martes, 10 de julio de 2007

Espectáculos banales y estupidez generalizada

En su post de este domingo, Kotinussa arremete contra dos ejemplos de charlatanes embaucadores que, eso sí, sacan altísima rentabilidad a sus actividades. El primero es Al Gore, quien, como ella dice, nos concedió el honor de visitarnos hace poco en estas islas ultraperiféricas. Yo estaba invitado al show, si bien finalmente no fui; reconozco que, por un lado, no me habría importado asistir (curiosidad morbosa), pero, por otro, tampoco es que me apeteciera mucho. En todo caso, mis obligaciones laborales resolvieron el dilema por mí.

El otro “charlatán de feria” es el promotor del concurso de las nuevas siete maravillas. Se trata de un millonario suizo de 55 años, un tal Bernard Weber. Evidentemente, como bien ilustra Koti, la organización de este montaje ha supuesto recaudar ingentes cantidades de dinero. Por cierto, según dice este señor (entrevista en El País del 8 de junio pasado), él no ha cobrado nada; el dinero se destina a restaurar monumentos. Lo creamos o no, tampoco me parecería escandaloso que alguien se forre a partir de una iniciativa, por muy banal que sea (como es el caso). Lo que me resulta interesante es que estas ideas banales generen dinero.

Ello es posible gracias a, efectivamente, la ingenuidad de la gente y la complicidad (entre ingenua e interesada) de autoridades políticas a lo largo del mundo. Pero, a mi modo de ver, el motor de todo el invento tiene mucho que ver con el cutre afán de los humanos por la competitividad tribalista; las tribus, en este caso (obvio es decirlo), son las naciones. Nos encantan los concursos y más cuanto más nos involucran. ¿Cuál es, si no, el éxito del deporte? Que el partido de fútbol sea bonito es absolutamente secundario frente al resultado favorable de los nuestros. Y luego decimos “hemos ganado”, como si fuéramos nosotros quienes hubiésemos estado corriendo en el campo. De la misma forma, la Alhambra debía estar entre las nuevas siete maravillas, porque es nuestra y nosotros somos los más chachis. Este nacionalismo ramplón ha sido animado desde las esferas oficiales, pero eso entra dentro de la lógica maquiavélica del Poder; no podía ser de otro modo.

Hace dos meses estuve en Granada (ya lo conté en el blog) y visité la Alhambra. He estado varias veces en esa maravilla y, desde la primera, quedé completamente enamorado de su belleza. Es el monumento arquitectónico que más me gusta, más me conmueve, más me admira de los que hay en España y me pondrían en un aprieto pidiéndome que dijera alguno que haya visto que me “toque” tan intensamente como el complejo nazarí. Pero es que no necesito para nada hacer listas ordenadas, no le veo sentido a comparar las bellezas ni, por supuesto, me produce ningún placer que me digan que la Alhambra es, por ejemplo, más maravillosa que Machu Picchu. Lo que me entusiasmó es haber conocido las ruinas incaicas y la magia de su enclave, haber paseado por Venecia, París, subir hasta la colina de Ronchamp …. Y, sobre todo, saber que todas esas maravillas están ahí, al margen de concursos y calificaciones.

Disfrutar de la belleza, sentirla, aprender de ella … Eso es hacerla tuya. Por motivos meramente coyunturales (y hasta de facilidad para visitarlos) es normal que sintamos más nuestros los monumentos que están en España. Pero, ¿acaso ha de gustarme más la catedral de Burgos que la de Colonia? Me pregunto cuántos de los que votaron a un monumento habían tenido con él algún encuentro amoroso. Porque quizás sería bonito (e ingenuo) pensar que cada voto era una especie de beso de homenaje a una belleza que nos ha emocionado, que sentimos nuestra.

Pero no, por supuesto que no. En mi última visita a la Alhambra fui embutido entre poetas con el séquito oficial del Ayuntamiento. Antes incluso de que los ilustres visitantes (yo no era ilustre, aclaro) pudieran saborear el monumento, a la misma entrada, los politicastros les forzaron a votar por Internet. El amigo con quien iba advirtió que ya había votado por Machu Picchu (es peruano y, “lógicamente”, quería que ganase “su” maravilla), pese a lo cual le insistieron en que apoyara también a la Alhambra. ¡Qué entusiasmo había en Granada con lo de ser una de las siete nuevas maravillas! Imagino que habrá seguido hasta el otro día, en que se tornaría en amarga decepción y denuncia de la tremenda injusticia. ¡Qué va a ser una injusticia! ¿Qué sentido tiene hablar de merecimientos y justicias en una pantomima que es simplemente un espectáculo? ¿Cuándo dejarán de gustarnos estos espectáculos?

Por estos lares, en cambio, estamos de enhorabuena. El Teide ha sido declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO. A diferencia de las siete nuevas maravillas, quien organiza y concede este reconocimiento es una organización seria, plagadita de científicos. No sé, no sé. Lo cierto es que, al margen de las diferencias en cuanto a la seriedad de los criterios, ambos “concursos” adolecen de los mismos pecados originales: competitividad nacionalista y obsesión por las listas. Ser Patrimonio de la Humanidad supone algunas ventajas objetivas (pocas) para la conservación del paraje natural, pero la mayor de todas (al igual que ocurre con las siete maravillas) es la de reclamo turístico (lo cual no suele casar muy bien con la conservación, pero da dinero).

Cuando se dio a conocer el fallo favorable al Teide, en esta isla hubo una orgía de felicitaciones y autocomplacencias, rematada con una exhibición de fuegos artificiales en la nueva plaza del Cabildo. El presidente de esta institución, henchido de gozo, declaró que todos los tinerfeños y también los restantes canarios habían de sentirse orgullosos. Dos cosas a resaltar: si lo que ha hecho la UNESCO es declarar que el Teide es de toda la humanidad (¿qué otra cosa significa patrimonio?), ¿por qué no han de alegrarse también los españoles en su conjunto, todos los habitantes del mundo mundial en su conjunto? Y la segunda: ¿por qué han de sentirse orgullosos los tinerfeños de que el Teide sea tan maravilloso? ¿Acaso se lo han currado? A propósito, uno de los más “orgullosos” era el alcalde de La Orotava, municipio en el cual se sitúa el volcán y la mayor parte del Parque Nacional; pues bien, hay que reconocer que este señor sí tiene gran parte del mérito en haber contribuido a que el famoso Valle de La Orotava que se extiende desde la cara norte del Teide (y que tanto entusiasmó a Humboldt en el XIX) haya ocultado toda su belleza bajo un manto horrendo de edificaciones diseminadas del peor gusto imaginable. Y no ha podido destrozar la corona forestal ni las Cañadas porque son espacios protegidos fuera de su jurisdicción, que si no …

En fin, que tenemos lo que nos merecemos. No me parece del todo justo arremeter sólo contra quienes se aprovechan de la estupidez de la gente sin dar su poquito de caña (que la merece) a la propia estupidez. Y, puestos a arremeter contra los aprovechados, creo que mucho más culpables son los políticos que, en principio, deberían velar por el interés público y (nueva ingenuidad por mi parte) no estaría de más que se considerara de interés público propiciar el descenso de la estupidez media en vez de alimentarla. Los privados, al fin y al cabo, se buscan las castañas, por más que no se me oculta que en ese juego suelen ganar los más tahures.


CATEGORÍA: Política y Sociedad

lunes, 9 de julio de 2007

Comentarios a los comentarios del post anterior

Los comentarios a mi anterior post me han resultado muy instructivos y, a la vez, han contribuido en alguna medida a aumentar mis desconciertos. De entrada, me ha llamado la atención que casi todos los comentaristas hayan querido “puntuarse”. Curiosamente, y aunque desde luego la muestra recibida es mínima para extraer ninguna conclusión relevante, todos se han situado en los extremos de la escala (1/2 o 6/7); o se es muy creyente o se es muy ateo. Lo que me lleva a preguntarme dónde se meten los agnósticos.

Otra cosa que me ha parecido curiosa es que en casi todas las respuestas percibo una cierta dosis de emotividad, como si contestar esta cuestión requiriese poner en juego algo más que la mera valoración del convencimiento de cada uno respecto a la pregunta. Si, en vez de “Dios existe”, el enunciado fuera “Hay vida extraterreste” tengo la sensación de que en la mayoría de las valoraciones sobre cada convencimiento individual habrían incidido mucho menos los sentimientos. A lo que voy es que me ha dado la impresión de que en muchos la contestación a si creían o no (y qué tanto) estaba mezclada con el si querían creer o no.

LaSusona, por ejemplo, dice que ella opta por creer; hoy, un compañero de trabajo, me ha dicho que él cree porque así es más feliz. No tengo nada que objetar a esos planteamientos salvo que, a mí al menos, no me valen. Yo no puedo optar por creer en algo, aún sabiendo (y lo sé) que sería más feliz si creyese. Porque mi enfermizo cerebro establece “hipótesis de veracidad” respecto a cualquier argumento a partir de la acumulación de una serie de experiencias, datos, argumentos, etc; no desde la voluntad. Hay una página graciosa en Internet (en inglés) en la cual, cómicamente, acumulan cientos de silogismos que prueban la existencia de Dios. Como nota frívola a este párrafo, permítaseme citar la prueba 38 (argumento de la voluntad absoluta): ¡Creo en Dios! ¡Creo en Dios! ¡Creo en Dios! Creo, creo, creo … Ergo, Dios Existe.

La escala pretende medir el grado de convencimiento; es decir, de conformidad del pensamiento con un enunciado. Ahora bien, ciertamente, este enunciado en concreto rasca algo fuera del pensamiento y toca, como dice Marguerite, más que a la estricta racionalidad. Sin embargo, no estoy de acuerdo con Marguerite en que no se pueda hablar de Dios sólo desde la estricta racionalidad; creo que sí se puede, al menos en términos de probabilidad (y de eso se trataba). Cosa distinta es que no se quiera razonar sobre la probabilidad de Dios porque eso pueda crear una contradicción con las creencias emocionales, lo cual es comprensible. A este respecto, sólo señalar que esa posición de petición de principios es la habitual en los creyentes: Dios está más allá de la razón (y de la Ciencia); en el fondo, el concepto de Dios que se insinúa es el de la explicación (no explicable) de lo que (¿todavía?) no sabemos explicar.

Lo que me ha desconcertado un poquillo de algunos comentarios (creo que relacionado con esa carga de emotividad a que me refería) es la acusación (no a mí, sino a Dawkins) de que la escala estaba mal planteada. A mí, la verdad, no me lo parece, pero puede que me haya explicado mal. Simplemente se trataba de valorar el grado de convencimiento respecto a la veracidad de un enunciado simple. Aclaré previamente que el sujeto (Dios) es un ser individual (valían varios seres individuales) con conciencia de sí mismo, inteligente y capacidad actual para intervenir sobre el universo. Estas son las notas del Dios de todas las religiones occidentales, incluyendo, por supuesto, el catolicismo. Insisto, creo que está bastante claro y, además, la cuestión es muy poco ambiciosa, justamente porque sólo se trata de medir el convencimiento personal sobre la existencia de un ser superior. Desde luego, creer en la veracidad de este enunciado no significa creer en el Dios católico, no significa creer en la concepción inmaculada de Jesús, en su resurrección; ni siquiera en que haya vida eterna (y mucho menos juicio final). En cambio, creer en todas estas cosas o en cualesquiera de sus variantes, sí exige creer en la existencia de Dios (obviamente). Así que, ¿qué matices hay que hacer?

La única que me da alguna pista al respecto es LaSusona que me dice que aunque no tiene ninguna duda en sus creencias, sí las tiene sobre si en lo que cree es en el Dios personal (esto es lo que yo entiendo, puede que erróneamente). A lo mejor –y estoy aventurando- LaSusona cree con absoluta seguridad (1) en que existe algo trascendente que explica el principio de la vida y a ese algo le llama Dios; pero, en cambio, no está segura de que ese algo sea un Dios personal con los requisitos definitorios del enunciado propuesto. En ese caso, la respuesta de LaSusona debería variar entre el 3 y el 5, ya que es agnóstica respecto al enunciado concreto, por más que sea absoluta creyente de otro concepto de Dios (probablemente cercano al deísmo de Voltaire). Pero es que (perdóneseme la machaconería) la valoración era respecto a un concepto de Dios, no a cualquiera.

Kotinussa, en su segundo comentario, puntualiza que la respuesta a esta cuestión no cabe en el simplismo con que se plantea. No estoy de acuerdo, se pueden hacer preguntas simples que tengan respuestas perfectamente adecuadas a su enunciado. Otra cosa es que de esas respuestas se extraigan conclusiones que exceden de los límites de la propia pregunta (y, por ende, de la propia respuesta); esa es una frecuente técnica sofista que para nada estaba en mi mente. También es frecuente que, quizás preocupado por la tergiversación de su respuesta, quien es preguntado descalifique la cuestión porque su planteamiento le impide contestar lo que quiere. Esto nos llevaría a las películas de juicios americanos (que confieso que me gustan).

Y es que me resulta desconcertante lo que cuesta ceñirse a la cuestión y esa necesidad de contestar a algo distinto. Cormorán, por ejemplo, empieza diciendo que respondería 2 si la pregunta fuera otra (pero, hombre, es la que es), aunque finalmente se ajusta al enunciado y se declara 6. A Marguerite le pasa un poco lo mismo y, tras un día de meditación, decide limitarse a la pregunta y contestar 7 (previamente había dicho 1). Me quedo con la idea de que tanto Cormorán como Marguerite no creen en la existencia de un Dios personal (respuesta a la pregunta) y, de regalo, me entero que no obstante sí tienen creencias en la existencia de algo trascendente, pero no de naturaleza personal, individual, etc (intuyo que se mueven entre el deísmo y el panteísmo). Estas últimas informaciones me parecen muy sugestivas, pero fuera del ámbito del enunciado planteado.

En cambio, en el caso de Koti, su última puntualización me hace dudar de que su absoluta convicción (1) se refiera al Dios personal objeto del enunciado, máxime cuando se declara de acuerdo con LaSusona (¿en qué?). La misma ligera duda me surge respecto a Pilar, al citar ese pequeño matiz que no consta en el enunciado (¿qué matiz?).

Merecería un comentario propio el idem de Hank, que comienza denunciando una trampa. Dice que se está confundiendo posibilidad y probabilidad, pero no explica por qué; en todo caso, admito que uso los dos sustantivos como sinónimos, ligereza admisible a los efectos de la exposición. Luego se refiere a la existencia de la mera enunciación, apasionante campo que me ha traído a la mente (irremediablemente) a Rusell y Wittgenstein; pero por más que me diviertan esos ejercicios, también los veo fuera de lugar en lo que al objeto de la escala se refiere. Por cierto, en esa línea, cabe traer a colación el llamado argumento ontológico de la existencia de Dios que, en su versión graciosa, también viene recogido en la página de Internet antes citada: puedo concebir la existencia de Dios, ergo Dios existe. Por último, Hank viene a poner en duda la posibilidad de que podamos conocer nuestro grado de convencimiento sobre la existencia de Dios debido a que somos “esclavos de nuestra cultura”. Este sí me parece un asunto interesante; no tengo espacio en este post para discutirlo así que habrá de bastar con mi conclusión: aun admitiendo nuestros tremendos condicionantes culturales, sí creo posible cuestionarse honestamente sobre nuestras creencias.

Me quedan los comentarios de los “ateos” (7) y “cuasi-ateos” (6). Curiosamente, ninguno de ellos ha “protestado” sobre el planteamiento del enunciado. Me da que pensar, pero me guardo mis interpretaciones para evitar estériles polémicas. Lo que sí han hecho algunos es añadir tras su valoración algún comentario que refleja, en cierta medida, posicionamientos beligerantes. Creo que eso denota que, también en el otro extremo de la escala, el convencimiento viene teñido de emotividad. Obviamente, no puede ser de otra manera … y líbreme Dios de querer castrar las emotividades ante este tema; aunque no estaría de más limitarlas en el plano de la argumentación.

No quiero acabar sin repetir que, por supuesto, cada uno puede creer lo que quiera (o lo que pueda) y que, desde luego, lejos de mi intención hacer ningún juicio de valor sobre las creencias ajenas (por más que no las comparta) y mucho menos ofender a nadie.



CATEGORÍA: Creencias y descreencias

sábado, 7 de julio de 2007

La escala de Dawkins

Hace casi un año escribí sobre las creencias y hoy vuelvo al tema a raíz de la lectura del último libro de Richard Dawkins (El espejismo de Dios). Me interesa ahora acotar el significado del término en relación con el grado de seguridad personal, de convencimiento, respecto a la verdad de un enunciado; se trata de intentar una medición, aproximada necesariamente, sobre nuestras creencias. Para ello, como hace Dawkins, es necesario introducir la estimación de probabilidades. Así, ante un enunciado cualquiera, nuestra posición personal (nuestra creencia) puede variar desde estar absolutamente seguros de que es cierto hasta, en el extremo opuesto, estar igual de absolutamente seguros de que es falso; pero también podemos situarnos en estadios intermedios en los que uno no está seguro, pero se inclina a creer (cree más probable) que sea cierto o, por el contrario, falso.

Dawkins propone esta escala para que midamos nuestra creencia en Dios. El enunciado específico sería, obviamente, Dios existe. Ahora bien, para evitar polisemias que harían inútiles cualesquiera resultados, todos deberíamos definirnos lo que entendemos por Dios. Estamos hablando de un Dios personal, una inteligencia sobrenatural que creó el Universo y, además, sigue existiendo e interviniendo sobre él; un Dios que interacciona con nosotros. Lógicamente, todas las religiones institucionalizadas son teístas (si no, no tendrían razón de ser) y, muy especialmente, las tres del Libro. Pero conviene aclarar que no hace falta precisar el concepto de Dios en la línea de alguna doctrina teísta concreta; es decir, nos preguntamos sobre nuestra creencia en la existencia de un Dios teísta, independientemente de que éste nos premie o castigue por toda la eternidad, se haya encarnado o no, o cualquier otra particularidad. Estrictamente, también sería válido el concepto de muchos dioses (politeísmo), siempre que éstos fueran personales e intervencionistas.

En cambio, bajo este concepto de Dios no caben las ideas deístas de una inteligencia sobrenatural que creó el mundo y sus leyes físicas y luego “desapareció” a todos los efectos prácticos, desentendiéndose por toda la eternidad de sus criaturas (una especie de causa primera, big-bang original) y que, por tanto, no interviene para nada en nuestras vidas. Tampoco vale el Dios panteísta de las filosofías religiosas orientales o de muchos científicos, carente de personalidad y que viene a confundirse con el universo en sí. Quienes tengan creencias deístas o panteístas no creen, a los efectos que aquí interesan, en Dios.

Aclarado el concepto, transcribo la escala que propone Dawkins. Se trata de decidir cuál es la respuesta que mejor mide nuestra creencia sobre la veracidad del enunciado “Dios existe”, entre las siete posibles que se indican:

  1. Sé que Dios existe (100% de posibilidades). No tengo ninguna duda; creo que Dios existe con igual convicción que creo que voy a morir, que si salto por una ventana caeré hacia abajo, etc.
  2. No estoy absolutamente seguro, pero creo que las posibilidades de que Dios exista son muy altas (cercanas al 100%) y, por tanto, a efectos prácticos, vivo en la suposición de que Él está ahí.
  3. Dudo de que Dios exista, pero me inclino a creer que sí (mi estimación de posibilidades estaría algo por encima del 50%).
  4. Soy agnóstico imparcial, me sitúo en el punto medio exacto de la escala. Creo que hay las mismas posibilidades de que exista como de que no.
  5. Dudo de que Dios exista, pero me inclino a creer que no (mi estimación de posibilidades estaría algo por debajo del 50%).
  6. No estoy absolutamente seguro, pero creo que las posibilidades de que Dios exista son muy bajas (cercanas al 0%) y, por tanto, a efectos prácticos, vivo en la suposición de que Él no está ahí.
  7. Sé que no hay Dios (0% de posibilidades). No tengo ninguna duda; creo que Dios no existe con la misma convicción que creo que voy a morir, que si salto por una ventana caeré hacia abajo, etc.
Lo bueno de una escala de este tipo es que nos permite contrastar el grado en que creemos algo (obviamente vale para cualquier otro enunciado) y, sobre todo, establece una referencia mínimamente objetiva para hacer comparaciones. Distinto es que uno tenga deseos de conocer la medida de sus creencias (el conocimiento de lo que creemos es parte importantísima del conocimiento de nosotros mismos) o de comparar esa medida propia con las de otros. Máxime en temas como el planteado que se consideran pertenecientes a la intimidad, entre otras cosas porque históricamente hacer público el grado de creencia personal ha tenido en numerosas ocasiones consecuencias funestas. Incluso hoy, según aprendo del libro de Dawkins (en realidad, ya lo sabía), en Estados Unidos más del 90% de la población no votaría a un candidato ateo, independientemente de cuáles fueran sus restantes características.

Invito a quien quiera a hacerse el test, ajustándose rigurosamente a los criterios descritos. En mi caso, pese al reciente post con olor a santidad, lamento confesar que saco un 6 (lo siento, Marguerite). De más está decir, que el que Dios exista o no es independiente de lo que creamos. Sin embargo, exista Dios o no, lo que creamos al respecto sí es relevante en cuanto a sus efectos sobre la felicidad de los humanos, tanto individual como colectivamente. En otras palabras, la creencia en Dios no es (no lo ha sido y no lo sigue siendo) algo inofensivo. Ojalá lo fuera.


CATEGORÍA: Creencias y descreencias

miércoles, 4 de julio de 2007

Dopo far l'amore

Explosión de aniquilamiento, estruendoso gozo. Desacoplarse despacio -no quedan apenas fuerzas- para derrumbarse juntos, asiéndonos las manos. Desnudo boca arriba, párpados pesados; el cuerpo se disuelve, se torna nada con forma, aire calmo.

Anulados los sentidos, acalladas las sensaciones. Todas las células dormidas, no hay ningún pálpito, no borbotea la sangre, el cuerpo se ha hecho alma. Y mis pensamientos dejan de serlo para volar sin alas. No soy yo, porque soy todo, o si se prefiere, soy nada.

Y en ese abandono una infinita paz me embarga. Paz sin tiempo a la que no asoma el más mínimo miedo. Quietud eterna, gozo absoluto, felicidad. Se han ido todas las ansiedades que anidan en mis vísceras; mente y cuerpo suspendidos.

Sé que estoy ahí y sé que no. Alcanzo a adivinar, en intuición evanescente, comuniones que me trascienden. Dejar de ser para hundirse en uno mismo, breve liberación de los lastres (sentir, pensar, hacer). Notarme engullido en esta nube mágica, despersonalizarme.

Durante este rato, tu mano sobre la mía es un canal abierto, ancla liviana que enlaza tierra y cielo. La siento sin sentirla, sin saber si es mía o tuya o es el todo. Porque a través de ese contacto, el placer colorea la paz inmensa; a través de esas manos nos tocamos por dentro, acariciándonos las almas, que no son dos, sino una o todas.

Y un momento antes (aunque, ¿acaso hay tiempo?) de quebrarse lo eterno, constato de nuevo la belleza. Me maravillo otra vez de poder vivir esto. Sé que no se puede describir y sin embargo lo intento.




CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras

martes, 3 de julio de 2007

El Santo del día

Con éste pretendo iniciar una serie de posts inspirados en el riquísimo Santoral de nuestra Unam, Sanctam, Catholicam et Apostolicam Ecclesiam. Como enseñaba el catecismo de mi época escolar, los Santos son, junto con los Ángeles, nuestros mediadores e intercesores y deben ser objeto de nuestra veneración porque fueron templos vivos de Dios. Conocer la vida de los Santos es uno de los más eficaces remedios de que disponemos para prevenir las tentaciones y evitar el pecado. De hecho, la verdadera finalidad de las canonizaciones eclesiásticas no es otra que presentarnos modelos de conducta, ejemplos a seguir posibles desde nuestra pobre humana naturaleza.

La Iglesia conmemora cada día varios Santos, porque –benditos sean- muchos más hay que jornadas tiene el año. Lamentablemente, la costumbre entrañable de consultar el santoral está hoy día casi extinguida. Tampoco son habituales esas lecturas piadosas de vidas ejemplares que, por muy simplonas que fueran, casi al estilo reader’s digest, nos aportaban anécdotas de saludable moralidad, amén de tiernas emociones infantiles. Recuerdo mi ansiedad por Teresita escapando de su casa abulense para convertir infieles, mi santa ira al descubrir la impía depravación de Nerón con aquellos mártires de los primeros tiempos, y así tantas y tantas …

Creo pues que, en esta época de relativismo moral que hemos de sobrellevar, bien ha de estar recuperar viejas devociones o, cuando menos, aportar breves pinceladas de esos congéneres que con sus vidas supieron mostrar a sus contemporáneos y a los que hemos llegado después la luz de la Verdad. Para ello, por más que carezca de toda originalidad, qué mejor que aprovechar el Santo del día para trazar la correspondiente semblanza. Aprovecho los recursos de la maravillosa Red (tan frecuentemente empleada para actos de sulfuroso hedor) y buceo en varias páginas a tal fin. Cierto es que no me queda del todo claro cuál es el Santoral oficial, pues encuentro muchas divergencias; perdónenseme los involuntarios errores en que pueda incurrir (procuraré, poco a poco, mejorar en esta tarea).

Hoy, tres de julio, conmemoramos las santas vidas de Tomás Apóstol, Raymundo Gayrard, León II papa, Jacinto, Heliodoro obispo, Trifón y otros doce mártires de Alejandría, Eulogio y otros mártires de Constantinopla, Ireneo y Mustiola, Marco y Mucio, también mártires y Dato obispo. Once personajes para un solo día (y eso sin contar a los mártires anónimos que acompañaron a dos de ellos): hay donde escoger. Y hoy escojo a Tomás, porque creo que es su ejemplo el que ahora puede resultarnos más provechoso. No voy a extenderme en la glosa, baste consultar alguna página al efecto.

Resaltaré, eso sí, que alguna tradición lo supone arquitecto y por ello el gremio al que pertenezco lo ha erigido en su Patrón. Ciertamente, es usual en su iconografía hacerle portador de una escuadra, pero creo más verosímil que fuera un pescador de familia humilde que, junto a otros compañeros, oyó la llamada de Jesús y, abandonándolo todo, le siguió. Era, en todo caso, un hombre fornido, valiente, impetuoso (nada políticamente correcto, diríamos hoy) y de tremenda fidelidad a Nuestro Señor. Es él quien arenga a los apóstoles para acompañar a Cristo a Betania cuando Lázaro muere, para defenderlo de los más que probables apedreamientos y, si era preciso, morir junto a Él. Con este carácter no ha de costarnos entender el durísimo golpe que tuvo que sufrir por la Pasión y Crucifixión; debió de quedar en un estado de total abatimiento. Seguramente por eso no se encontraba con sus compañeros en la primera aparición de Jesús; y también me parece muy humana su famosa incredulidad cuando éstos se lo contaron. Pero puede (y así debemos creerlo) que no se tratara tanto de falta de fe como de una protesta airada del hijo dolido por no haber visto al Padre, una amorosa exigencia al divino amigo para que volviera a visitarle. Y Jesús lo hace, ofreciéndole las heridas de sus manos y su costado para que las palpase. Intentemos concebir la turbación emocionada del Santo, tratemos de vivir esa escena: Tomás cayendo de rodillas, el rostro anegado en lágrimas de alegría, mientras, entrecortadamente, musita la bellísima fórmula que hasta hoy nos ha llegado: “Señor Mío y Dios Mío”. Qué acertadamente proclamó San Gregorio, uno de los Padres de la Iglesia, que la incredulidad de Tomás ha sido más beneficiosa para nuestra Fe que la fe de los apóstoles que fácilmente creyeron.

La tradición nos cuenta que Tomás marchó hacia Oriente para apostolizar a los partos, medas y persas; incluso se le hace llegar hasta la India, tras atravesar Pakistán y el Tíbet. Murió martirizado en Calamina, ciudad indostánica de ignota localización, en un día como hoy del año 72.

Mucho creo que podemos aprender de este hombre humilde y santo, ajeno a vanidades y componendas. Confío que estas breves líneas despierten algún corazón dormido y basten para animar a profundizar en el estudio de su ejemplo. Aprovecho para felicitar a los Tomases que puedan leerme, siempre claro está, que su cristiano bautizo no obedezca a la advocación de otros venerables homónimos, como el Doctor Angélico de Aquino (1226-1274) o Santo Tomás Moro (1478-1535), cuyo honesto y valiente enfrentamiento al impúdico y hereje Enrique VIII le costó ser decapitado. Es importante saber que con nuestros nombres nos pone la Iglesia bajo la protección de tan eficaces intercesores. Merece pues la pena conocerlos y venerarlos, incluso ahora en que se olvidan estas prácticas y abundan vocativos paganos cuando no simplemente baladíes. Qué lejos ha quedado esa tradición de poner al infante el nombre del santo del día (yo mismo porto, como segundo, el que se conmemora en mi onomástica).

No tengo apenas tiempo para más. Sin embargo, no quiero acabar sin recordar a San Raimundo, impulsor decidido de la construcción de la basílica tolosana de San Sernín y, por ello, otro de los que se invoca como patrono de los arquitectos. Muerto santamente el tres de julio de 1118, desde su tumba fue hacedor de numerosos milagros, llegando a aplacar una cruenta epidemia. Pareciera que el día de hoy santifica la arquitectura. Lástima que Gaudí, devoto católico y autor, como San Raimundo, de otra de las grandes obras sacras de la cristiandad, muriera algunos días antes de esta fecha.


CATEGORÍA: Creencias y descreencias

lunes, 2 de julio de 2007

Qué asquito de cerebros tenemos

Leo en el último libro de Punset (por cierto, bastante flojillo) que el cerebro humano no está hecho para buscar la verdad, sino para rellenar, para sobrevivir ... Parece ser que lo que necesitamos es algo que nos sirva para “ir tirando”, algo que nos permita un cierto equilibrio entre nuestros deseos (¿bioquímicos?) y los estímulos que recibimos del entorno. Esos algos los va fabricando nuestro cerebro, a modo de cuentos que nos contamos, no necesariamente coherentes (más bien llenos de contradicciones) y que en algún post anterior he llamado “ideologías personales”.

Ese equilibrio mental podría ser una definición aceptable de la felicidad y, entonces, el cerebro tendría como función primordial hacernos creer que somos felices. Por supuesto, si creemos ser felices, pues lo somos; ¿qué es la felicidad sino una percepción personal? Un cerebro funcionalmente eficiente “producirá” pensamientos útiles para ajustar equilibradamente nuestros deseos y las percepciones que nos llegan. Ese ajuste puede operar sobre ambos campos, aunque en los dos con suavidad: acomodando nuestros deseos a la realidad que percibimos, interpretando la realidad que percibimos para que se acomode a nuestros deseos. Las insatisfacciones, los “dolores del alma”, serían pues desajustes.

Es curiosa la tendencia humana a preferir siempre buscar el ajuste hacia afuera antes que cuestionarse sus propios deseos insatisfechos. Cuantas ideologías nacen de ansias ególatras de los humanos, de rabietas infantiles que nos incapacitan para aceptar nuestra efímera y diminuta naturaleza. Y así forzamos las explicaciones del mundo hasta límites inverosímiles, en un afán de seguridad (que es ficticia) que creemos necesitar para poder ser felices. ¿No será mera bravuconada, pura apariencia para disimular que, en el fondo, estamos bastante acojonados?

Aunque el cerebro no esté hecho para buscar la verdad, su sistema operativo suele hacer que se tope con ella. Supongo que ese “software” es una exigencia evolutiva, había que poner ciertos límites de supervivencia a la capacidad de contarnos mentiras a nosotros mismos, so pena de que nos diera por salir volando por las ventanas de un décimo piso u otros actos similares. Pero, aun así, esa saludable capacidad de raciocinio escéptico (responsable de los mejores logros de nuestra especie) parece que conviene mantenerla a raya, evitando dirigirla contra nuestras convicciones íntimas, salvo cuando no nos queda más remedio. Eso suele ocurrir tras habernos descalabrado por dentro y no siempre.

Claro que también es verdad que un cerebro que esté cuestionando permanentemente su ideología lo caracterizamos de patológico. En cambio, qué envidiable salud mental muestran quienes eluden esas crisis y muestran un maravilloso equilibrio entre sus certezas y sus deseos, por más que aquéllas estén plagadas de contradicciones sobre las que, simplemente, no quieren reflexionar ni un segundo. No tendría nada que objetar a quienes escapan de los desconciertos si no fuera que entre ellos abundan los que tratan de imponer sus seguridades a quienes (pobrecitos) carecemos de ellas.

Porque para nada voy a arremeter contra la ideologías monolíticas, siempre que –eso sí- se queden en los ámbitos íntimos de cada conciencia. Lo peligroso es que las ideologías gustan de colonizar otras mentes, con apostólico afán de convertir a los que aun desconocen la “verdad” (o, lo que es peor, conociéndola se niegan a convertirse en creyentes). Y esa voluntad salvífica es, a mi juicio, uno de los peores cánceres que ha sufrido la humanidad durante su breve historia. Cuántos crímenes, desde los más atroces a los más cotidianos, se han cometido (y se siguen cometiendo) en los nombres múltiples de lo que no son, al cabo, sino formas de entender el mundo, de concebir al hombre. Ampulosas palabras, que poco o nada afectan de verdad a la felicidad de los individuos, se convierten en argumentos para dar sentido a la vida (y jodérselo a la de los disidentes). Me viene a la mente, ahora mismo, el reciente debate (que de anacrónico debiera ser surrealista) sobre la famosa asignatura de Educación para la Ciudadanía; y de ahí pasaríamos a las fantásticas denuncias de Ratzi (por ejemplo, respecto al “relativismo moral”) que está logrando convertir a Juan Pablo II (si bien a título póstumo) en un adalid del progresismo católico.

Por otra parte, es más que evidente, que la mayor parte de las “ideologías personales” nos las construimos mediante collages estrafalarios a partir de subproductos “enlatados” llenitos de tópicos. Lo de personal se limita al ars combinatoria, y de eso tampoco vaya usted a creer que hay mucho pero, ya se sabe, la creatividad anda escasa (y además cansa). Mientras el sistema (ideológico) funcione, ¿para qué cambiarlo? Y si no funciona, pues al supermercado de repuestos, que hay de todo como en botica. Claro que lo mejor para que no se te estropee (y te vengan crisis psicológicas, que son muy malas) es no meterle mucha caña (léase pensamiento crítico).

Siendo así, me pregunto cuántos se creen lo que creen o hasta qué punto se lo creen. Supongo que, como en todo, habrá una escala de autocinismo en la que todos nos moveremos. Para volver al ámbito religioso, digamos que los extremos estarían en la fe del carbonero (tan alabada por San José María Escrivá de Balaguer) y en el papa aquél (tengo que confirmar su nombre, pero si no me equivoco era un italiano renacentista) que confesó a sus íntimos que si no se hubiera inventado a Dios habría que hacerlo. Este señor puede tomarse como paradigma del tan frecuente uso actual de las ideologías por quienes no creen en ellas pero sacan tremendo provecho de defenderlas. Aunque me dan más miedo los que han logrado creérselas olvidando que lo hacen porque les sacan tremendo provecho. Esos son más peligrosos, quizás porque nos resulta más difícil condenarlos (ahora mismo estoy pensando en George W. Bush, aunque puede que esté equivocado y en realidad sea un cínico malvado que, gracias a excelentes dotes histriónicas, interpreta a una fanático estúpido).

Por cierto, sería divertido que nos atreviésemos a despojar nuestras ruindades de sus mantos ideológicos; que tuviéramos el valor de renunciar al autoengaño, a la autojustificación. A lo mejor esos esfuerzos tienen utilidad terapéutica y, si no, supongo que nos mejorarían la tolerancia y, desde luego, propiciarían que profundizásemos en el conocimiento de nosotros mismos. ¿Por qué hago lo que hago? Hala, a responderse sin excusas (preguntése otro porqué a cada respuesta elusiva) ... y también sin sentimientos de culpa o autocompasión. Por ejemplo, ¿por qué me dedico a denigrar rencorosamente a una persona a la que no conozco gastando tiempo en intentar hacerle daño? Lamentablemente, sigue siendo más estimulante para la mayoría matar infieles.


CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

domingo, 1 de julio de 2007

De mañana (aunque amaneció hace rato)

Las diez y diez, domingo uno. Duermes … ¿te llevo un zumo de naranja? Soy egoísta, dices. Palabras repetidas en otra boca y en otro sitio, hace poco más de dos años. Ron con cocacola y la cabeza un tiovivo. No es así, te equivocas.

Plañidos del perfil de aluminio de la puerta de la terraza al presionar el listón de madera. Reponer el ganchito, pero me hace falta un taladro. De fondo, el sordo ruido del viento al que se acompasan los escasos motores automóviles (las motos desafinan; también las bocinas impertinentes). Aun así, casi es silencio.

Devolver los archivos al disco formateado. Nos inventamos tareas circulares, anclas de la melancolía. Sísifo. O acaso empeño inútil por mantener el orden, controlar el tiempo, proclamar un dominio ilusorio.

Cita de La hermana, novela de Sándor Márai: “Pero tú ya sabes todo esto, lo sabe tu mente. ¿Por qué no te atreves a que lo sepa también tu corazón?” Son los dos niveles del conocimiento; cuántas veces lo he pensado, cuántas veces me he rebelado. Y, sin embargo, a estas alturas admito ya que mi capacidad de convencer a las mentes (alta) es inversamente proporcional a la de llegar al corazón.

Creía que la diferencia nos traía dos verbos, pero compruebo que aprehender no significa lo que pensaba. Se me estropea el juego de palabras con la h intercalada. A tomar por culo el diccionario.

¡Qué retorcidos pueden ser algunos! Laberintos de mentiras para manipular en los que, a la postre, son ellos quienes se pierden. Simplificar las emociones y los deseos: desbrozar las malas yerbas. Menos es más (Mies Van der Rohe), lo pequeño es hermoso (Ernst Friedrich Schumacher). Me gustaría conseguir ese libro y releérlo.

Ha empezado julio. Dos meses por delante: arreglar la casa y organizar varios aspectos de la logística cotidiana; ay, la economía. ¿Buscamos un hotelito rural para dormir varias horas y pasear entre laurisilva? Que el aire y el sosiego acallen al mono nicotínico. Y, quizás, nuevo curso con nuevo curre. Dios dirá.

Ya te has despertado. Tuya es la luz del sol, tuya la mañana; recreemos el nuevo día como si fuera el primero de la Creación.




CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

martes, 26 de junio de 2007

Heces virtuales

¡Qué ilusión! Después de 16 meses de bloguear, por fin he recibido comentarios fuera de tono, de esos que pretenden ser ofensivos. ¿Son éstos los llamados trolls? Pues nada, ya he sido honrado con la visita de dos de ellos; aunque en realidad es sólo uno con dos comentarios inmediatamente consecutivos desde Venezuela.

A propósito de la historieta de mi amiga Gudrun, este troll califica de cerdas a las europeas, congratulándose del descenso de la natalidad que nos llevará a la extinción, lo que nos merecemos porque somos “una verdadera sarna”. Mostrando su audacia lúdica, mi visitante apuesta que desconozco quién es mi padre (mi padre ya no es). Pero con las europeas y conmigo no se le acaba la bilis y necesita un segundo comentario para calificar a las dos mujeres que me comentan previamente de “lacras” con quien nadie querrá casarse.

Me resulta bastante claro que ese individuo padece algún trastorno mental que, además de obturarle el raciocinio, infecta su espíritu y su verbo de malsanos miasmas. Quiere hacer daño, deseo que ya de por sí es sintomático de alguna patología, y vomita para ello la mierda que lleva dentro, revelando así, inequívocamente, su propia naturaleza. No me cabe duda de que este hombre ha tenido que pasarlo mal y sufre graves problemas que desconozco y que –imagino- le impiden la mínima paz consigo mismo. Uno sólo puede desear que encuentre la terapia adecuada, entre la que no creo que esté insistir en este reparto infantil de insultos.

Porque, sin mucha investigación, cabe suponer que este individuo es el mismo que insulta a Amaranta y, a partir de ella, a varios de los que la comentamos. Con tales antecedentes, qué puedo decir sino sentirme honrado por haber sido, aunque tardía y brevemente, sumado a dicha compañía. Me dice Pilar que borre estos dos comentarios; no voy a hacerlo. Imagino que es por vanidad, pero no me parece mal que mi blog cuente con dos caquitas sueltas. Ya se sabe que las vanguardias artísticas recurren cíclicamente a reclamos escatológicos, así que puede que estos exabruptos aislados contribuyan estéticamente al conjunto. Claro que la caca en su justa medida y procurando desodorarla (tal es la intención de este post); así que no borro estos primeros y únicos comentarios, pero sí cualesquiera próximos de este tenor.

Y como de todo se aprende (las heces son, sin duda, muy fructífera fuente de información) mi desconocido comentarista me ha hecho reparar en la palabra lacra, cuyo significado me he dado cuenta de que no conocía con la suficiente precisión. Es un sustantivo de origen incierto (como nuestro amigo), cuyas dos primeras acepciones son “secuela o señal de una enfermedad o achaque” y “vicio físico o moral que marca a quien lo tiene”. Es decir, las personas tienen lacras pero no son lacras y, si lo fueran, serían en sentido metafórico y respecto a alguien (una mujer, por ejemplo, que es el vicio de alguien marcado por esa obsesión morbosa, ummmm). Ahora bien, en Cuba, Uruguay y (atención) Venezuela, este término sí tiene un significado personal y se emplea para caracterizar a un depravado. Y depravado es alguien demasiado viciado en sus costumbres. Vaya, vaya ... Hay que reconocer que mi comentarista usa las palabras adecuadas a lo que quiere expresar. Pues felicidades y mis mejores deseos de una pronta recuperación.


CATEGORÍA: Blogs e Internet

sábado, 23 de junio de 2007

Una aguja en el pajar

El azar es sorprendente, cuesta no admitir que la magia exista. Dejémoslo en coincidencias, pero no por ello menos curiosas. Y atrayentes, al menos para mí. Auster hace de ellas uno de los cimientos de su literatura, que tanto me gusta. En la mañana de ayer buscaba en internet información sobre un tema del curre. No sé muy bien cómo (misterios de Google) llego a una página en alemán sobre la historia de la familia Hachez, los fundadores en Bremen de esa famosa marca de chocolate. Yo, ni papa de alemán y, además, a primera vista no parecía que hubiese ninguna relación entre esa web y lo que buscaba. Iba pues a cerrarla cuando, a pie de página, veo el nombre y apellido de un antigua amiga mía: Gudrun.

La conocí hacia mediados de los 80 en Madrid. Era novieta de un amigo, Alfonso, con quien compartí piso un año. Este amigo había vivido unos años en Alemania y allí la había conocido. No mantenían ninguna relación formal, pero Gudrun, que vivía en Bremen, vino un par de veces a nuestra casa y se acostaba con Alfonso. En mi último año madrileño nos hizo otra visita; esta vez con una amiga, Ingrid, que vivía por entonces en Granada. Ambas eran un encanto, unos años mayores que nosotros (superaban los treinta). Por esos días había decidido aceptar la oferta laboral que me trajo a esta isla. En la última noche -se iban al día siguiente- les invité a visitarme en Tenerife. Recuerdo que Gudrun, que no hablaba apenas español, me miró dulcemente y me dijo que le encantaría. La verdad que la chica me gustaba un montón, tanto su físico como su carácter (que simplemente intuía porque la comunicación entre nosotros era una prueba de obstáculos); pero estaba con Alfonso, así que ...

Por entonces salía con una preciosa morenita conquense que estudiaba cuarto de psicología en la Autónoma de Madrid. Esther ha sido una de las mujeres que más me ha enseñado, de la que más aprendí. Lo más impactante de ella era su absoluta franqueza, tanta que podía confundirse con dureza emocional. Cuando me propusieron irme a vivir a Canarias, me animó a aceptar y, al mismo tiempo, restó importancia a nuestra relación, situándola en su justa realidad sin ninguna dramatización. No creo que ninguno de los dos estuviéramos enamorados y, desde luego, ambos teníamos claro que en esos momentos nuestras prioridades eran otras. Aun así, con la forma en que Esther condujo nuestra separación quiso seguramente hacerme un último regalo. Aunque no fue el último porque, ante mi insistencia, aceptó venir conmigo a Roma esas navidades, cuando ya llevaba cuatro meses aburridísimo en una urbanización turística del sur tinerfeño.

Pero vuelvo a Gudrun. Esas mismas navidades, a través de mi amigo Alfonso, me entero de que le gustaría venir a visitarme, acompañada de su hermana. Me dio muchísima rabia, porque me apetecía mucho verla, pasar con ella unos días, pero ya había organizado la escapada a Roma. La llamé por teléfono y en un inglés macarrónico (ni ella ni yo lo hablábamos bien) le expliqué mis planes y le insistí en que, pese a ello, se viniera con su hermana, que les dejaba mi casa a su disposición (por cierto, un chaletito de dos dormitorios en primera línea con una terraza frente a La Gomera desde la que se disfrutaban espectaculares puestas de sol). Así que se vinieron a pasar una semanita, si bien llegaron cuando ya yo me había ido. También vino otro amigo madrileño quien, por cierto, se enrolló con Sabina, la hermana.

Llegué a Tenerife de mis vacaciones romanas (y de mi despedida definitiva de Esther) en uno de los antiguos vuelos nocturnos. Muy de madrugada (hacia las 5 o 6) entré en mi casa. En el primer dormitorio atisbé los cuerpos dormidos de mi amigo y Sabina (sorpresa relativa); en el del fondo, el mío, estaba Gudrun que abrió los ojos al oírme, me sonrió y me invitó a meterme en la cama. Sin palabras nos acurrucamos muy juntitos y así estuvimos un ratillo acariciándonos y besándonos, ambos muertos de cansancio, disfrutando de un placer tierno, almohadillado en un sopor dulce. No pensé en nada, simplemente me dejé llevar a ese estado de felicidad sin preguntas, desde el que fuimos cayendo suavemente en el sueño. Despertamos abrazados hacia las once. Desayuno los cuatro juntos y casi, sin tiempo para contarse nada, ponerse en marcha porque las dos alemanas salían ya para Bremen. Un beso sutil de despedida y yo con una sensación inquietante de irrealidad.

Al verano siguiente fui a visitarla. Fue mi primer viaje a Alemania y también estuvo lleno de azares sorprendentes. En el vuelo de Madrid a Frankfurt conocí a una chica rubia que me contó una historia rocambolesca cuya reseña no tiene ahora cabida. Iba a Berlín (el muro aun no había caído) y, sin embargo, me tropecé con ella en Bremen una semana después; decidió acompañarme en el tren de vuelta y estuvo conmigo dos días en Frankfurt. Pero esa es otro extraño cuento, plagado de misterios surrealistas que nunca llegué a desentrañar. Lo cierto es que ese viaje, motivado por unas caricias entre el sueño y la vigilia, tuvo también mucho de onírico. De hecho, mientras lo evoco, me vuelve esa sensación de irrealidad, de acontecimientos desgajados de la cadena de sucesos de mi historia personal, al modo de los que vivimos en sueños. Aun así, guardo con relativa fidelidad mis impresiones del primer día paseando por Frankfurt, lo mucho que me impresionó la rehabilitación del núcleo antiguo, lo mucho que me gustó la ribera del Meno con los fantásticos museos que allí se disponían (especialmente el de Meier).



Pasé una semanita en Bremen, alojado con las dos hermanas. Con absoluta normalidad, Gudrun me alojó en su cama y me dedicó las noches, salvo un par de ellas que las pasó en la casa de un amigo suyo. Desde luego, yo no era capaz de procesar demasiado esa situación, pero tampoco me molesté en tratar de entenderla. Me enseñaron la ciudad, me presentaron a varios amigos (entre ellos el "especial" de Gudrun), me llevaron a beber cerveza y oír música, pasamos una tarde en su huerto en una isla del Weser ... (Esa isla fluvial el Ayuntamiento la ha dividido en parcelas que alquila para que los ciudadanos cultiven con mucho esfuerzo y cariño unas hortalizas bastante escuálidas; me sorprendió muy favorablemente esa iniciativa municipal). Mis relaciones amorosas con Gudrun fueron, durante esas noches, casi tan etéreas como la única de Tenerife. Aun así -y perdóneseme el exabrupto- me dejaron algún bichito de hábitat genital que involuntariamente presenté posteriormente a otras amigas. Qué inconsciente era uno en la veintena, antes de los tiempos del sida.

Durante los meses siguientes mantuve esporádicos intercambios epistolares con Gudrun. Un par de años después volví a Alemania, esta vez con R, mi ex. Pasamos un día en Bremen, alojados en la casa de las dos hermanas, pero obviamente la situación era distinta, tanto la mía como la de ella, pues entonces mantenía una relación bastante más tradicional con un alemán calvo, de gafitas a lo Lennon y perilla rubia. Y, salvo error u omisión, no creo haber tenido más contactos. Alguna vez, bastantes años después, he tratado de indagar sobre su vida, sin resultado alguno. Hasta ayer, cuando de la forma más inusitada aparece la aguja en el pajar infinito de internet. Y este hallazgo casual (que nunca habría aparecido de haber sido intencionado) me ha traído su recuerdo, tan dulce y suave como los momentos que compartí con ella.


CATEGORÍA: Recuerdos

jueves, 21 de junio de 2007

Orgullo

La mayoría de los términos que se refieren a cualidades psicológicas de las personas cubren campos semánticos amplios y ambiguos. Además de la imprecisión intrínseca del lenguaje común (no estoy hablando de las acepciones mucho más restringidas de los lenguajes técnicos), en este caso la ambigüedad corre pareja con la fluidez del concepto; ¿cómo delimitar un sentimiento, una emoción, un rasgo del carácter? Menos explicable es ya el que, en su gran mayoría, estos términos generen tan alta sensibilidad. Digamos que el significado personal que les damos está muy teñido por factores valorativos propios. Como consecuencia de esta “carga emocional” los procesos de comunicación pierden bastante eficacia cuando aparecen estos términos. Entiendo en este contexto que una comunicación será tanto más eficaz cuanta mayor equivalencia haya entre lo que quiere transmitir el emisor y lo que entiende el receptor. La aparición de “términos sensibles” en los mensajes genera no sólo que se distorsione la comunicación alterando la “neutralidad” perceptiva de los interlocutores, sino también aumenta la probabilidad (siempre presente) de que cada uno atribuya al mismo término significados distintos.

Viene el pedante rollo anterior a cuento del término “orgullo”, que recientemente salió en una conversación grupal propiciando un maremagnum de opiniones que, al margen de sorprendentes apasionamientos, me mostró que lo que para cada uno significaba el orgullo era muy distinto. Ciertamente, habríamos podido convenir un mínimo común denominador semántico; lo que pasa es que, para alcanzar tal consenso, habríamos tenido que despojar a la palabra de tantas cosas que, al final, de poco serviría. Claro que a prácticamente nadie le interesaba convenir un uso preciso del término, sino precipitarse a valorar la bondad o maldad de las personalidades orgullosas. Lo divertido es que intuía que dos valoraciones radicalmente enfrentadas (para uno el orgullo era algo malo, para otro algo bueno) a lo mejor respondían a dos conceptos distintos expresados con el mismo término; a lo mejor, si ambos interlocutores hubieran entendido a qué llamaba orgullo cada uno de ellos, habría resultado que no estaban tan en desacuerdo.

Lo cual me lleva a algo de lo que, desde hace mucho tiempo, estoy bastante convencido. Que en multitud de ocasiones la gente no quiere comunicarse, sino fingir que lo hace, para en esa especie de juego, exhibir su posición. Desde luego, es en los debates políticos donde más se aprecia este circo surrealista, ya que adquiere tintes caricaturescos. Pero creo que este fenómeno se produce con harta frecuencia en casi todos los ámbitos, hasta en los momentos más íntimos. Prueba de esto es que suele repatearnos ponernos de acuerdo sobre lo que estamos hablando, asegurarnos de que entendemos igual(o suficientemente igual) los términos. En el fondo, no nos interesa demasiado saber lo que piensan o sienten los demás; no nos interesa demasiado comunicarnos.

Ahora mismo vengo de una reunión que, como tantas otras, ha sido sintomática de lo que estoy contando. Se trataba de conciliar las posiciones encontradas de dos Administraciones Públicas en relación a la protección de los edificios históricos de la ciudad. A mí me tocaba el papel de mediador y lo que pretendía era sobre todo obligarles a concretar los aspectos de disenso. Tarea dificilísima, porque ambas partes lo que querían era soltar sus respectivos rollos, muy en plan de declaraciones de principios, y justificar, en términos absolutamente genéricos, su oposición a lo que la otra parte defendía. Cuando, cumpliendo mi función, empecé a obligarles a ir punto a punto (sin irse por las ramas), a concretar exactamente lo que defendían (en plan fiscal de película americana: diga sí o no), a identificar explícitamente los aspectos aparentemente conflictivos ... pues resultó que tampoco había tanto enfrentamiento como parecía. Así que, en teoría, gracias a la dirección que impuse a la reunión, ésta resultó fructífera, dando como resultado una relación explícita de temas consensuados. Sin embargo, ninguna de las dos partes (mejor dicho, las personas que las representaban) me lo va a agradecer; al contrario, habrían preferido que yo no hubiera estado y no haber llegado a ningún acuerdo, pero que les hubiesen dejado cacarear sus ampulosas banalidades.

Tiene esto –en mi opinión- mucho que ver con el orgullo, al menos con la acepción con la que yo me traduzco esta palabra. Si miramos en el DRAE, la circularidad inevitable de sus definiciones (no puede ser de otra forma), trae a colación muchos otros términos emparentados: vanidad, soberbia, altanería, altivez, presunción, arrogancia, altanería ... En el debate al que antes me refería, como dije, hubo muchas opiniones respecto a lo que cada uno entendía por orgullo y, sobre todo, a la valoración que le otorgaban como cualidad buena o mala. Por supuesto, es cómodo decir que, como en todo, la bondad o maldad dependerá de las dosis en que esta cualidad se manifieste en una personalidad. Vale; pero tengo muchos más ejemplos de los daños que hacen las actitudes orgullosas. Así que permítaseme tenerle un poco de manía.


Dice Sade que el amor es más fuerte que el orgullo; lamentablemente, a veces, no.


CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

martes, 19 de junio de 2007

Sexo, mentiras y messenger (y IV)

En el post anterior omití intencionadamente algunos datos, a fin de que quien leyera las conversaciones recibiese las mismas impresiones que inicialmente tuvo Sandra. Casi todos los que han comentado han dado por supuesto que Lola es la chica. No es así; Lola es Alex, ese personaje insolente, vanidoso y gallito. Bajo la personalidad de un chico, Lola ha mantenido contactos con diversas chicas; con dos de ellas (la que sale en el post anterior y Alma) estos contactos se han mantenido durante periodos muy largos (más de dos años con ambas simultáneamente).

El personaje de Alex, que se va desvelando a lo largo de tantísimas horas de conversación, es de una coherencia caracterológica asombrosa, teniendo en cuenta que lo ha ido construyendo una niña entre los catorce y los diecisiete años. Las notas más significativas de su personalidad son bastante opuestas a las que Lola muestra de sí misma. Es muy borde y Lola, hasta hace poco, no lo ha sido. Es tremendamente machista, en la faceta “protector de las débiles mujeres”. Es duro e independiente; alardea de no necesitar de la afectividad de las chicas a las que “enamora” y, por supuesto, de tener un éxito absoluto con todas las que quiere. Al mismo tiempo, tiene una vena de Quijote, caballero andante que, por muchas golferías que haga (ante lo requerido que está por tantas pibitas), guarda una especie de fidelidad noble a su novia y a su queridísima prima. Lola, en cambio, es muy insegura y se pone nerviosísima ante cualquier acontecimiento futuro, por nimio que sea.

Este “alter ego” psicológico comparte muchos aspectos de la realidad de Lola, a modo de Jeckyll y Hyde. Supongo que eso era lo que más le convenía para no cometer errores mientras representaba su papel masculino. Así, Alex vive en la misma ciudad que Lola, su historia familiar es prácticamente la misma, las cosas que hace son las propias de su entorno, etc. Los aspectos que no pueden ser cubiertos recurriendo a la Lola real encuentran solución en un chico a quien ésta conoce; de tal forma que Alex se inspira en el novio de una amiga de Lola. Son las fotos de este chico las que envía compulsivamente a todos sus contactos; incluso ha llegado a grabarle con el móvil pequeños clips y retazos de su voz que posteriormente ha pasado a través del messenger.

También la mayoría de personas a las que se refiere Alex en sus conversaciones son reales, amigas suyas o del chaval cuya imagen suplanta. A este respecto hay que resaltar dos: Laura, “la novia” e Isa, “la prima”. Laura es su mejor amiga desde la infancia, prácticamente desde el hospital en el que ambas nacieron casi a la vez. Es una chica muy guapa que puede que sea la única a la que Lola le haya confiado algunos de los aspectos ocultos de su intimidad; tenemos algunos indicios en este sentido, pero para nada estamos seguros. Ya puestos a elucubrar, Sandra ha pensado si, a lo mejor, Lola ha estado (¿o sigue estando?) realmente enamorada de Laura, aunque ésta no es lesbiana. La prima Isa es la propia Lola, a la que Alex siempre ensalza como una piba estupenda y, al mismo tiempo, presenta como objeto de deseo de todos los tíos, pero inalcanzable (el propio Alex se encarga de protegerla). A propósito, en la conversación del post anterior, el tal Manu era también la propia Lola que, engañando a la chiquita enamorada, lo hacía aparecer para escenificar los personajes de la prima virginal y deseada y el primo caballeroso y protector frente al salido repugnante.

Naturalmente, sobre las referencias reales que le sirven para no perder la continuidad narrativa, Lola va enriqueciendo su personaje con mentirijillas sobre su vida, las más de ellas exageraciones infantiles destinadas a impresionar a sus contactos (tiene jacuzzi en casa, una moto, disfruta de libertad casi absoluta y medios económicos para hacer casi cuanto quiere, etc). Todas estas “mentiras decorativas” resultan muy infantiles, pero visto desde una óptica adulta. Lo cierto es que “encajan” bien en la imagen que uno se va haciendo del personaje, dándole consistencia y verosimilitud.

Y, desde luego, el personaje resulta absolutamente creíble para las chicas con las que contacta. Todavía no tenemos claro cómo las contacta; todo indica que a través de chats públicos en los que se intercambian (imaginamos) las respectivas cuentas para agregarse mutuamente al msn. Sea como sea, el caso es que, bajo la personalidad de Alex, Lola mantiene conversaciones con muchas chicas más o menos de su edad. La táctica siempre es similar: va intimando con ellas y haciéndose “colega”, pero jugando intencionadamente con una ambigüedad afectiva, de modo que es fácil pasar de la “amistad” al “enamoramiento”. La combinación algo caótica de “chico sensible y caballeroso” y “fanfarrón machista y borde” le da resultados espléndidos, ya que consigue que varias se le queden colgadas.

Lo que no está claro es hasta qué punto Lola se implica afectivamente con esas chicas. En algunos casos pareciera que para ella se trata de un juego retorcido que acaba cuando ve que la chica se ha enamorado de Alex, como si el interés desapareciera una vez conseguido el reto. Sin embargo, en otros, el larguísimo periodo de relación que mantiene con algunas insinúa que en Lola se ha creado una dependencia afectiva respecto a esas chicas, por supuesto desde presupuestos falsos y radicalmente distintos de los de la otra. Ahora bien, a contrario sensu, llama la atención que las dos chicas con las que Lola ha mantenido más largas relaciones virtuales (la que aparece en el post anterior y Alma) hayan sido contemporáneas durante casi año y medio; y en esa sincronía ambas estaban enamoradas de Alex y éste les “correspondía” a ambas (¿también Lola?).

Otra cuestión sorprendente es la extrema habilidad que ha desplegado Lola para mantener estas ficciones durante periodos tan largos. Es inagotable el catálogo de argucias al que ha recurrido para evitar quedar en evidencia; no sólo para no conocerse físicamente (relativamente fácil de justificar dada la lejanía), sino para no hablar por teléfono, no poner la cam ni el micro en el ordenador, explicar las incongruencias en las que inevitablemente a veces incurría, etc. A este respecto, Lola tiene claro que la mejor defensa es un buen ataque, lo que se traduce en exigir siempre honestidad a sus interlocutoras y acusarlas duramente de mentirosas a la más mínima sospecha, indignándose en cambio cada vez que se pone en duda su sinceridad. El éxito logrado sólo se entiende desde un dominio mental muy grande sobre sus interlocutoras, a las que manipula y hace afectivamente dependientes. Estas habilidades psicológicas son, desde luego, preocupantes; máxime en una adolescente de tan corta edad.

Sólo Alma la descubrió. Eso ocurrió cuando, habiendo quedado para verse en Madrid en un viaje de Lola las pasadas navidades, Alex no se presentó a la cita. La prima de Alex (la propia Lola sin tapujos) llamó a Alma para contarle una historia rocambolesca que explicara la ausencia de su “primo”. Sin embargo, esta vez no coló completamente y la chica destapó el pastel. Por lo que sabemos fue un golpe terrible para ella, pero también para Lola. Fue por esa época (principios de este año) cuando hubo de confesarle a su madre que había mantenido una relación de amor bellísima a través de internet con un chico maravilloso llamado Alex pero que se había acabado, aunque ella sabía que un amor tan grande no podía acabar. Sandra, que para entonces ya tenía indicios de las tormentas interiores de su hija, la creyó; el sufrimiento de su hija era demasiado expresivo para no ser verídico.

Puede que lo fuera; pero también durante ese periodo de tormentas seguía con actividad por el messenger, manteniendo contactos más esporádicos, muchos de índole sexual, tanto con tías como con tíos, tanto con personalidad masculina como femenina. Y también puede que, aun sintiendo como sentía, permitiera ver a su madre esos sentimientos (adecuadamente disfrazados) a fin de tranquilizar los temores de ésta. Todo lo cual nos lleva a preguntarnos hasta qué punto las emociones y la inteligencia de Lola están bien conectadas entre sí, hasta qué punto coexisten en su cerebro pasión desbordada y frialdad calculadora. A este respecto, según Alma, cuando Lola dialogaba con ella como Alex, se creía realmente que era Alex (leyendo las conversaciones esto no resulta ningún disparate).

Tras la ruptura vino la reconciliación. Alma había llegado a tal grado de dependencia afectiva respecto a Alex (y puede que viceversa) que no podía prescindir de esa persona de la que se había enamorado, aunque fuera una chica. Así, durante los últimos seis meses han vivido una nueva relación que, al menos para Alma (según le ha dicho a Sandra), es una montaña rusa de emociones que la tienen confundida. Quiere a Lola, dice estar enamorada, se ha abierto totalmente a ella, quiere que vivan juntas; pero, al mismo tiempo, a ella le atraen los chicos y para nada las chicas, aunque reconoce que no sabe si le gustaría hacer el amor con Lola. Por otra parte, está convencida de que a Lola le pasa algo similar. Crea Alma lo que crea, Lola no es sincera con ella y le sigue ocultando muchas cosas.

Hay muchas más historias que se cruzan y que no pueden relatarse aquí. Lo que ha venido viviendo Lola, provocado por ella misma, le ha pasado factura en estos últimos meses en otros aspectos de su vida, lo que todavía añade factores a la complejidad del asunto. Creo, no obstante, que con lo que he escrito cualquiera se puede hacer una idea de que no se trata de un problema fácil, de que hay que andar con pies de plomo y estar lo más seguro posible de varias cosas antes de hacer movimientos que pudieran ser contraproducentes. Sé que la historia, por más que sólo haya aportado algunas pinceladas, tiene su interés narrativo y más todavía psicológico. Pero, aparte de su interés, creo que cualquiera puede entender que es fuente, más que justificada, de preocupación para la madre. Esperemos que tenga la suficiente prudencia e inteligencia (el amor a su hija le sobra) para contribuir a que se abran las mejores salidas para el bien de Lola. Dicho lo cual, pienso que lo mejor es dar por acabada esta serie de posts (que posiblemente serán borrados en un futuro).


CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

lunes, 18 de junio de 2007

Sexo, mentiras y messenger (III)

Registro de sucesivas conversaciones entre los mismos dos interlocutores. Se trata de 5 archivos xml con un total de 17 MB que cubren, con frecuencia casi diaria, desde octubre de 2004 a noviembre de 2006, aunque parece que los contactos empezaron ocho meses antes. Cada conversación dura en torno a las dos horas (normalmente entre las 8 y las 10 de la noche).

Ambos interlocutores dicen tener quince años. Uno es un chico que dice llamarse Alex; la otra es una chica. Viven en lugares distantes y no se conocen en persona. Alex tiene una novia llamada Laura. Se consideran "colegas", pero está claro que ella está enamorada de Alex, lo que le reconoce en enero de 2005. La historia evoluciona durante los siguientes dos años a partir de entonces, convirtiéndose en un culebrón de amores apasionados, rupturas violentas y reencuentros. Nunca llegan a conocerse.

Adjunto fragmentos de las conversaciones de cinco días de la primera etapa de la que hay registro. Están corregidas ortografía y sintáxis (no soporto el lenguaje sms) y simplificados. Recuérdese que esto es una pequeñísima muestra de un solo archivo de los más de 300 registrados durante los últimos tres años. Aclaro que no hay todavía materias escabrosas (aparentemente) y que la homosexualidad de Lola no es algo de lo que estemos absolutamente convencidos.
  • Hola loca, mañana no me conecto
  • Pues vale
  • ¿Qué te ocurre? Coño tía, pasa de mí.
  • ¿Qué pase de ti? Pero si has sido tú quien han pasado de mí, tío.
  • ¿De qué estás hablando?
  • ¡Dos días esperando que me contestases las perdidas que te hice! Pero tranquilito, que me da igual.
  • Bueno, vale ya. Si te da igual, pues tranquilita, eh.
  • Perdona. Si te he molestado, lo siento.
  • Venga, vale. Pero es que tus "lo siento" me están ya cansando. Así que en vez de decirlos, contrólate.
  • Ya, me controlo, perdona. ¿Quieres hablar conmigo?
  • Me da igual. Mira esta foto. ¿A que tengo una prima muy guapa?
  • Sí que es guapa.
  • Es que, despues de mi Laurita, es lo que más quiero en el mundo; es la bomba de piba. Bueno, me tengo que poner a estudiar. …..Ah, por cierto, anoche soñé contigo. Adios.
  • Espera, no cortes … ¿Qué soñaste?
  • Hola, estoy hablando con Manu.
  • Hola superman.
  • ¿Qué? ¿Ligando con la piba?
  • Ya sabes, como siempre, intentando robártelas.
  • Jooo, das pena, tío.
  • Tenía ganas de hablar con vosotros dos.
  • Eyyy … Haya paz, niños. Que la única que suelta guantazos soy yo, jajajaja.
  • Suéltamelos en la pollita.
  • Mira, para eso mejor te buscas una putita.
  • Anda, Manu, cállate que eres patético.
  • Eres un deseperado de mierda. ¿Qué pasa? ¿Que no puedes conseguirte tú sólo las pibas?
  • Bueno, perdonad, era broma. En realidad me aprovecho un poco de Alex para conseguirlas.
  • Bueno, Manu … ¿qué tal te va con Isa?
  • Pufff, tío; tu prima se me resiste demasiado.
  • Jajajaja, no tienes solución. Pasa de ti.
  • Bah, no sé. Pero yo insisto. Quiero disfrutar de ese culito.
  • Mira, niñato: mañana por la mañana, a las ocho menos cuarto en el camino. Voy a ser yo quién te toque el culo.
  • Eh, tío, no te cabrees, que sólo estoy bromeando.
  • Con Isa, ni una broma, capullo.
  • Joder, vale tío. Mira, me voy, pero no te mosquees. Mañana en el camino, nada de nada, ok? Adios. Chiquilla, cómeme la polla.
  • ¿Sigues ahí, Alex? Menudo salido de mierda. Yo de estos tipos paso.
  • Es lo mejor que haces. Mañana se va a encontrar conmigo. Le voy a esperar y no precisamente para hablar.
  • ¿No irás a pelearte?
  • Pues sí. No permito que digan esas cosas de Isa. Y también se ha pasado contigo.
  • No te pegues, por favor.
  • No, si no me voy a pegar. Le voy a pegar a él, jajaja.
  • Jajajaja. Oye … me molaron las palabras que me escribiste ayer.
  • Ni me acuerdo que te puse.
  • ¿No fuiste tú quien lo escribió?
  • No me acuerdo, pero imagino que sí, si es que no era nada raro.
  • Jo, parece que pasas un poquillo de mí.
  • No, pero es que tengo que estudiar.
  • ¿Sabes? Hoy me ha recordado Pati que ya hace 8 meses que nos conocemos.
  • Vaya, pues es verdad.
  • Mis amigas dicen que no entienden cómo puedo llevar tanto tiempo con alguien a quien ni siquiera conozco. Y que encima tiene novia.
  • Pasando de ellas, tía. ¿Acaso no somos colegas?
  • Si, pero …
  • Soy un capullo ¿sabes? Ayer estuve haciendo pesas y he sacado una bola impresionante en el brazo. Pero hoy me duele muchísimo.
  • Jajaja … Oye, lo del otro día fue buenísimo. Me encanta que me mandes esos mensajes.
  • Ten cuidado, que a veces me coge el móvil Manu y envía mensajes.
  • No me gusta ese amigo tuyo. Creo que le envió uno desagradable a una amiga mía.
  • Dame su msn para agregarla y le explico todo.
  • Vale. A ver cuándo te compras cam, que tengo ganas de verte y no sólo en fotos.
  • No sé, lo veo jodido; estoy muy planchado.
  • Pues yo me plancho el pelo mañana, jajajaja. Si quieres luego te pongo la cam para que me veas.
  • Hola
  • Hola, ¿qué tal? Estoy estudiando.
  • Mejor te dejo. Cuando puedas hablar me avisas. Ya casi no hablamos.
  • Vale, ok. Pues nada, entonces.
  • Venga, me espero hasta que no haya gente. Es que no sé que pasa, como si no quisieras hablar conmigo … El año pasado lo hacíamos más; todas las noches eran como una fiesta para mí. Estaba ilusionada todo el día.
  • Es que estoy estresado. Mi colegio tiene un nivel muy alto y me putean mucho.
  • Ya, yo también; pero intento sacar tiempo.
  • Bueno, mañana ya hablamos con calma.
  • Vale; por cierto, los análisis bien gracias por preguntarlo.
  • Lo siento, pero, joder, no puedo estar en todo. No me estreses, coño.
  • No pasa nada; lo siento. Adios. Besos.
  • Ei, ¿qué tal?
  • Bien, bien. Pasé un finde de puta madre. Estuve viendo carreras de motos y por la noche, fiesta.
  • A mí no me gustan demasiado las carreras. Cuando salgo prefiero hacer otras cosas.
  • Ni me imagino lo que harás, jajaja.
  • Sí, mejor no te lo imagines …
  • Oye, ¿como lo llevas con Laura?
  • Bien, ya volvimos. Escucha esta canción que te mando (es un reggaton).
  • Jo, qué letra más bonita. Es preciosa. Cada vez que me envías estas canciones … bufff.
  • Bufff … ¿qué?
  • Nada, cosas mias....
  • Dímelas
  • Nada, que me siento rara, triste. Me acuerdo de gente que quiero y tengo lejos: amigos, familia, colegas …
  • ¿Tienes familia lejos?
  • Sí; algún tío en Francia y bueno … ¿tú tienes familia lejos?
  • Sí, en medio mundo. Hermanos de mi madre y primos. Irlanda, Noruega, Nueva York …
  • ¿Sabes? El otro día soñé que estábamos juntos en un apartamento, con un perro …
  • Oye, odio que pongas esas mariconadas en tu nick.
  • ¿Mariconadas? ¡Que no lo he hecho con mala intención! Qué mala hostia tienes …
  • Mira, vente la semana que viene por aquí, que estaré solo. Le dices a tu madre que te vas a casa de tu amiga a estudiar.
  • Estás loco.
  • En serio, yo lo he hecho. Me escape un finde. Después me pillaron, pero que me quiten lo bailao. Lo pasé superbien.
  • Me encantaría, pero sabes que no puedo ..
  • Si quieres, puedes. El viernes por la tarde vienes, y te vuelves el domingo. Venga, yo te espero.
  • ¿Y qué haríamos? ¿Dónde me quedaría?
  • En mi casa, claro. Nos bañaríamos en el jacuzzi. Que no se te olvide el bikini.
  • Jajajja … ¿y después?
  • Cogemos la moto y nos vamos por ahí. Toda la noche de marcha y al amanecer te llevo a una playa que está muy güay.
  • ¿Y qué pasa con Laura?
  • No va a estar este finde. Pero eso da igual porque tú y yo somos colegas, ¿o no?
  • Sí, claro.
  • Ha llegado mi prima. Está aquí mirando y acosándome. Sacándome fotos. Mira …
  • Tú siempre con tus poses, jajajaja.
  • Sí, bueno … Se notan las pesas ¿verdad? El gym funciona.
  • Eres un chulito. Pero sí, el gym funciona.
  • Después de que vengas tú aquí, puedo ir yo a visitarte. Cuéntame qué haríamos.
  • Tendría que ser cuando no estuviera mi madre. Te llevaría al chalet de la urbanización.
  • ¿Y no me presentarías a tus amigas?
  • Se mueren por conocerte; además, solo conmigo seguro que te aburrirías.
  • Jajajaja … Mira esta foto me la mandó una piba de Inglaterra que estaba loquita por mí.
  • Es guapa. Ayyy, no sé … Estamos aquí inventándonos sueños; me entristece.
  • No seas boba.
  • Al final no me llamaste.
  • Es que me quedé sin saldo.
  • Una amiga me ha dicho que si fuera yo te desagregaría porque no podría ser capaz de estar tantos meses hablando con una persona sin verla.
  • Pero si me has visto en fotos
  • Pero no es lo mismo; ella me dice que lo voy a pasar mal.
  • Pues desagrégame.
  • No, a mí lo que me digan los demas me da igual. Si no te quiero desagregar, no te desagrego.
  • Vale, pero, ¿qué te dice ella de mí?
  • No piensa que seas mal pibe. Pero cree que, a pesar de eso, al final me harás daño.
  • Tampoco es que me importe que piense de mi, pero me parece una tontería que dejes de hablar con alguien porque esté lejos.
  • Yo sé lo que tengo que hacer, ya te lo he dicho. No voy a dejar de hablar contigo.
  • Haz lo que quieras. Ahh, oye, una cosa … Bueno, no, nada.
  • No, no; dímelo por favor, aunque sea una tontería. No me dejes así.
  • Nada, era que he vuelto a soñar contigo.
  • ¿Y qué has soñado?
  • Eso no te lo digo; secreto profesional, jejejeje.
  • No, va, dímelo. Siempre me haces lo mismo.
  • No tía, no te lo voy a decir.
  • En los sueños sale lo que quieres que ocurra. ¿Es así en los tuyos?
  • No sé, depende del sueño. Pero no creo que sea como tú dices. Bueno, venga, adios.
  • Hola
  • Hola, ¿qué tal?
  • Bueno … bien; ¿y tú?
  • Bien, muy ocupado. Me voy a duchar.
  • Tío, espera. No aguanto a Pablo, el novio de Elena. No hace más que meterse conmigo y me está enfrentado con mi amiga.
  • Pues si quieres que yo le diga algo, ya sabes …
  • ¿Cuánto tiempo crees que estaremos hablando? ¿Semanas, meses, años?
  • Ni idea. ¿Sabes? Laura y yo nos vamos a casar. Por el 2009 o así. Ya lo tenemos decidido.
  • ¿Sí? Mucho hay que durar. ¿Tan seguros estáis?
  • Mira esta foto de nosotros dos.
  • ¡Qué chulito sales!
  • No me gusta que digas eso. Mira esta otra: ¿También te parezco un chulito?
  • Joder, tío, no te cabrees. Un poco mas y me muerdes. Lo he dicho de coña.
  • No me hace gracia. Eres tú la que siempre me dice que la ponga; así que calladita.
  • Es Elena la que quiere que la pongas.
  • Ya, Elena, ¿qué le importará a Elena?
  • Te creerás que es a mí a quien le importa …
  • Tu sabrás tia. Que siempre acabas contradiciéndote.
  • Por algo será. A lo mejor pienso algo pero no quiero pensarlo.
  • Pues dejate de paranoias y no me estés trabando. Mira esta foto: ¿también es de chulo?
  • No lo se. ¿Qué quieres que te conteste?
  • Mira tía: si yo, en vez de hacerme fotos, te dijera que estoy buenísimo, tú dirías "de qué va este tío". Y tampoco creas que enseño mis fotos a todo el mundo.
  • ¿Y qué me quieres decir con eso?
  • Pues tú sabrás lo que te quiero decir.
  • ¿Que no eres un chulito?
  • Pues si lo sabes, ¿para qué preguntas?
  • Perdona, la próxima vez me callaré y no diré nada.
  • Sí, mucho mejor. Porque yo de chulito, nada. Si lo fuera me chulearía a muchas a las que puedo chulearme, y no lo hago porque no soy así.
  • Joder, vale. Te lo tomas todo al pie de la letra y sabes que te lo he dicho en broma.
  • Pues no me gustan esas bromas, porque a mí nadie me dice nada siendo mentira. No bromees con esas cosas, que me joden.
  • No era mi intención ofenderte. Es que apenas te conozco, aun no sé lo que te ofende, lo que te gusta, lo que te deja de gustar.
  • Pues conóceme.
  • Es facil decirlo pero difícil hacerlo.
  • Te entiendo, pero no es tan complicado, aunque estemos lejos. Cuando nos veamos va a ser mejor que todo el tiempo que hemos estado esperando.
  • Puede que lo exagere y lo vea dificil, pero es que no sé verlo de otra forma.
  • Pues tendrías que aprender.
  • Lo intentaré. ¿Sabes? Mis mejores amigas dicen que parezco dura, pero que por dentro soy de cristal. Que enseguida me rompo.
  • Me parece que estoy de acuerdo con ellas.
  • Bueno me voy a descansar. A ver si se me queda la mente en blanco y no pienso en nada.

CATEGORÍA: Todavía no la he decidido

sábado, 16 de junio de 2007

Sexo, mentiras y messenger (II)

Este post va de aclaraciones a la historia de Lola; aclaraciones convenientes en los inicios de su narración. De hecho, no sé si podré contarla, entre otras cosas porque la historia se me está desvelando y, además, es actual, está ocurriendo. Así que la pregunta que me hizo Pilar (acaba bien, ¿verdad?) está de momento sin respuesta, ni siquiera provisional (que son, al fin y al cabo, las únicas que nos vamos dando durante la vida).

Sandra es una buena amiga mía que está preocupada por su hija y necesitaba hablar con alguien en quien confiara. Ese alguien, no sé si mereciéndolo, soy yo. Al margen del cariño que nos tenemos, intuyo que Sandra espera de mí una visión objetiva, que le ayude a mantener las referencias mínimas para no dejarse llevar por angustias emocionales y poder tomar las decisiones más eficaces para ayudar a su hija. No es fácil ayudar (ya he hablado de eso) y, desde luego, para hacerlo el amor no es más que condición necesaria, pero no suficiente. Inteligencia y paciencia, recuerdo.

Con el párrafo anterior doy respuesta a la pregunta de Lukre (¿estás involucrado en la historia de Lola?) aunque, para ser más explícito habría ponerse de acuerdo en el contenido que damos a "estar involucrado". El DRAE dice que involucrarse es complicarse en un asunto, comprometiéndose con él. En sentido estricto pues no estaría involucrado, ya que la historia no me "complica" nada ni tampoco me "compromete" (no me crea ninguna obligación, que es el significado de compromiso). Pero, sin ser tan precisos, tengo claro que me interesa, tanto intelectual como afectivamente. Y que me gustaría servir de ayuda a Sandra y también que mi ayuda le valiera -obviamente de forma indirecta- a Lola.

Otra cosa que puede que merezca la pena aclarar es cómo se ha ido enterando Sandra de lo que sabe y también cuánto sabe. El "descubrimiento" de la vida oculta de su hija ha sido bastante reciente. Todo empezó al encontrar, casi por azar, una carta que Lola había escrito a una tal Alma, de quien Sandra no había nunca oído hablar. Era una carta de amor. Su hija se le revelaba lesbiana, opción que Sandra nunca había contemplado y que supuso una fuente de preocupaciones (ya escribí un post sobre ellas hace algo más de un mes). Pero, aparte de eso, había varias cosas extrañas, atisbos de una historia complicada, retorcida ... Indicios sobrados (sobre todo para una madre) para acuciarla a destapar lo que su hija le ocultaba.

Normalmente no vemos porque no miramos. Basta que la atención se despierte para que empecemos a ver, a recopilar acontecimientos que de pronto se vuelven significantes. Esas miradas atentas no funcionan sólo en el presente, también se vuelven hacia el pasado con idénticos resultados. Palabras, actos, estados de ánimos, comportamientos que en su momento pasaron anodinos revelan ahora mensajes que no vimos, aunque esos mensajes no sean del todo claros, aunque nos falten todavía datos para conocerlos en su globalidad. Este periodo de acumulación de piezas de un puzzle que no sabía encajar (pero que ya sí sabía que existía) duró unos cuantos meses. Ahí aparecí yo; al principio confidente ocasional al que le contaba retazos inconexos, imposibles de encajar en un cuadro de conjunto, pero que nos permitían diversas hipótesis explicativas (que luego se han ido confirmando, desechando o manteniendo aun su misterio).

En las pasadas vacaciones navideñas se precipitaron algunos acontecimientos a raíz de un viaje de Lola a la península. Alma pasó a ser real; Lola se vio obligada, debido a la ocurrencia de diversos incidentes y a la inevitable exhibición de sus tormentas interiores, a dar explicaciones a su madre. Explicaciones falsas, pero hechas con las vueltas de verdades parciales. Sandra se conmovió ante el sufrimiento de su hija pero, poco a poco, se fue dando cuenta de que no todo encajaba. También fue comprobando que Lola rechazaba sus esfuerzos de aproximación emotiva en cuanto implicaran el más mínimo intento de despejar dudas concretas.

Ya para entonces estaba bastante claro que Lola llevaba una doble vida, ajena no sólo a su madre sino también a su grupo de amigas, a través de internet. Despejar muchas de las incógnitas pasaba por acceder a su ordenador y Sandra me pidió ayuda. Algo sabía yo sobre tales asuntos. Hará unos dos años, temiendo que mi hijo estuviese metido en ciertas actividades, le instalé un programa espía. No lo usé mucho tiempo; en todo caso, aparte de enterarme de comportamientos bastante obvios en un chaval de 20 años, bastó para tranquilizarme en el aspecto concreto que me preocupaba. Por otra parte, no me sentía demasiado cómodo "invadiendo" el espacio de mi hijo. Pienso que a veces hay que hacer cosas así, pero no dejan de ser peligrosas (en muchos sentidos) y, si se inician, conviene limitar su práctica a lo estrictamente necesario. Algo así le dije a Sandra.

En todo caso, no hizo falta instalar ninguno de esos programas. El ordenador de Lola iba fatal y ella misma le planteó a su madre la conveniencia de formatearlo y reinstalarle el sistema operativo. Sandra le habló de un amigo suyo (yo) que podía hacerlo y a la chica le pareció estupendo, ajena totalmente a que su madre sospechase y quisiera acceder a sus archivos. Así que, durante un fin de semana entero, estuve en la casa de estas mujeres provisto de un disco duro externo de mogollón de gigas y los discos del windows y otros programas. Grabé todo su disco duro en el mío, formateé el ordenador, volví a instalar el sistema operativo y los distintos programas y, finalmente, devolví los documentos de Lola a sus lugares de origen. Claro que, de acuerdo con Sandra, sin borrarlos de mi disco duro que volvió a mi casa.

Durante la siguiente semana, Sandra y yo quedamos varias tardes para echar un vistazo general. Había multitud de archivos, en todos los formatos imaginables. Historiales de páginas web visitadas (que revelaban a una chica con las hormonas en pleno funcionamiento), multitud de fotos, archivos de audio, pero no sólo de música (¡qué mal gusto tienen los chavales!) sino grabaciones suyas y de amigos, algunos (no demasiados) textos en Word, videos (de todo tipo) y las joyas de la corona, en cuanto a contenido informativo, los xml de las conversaciones a través de dos cuentas de messenger, que cubren desde septiembre de 2004 a mayo de este año. Para hacerse una idea estamos hablando de más de 300 archivos y aclaro que cada archivo no corresponde a una conversación, sino a un interlocutor. Para quien no lo sepa (yo no lo sabía hasta hace poco), en un mismo archivo se guardan conversaciones sucesivas con la misma cuenta de messenger, salvo que se haga tan "gordo" (en torno a las 4MB) que el propio programa crea un nuevo archivo; eso ocurre sólo con dos interlocutores de Lola. Sépase que una conversación tan larga que llega a colmar un archivo xml, pegada en word, ocupa entre 150 y 200 páginas (entre 7.500 y 10.000 líneas, que corresponden a mensajes entre golpe de teclas enter). Naturalmente, la mayoría de las conversaciones de Lola son mucho más breves (pocos minutos de contactos frustrados, de eso ya hablaré), pero hay unas cuantas (Alma tiene el record) que suponen muchísimas horas tecleando frente a la pantalla. Para colmo, estamos seguros de que no de todas las conversaciones han quedado registros y también de que empezó a usar el messenger para estos fines antes de los primeros archivos guardados.

Como es fácil imaginar, dada la magnitud de información, ni Sandra ni yo hemos leído, visto u oído todavía todo lo que hay. Sin embargo, sí lo suficiente para que estemos en condiciones de tener una visión de conjunto del panorama. Mientras antes sólo había piezas sueltas, ahora simplemente faltan piezas que sabemos en qué parte del puzzle van y cuya ausencia, aun ocultando algo, no impiden ver el cuadro. Y el cuadro es preocupante. No tanto por la sexualidad de Lola (aunque también, dado que estamos convencidos de que la ve como algo vergonzoso y aumenta su cerrazón emocional) cuanto, sobre todo, por el retorcimiento psicológico que ha ido desarrollando la chica durante estos últimos tres años, llegando a situaciones bastante límite que necesariamente han de explotarle (y no creo que pase mucho tiempo antes de eso).

Que la traca final (o la precipitación de acontecimientos que van a obligar a Lola a enfrentarse consigo misma y con los demás) se aproxima ha venido confirmado recientemente por la propia Alma, que se ha puesto en contacto telefónico con Sandra a espaldas de su hija. Resulta que Lola y Alma no se conocen personalmente y Alma quiere venir, por más que Lola se niega. Esta chica, también de dieciocho años y absolutamente desquiciada por su relación con Lola, necesitaba hablar con alguien (tampoco puede ni imaginar abrirse a sus padres) y ha encontrado en Sandra la única alternativa. Con lo cual Sandra ha rellenado algunas lagunas que quedaban, ha comprobado cómo Alma desconoce también muchas cosas de Lola y se ha encontrado con otra niña que sufre y que la implica a ella.

Hasta aquí el panorama en su estado actual. Antes de acabar el post, no obstante, añadiré una última aclaración y es la relativa a por qué estoy escribiendo esto. Por supuesto, Sandra lo sabe y consiente. La finalidad primera es ordenarnos las ideas, describir lo que sabemos negro sobre blanco para poder reflexionar sobre ello, dejarnos constancia a nosotros mismos de cómo han sido y son los acontecimientos. En cuanto a publicarlo ... pues, obviamente, recibir las impresiones de quienes lo lean, de las cuales a lo mejor salen pistas sobre caminos a seguir.

Actualización (17/06/07): ¿Por qué Sandra no le dice a Lola claramente que sabe lo que sabe, "obligándole" de esa manera a abrirse a ella? Esta duda surge (a Amaranta, al menos) porque he omitido algunas explicaciones para no hacer demasiado largos los posts; trataré de dar algunos datos más.

Sandra ha intentado hablar con Lola en varias ocasiones, incluso cuando lo que sabía no eran más que sospechas. Como conté en el post anterior, la relación entre ellas ha sido siempre muy buena, aparentemente la de dos amigas que confían mutuamente. Pero era una confianza (ahora Sandra lo sabe) basada en la imagen que Lola quería que su madre tuviera de sí misma. En cuanto Sandra ha hecho el mínimo acercamiento a lo que su hija le oculta, ésta ha reaccionado bruscamente, cortando la conversación, negando indignada cualquier leve insinuación. De otra parte, como ya contaré con más detalle, le ha contado a su madre una historia que explica (a sus ojos) su comportamiento de los últimos meses, dándole la vuelta a los aspectos "escabrosos". También sabemos (porque lo ha dicho Alma) que Lola no está dispuesta a contar a Sandra más que lo mínimo imprescindible para acallar sus dudas y, en ningún caso, a abrirse a su madre.

Así las cosas, pensamos que sólo hay dos opciones de momento. Callar y esperar que sucedan acontecimientos que hagan evidentes partes de esta historia, o que Sandra se plante ante su hija y le suelte lo que sabe obligándola a hablar. La última alternativa creemos que es muy peligrosa porque, obviamente, Lola no debe saber nunca que su madre ha "invadido su privacidad" (son las palabras de shecat; por cierto, entiendo su postura máxime por la edad que tiene; dentro de unos años ella entenderá la de Sandra). E incluso, aunque no estuviera seguro de cómo lo ha averiguado su madre, se corre el riesgo cierto de que la chica reaccione con agresividad y rechazo, dificultando muchísimo más la recuperación de la relación entre ambas.

La estrategia más prudente creemos que es esperar a que ocurran cosas que van a ocurrir, en especial las que va a provocar Alma que no aguanta más esta situación de ambiguas falsedades. Creemos que lo mejor es que sean acontecimientos externos a Sandra (aunque ella incida en su devenir) los que "obliguen" a Lola a enfrentarse con la realidad, haciéndola salir de ese refugio "virtual" en el que desarrolla una segunda vida, con una segunda personalidad. Entonces Sandra ha de estar ahí, confiando en que el golpe que reciba su hija sea lo suficiente duro como para romper su coraza pero no tanto como para hundirla.

De todas maneras, quiero aclarar que la preocupación principal de Sandra no es la homosexualidad de Lola. Ese aspecto pensamos que, sea plenamente o a medias, será puesto sobre el tapete en unos cuantos días por la propia Lola como resultado de los acontecimientos futuros a que me refiero. Hay otras cosas que desvelan rasgos preocupantes de tipo psicótico, cuya consideración y ulterior decisión sobre cómo actuar requieren de cuidadosa reflexión y asesoramiento de personas entendidas. Las actuaciones de Lola que nos llevan a pensar esto (y que Alma desconoce en su gran mayoría) son las que -estamos seguros- la chica no va a reconocer. Y son estas cuestiones las más peligrosas y respecto a las cuales con más cuidado habrá que actuar.

Es muy complicado ayudar a un adolescente. Es muy duro estar ahí, al lado de quien amas tanto, viendo lo poco que puedes hacer. Paciencia e inteligencia ... y disponibilidad y atención para aprovechar los mínimos resquicios de oportunidad. Tened por seguro que Sandra lo está pasando muy mal.


CATEGORÍA: Todavía no la he decidido