés ya avanzado el XVII (en el Mercure François de 1623 se escribe el vocablo, explicando al margen su significado, prueba de que por entonces era un neologismo aun poco conocido).
Y para acabar este post que ya se ha hecho largo (y, lo que
es peor, sobre un asunto que no debe interesar a nadie) reviso el famosísimo Tesoro
de la Lengua Castellana o Española (Madrid, 1611), “compuesto por el
licenciado Don Sebastián de Cobarruvias Orozco, capellán de su Majestad, Mastrescuela
y Canónigo de la Santa Iglesia de Cuenca, y Consultor del Santo Oficio de la
Inquisición”. Covarrubias nos confirma que se trata de un nombre italiano
y lo refiere geográficamente a Venecia, Génova y Lombardía. Le atribuye como
significado el de ventana preeminente y de majestad que vuela por encima de las
puertas de las fortalezas. Pareciera pues que refiere el término a los balcones
representativos de edificios principales, de modo que tal vez todavía a principios del XVI
los balcones más modestos se
denominarían con otro vocablo. Sin embargo, en la misma entrada cita a un
comentarista de Petrarca que informa que los llamados balconi abundaban
en las ciudades italianas, lo que parece desmentir el uso restringido del
vocablo, al menos en Italia.
En resumen, y aunque no puedo estar totalmente seguro, concluyo
que el término balcón es un italianismo que se introdujo en nuestro idioma a
principios del XVI. Parece que durante todo ese siglo e incluso hasta avanzado
el XVII no debió de ser de uso muy frecuente y puede que hasta de significado
ambiguo; probablemente, en los primeros tiempos, se referiría preferentemente a
los vistosos balcones de las casas nobles y, poco a poco, se iría generalizando
su aplicación a cualquier ventana salediza. Para profundizar en esa evolución
del significado de balcón conviene aparcar los diccionarios y recurrir a la
literatura que, para el periodo que nos interesa, no es otra que la del Siglo
de Oro.
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Miroslav Panciutti
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martes, 25 de mayo de 2021
Catizone I de Portugal (2)
La primera explicación es que, en efecto, fuera Sebastián, el rey portugués, que la historia que contó fuera verdad. Esta hipótesis es casi imposible de aceptar. Por su formación y carácter no es creíble que Sebastián hubiera protagonizado esa odisea estrambótica, tan dilatada en el tiempo y en el espacio. Y todavía menos que luego se instalara en Italia suplantando a un natural del país. Además, ¿por qué se haría pasar por un Catizone real, del cual se conocen parentesco y datos biográficos? No cuadra en absoluto. Además, esta opción me disgusta porque el protagonista dejaría de ser un familiar de Luisa; no obstante, convengamos que es muy atractiva, obviamente por ser la más novelesca, la más apropiada para escribir un relato histórico de intriga.
Una segunda alternativa es que Marco Tullio, advertido de su semejanza con el rey desaparecido, decidiera conscientemente montar el engaño. Casi todos los que han escrito sobre este asunto dan por sentado que así fue y, sin embargo, yo no lo veo tan claro. En primer lugar, Catizone se da a conocer la friolera de veinte años después de los hechos; ¿llevaba dos décadas dándole vueltas a la idea? No parece verosímil; más bien habría que pensar que algo ocurrió en 1598 para animarle; ¿pasaría por Messina un antiguo colega de Alcazarquivir y, recordando los viejos tiempos mientras le daban al vino en alguna taberna, tramarían el montaje? Digamos que pudo ser, pero en ese caso, nuestro hombre era un loco temerario porque no hacían falta muchas luces para prever que la empresa estaba condenada al fracaso y que el fracaso se pagaba demasiado caro, como demostraban las imposturas antecedentes. Pero es que no solo había que tener reblandecido el coco sino también estar desesperado y, la verdad, no parece que nada de eso cuadre con la personalidad y situación vital de Marco Tullio.
Así que desemboco en una tercera y última hipótesis y es que Catizone no fuera Sebastián pero creyera honestamente serlo. Claro que, para pasar de repente a creerse Sebastián, algo tendría que haberle ocurrido: un golpe en la cabeza, un ictus, qué se yo, algo que le causara un trastorno psicológico que derivara a un delirio megalomaníaco. En este supuesto, nuestro hombre, de pronto, se recordaría asimismo como el rey que había sido derrotado, que luego había emprendido aquel tortuoso periplo para al cabo renunciar a sus glorias y convertirse en un anónimo comerciante en el Mediodía italiano. Pero pensaría también que de esa vida lo arrancaba la propia voluntad divina, que se le había manifestado a través de un sueño sobrenatural, de modo que estaba obligado a emprender tan santo cometido. Por supuesto, en el marco de esa demencia son irrelevantes las consideraciones sobre los riesgos que, en cambio, resultan decisivas en la hipótesis del engaño consciente. De modo que me inclino a pensar que lo que le pasó a Catizone es que se volvió loco, aunque la locura solo se manifestase en lo concerniente a su nueva identidad. Imaginemos la desolación que embargaría a sus familiares y amigos.
Leo en una web que se apunta convencida a la segunda hipótesis, que Catizone planificó detalladamente la suplantación: estudio a fondo la historia portuguesa (incluyendo el idioma, supongo) e incluso, para acrecentar más su parecido con el rey Sebastián, se hizo alargar un brazo y engrosar un tobillo, operaciones que no fueron poco dolorosas. Como fuera, lo cierto es que las primeras noticias de su existencia lo sitúan en la ciudad de los canales en el verano de 1598. Parece que llegó a Venecia después de un largo itinerario desde Messina, pasando por Roma, Loreto, Verona y Ferrara. En aquellos tiempos, la República Serenísima iniciaba la que iba a ser una lenta decadencia; su existencia dependía de que mantuvieran una difícil y precaria neutralidad, evitando irritar a ninguna de las potencias que la acosaban (la España de la casa de Austria, los otomanos, los franceses e incluso el Papado). Por tanto, a sus gobernantes –el Dogo y su consejo– no les hizo ninguna gracia que apareciera entre ellos un pretendiente al trono portugués, ocupado a la sazón por un Felipe II agonizante. Y es que, por lo que se cuenta, el tal Catizone se hacía notar y enseguida consiguió el apoyo entusiasta de no pocos seguidores, en especial exiliados portugueses descontentos con el dominio hispano.
De esos exiliados, los que más y más eficazmente defendieron la autenticidad del Caballero de la Cruz –que así se hacía llamar Catizone, en alusión a una orden militar que había fundado Sebastián antes de su desventurada expedición africana– fueron los frailes dominicos. Henry Kamen cuenta que, gracias a su influencia, el arzobispo dominico de Split (entonces Spalato, bajo soberanía veneciana) “acogió al pretendiente bajo su tutela y lo alojó por todo lo alto en un lugar de los alrededores de Venecia, donde se las arregló para que una serie de personajes importantes lo visitaran”. Durante el otoño de 1598, el pretendiente alternó su residencia entre Venecia y Padua (también bajo dominio véneto) y su fama fue acrecentándose y extendiéndose por toda Europa; en Londres, por ejemplo, se representaban obras teatrales cuyo argumento era la estrambótica historia del rey portugués desaparecido tras la batalla y vuelto a aparecer veinte años después en Italia. En el fondo, todos los pesos pesados de la época, incluyendo los portugueses, estaban convencidos de que se trataba de un impostor, pero era una baza atractiva para jugarla contra España, aborrecida por muchos de los países europeos. De ahí que recibiera no pocos apoyos.
En noviembre, supongo que ya bastante irritado por el circo que se había montado, el embajador de España en la Serenísima, Iñigo López de Mendoza, reclamó que fuera detenido. Las autoridades venecianas tardaron en plegarse a los deseos de la que entonces era la monarquía más poderosa. En primera instancia le conminaron a que abandonara la República pero Catizone, que se sentía fuerte y protegido, se negó. Así que, finalmente no les quedó más remedio que apresar al incómodo calabrés (no tengo clara la fecha, pero antes de marzo de 1599). Sin duda, lo que el embajador habría querido es que los venecianos le entregaran al pretendido pretendiente, para escarmentarlo como merecía. Pero, por más que aquellos cedieran finalmente a las presiones españolas, llegar a hasta ese punto era incompatible con mantener una mínima dignidad de estado soberano. Y así, el tiro le salió por la culata a Don Iñigo, porque el encierro de Marco Tullio tuvo como efecto casi inmediato indignar a prácticamente toda Europa y provocar que numerosas voces reclamaran al Dogo que lo pusieran en libertad. Llegaron a Venecia cartas de Enrique IV de Francia y de los Estados Generales de los Países Bajos, entre muchas otras. Pero el mensaje más destacable provino nada menos que del Papado, según se afirma en otra web. En un Breve de 23 de diciembre de 1598 dirigido a Felipe III (por entonces con solo dos meses en el trono español) Clemente VIII escribió que “ … nuestro muy amado hijo don Sebastián, Rey de Portugal se presentó personalmente en esta Curia Romana, haciéndonos la súplica que mandáramos devolverle el reino de Portugal pues era el verdadero y legítimo rey de ella, que por sus pecados se perdió en Alcázarquivir. Mandamos, por consejo de Cardenales en Cónclave que fuera examinado con mucho detalle y se hicieron los procesos que en el Archivo de esta Curia se guardan… y verificado ante nosotros ser el propio rey Sebastián, por tal lo declaramos y sentenciamos y mandamos al muy Católico rey Felipe III de España que entregue el reino en paz, so pena de excomunión mayor ipso facto incurrenda reservad a nos y no permitiendo dilaciones”. Si texto es verdad, Catizone habría sido recibido por el Papa en su camino a Venecia; aunque casi es más creíble que no y que Clemente VIII, del partido de los Cardenales contrarios a la influencia española en la Santa Sede, se lo inventara todo para incordiar los intereses hispánicos.
El pobre Catizone paso unos dos años prisionero y fue sometido a intensísimos interrogatorios. Kamen dice que “a pesar de varios intentos por poner a prueba la memoria del prisionero y preguntarle por detalles íntimos de la vida de Sebastián, el mendigo salió airoso de todas las pruebas. Podía repetir detalles de conversaciones que los embajadores venecianos de la época habían mantenido con Sebastián, demostró que tenía una fortaleza física semejante a la del rey (que había sido capaz de levantar a un hombre con un brazo), y fue identificado como Sebastián por personas que habían conocido al rey veinte años atrás”. Ante tan sorprendente comportamiento del calabrés, según pasaba el tiempo su pretensión atraía más apoyos y su fama se acrecentaba. Además, durante el encierro, los frailes portugueses que eran sus más fieles seguidores (si no cómplices en la impostura) no cesaron de dirigirse a cuantas personas influyentes destacaran en Europa, no solo para lograr la libertad del preso sino, sobre todo, para inflamar un movimiento para la restauración de la corona portuguesa. Es fácil imaginar que los representantes españoles estarían bastante cabreados, intentando por todos los medios acabar con la farsa. Por su parte, las autoridades venecianas, incómodas en extremo ante tantas presiones, lo que más ansiaban era quitarse el marrón con la mayor dignidad posible. El caso es que a mediados de diciembre de 1600, para evitar verse arrastrado a un conflicto político, el Senado de Venecia decretó la libertad del prisionero, con la condición de que abandonara el territorio de la república inmediatamente. Marco Tullio era libre pero, en menos de dos semanas, echaría en falta su prisión veneciana.
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Miroslav Panciutti
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13:26
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miércoles, 19 de mayo de 2021
Mina
En otoño de 2011 a Luisa le vinieron las ganas de tener un perrito que le hiciera compañía en el piso. Era, según me dijo, un deseo viejo, casi de siempre, pero ahora por fin se sentía con medios y disponibilidad para atenderle. De modo que me puse a buscar y localicé a una chica argentina cuya perrita yorkshire había tenido cachorros. Me acuerdo bien de la alegría y emoción de Luisa cuando se lo dije y de esa tarde de noviembre en que fuimos a la parte baja de la Rambla (a la altura del cuartel de Almeida) donde nos esperaba aquella mujer con el bebé de apenas tres meses (al que habían cortado la cola) que enseguida se llamaría Keko. Por supuesto, Luisa
se enamoró de Keko, desde el primer instante en que lo vio los ojos le brillaron y resplandeció su maravillosa sonrisa. A los pocos meses, sin embargo, empezó a sentir remordimientos por dejar a Keko tanto tiempo solo en el piso de San Benito; téngase en cuenta que por entonces trabajaba en el colegio de 9 a 5 con un breve descanso para almorzar. Así que desde el principio de 2012 le daba vueltas a la idea de adoptar otro perrito para que ambos se hicieran compañía pero, al mismo tiempo, le parecía que tener dos en el piso podía ser demasiado; no terminaba de decidirse. Hacia mediados de marzo, mientras seguía dudando, vi un anuncio de una familia que regalaba cachorros mezcla de yorkshire. Animé a Luisa que nos acercáramos a verlos, sin compromiso (aunque estaba seguro de lo que iba a ocurrir), y ese fin de semana nos llegamos hasta uno de los asentamientos de la costa sureste (creo que era en Los Roques de Fasnia, pero no estoy del todo seguro) y conocimos a Mina. Recién destetada, ya tenía esa mirada de desconfianza y la boca con los dientes torcidos; comparada con la canónica belleza de Keko, Mina era feíta, desde luego, pero esos rasgos “raros” son justamente los distintivos visibles de su personalidad y los que hicieron que, también desde ese primer momento, nos encantara. Más de una vez me he enfadado con algunos que la han tildado de fea. Como era de prever, regresamos con la nueva perrita, a la que Luisa bautizó con el nombre de la gran cantante italiana, a la que adoraba desde su niñez romana.
se enamoró de Keko, desde el primer instante en que lo vio los ojos le brillaron y resplandeció su maravillosa sonrisa. A los pocos meses, sin embargo, empezó a sentir remordimientos por dejar a Keko tanto tiempo solo en el piso de San Benito; téngase en cuenta que por entonces trabajaba en el colegio de 9 a 5 con un breve descanso para almorzar. Así que desde el principio de 2012 le daba vueltas a la idea de adoptar otro perrito para que ambos se hicieran compañía pero, al mismo tiempo, le parecía que tener dos en el piso podía ser demasiado; no terminaba de decidirse. Hacia mediados de marzo, mientras seguía dudando, vi un anuncio de una familia que regalaba cachorros mezcla de yorkshire. Animé a Luisa que nos acercáramos a verlos, sin compromiso (aunque estaba seguro de lo que iba a ocurrir), y ese fin de semana nos llegamos hasta uno de los asentamientos de la costa sureste (creo que era en Los Roques de Fasnia, pero no estoy del todo seguro) y conocimos a Mina. Recién destetada, ya tenía esa mirada de desconfianza y la boca con los dientes torcidos; comparada con la canónica belleza de Keko, Mina era feíta, desde luego, pero esos rasgos “raros” son justamente los distintivos visibles de su personalidad y los que hicieron que, también desde ese primer momento, nos encantara. Más de una vez me he enfadado con algunos que la han tildado de fea. Como era de prever, regresamos con la nueva perrita, a la que Luisa bautizó con el nombre de la gran cantante italiana, a la que adoraba desde su niñez romana.
Luisa tenía ya dos hijitos de cuatro patas; Keko y Mina fueron su sueño de infancia cumplido, sus niños, sus “cuquis”, como ella los llamaba. Fueron los primeros y los únicos hasta que se mudó a vivir permanentemente a la finca de Tacoronte y la familia creció con Buffy (gato), Jagger, Greta y Mayo. Como buena madre primeriza se desvivió por ellos: collares, huesecitos, suéters, chubasqueros, paseos a horas intempestivas en las pocas horas libres que le quedaban … Los fines de semana se los traía a mi casa de Santa Cruz y cambiaban el parque de San Benito por el de La Granja; el domingo tarde, la hacían rabiar remoloneando para no regresar a La Laguna (especialmente Keko). Ambos eran listísimos –y lo siguen siendo–; nos entendían todo y enseguida aprendían lo poco que Luisa quiso enseñarles. Pero Mina tenía una personalidad y unas cualidades sorprendentes. A diferencia de Keko, nunca fue nada sociable y en cuanto se le acercaba un perro a saludarla soltaba unos alaridos que pareciera que la fueran a matar, y daba unos saltos impresionantes para que la cogiéramos en brazos. Tremendamente exagerada hasta el punto, por ejemplo, de hacer miles de aspavientos y gritos de dolor si, por ejemplo, le caía una hoja sobre el lomo. Además Mina es capaz de ver la televisión; está relajada en el sofá, sin aparentemente mirar la tele, pero en cuanto aparecen animales en la pantalla –caballos, vacas, y sobre todo perros– inmediatamente levanta la cabeza y ladra. Compruebo ahora que, según National Geographic, “los perros domésticos pueden percibir las imágenes de la televisión de la misma manera que lo hacemos nosotros y son lo suficientemente inteligentes como para reconocer en ella animales que verían en la vida real, incluso si no los han visto antes, y sonidos como los ladridos”. Pues Mina no será tan excepcional, pero ninguno de los varios perros con los que he vivido, incluyendo los otros cuatro de ahora, mostró nunca la más mínima reacción ante la tele. Otra de las características de Mina es su obsesión por la comida, que siempre está buscando (hasta se mete en la huerta a desenterrar papas); de hecho, tiene sobrepeso.
Pero Mina es, sobre todo, enormemente cariñosa con nosotros, con su familia (de los perros, solo con Keko, su compañero desde siempre, porque a los otros tres solo los soporta y de mala gana). A Luisa la adoraba, sencillamente. Cuando volvía a casa después de estar un tiempo fuera, se tiraba sobre ella con exagerada desesperación a besarla y reclamar sus caricias. Por supuesto, desde pequeñita ha dormido en nuestras camas. Es, de todos, la que más pendiente ha estado siempre de ella, como si tuviera miedo de perderla. Durante la enfermedad de Luisa, descubrimos hasta que punto la quería; no se separaba de ella en ningún momento, la seguía a todos lados como si de un guardaespaldas se tratase, y ese comportamiento se multiplicó en las últimas semanas. Dana cree (y yo también) que Mina lo sabía, sabía lo que iba a pasar y en la cama se acurrucaba en el huequito que Luisa formaba entre sus piernas en la cama, se ponía a su lado en el sofá, y si no había sitio se imponía y lo encontraba, la seguía al baño y la miraba fijamente hasta que se levantaba ... Por las noches, cuando Luisa se acostaba, Mina salía al porche a acompañar a Dana y mientras los demás dormíamos, se acostaba a sus pies y ambas respiraban juntas. Algunas veces, durante esos últimos días, se acercaba a mí y me pedía que la atendiera poniéndome la mano en el pecho y mirándome con sus grandes ojos, tan expresivos. Creo que me pedía explicaciones que yo no podía darle.
Desde que Luisa se ha ido Mina está muy triste, es con diferencia la que más la echa en falta. Y tan triste está… que se ha puesto malita. En las últimas semanas la notábamos inquieta, haciendo sonidos extraños al respirar. Hace como un mes ya empezamos a preocuparnos y Dana la llevó al veterinario. Le dijeron que tenía una cardiopatía y que el corazón era demasiado grande. Este martes la llevé yo para que le hicieran una ecocardiografía y ésta confirmó la gravedad del diagnóstico; además, pese a llevar unas semanas tomando varias pastillas al día, la situación no se ha regularizado. Le han aumentado las dosis y tengo que controlarle la frecuencia respiratoria (no debería pasar de treinta respiraciones al minuto, pero las supera) y volver a llevarla en dos semanas. El pronóstico es malo. Todos los que han tenido perro saben el cariño que se les coge y lo dolorosa que es su pérdida y a Mina la queremos mucho, desde luego. Pero, además, sentimos que, cuando muera, se nos irá otra parte de Luisa, una muy singular. Así que, como Dana le ha escrito hoy a su madre, solo nos queda cuidarla y quererla como Luisa lo habría hecho, devolviéndole, siquiera en parte, tanto amor y compañía que le dio durante los últimos nueve años.
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Miroslav Panciutti
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22:08
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jueves, 13 de mayo de 2021
Catizone I de Portugal (1)
El rey de Portugal, Sebastián I (1557-1578), tenía desde muy niño ínfulas de cruzado, se consideraba un miles Christi llamado a luchar (y vencer) contra el poderío del Turco. No en vano pertenecía a la Casa de Avís, fundada por el maestre de esa orden militar, de relevante papel en la reconquista lusa. De otra parte, por aquellos tiempos la expansión musulmana por el Norte de África era preocupante y Sebastián estaba convencido de que había de ocuparse Marruecos para contener ese avance y evitar que los moros volvieran a la Península. Súmese a todo ello que desde hacía varias décadas Portugal mantenía una activa política colonial en el continente vecino. El resultado de todo ello fue que el joven rey se obsesionó con organizar una gran cruzada contra los emires marroquíes. En la navidad de 1576, con apenas veintidós años, se reunió en Guadalupe con su tío Felipe II, entonces de cuarenta y nueve. Éste trató de disuadirlo de lo que le parecía una campaña insensata y también contraria a sus intereses en esos momentos de mantener la paz con el Turco. No lo consiguió como tampoco algo que preocupaba especialmente: que el propio rey fuera a la batalla, arriesgándose a morir, lo que, al no tener descendencia, generaría una crisis sucesoria (así ocurrió, en efecto, y de ella sacó finalmente partido el propio Felipe II, incorporando Portugal a su corona). En suma, que el exaltado de Sebastián fue a la guerra y el 4 de agosto de 1578 en Alcázarquivir, el ejército marroquí masacró al cristiano. En esa batalla desapareció para siempre el joven monarca luso.
Y digo desapareció porque inicialmente no fue encontrado su cadáver, lo que dio origen a toda una leyenda mítica que se llamó sebastianismo según la cual el rey no había muerto y volvería para salvar a Portugal. Al amparo de esta creencia, durante las décadas siguientes a la funesta batalla aparecieron unos cuantos personajes que pretendían ser Sebastián y que, como era de esperar, tuvieron finales trágicos a manos de la autoridad (obviamente, el sebastianismo fue bastante incómodo para los monarcas castellanos pues cuestionaba ante el pueblo su legitimidad en el trono luso). Conozco cuatro presuntos Sebastianes y quizás hubo alguno más. El primero montó su corte en 1584 en Penamacor, un pueblo cercano a la frontera con el cacereño Valle de Jálama; fue el único que logró sobrevivir (escapó a París). El segundo había nacido en Azores y vivía como eremita en las cercanías de Lisboa hasta que, gracias a su gran parecido con el rey desaparecido y al apoyo de algunas personas con dinero, se proclamó rey en Ericeira y comenzó una campaña anunciando la pronta liberación de Portugal del yugo castellano, propiciando incluso un levantamiento armado; éste acabó decapitado y descuartizado. El tercero fue Gabriel de Espinosa, un pastelero que en 1594 apareció en Madrigal de las Altas Torres (cuna de Isabel la Católica, nada menos) declarando ser el rey luso; su impostura dio origen a una intrincada conspiración que acabó muy mal: el usurpador fue humillado, ahorcado y descuartizado.
La del cuarto Sebastián era la única historia que ya conocía aunque hasta hace una semana ignoraba el nombre del protagonista. Para escribir sobre la abuela de Luisa –la nonna– indagué un poco sobre la familia Marincola y su enraizamiento en la nobleza local de Catanzaro. Todavía en el relato no ha aparecido el padre del padre de Luisa, pero falta poco. Así que he empezado a buscar datos sobre su familia, los Catizone, también de la nobleza de Calabria. Pues bien, para mi sorpresa, me entero de que el cuarto impostor (o tal vez no) se llamaba Marco Tullio Catizone. Me pongo a fantasear e imagino una historia paralela (o virtual, la llaman a veces) en la que este Marco Tullio hubiera sido reconocido como rey luso e instalado en el trono, llevándose a sus familiares a Lisboa y tres siglos y medio después un Catizone portugués habría conocido a una chica de Gran Canaria y Luisa se habría criado en Portugal y no en Italia. Me sonrío triste: cuánto me habría gustado contarle a Luisa la historia de este remoto ancestro suyo. La cuento aquí imaginando que pueda leerla; aclaro que hay varias versiones con ligeras diferencias en los detalles aunque coinciden en lo fundamental.
Veinte años después de la batalla de Alcazarquivir, en 1598, se presentó en Venecia un tipo con aspecto de vagabundo que decía ser el rey Sebastián. Apiadado, lo acogió un posadero y desde ese refugio la noticia de la reaparición del añorado rey no tardó en difundirse por la República Serenísima. Para explicar su larga desaparición contaba una historia bastante estrambótica pero, precisamente por ello, muy adecuada para alimentar las ansias de los sebastianistas. Según el pretendido rey, habría logrado escapar tras la derrota protegido por unos pocos nobles. No regresó a Portugal porque se sentía culpable del desastre que había causado, sino que se encaminó hacia el Este, recalando primero en Egipto y luego en Etiopía, donde permaneció varios años en la corte del mítico rey cristiano Preste Juan. Luego pasó a Persia y se enroló en el ejército de ese reino para guerrear contra los turcos. Después de seis años de batallas, visitó Jerusalén y de ahí a Constantinopla (la capital de sus odiados enemigos). Cruzó el Bósforo y recorrió Hungria, atravesó Rusia y alcanzó Suecia. De Suecia fue a Inglaterra, donde dijo que se entrevistó con el exiliado aspirante al trono portugués Antonio de Crato (lo que éste ya no podía confirmar pues había muerto en 1595). A continuación Holanda, París y finalmente bajó a Italia. Para entonces, a través de visiones sobrenaturales, se le había hecho saber que debía recuperar su trono y la mejor forma de hacerlo le pareció que sería presentarse ante el Papa quien lo reconocería como el soberano legítimo (qué ingenuidad). Según alguna fuente, llegó a ser recibido por Clemente VIII y según otros tuvo la mala suerte de ser asaltado por unos maleantes que, antes de entrar en Roma, lo dejaron en andrajos, y pareciendo un pordiosero le negaron el acceso al Sumo Pontífice. De modo que decidió ir a pedir amparo en Venecia.
Unos años después, ya prisionero en Nápoles, varios testigos lo identificaron como un comerciante de origen calabrés pero residente en la ciudad siciliana de Messina. Según parece, el apellido Catizone tendría un origen griego bizantino (provendría de khatizo, consejo, y por tanto significaría consejero o miembro del consejo), de lo que cabe deducir que la familia se remonta a los tiempos altomedievales del Ducado de Calabria, dominio de los emperadores de Oriente (que existió entre los siglos VI y XI). De hecho, el primer Catizone que he encontrado en Internet, Andrea, fue un monje eremita, discípulo de San Basilio de Cesárea, que hacia finales del siglo X era el abad del monasterio de Simeri, municipio muy cercano a Catanzaro. De otra parte, la familia Catizone aparece inscrita entre la nobleza napolitana, si bien con el título de nobile o nobiluomo, el más bajo de la escala aristocrática (por debajo del barón). Según descubro, en su origen esta distinción venía a significar sobre todo la liberación de la condición servil y de las ataduras feudales. No creo, por tanto, que en la segunda mitad del XVI nuestro Catizone fuera un aristócrata pero tampoco un campesino; seguramente la familia se adscribiría a la burguesía local de su localidad natal, Magisano, muy cercana a Taverna, ciudad que aparece repetidamente vinculada a los Catizone y que también está prácticamente al lado de Catanzaro.
En la página dedicada a los Catizone de una web sobre la nobleza del antiguo Reino de Nápoles, se afirma (sin citar fuente) que Marco Tullio luchó en la batalla de Alcazarquivir. Si suponemos que tuviera más o menos la edad del rey, cabe pensar que fuera reclutado en Calabria por la administración española. Recuérdese que durante los siglos XVI y XVII, tanto Sicilia como la Italia Meridional (Reino de Nápoles) pertenecían a la monarquía española –gobernadas por sendos virreyes– y que Felipe II, aunque a regañadientes, cedió tropas a su sobrino Sebastián en apoyo de la desgraciada campaña marroquí. Incluso podemos imaginar que Marco Tullio estuviera enrolado en el contingente italiano que, a instancias del Papa, había formado el aventurero católico Thomas Stucley, para invadir Irlanda y liberarla del dominio de la pelirroja Isabel I; soldados que el inglés finalmente sumó al ejército de Sebastián. En fin, aunque no estoy convencido de que Catizone estuviera en la batalla –y de haber estado, desconozco absolutamente cómo fue a parar allí–, asumiré que así ocurrió. Haber viajado a Lisboa, confraternizado con portugueses, puede que hasta ver al Rey (o que le hicieran notar el parecido que con él guardaba) son circunstancias que contribuyen a hacer más verosímil que, veinte años más tarde, se animara a embarcarse en una impostura de ese calibre.
Marco Tullio Catizone regresó a Italia, seguramente agradecido de haber escapado con vida de la cruenta masacre africana. En el blog “Los reinos de las Indias” se dice que se casó con una tal Paola Gallardeta con quien tuvo una hija; su profesión no quedó del todo confirmada pero se le presumía mercader con una economía holgada. Lo que parece más seguro (lo he encontrado en varias fuentes) es que residía en Messina, la ciudad siciliana más pegada al continente, la primera por tanto a la que se llega desde Calabria. Así que, a las alturas de 1578, tenemos a un caballero en la mitad de la cuarentena, marido y padre, que probablemente regentaría una casa comercial cuyos negocios marchaban bien, de buena posición social y reconocido en Messina … Y este hombre, de repente, decide iniciar una campaña para reclamar el trono portugués como soberano legítimo. ¿Cómo se le ocurrió tan disparatada iniciativa en la que se arriesgaba a echar por la borda una vida cómoda y aparentemente feliz? Se me ocurren tres posibles hipótesis.
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Miroslav Panciutti
a las
10:30
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domingo, 9 de mayo de 2021
María, la empleada doméstica de Umberto D.
Intento, mientras escribo sobre la abuela y los padres de Luisa, imaginar la Roma de aquellos años. Gracias a GoogleMaps y StreetView puedo identificar los domicilios y ver fotografías actuales de esas calles y edificios. Viajar en el tiempo solo es posible encontrando fotografías viejas o –mucho mejor– con películas de la época. Los años cincuenta, además, son un momento señero del cine italiano: acabada la guerra surge el neorrealismo, movimiento al cual se adscriben grandísimas obras maestras y magníficos realizadores. De modo que podemos sumergirnos en la Roma de esa década disfrutando a la vez disfrutar de unos ratos estupendos. Acabo de ver Umberto D. (1952), una de las joyas de Vittorio De Sica (y digo ver y no volver a ver porque, aunque creía que de De Sica tenía visto casi todo, nada recuerdo de esta peli; tampoco significa mucho porque mi memoria es desastrosa). El filme muestra las andanzas de un pensionista –Don Umberto, interpretado por un ilustre lingüista, Carlo Battisti– que intenta evitar que lo expulsen de la habitación alquilada en que vive.
La película nos pasea por varias zonas de Roma, que me he entretenido en intentar localizar (me han faltado algunas). Pero el protagonista casi siempre se mueve por el centro, muy lejos de los barrios vinculados a la infancia de Luisa o a sus mayores. No obstante, esas escenas nos ofrecen un buen panorama de cómo eran la ciudad y sus habitantes: la gente vestida mayoritariamente de oscuro y casi todos los hombres con sombrero, los coches que todavía recuerdan los de las películas de gangsters, la abundancia de puestos callejeros, el intenso dinamismo de una urbe monumental pero plena de miseria; eran los años durísimos de la posguerra, todavía no había llegado el “milagro italiano”. La Roma de Luisa niña sería algo distinta, menos pobre; pero la que conoció Amparo a su llegada no debía ser muy distinta (solo habían pasado cuatro años) y, desde luego, esa fue la ciudad en la que empezó Guido su vida de adulto.
Pero dedico este post a una escena de interior, una escena sin palabras pero de alta intensidad dramática y con un único personaje, María, la sirvienta de la casa donde vive alquilado Don Umberto. Como es sabido, una de las notas características del neorrealismo es que con frecuencia los actores no eran profesionales; tal es el caso de Maria Pia Casilio, que con solo diecisiete años y sin experiencia previa, fue fichada por De Sica, iniciando así una interesante carrera cinematográfica, casi siempre en papeles secundarios. Reconozco que no la conocía y me he quedado prendado de su expresividad, sobradamente manifiesta en el breve fragmento –solo cuatro minutos– que adjunto y comento.
Como he dicho, María es la joven empleada doméstica de la casa en que vive Umberto D. El piso, de grandes dimensiones, está en un edificio de cierto empaque situado cerca de la Stazione Termini. La propietaria, una cantante con mucha vida social, alquila habitaciones (una de ellas a Umberto y otras a amantes adúlteros). María duerme en el pasillo, en una endeble cama de campaña. Muy temprano, antes de que amanezca, le despierta Don Umberto haciendo una llamada por el teléfono negro de pared que está junto a ella. Mira hacia arriba y, a través de la tela metálica de un lucernario, ve un gato que se pasea por el techo. Se endereza, aparta las sábanas, saca las piernas y, sentada de lado, se lleva las manos a la cara y tararea un instante la que me parece una canción infantil. Se la ve preocupada y sabemos que es porque está embarazada de tres meses. Tiene el pelo recogido con una extrañas pinzas y viste una camiseta blanca con una especie de delantal por encima. Se pone unas zapatillas, coge con la mano izquierda una bata ligera y se levanta. La cámara se aleja hasta el fondo del pasillo mostrándonos esa parte de la vivienda: el suelo de mosaico cerámico, las paredes con revestimiento de madera hasta media altura y luego papel pintado, pilastras decorativas, techos altos y el lucernario de estructura metálica que se adivina algo oxidada. Mientras da quince aletargados pasos que la llevan hasta una puerta de doble hoja con cuarterones, María se va poniendo la bata.
Cambio de plano al abrir la puerta, la cámara está dentro de la cocina, cuyos acabados y mobiliario me recuerdan mucho la de mis abuelos. Muebles bajos de madera, con cajón superior y armario abajo, alacena alta con hojas de cristal como motivos decorativos, garrafas enfundadas en cestillos de mimbre, tarros cerámicos, interruptores de luz de los de clavija, con el cable a la vista, una cocina de gas de cuatro fuegos … Hasta ella se acerca María, somnolienta; de una cajita fijada a la pared coge un fósforo y lo enciende raspándola contra el revoco de la pared que, precisamente por eso, está llena de rayones blancos. Me acuerdo de haber visto en mi infancia esa forma de prender las cerillas, se decía incluso que traía buena suerte; desde finales del XX, al menos en Europa, ese tipo de cerillas de tan fácil encendido (strike anywhere) ya no se fabrican. Con el primer fósforo no logra encender el fuego de la cocina; se da cuenta de que la llave del gas está cerrada, la abre y repite la operación con un segundo: ahora sí.
Nada más arder el fuego, María levanta la cabeza y gira el rostro hacia la cámara. Ese plano me parece bellísimo. La chica está envuelta en un aura casi majestuosa, con una mirada profunda desde sus grandes ojos negros; algo le ha llamado la atención. Camina hacia la cámara que se aparta y nos deja ver que va hacia una puerta ventana de doble hoja; se pega al cristal y mira con cierta tristeza hacia afuera: es el patio interior de manzana, al que dan las fachadas traseras de las viviendas, paredes feas y sucias, muy distintas de la cara que esos edificios muestran hacia las calles. Un gato –¿el mismo de antes?– camina precavidamente sobre la cubierta inclinada de una claraboya. Los ojos de María, tan expresivos, se mueven en todas las direcciones como si buscaran algo en el aire quieto de esa hora temprana. Tras unos segundos se da la vuelta y regresa, se llega hasta la alacena, corre una de sus portezuelas, alarga el brazo derecho y del estante superior coge una jarra metálica. Con la jarra en la mano va hasta el fregadero y abre el grifo para llenarla de agua. Mientras lo hace mira hacia arriba y, aunque no se enfoca, sabemos que está viendo hormigas corriendo por los azulejos; dobla el flexible de goma hacia arriba para mojarlas; luego bebe un chorrito y algo de agua le cae al pecho porque se sacude la ropa. Termina de llenar la jarra y con ella la mano se acerca a la mesa, sobre la que hay unos papeles, una estilográfica y un tintero. Para entonces ya existían los bolígrafos pero debían ser todavía poco habituales; de hecho yo recuerdo que en mi infancia (más de diez años después de esta película) mi padre escribía con pluma y tintero. María recoge papeles, estilográfica y tintero –¿de quién eran?– y los guarda en una gaveta. Mientras tanto, punteando sobre la música no deja de escucharse el goteo del grifo.
María coge la jarra y la apoya sobre la cocina. Se queda un momento quieta, mirándola, y luego baja la vista hacia su cuerpo. Pone su mano derecha en el diafragma, marcando el abombamiento, todavía muy leve, del abdomen. Luego sube la mano a los pechos, al cuello, como si estuviera reconociéndose y al mismo tiempo mira fija e intensamente a cámara, con inspiraciones profundas, y a sus ojos asoma una lágrima. Es un breve momento de angustia y enseguida, como si no pudiera permitírselo, se mueve hacia la mesa, coge el molinillo (igualito que el que tenía mi abuela), se sienta en una silla, abre la lata del café y echa un puñado en el cacharro. Enseguida, con la lágrima resbalando muy despacio por la cara, apenas un reflejo, se pone a dar vueltas a la manivela y escuchamos el quejido de los granos al triturarse. Mientras se esfuerza en vencer la resistencia de éstos, la chica va dejándose resbalar en la silla hasta que su pie descalzo alcanza a empujar el borde la hoja abierta de la puerta para cerrarla. Entonces se endereza y vuelve a quedar bien sentada. En eso, cuando notamos que el café está casi molido, se oye un timbre. María abre más sus grandes ojos en gesto de sorpresa (¿quién toca la puerta a estas horas?), deja el molinillo sobre la mesa y con las dos manos se frota los ojos, para secar las lágrimas. Luego se levanta, abre la puerta de la cocina y, atándose la bata, se dirige a la entrada del piso. Fin del extracto.
Se tarda más en leer esta farragosa descripción (y mucho más en escribirla) que en ver este breve trocito, uno de los mejores a mi juicio de la que es una excelente película. La magistral dirección de De Sica y la no menos lograda interpretación de Maria Pia Casilio, consiguen en solo cuatro minutos que empaticemos completamente con los sentimientos y pensamientos de esa muchacha, asustada ante el futuro pero, a la vez, resignada ante la certidumbre de que nada le va a ser fácil, de que está en el lado de los derrotados. De paso, vemos uno de los interiores que mejor revela la vida cotidiana de la Italia esa época (no muy diferente eran las cocinas españolas contemporáneas). Los pisos en los que transcurrió la infancia de Luisa, de más reciente construcción y probablemente menor tamaño, no serían así, sino algo más modernos (con la modernidad en la decoración algo hortera de los sesenta). Pero posiblemente en los que viviera Guido con su madre antes de casarse sí tendrían cocinas parecidas.
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Miroslav Panciutti
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18:42
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viernes, 7 de mayo de 2021
El nacimiento de Luisa
Luisa, hija de Amparo Estévez y Guido Catizone, nació en Roma el 16 de enero de 1959. Los Catizone ya tenían un hijo, Gianni, que había nacido año y medio antes, en junio del 57, en la casa familiar de la madre en Santa María de Guía, en la isla de Gran Canaria. Amparo había querido dar a luz a su primogénito asistida por su tío médico y por eso, diez meses después de la boda, habían regresado a la Isla. Pero poco después del parto ya habían regresado a Roma y ahí nacerían las siguientes cuatro hijas del matrimonio: Luisa, Paola, Patrizia y Adriana.
(Foto de la derecha: Amparo y Guido con Gianni regresando en barco a Italia en el verano de 1957).
Durante la estancia de los Catizone en Roma, a pesar de que cambiaron de vivienda muchas veces, salvo una excepción, todos sus domicilios se situaron en la misma zona: el extremo Norte del quartiere Trieste, casi junto a la Tangenziale Est (vía de circunvalación) y muy cerca del parque de Villa Chigi. A finales de los cincuenta, la zona en que se asentaron era de muy reciente urbanización y construcción. Los edificios, bloques de ladrillo alineados a las calles, de unas seis plantas con balcones corridos, son muestra de las viviendas sociales de la época, resultado probablemente de promociones públicas o cooperativas.¿Por qué eligió Guido esa zona de la ciudad? Me barrunto que por estar cerca de su madre, Rachele, que vivía por entonces en la zona Villa Albani y cerca de Villa Borguese, en el quartiere Salario, lindante con el de Trieste. También la nonna, a pesar de sus varias mudanzas romanas desde que llegó a la capital en 1930, había vivido siempre en ese entorno que, por tanto, era el de la infancia de Guido. Sin embargo, supongo que esos barrios serían prohibitivos para un joven recién casado que trataba de ganarse la vida. De modo que buscaría domicilios más accesibles y, por tanto, hacia la periferia, pero en la misma banda radial de su madre (la estructura urbana de Roma es marcadamente radiocéntrica), definida por las vías Salaria y Nomentana. La posterior larga fidelidad de Guido al barrio obedecería luego –pienso yo– a que en esa zona habría ido articulando sus intereses comerciales, que empezaron con un negocio de compraventa de coches.
(En el plano de Roma adjunto, el círculo rojo la zona de los Catizone y el azul la de la nonna).
Luisa nació en una clínica privada, la Casa di Cura “Villa Mafalda”, apenas a ochocientos metros de donde vivían sus padres. La cercanía al domicilio explica sobradamente que allí fuera Amparo a dar a luz, aparte de que tenía prestigio (de hecho, allí nacerían también las siguientes tres hermanas). No obstante, teniendo en cuenta que por entonces la situación económica de los Catizone no era boyante, sorprende que acudieran a un establecimiento privado que, al menos en los últimos años, tiene precios muy caros (de hecho, he encontrado algunas noticias denunciando lo escandaloso de sus tarifas). Supuse que tal vez hubiera sido la nonna Rachele quien asumiera la factura, primer acto de generosidad de los muchos que vendrían luego hacia la que iba a ser su nieta preferida; pero no, pagaron los padres de Amparo.
Por cierto –y entre paréntesis– me ha llamado la atención el nombre de la clínica y, aunque he buscado un buen rato, no he logrado confirmar a qué obedece. En todo caso, decir Mafalda en Italia remite inmediatamente a la segunda hija del rey Víctor Manuel III, una princesa cuya vida y muerte (en el campo de concentración de Buchenwald, prisionera de los nazis) es ciertamente de novela. La clínica, además, se encuentra casi pegada al inmenso parque de Villa Ada que fue propiedad de los Saboya y en cuyo interior está Villa Polissena, que fue el hogar de Mafalda cuando se casó con el príncipe alemán Felipe de Hesse-Kassel. Cuando se inauguró el establecimiento sanitario –en 1954– la depuesta familia real todavía era la dueña de esa enorme finca; a lo mejor –no lo sé– la parcela en que construyó la clínica formaba parte de aquella. En fin, casi seguro que el nombre alude a la princesa Saboya, aunque no sé el porqué.
Vuelvo al nacimiento de Luisa. Según me dice su madre, el embarazo transcurrió con normalidad, sin ningún problema. El parto, sin embargo, fue largo y dificultoso, tanto que las enfermeras le preguntaron si era primeriza. Diríase que la pobre niña se temía lo que le esperaba e intentaba retrasar la salida lo más posible. Pero al fin, entre las cuatro y medio y cinco de la madrugada, Luisa entró llorando en el mundo. Sol y Mercurio en Capricornio, la Luna en Aries, el ascendente en Sagitario, Venus en Acuario y Marte en Tauro, para quien tenga interés por la astrología. Pesó tres kilos y medio, valor algo superior a la media, un bebé gordito pero dentro de lo normal. No hubo ninguna complicación post parto de modo que madre e hija no tardaron en regresar al cercano domicilio familiar. Allí Luisa siguió llorando; era, por lo que me cuentan, muy llorona. No parece que se debiera a ninguna causa fisiológica; quizás, incluso recién nacidos, los niños son capaces de percibir el clima emocional de su hogar y, si es así, no me extraña que Luisa llorara, asustada por los gritos de su padre, constantemente enfadado. En todo caso, el llanto de la criatura exasperaba a Guido y durante sus primeros meses tuvieron que vivirse varias escenas desagradables, tanto como para que cuando Luisa rondaba el año, poco antes del nacimiento de Paola, la nonna Rachele se la llevara a vivir consigo y la tuviera casi dos años. Prefiero no comentar nada al respecto.
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Miroslav Panciutti
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14:35
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sábado, 1 de mayo de 2021
La trigésimosexta de las cien breves novelas río de Manganelli
El arquitecto al que se había confiado unánimemente la tarea de construir la nueva iglesia no es creyente. Es tolerante hacia la comunidad eclesiástica, hacia el clero; menos hacia los fieles; en cualquier caso, no es un perseguidor. Sin embargo, está absolutamente convencido de que Dios no existe, y, por consiguiente, que los sacerdotes ejecutan ceremonias desprovistas de sentido objetivo, cuya única función es la de distraer tanto a ellos como a los fieles de la conciencia de la inexistencia de Dios. El arquitecto sabe que las palabras «espíritu, alma, pecado, redención, virtud» carecen de todo significado, y, no obstante, no puede negar que entiende su sentido, al menos en la medida que le permite hablar con los clientes de la nueva iglesia. Es un buen arquitecto, sobrio e imaginativo: ha construido escuelas definidas como «llenas de luz», hospitales «serenos y acogedores», un delicado asilo de ancianos, estaciones ferroviarias funcionales; un barrio entero, que es el orgullo de la ciudad que se lo ha confiado. Ahora, por vez primera, tiene que construir un edificio que él considera totalmente inútil, incluso engañoso en la misma medida en que sea una buena obra. El arquitecto tiene una correcta conciencia profesional. En último término, construir una iglesia significa únicamente construir un edificio con un destino concreto, especificado por sus clientes. Ahora bien, sus clientes cultivan unas convicciones que él no sólo considera insensatas, sino inmorales; si le confiaran la construcción de un patíbulo, ¿aceptaría sin vacilar? Pero ¿una iglesia es un patíbulo? En cierto sentido, sí; es un lugar proyectado como estación de paso hacia la nada. Los clientes quieren eso de él: que les adorne el lugar de paso. En esto no sería diferente de los propios sacerdotes, que adornan esa nada y la ocultan tras los velos de su fantasía ceremonial. ¿Así que le sugieren que se haga sacerdote? Podría ser un sacerdote de la nada, un adornador que no oculta, no esconde, no elude. ¿Esa iglesia es un lugar falso, o un lugar engañoso pero verdadero? ¿Existe otro itinerario para entrar en la nada? «Adorna la nada, construye la nada, danos una nada eterna», les obliga a decir a los sacerdotes. Toca con la mano la hierba desguarnecida del terreno desierto, la hierba a extirpar para dar lugar a su edificio, y piensa, a un tiempo, en el altar, en los sacerdotes, en la hierba, en la nada.
A Giorgio Manganelli (1922-1990) se le tilda de inclasificable, pero en la literatura italiana del XX hay unos cuantos inclasificables (me viene a la cabeza Gadda, por ejemplo); en el fondo, cuando se dice inclasificable tan solo se constata que el escritor se separa de la <i>mainstream</i>, que escribe lo que y como le da la gana. Normalmente –y es el caso– los inclasificables hacen "literatura experimental". juegan con el lenguaje, con los conceptos. Son –me parece a mí– como exploradores de tierras incógnitas de difícil tránsito –malezas intrincadas, arenas movedizas, pendientes pedregosas–; quizá por eso no pueden sino avanzar breves trechos, a modo de excursiones efímeras. Leo estos cortos textos, intensos y concentrados cada uno de ellos, y descubro ideas, imágenes, formas pero –he de confesarlo– no llegan a sacudirme, a emocionarme, a apropiarse de mi atención o mi memoria. Algo me recuerda a Italo Calvino –de hecho, fue amigo y mentor suyo–, pero a éste sí lo tengo en el altar. Es el primer libro que leo de Manganelli –muy respetado pero muy poco leído– y aún no le he acabado. Me gusta, sí, pero ... Este capítulo que he transcrito –el número 36– me ha llamado especialmente la atención, sin duda por obvias razones de mi formación académica. Me ha recordado a Le Corbusier: quizá pensara algo emparentado cuando en 1950 el cura dominico Marie-Alain Couturier, que además era pintor, grabador y vidriero, le encargó que construyera una iglesia sobre una colina vecina al pueblo de Ronchamp.
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Miroslav Panciutti
a las
18:59
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