Impuntualidad

A la una y veinticinco me planté a la puerta del Ayuntamiento, esperándola. A las dos menos veinticinco la llamé al móvil: ah, estás ahí, me dijo, ya salgo. Pero no salía y me iba poniendo nervioso. No soporto ser impuntual y me daba cuenta de que ya estábamos en el límite para poder llegar a tiempo a mi cita. Además, no sabía qué hacer: ¿volverla a llamar? No, claro. ¿Seguir esperando? ¿Hasta cuándo? A las dos menos cuarto decidí dar unos pasos hasta la esquina y nada más asomarme a la calle transversal apareció un taxi. Lo paré y me metí. Cinco minutos después, cuando todavía no habíamos llegado a la autopista (a esa hora siempre hay un atasco en las salidas de La Laguna), mi amiga me llama al móvil preguntándome dónde estoy. En un taxi, le contesto, he de estar abajo a las dos. Pero, Miros, dice ella, teníamos tiempo de sobra. Déjalo, le digo porque no quería empezar a discutir. Y ambos colgamos.No pude evitar pensar sobre la contestación de mi amiga. De entrada, apareciendo a las dos menos cuarto era imposible que llegáramos a tiempo. Teníamos que ir andando al aparcamiento público (unos cinco minutos), bajar, pagar, meternos en el coche y salir a la ciudad (otros cinco minutos), luego llegar a la autopista y finalmente cubrir los diez kilómetros de distancia. A mí el taxi me dejó a las dos y tres minutos, de lo que calculé que, si hubiera ido con ella, habría llegado como muy pronto a las dos y cuarto de la tarde. Así que no, cuando ella salió ya no teníamos tiempo para que yo llegase puntual. Imagino que ella dijo lo que dijo sin pensar, seguramente sin fijarse ni siquiera en la hora que era. Supongo que sentiría una mezcla confusa de culpabilidad por llegar tarde y de resentimiento contra mí por no haber esperado.
Lo llamativo es que, en vez de disculparse, lo único que me dijo (tampoco quise que me dijera más) es que no tenía que haberme ido. De esa forma, supongo que instintivamente, revierte hacia mí la infracción. Es más grave que yo no la haya esperado a que ella haya llegado tarde. Desde su punto de vista (estoy seguro) mi marcha no era una reacción proporcionada a su retraso; al fin y al cabo, ella se ha debido demorar por razones de trabajo que siempre son más importantes frente a que yo llegara un poco tarde a almorzar con unos amigos. Cabrearse por eso (y, desde luego, no ser capaz de esperar cinco minutos más) demuestra por mi parte una actitud bastante poco civilizada (tengo fama de poco tolerante).Coincido con mi amiga, aunque no lo creería si se lo dijese, en que llegar un cuarto de hora tarde a una cita de ocio no es algo demasiado grave y que está más que justificado si se debe a exigencias laborales. La cuestión, sin embargo, es que ella, y no yo, ha sido quien ha decidido con su retraso que sus obligaciones laborales eran más importantes que mi puntualidad y ella quien ha decidido que mi retraso no debía importarme demasiado. Pero, obviamente, para mí llegar puntual era más importante que que ella acabase la eventual tarea pendiente. Y estoy absolutamente seguro de que, en el caso inverso, no la habría hecho esperar. Pero cada uno somos cada uno y tendemos a juzgar al otro desde nuestra escala de valores. Intento no hacerlo, pero me cuesta evitar, cuando me ocurren cosas como las de hoy al mediodía, sentirme dolido al comprobar la facilidad con que pasan de uno. Como sé que mi percepción no es compartida, que la otra persona no tiene la más mínima mala voluntad, procuro que no note mi malestar. Esa, además de intentar no llegar tarde, fue el otro motivo por el que me fui.
Naturalmente, el error fue mío. Me apetecía charlar un rato con esta amiga y opté por bajar con ella en vez de ir tranquilamente en el tranvía leyendo mi libro. De esa forma le entregué el control sobre mi tiempo y, siendo coherente, había de atenerme a las consecuencias. Ciertamente, ella me había dicho que saldría a una hora, pero el cumplimiento de su afirmación estaba en su esfera de acción, no en la mía; por tanto, no siendo capaz, como no fui, de mantener una impasibilidad serena ante su retraso, me he demostrado a mí mismo que no debí haber acordado que me llevase en su coche. Me interesa progresar en la capacidad de aceptar con serenidad lo que no está en mis manos controlar, conseguir que cada vez me afecten menos esos contratiempos, las más de las veces, de importancia nimia. Simultáneamente, debo ser más cuidadoso antes de entregar a otros el control sobre mi tiempo, mis actos ... Pensar antes de hacerlo si soy capaz de aceptar sin molestarme que esa persona haga algo que no me gusta (y si creo que no lo voy a aceptar, entonces mejor cojo el tranvía).
Aunque todo lo anterior, no quita que mi amiga sea una impuntual.
CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

















