jueves, 19 de septiembre de 2013

El huso horario español

Hasta hace poco más de siglo y medio, cada lugar tenía la hora que le correspondía de acuerdo al ciclo solar. Basándose en la parcelación de la jornada en veinticuatro horas de igual duración (proceso que empezó con los egipcios o los babilonios, que no terminan de ponerse de acuerdo los eruditos), en algún momento de la Baja Edad Media, ya inventados los primeros relojes mecánicos, se acordó que el mediodía coincidiera con las 12 y así era costumbre poner el reloj en hora cuando el sol alcanzaba su cénit. Por tanto, en los equinoccios, el sol salía a las 6 de la mañana y se ponía a las 6 de la tarde. La mejora en la velocidad de las comunicaciones y de la movilidad entre personas (en especial, el ferrocarril) forzó la conveniencia de homogeneizar los horarios entre lugares, la imposición para todo un ámbito territorial –que lógicamente tendió a coincidir con la unidad política del estado– de una misma hora estable. Como siempre, fueron los ingleses (pese a los meritorios esfuerzos de los franceses) quienes se llevaron el gato al agua. En la Conferencia Internacional del Meridiano, celebrada en octubre de 1884 en Washington DC, se acordó dividir el mundo en husos horarios a partir del meridiano que pasaba por el Real Observatorio de Greenwich.

Un huso horario es cada uno de los veinticuatro gajos "verticales" paralelos a los meridianos en que se divide la esfera terrestre y que, por tanto, tienen una separación entre si de 15º. El huso 0 (o franja UTC 0) es el que queda comprendido entre los 7,5ºO y 7,5ºE; es decir, con el meridiano de Greenwich como eje central. A partir de éste, cada franja de 15º de ancho hacia el Este va siendo el huso +1, +2 hasta el +12, mientras que cada franja hacia el Oeste va siendo el huso –1, –2 hasta el –12, que obviamente coincide con el +12 (que, por cierto, se sitúa en pleno Pacífico, donde apenas hay algunas islas dispersas). En base a este esquema, toda la extensión de un huso horario tendría la misma hora, si bien cada país fue definiendo una única hora oficial para todo su territorio (salvo que  fuera muy extenso o tuviera dominios remotos), lo cual lleva a que las líneas norte-sur de los husos horarios teóricos se quiebren siguiendo las fronteras políticas, como puede verse en la ilustración superior.

De hecho, si nos fijamos en Europa, comprobamos que la mayor parte de ésta queda comprendida en tres husos "ortodoxos". El occidental (meridiano de Greenwich) incluye España (salvo Canarias), Francia, Bélgica y Holanda, el borde oeste de Noruega y, naturalmente, el Reino Unido, con la costa Este de Irlanda (Dublín). Quedan al oeste de este huso (en el –1) casi todo Portugal e Irlanda, e Islandia y Canarias en su totalidad. La Europa Central (huso +1) comprende Italia, Suiza, Alemania, Dinamarca, casi toda Noruega y Suecia, Austria, Checoslovaquia, Polonia, Hungría, la antigua Yugoslavia y Grecia. La Europa oriental, finalmente, (huso +2) cubre Finlandia, los países bálticos, Bielorusia, gran parte de Ucrania, Moldavia, Rumanía y Bulgaria, así como la parte más occidental de Rusia (casi hasta Moscú). Es decir que, en principio y admitiendo la homogeneización de las horas oficiales, España y Francia deberían tener la misma hora que Inglaterra y una más que Alemania e Italia; sin embargo, España y Francia tienen la misma hora que Alemania e Italia. Esto significa que es la misma hora oficial en Lublin (al Este de Polonia) que en Vigo, cuando entre ambas poblaciones hay una diferencia en tiempo solar de dos horas casi exactas (30º de longitud).

Doy por sentado que todo este rollo introductorio es más que sabido (y pido disculpas por repetirlo). Lo que yo en cambio desconocía (y me intrigaba) era el porqué había estas diferencias tan notables entre las horas oficiales y las de los husos horarios convencionales. Me parecía sensato que cada país europeo oficializara una misma hora para todo su territorio, salvo, en todo caso, las partes del mismo apartadas, como Canarias o Azores. Pero de ahí a asignar la misma hora a España y Polonia media un abismo. Con motivo de la reciente noticia de que una subcomisión del Congreso está estudiando la posibilidad de que España asuma la hora del meridiano de Greenwich (es decir, la misma que tenemos en Canarias) he tratado sin éxito completo de averiguar las causas de estos exagerados desajustes.

En lo que a España se refiere, parece que el motivo se encuentra en las simpatías del entonces reciente régimen franquista hacia las potencias del Eje. Con la firma del subsecretario de Presidencia Valentín Galarza (uno de los más laboriosos en la conspiración previa al golpe de estado del 36), el Boletín Oficial del Estado de 8 de marzo de 1940 publica la Orden del día anterior "sobre adelanto de la hora legal en 60 minutos a partir del dieciséis de los corrientes". La justificación literal es "la conveniencia de que el horario nacional marche de acuerdo con los de otros países europeos y las ventajas de diversos órdenes que el adelanto temporal de la hora trae consigo". Así pues, el sábado 16 de marzo de 1940 todos los españoles hubieron de adelantar sus relojes, algo que ya llevaban haciendo desde 1918 en abril, cuando se había adoptado el horario de verano. Imagino que muchos pensarían entonces que lo que se hacía era simplemente eso, aunque fuera algunas fechas antes. De hecho, leo en el ABC de ese día un insulso artículo de un tal Enrique Gastardi que alaba la medida gubernamental de anticipar ese año la implantación de la hora de verano porque "la hora de salida del sol lo permite". Lo curioso es que cuando Franco hizo este cambio horario Francia mantenía el horario de Greenwich, ya que la llamada hora de Berlín (UTM +1) no entró en vigor allí hasta el segundo semestre de 1940, impuesta por la ocupación nazi. Como al acabar la Segunda Guerra Mundial la hora central europea se mantuvo en Francia (lo cual no deja de sorprenderme), imagino que régimen español no encontraría ningún motivo para volver al horario antiguo, pese a que el artículo quinto de la citada Orden preveía que "oportunamente se señalará la fecha en que haya de restablecerse la hora normal". Y así hemos seguido hasta ahora.

La posibilidad de que casi tres cuartos de siglo después se restablezca el antiguo horario (que, desde luego, sería mucho mejor para la conciliación de nuestras rutinas con el ciclo solar) ha tenido más eco en la prensa canaria que en la nacional. Aquí los periodistas han interpretado que este eventual cambio significaría que toda España tendría la misma hora, incluyendo al archipiélago. Aunque no lo tengo claro, parece que, en efecto, esta es la intención de los promotores de la iniciativa –la Asociación por la Racionalización de los Horarios Españoles– y, sin duda, a los residentes canarios nos evitaría algunas molestias prácticas en nuestras relaciones con la Península. Sin embargo, restablecer el horario anterior a 1940 supondría que Canarias pasara al huso UTM –1, que es el que le corresponde y en el que estaba entonces, y siguiera con una hora menos que en la Península (y también entonces con Londres y Lisboa).

Ahora bien, habría otra solución que, aunque se apartara de la ortodoxia de los husos horarios, mejoraría las actuales irregularidades del mapa con mínimos cambios. Consiste en que las UTM 0 y +1 se dividan por el meridiano de Greenwich y tengan cada una un ancho de 22,5º en vez de los 15º convencionales. De esta forma, la UTM 0 incluiría Reino Unido y España, pero también Irlanda, Portugal, Islandia y Canarias (a los que les corresponde la UTM –1). En cambio Francia, que debería estar en el mismo horario, se mantendría en el de la Europa Central. Esta solución evita también cambios en la mayoría de los países africanos, permitiendo a Argelia seguir en la UTM +1 (aunque le corresponde la 0), aunque Libia y Namibia –actualmente en la UTM+2– deberían atrasar sus relojes una hora. Naturalmente, si llevamos la UTM 0 hasta el meridiano 22,5ºO, los husos –1 y –2 tendrían que tener tan solo 7,5º de ancho, de modo que el –3 (el de Brasil) permaneciera inalterable. Como estos dos husos caen en el Atlántico tampoco la cosa sería grave y ni siquiera afectaría a Azores que seguiría en el huso –1 (aunque convencionalmente le corresponde el –2).

En fin, supongo que si esta propuesta llega a debatirse seriamente en el Congreso (de momento está en una discreta subcomisión) habrá una mayoría de voces que se manifieste en contra de que cambiemos el horario, sin más razones que la inercial oposición ante cualquier novedad. Seguro que también escucharemos a no pocos papanatas europeístas que traerán a colación la conveniencia de una misma hora para toda la Unión, que equivale a que también en este asunto estemos sometidos a los alemanes. Por mi parte me declaro partidario del restablecimiento del horario anterior a 1940 y de paso, aunque los argumentos sean más de orden práctico y hasta interesados, en que Canarias se incluya, como el resto del Estado, en el huso horario de Greenwich. ¿Y ustedes qué opinan?

   
Time - Pink Floyd (The Dark Side of the Moon, 1973)

domingo, 15 de septiembre de 2013

Consentimiento sexual en el Vaticano

Una de las anécdotas curiosas que se repitieron al hilo de la propuesta del gobierno de elevar la edad del consentimiento sexual fue la de que el país de Europa que la tenía más baja era el Vaticano. ¡El Vaticano! Sí, sí, repetían las más diversas voces (todas probablemente bebiendo de la misma fuente): en el Vaticano los niños y niñas podían consentir tener relaciones sexuales con adultos a partir de los doce años. Sabroso dato para los que anticlericales, una nueva prueba de la hipocresía de la Iglesia. Y ya de paso, cuesta entender que el PP, rebosante de fieles cristianos, quiera enmendar a la sede terrenal del catolicismo.

La noticia me llamó la atención porque, a poco que se considere, suena extraña. Como ya expliqué en el post anterior, lo de la edad del consentimiento significa que si un adulto mantiene relaciones con un niño/a por debajo de la misma se entiende siempre como abuso sexual. Ahora bien, teniendo en cuenta que los residentes en el Vaticano son apenas 800 personas de las cuales los laicos están en torno al 10%, no diría yo que haya muchos niños, si es que alguno hay. Así que, ¿para qué ese Estado caricaturesco tendría necesidad de regular sobre la edad mínima a la que los púberes pueden acostarse con un adulto?

Mi diabólico (por su inspiración) anticlericalismo me sugirió que tal vez fuera para facilitar los abusos sexuales de los curas al exterior de los muros vaticanos, donde sí pueden encontrar carne infantil en abundancia. Pero, claro está, tan maledicente hipótesis no se sostiene, porque si alguien comete un acto punible se le aplica el derecho del lugar, por más que reclame que en su Estado lo que ha hecho no es delito. Además, un sacerdote, por serlo, no tiene nacionalidad vaticana, lo que resta a esta posibilidad de casi toda su eficacia práctica. Tan sólo serviría para que si un alto cargo de la curia fuera sorprendido en un lujoso burdel romano retozando con tiernas niñas al más puro estilo borgiano, el Papa reclamara a la Justicia italiana la extradición del prelado al Vaticano y una vez allí lo eximiera de todo cargo penal dado que sus actos no tienen la consideración de delito en la Santa Sede. Pero ese improbable supuesto se resolvería en cualquier caso tal como digo pero con absoluta discreción y sin necesidad de ninguna legislación más permisiva.

En fin, que me extrañó esa noticia tan repetida y se me ocurrió investigar un poquillo. No tardé demasiado en enterarme de que el Vaticano no tiene código penal propio. De hecho, el Vaticano apenas tiene leyes (a lo que yo añadiría que ni falta que le hace). Recuérdese que desde la unificación de Italia con la absorción por el nuevo reino de los Estados Pontificios, la Santa Sede había perdido el reconocimiento de entidad política soberana. Tuvo que pasar más de medio siglo hasta que en 1929 Mussolini reconoció la autonomía estatal del Vaticano mediante los Pactos de Letrán. Desde entonces, el Vaticano estableció que asumía las normas italianas, salvo aquéllos preceptos que contravinieran el derecho divino, positivo y natural o el canónico. Ese criterio –de natural sentido común, a mi juicio– fue explícitamente renovado en el artículo primero de la Ley de 28 de junio de 1993. De modo que, al menos desde esa fecha, la edad del consentimiento sexual en el Vaticano es la que establece el código penal italiano, la cual parece que es de 14 años, aunque los efectos penales varían entre los 13 y los 16 años según distintos supuestos.

Parece que el notición de que era justamente el Vaticano el estado con la edad de consentimiento más baja de Europa proviene de que tal era la que establecía el código penal italiano de 1924 que fue el que adoptó el nuevo Estado porque no le gustaba el fascista que había reintroducido la pena de muerte. Desde luego, no creo que al Papa le preocupara mucho este asunto de la edad. Pero en todo caso, al menos desde 1993, me resulta incuestionable que esa norma no rige en la plaza de San Pedro, lo que a falta de una comprobación rigurosa nos permite alardear de ostentar el record de ser el país europeo que antes concedemos a nuestros adolescentes la capacidad de consentimiento. Por cierto, me he topado con algunos artículos en internet que, citando un libro de 1997 un tal Helmut Graupner, afirman no sólo que la edad del consentimiento está en los doce años, sino que los ciudadanos vaticanos acusados de pedofilia en territorio italiano deben ser juzgados bajo la ley de la Santa Sede. Muy poco creíble, desde luego, entre otras cosas porque no hay leyes vaticanas propias sobre estos asuntos.

La moraleja es, obviamente, que no hay que creerse lo que nos cuentan los mass media o, lo que es lo mismo, que es buena práctica poner las noticias en cuarentena hasta hacer unas mínimas averiguaciones. Algo a lo que estamos poco habituados, pues lo que nos gusta es escandalizarnos enseguida con cualquier "información" que nos corrobora lo malos que son los demás. También es un ejemplo más para reflexionar sobre la calidad de nuestros informadores, pero ¿qué otra cosa cabía esperar?


   
Sweet little sixteen - The Beatles (Live at the BBC, 1994)

Los Beatles cantando en 1963 este clásico de Chuck Berry, quien se curó en salud atribuyéndole dieciséis años a su dulce enamorada.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Consentimiento sexual

Como es sabido, desde prácticamente su nombramiento como ministro (si no antes) Gallardón viene manifestando la firme intención de reformar el código penal y, en efecto, hace ya casi un año el Consejo de Ministros aprobó el correspondiente Anteproyecto de Ley. Parece que ya falta poco para que se convierta el Proyecto y lo remitan a las Cortes, donde el grupo parlamentario del PP, haciendo gala de su proverbial capacidad de diálogo, propiciará el máximo grado de consenso para lograr la mejor reforma posible. Durante este largo periodo, además de laborar esforzadamente en el pulimiento y esplendor de la propuesta, el ex-alcalde ministro ha ido buscando su cota de protagonismo mediático dosificando adelantos de los cambios pretendidos. Uno de los últimos ha sido el de elevar la edad de consentimiento sexual de los 13 a los 15 años, noticia que se difundió ampliamente la semana pasada y sirvió para alimentar debates y tertulias y, de paso, dejarnos algunas anécdotas curiosas. Una de ellas, por ejemplo, es que mucha gente no tiene muy claro qué es esto del consentimiento, lo que pude comprobar hace unos días escuchando las llamadas de participantes en un programa radiofónico que requirió a sus oyentes que contaran qué les parecía esta medida. Me dio la impresión de que un número relevante, si no mayoritario, de los participantes estaba convencido de que la edad del consentimiento era a la que los chavales podían tener relaciones sexuales, y casi todos opinaban que les parecía muy bien (incluso insuficiente), salvo uno que, entendiendo lo mismo, decía que no estaba de acuerdo en que los chicos no pudieran follar hasta los dieciséis. Lo alucinante a mi juicio es que el locutor ni se molestara en explicar previamente qué es eso del consentimiento.

Por cierto, ni el vigente código penal ni el anteproyecto de reforma usa la palabra "consentimiento". El texto vigente del artículo 183 reza: "El que realizare actos que atenten contra la indemnidad sexual de un menor de trece años será castigado como responsable de abuso sexual a un menor con la pena de prisión de dos a seis años". El que aprobó el Consejo de Ministros es un mero cambio de redacción pero no de la edad ni de las penas: "El que realizare actos de carácter sexual con un menor de trece años, será castigado como responsable de abuso sexual a un menor con la pena de prisión de dos a seis años". Ciertamente, es de agradecer que se aclare eso de la "indemnidad", sustantivo de tintes anacrónicos si lo aplicamos a la sexualidad (viene a significar que indemnes sexuales son las personas vírgenes y que perder la virginidad es un daño o perjuicio). Pero también nos sugiere que hace un año a Gallardón no le preocupaba que un adulto se acostara con un niño/a de trece años (naturalmente con el consentimiento del menor). De hecho, en la exposición de motivos de esa primera versión se dice que "se introducen modificaciones en los delitos contra la libertad sexual para llevar a cabo la transposición de la Directiva 2011/93/UE, relativa a la lucha contra los abusos sexuales y la explotación sexual de los menores y la pornografía infantil", lo que se traducía en un endurecimiento generalizado de los actos sexuales con menores de trece años. En la última versión (eso creo) del anteproyecto repiten el mismo argumento pero añadiendo que, como novedad más importante, se eleva la edad del consentimiento sexual a los quince años, porque la vigente (la que le parecía bien a Gallardón cuando presentó el texto a sus colegas del Consejo) es muy inferior a la de los restantes países europeos y, además, porque el Comité de Organización de la ONU sobre derechos del niño sugirió a España que la subiese. En efecto, ese Comité de Naciones Unidas hizo tal sugerencia a nuestro país; ¡en octubre de 2007! Claro que por entonces estaba el nefasto Zapatero (probablemente de inclinaciones pedófilas) y no se dio por enterado. Pero, las cosas como son, tampoco le debía importar mucho esa recomendación al actual ministro, hasta que unos cinco meses después su compañera Ana Mato (sí, la que no sabía nada de los negocios de su marido) anuncia en el Congreso la intención del gobierno de elevar la edad de consentimiento sexual a los dieciséis, después –dijo–de haber consultado con las organizaciones de infancia. Supongo pues que sería por entonces cuando se retoca el texto del artículo 183 de modo que la redacción (y las penas) sigue idéntica pero donde decía trece ahora dice quince. Parece que, al final, dieciséis parece demasiado o, dicho de otra forma, ya con quince años un chaval/a está maduro para decidir libre y responsablemente echar un quiqui con un carroza.

Lo de la edad de consentimiento sexual (o mayoría de edad sexual) intenta fijar el momento en que la sociedad entiende que una persona tiene autonomía plena en relación a su vida sexual. Mientras no la tenga, si un adulto mantiene con ella relaciones sexuales comete un acto delictivo ya está abusando de la incapacidad del menor de decidir. Naturalmente, si los que mantienen relaciones sexuales son dos niños no hay delito porque ambos son igualmente incapaces. La preocupación social por fijar esta edad viene de lejos, al menos desde la Edad Media. Pero si nos limitamos al derecho penal moderno, ya el primer código español (de 1822) en su artículo 671 establece que "el que abusare deshonestamente de niño o niña que no haya cumplido la edad de la pubertad, será tenido por forzador en cualquier caso, y sufrirá la pena de diez a veinte años de obras públicas, con destierro perpetuo del pueblo en que more el ofendido y veinte leguas en contorno". Penas duras que sugieren que, entonces como ahora, había una importante repulsa hacia quienes descargaban sus libidos en críos impúberes. Ahora bien, esa redacción original, siguiendo el espíritu de la época, parece asumir que la pubertad supone alcanzar la autonomía propia del consentimiento sexual. O sea, que cuando el niño alcanza la capacidad reproductora dejaría de serlo y estaría en condiciones de decidir si quiere o no acostarse con un adulto. No he logrado descubrir con certeza en cuál de los siguientes códigos penales españoles se fijó esta edad, pero ya en el de la República (de 1932, bajo el ministerio de Álvaro de Albornoz) se establecía que se consideraba delito (aunque siempre referido a una mujer) cuando ésta fuera menor de doce años. Subir esta edad un añito más, a los trece que sigue siendo la vigente, fue obra de las autoridades franquistas en el Código de 1944.

Conviene matizar que en esto de la regulación de la edad mínima del consentimiento, la preocupación por la "indemnidad" del menor (tendré que repetir esta palabreja) corría pareja como mínimo a la obsesión por proteger otros "bienes jurídicos" que hoy ya no nos lo parecen tanto, entre ellos y muy especialmente, la honestidad o "buena fama" de la mujer, que tan importantes consecuencias tenía no sólo para ella sino sobre todo para el honor y patrimonio de su familia. Así, para proteger a las hijas casaderas, en el siglo XIX era delito tener relaciones sexuales con una doncella de hasta 23 años, aún cuando ésta las consintiera, y aunque ya en el Código Penal republicano este supuesto está despenalizado deja sus secuelas al seguir considerando agravantes en los delitos sexuales cuando la víctima es virgen. Así que, tradicionalmente los chicos alcanzaban la mayoría de edad sexual hacia los doce-trece años y a partir de ahí casi hasta se fomentaba socialmente que se entrenasen con mujeres adultas. No ha habido, hasta hace relativamente poco tiempo, demasiada preocupación por la vida sexual de los muchachitos salvo, en todo caso, para que no se "desviaran", como lo prueba la penalización de la sodomía, agravada si se trata de un menor (a ver si el niño le coge gusto y se nos hace maricón). Respecto de las niñas era otro cantar muy diferente, pero porque lo que se protegía era la honra, ese valor tan fundamental en la tradición hispánica. Hablo desde luego de las chicas de buena familia o, como se decía hasta hace muy poco, "honestas". O sea que la actual preocupación por la indemnidad (otra vez) sexual de los adolescentes es bastante reciente. Curiosamente, al mismo tiempo que se produce un descenso generalizado de la edad a la que éstos empiezan a mantener relaciones sexuales, entendemos que hay que elevarla para que se acuesten con adultos. En el fondo, no es tanto que le neguemos al chaval/a su capacidad para decidir libre y responsablemente enrollarse con alguien mayor, sino que no aceptamos que ese chaval/a pueda querer acostarse con alguien mayor; nos parece aberrante y consiguientemente concluimos que, de una u otra forma, el adulto está siempre forzándole, abusando.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Conspiración antiespañola

Me veo en el doloroso deber moral de dejar constancia de mi indignación ante la descarada injusticia perpetrada ayer sábado por los miembros del Comité Olímpico Internacional. La candidatura de Madrid para sede de las olimpiadas de 2020 fue eliminada en la primera votación cuando es absolutamente incuestionable que era de lejos la mejor, la más merecedora de ser la elegida. Pues no, sin necesidad de ninguna justificación, los señores del COI (banda mafiosa de oligarcas impresentables y decadentes aristócratas) prefirieron primero a Estambul y finalmente a Tokio. Daos cuenta: antes a turcos y orientales que a la histórica capital de la noble raza española. Y es el tercer desprecio consecutivo por lo que ya a nadie pueden quedarle dudas sobre el contundente mensaje: no se quiere a España.

Naturalmente, la explicación es obvia. Envidia, nada más que envidia, de nuestra grandeza. Miserables y ruines, los miembros del COI obedecen fielmente las consignas de nuestros enemigos seculares, demostrándose de modo fehaciente que la vieja conspiración judeo-masónica de la que algunos ingenuos se burlan sigue plenamente activa. Todos los males de nuestra patria tienen sus raíces en este odio secular de tantas ratas envidiosas. ¿Acaso no veis que la profunda crisis –y no sólo económica– que nos atenaza ha sido cuidadosamente diseñada por nuestros enemigos foráneos? Y como palanca para salir de ella, somos tan primaveras de solicitar con humillante insistencia la sede olímpica. Hiervo de rabia al imaginar la vil alegría con la que esas serpientes nos la denegaron, mientras se refocilaban gozosos viéndonos en rastrera súplica.

Porque –y ésta es la cara más dolorosa de la reciente escena– nos hemos arrastrado vilmente ante nuestros verdugos, les hemos regalado la mayor de las satisfacciones olvidando el orgullo hispánico en el que radica el núcleo de nuestra dignidad nacional. ¿Qué queda del espíritu inmortal de España que tantos próceres han encarnado hasta sus consecuencias últimas? Un presidente de la candidatura lloroso, una alcaldesa ridícula, un príncipe de opereta, tales son los principales símbolos del fracaso, de la traición a las esencias patrias. Más de 50 votos garantizados, nos decían los voceros de esta estúpida campaña; Felipe se ha dejado la piel convenciendo a los miembros del COI ... Y que vayan todos los madrileños a la Puerta de Alcalá para que se les quede cara de bobos con esta burla inadmisible.

Pero apelando a la vieja consigna leninista de "cuanto peor, mejor" cabe atisbar en esta nueva humillación el lado positivo: que sea la gota que colma el vaso de nuestra paciencia, que nos haga de una vez por todas despertar nuestra ira y acabar con tantas complacencias cobardes, empezando desde luego por esta monarquía corrupta e inservible (cuyo gran "prestigio" ni siquiera vale para conseguir una denominación olímpica) y siguiendo, como huracán que barre tanta iniquidad, por los gobernantes que, siervos de los amos del mundo, nos venden y traicionan por platos de lentejas y por la extensa chusma de corifeos indignos de habitar esta tierra. Que la vergüenza del sábado nos traiga la purificación de España. Así sea.

   
¿A quién vas a culpar? - Siniestro Total (La Historia del Blues, 2000)

PS: Aunque esta aclaración no sea necesaria para mis lectores habituales, me decido a hacerla por si algún desavisado lee este post: va completamente de coña. No vaya a ser que me meta en algún lío.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

San Antonio de La Florida en Madrid

Anoche volví borracho, muy cansado, muy borracho. Vino, sidra, hasch, amigos y una verbena para que fuera excusa y escenario. Y también agua: agua sucia como la de ese Manzanares en romería falsa que envolvía todo con su apestoso olor a mentira urbana. Frágil equilibrio el de la alegría que flota intangible; espejismo hecho de música, risas y mujeres, pero espejismo bien hecho, engaña, crees que existe, que puedes asirlo, apropiártelo. A veces funciona, aunque sea luego la resaca que llega en contracciones cardiacas desde esa bola de angustia en el estómago. Pero al menos algunas noches de juerga, de alegre intensidad analgésica; al menos algunos recreos dispersos de cuando en cuando. Anoche no.

Hace ya tiempo que me es difícil emborracharme, alcanzar esa divertida hilaridad desprejuiciada, esa percepción abierta y deslizante. O me paso o no llego, y sólo en ocasiones me lo creo por un rato. Lo habitual ahora es que los martillazos de la angustia que conscientemente acallo aumenten su potencia y me recuerden ... Y según se aceleran mis percepciones de espectador de jolgorio ajeno, asciende en frenético traqueteo la incomodidad estomacal. Así fue anoche, en parranda tonta, remedo de fiesta popular de un Madrid castizo que no existe y se queda en un río sucio, música electrónica y gente apiñada en la hierba. A todo esto, calor y divergencia progresiva con los amigos: me fui.

Y conduje entre ciego y robotizado desde la ribera de un afluente de segundo orden hasta una carretera llamada de la playa (en un Madrid de aridez y bochorno mesetario). Ciego por las punzadas de las casi vidriosas lentillas resecas que me rayaban los ojos; robotizado en el automatismo rutinario –juegos de embrague y acelerador, giros de volante– y borrachera letárgica. Conduje mirando en el intervalo de parpadeos excesivamente largos una aguja que marcaba ciento cuarenta y supe con absoluta indiferencia que mis reflejos estaban casi dormidos.

Luego, derrumbarse en la cama tapado solo por sudor pegajoso que arañaba la frente. Era una roca a la que el agua y el viento desgastan lenta pero ininterrumpidamente: surcos que me horadaban la cabeza convirtiendo en polvo los pensamientos epidérmicos y dejando al aire las obsesiones y, en todas ellas, tu recuerdo.

Absurdo escribir estas líneas en segunda persona, pero es a ti a quien escribo, aunque nunca las leerás. Dialogo con tu imagen recordada, con esa que poseo o me posee. Tuviste que encostrarte dentro para que además de saberlo sintiese el dolor impotente de no tenerte. De sobra sé que hablo con un maniquí imaginario al que insuflo actos y emociones repetidos, sacados de recuerdos congelados. De sobra sé que vives indiferente, ajena; que no volverá a haber encuentros. En ti seguirá el olvido y yo –¿por cuánto tiempo todavía?– alimentando una memoria masoquista y asustada, evitando cualquier noticia tuya.

Anoche, cansado y borracho, volviste a dolerme.

   
I've loving you too long - Dana Fuchs (Love to Beg, 2011)

PS: Hace unos días me topé con tres páginas algo amarillentas mecanografiadas en junio de 1983. Casi ni me acuerdo de la noche a que aluden aunque todavía sé quién era la causante de mis penas de amor de entonces. Penas que, como las de todos los enamoramientos juveniles, mucho tenían de impostadas por más que fuera inconscientemente. La foto que acompaña el post (ésta sí buscada a propósito) es la de aquella chica.

sábado, 31 de agosto de 2013

Mi amigo el del jazz

Nos conocimos en el instituto. Él quería ser escritor y yo siempre tenía sueño. Con frecuencia me dormía en las clases de literatura mientras mi amigo discutía con el cura la pertinencia de sus disparatadas teorías combinatorias en los análisis sintácticos. Ese cura murió entre delirios paranoicos y mi amigo tuvo que confesarse un viernes por la tarde. Anécdotas adolescentes, como la de aquella vez que rompimos el cristal de la sala de profesores y fue él quien cargó con las culpas, tres días expulsado y pagar los desperfectos. Coincidió con la fiesta de la Virgen del bazo, patrona del colegio. Mi amigo me llamó; había quedado con dos chicas.

Una de ellas era pelirroja, pecosa y con carita infantil; la otra tenía aparato dental pero mejores tetas. Pronto se agotó la conversación y mi amigo enredó la lengua entre los hierros. Yo me fui con la pelirroja; era más bonita aunque tampoco a ella le interesaba la literatura. Pensaba empezar arquitectura y me convenció sin apenas hablar. La tarde y la noche fueron muy breves. Al final, los cuatro muy borrachos, mi amigo se enfadó conmigo. No me importó demasiado porque ya tenía demasiado sueño.

El jazz lo conocía de siempre pero hasta esa reunión no le había prestado atención. Había dudado en ir: cierta inquietud pero también curiosidad ansiosa. Mentiras a sus padres y nerviosismo al llegar al apartamento de Rafo. Mi amigo, diecisiete años, se vio ridículamente crío en ese ambiente de universitarios que ya tocaban la veintena. Diálogo de saxo y trompeta que tiene a todos pendientes en reverencial silencio. Alboroto de percusión acelerada y de nuevo esos cuatro pulmones casi inagotables. Estirada en el sofá una chica morena cuenta de música mientras su pie vigila el ritmo.

La marihuana pasó hacia Rafo. Mi amigo piensa que nunca ha fumado y que no debería y que todos se dan cuenta y que es un chiquillo ... La espuma blanca parece querer rebosar el vaso y Rafo aspira y sigue con su rollo de la importancia de los símbolos y sus dedos pulgar e índice llegan hasta mi amigo. Huele bien y chupa, aspira con respeto, no desperdicies la yerba, oye; mi amigo tose. Sigue el jazz y el humo, pasa el tiempo. La del sofá se acerca, de qué conoces a Rafo, le pregunta, a él ya no le importa tanto parecer un crío. La boca de ella se acerca segura, una mano le despeina pero el pie sigue llorando a la percusión que quiebra agudos. Mi amigo se deja hacer, las ideas se le adormecen y nota el cuerpo caliente junto al suyo y la mano de la cintura acaricia en su ascenso bajo la ropa.

Te tienes que ir, se ha dado cuenta, vamos, puedo acercarte. En el cassette del coche de nuevo jazz. De pronto el patinazo, el grito asustado de ella, la vuelta de campana. Todo es negro y quietud. Un terrible escozor en el ojo izquierdo anegado de lágrimas ácidas, una aguja infinitamente afilada que espiraliza su intensidad. El dolor se vuelve acuciante y mi amigo deja de pensar y sólo siente. La espiral sigue retorciéndose en ascensión vertiginosa y surge el asombro al comprobar que aún más es posible. Por un instante sabe desde el convencimiento del cuerpo que ha llegado el final e imagina que el veneno que fluye desde sus ojos le ha corroído todo el cuerpo. Muchos colores chispeantes e inverosímiles en órbitas elípticas destacándose sobre una luz negra brillante que vibra a extrema velocidad. Y luego nada; y también todo, porque tantas nadas cesan. El jazz se convierte en silencio.

No lo volví a ver hasta varios años después. Había acabado filología hispánica y publicado su primer libro, relatos cortos siempre con el jazz de fondo. Me presentó a Verónica, su compañera, y pensé que no era justo que no pudiera ver tanta belleza. Me hablaron del accidente, de la larga recuperación compartida, de ilusiones y esperanzas. Esa noche fuimos los tres al Café Central, a escuchar a un trío de jazz, claro. Tocaron de vicio.

   
All blues - Miles Davis (Kind of Blue, 1959)

domingo, 25 de agosto de 2013

Petróleo, recurso natural "público"

El Consejo de Ministros del viernes 21 de diciembre de 2001, a propuesta del Ministro de Economía, un tal Rodrigo Rato, aprobó el Real Decreto 1462/2001 en virtud del cual se le otorgaban a Repsol Investigaciones Petrolíferas, por un periodo de seis años, nueve permisos de investigación de hidrocarburos en el Atlántico frente a las costas de Lanzarote y Fuerteventura. Se trata de nueve ámbitos colindantes que conjunto conforman una superficie de 616.105 hectáreas, más o menos la extensión de las cuatro islas mayores del archipiélago (Tenerife, Fuerteventura, Gran Canaria y Lanzarote). El Cabildo Insular de Lanzarote y la agrupación insular del Partido Socialista Canario de la misma isla interpusieron sendos recursos contenciosos-administrativos contra este Real Decreto y el Tribunal Supremo, en sentencia de 24 de febrero de 2004, los estimo en parte anulando el referido Decreto en cuanto se refiere a la autorización otorgada a las labores de investigación proyectadas correspondientes a los años tercero a sexto de su programa. Poco después de esta sentencia se celebraron las elecciones generales que llevaron al gobierno al PSOE y el asunto de las prospecciones parece que quedó aparcado durante las dos siguientes legislaturas. Vuelto el PP al poder se reactiva y el 16 de marzo de 2012, menos de tres meses después de la constitución del nuevo gobierno, el Consejo de Ministros, a propuesta del Ministro de Industria, Energía y Turismo, el grancanario José Manuel Soria, aprueba el Real Decreto 547/2012 que viene a convalidar el de once años antes por el simple procedimiento de introducir unas escuetas modificaciones que exigen a Repsol llevar a cabo una serie de medidas, planes y estudio medioambientales. El Cabildo de Lanzarote y ahora también el Gobierno de Canarias presentan escritos al Tribunal Supremo suplicando que se declare la nulidad del nuevo Real Decreto por entender que era contrario a la Sentencia y se había dictado con la finalidad de eludirla. Sin embargo, mediante Auto de 4 de junio de 2012, el Supremo desestima estas pretensiones y, consecuentemente, la autorización a Repsol para llevar a cabo las prospecciones en las aguas cercanas al archipiélago mantiene su validez. La empresa "española", en cumplimiento de los nuevos condicionantes, redacta el preceptivo Estudio de Impacto que ahora mismo está en información pública (lo he conseguido de la web del Cabildo de Fuerteventura, porque parece que el Ministerio no lo está publicitando demasiado). Naturalmente, la reactivación de este asunto ha generado una fuerte polémica y agitación social en Canarias, muy en especial, lógicamente, en las dos islas orientales, en las que la oposición a estas actuaciones es muy mayoritaria. Frente al malestar de gran parte de la ciudadanía, el gobierno del PP vuelve a exhibir su acostumbrada impermeable arrogancia. El tema, como siempre, sirve para alimentar el demagogizado debate político que solo redunda en desinformación. Ya veremos cómo sigue.

A raíz de este asunto he querido enterarme un poco de cómo funciona. El régimen básico viene conformado por la Ley 34/1998 del sector de hidrocarburos que, en su artículo 2, establece que los yacimientos de hidrocarburos y almacenamientos subterráneos existentes en el territorio del Estado y en el subsuelo del mar territorial y de los fondos marinos que estén bajo la soberanía del Reino de España son bienes de dominio público estatal. Legalmente pues, el petróleo que pudiera haber en los fondos marinos frente a Canarias no es canario sino español, lo cual no es de extrañar ya que la legislación no hace sino concretar para los hidrocarburos el régimen general de los recursos mineros. Otra cuestión curiosa que deriva de este artículo preliminar es que los presuntos recursos petrolíferos no se sitúan en fondos marinos bajo la soberanía del Reino de España (mar territorial) sino, en todo caso, bajo las aguas de la zona económica exclusiva. Pero esto es peccata minuta porque, al fin y al cabo, la Convención del Mar reconoce a los Estados ribereños derechos de soberanía para los fines de exploración y explotación de los recursos existentes en esas aguas y bajo las mismas. Aún así, la cuestión puede plantear algún que otro problema por las posición marroquí que, tengo entendido, no reconoce que el Estado Español pueda trazar desde Canarias una línea para deslindar nuestra zona económica exclusiva de la suya (parece que sólo admite la soberanía española sobre las aguas interiores del archipiélago). De otra parte, si hay un bolsón de petróleo ahí debajo (que dicen que sí) me temo que no está dividido por una barrera coincidente con la separación entre los dominios de ambos estados (eso, asumiendo que el Sahara no es ni nunca será un estado y, por lo tanto, la aguas colindantes son de Marruecos), con lo cual el recurso que se explotará será del que lo extraiga primero. No es casualidad que éste sea un argumento muy repetido por el ministro Soria y que aparece hasta en el Estudio de Impacto Ambiental, cuando al describir la alternativa cero dice textualmente con una neutralidad admirable: "la no realización del proyecto eliminaría, como es lógico, cualquier posible impacto ambiental sobre el medio receptor, pero impediría, a su vez, determinar la presencia de hidrocarburos en la cuenca y la confirmación de que su explotación puede ser viable. Se perdería de esta forma la oportunidad de explorar por primera vez esta área desde la zona económica exclusiva de España, sin que ello signifique de ningún modo que la zona va a seguir inexplorada." Y añade en nota a pie de página para aviso de navegantes: "En la actualidad existen varios proyectos de perforación exploratoria en trámite desde el lado del Reino de Marruecos".

Volviendo al punto clave: si hay petróleo bajo el suelo o el mar español, pues es español. Nada nuevo, claro. Tengo entendido que éste es el criterio general en cuanto a la propiedad de los recursos naturales. De hecho, uno de los motivos de la existencia de los estados es justamente la apropiación pública (?) de los recursos que hay dentro de sus fronteras. Desde luego, me parece una aberración pero así está montado el mundo desde casi siempre, pese a que a estas alturas deberíamos estar ya más que convencidos de la barbaridad suicida de admitir la soberanía de los estados sobre las riquezas naturales que, de pertenecer a alguien (que no), sería al conjunto de la humanidad actual y futura. Pero claro, reclamar algo así es de una ingenuidad desmesurada, tanto como imaginar que fuera posible una administración mundial de los recursos naturales desde criterios de prudencia. Los más cínicos sostienen que, aunque imperfecta, esa gestión global existe y se llama mercado. En la práctica se traduce en reconocer que el petróleo pertenece al estado en cuyo subsuelo se encuentra siempre que permita su explotación y distribución, que si no ya se ocupan los de siempre de obligarle a hacerlo a la fuerza, aunque haya que inventar alguna excusa justificativa (por ejemplo, las armas de destrucción masiva). Este es el sistema y habrá que acatarlo; aprovechemos nuestros recursos si no queremos que se los succionen los moros desde su lado. Ahora bien, la Ley establece que es del Estado algo que ni siquiera sabe si existe y mucho menos en qué cantidades. Tampoco es tan ilógico; es como si yo fuera propietario de una gran mansión en la que nunca he entrado (herencia de un tío millonario) y, por lo tanto, ignoro los bienes que hay en su interior y que también son míos. Lo gracioso viene ahora: que como soy un poco perezoso para ir hasta allí y ponerme a hacer inventario, ofrezco a quien quiera que lo haga él y se quede con lo que encuentre de valor. Si lo cuento, dirían que me falta un agua y, sin embargo, así es como funcionan en España (¿en todo el mundo?) las prospecciones y posteriores extracciones de hidrocarburos. Una empresa (llamémosla Repsol) sospecha que bajo el mar español hay petróleo y le pide al Estado que le otorgue un permiso de exploración. El Estado, después de preguntar si hay algún otro a quien también le interese investigar en la misma zona y que le ofrezca garantías de seriedad (parece que no suele haberlo), va y se lo concede. Si la empresa (llamémosla Repsol) encuentra petróleo resulta que tiene el derecho a quedárselo. ¿Paga algo al Estado por apropiarse de un recurso público? Pues no. Sí que tiene que abonar una garantía que responda de las obligaciones de inversión a que se compromete, pero eso nada tiene que ver con pagar por el recurso. La Ley lo dice bien clarito: la concesión de explotación de yacimientos de hidrocarburos confiere a sus titulares el derecho a realizar en exclusiva la explotación del yacimiento en las áreas otorgadas por un periodo de treinta años, prorrogable por dos periodos sucesivos de diez. Y por si queda alguna duda, ese mismo artículo 24 añade: los titulares de una concesión de explotación de yacimientos de hidrocarburos podrán vender libremente los hidrocarburos obtenidos".

La justificación es que los costes de la investigación son muy altos, con el gran riesgo de no encontrar nada (según Javier Moro, un alto directivo de Repsol, la tasa de éxito en los sondeos de esta empresa es del 30%). Así, para compensarlos, el Estado "regala" la titularidad de los hidrocarburos. La verdad no me convence el argumento; estoy seguro de que no sería nada difícil aplicar otras fórmulas menos dilapidadoras de los "recursos nacionales". En el fondo, sospecho que la razón es más de orden ideológico en sintonía con el neoliberalismo prevalente: todo lo que es susceptible de generar riqueza ha de privatizarse para alimentar el mercado (no así, naturalmente, los costes no computables denominados externalidades). La riqueza la crean las empresas privadas (la administración pública sólo gasta) y luego, mediante el sistema fiscal, parte de ésta va a financiar las necesidades públicas. Javier Moro, en una larga entrevista internáutica del 19 de abril del año pasado, nos informa de que las empresas mineras se dejan más del 85% del precio del petróleo en gastos e impuestos (en impuestos será, como mucho, un 30%); así que hemos de estarles agradecidos; y de paso explicarles a los argentinos y otros sudamericanos lo buena gente que es Repsol y el bienestar que lleva a los sitios donde interviene. En fin, reconozco que mi ignorancia sobre cómo funciona en este país (¿y en el resto?) la explotación de los hidrocarburos era muy grande. Y reconozco además que mi ingenuidad también lo era porque, una vez enterado del sistema, se me antoja escandaloso. Me pregunto en todo caso cuál será el porcentaje de españoles que sepa estos principios básicos de nuestra legislación en materia de hidrocarburos, porque me atrevo a aventurar que no es significativo. Sin duda, a los más de quienes lo sepan no les escandalizara en absoluta el sistema de privatizar por nada los recursos públicos, pues probablemente estarán desde hace tiempo al tanto del cotarro. Ahora bien, me gustaría conocer la reacción emocional de esa gran mayoría que presumo que ignora estas cuestiones, aunque sólo sea para convencerme de que no soy un bicho raro.

   
If you need oil - Randy Newman (12 Songs, 1970)

PS: La Ley del sector de Hidrocarburos establece que las superficies de los permisos de investigación tendrán un máximo de 100.000 hectáreas. Por esa razón, las prospecciones en Canarias concedidas a Repsol son 9 permisos, cada uno sobre una cuadrícula, ninguna de las cuales alcanza esa superficie máxima. El que sean colindantes y que, justamente por ello, el Real Decreto que otorga la concesión imponga un programa de trabajos e inversiones sobre el conjunto de las más de 600.000 hectáreas, ¿no se asemeja demasiado a un fraude de ley?
 

jueves, 22 de agosto de 2013

Hansel y Gretel (6)

Toca ya hablar de la bruja, la malvada del cuento, quien –como ya he señalado– ha de identificarse con la madre/madrastra. Una misma persona, pues, es la que fuerza el abandono de los niños para luego apresarlos e intentar comérselos. ¿Se trataría de un plan premeditado? Una mujer se casa con un pobre leñador y le da o adopta sus dos hijos (ya comenté que, en el fondo, es indiferente que fuera la madre natural o una segunda esposa). La mujer es bruja y en el corazón del bosque tiene su guarida hecha de golosinas para atraer a los incautos infantes, porque sabido es que las brujas necesitan niños como materia prima para sus numerosas prácticas de magia negra. Pero ya hace bastante tiempo que no le llegan incautos a su trampa y se está quedando sin provisiones, así que convence al marido para arrojar a sus propios hijos en la espesura confiando que éstos llegarán inocentemente a su morada secreta. Para asegurarse de ello cuenta con la ayuda de un pajarillo blanco como la nieve que, cuando los niños llevaban ya tres días y estaban a punto de desfallecer de hambre, llama su atención mediante melodiosos trinos, para luego guiarles hasta la pequeña casa en cuyo tejado se posa. Desde luego, ese pájaro tan encantador era en realidad un cuervo negro como el pecado, que tales son siempre las mascotas aladas de las brujas; cambiarlo tan radicalmente de apariencia es un truco sencillo al alcance de cualquier hechicera primeriza (esta información la aporto yo porque a los Grimm se les olvidó detallarla en el cuento).

La bruja era viejísima y tullida (se apoyaba en una muleta). Tópico recurrente éste de presentar a las brujas de los cuentos como ancianas y con defectos físicos propios de la edad, por oposición a sus contrafiguras, las hadas, siempre jóvenes y hermosas. Proviene, supongo yo, de la asociación natural entre fealdad y maldad, de la concepción religiosa del mal como algo que corrompe y degrada. Sin embargo, lo que se afea en los malvados es el alma, no el cuerpo; baste recordar que el padre del mal, Lucifer, era el más bello de los ángeles. De hecho, la belleza física siempre era motivo de desconfianza para los moralistas ya que se consideraba la apariencia preferida del mal; y, por supuesto, la forma más amenazadora era la de una mujer guapa, paradigma de la tentación pecaminosa. Quizá por ello una bruja más "adecuada" sea la madrastra de Blancanieves, la mujer más bella del país; sin embargo, también ésta toma la apariencia de una anciana cuando decide ejercer sus artes de bruja contra la ingenua adolescente. La explicación radica obviamente en que los cuentos muestran la imagen simbólica de los personajes y, por tanto, los malvados son feos porque feas son sus almas ensuciadas por el pecado. Cuestión distinta es la eficacia pedagógica de este recurso, porque no creo yo que los niños sean muy capaces de distinguir sutilmente entre las apariencias de cuerpo y espíritu. Supongo que la abundancia de viejas brujas en los cuentos infantiles habrá tenido como efecto en multitud de niños el rechazo hacia las ancianas que los visitaran ocasionalmente (mi propia hermana estuvo una temporada convencida de que nuestra abuela paterna, para colmo madrastra de mi padre, era una bruja, y cada vez que venía a casa la cría se escondía aterrorizada). En todo caso, no está de más recordar que, al menos en su origen, los cuentos de hadas no se dirigían al público infantil; y, de otra parte, hasta épocas muy recientes, atemorizar a los hijos se consideraba un conveniente recurso educativo.

Brujas ha habido desde siempre, ejerciendo sus artes mágicas al margen del sistema y, por tanto, siempre proscritas. La diosa de la hechicería fue Hécate, incorporada por los griegos desde tierras de Asia Menor y nunca del todo encajada en el panteón. Podemos suponer que uno de los efectos de la masculinización del orden social fue la apropiación por los varones (sacerdotes) de las relaciones con lo sobrenatural. Quedarían sin embargo, en el marco de las religiones oficiales, ámbitos no cubiertos, puertas prohibidas al inframundo de los espectros que mayoritariamente serían transitadas por las excluidas mujeres. La propia Hécate resultaba una figura incómoda, los propios olímpicos recelaban de ella y a la vez le guardaban un prudente temor, que alcanzaba a sus protegidas como la terrible Medea, sin duda la bruja más famosa entre las clásicas. Como sea, ya desde mucho antes del cristianismo (y por supuesto exacerbado tras el dictatorial triunfo de éste) brujería y religión oficial se desarrollan complementándose, dos lados de una misma moneda –de unas mismas ansiedades del alma humana–, sin que tenga muy claro cuál es la cara y cuál la cruz. Pero aunque solemos asociar las brujas a los tiempos oscuros medievales, la eclosión del fenómeno como grave problema social (más bien habría como desafío al principio de autoridad monárquico-eclesiástico) no se produce hasta finales de esa época y, sobre todo, durante el Renacimiento y el Barroco. Son los siglos XVI y XVII los que asisten al paroxismo de las cazas de brujas, sus desquiciados procesos y crueles torturas y ejecuciones. Y, naturalmente, la práctica totalidad de los encausados y ejecutados son mujeres, muchas de ellas pobres desequilibradas, aunque también hubo un buen número de féminas inteligentes que se atrevieron a sacar el pie del tiesto dedicándose a actividades impropias de su sexo. En resumen, que bruja se convirtió en el epíteto más eficaz y peligroso para descalificar a las mujeres que se rebelaban (más o menos conscientemente) contra el sumiso rol que les tocaba jugar. Una vez estigmatizadas, lo de menos era precisar sus actividades y móviles: obviamente estaban dominadas por una satánica inclinación al mal y eran servidoras del príncipe de las tinieblas. Malas, muy malas, capaces de las mayores maldades, entre ellas, claro está, la de robar y comerse a los niños.

En la narración de la aventura de Hansel y Gretel con la bruja los Grimm no se esforzaron demasiado en hacerla consistente y por ende convincente. De entrada, al presentarse ante los niños, los trata con amabilidad y se los gana sin ninguna dificultad: les invita a entrar con buenas palabras y ellos se dejan dócilmente llevar de la mano, luego les regala una abundante y sabrosa colación que los críos devoran (llevaban tres días en ayunas), y finalmente los acuesta en dos camitas con ropa blanca que les hicieron pensar que estaban en el cielo. Vale que estuvieran hambrientos y desesperados, pero mosquea que los muchachitos se confiaran tan ingenuamente a una vieja de esa calaña. Lo que lleva a pensar que en la idea de los Grimm la bruja no tendría un aspecto desagradable y atemorizador (de hecho, no dicen nada que sugiera tal cosa) sino que podría aparentar la imagen de una dulce y tierna abuelita. Puede pues que esta primera incongruencia no haya de imputarse tanto al relato cuanto a los diversísimos ilustradores que desde la primera edición en adelante (y en todos los idiomas) contribuyeron con sus dibujos a hacer más comercial el libro. Por cierto, el primer ilustrador de los famosos cuentos fue el propio hermano pequeño de los autores, Ludwig Emil, quien en gran medida marcaría el camino a los muchísimos que le siguieron. No he encontrado dibujos de la bruja hechos por Ludwig, así que desconozco el aspecto que le dio. Sin embargo, he visto muchos otros elaborados entre 1850 y 1950, y todos ellos coinciden en representarla de forma bastante repulsiva y amenazadora. Veáse, como muestra, el de Ludwig Richter y Philipp Grot Johann que acompaña el post anterior y en el cual la bruja, aunque sonriente, no resulta muy tranquilizadora. Y qué decir del de los mismo autores que pongo junto a este párrafo, en el que la vieja es sencillamente terrorífica. Hay, ya digo, multitud de ejemplos, entre los que resalto, por su calidad y difusión (especialmente en el mundo anglosajón), los del genial Arthur Rackham (1867-1939) para la edición de 1900; de él es la ilustración de la cuarta entrega de esta serie, en la cual la bruja, encorvada y apoyada en dos muletas, recibe a los hermanitos cuyas expresiones son serenas en vez de mostrar el espanto que sería natural ante tan horripilante mujer. En fin, que parece obligado preguntarse por qué tantos millones de niños que han escuchado el cuento arrebujados con sus padres, al ver las imágenes de los correspondientes libros, no se han rebelado contra esa inverosímil entrada de buen grado de los protagonistas en la guarida del lobo. Lamentablemente, no me acuerdo cómo reaccioné yo en su día.

Aunque lo más probable es que la mayoría de los infantiles oyentes, al llegar a la escena de la aparición de la bruja, hayan sabido de sobra y desde el primer momento que se trataba de una fuerza del mal; seguro que no pocos de ellos les han gritado a los protagonistas "no entréis, no entréis, escapad", perfectamente conscientes que nada bueno les podía acontecer en esa casa. Sin embargo, en la mentalidad del niño, que los hermanitos con los cuales se identifica íntimamente sean tan bobos para caer en una trampa demasiado evidente no resta un ápice de verosimilitud al cuento. De algún modo el niño, tanto el oyente como los dos protagonistas, sabe de modo no consciente que ha de entrar en la casa de la bruja, recreando el arquetipo universal de la inevitabilidad del destino. Da igual que se sepa que la bruja va a intentar hacerles daño: necesariamente han de pasar esa prueba, a pesar de la natural tentación de escapar. Y el niño que escucha el cuento asume que también Hansel y Gretel (que son él mismo) lo saben y, sin embargo, tienen que entrar. Por muy absurdo que resulte desde planteamientos cotidianos, mucho más absurdo sería lo contrario, pues equivaldría a romper la lógica profunda de la narración, despojar a esos niños (incluyendo a los oyentes) de lo que da a sus vidas el más trascendental sentido: experimentar esa etapa del proceso de maduración, enfrentarse a la bruja. Por ello, lo que desde la visión de un adulto no deja de parecer una inconsistencia del relato (o si se prefiere, de los ilustradores que lo complementaron) en realidad lo refuerza y nos enlaza, en otra clave literaria, sin duda, los cuentos populares con las contundentes tragedias clásicas. Al fin y al cabo, la matriz originaria es la misma: las pulsiones profundas del alma humana

Y lo dejo aquí por el momento, aunque amenazo con seguir machacando sobre la bruja, personaje tan rico y tan desgraciado, en la historia y en la literatura.

   
Witch's promises - Jethro Tull (Living in the Past, 1972)

miércoles, 14 de agosto de 2013

Sueño de una noche de verano

Por estas fechas se cumplen treinta y dos años. Era 1981 y el día el 15 de agosto, el de la Virgen aunque ese año cayó en sábado. Es fácil de recordar porque esa noche se jugaba la final del trofeo de Palma y a Quique, culé hasta el tuétano, le apetecía mucho ir al estadio y ver a aquél Barcelona que había ganado la Copa y no la Liga por culpa –según él– del secuestro de Quini. Yo no era barcelonista sino de la Real, así que justamente ese verano, por primera vez, no me afectaban las chulerías de los forofos de los grandes, en especial las de los madridistas que andaban todavía cabizbajos y maldiciendo el gol de Zamora en el último minuto. Pero eso no impedía, por supuesto, que me apeteciera mucho ir al Lluis Sitjar a ver a Migueli, Alexanco, Simonsen, Schuster y también, claro, al propio Quini, que metería nada menos que tres goles. No fuimos, sin embargo. Creo que porque sólo quedaban las entradas más caras que rondaban las mil quinientas pesetas (si lo decimos en euros suena ridículo y también nos da una idea de la inflación porque ahora esas entradas están por los cuarenta, más de cuatro veces más). Total, que esa noche lo vimos en la tele. Un partido de fútbol más de los muchísimos que he visto y del que, como de casi todos, no guardo ninguna imagen en la memoria. Pero, aún así, se convierte en relevante porque su fecha me permite fijar lo que ocurrió esa noche.

Estaba en Mallorca, en la casa de verano de Quique, un chaval dos años menor que yo a quien había conocido ese año en la facultad de Económicas de la Autónoma de Madrid. Él repetía primero y yo me había matriculado en el horario de tarde un poco por hacer algo, mientras esperaba que me convalidaran mi título peruano de arquitecto y asistía a un master de rehabilitación urbana que organizaba el Ministerio de Obras Públicas. La cosa es que al tío le caí en gracia y decidió, pese a ser más joven, convertirse en mi mentor durante ese curso. Yo, la verdad, tampoco es que le hiciera mucho caso, porque al fin y al cabo quienes me interesaban eran las pibitas y Quique no resultaba nada buen socio para los menesteres del ligue. Ya imaginé por entonces que sería homosexual pero, como probablemente ni lo habría asumido ante sí mismo, su presunta orientación se diluía en un carácter que todos calificaban de algo rarillo. Aunque no fuéramos muy amigos, la cosa es que al final del curso me invitó a pasar una semana en la casa de su padres en Port d'Andratx que estaría vacía a nuestra disposición. No había estado nunca en Baleares y el plan se antojaba apetecible, así que acepté.

A los dos días de haber aterrizado en la isla y cuando ya me estaba arrepintiendo del viaje al descubrir que más que rarillo el calificativo que mejor describía a Quique era el de muermo sin paliativos, apareció sin previo aviso su madre, Mercè. Era una mujer de unos cincuenta años y sencillamente preciosa, de una belleza que tenía algo de sobrenatural, de mágico. De hecho, la primera vez que la vi me vino a la cabeza la imagen infantil de un hada. No era alta pero lo parecía por su delgadez y su forma de caminar como si levitase. Tenía una melena ligeramente rizada de un rubio muy claro, con pelos finísimos y rebeldes que constantemente jugueteaban acariciadores por su rostro. Sus ojos eran muy grandes –aunque los fruncía constantemente en su mirada miope– y de cambiantes iridiscencias sobre una tonalidad grisácea predominante. Y la boca siempre entreabierta, como si evitara que los labios se unieran, imantaba muy especialmente mi atención. Para acentuar más su parentesco con criaturas mitológicas, hablaba muy bajo, con frases cortas teñidas de un ligerísimo acento catalán (era de Barcelona, pero llevaba muchos años en Madrid) que les otorgaba un ritmo casi musical. Podría seguir describiéndola por un buen rato porque de ella, de su imagen, sí que me acuerdo.

Fue verla y anonadarme. Irrumpió en la calma chicha y pesada de mi aburrimiento como una borrasca de viento fresco. Venía a descansar unos días, dijo, y me saludó con una espontaneidad desarmante, como si me conociera desde siempre y se alegrara de verme. A su hijo lo trataba como a un hermano menor, con un cariño un tanto burlón. Enseguida decidió integrarse en nuestra cotidianidad y tomar ella las riendas para llenar su vaciedad de contenido, frente a la hosca resistencia de Quique y con todo el entusiasmo por mi parte. Gracias a ella, apasionada de la isla, dejé de estar en un anodino destino del turismo de masas y empecé a descubrir la profunda riqueza histórica de esos parajes mediterráneos. Cómo no has llevado a tu amigo a recorrer Mallorca, le reprochó a su hijo, para inmediatamente extender un mapa enorme sobre la mesa baja de la sala y proponer infinitas excursiones para las pocas jornadas que teníamos. De todas ellas que no llegaron a cumplirse, la que más me apeteció fue la de Dragonera, el pequeño islote perteneciente al municipio de Andraitx. Por aquel entonces pendía la amenaza más que probable de su urbanización y un grupo de jóvenes ecologistas y libertarios llevaba ya algunos años movilizando a la sociedad mallorquina contra tales planes, iniciativas apasionadamente apoyadas por Mercè. Esa batalla se ganó finalmente en los Tribunales, cuando el Supremo, en el 87, ratificó la sentencia de la Audiencia Territorial de Palma que había declarado nulo el plan parcial promovido para crear una urbanización de lujo y que se vendía como modelo de sostenibilidad ecológica. Pocos meses después el Consell de Mallorca compró la isla por 280 millones de pesetas, un poquito menos del precio que PAMESA, una filial del Banco de Bilbao, decía haber pagado a su anterior propietario. Más tarde un colega balear me contaría el rumor de que los urbanizadores nunca habían pretendido invertir un duro y que toda la operación estaba planteada para lograr un pelotazo gracias a esas expectativas urbanísticas, lo que efectivamente ocurrió con cargo al erario público. Precisamente hace justamente un mes se conmemoró el primer cuarto de siglo desde la adquisición del islote y un buen número de los actuales políticos baleares allí se dieron cita para congratularse de la efemérides.

Me desvío del asunto, as usual. Diré tan solo, para abreviar, que Mercè había llegado el jueves al mediodía, así que para la noche del sábado apenas llevábamos algo más de dos días juntos, tiempo breve pero más que suficiente para que me hubiera colado perdidamente por la madre de Quique, enamoramiento resignadamente platónico, desde luego, porque ni se me pasó por la cabeza que una mujer de esa edad, belleza y carácter me viera de otra manera que como a un chiquillo. Esa tarde, ella había salido a ver a unos amigos en Palma y por unas horas se reinstauró el monótono peñazo previo a su llegada. Vimos el partido en la tele y cuando estaba terminando apareció Mercè, visiblemente excitada (los ojos le brillaban). En un santiamén dispuso un picoteo de quesos y embutidos sobre la mesa de la sala y sustituyó nuestras cervezas por copas de un vino blanco delicioso y fresquísimo. Bien acomodados los tres, la conversación fluyó con una naturalidad asombrosa. En algún momento, no demasiado tarde, Quique nos anunció que se iba a acostar y su madre y yo, agradecidos de que se hubiera ido, seguimos gustosos la charla derivándola cada vez más hacia temas personales, íntimos casi. Puede que aquella fuera la primera ocasión en que estaba muy a gusto desnudando mis pensamientos y emociones; acababa de cumplir veintidós y me encontraba en un estado de absoluta incertidumbre respecto de casi todo. Sentía ante Mercè deseos de mostrarme sin fingimientos, con una sensación de libertad que ni siquiera había experimentado con mis mejores amigos. Probablemente influiría el que fuera mayor y al mismo tiempo tan cercana, que la acabara de conocer y careciera de vínculos con mi vida, pero sobre todo era por ser como era, tan bella, tan agradable, tan receptiva. En fin, que estuve palmariamente encandilado durante las tres horas que no dejamos de conversar y dar cuenta no sé de cuantas botellas de aquel vino blanco. Pero llegó un momento en que el cansancio, que nos provocaba disimulados bostezos, nos obligó a interrumpir tan buen rato y cada uno se fue a dormir a su habitación.

Estaba dormido, así que no sé que hora sería. Me despertaron unas caricias en la espalda y enseguida noté el cuerpo de ella, apretado al mío, quemándome. Pensé que tenía que decir algo, aunque no sabía qué, pero no hizo falta porque Mercè me tapó la boca con su mano y se dedicó a lo suyo, a tocarme morosamente con el tacto que han de poseer las hadas, a sensibilizar cientos de puntos de mi cuerpo que ni sabía que existían, a producirme sensaciones tan placenteras que hasta me asustaban. Pensé también que tenía que emprender alguna iniciativa, pero no tardé nada en darme cuenta de que sería absurdo y contraproducente. Siguió ella decidiendo por mí, prolongando esa sesión de sexo feérico durante un tiempo que se me hizo eterno y a la vez brevísimo. En algún momento pensé en lo inaudito de la situación: estaba haciendo el amor con la madre de Quique, dormido a unos metros, una diosa a la que casi ni conocía. Fue solo un instante, porque en esa vivencia no cabían los pensamientos, la mente se me había derretido en el cuerpo y todo eran sensaciones, éxtasis puro. Así que me abandoné, me deje caer en ese pozo casi alucinógeno de placeres, renuncié a todo amago de voluntad para dejar que fuera mi cuerpo quien respondiera desde la pasividad gozosa. Con la tenue claridad que anunciaba el amanecer Mercé decidió dar por concluido ese maravilloso regalo. Me besó largamente sosteniendo mi cara entre sus dos manos y me sonrió. En ese momento era tan hermosa que dolía mirarla. Duerme un poco, me susurró, y desnuda, con su caminar que era levitar, dejó silenciosa la habitación.

Me dormí, en efecto, y desperté casi a la hora del almuerzo. En la sala estaba Quique, solo. Sí que has dormido, me dijo, ya me advirtió mi madre que te levantarías tarde porque ayer os quedasteis hasta las tantas. Mercè no estaba; había ido a comer con sus amigos de Palma y a media tarde se volvía a Madrid. Nosotros permanecimos un par de días más, como estaba previsto, aunque yo los pasé en un estado parecido al estupor, algo así como de resaca emocional. Una semana después telefoneé a la casa de Quique, con la esperanza de que se pusiera su madre. A mis preguntas indirectas por ella, el chaval se mostró esquivo, pero finalmente pudo sonsacarle que estaba en el hospital, que la iban a intervenir y que era algo serio. Atónito, le dije de ir a visitarla, pero lo rechazó de plano, no quiere ver a nadie. Dos o tres meses más tarde, alguien me dijo que Mercè había muerto. Fue una bofetada brutal, salvajemente inesperada. Llamé de nuevo a Quique y entre sollozos me explicó que llevaba más de un año enferma de cáncer, que cuando estuvo en Mallorca ya sabía que las metástasis se habían desbordado (aunque no le contó nada entonces a su hijo) y que había ido a despedirse de la isla que tanto amaba. La habían incinerado la semana anterior y a toda la familia (el padre y tres hijos) la casa madrileña se les caía encima, tanto que iban a mudarse a Barcelona. Hablamos un rato y quedamos vagamente en vernos, pero no, no volvimos a encontrarnos. Desde entonces nunca más he sabido nada de él. Ahora que soy algo mayor de lo que era Mercè me pregunto si aquel 15 de agosto de 1981 lo que experimenté no fue sino el sueño de una noche de verano.

   
C'era una strega, c'era una fata - Gianluigi Trovesi (A Midsummer's Dream, 2000)

domingo, 11 de agosto de 2013

Hansel y Gretel (5)

Ya hemos hablado del padre, que era leñador porque tenía que serlo, y de la madre/madrastra, que ambas cosas era y también bruja. Toca ahora referirse al bosque, ese frondoso bosque que es el escenario del cuento, el ámbito espacial donde ocurre casi todo. Y la primera pregunta es: ¿dónde estaba ese bosque? En ninguna parte, me dirán los listos, que se trata de un cuento y por tanto sucede en un país imaginario. Ya, ya lo sé, claro; pero ese bosque imaginario habría de ser la imagen ideal de un bosque real, alguno que los Grimm conocieran, o Marie, la doncella de la familia Wild, la que se supone que se lo contó a la Dortchen adolescente para que ésta, a su vez, se lo transmitiera a Wilhelm. Así que se me antoja que el "bosque real" de Hansel y Gretel sea el Reinhardswald, apenas a unos veinte kilómetros de Kassel, en el extremo norte del estado federal de Hesse. Lamentablemente, no he estado allí (otro viaje pendiente), pero gracias a internet he podido hacer un poco de turismo virtual y el lugar parece, desde luego, idóneo para ambientar cuantos cuentos de hadas se quiera. De hecho, leo que allí se encuentra el castillo de Sababurg en el que se inspiraron los Grimm para el palacio de la Bella Durmiente. El Reinhardswald fue un paraje propiedad de emperadores y obispos, donde los nobles cazaban ciervos y los plebeyos aprovechaban bajo la autorización de aquéllos sus numerosos recursos, en especial, supongo, las maderas de los impresionantes robles y hayas milenarios que siguen abundando, pero también las dehesas para pastos y hasta riquezas mineras. Así que decidamos que éste es el bosque de nuestro cuento y, para precisar más, situemos la casa familiar en las afueras de la aldea de Gottsbüren (que en la época de los Grimm no tendría más de trescientas almas), en el extremo norte del Reinhardswald.


Convenido cuál pudo ser el bosque real, exploremos ahora éste en el que los dos niños viven sus peripecias. Muy escasos datos nos dan los Grimm para que podamos hacernos una idea. Sabemos desde el inicio que era grande y espeso; también que había abundantes ramas secas por el suelo y que en la parte más cercana a la casa familiar era cruzado por un ancho río. No nos describen nada de la flora aunque hay que suponer que el bosque no era tan cerrado como para impedir ver el cielo ya que les llega la luz de la luna. Y en cuanto a la fauna, los niños hablan de las peligrosas alimañas que lo habitan pero no se topan con ninguna, sólo aparecen aves: los pájaros que se comen las migas de pan y les impiden encontrar el camino de regreso, otro blanco y cantarín que les guía hasta la casa de la bruja y un complaciente pato que se deja montar por los dos críos para pasarlos de una orilla a otra del río (se trataría de un ejemplar gigantesco de una especie ya extinguida). Este laconismo es una nota común de los cuentos de hadas que, por lo general, se limitan a decir lo imprescindible y evitan las descripciones; sustantivos precisos muy pocas veces acompañados de adjetivos. Tal técnica es congruente con la absoluta priorización del objetivo narrativo: Se trata de contar una historia sin entorpecer el argumento con detalles accesorios; lo que le interesa al lector/oyente es saber lo que pasa, que las distintas escenas de la acción se sucedan ordenada e ininterrumpidamente. En consecuencia, sólo ha de narrarse aquello que es necesario para poder comprender dicha acción, todo lo demás sobra. Cualquiera que haya improvisado un cuento para un niño (o que aún se recuerde a sí mismo a esas edades en el papel de oyente) conoce el enfado impaciente de éste cuando se le retarda la narración con prolijas descripciones. De hecho, ese rechazo infantil suele pervivir en nuestras actitudes lectoras de adulto y es frecuente que tendamos a saltarnos los párrafos descriptivos de una novela, algo que saben de sobra los hacedores de best-sellers que, al fin y al cabo, no hacen sino aplicar similares técnicas de simplificación redactora.

Pero la carestía descriptiva no pretende sólo mantener el interés del lector sino también, y sobre todo, permitir que sea la imaginación de éste la que libremente dé contenido concreto al concepto que, sea lo que sea, es siempre un personaje del cuento. De este modo, al liberarlo de las ataduras de una imagen excesivamente delineada, el bosque –como cualquiera otro de los pocos elementos con los que se organiza la trama argumental de todo cuento– adquiere plenamente su carácter de símbolo. La palabra bosque, a los oídos de un niño, no es un lugar densamente ocupado por árboles; o sí lo es, si se quiere, pero de forma adjetiva. Bosque significa primordialmente un espacio misterioso, al margen de las conocidas y protectoras normas que rigen la cotidianidad infantil; es, consiguientemente, un ámbito amenazador, peligroso, en el que necesariamente han de suceder cosas malas. Esta connotación negativa del bosque parece que es una constante en casi todas las culturas de nuestra especie, con la excepción –supongo– de aquéllas que se hayan desarrollado en áreas completamente desforestadas (me pregunto si para los árabes, por ejemplo, el desierto tendrá un equivalente significado simbólico). No es nada extraño: desde siempre los bosques han sido sitios peligrosos, dominio y refugio de la vida salvaje frente a los terrenos "humanizados", sean éstos los campos de cultivo (ganados muchas veces a las forestas preexistentes) o las ciudades, el espacio de la civilización por excelencia. De ahí que se convierta en el símbolo de lo desconocido. Y nuestra mente, que tiene aversión al vacío, ese espacio desconocido lo llena mediante la imaginación; imagina criaturas terroríficas, de difusos contornos y malévolos poderes, no sujetos a las leyes físicas. Las brujas, los ogros y demás engendros fantásticos sólo pueden habitar en ese reino ominoso e inquietantes que es el bosque.

En el psicoanálisis el bosque representa el inconsciente, en clara correspondencia con la imagen simbólica que de forma espontánea le atribuye cualquier niño (y más uno de la Centroeuropa medieval). El inconsciente es el ámbito oculto, tenebroso e impenetrable de nuestra mente que amenazadoramente envuelve la parte consciente. La interpretación del cuento de Hansel y Gretel desde el psicoanálisis es inmediata: la aventura de los niños en el bosque es una metáfora del viaje al interior de uno mismo, un enfrentamiento con los miedos y ansiedades que radican en nuestro inconsciente. Se trata naturalmente de una experiencia iniciática o de maduración. Introduciéndose en el bosque/inconsciente, los niños han de vencer los obstáculos que impiden su madurez, que los anclan a la niñez. En este caso, la prueba consiste en desligarse de la dependencia materna, romper esa unión nutricia primaria al pecho de la madre; si recurrimos a Jung habría que decir que la finalidad de la aventura es superar el complejo materno. Justamente por ello aparece la malvada bruja que, como ya comenté, no es sino otra cara de la madre/madrastra. Tampoco es casualidad que la casa de la bruja estuviera hecha de pan y cubierta de pastel con las ventanas de azúcar y el tejado de turrón. La casa es el cuerpo de la madre buena, la que les protege y alimenta, y los niños sucumben a la tentación de la glotona voracidad propia del estado primario. Pero a esas alturas de la aventura (del viaje iniciático de maduración) ya no hay vuelta atrás: Hansel y Gretel (y con ellos millones de niños oyentes) descubren que permanecer en la infancia supone ser destruidos y precisamente por la faceta cruel de la madre, la bruja que representa el complejo materno. Por eso, inevitablemente, los niños tienen que matarla para evitar ser devorados. No había otra alternativa y así, en toda su crudeza, lo comprenden a nivel pre-consciente los niños que escuchan el cuento. Si Hansel y Gretel no hubieran matado a la bruja no habrían logrado deshacerse de la dependencia materna.

Como es natural, los niños no quieren ser abandonados en el bosque, a nadie le apetece bucear en sus miedos y ansiedades, enfrentarse a sus demonios. Por ello oponen resistencia y buscan artimañas que les permitan escapar de él antes que introducirse en sus profundidades. El primer intento tiene éxito: los guijarros blancos, brillantes a la luz de la luna, les permiten encontrar el regreso a la casa, a la infancia. Pero el empeño de la madrastra en deshacerse de ellos (quien, si ponemos buena intención, no estaría sino cumpliendo su deber educativo de hacer que los niños maduren) les obliga a recurrir la segunda vez a miguitas de pan que los pájaros se comen. Hansel con esos trucos está negando su propio inconsciente, ni siquiera se plantea conocerlo mínimamente fijándose en las señales del camino para rehacerlo de vuelta. Pero el cuento nos enseña que negación y regresión no son opciones válidas. A este respecto es curioso constatar las diferentes actitudes de cada hermano. Durante la primera parte es Hansel el que asume el protagonista, muy en plan machito protector de la niña. Sin embargo, todas sus iniciativas se caracterizan por la resistencia a afrontar la prueba y el intento de mantener el estado infantil: es él quien recurre a las piedras y migas y también él quien anima a la niña a que se coman la casa de la bruja, todos ellos actos de regresión y negación. En cambio Gretel, tan pasiva al comienzo, resulta ser finalmente quien supera la prueba iniciática empujando a la bruja al horno. Desbarrando un poco, podría interpretarse que, dado que todo proceso de maduración es individual, os dos niños representan las dos partes de un mismo individuo y que es nuestra parte femenina la que nos hace avanzar mientras la masculina tiende a mantenernos anclados al estado previo. O quizá esta conclusión no deba generalizarse sino aplicarse tan solo cuando el objeto de la prueba sea matar a la madre (a lo mejor, para matar al padre, es nuestra parte masculina la que asume el protagonismo).

Dejo ya el bosque para pasar a otros asuntos, no sin antes recordar que este arquetipo de lo inconsciente, como todos, no tiene sólo una única faceta, la de lo tenebroso. También en el bosque residen personajes buenos, como las hadas, simpáticos duendecillos y animales complacientes (como el inmenso pato sobre el que Hansel y Gretel cruzan el río). Y es que en todo viaje interior además de entes amenazadores siempre nos encontraremos con amigos; todos ellos, naturalmente, no somos sino nosotros mismos.