miércoles, 28 de mayo de 2008

El robo de la Mona Lisa (II)

Sigo pues con las aventuras de Peruggia y el robo de la Mona Lisa. De la historia, en sus líneas maestras, había oído hablar hace años, pero no ha sido hasta hace unos días que me he enterado de sus detalles y me ha resultado interesantísima. No sé si así lo parece a quienes me leen; en todo caso, aquí va la continuación para Amy y Nanny.

Como decía, Vincenzo era un hombre de extraordinaria sangre fría y, para muestra, valga la narración de cómo robó la pintura. El 21 de agosto de 1911 era lunes, el día en el que el Museo cerraba para tareas de mantenimiento. Peruggia, vestido con la ropa de trabajo de los empleados del Louvre, entró con todo el morro y se dirigió sin titubeos al Salon Carrè, en donde se encontraban al menos diez trabajadores. Sin inmutarse, descolgó el marco y se lo llevó hasta una escalera de servicio. Allí, más discretamente, dedicó un ratillo a quitar el marco de madera y el cristal de protección, abandonando ambos en la propia escalera. A continuación bajó las escaleras con la intención de salir a la calle por una puerta de servicio; sin embargo estaba cerrada. Trató de forzarla sin éxito, consiguiendo sólo desmontar el pomo, que se guardó en el bolsillo. Justo entonces pasó por ahí un fontanero y Peruggia, fingiéndose enojado, le hace ver que algún idiota había robado el pomo; a ver ahora cómo salimos, añadió. El complaciente fontanero (Sauvet se llamaba) le abrió la puerta con sus herramientas y el ladrón se encontró graciosamente fuera del Museo (entonces fue cuando lo vio la testigo que aportó una buena pero inútil descripción).

El siguiente día, el martes 22, un pintor francés, Louis Beroud fue de los primeros en entrar al Louvre. Estaba trabajando en una serie de cuadros de las salas del Museo, temas que, por lo visto, eran muy populares entre los turistas. Nada más llegar al Salon Carré, se percató del espacio vacío entre la Alegoría de Tiziano y la Santa Catalina de Correggio. Preguntó a un guardia que dónde estaba la Gioconda y éste le contestó que probablemente la habrían movido para fotografiarla, algo que no era inusual. Pasaron unas cuantas horas hasta que los vigilantes del museo empezaron a preocuparse y a buscarla. Sólo pudieron encontrar el marco y el cristal que Peruggia había abandonado en la escalera; al no encontrar ningún estropicio, pensaron que la tabla podría estar escondida en alguna parte del inmenso edificio. La policía y los empleados pasaron una semana entera registrando todo el museo sin que, por supuesto, encontrar nada.

La histeria desatada en París (y en toda Francia) fue tremenda. Cuando, pasada la primera semana, volvió a abrirse el Louvre la gente entró en tropel; ese espacio vacío, esa ausencia, convocó más personas que la desaparecida de la que era huella. Estuve en el Louvre y vi el hueco de la Mona Lisa, me imagino que diría más de uno. A los pies de ese hueco la gente desolada depositaba flores. Una señora, cuentan, cayó desmayada presa de un ataque. Las ventas de postales con el famoso retrato se multiplicaron. Los rumores y, sobre todo, los augurios catastrofistas no cesaban. Las críticas al Museo y a la policía se repetían en todos los foros ...

Y mientras tanto, como ya dije, Peruggia seguía haciendo su vida normal con la buscadísima obra de arte bajo la cama de su pensión. Así transcurrieron nada menos que dos años y cuatro meses, hasta que en diciembre de 1913, el italiano, con su baúl a cuestas, coge un tren hasta Florencia. Unas semanas antes había leído en un periódico italiano un anuncio de un anticuario de la ciudad toscana, Alfredo Geri, que ofrecía comprar "a buen precio objetos de arte de cualquier tipo". El 29 de noviembre, Geri, entre las muchas que recibía, se sorprende ante una carta firmada por un tal Leonard. El autor, en italiano y con trazos temblorosos, decía que era un patriota que deseaba devolver a su país una de las obras de arte que Napoleón había robado. Concluía añadiendo que tenía en su poder La Gioconda. Aunque escéptico, Geri contestó al misterioso remitente citándole en su galería el 22 de diciembre.

Vincenzo llegó a Florencia y se alojó con su baúl de doble fondo en la habitación 20 del Hotel Tripoli de la via Panzoni. El 10 de diciembre, doce días antes de la cita, se presentó en las oficinas de Alfredo Geri, con el nombre de Vincenzo Leonard. Le dijo al atónito galerista que era quien le había escrito y que deseaba entregarle la pintura a cambio de una recompensa de medio millón de liras y la garantía de que habría de permanecer en Italia. Quedaron en que al día siguiente Geri iría al hotel a ver la tabla, acompañado de un especialista. El propio galerista escribió años después: "Llamé a mi amigo Giovanne Poggi, director de la Gallería degli Uffizi y juntos fuimos a ver la pintura a la habitación de aquel extraño en el Hotel Tripoli. Allí, el hombre abrió un baúl donde guardaba sus miserables pertenencias. Del fondo sacó un objeto envuelto en una tela roja, y ante nuestros ojos asombrados salió de ahí la divina Gioconda, intacta y maravillosamente preservada".

Ambos hombres se dieron cuenta enseguida de que se trataba de la auténtica (al dorso estaba el sello oficial del Louvre, por si hubiera dudas) pero fingieron dudas ante Peruggia y le pidieron que les dejara llevarla a los Uffizi para que fuese examinada por los expertos; sería un trámite de poco tiempo así que lo mejor sería que el carpintero esperase en el hotel, le sugirieron. El simple de Vincenzo hizo todo cuanto le dijeron y, pocas horas después, se encontró con que la policía florentina entraba en su habitación y lo detenía.

La noticia de la recuperación de la Mona Lisa fue un bombazo mundial. En Francia, además de una gran alegría, también una tremenda humillación, máxime cuando se supo lo fácilmente que Peruggia había robado la tabla y cómo había pasado el interrogatorio policial sin despertar la más mínima sospecha. Y para colmo, eran los malditos comedores de macarrones quienes lo detenían y recuperaban el Leonardo. No lo he confirmado, pero apostaría a que hubo más de una dimisión (o cese fulminante) entre los mandos tanto policiales como del Louvre. Los italianos se permitieron disfrutar del triunfo. En primer lugar, no fueron demasiado diligentes en devolver la tabla; primero decidieron exponerla en los Uffizi (Florencia), la Gallería Borghese (Roma) y el Museo Brera (Milán). Por fin, el 4 de enero del 14, con altísimas medidas de seguridad (viajó en un tren escoltado por treinta policías), llegó al Louvre y volvió a ser colgada en el Salon Carré.

Y, en segundo lugar, pese a la insistencia francesa, los italianos se negaron a extraditar a Peruggia. Fue encarcelado en Florencia y tratado casi como un héroe nacional. Casi todos los días alguien sobornaba a los guardias para que le dejasen fotografiarse con el ladrón patriota. El juicio empezó en junio del 14 y fue breve. El acusado mantuvo sin fisuras que el único motivo de su robo había sido devolver a Italia lo que le pertenecía. Enardeció al público (¿y a los jueces?) cargando las tintas en el desprecio que, como italiano, había sufrido de los altaneros franceses, logrando probablemente que, si no justificarlo, se excusase su delito. La sentencia fue de un año y quince meses, reducida en la apelación a siete meses y nueve días. Es decir, que cabe suponer que para cuando acabó el proceso, dado el tiempo que llevaba detenido, sería puesto casi inmediatamente en libertad.

Convertido en un hombre popular y querido, aunque pobre, Peruggia regresó a su pueblo natal, Dumenza. Enseguida empezó la primera guerra y sirvió en el ejército italiano. Después, en 1921 (con 41 años) se casó con una guapa chica y el matrimonio se trasladó a la Alta Saboya, donde abrió una tienda de pinturas y barnices. En Francia vivió próspera y tranquilamente hasta su muerte en 1947. Curioso (¿o no?) en alguien que odiaba tanto a los gabachos.

Pero, ¿por qué estuvo más de dos años Vincenzo en París con la Mona Lisa debajo de su cama y sin hacer nada? Una primera explicación podría ser que, exhibiendo una sangre fría extraordinaria, estuviese esperando a que la histeria por el robo se aquietase antes de intentar desprenderse de la pintura. Él mismo dijo, en los interrogatorios florentinos, que decidió devolverla porque, de tanto mirarla, esa mujer lo estaba volviendo loco; "había días en que pensaba en no volver al hotel para no encontrarme con esa sonrisa”. Hay, no obstante, otra posibilidad: que Peruggia no fuese más que el autor material de un plan ideado por otra persona y que, durante ese tiempo, estuviese esperando instrucciones. Esta hipótesis es la que afirmó, en una entrevista periodística, quien se confesó autor intelectual del hurto, un argentino llamado Eduardo Valfierno.

La historia de Valfierno, sin embargo, se basa sólo en sus propias palabras. No obstante, tanto el personaje como la trama hacen que resulte tremendamente novelesca de modo que, como dicen los italianos, se non vero, é ben trovato. Y, como es ciertamente novelesca, ha dado origen a varias novelas que, aunque no he leído, tienen rastros abundantes en internet. Pero a ello me referiré, si es que interesa, en un próximo post.

CATEGORÍA: Personas y personajes

domingo, 25 de mayo de 2008

El robo de la Mona Lisa (I)

En la primera década del siglo pasado, un veinteañero lombardo llamado Vincenzo Peruggia emigró a París. Nada infrecuente por esas fechas, cuando la capital francesa se llenaba de comedores de macarrones, que era como despectivamente se referían los gabachos a tantos trabajadores manuales italianos que allí buscaban ganarse la vida. No le fueron demasiado bien las cosas a Vincenzo, que iba tirando con diversas chapucillas; además, debía ser un hombre orgulloso y pendenciero, al que el rechazo chovinista de los parisinos hubo de exacerbar sus sentimientos nacionalistas. En dos ocasiones había sido detenido: en 1908 por intento de robo y en 1909 por una pelea con una prostituta en la que sacó un cuchillo. Un par de años después, no obstante, fue contratado por la firma de carpinteros a la que el Louvre había encargado marcos especiales protegidos con vidrio para las obras más emblemáticas del museo. Así, Peruggia tuvo la ocasión de trabajar durante tres semanas en la elaboración del marco para la Mona Lisa y, ya de paso, familiarizarse con las rutinas de la Pinacoteca francesa. ¿Se le ocurriría entonces robar la tabla? Acorde con sus declaraciones durante el juicio, podemos imaginarnos al bigotudo carpintero rumiando su venganza y argumentándosela como un acto de justicia: restituiría la pintura a Italia, a su verdadera patria, cancelando el expolio napoleónico.

Peruggia, dicho sea entre paréntesis, estaba equivocado. Napoleón no robó la Gioconda de suelo italiano. Si bien pintada en Florencia, Leonardo la llevó consigo a Francia y de ahí ya no saldría. El rey Francisco I, el gran protector de los últimos años del genio de Vinci, se la compró por 12.000 francos y fue posesión de los monarcas franceses hasta que la Revolución la llevó al Louvre. Sin embargo, no creo que el conocer la verdad hubiese hecho cambiar de opinión al joven carpintero; la tentación de infligir tamaña humillación a los soberbios franceses debía ser, imagino, irresistible.

En 1906 vivía en París otro joven de la misma edad que Peruggia (nació catorce días después) pero de muy distintos afanes y destino; se llamaba Pablo Ruiz Picasso. En mayo visitó en el Louvre una exposición de relieves ibéricos de Osuna. Pocos meses después visitaría las salas africanas del Museo de Etnología del Trocadero. Según reconoció el mismo pintor, el descubrimiento del arte primitivo fue un completo shock, una revelación; a partir de ahí, se cierra la etapa rosa y comienza la gestación del cubismo.

Hacia finales de 1906 o principios de 1907, Apollinaire, ya muy amigo de Picasso, recoge en su casa a un extraño personaje, un boxeador aficionado con ínfulas de literato bohemio, un aventurero belga de nombre Géry Piéret. El tal individuo parece que quiso integrarse en el ambiente vanguardista e iconoclasta del París de principios de siglo, buscando sus raciones de notoriedad y dinero. Lo cierto es que, con toda la cara del mundo, robó varias estatuillas de arte ibérico de los almacenes del Louvre por el sencillo método de cogerlas y esconderlas dentro de su abrigo (imagino que en más de un viaje). Luego, conocedor del interés de Picasso, le sugirió a Apollinaire que se las ofreciese al malagueño. Picasso, en esa primavera de 1907, decía sentir la necesidad de poseer piezas originales, de poder tocarlas para "adueñarse" de la energía creativa del arte primitivo. ¿Sabían Apollinaire y Picasso que eran objetos robados? Por supuesto, ambos lo negarían, aunque me cuesta creerlo. Como fuera, en marzo de 1907, Picasso compró al belga dos cabezas de piedra ibéricas.

Otro paréntesis: durante los meses de junio y julio de 1907, Picasso trabaja frenéticamente en una de sus grandes obras, las señoritas de Avignon, quizá el inicio del cubismo. En la primera etapa de su confección, la influencia "ibérica" es incuestionable (en una segunda etapa sería complementada con la "africana", tras la vista ya citada a la exposición del Louvre). Me imagino a Pablo, en su taller de Montmartre, tocando "su" Cabeza de hombre con una mano y "transmitiendo la energía creativa" al inmenso lienzo.

Géry Piéret dejó París ese año para buscar mejor fortuna en América. Hay quienes dicen que a Apollinaire su picaresca había ya dejado de hacerle gracia y, en cambio, empezaban a preocuparle los problemas en los que ese parásito, que se presentaba como secretario del escritor, podía meterle. Sin embargo, cuando en abril de 1911 el belga regresa con el rabo entre las piernas y vuelve a pedirle asilo, Apollinaire lo admite y le encarga algunas tareillas de auxilio literario. Pero el bribonzuelo repite las viejas andanzas e intenta robar nada menos que a un vecino de su anfitrión; el incidente obliga al escritor a echarlo de su casa. Y justo al día siguiente, el 21 de agosto de 1911, Vincenzo Peruggia roba la Mona Lisa.

Al conocerse la noticia del robo, Picasso y Apolinaire sospechan, justificadamente, del belga, máxime cuando son incapaces de saber su paradero. Les entra pánico; temen que Piéret, cuando sea apresado, les implicará, señalándoles como beneficiarios de sus anteriores hurtos. Lo primero que les viene en mente es arrojar las estatuillas al Sena y así hacer desaparecer el cuerpo del delito, pero no se deciden a hacerlo. Unos días después, el 29 de agosto, Géry Piéret entrega en las oficinas del Paris-Journal una de las piezas que había robado en 1907 y, aprovechando la tremenda expectación del momento, se explaya en declaraciones fanfarronas sobre lo fácil que es robar en el Louvre. Luego, vuelve a presentarse a Apollinaire, implorándole caridad. El escritor, más por miedo que por pena, supongo yo, le paga un billete a Marsella. Desde esa fecha, apenas volvió a saberse del pillastre belga.

Sin embargo, los dos amigos estaban entonces en mayor peligro; era obvio que las declaraciones de Piéret y su repentina desaparición les habrían de traer las indagaciones policiales. Así las cosas, André Salmon, crítico de arte del Paris-Journal y buen amigo de Apollinaire, les sugiere montar a través de su periódico otra historia de devolución de la estatuillas de Picasso, gracias a un anónimo poseedor arrepentido. La noticia se publica efectivamente el seis de septiembre, pero no basta para engañar a la policía que al día siguiente detiene a ambos artistas. Parece que Apollinaire, el primero en caer, delató a Picasso; pero éste le devolvió el favor con creces, negando conocerle y alimentando las sospechas sobre él. El caso es que el pintor fue puesto en libertad el mismo día, mientras que el escritor fue retenido casi una semana. Por suerte, sus pesares acabaron ahí; lo que no sé es si siguieron siendo amigos el poco tiempo que le quedaba a Apollinaire de vida (murió apenas siete años después, con sólo treinta y ocho años).

Mientras tanto, Peruggia seguía trabajando tranquilamente en París. Se había construido un baúl con doble fondo en el que escondió la tabla, envuelta en una sábana roja; el baúl lo tenía debajo de la cama de la pensión donde vivía. La policía lo interrogó, al igual que a todos quienes en los últimos meses habían trabajado en el interior del Museo. El italiano pasó la prueba con absoluta sangre fría, tanta que ni por un momento despertó sospecha alguna en los detectives. Y eso que se contaba con la acertada descripción de un testigo que había visto al italiano cuando salió del museo: un hombre de altura media, de constitución robusta, vestido con ropas de trabajo oscuras, llevaba un paquete y tenía el pelo negro y un bigote "más grande que su cara". También hay que decir que tuvo suerte, porque la policía contaba con una huella digital suya, impresa en el cristal protector que Peruggia había retirado y abandonado en el museo. Por ese entonces ya se estaban tomando las huellas dactilares y, de hecho, las del italiano constaban en los archivos parisinos a resultas de sus dos detenciones anteriores. Pero sólo se imprimían las de la mano derecha y la huella del cristal era de la izquierda.

De otra parte, ¿quién iba a sospechar de un don nadie como Peruggia? Si bien al principio la policía se inclinaba por atribuir el robo a algún empleado descontento con ganas de hacer daño al Louvre, a medida que transcurrían los días y los meses sin que se descubriese ni al ladrón ni a la Gioconda, comenzaron a tomar peso teorías más novelescas, entre las que se contaban las referidas a ladrones internacionales (un tal Rives, que había escapado de la Guayana francesa, a donde había sido deportado en 1909, y del que se decía que merodeaba por el Louvre), conspiraciones políticos y millonarios norteamericanos ansiosos por poseer el retrato de Leonardo. En 1931 cuando ya hacía mucho que la Mona Lisa había vuelto al Louvre, un estafador argentino, Eduardo Valfierno, confesó a un periodista norteamericano que él fue el autor intelectual del robo. Pero ésta es otra parte de la historia y, antes de referirme a ella, hay que acabar con las aventuras de Peruggia.

CATEGORÍA: Personas y personajes

jueves, 22 de mayo de 2008

Contra el cambio climático (escenas chipunas)

Ha quedado ya definitivamente sentada, fuera de toda duda científica, la decisiva influencia de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), en el rápido calentamiento de la atmósfera terrestre. Antes incluso de la publicación del Cuarto Informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC en sus siglas inglesas), el Gobierno de Chipunia, consciente de la gravedad que sobre nuestra civilización tendrán los inminentes cambios climáticos, apostó decididamente por la lucha institucional contra lo que, en palabras del ex presidente yanquiano, es “la mayor catástrofe que jamás ha amenazado a nuestra especie”. Hace tres años, se promulgó la Ley 53/2005, contra el Cambio Climático y a favor del Desarrollo Sostenible; poco después, se constituyó la Agencia Chipuna de Seguridad Ambiental, cuya dirección fue encargada al prestigioso científico Anselmo Ruiz Fontecalda.

Ya durante la tramitación parlamentaria de la Ley, el presidente del PICHi, Ubaldo Pachulero, proclamó apasionada y rotundamente que su partido asumía con profunda convicción y compromiso la lucha contra el cambio climático, que definía como el primer objetivo del gobierno nacionalista, al que supeditarían cualesquiera otras políticas. Los riesgos que ensombrecen nuestro futuro son tan grandes, afirmó, que no caben tímidas actitudes timoratas. Los propios principios sociales, incluyendo los del Derecho, pueden ser cuestionados si así lo requiriesen medidas necesarias para nuestra supervivencia. Sin pecar de alarmista, añadió, hemos de ser conscientes que nos encontramos en una situación de emergencia global.

Con este calentamiento de la atmósfera política, el PICHi consiguió que se aprobase la polémica Disposición Adicional Primera de la Ley 53/2005, que establecía la “extra-legalidad” de las medidas que se adoptasen en la lucha contra el cambio climático. Las Órdenes ejecutivas del Director de la Agencia, siempre que se enmarcaran en las medidas en el Plan Estratégico de Seguridad Ambiental (PESA), no estarían sujetas a otras normas legales y ni siquiera podrían ser recurridas jurisdiccionalmente. Este carácter de Ley (y actuaciones) al margen del sistema legal se justifica someramente en la propia exposición de motivos en base a lo catastrófico del cambio climático. En el debate parlamentario algún diputado del PICHi trajo a colación, quizá algo cogida por los pelos, la USA PATRIOT Act, mediante la cual el presidente Bush, en 2001, restringió varios derechos civiles para poder garantizar la seguridad nacional y combatir el terrorismo. El terrorismo ahora es contaminar la atmósfera, declamó dramáticamente Aquilino Jambón, el más señalado ideólogo del nacionalismo chipuno, y combatirlo eficazmente es nuestro primer deber patriótico.

Aprobada la Ley y constituida la Agencia, el revuelo político fue amortiguándose poco a poco, ya que el equipo de Anselmo Ruiz Fontecalda, durante los dos siguientes años, apenas adoptó medidas que trascendieran a los medios. Este silencio (quizá fruto del cálculo político) se quebró clamorosamente hace unos días con la presentación del Plan Estratégico de Seguridad Ambiental (PESA), previsto en la Ley. En este documento, a partir de mediciones rigurosas de las emisiones de gases de efecto invernadero en Chipunia así como de la contabilización de los factores económicos implicados, se establecen algunas medidas ciertamente radicales, tanto en la esfera económica como en la ideológica. Pero, aunque sea de forma muy sintética, conviene explicar previamente la argumentación y medidas del PESA.

Como es normal, es el sector energético chipuno el mayor emisor de gases de efecto invernadero, aportando el 90% del total. Por eso, las más importantes líneas de actuación del PESA caen bajo esta rúbrica. De un lado, se plantea que en 2012 se haya culminado la sustitución de las actuales centrales térmicas (de las que proviene el 80% de la energía consumida en Chipuna) por generadores de energía “ecológicamente sostenibles”. De otra parte, se ha de implementar un completo sistema de transporte público (incluyendo una red nueva de infraestructuras ferroviarias ultramodernas) que reducirá sensiblemente el consumo energético derivado de la movilidad privada. Logrados ambos objetivos, las emisiones de GEI se reducirían en un 20% respecto a los valores actuales; es decir, Chipunia emitiría 2,7 millones de toneladas menos a la atmósfera y, teniendo en cuenta las previsiones demográficas, se situaría en una tasa de 4,3 toneladas per capita anuales, sin duda un valor ejemplar.

Las emisiones de gases de efecto invernadero en Chipunia ascienden a 13.500 kilotoneladas anuales, lo que supone un 46% de incremento respecto a la cantidades de 1990. Como es sabido, el Protocolo de Kioto establece que en 2012 se debe haber logrado una reducción de al menos el 5% en el total mundial de emisiones; esta cifra, no obstante, es un valor medio, que ha sido repartida por países atendiendo a sus situaciones de partida, toda vez que, las emisiones per capita pueden considerarse un indicador del grado de desarrollo. Por eso, en el reparto europeo, a Cascaterra le ha sido asignado un margen de crecimiento hasta el 2012 del 15% respecto a los valores de 1990, mientras que otros países mucho más desarrollados tienen que alcanzar en ese año límite cantidades de emisión sensiblemente menores a las de 1990 (Alemania, por ejemplo, debe reducirlas hasta el 21%). Ahora bien, la situación de Chipunia dentro del estado cascaterrano, presenta especiales singularidades derivadas, según el gobierno nacionalista, de un régimen económico de marcado carácter colonialista. Las emisiones per capita en Chipunia están en 6,75 toneladas por habitante anuales, frente a las 9,50 de media en el Estado. Para colmo, en la última década y media, los chipunos apenas han aumentado sus emisiones (en 1990 eran 6,40 toneladas anuales), mientras que la aportación media del Estado se ha incrementado en más de un 25%. La progresiva divergencia entre los niveles de emisión demuestran claramente la discriminación de la economía chipuna en el conjunto de Cascaterra. Con simples reglas de tres, Anselmo Ruiz Fontecalda argumentó que la evolución diferencial de las emisiones de GEI entre Chipunia y Cascaterra cuantifican meridianamente nuestro déficit de desarrollo respecto al Estado. Éste puede cifrarse, actualmente, en cinco millones y medio de toneladas de GEI.

A partir de estas cuentas el PESA asume un planteamiento de profunda carga política que pretende ser el criterio básico para la financiación pública estatal de la lucha contra el cambio climático. Si bien se expresa mediante fórmulas complejas, la idea central es que la distribución de la financiación del Estado (es decir, de todos los ciudadanos cascaterranos) en la reducción de las emisiones no ha de ser proporcional al exceso de cada una respecto al objetivo de Kioto (es decir, no debe darse más dinero a quienes más gases emiten) sino, por el contrario, respecto al defecto que cada Comunidad presenta con la media nacional. No es de recibo que las Comunidades menos desarrolladas financiemos la corrección de un desarrollo industrial cuyos beneficios no nos han tocado; lo justo es, en cambio, que la solidaridad estatal en la lucha contra el cambio climático prime precisamente a quienes menos resultamos favorecidos por ese desarrollo que, ahora se demuestra, pone en peligro la calidad de vida de todos. En un paso más en esta línea, el PESA calcula la cuantía mínima que anualmente (y hasta 2012) ha de aportar el Estado, así como los porcentajes de la misma que han de corresponder a cada una de las Comunidades Autónomas.

Llegados a este punto surgen dos graves problemas. El primero es que la cuantía total de aportación del Estado según el PESA es aproximadamente diez veces más que la contemplada en el proyecto de presupuestos. Anselmo Ruiz Fontecalda defiende que la cantidad propuesta en el Plan es la mínima que corresponde al Estado para saldar las “deudas del desarrollo desigual contaminante”, tomando como referencia los diferenciales de las tasas de cada Comunidad Autónoma respecto al compromiso cascaterrano con Europa. Es pues, recalca, un dato de estricta justicia, el ejercicio de la solidaridad obligada, ya que tal ha de ser la función del Estado. De otra parte, la escasa magnitud financiera prevista en el presupuesto estatal, así como la preocupante evolución de las emisiones a nivel nacional durante los últimos años, demuestran, a juicio del Director de la Agencia, la falta de voluntad real por parte de los gobernantes de Cascaterra en la lucha contra el cambio climático y desnudan inmisericordes la hipocresía de sus proclamas electorales.

El segundo problema se refiere, obviamente, a las cuotas de participación y, en particular, a la que corresponde a Chipunia. El PESA propone que nuestra Comunidad reciba el 30% de dicha partida presupuestaria, aunque su peso demográfico en el conjunto del Estado se sitúa en torno al 5%. De todas estas cifras resulta que el Estado debe destinar sólo a Chipunia el triple de la cantidad que ha presupuestado para el conjunto de Cascaterra. Las cantidades estimadas no sólo permitirían la completa financiación de las dos grandes líneas de actuación ya señaladas, sino que todavía dejarían unos remanentes cuya administración habría de corresponder al Gobierno chipuno. En principio, tales dineros se destinarían a subvencionar iniciativas que contribuyeran a la reducciones de las emisiones de GEI, siempre que las mismas fueran llevadas a cabo por empresas chipunas, bien en la propia Chipunia o en aquellos territorios que el Gobierno califique de “preferente inversión chipuna”.

Con sólo lo dicho hasta aquí, es fácil comprobar que la viabilidad del PESA depende muy directamente (demasiado) del acuerdo con el Estado y eso no parecería muy probable. Sin embargo, lo cierto es que, contrariamente a su tradición pactista, el PICHi viene manteniendo sobre este asunto una actitud descaradamente intrasigente. El prestigio de Anselmo Ruiz Fontecalda, ajeno a vinculaciones partidistas, y su abrumador despliegue de datos y análisis cuantitativos, han logrado que en Chipunia nadie se atreva a cuestionar la validez de las premisas básicas del PESA. De otra parte, el éxito mediático de las campañas estatales para la concienciación de la gravedad del cambio climático, hacen que tampoco prácticamente nadie ponga en duda que la máxima prioridad de la sociedad deba ser la lucha contra el mismo. Así, en el ámbito político chipuno se ha alcanzado una casi unanimidad en el apoyo al PESA, incluyendo, por extraño que parezca, a los partidos estatalistas. El Partido Moralista de Cascaterra (PMC), pese a las escépticas declaraciones que otrora hizo su líder nacional sobre el calentamiento global, no ha dudado en dar su entusiasta apoyo al Plan Estratégico; si bien es socio del PICHi en el Gobierno de Chipunia, las malas lenguas creen que su comportamiento se debe tanto a las ganas de poner en aprietos al Partido Socialista Cascaterrano a nivel nacional como a los negocios que algunos de sus más destacados dirigentes prevén conseguir con las futuras subvenciones “contra el cambio climático”. Por su parte, el FLiPA, la “marca” chipuna del partido socialista cascaterrano, después de haber mantenido durante la última legislatura que la Ley 53/2005 era un mero brindis al sol y haber acusado duramente al PICHi de carecer de una política efectiva ante la gravedad de la amenaza ecológica, ha caído en su propia trampa y se ha visto incapaz de otra respuesta que validar tímidamente el Plan de la Agencia chipuna.

Así que el PICHi se encuentra, gracias al muy mayoritario consenso político y social en Chipunia y a su hábil propaganda en el resto del Estado, en una posición de fuerza nunca antes vista en la corta (apenas veinte años) historia del partido. Los dirigentes nacionalistas, siempre desde foros ajenos al Gobierno, se explayan en declaraciones que suenan mucho a órdagos al Estado. El pueblo chipuno, ha llegado a decir Aquilino Jambón, no podría admitir ser cómplice de un Estado carente de la mínima responsabilidad ecológica; hemos soportado a lo largo de nuestra historia una continuada opresión colonial pero ésta ha de tener un límite, máxime cuando ese límite atañe a nuestra supervivencia como especie. Pero, al mismo tiempo que se suceden estos cacareos mediáticos, el gobierno chipuno ha empezado a dar algunos pasos, titubeantes todavía, bajo el manto (o con la excusa) de la lucha contra el cambio climático. Así, por ejemplo, ha firmado convenios de colaboración con otras Comunidades Autónomas e incluso con otros países para llevar a cabo actuaciones ambientales conjuntas, comprometiendo, antes de haberlas conseguido, las subvenciones que habrían de venir del Estado. Además, en aplicación de los mecanismos previstos en la Ley 53/2005 (los que calificábamos de “extralegales), se han adoptado ligeras medidas intervencionistas sobre algunas empresas privadas (todas multinacionales cascaterranas) que, de momento, han pasado desapercibidas.

Con este panorama, la atención política chipuna se centra ahora en la próxima reunión que se celebrará en San Trifón del Río entre el presidente de Cascaterra con tres miembros de su gabinete y el Consejo de Gobierno de Chipunia. Ya sólo que la cita sea en Chipunia es claro síntoma de que el gobierno del Estado sabe que debe buscar vías de acuerdo con el chipuno; algunos interpretan incluso que la negociación, en contra de lo que parecería indicar el sentido común, se presenta más favorable a las tesis del PICHi, insinuando que éste cuenta con bazas que todavía no ha hecho públicas. En cualquier caso, lo que todo observador constata es que en ningún otro sitio se ha logrado como en Chipunia convertir la lucha contra el cambio climático en el centro de la vida política, económica y social. Contra todo pronóstico, quizá la apuesta por ocupar la vanguardia ecologista sea el motor del desarrollo chipuno en esta próxima década.

CATEGORÍA: Ficciones

domingo, 18 de mayo de 2008

Telarañas

La telaraña, dice el Diccionario, además de la tela que forma la araña segregando un hilo muy tenue, es cosa sutil de poca entidad, sustancia o subsistencia y también sensación de nubosidad delante de los ojos, por defecto de vista.

En los últimos treinta meses, más o menos, he escrito mucho, casi todos los días. El viernes, un amigo que conoce este blog, me preguntaba que de dónde sacaba el tiempo. Es tiempo de ocio, le contesté; el modo que tengo de relajarme un rato (a veces el rato se hace largo y le come horas al sueño) al final del día. A cambio, he dejado casi de ver televisión, pero me da que no pierdo demasiado.

Hoy pensaba que lo que hago con mis escritos es tejer telarañas, desenvolver mi red y enredarme en cuantas descubro, como una araña que quisiera cazar no sé qué cosas. En inglés, telaraña es spider web, o sea red, término más preciso en su descripción. Y sí, con lo que escribo hago una red y, además, lo cuelgo en la Red, la cual, por otra parte, es muy frecuentemente una inagotable fuente para mi abastecimiento.

Pero también mis textos son entidades sutiles, de poca sustancia (y no sé si también de poca subsistencia). K me decía el otro día que inicio muchos temas que interrumpo con falsas promesas de continuación. Soy disperso, es verdad. Pero me gusta imaginar que, anudado un filamento, giro vertiginoso por mi espiral para prolongar la red en otra región. Al fin y al cabo, como en las telarañas, todos los nodos se interconectan.

Y, sin embargo, no niego que desearía ser capaz de desarrollar cualquiera de los múltiples asuntos que me han ido interesando durante estos años. Pero eso exige dedicación y disciplina. Además, habría entonces de sustraerme a las gozosas tentaciones de la diversidad y no estoy ya en edad de rechazar placeres. No obstante, quizá algún día decida concentrarme (¿en cuál de todos mis intereses?), pero seguro que no será en este blog: sería incompatible con su naturaleza sutil de telaraña.

Escribo también como ejercicio terapéutico; de hecho, por tal razón inicié este blog, aunque luego me haya ido enganchando por el simple gusto de hacerlo. Así, ésta es mi forma de "mirar las telarañas" (o las musarañas) y también de intentar despejar esa visión borrosa a que alude el diccionario. Escribo desde el desconcierto (y sobre lo que me desconcierta), tratando de construir mis propias telarañas frente a tantas de mi entorno que no dejan de darme esa sensación de nubosidad confusa.

Mis propias telarañas han ido naciendo, en muchas ocasiones, de ensayos titubeantes para explicarme lo que no entiendo; también en muchos casos, como intentos personales de armar nuevas estructuras desde las previamente derruidas. Y, nuevamente como las telarañas, endebles y transitorias, enredadas e imprecisas. Pero, ¿acaso no es así la vida?


En suma, que Telarañas sería también un buen título para los textos que conforman este blog.


CATEGORÍA: Blogs e Internet

domingo, 11 de mayo de 2008

Crossroads, by Robert Johnson

Era agosto del 28; tenía diecisiete. Casi dos meses en las carreteras desde que salí del condado de Copiah, Mississippi. Un negro pobre y con miedo subía el río, las tierras del Delta. Willie Brown vive en Drew, apenas ya cincuenta kilómetros.

La noche anterior vi dos negros colgados de un árbol. Multitud de blancos. Me dijeron que los habían sacado de la cárcel del condado de Bolívar para lincharlos sin juicio. Los blancos me gritaron: no queremos negros cuando el sol se pone. Salí por patas. Yo sólo quiero tocar blues.

Estoy a las afueras de Rosedale, he caminado por la Highway 1. Las praderas pantanosas descienden hasta el Mississippi. Un armadillo se esconde entre los matojos. Busco la West Highway 8, hacia Pace. Quizá allí encuentre techo para esta noche.

Llegué al cruce y caí de rodillas. Ten compasión, Señor, rogué; apiádate del pobre Bob, por favor. Hice señas a los autos que pasaban, pero ninguno paró. Soy un negro invisible: nadie quería saber nada de mí. Ay, el sol está poniéndose, la oscuridad va a pillarme aquí. Uno puede correr, correr y correr; eso dice Willie Brown. Estoy cansado y tengo miedo.

Negro, lárgate de aquí o tus pies dejarán de tocar el suelo, dos granjeros amenazan desde una camioneta vieja. Corro hacia el río pero tropiezo y caigo entre el pasto amarillento. Señor, grito, y la oscuridad ya me ha invadido. ¿Qué quieres, Robert Johnson? La voz retruena y levanta un fuerte viento. Pero no había nadie. Y otra vez: ¿Qué quieres, Robert Johnson?

Señor, Señor, sálvame, salva a este pobre negro. No soy Dios, dijo la voz, dime qué quieres. Las aguas pantanosas hedían, el viento había cesado, la oscuridad silenciaba el tiempo. Tocarás el blues, Robert Johnson, serás un maestro del blues, recordado siempre. ¿Es eso lo que quieres, Robert Johnson? La noche era cálida pero sentía hielo por dentro. Y, sin embargo, el miedo había desaparecido.

Me enderecé y miré pero nada veía, sólo oscuridad. Sí, dije, eso es lo que quiero. ¿Pagarás el precio? No necesité que me dijera cuál; sólo quise saber el plazo. Serán diez años, respondió. Pagaré, susurré, Dios no atiende a los negros. Entonces un golpe seco me arrojó hasta la carretera, mi cabeza golpeó el asfalto. Un hilo de sangre manó de mi frente y trazó signos rojos que brillaron un instante para enseguida volatilizarse.

Hoy se cumplen los diez años. Ahora estoy también en un cruce de carreteras, a las afueras de Greenwood. De vuelta en Mississippi, pero he viajado mucho desde que era un chaval asustado. He tocado la guitarra como nadie lo había hecho hasta ahora. También he grabado mis canciones: ese es mi legado, por el que siempre me recordarán, como me dijo la voz aquella noche. No sé si el precio era demasiado caro, pero es lo que hay. Miro hacia la ventana y los reflejos de las luces me parecen dibujar una sonrisa irónica contra el negro de la noche. Levanto mi vaso whiski y brindo hacia la oscuridad.
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Este post recrea torpemente la leyenda de Robert Johnson y su pacto con el diablo en un cruce de carreteras (crossroads). Si bien he procurado ser verosímil en fechas y lugares, lo cierto es que hay diversas versiones de casi todo; así que he optado por las que más me gustaban.

Hay muchos que opinan que Johnson es el bluesman más importante de la historia; pero eso va en gustos. Lo cierto es que, tras su muerte, no fue casi conocido hasta que en 1961 Columbia reeditó sus viejas canciones (King of the Delta Blues Singers). Y su éxito llegaría (creo) antes en Inglaterra que en los USA, gracias a los grandes del rock británico, quienes lo reivindicaron como una de sus referencias fundamentales. Estoy hablando de Alexis Korner y John Mayall, primero, y luego los Rolling, Jimmy Page, Eric Clapton, Mike Fleetwood y un larguísimo etcétera.

El cuarto párrafo del post es una traducción libre de Crossroads, la canción de Johnson que supuestamente evoca el momento que narro. En el primer video se puede oír su propia versión, imagino que "arreglada" a partir de la grabación de noviembre del 36 en San Antonio, Texas. El segundo video corresponde a una versión en vivo de Eric Clapton (estuve tentado de poner la "original" de Cream) que desconozco dónde y cuándo; aun así, cabe aventurar que entre ambas debe haber una distancia de seis o siete décadas.



CATEGORÍA: Canciones y otras líricas

martes, 29 de abril de 2008

Cierre de etapa

En enero de 1991, hace más de diecisiete años, entré en el Cabildo de Tenerife. La Corporación Insular tenía por aquel entonces bastante abandonada la planificación territorial y urbanística; sin embargo, justo unos meses antes, más por imperativo legal que por convicción de los responsables políticos, se había contratado a un equipo externo la redacción del Plan Insular de Ordenación (PIOT), el instrumento que debía establecer el modelo territorial conjunto y las "reglas de juego" básicas para su concreción urbanística a través de los planes generales de los 31 municipios (demasiados) que hay en Tenerife. La formulación del PIOT fue el catalizador para que la Institución se "pusiese las pilas" y, pocos meses después de mi entrada (tras las elecciones locales de ese año 91), se conformase el Servicio de Planeamiento que es en el que estoy desde entonces.

En esos primeros años éramos muy pocos, apenas cinco técnicos bajo la jefatura de un ingeniero, excelente persona, que hace apenas dos años, absolutamente decepcionado, dejó la Institución. De los de la "primera etapa", dos estuvieron unas temporadas fuera (excedencias) y otro, un arquitecto de enorme humanidad que había entrado casi a la vez que yo, murió hace dieciocho meses tras una dura lucha contra un cáncer de médula. Queda también una compañera, mi rubia favorita (es nacida en Finlandia), pero desde las últimas elecciones ha sido trasladada a otra área. Así que soy yo el que más tiempo he pasado en el Servicio y ese tiempo se acaba dentro de unos días.

Yo entré para dirigir desde el Cabildo los trabajos del Plan Insular. En cierto modo, se suponía que había de ser el encargado de transmitir a los arquitectos redactores, cuyo estudio estaba en Barcelona, los criterios y directrices de la Corporación. Al cabo de cuatro años me tocó a mí, desde la propia Administración Pública, asumir directamente la redacción y en ello estuve otros cuatro años. Fue probablemente una de las etapas más intensas de mi vida profesional y, naturalmente, también agotadora. De hecho, se cerró con la famosa "crisis de los cuarenta" (que me vino a los treinta y nueve): desencanto laboral, una dolorosa decepción con alguien que creía que era un buen amigo, y una situación conyugal muy tensa, resuelta con unas vacaciones en la Gomera pero preludio de la separación que habría de llegar cinco años después.

No estaba pues a cargo de los trabajos cuando el PIOT se aprobó definitivamente. Pasé a ocuparme del control del planeamiento municipal y en ello he seguido hasta ahora. Al mismo tiempo, cada vez estaba más involucrado en otras tareas relacionadas con el urbanismo, muy en contacto con la Administración del Gobierno de Canarias. Paradójicamente, a medida que el Cabildo asumía (en teoría) mayores competencias, la dejadez de los políticos aumentaba, deteriorando progresivamente la función pública del gobierno del territorio. Seguramente, en esta legislatura, hemos llegado al punto más bajo de ese proceso (aunque lamentablemente no podemos decir que se haya alcanzado el fondo). Profesionales más jóvenes y de incorporación más reciente son ya incapaces de mantener la necesaria motivación por su trabajo, ante las continuas muestras de su escasa utilidad real.

Echo la vista atrás y, a pesar de lo mucho que nos quejábamos en los primeros ocho años, no puedo sino envidiar el dinamismo de entonces, la cantidad de proyectos que acometíamos, nuestra prolífica productividad. En los primeros noventa, por ejemplo, fuimos una de las primeras administraciones del Estado que montó un sistema de información geográfica; en esos tiempos, me tocó ser el "padre" de la sistematización del urbanismo para concebir los planes como bases de datos. Ahora el GIS del Cabildo languidece plácidamente y nuestra etiqueta de vanguardia hace tiempo que se perdió.

Hace un par de años, el Gerente de Urbanismo de la segunda ciudad de la Isla (La Laguna), antiguo compañero del Cabildo, me comentó sus ideas para la redacción del nuevo Plan General de ese municipio. Quería llevar a cabo una revisión en profundidad, acometer una "revolución controlada" en los modos parasitarios en que los agentes inmobiliarios actúan sobre el territorio, desde una voluntad de intervención y dirección de los procesos por el Ayuntamiento. Lo que me contaba encajaba bastante con mis propias convicciones que, en resumen, podría enunciar como la necesidad de que se gobiernen desde lo público los procesos de transformación urbana y territorial, recuperando el carácter de la ciudad (y el territorio) como bien eminentemente colectivo (en esa labor también hay, por supuesto, que recuperar las plusvalías). Éramos ambos conscientes de que, del dicho al trecho ya se sabe, pero ya era bastante que alguien, con capacidad directiva, mostrase una decidida voluntad de intervención. En esa primera conversación, en un almuerzo multitudinario y cuando ya estábamos todos bastante "alegres", me planteó que necesitaba a alguien para llevar la dirección y la coordinación de los diversos equipos redactores que pretendía poner a trabajar, cada uno en una parte del municipio, y que si a mí me interesaría.

Por esas fechas era inminente la marcha del que había sido nuestro jefe y hacia quien que yo, además, sentía una deuda de lealtad. De otra parte, la degradación de mi trabajo en el Cabildo estaba más que avanzada (aunque ha seguido a peor). Así que le dije que vale, que empezara a mover los hilos para tramitar una comisión de servicios. La idea inicial era que ocuparía un puesto de nueva creación en la Gerencia mediante un traslado entre administraciones. Pero las cosas siempre se ralentizan hasta la desesperación. En La Laguna había problemas con los sindicatos para las modificaciones de la RPT (Relación de Puestos de Trabajo), el concejal de entonces no estaba muy por la labor de cambiar unos modos de hacer basados en el amiguismo y la escasa transparencia y la gestión diaria dejaba poco tiempo para poner en marcha proyectos importantes pero a medio plazo. El Cabildo, de otra parte, como respuesta a demasiadas iniciativas de funcionarios que pedían traslados, endureció su política de personal adoptando el criterio de denegar las comisiones de servicio.

Hace más o menos un año, no obstante, se iniciaron los trabajos del Plan General, contratando a cinco equipos profesionales y repartiendo entre ellos el municipio. Éstos han avanzado en las labores de información, diagnosis y primeras ideas propositivas sin la suficiente dirección municipal. Hará unos seis meses, consciente de la urgencia de contar con un director, el Gerente me aseguró que ya era inmediato el que me incorporase. El planteamiento laboral, dados los problemas, había cambiado: la fórmula más efectiva era sacar a concurso una asistencia técnica y que me presentase como profesional libre (pidiendo la excedencia). Además quería más cosas de las iniciales: habíamos de constituir una empresa que llevase a cabo también la sistematización del futuro Plan General como base de datos. El municipio de La Laguna es en la actualidad la administración pública que más ha avanzado en la informatización de la gestión urbanística, gracias principalmente a otro compañero del Cabildo que formaba parte del equipo de nuestro GIS y hace unos años ya había escapado.

Como en la Administración lo inmediato tarda medio año (si hay presión constante para que todos vayan marchas forzadas), ese es el tiempo que ha pasado. Con un viejo amigo de amplísima experiencia en bases de datos urbanísticas (fue de los protagonistas, colaborando con nosotros en los primeros años, del GIS del Cabildo) hicimos una extensa y prolija memoria que presentamos al correspondiente concurso. La semana pasada resultamos adjudicatarios del mismo y, consiguientemente, presenté en el Registro del Cabildo mi solicitud de excedencia. En unos días se firma el contrato: por dos años prorrogable uno más. Hacia finales de mayo estaré en una oficina (todavía hay que acondicionar el local) en el casco histórico de La Laguna, muy cerca de la Gerencia de Urbanismo.

Es curioso que el trabajo que me espera en estos próximos años sea muy similar al que me tocó al entrar en el Cabildo hace diecisiete. La diferencia obvia es el ámbito territorial: antes era la Isla, ahora un municipio. Hay otra diferencia importante que tiene que ver con la escala y alcance operativo de ambos planeamientos: antes era uno directivo, sin aplicación inmediata sobre el territorio; ahora estaré mucho más pegado a la realidad, las rayas y las normas supondrán afecciones directas a muchos intereses concretos. También ahora, como antes, me toca dirigir y coordinar a otros profesionales, casi todos viejos conocidos; me toca conseguir que desarrollen técnicamente los criterios municipales que, además, en gran medida habré de ser yo quien los enuncie. Espero haber adquirido en estos años mayor habilidad e inteligencia para esos menesteres. El reto es ilusionante, una atractiva oportunidad profesional; tengo ilusión, sí, ma non troppo. Quizá porque conozco demasiado bien las resistentes inercias del sistema, quizá porque ya empiezo a ser mayor. En todo caso, aunque no estoy nervioso sino sorprendentemente sereno, tengo el convencimiento absoluto de que, en las actuales circunstancias y, sobre todo, por comparación con las perspectivas en el Cabildo, he tomado la decisión correcta.

No puedo evitar, no obstante, una sensación de tristeza algo melancólica. Son muchos años y son muchas personas a las que quieres. Me preocupan especialmente mis compañeros más cercanos, a ver cómo se las arreglan sin mí (siento un poco como si les estuviera traicionando, echándoles a los pies de los caballos). Ya sé que no son sino boberías, que seguiré en contacto con ellos y que funcionarán estupendamente sin mí: nadie es imprescindible (aunque cada uno es insustituible). Sea como sea, lo cierto es que esa especie de spleen me embarga el ánimo, como una bruma que se cuela por todos sus rincones. Pero en cuanto me incorpore, con la cantidad de trabajo que me espera y las prisas que están metiendo los políticos, tengo claro que se va a pasar.

Antes de dejar el Cabildo, en todo caso, he de rematar algunos pocos temas pendientes, por lo que estas próximas semanas se presentan agitadas (y, para colmo, la que viene tengo que salir unos días de viaje). Además, he de ordenar mi despacho (básicamente tirar multitud de papeles) que ha alcanzado un grado de caos realmente ejemplar (véase la foto adjunta). También he de limpiar el ordenador y hacerme una copia de todos los archivos informáticos de los temas que he llevado durante estos diecisiete años. Quiero hacerlo un poco por sentimentalismo y otro poco (que no es poco) por precaución: tal como se está judicializando el urbanismo, no me extrañaría demasiado que algún día me llamen a declarar a un Tribunal en relación a cualquiera de los múltiples asuntos que he informado.

En fin, cierre de una etapa.

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

sábado, 26 de abril de 2008

Curas en la sanidad pública

En estos días se ha armado un pequeño revuelo a propósito de un convenio firmado entre el Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Juan José Guedes, y el Obispo Auxiliar de Madrid, en representación de los obispos de las diócesis que se localizan en dicha provincia. La polémica surge porque en dicho convenio, se acuerda que el Servicio de Asistencia Religiosa Católica (SARC) de cada hospital público formará parte del Comité de Ética y del Equipo Interdisciplinar de Cuidados Paliativos. La Cadena Ser (que creo que es la que "destapó" la noticia) informa que estos "comités se encargan de decisiones tan trascendentales como dar o no sedación terminal a un enfermo, practicar un aborto a una mujer o decidir si se reanima o no a un bebé con malformaciones en la unidad de neonatología". "Así que -sigue diciendo- los capellanes, además de visitar a los enfermos y oficiar misa intervendrán en cuestiones morales que afectan a los pacientes". Luego me entero que la Asociación El Defensor del Paciente recurrirá ante el Tribunal Constitucional este convenio al considerar que "afecta al derecho constitucional a decidir en el ámbito sanitario; la citada asociación afirma que ninguna administración puede por capricho imponer sus ideas a los ciudadanos sin consultarles (de lo que se deduce que piensan que con el convenio el gobierno derechón de Madrid está imponiendo sus ideas a los ciudadanos). Por último, en El País de ayer, leo que "el Gobierno ha pedido a la Fiscalía y a la Agencia de Protección de Datos que estudien si procede emprender acciones legales contra el convenio ... que permite la presencia de sacerdotes en los comités de ética de los hospitales públicos". Dice además el periódico que María Teresa Fernández de la Vega, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, ha explicado que "los servicios públicos de salud no pueden imponer a los pacientes criterios basados en creencias religiosas" (de lo que se vuelve a deducir lo mismo que con las declaraciones de la anterior asociación).

Por esta vez, y sin que sirva de precedente (no simpatizo ni con los obispos ni con el gobierno madrileño), opino que ni la Comunidad de Madrid ni la Iglesia han hecho nada reprochable y opino además que se está aprovechando un hecho bastante inane para montar una bronca desmesurada y demagógica, cayendo en la manipulación informativa (cuando no en la mentira descarada). Me molesta personalmente porque creo que este tipo de actitudes desprestigian las posiciones laicistas serias y contribuyen justamente a lo que se supone que quieren combatir.

De entrada, hay que decir que esos "comités éticos" son meramente asesores, orientativos, en ningún caso toman decisiones sanitarias. La historia de estos comités, sus funciones y otros aspectos están explicados en varias páginas de internet (por ejemplo, en esta). En España, la primera comunidad autónoma que reguló su funcionamiento fue la catalana; en el caso de la Comunidad de Madrid, la norma reguladora es el Decreto 61/2003, de 8 de mayo, que en su artículo primero define al Comité de Ética para la Asistencia Sanitaria (CEAS) como aquel comité consultivo e interdisciplinar, cuya finalidad es asesorar sobre posibles conflictos éticos que se pueden producir en la práctica clínica asistencial en el ámbito de las organizaciones e instituciones sanitarias, con el objetivo de mejorar la calidad de la asistencia sanitaria y proteger los derechos de los pacientes". Las funciones de los CEAS son las de proponer al hospital medidas para la protección de los derechos de los pacientes, asesorar a los profesionales y a los ciudadanos en la toma de decisiones que planteen conflictos éticos, analizar y proponer, si procede, soluciones a tales conflictos, proponer a la institución protocolos de actuación ante aquellas situaciones frecuentes que generen conflictos éticos, y colaborar y promover la formación en bioética. Dice también el citado decreto madrileño las que, en ningún caso, son funciones de los CEAS y, entre ellas, destaco las de emitir juicios sobre la ética de los profesionales o las conductas de los pacientes y familiares, tomar ninguna decisión vinculante, o asumir responsabilidades que son de los profesionales sanitarios. Por tanto, al menos en el marco legal madrileño, no es verdad, como afirma la SER, que estos comités se encarguen de ninguna decisión médica, sea o no trascendental.

De otra parte, el Decreto regulador de los CEAS ya señalaba que "podrán también incorporarse las personas que presten asistencia religiosa", así como incluso "personas ajenas a la institución con interés acreditado en ética". El Convenio lo que viene a hacer es generalizar a todos los hospitales públicos madrileños esta posibilidad, así como la existencia en cada uno de ellos del Servicio de Asistencia Religiosa Católica. A mi modo de ver, lo que se ha hecho es posibilitar el ejercicio de un "derecho" previamente concedido a la Iglesia (dar asistencia religiosa a los enfermos y formar parte de los CEAS), convirtiéndolo en una obligación para la administración hospitalaria. Es un matiz (importante o no) que, en todo caso, me parece consecuente con el texto legal. Si ya se reconocía a los capellanes hospitalarios el participar en estos comités, lo que se hace ahora es "impedir" que la dirección no les dejase participar en el CEAS.

Hay una razón evidente para pensar que tiene sentido que haya presencia católica en estos comités: las implicaciones éticas de las decisiones sanitarias en muchos casos se relacionan con la creencias religiosas, tanto de los profesionales como de los pacientes y familiares; y un porcentaje muy significativo de estas personas, en España, tienen creencias católicas. No creo que sea descabellado, manteniendo una elemental ecuanimidad, que entre todos los miembros de un CEAS (en Madrid, un mínimo de 10) haya alguien que exprese los criterios éticos católicos. Además, quiero pensar que los capellanes de hospital, con sus experiencias en el dolor y la muerte, sabrán por lo general conjugar la doctrina cristiana con la compasión humana (más me preocuparía que en esos comités estuvieran algunos obispos). Y, repito, todo ello dentro de los estrictos límites que establece la Ley para los CEAS: opinar y valorar en el seno del comité, como uno más; no imponer decisiones ni presionar a pacientes o familiares.

Así que a mí no me escandaliza que haya curas en los CEAS. De hecho, parece que es habitual, con o sin convenio con la Iglesia, en muchos hospitales fuera de Madrid y fuera de España. Lo que me preocuparía es que esos CEAS se extralimitasen de sus funciones asesoras, lo haga el cura o quien fuese. Porque, aunque este tema daría para discutir mucho (pero excede el objeto de este post), una cosa es que pueda ser buena la reflexión genérica y específica sobre las implicaciones éticas de la sanidad y otra muy distinta que, sea desde ámbitos religiosos o laicos, se nos impongan las decisiones. Lo grave de las palabras de la vicepresidenta del Gobierno es que insinúan presupuestos peligrosos. "Los servicios públicos de salud no pueden imponer a los pacientes criterios basados en creencias religiosas": Pero, ¿es que acaso sí pueden imponer criterios basados en otras consideraciones éticas? Pero, ¿piensa la vicepresidenta que los CEAS pueden imponer algo, haya o no curas? Porque ahí está el meollo: que por mucha regulación legal, resulte que, en la práctica, los CEAS puedan imponer que se haga o no un aborto, que se faciliten o no cuidados paliativos, que se reanime o no a un bebé. Y, si tanto escándalo se monta a raíz del convenio madrileño, el comportamiento de quienes protestan sólo es explicable bien porque saben que los CEAS influyen activamente en la toma de decisiones (y no les parece mal siempre que no intervengan criterios religiosos) o bien porque aprovechan la excusa para arremeter demagógicamente contra la Iglesia errando en esta ocasión, a mi juicio, en el blanco (y mira que hay asuntos en los que criticar a la Iglesia) y, de rebote, fortaleciendo las posiciones eclesiásticas. Tiendo a pensar que la segunda explicación es la más cercana a la verdad.

Actualización (28 de abril): Este fin de semana estuve curioseando diversas opiniones en internet sobre el asunto de este post. Entre otros, leí el blog de Pepe Blanco que ha escrito un artículo muy representativo de la demagogia que me motivó a escribir el presente. Dice, por ejemplo, que "ahora resulta que la presidenta de la comunidad de Madrid, aprovechando el ruido de sables que estos días ensordece a su partido y a la opinión pública, ha firmado un convenio con el cardenal Rouco Varela para que sean los sacerdotes quienes decidan en los hospitales a quién, cuándo, y cómo, se suministra un cuidado paliativo". Es falso que el convenio sea de ahora (sino de enero), que los firmantes sean los que dice, o que los sacerdotes vayan a decidir nada (ya que el propio CEAS carece legalmente de capacidad decisoria). Le puse un comentario a ese post, señalándole educadamente la falta de rigor en lo que había escrito. El señor Blanco tiene activada la opción de "moderación de comentarios", así que no se publica si él no lo aprueba. Acabo de comprobar que mi comentario ya lo ha leído (porque hay alguno que no estaba cuando se lo envié), pero ha decidido no publicarlo. Los siete comentarios que sí han pasado su censura son -qué raro- descaradamente acordes con el tono del post. ¿Cuántos más no habrá dejado que aparezcan? En fin, nunca me ha gustado demasiado este individuo, pero ahora ya tengo una razón concreta para poner en duda su honestidad intelectual y su capacidad de aceptar la crítica.

CATEGORÍA: Política y Sociedad

miércoles, 23 de abril de 2008

Por la creación del Instituto Volcanológico de Canarias

Tras la erupción, en noviembre de 1985, del volcán colombiano Nevado del Ruiz (que supuso más de 25.000 muertes, entre ellas la de Omayra Sánchez, esa niña a cuya estremecedora agonía asistimos en directo), una misión científica española que allí fue elaboró un informe al Gobierno español con unas recomendaciones para prevenir los riesgos volcánicos en el único territorio de nuestro país en donde existen, que es Canarias. Una de las medidas propuestas era la creación de un instituto vulcanológico, centro científico con la función de recabar datos, interpretarlos y asesorar a la Administración respecto a las políticas de protección civil. Entre todos los especialistas en esta materia hay completa unanimidad en la conveniencia, necesidad e incluso urgencia de constituir este centro y dotarle de medios que lo hagan efectivo.

Sin embargo, no pasa nada hasta enero de 1996, cuando el Consejo de Ministros aprueba una directriz básica de planificación de protección civil ante el riesgo volcánico, que ordena a los Gobiernos del Estado y de la Comunidad Autónoma que elaboren sendos planes y organicen sistemas de información, seguimiento y coordinación. Parece ser, no obstante, que en la práctica estas iniciativas no se mantuvieron con la constancia deseable y, en todo caso, no mejoraron la situación de descoordinación e indefensión que se sigue teniendo frente a una eventual erupción volcánica. Así las cosas, durante la pasada legislatura, y durante unos meses de cierta alarma social en esta Isla ante síntomas y rumores de que el Teide parecía con ganas de marcha, distintos representantes de las Instituciones Canarias iniciaron reclamaron al Gobierno del Estado actuaciones concretas en esta materia.

En su sesión plenaria de 2 de noviembre de 2005, por asentimiento unánime de todos sus miembros, el Senado aprobó una moción instando al Gobierno de la Nación a la creación del Instituto Volcanológico de Canarias (me suena fatal “volcanológico”, pero así está escrito). Este acuerdo fue aplaudido por todos, en Canarias, en España y fuera de ellos. Poco después, en enero de 2006, el Parlamento de Canarias aprobó una Proposición no de Ley que decía “que se tomen las medidas precisas para que, con carácter urgente e inaplazable, se proceda a la creación del Instituto Volcanológico de Canarias (IVC), financiado principalmente por la Administración del Estado y de la Comunidad Autónoma de Canarias, con el apoyo de los Cabildos Insulares” además de detallar sus funciones principales. Por parte del Gobierno español todo son siempre buenas palabras, pero lo cierto es que no hace nada. Casi dos años después del acuerdo del Senado que tantas ilusiones había despertado, el presidente del Cabildo de Tenerife, como senador, vuelve a solicitar en la Cámara Alta “por quinta vez” que se constituya urgentemente el Instituto. La ministra de Educación y Ciencia (quien, por cierto, proviene por parte paterna de familia canaria) se limitó en su respuesta a alabar las distintas iniciativas que el Gobierno había llevado a cabo para mejorar la investigación en materia vulcanológica, sin responder en absoluto a la pregunta concreta que se le había hecho.

Y se acabó la pasada legislatura y nada de nada. Llegan las elecciones y el PSC-PSOE presenta un anexo canario a su propaganda (“Motivos para creer”), porque Canarias tiene “personalidad propia” en su programa electoral. Comienzan diciendo que los socialistas están orgullosos de los logros obtenidos para Canarias como región ultra-periférica y que se comprometen a continuar impulsando iniciativas en la misma línea. Entre éstas, señalan que “todas las estrategias que nacen de un profundo y riguroso análisis ... apuntan claramente a la necesidad de la creación, con el concurso y la colaboración de todas las Administraciones Públicas, de un Instituto Vulcanológico en Canarias, concebido como una de las piezas claves de las que debe disponer la sociedad para cumplimentar eficientemente las acciones destinadas a la reducción del riesgo volcánico en nuestro país, además de asegurar una mejor gestión de los recursos públicos que, en la actualidad, se destinan a la reducción del riesgo volcánico en España”. Aunque no lo terminen de decir expresamente, parece lícito interpretar que ZP se ha comprometido electoralmente a crear el tan largamente reclamado Instituto. ¿O no? Pues no lo sé. Pero uno tiende a pensar que hay algún gato encerrado, porque llama la atención que algo sobre lo que hay un absoluto y generalizado acuerdo (al menos aparente) tarde tanto en ponerse en marcha. He leído algunas declaraciones de vulcanólogos que hablan de intereses ocultos que no quieren que se cree el Instituto, pero tampoco aclaran cuáles son esos intereses.

Yo no sé mucho del asunto, pero sí comparto una opinión que he oído por ahí y es la de que no hay suficiente conciencia pública de que vivimos en un territorio con vulcanismo activo. Si no hay suficiente conciencia en estas islas, no es de extrañar que mucho menos la haya en la península. Creo que es muy importante que se den todos los pasos necesarios para contar con la información y estrategias más adecuadas para prevenir y/o minimizar los riesgos; cualquier otra actitud sería la suicida del avestruz. Esta mañana me han hecho llegar otra petición por correo electrónico: que suscriba un manifiesto ciudadano que reclama la urgente e inaplazable creación del Instituto Volcanológico de Canarias en este 2008, Año Internacional del Planeta Tierra. Esta sí la he firmado, en primer lugar por evidente interés personal. Me permito pedir a mis lectores, aunque no vivan en Canarias, que también la apoyen. Gracias de antemano.

CATEGORÍA: Política y Sociedad

Sólo callarse es sincero

... Estas páginas son indudablemente románticas, pero también reales, puesto que aquel día de marzo existió de verdad, y también el regreso y el reencuentro. Sin embargo, el conjunto es artificial, mache, como suele ser «la literatura» cuando el escritor no es capaz de callarse y dice más -aunque sea una sola palabra de más- que los hechos. El escritor —en medio de la muerte y la miseria, situación humana constante en tiempos de paz y de guerra— que intente disculparse y demostrar que siente sinceramente lo que describe, se olvida de las leyes de su oficio, que determinan que no existe literatura sincera. En la literatura, como en la vida misma, sólo callarse es sincero. En el momento en que alguien se pone a hablar en público ya no es sincero, sino que se convierte en escritor, actor, es decir, en una persona que se pavonea.

Porque la escritura, las bellas letras siempre son una payasada; el alma, maquillada con palabras coloreadas en blanco y rojo, recu
erda al payaso del circo que cuenta chistes malintencionados haciendo mil muecas ... Al final de una guerra mundial —y probablemente al comienzo de una nueva guerra mundial o de cualquier otra— el escritor que escriba algo más aparte de hechos estrictamente estadísticos, no puede ser sincero. Sin embargo, no hay escapatoria, porque el escritor es incapaz de callarse. Tiene que decir algo incluso desde el vertedero mundial, tiene que recitar algo aun desde la fosa común. La esperanza de que un cataclismo más fuerte que cualquier otro anterior conduzca al escritor (y a la humanidad) al día en que puedan ser verdaderamente sinceros, porque ya sólo pondrán sobre el papel y pronunciarán palabras esenciales, es una esperanza infundada. En todo caso, el escritor no puede hacer otra cosa que maquillar su alma y, con hermosa palabra esencial, decirlo todo. El tema del que habla, en cualquier época y en cualquier vertedero, es siempre el mismo: el Nekyia, es decir, el viaje al mundo de los muertos, y —después de la aventura, de la Ilíada— el Nostos, o el regreso al hogar.

Quien esto escribió es Sándor Márai (¡Tierra, Tierra! Salamandra, 2006. Pags 172-173). Quizá no podamos ser sinceros, no sólo escribiendo sino en la vida, y no sólo ante otros, sino incluso ante nosotros mismos. Así lo he sentido, al menos yo, muchas veces. Quizá sea vano esperar que algún día seamos capaces de pronunciar las palabras esenciales que, aunque ignoradas, ansiamos que nos desvelen a nosotros mismos. Pero, incluso convenciéndonos de ello (y no he llegado todavía a ese extremo), no hay ciertamente escapatoria: somos incapaces de callarnos.

No sé por qué, pero intuyo que es nuestra naturaleza, que no podemos evitarlo (como en la fábula del escorpión y la rana). Hemos de intentar vivir Nekyia y Nostos ... y hablar (o escribir) sobre ello. Y mientras tanto, entre tantas voces, quizá suene la flauta.

CATEGORÍA: Literaturas

martes, 22 de abril de 2008

Construir en Ronchamp

He recibido esta mañana un correo electrónico en el que la Fondation Le Corbusier me solicita apoyar una carta a la Ministra de Cultura francesa solicitando la paralización de un proyecto de Renzo Piano en la colina de Bourlémont sobre la que se dispone la capilla de Notre Dame du Haut de Ronchamp, realizada por Le Corbusier entre 1951 y 1955. No sabía nada al respecto y, lógicamente, he tratado de informarme.

La capilla de Ronchamp, así como los terrenos sobre los que se asienta, son propiedad de la Association Œuvre Notre-Dame du Haut. Esta asociación se formó después la guerra con la finalidad de, sumando las indemnizaciones recibidas por los daños bélicos, reconstruir la capilla de peregrinación mariana que desde siglos hubo en ese lugar. Son ellos quienes encargan la obra a Le Corbusier y quienes, todavía en la actualidad, se han ocupado de la gestión y conservación de esta obra maestra de la arquitectura.

Parece ser que a los miembros de esta asociación se les ocurrió hace unos años invitar a un grupo de monjas a vivir junto a la capilla con la finalidad de reforzar el carácter religioso del lugar frente al excesivo predominio del turismo. Es verdad que ésta es la actividad fundamental que acoge el lugar, que atrae más de 100.000 personas al año (con un porcentaje muy significativo de estudiantes de arquitectura de todo el mundo), pese a que se encuentra a desmano de cualesquiera rutas turísticas. Según leo, sólo tres días al año se celebran actos de peregrinación religiosa. El propio Corbu, en la carta dirigida al obispo de Besançon en 1955 (imagino que al finalizar las obras), dice que ha buscado crear un lugar de silencio, oración, paz y alegría espiritual. Creo recordar vagamente, además, que ya en los años de su construcción se planteó al propio arquitecto la posibilidad de erigir en la colina un pequeño convento, idea que finalmente no cuajó.

Quiero pensar, en cualquier caso, que las mejores intenciones animaron a Jean-Francois Mathey, el director de la Asociación, a promover un proyecto de intervención en la colina de Bourlémont que, además de 12 celdas para monjas clarisas, comprende un nuevo centro de visitantes y un espacio de meditación para las religiosas. La propuesta de Renzo Piano se basa en el enterramiento de las nuevas construcciones en las faldas de la colina (que además es abundantemente reforestada), de modo tal que no son vistas desde la capilla ni interfieren con la visión de ésta. Resulta más que evidente que Piano plantea una intervención desde un absoluto respeto hacia la obra del maestro y, además, con exquisita y contenida calidad arquitectónica.

De hecho, en el mensaje que me llega y en la propia carta a la ministra francesa, no se cuestiona la calidad arquitectónica, sino que la intervención planteada pone en peligro la “sutil unidad entre la capilla y el sitio”, que fue una de las mayores motivaciones de Le Corbusier. A la vista del proyecto, uno se queda pensando que para los celosos guardianes corbuserianos de la Fondation, cualquier intervención en la colina pondría en peligro dicha unidad esencial, porque es difícil imaginar una alternativa más limitada y controlada en sus efectos sobre el conjunto arquitectura-lugar que la de Renzo Piano. Lo cual me lleva a pensar si “la conservación y salvaguarda de los inmuebles y lugares de nuestra memoria colectiva” (palabras de la solicitud a la ministra) han de pasar siempre por preservar la integridad original. No lo creo, como no creo tampoco que el mismo Le Corbusier mantuviese unas posturas tan inmovilistas respecto a los “monumentos”.

Lo cual no quiere decir que me parezca bien la propuesta de Renzo Piano. Lo que, con la información que tengo, no puedo avalar es que esta intervención (y cualquiera, me temo) suponga romper la unidad esencial de la capilla de Ronchamp. Tal afirmación hay que argumentarla; no basta con referirse a riesgos genéricos que valen tanto para la propuesta de Piano como para cualquier otra. Y, sin embrago, no se hace; se pide el apoyo de firmas para que el Ministerio francés, dado que el edificio cuenta con protección legal, vete la intervención. Y supongo que, sobre todo entre los arquitectos, serán mayoría aplastante quienes firmen dicha petición sin entrar a valorar la propuesta. Repito, no es que crea que se deben hacer esas obras, pero no puedo apoyar posiciones negacionistas por principio. Lo que me gustaría es que el proyecto, tanto sus soluciones arquitectónicas como también (y sobre todo) la justificación de su necesidad y conveniencia, se debatiesen en profundidad.

Por añadir una nota personal a este asunto, diré que con la capilla de Ronchamp mantengo desde hace más de treinta años una especial relación de amor. Durante la carrera fue objeto de un intenso trabajo de estudio (a medias con un querido amigo a quien volveré a ver en unos días) en el que desmenuzamos, como enamorados, todos sus detalles, recurriendo para ello, a muchísimos kilómetros de distancia, a cuantas fuentes podíamos encontrar (ojalá hubiese existido entonces internet). No me gusta hacer listas, pero es indudable que en la de mis gustos arquitectónicos, la capilla del Corbu se ha mantenido todos estos años en lo más alto. Hace relativamente poco tiempo, unos cinco o seis años, pude por fin conocerla "en persona". Nos desviamos exprofeso desde Estrasburgo para ir hasta ese pueblo perdido y subir por la estrecha carretera que llega hasta la cima. Durante ese último tramo del trayecto me sentía emocionado y así, emocionado y además gozoso, pasé las dos o tres horas que permanecí allí, mirando y remirando la capilla, por dentro y por fuera, tocando, sintiendo, pensando ... En fin, que fue una experiencia importante en mi simbología personal. Por eso, me resultaría muy fácil pedir a las autoridades francesas que no dejen que nada cambie y, sin embargo ...

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