Vargas (7)


Con la isla bien diseñada, de lo que se trataría durante el siglo XIX es de ir ocupándola: abriendo esas calles, loteando las manzanas resultantes en parcelas edificables, construyendo los nuevos inmuebles. Lo que es verdaderamente sorprendente es que para 1916, la práctica totalidad del Plan se hubiera consolidado e incluso la parte más septentrional –hasta llegar al río Harlem– estuviera también bastante ocupada. En esos poco más de cien años, la población de Manhattan había pasado de algo menos de cien mil habitantes a unos dos millones trescientos mil; nada menos que multiplicada por 23. De hecho, la Isla en esas fechas en que Vargas arribaba, alcanzaba su máximo demográfico histórico (hoy allí viven 1.600.000 personas). Naturalmente, la ciudad que deslumbró a Alberto era mucho más chata que la actual. Ya había empezado la fiebre de los rascacielos, pero con alturas moderadas y todavía sin la intensidad brutal que se dispararía a partir de los treinta. Aunque ciertamente la capital era la ciudad más dinámica de los Estados Unidos, y continuamente se construían edificios no residenciales, todavía la mayoría del parque inmobiliario se destinaba a vivienda. Piénsese que la superficie edificada del Manhattan de hoy tiene que multiplicar por bastante la que había en 1916 y, sin embargo, hay menos habitantes; esto significa que durante el siglo pasado se produjo un crecimiento brutal en altura (la ciudad sobre sí misma) orientado hacia una intensísima terciarización. Ese proceso, cuando Vargas llegó, estaba en sus primeras fases.

Esas mansiones todavía existían en 1916 y nuestro joven protagonista tuvo que pasear delante de sus fachadas aunque, sin duda, ni osaría asomar las narices más allá de sus umbrales. Me lo imagino caminando desde Wahington Square (el antiguo cementerio reconvertido a plaza) por la acera Oeste, cruzando la calle octava y deteniéndose delante de la casa de los Rhinelander, con su fachada de ladrillo rojo y portada de granito (sería demolida en los cuarenta). Un poco más allá, en la esquina con la Novena (enfrente de la ya mencionada mansión Breevort), se erigía el Hotel Berkeley, de seis pisos, construido por los propios Rhinelander a mediados de los 1840 para albergar a familias transeúntes bien acomodadas (hoy sería algo así como un apartahotel). Ahí no se alojaría Alberto, desde luego, aunque es posible que, algunos años después, sí disfrutara del agradable café-terraza al aire libre de la planta baja; eso sí, antes de 1939, fecha en que fue sustituido por un edificio de apartamentos de diecisiete plantas, proyectado por el estudio de arquitectos Boak & Paris, uno de los más representativos del Art Deco neoyorkino. Cruzando la calle 9 se fijaría en la casa de los Breevort, aunque por entonces la habitaba de 1848 la familia De Rahm, quienes en 1919 la venderían a los Baker, otros supermillonarios de la época. Éstos se plantearon rehabilitarla pero no llegaron a hacerlo; durante los veinte, ese primer tramo de la Quinta había perdió su carácter señorial (las grandes fortunas se mudaban al Upper Manhattan, en el entorno de Central Park), así que a mediados de la década vendieron el inmueble para que, en su lugar, se erigiera otro edificio de apartamentos de dimensiones similares al anterior. Luego Alberto cruzaría la calle Décima y se encontraría con la Iglesia de la Ascensión, construida en estilo neogótico en los años cuarenta del XIX. No tengo ni idea si nuestro chico era religioso (de serlo, imagino que católico y no episcopaliano como esa iglesia) o le interesaba el arte sacro; en todo caso, viniendo de París poco le diría ese edificio de ladrillo. Enfrente del templo, en la otra acera de la Quinta Avenida, estaba el Hotel Grosvenor, abierto en 1876 también para clientes de alta posición y que había alcanzado una respetada fama de distinción; también sería sustituido en la década de los veinte por otro edificio de de diecisiete plantas, hoy ocupado por la Universidad de Nueva York.
Si seguimos acompañando a Vargas, enseguida nos toparemos con la First Presbiterian Church que cubría entonces y sigue cubriendo hoy toda la cuadra comprendida entre las calles 10 y 11. En la siguiente manzana, tras unos solares sin construir (¡sorpresa!), estaba el edificio de la McMillan Company, una de las editoriales más importantes del país, con una composición de arquería en fachada que se me antoja presuntuosa y absurda, anuncio, con más de medio siglo de anticipación, de las tonterías de la arquitectura posmodernista. En fin, dejemos a Alberto que continúe solo porque, aunque me resulta divertido resucitar edificios que en su mayoría han desaparecido, el repaso se haría eterno. Pero este breve recorrido de unas pocas manzanas al inicio de la Quinta Avenida me ha valido para comprobar que nuestro protagonista llega a Manhattan al final de una época, al menos en lo que a la arquitectura de la ciudad se refiere. Ciertamente, la ciudad no estaba ya compuesta de casitas bajas –hemos visto abundantes mazacotes de seis plantas– pero habría que esperar a los felices veinte (no tanto en los USA, pues fueron la época de la Prohibición) para que estos inmuebles cayeran para ser sustituidos por torres de la que podríamos llamar la primera generación de rascacielos (aún por debajo de los veinte pisos). De hecho, 1916 es un año clave en la historia de la planificación urbana neoyorkina, ya que se aprueba la primera normativa reguladora de las alturas de los edificios (la 1916 Zoning Resolution) ante la preocupación ciudadana por el incremento de rascacielos, en especial en el Downtown. Las alarmas se habían disparado el año anterior con la finalización del Equitable Building, un edificio de oficinas de 40 plantas en el 120 de Broadway (entre Pine y Cedar Streets, en el distrito financiero). Algún día he de hablar de esa normativa de principios del pasado siglo, que tanto influyó en la conformación de los futuros rascacielos y por ende del paisaje urbano neoyorkino.
En fin, discúlpeseme un post tan urbanístico-arquitectónico –y encima rancio–, pero me apetecía resucitar mínimamente la Nueva York a la que llegó nuestro protagonista antes de continuar repasando su vida.
Nada, nada. Te aceptamos esta descripción del escenario por donde se moverá Alberto. Al fin y al cabo, el entorno es parte de la persona, así les pese a algunos mamones.
ResponderEliminarY Manhattan es un entorno privilegiado.
EliminarComo bien dices, existe una enorme documentación sobre el desarrollo urbano de NY, incluso ensayos históricos traducidos al español muy estimables. Sin embargo, te voy a recomendar, a riesgo de que ya la conozcas una maravillosa y reciente (relativamente) ¿novela, ensayo?, bellísima, envolvente, que te explora una ciudad de una forma increíble...
ResponderEliminarTeju Cole:Ciudad abierta, Ed. Acantilado
No tenía ninguna noticia; me la apunto y ya te contaré que me parece. Gracias.
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