Apuntes recordatorios
Stash. Phish (A Picture of Nectar, 1992)
Con relativa frecuencia, tanto en blogs que leo como en conversaciones privadas (en ambos casos, con interlocutoras femeninas), me encuentro con una más o menos explícita reivindicación de la intensidad emocional, del apasionamiento. Recientemente, mi ex-mujer me escribió un correo en el que me recordaba esa "necesidad" suya de sentimientos intensos, que la arrastraran tumultuosamente, como un huracán. Mientras lo leía revivía viejas crisis, pasadas sensaciones de torbellinos emocionales de los que salía (salíamos) golpeados y, a mi modo de ver, sin avanzar un ápice en nuestro "crecimiento personal" (perdóneseme el término tópico, pero ahora mismo no se me ocurre otro). Tras mi crisis de pareja, en un proceso largo de sufrimiento (las heridas, cuatro años después, sé que no están completamente cerradas) tuve ocasión de pensar mucho sobre ello y, consecuentemente, aprender a reordenar en mi interior muchos de estos factores. A estas alturas, desconfío enormemente de las pasiones y, por el contrario, ansío la serenidad como uno de los valores supremos. Niego que el sentir (y piénsese en cualquier sentimiento, el amor incluido, por supuesto) sea mejor cuando es tumultuoso; al contrario, estoy convencido de que sólo la paz interior permite vivir las emociones con verdadera (y fructífera) intensidad. Cuestión distinta es la necesidad de "chutes" emocionales, subidones pasionales que suelen confundirse con "sentir". Pero lo que pienso (y siento) sobre estos asuntos nunca logro expresarlo adecuadamente ni convencer a mis interlocutoras; aun así, me gustaría volver a intentarlo con más calma.
Poor Heart. Phish (A Picture of Nectar, 1992)
Cuando oímos sobre la corrupción urbanística, jueces que "destapan" turbias operaciones inmobiliarias vinculadas a planes urbanísticos, desde nuestra ignorancia de los detalles tendemos a pensar que ése, el del urbanismo, es un mundo lleno de chorizos. En términos generales, el sistema legal de que disponemos propicia necesariamente las corruptelas, toda vez que se basa en atribuir a unos terrenos (las mal llamadas "recalificaciones") unas potencialidades económicas que suponen el enriquecimiento, con frecuencia exagerado, de sus propietarios. La cosa es que esta "moda" de "judicialización" del urbanismo, pasando rápidamente de la esfera contencioso-administrativa a la penal, está teniendo algunos efectos preocupantes, no siendo el menor de ellos la parálisis de las administraciones. A veces, ante iniciativas de algunos jueces, uno no puede evitar pensar que están motivadas por el afán de notoriedad y echa en falta que haya un mínimo sentido común que, ante situaciones carentes de fundamento, impida dilapidar dineros públicos y generar molestias y preocupaciones innecesarias a las personas. En una de esas situaciones me han envuelto, junto con casi cincuenta personas más, hará cosa de un mes. Resulta que estoy imputado por delitos contra la ordenación del territorio y prevaricación por haber pertenecido a un órgano colegiado que hace casi diez años (no me acuerdo de nada) aprobó un plan general de un pequeño municipio de la isla de La Palma. El tema es tan surrealista que, si no fuera porque estas cosas no pueden tomarse a chacota, no merecería la mínima atención. Pero me afecta, claro, y me gustaría contarlo.
Llama. Phish (A Picture of Nectar, 1992)
Hay una expresión que me retrotrae a mi infancia: "bajarse del burro". El burro es la terquedad, el orgullo, la ofuscación. Mientras uno está subido en el burro es incapaz de ver con una mínima objetividad la realidad y, mucho menos, si se refiere a sus propios comportamientos, actitudes. Bajarse del burro, por tanto, es condición necesaria para conocerse y entender los conflictos. Sin embargo, en la línea tan castellana del castizo mantenella y no enmendalla, solemos preferir seguir aupados en nuestros burros personales, con el lamentable resultado de que, por más hostias que nos llevemos, no terminamos de enterarnos de por dónde van los tiros y, menos todavía, aprendemos lo que la vida nos está enseñando. También en las relaciones de pareja es harto frecuente que uno o ambos se nieguen a bajar del burro y cuando dos personas que se aman se enfrentan subidos en sus respectivos burros no sólo no hay amor (en esos momentos) sino que contribuyen inevitablemente a erosionarlo. El diálogo (que no es tal) desde los burros sólo es un ejercicio dialéctico más propio de un tribunal que de una pareja que se quiere, en el que cada uno trata de "ganar", que quede a salvo su "posición", sin dejar que las palabras del otro entren de verdad en su interior; nos negamos a meditarlas, a admitirlas amorosamente para reflexionar sobre su verdad, para entender los sentimientos del otro que llevan consigo, y las rechazamos como una pared de frontón devuelve casi inmediatamente la pelota. En los últimos días también, a ratos sueltos, me han venido estas ideas a la cabeza.
The Landlady. Phish (A Picture of Nectar, 1992)
En fin, los cuatro anteriores (y alguno más del que ahora no me acuerdo) son temas de los que me gustaría escribir algo más pausadamente. Valgan de momento estas notas apresuradas a modo de recordatorio personal.





Había mucha gente, nos contó mi padre. Al principio, Jeanne me iba presentando, pero poco a poco ella iba dejándose absorber por un ambiente que a mí en cambio parecía rechazarme; así que notaba que me opacaba, casi haciéndome invisible. Había mucha gente y el que más se movía como si fuera un titiritero que sostuviera las cuerdas de todos nosotros, sus marionetas, era el director, 






