domingo, 8 de noviembre de 2020

De la Palmita (La Victoria de Acentejo) a El Rincón (La Orotava)


Quedamos a las 7:30 en el aparcamiento de la playa del Bollullo, en El Rincón de La Orotava, un ámbito agrario que, por presión de la ciudadanía, fue protegido por Ley del Parlamento Canario en 1991. Llegué puntual pero el aparcamiento estaba cerrado con una cadena; abre a las 9 de la mañana y cobra 3 euros como precio fijo: un buen negocio, qué duda cabe. Esperé un rato mirando, a la tenue luz del sol naciente, el acantilado a cuyos pies se extiende la playa del Bollullo y el camino por el que se accede a ésta. Cuando llegó Jorge subimos hasta el restaurante San Diego, junto al cual dejó su coche. Seguimos en el mío hasta la urbanización La Palmita, en el municipio de La Victoria, donde habíamos acabado la caminata del domingo anterior y donde empezábamos la de éste; eran las 8 de la mañana más o menos.
 
Caminamos en dirección Sur por la carretera de acceso a la urbanización con la intención de girar hacia el Oeste por un camino a unos 270 metros. Sin embargo, al llegar, resultó que era de una finca privada y el paso estaba impedido por unas puertas con candado. Nos vimos pues obligados a seguir cuesta arriba otro tanto hasta llegar a la vía de servicio de la autopista. Una vez allí, doblamos hacia la derecha, pasamos el túnel que da acceso al casco de La Victoria y enseguida de nuevo giro a la derecha para bajar en sentido Norte por un estrecho camino asfaltado también llamado calle de la Costa. El camino discurre hacia el mar, transversal a la línea de costa en suave pendiente descendente, con una longitud algo inferior al medio kilómetro. Los primeros metros, asfaltado, para dar acceso a dos viviendas unifamiliares aisladas; luego atraviesa fincas en cultivo, más estrecho y con peor firme. Casi al final, antes de girar hacia la izquierda, se abre una espectacular vista del Teide, delineado sobre un cielo especialmente límpido, sin calima (aunque el primer plano, con edificaciones nada apreciables, estropea la fotografía).

El camino de la Costa acaba y doblamos hacia la izquierda, siguiendo el muro dede las últimas fincas agrícolas que se asoman a la acantilada ladera. Ahí empieza el sendero del Barranco Hondo, que separa los términos municipales de La Victoria de Acentejo y Santa Úrsula. El nombre del barranco no deja de ser acertado: estamos a 165 metros de altitud y habremos de bajar casi hasta el nivel del mar, por un trazado sinuoso ajustado a la ladera. El sendero está en un muy aceptable estado de conservación: firme hormigonado y abundantemente escalonado en la casi totalidad de su longitud y barandilla de manera que cumple bien su papel quita miedos. Aun así, nos damos cuenta de que los desprendimientos son frecuentes, lo que añade un cierto nivel de riesgo al recorrido. El descenso, pese al castigo que sufren nuestras rodillas, es una maravilla, disfrutando de las cambiantes vistas de la costa, los acantilados y el mar, con el roque que emerge justo enfrente de la desembocadura del barranco. En este roque, por cierto, hay cinco o seis personas, imaginamos que pescando, aunque nos preguntamos cómo han llegado hasta allí. Durante todo el descenso los escuchamos gritando, aunque no nos pareció que pidieran ayuda.  Al iniciar el ascenso vimos que llegaba una barca y recogía a dos de ellos; supusimos que repetirían el viaje para los restantes.
 
 
 
La bajada nos tomó casi veinte minutos. Antes de llegar a la playa de callaos que forma la desembocadura del barranco, nos desvíamos para ver unas cuevas excavadas en la ladera, bien cerradas con puertras y candados, y que parecían en relativo buen estado de conservación. En todo caso, ya no son vivienda permanente pero imagino que seguirán usándose como estancia temporal –de fin de semana, por ejemplo– por quienes se hayan erigido en sus dueños (porque parece evidente que están dentro de dominio público, sea del cauce del barranco o marítimo-terrestre). Desde ahí apenas quedaban unos pocos metros hasta la playita de piedras, contra las que las olas batían furiosas: no parecía un lugar idóneo para meterse en el mar. Abajo también había otreas cuevas, pero éstas abiertas y llenas de trastos y basuras (entre otras cosas, se apreciaba que habían desmontado una zodiac). Permanecimos solo unos instantes antes de iniciar el ascenso por la otra ladera, ya en el término municipal de Santa Úrsula.


 

El ascenso nos llevó más o menos el doble de tiempo, no solo porque la subida es más agotadora (ahí es cuando compruebo que mi forma física no es la deseable) sino también porque el camino en esa ladera estaba en peores condiciones de mantenimiento y, además, sube unos veinte metros más que en el otro lado. El sendero acaba en la carretera que viene desde la vía de servicio de la TF5 –se llama Camino del Mar– y ese acceso está cerrado con una valla: el ayuntamiento de Santa Úrsula prohíbe el tránsito porque lo considera muy peligroso; no así el de La Victoria que no advirtió nada en el otro extremo. Obviamente, vadeamos la valla y salimos casi al lado de la granja Teisol, una empresa ganadera que el Cabildo compró para evitar su quiebra, en la que invirtió fuertes sumas de dinero público y que pese a ello, según creo, ha tenido que cesar su actividad. Durante los últimos años, los "rescates" de empresas privadas agobiadas (sobre todo de amigos, según las malas lenguas) se convirtió casi en una política de la corporación insular, de dudosa justificación y más dudosos resultados. Pero no es este lugar para hablar del gobierno, así que sigamos con la narración de la ruta.

El Camino del Mar acaba en fondo de saco dando acceso a tres parcelas unifamiliares con chalets de apreciables tamaños. Poco antes el muro que cierra los bancales que hay a la izquierda tiene una abertura desde la que sale una senda que lleva al borde superior del barranco de la Cruz, el que separa esta meseta de la que soporta la urbanización de La Quinta, la mayor del municipio de Santa Úrsula. Éste, como el anterior, es un señor barranco. No hay un sendero "oficial" que lo atraviese, pero sí encontré en la Red algunas descripciones de quienes lo habían hecho y también, entre las propuestas que maneja el Cabildo para futuros senderos, hay un trazado que, desde donde estábamos llega a la Quinta y sigue hasta la urbanización Lomo Román, cruzando el siguiente barranco. Ese dibujo era el que, debidamente georreferenciado, había cargado en el móvil y que pretendía que nos sirviera de guía. Así que, con esa idea nos detuvimos al borde del barranco mirando hacia La Quinta (con el Teide amparándonos) y buscando el débil rastro de lo que alguna vez fue una senda y en la actualidad está prácticamente oculto por matorrales y zarzas.

El descenso fue no tanto peligroso pero sí complicado, porque apenas se veía por donde pisar y de continuo era necesario romper o apartar arbustos y ramas de la ferez vegetación. Al cabo de un rato nos detuvimos para comer y beber y, al poco de reiniciar la marcha, Jorge se dio cuenta de que se le habían caído las gafas. Dio la vuelta para buscarlas mientras yo le esperaba sentado en una roca junto a la pared vertical del acantilado, que amenazaba desmoronarse en cualquier momento. Al cabo de casi un cuarto de hora apareció Jorge y, contra mis previsiones, había econtrado sus gafas. Así que, con las consiguientes dificultades, continuamos el descenso hasta llegar al cauce del barranco, totalmente ocupado por juncos. La subida, curiosamente, nos llevó menos tiempo. El sendero, aunque muy parecido al del descenso, estaba algo menos cubierto por la vegetación y, además, en esa ladera tenía un recorrido bastante más corto. Así que, después de pasar delante de una furgoneta achatarrándose que algunos "cívicos" habían desbarrancado, salimos a una de las calles de la parte nueva de la urbanización La Quinta (la que todavía está muy poco edificada). Cruzar el barranco de la Cruz nos había costado una hora y cuarto. Eran casi las once de la mañana y el sol, muy alto ya, calentaba a gusto.

Después de caminar por tierra en pendiente y entre arbustos encontrarse sobre el pavimento liso, duro y bastante plano de una urbanización equivale a un descanso. La calle por la que entramos se llama La Sabinita; de ésta pasamos a la del Muella siguiendo hacia el Oeste; luego doblamos hacia arriba, pasamos una medio glorieta y seguimos por un pasaje peatonal que desemboca en la calle Codeso. Avanzamos por esta calle hasta su final, frente a una parcela inmensa con tres edificaciones al borde del barranco Michel. Junto al muro de esa parcela discurre un camino de tierra que lleva hasta una depuradora casi en el cauce del barranco. Cuando estudié la ruta había pensado llegar hasta ahí y luego trepar por la otra ladera, que no parecía demasiado empinada. Sin embargo, una puerta metálica bien cerrada nos impedía el paso. Hubimos de subir por el bosquecillo de la izquierda, pasar la puerta y, con bastante cuidado y apoyándonos en los bastones, caer al camino. Luego, desde la depuradora, la ladera presentaba bastante más pendiente que la que había supuesto, no se veía ningún sendero y, para empeorar las cosas, era de tierra blanda. La única solución que se nos ocurrió –y pusimos en práctica– fue escalar agarrados a la verja de una casa sita en la parte alta de la ladera. Cuando llegamos arriba descubrimos que, para llegar a la calle de la urbanización, teníamos que meternos dentro de la terraza de esa vivienda, pasando casi pegados al ventanal de la sala. Por suerte no había nadie ahí en ese momento porque nos habríamnos visto en un aprieto para explicar lo que hacíamos. En fin, tras esta breve violación de propiedad privada, salimos a la calle Venezuela de Lomo Román (por cierto, las otras calles de esta pequeña urbanización se llaman Simón Bolívar, Orinoco, Caracas y Maiquetía; no es muy difícil imaginar el origen del promotor).

Caminamos hacia arriba (una buena cuesta) hasta llegar al pie de la autopista que, en ese punto, es atravesada por un túnel que lleva al casco de Santa Úrsula. Estábamos para entonces muy escasos de agua y dudamos si acercarnos al pueblo en busca de un bar donde nos vendieran dos botellines. Pero era ya casi mediodía y aún nos faltaba un buen trecho, por lo que preferimos no desviarnos. De modo que doblamos por la lateral de la TF5, que se llama calle Sancho Panza y da acceso a otra urbanización de chalés, aun más pequeña que la anterior, de la que está separada por una franja de fincas en cultivo. No sé el nombre de este núcleo, aunque los nombres de sus calles dan una pista bastante clara: además de la citada de Sancho Panza, Don Quijote, Dulcinea del Toboso y Rocinante. Bajamos por la de Don Quijote hasta su final, donde empieza un paseo peatonal que bordea la urbanización por el cantil del acantilado. Un recorrido muy agradable con magníficas vistas al mar y al Paisaje Protegido de Acentejo, espacio natural cuya mitad más occidental la cubrimos con esta ruta. Eso sí, la subida, con innumerables escalones, se hace cansada, sobre todo cuando llevas ya unas horas de caminata. Si hubiéramos completado todo este paseo habríamos prácticamente enlazado con el sendero del Ancón, último tramo de la caminata. Pero unos 150 metros antes habían cerrado el paso con una valla porque parece que había habido desprendimientos. Así que hubimos de atravesar lo que debía ser un solar de la urbanización para salir de nuevo a la calle lateral y de ahi en un momento al mirador desde el que se inicia el sendero de bajada hacia el Rincón de la Orotava.
 
El camino del Ancón baja unos doscientos metros serpenteando por la ladera del risco del mismo nombre. Está en bastante buen estado y se aprecia que el Cabildo lo mantiene con regularidad. Pero lo que impresiona es imaginar cómo abrirían esta senda en su origen (es una ruta tradicional de pastoreo de cabras); su trazado sobre un acantilado escarpado, casi vertical, demuestra que no hay territorio que no pueda hacerse accesible (cuestión distinta es que eso sea conveniente); de hecho, en Tenerife hay no pocos ejemplos. Nos llevó una media hora bajar el sendero, de una longitud aproximada de un kilómetro; la verdad es que, a esas alturas de la jornada y sin agua, se nos hizo larga y cansada, pero en mejores condiciones no habría sido demasiado dura. Pero, en todo caso, las vistas son espléndidas: el acantilado al que se está pegado, que admira y asusta, el mar, las playas del Rincón, el núcleo del Puerto de la Cruz, al fondo ... El último tramo del sendero pasa por una finca de viñedos exquisitamente dispuestos y cuidados pese a la dificil orografía: es una sucesión de estrechos bancales que forman una amplia terraza asomada al océano. Se avanza un poco más y se llega a una pista asfaltada que da acceso vehicular a una magnífica vivienda que se dispone sobre el promontorio que separa las playas del Ancón y de Los Patos y a la finca agrícola (que se extiende sobre terrenos mucho más planos en toda la longitud de la playa de Los Patos). 
 
 
Lo que nos queda de ruta es ya muy fácil, por caminos pavimentados y de escasas pendientes. El primer tramo –de unos 400 metros– es un sendero estrecho y que debe mejorarse, ajustado entre el acantilado costero y los muros de las plataneras adyacentes; por el mismo nos cruzamos con bastante gente que se dirigía a la playa (paralelo a este sendero, por el interior de la finca, hay un viario privado ancho y en buen estado que, si se abriera al público, mejoraría mucho la movilidad en esta área). Luego se gira por otro pasaje estrecho entre fincas que desemboca en una pista asfaltada llamada Camino del Ancón y que más adelante pasa a denominarse Camino de San Diego. Por esa pista, flanqueada de plataneras y alguna que otra vivienda, caminamos casi un kilómetro hasta llegar al restaurante San Diego, junto al cual estaba aparcado el coche de Jorge. Antes de arrancarlo, entramos a tomarnos unos refrescos y corregir el deshidratamiento en el que estábamos. Pasada la una y media dimos por terminada la etapa; Jorge me acercó a La Palmita para coger mi coche y ahí nos despedimos hasta la próxima.
 

miércoles, 16 de enero de 2019

Magadán

Apuesto diez contra uno a que no sabes qué es Magadán. También yo lo ignoraba hasta hace unos días cuando el nombre apareció en Una saga moscovita, la monumental novela de Vasili Aksiónov que he terminado recientemente. “A doscientos kilómetros de Magadán, subiendo la carretera de Kolimá, el invierno ya se había presentado”: esta es la frase en la que por primera vez me topé con esta palabra, un topónimo, como obviamente se deducía. Es el inicio del cuarto capítulo del segundo libro, en el que vuelve a aparecer Nikita Grádov, detenido por la terrible NKVD hacia finales del primer libro. Así que es fácil comprender enseguida que estamos en la inmensa área geográfica de los campos de prisioneros de Stalin, el famoso Gulag, que fue revelado a Occidente en la tan tardía fecha de 1973 con la publicación del famoso libro de Aleksandr Solzhenitsyn. Además, la palabra Kolimá me suena vagamente, la asocio también a lo poco que sé de la historia soviética, a Siberia. Así que aventuro que Magadán debe ser una ciudad.

A estas alturas es probable que ya hayas buscado Magadán en Google y te hayas enterado de que, efectivamente “es una ciudad, centro administrativo del óblast de Magadán, Rusia, fundada en 1933. Tiene puerto en el mar de Ojotsk. Su población es de 92 782 habitantes, según el censo de 2018. La construcción y la pesca son las mayores industrias de la ciudad, cuyo puerto es accesible de mayo a diciembre. También posee un aeropuerto situado a 50 kilómetros al norte de la ciudad” (Wikipedia: has perdido la apuesta). Antes de Internet, lo más que habría sabido de Magadán sería lo que hubiera podido deducir de la lectura de la novela: poco, porque tampoco es función del autor darte la información sobre sus escenarios. Bien es verdad que siempre podría haber recurrido a alguna enciclopedia o rebuscar en bibliotecas, pero todo eso significaba demasiado esfuerzo de modo que, en la mayoría de los casos, no lo habría hecho. Ahora en cambio basta con teclear el nombre en el ordenador o el móvil; menos incluso si estás leyendo la novela en un dispositivo electrónico con conexión a la red ya que entonces basta con dar un golpecito con el dedo sobre la palabra ignorada.

De repente lo tenemos todo –todo no, pero mucho, muchísimo– al alcance de la mano. Es, desde luego, una maravilla pero, al mismo tiempo, la excesiva facilidad para conocer los datos pareciera banalizar ese conocimiento. Cuando antes escarbabas afanosamente para descubrir algo, los datos, una vez conocidos, se te enraizaban en la memoria. Ahora, se desvelan con tan suma facilidad y rapidez que no llegamos a interiorizarnos, se resbalan por la memoria hasta las cajas negras del olvido. Estás hablando con los amigos en un bar, la tele encendida y aparece un actor que todos conocemos; surge una discusión sobre si tal película la protagonizó él o no y el debate no dura más que el breve lapso que necesitas para consultar tu móvil. Claro que si dentro de un par de meses se repite la escena ya solo te acordarás de que buscaste la información pero no del resultado. No obstante, no reniego de la maravilla de esta cuasi-infinita enciclopedia virtual, al contrario. Como todo, sus bondades o perjuicios dependen de cómo la usemos. Por ejemplo, me alegra tenerla a mano cuando leo novelones como el de Aksiónov que me llevan a lugares remotos y desconocidos. Me ayuda a disfrutar más de la lectura y me atrevo a asegurar que no olvidaré Magadán.

Mencionaré otro efecto de complementar la lectura con Internet: que se me despierta la curiosidad, lo que me lleva a dejar por un rato la novela y ponerme a bucear. Así, voy a Google Maps y localizo Magadán: ¡está a casi quince mil kilómetros de Madrid! Fantaseo con lo que sería un viaje en coche: San Sebastián, Burdeos, Tours, París, Charleroi, Lieja, Colonia, Berlín, Poznán, Lodz, Varsovia, Bialystok, Minsk, Smolensko, Moscú. Esa sería la primera etapa, “solo” cuatro mil y pocos kilómetros, menos de un tercio de la distancia total que, para recorrerla, para cruzar toda Europa, me llevaría como mínimo quince días. Luego unos quinientos kilómetros hasta Nizni Nóvgorod y cuatrocientos más hasta Kazán, ambas ciudades en el Volga y las dos últimas cuyos nombres conozco. A partir de ahí aun nos quedarían casi diez mil kilómetros, cruzar los Urales e internarse en la inmensa Siberia, por unas carreteras que, según leo, son casi intransitables, y con una densidad de población ínfima, un desierto frío e inhóspito. Mientras me muevo por las fotos aéreas concluyo que no haré nunca ese viaje (tal vez llegara a Kazán o, como mucho, avanzaría un millar más de kilómetros hasta Ekaterimburgo, para visitar la casa Ipatiev, lugar de la ejecución de la familia imperial en 1918). Para compensar, me hago la lista de lecturas inminentes sobre esa atroz geografía soviética: Vida y Destino de Vasili Grossman, cuya lectura interrumpí hará unos cinco años, El Vértigo (1967) de Evgenia Ginzburg, madre de Aksiónov, y los seis volúmenes de Relatos de Kolymá (1966) de Varlam Shalámov; además me propongo releer dos novelas de mi juventud: El cero y el infinito (1940) de Arthur Koestler y El caso Tuláyev (de la década de los 40) de Victor Serge; y por último dos libros de investigación histórica: Gulag (2004) de Anne Applebaum, considerado el mejor estudio sobre los campos de concentración soviéticos y el más reciente Los que susurran (2007) del historiador británico Orlando Figes sobre la represión en la época de Stalin.

sábado, 5 de enero de 2019

Etapa 21: Fonsalía - Chirche

La primera caminata del año nos lleva a Fonsalía, donde habíamos acabado la etapa vigésima el domingo 16 de diciembre, antes del desbarajuste navideño (el pasado fin de semana recuperamos la que teníamos pendiente a través del Macizo de Teno). El punto de encuentro (y que será fin de etapa) es Chirche, caserío en la parte alta del municipio de Guía de Isora (en tono a los 900 msnm); allí dejamos mi coche y bajamos hasta Fonsalía en el de Jorge, que se queda aparcado en la vía que, desde la nueva glorieta de la TF-6237, entra hacia el litoral; son poco más de las nueve de la mañana del sábado cinco de enero, víspera de Reyes. Caminamos hasta la mencionada glorieta que es en la que remata –por el momento– la carretera de reciente ejecución que enlazará la autopista con lo que ha de ser el futuro puerto de conexión con las islas occidentales. El proyecto está acabado hace años pero aún no está nada claro cuándo se acometerán las obras; el problema principal es una discusión de competencias entre la Comunidad Autónoma y el gobierno central. Entre tanto en el Cabildo nos toca impulsar el Plan Territorial Parcial que ha de ordenar el ámbito de tierra comprendido entre los núcleos urbanos de Alcalá y Playa de San Juan; ya hemos empezado pero vamos lentos y dubitativos. Cruzamos la rotonda y enfilamos hacia el noreste por un camino de tierra que bordea la gasolinera de Disa. Son solo 300 metros hasta que doblamos a la izquierda por una pista asfaltada entre dos muros de explotaciones agrarias. Estamos en la parte de la Isla con mayor presencia de la agricultura de exportación con fincas de gran tamaño (para la escala tinerfeña) que se han construido sin apenas atención al paisaje: sorribas de tierra traídas del Norte (mucha de Teno), enormes desmontes y muros de contención, amplias superficies de invernadero. Pero, si bien es cierto que las actuaciones agrarias de los últimos cuarenta años no han sido por lo general nada modélicas, el principal factor de deterioro paisajístico se debe sobre todo al abandono de la actividad y a la aparición de usos residuales, todo ello sin el más mínimo control, generándose así una imagen sucia, propia de un basurero. No es casualidad que en toda esta amplia banda del municipio isorano, desde la carretera costera hasta el eje de medianías (la TF-82, ahora casi sin tráfico desde la puesta en servicio de la autopista TF-1) no haya ningún sendero; no es porque no puedan trazarse y ponerse en uso sino sencillamente porque no es éste un territorio que convenga mostrar a turistas. El primer ejemplo de fealdad nos lo encontramos nada más girar hacia la derecha por la pista de la Gambuesa: fincas abandonadas en las que ahora se depositan vehículos y otras chatarras; solo los muros de piedra atestiguan los cultivos que ya no están (La Gomera al fondo).



La pista asfaltada por la que subimos es una larga recta de un kilómetro. Luego el terreno se empina y el trazado se vuelve sinuoso y así seguirá durante los casi tres kilómetros siguientes, hasta que la pista desemboque en la carretera que viene desde Playa de San Juan, la TF-463. El paisaje no varía respecto de lo ya descrito: fincas de plátanos al aire libre y bajo invernaderos pero muchas, demasiadas, abandonadas, incluyendo las correspondientes construcciones. Pronto nos encontramos con una antigua vivienda, los muros sin vestir y los vanos tapiados, los bancales languideciendo. Frente a la fachada dos hermosos laureles; opina Jorge que debieron plantarlos cuando levantaron la edificación, tal vez en los sesenta. Luego más arriba nos topamos con una edificación ruinosa de mayor tamaño que debió ser la vivienda principal de una explotación importante; ahora está en venta. Un poco más adelante aparece otra edificación dividida en cuartos que debían ser los dormitorios de los peones agrarios. Al llegar a la carretera, en la zona llamada Lomo el Balo, la ruta prevista continuaba atravesando una finca privada para enlazar con otra pista que llegaba casi directamente al núcleo de Guía. Pero unos perros –estaban atados y ansiosos por ser acariciados– y un letrero de prohibido el paso nos aconsejaron desistir y seguir por la carretera (luego, en casa, pude comprobar que, si hubiéramos bajado por ella en vez de subir, a solo 250 metros habríamos encontrado ese camino público y la distancia habría sido bastante menor). En fin, que caminamos cuesta arriba por la carretera, mirando de vez en cuando a nuestras espaldas las panorámicas del paisaje ya descrito con el mar y La Gomera al fondo, y al cabo de dos kilómetros llegamos a la glorieta que han construido bajo la autopista; eran más o menos las once de la mañana, llevábamos recorridos unos siete kilómetros y habíamos subido hasta los 500 metros sobre el mar.


Los novecientos metros que nos quedan para llegar a la TF-82 ya en la capital municipal corresponden al tramo final de la carretera de Playa de San Juan, pero totalmente remozada con motivo de la prolongación de la autopista del Sur; ahora, más que una carretera local, se ha convertido en un ramal de conexión a aquélla y, por lo tanto, con bastante más tráfico. Sin ninguna incidencia entramos en el casco urbano por la carretera que, en ese tramo de travesía, se llama Avenida Isora y es el eje más comercial del núcleo. Giramos hacia el interior por la calle acertadamente bautizada como La Entrada, doblamos luego por la calle de Arriba, después hacia abajo por los callejones del Mentidero y del Pilón, volvemos a aparecer en la carretera general, giramos hacia adentro por la calle de la Cruz y nos detenemos un momento a ver el nuevo centro cultural y auditorio, por fuera nada más porque está cerrado. El edificio se inauguró en 2005 pero yo no lo conocía y eso que desde entonces he venido aquí más de una vez. El edificio no está mal aunque, para mi gusto, abusa de demasiados materiales en fachada (aplacados, piedras, hormigón visto, vidrio). Unos metros más arriba, cruzando la calle de Abajo, está la plaza del pueblo, con el Ayuntamiento en un lateral y la iglesia de Nuestra Señora de la Luz en el centro. El edificio del consistorio es un palacete urbano del XIX de muy digna factura y que ha sido restaurado no hace mucho; la fachada está pintada en un verde suave que queda muy bien con la piedra gris de las jambas de los vanos y de las cornisas. En cuanto a la iglesia, su apariencia no deja de ser curiosa, en especial la torre central, ecléctica con alusiones al neogótico y al neomudéjar; además, al estar pintada de blanco se refuerza su imagen de tarta de boda. En realidad, los inicios del templo se remontan a mediados del XVI, primero una sencilla ermita que a principios del XVIII se amplió para convertirse en iglesia de dos naves con espadaña. El famoso aluvión de 1879, que arrasó gran parte del casco urbano, dañó muy gravemente el edificio que empezó a reconstruirse a inicios del XX, erigiéndose la torre en la década de los veinte. Por cierto, esta advocación mariana está en el origen del nombre del municipio. Éste fue bautizado en su origen solo Isora, término de procedencia guanche, pero en el XVI apareció una imagen de la Virgen de la Luz y en su honor se decidió anteponer el nombre de Guía. Lo de que se aparezcan estatuas de la Madre de Cristo en esta Isla es casi costumbre (recuérdese la leyenda de la de Candelaria) pero me cuesta entender cómo sabían de cuál de las innumerables se trataba. Hay una leyenda que remonta la devoción a Nuestra Señora de la Luz a la época de los visigodos, así que puedo creer que ya en el XVI fuera bastante popular entre los castellanos. Y en cuanto a lo del término , supongo que será porque con su luz la Virgen nos guía por el buen camino, pero no he podido encontrar ninguna confirmación en tal sentido. Leo que la imagen original de la Virgen de Guía se encuentra en el convento de las Franciscanas Concepcionistas de Garachico; la que preside el interior del templo es de mediados del XIX, atribuida al escultor Fernando Estévez de Salas, artista orotavense y máximo exponente del neoclásico canario.



Dejamos atrás la plaza de Guía subiendo por la calle de Los Chorros, probablemente así llamada porque su trazado es adyacente y paralelo al barranco que aquí se llama de Aripe pero más arriba de Tágara, rico en manantiales que dieron el agua al pueblo. Llegamos al edificio de la policía local y doblamos a la derecha por Don Manuel Gorillo y luego de nuevo a la izquierda por Las Britas. La calle acaba frente a una casa junto a la cual nace el sendero PR TF-70 que va a Boca Tauce pasando por Aripe y Chirche; en cuanto avanzamos unos metros giramos la cabeza y vemos las fachadas traseras, una de las más horribles muestras de fealdad que cabe imaginar; cuesta entender que, siendo éste un sendero que promociona el propio Ayuntamiento no haya emitido una orden de ejecución para exigir a los propietarios unas mínimas condiciones de ornato. Superado el shock iniciamos esta última parte de la etapa, esta vez sí por un sendero rural, pavimentado con guijarros volcánicos, y no por pistas o carreteras asfaltadas. El paisaje cambia a mejor, por supuesto: matorrales y abundantes tuneras, bancales más pequeños y más adaptados a la orografía con cultivos para consumo interno (hortícolas, vid), las montañas boscosas en el horizonte (y hacia atrás el mar y La Gomera, claro) y lo más llamativo: la pléyade laberíntica de tuberías de agua que cruzan el territorio en diversas direcciones: una imagen alucinante. También nos encontramos con algunas eras de circular perfección perimetradas con piedras, vestigios de la cultura cerealística que tan importante fue en la comarca. Es solo un kilómetros y medio, y ciento treinta metros de desnivel (de los 610 a los 740 msnm), lo que separa el casco de Guía del pequeño núcleo de Aripe. Recorrerlo nos lleva media hora que, teniendo en cuenta la pendiente no está mal.


Hacia las doce y media llegamos a la primera casa de Aripe, una vivienda tradicional preciosa que con toda seguridad la han arreglado para alojamiento vacacional (me apunto buscarla en air b&b). El sendero a Chirche sigue por la derecha; es el llamado Camino Viejo por el que discurría la tradicional romería que llevaba la Virgen de la Luz a la vertiente norte de la Isla. Pero optamos por ir a la izquierda para pasear por el pequeño pueblo y subir por el camino nuevo, el que se abrió a principios del XX hacia las Cañadas y que hoy es la carretera que une Guía con Chirche. Tanto Aripe como Chirche están declarados conjuntos históricos desde 2008 debido a su arquitectura tradicional, caracterizada por gruesos muros de mampostería con cubiertas de teja árabe sobre estructura de madera de tea. Aripe tiene además fama porque aquí, en una zona aterrazada por antiguos bancales, se descubrió en 1980 un yacimiento guanche con grabados sobre las rocas: figuras de animales, signos geométricos y una media docena de figuras humanas, algunas ataviadas con vestimenta y armas, que constituyen la primera muestra de arte rupestre de la isla. El caserío no es muy grande pero se advierte que vivió mejores tiempos; hoy apenas llega a los cien residentes, aunque cada vez hay más casas arregladas para el turismo rural. Seguimos la ruta por la carretera para cubrir el kilómetro escaso que nos separa de Chirche (pero un desnivel de otros 130 metros). Al llegar a las primeras casas de este pueblo –hacia la una– nos metemos en un bar a tomar unos refrescos y una tapa de garbanzas que estaban ácidas. Media hora después nos montábamos en mi coche para bajar a Fonsalía, donde dejé a Jorge. Luego hora y cuarto de trayecto hasta casa; serían las tres cuando llegué. Fin de una etapa de once kilómetros y medio de caminata; será en la próxima cuando cuente algo de Chirche.


martes, 1 de enero de 2019

Una propuesta inviable en el asunto catalán

Por lo visto, las peticiones que Torra le hizo a Sánchez en la reunión del pasado día 20 en Pedralbes se basaban en la premisa de que Cataluña tiene derecho a la autodeterminación. No es ocioso recordar que ese presunto derecho, indisolublemente vinculado a la proclamación de Cataluña como sujeto del mismo, está en el inicio del proceso soberanista. Recuérdese aquella masiva manifestación que recorrió la Gran Vía barcelonesa el 18 de febrero de 2006 bajo el lema «Som una nació i tenim el dret de decidir» (ya hace casi 13 años: ¡qué barbaridad!). A partir de ahí, poco a poco, se ha ido construyendo el discurso tantas veces repetido e incluso se enuncia como si fuera un dato incontestable del derecho internacional que, por tanto, ha de imponerse a la propia Constitución. De hecho, éste fue el razonamiento que explícitamente se recoge en el preámbulo de la Ley 19/2017, de 6 de septiembre, del referéndum de autodeterminación: los pactos sobre Derechos Civiles y Políticos y sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales, aprobados por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 19 de diciembre de 1966, ratificados y en vigor en el Reino de España desde 1977 –publicados en el BOE de 30 de Abril de 1977– reconocen el derecho de los pueblos a la autodeterminación como el primero de los derechos humanos; la Constitución española de 1978 determina en el artículo 96 que los tratados internacionales ratificados por España forman parte de su ordenamiento interno y, en el artículo 10.2, establece que las normas relativas a los derechos fundamentales y las libertades públicas se interpretarán de acuerdo con los tratados internacionales aplicables en esta materia. La conclusión para el Parlamento de Cataluña fue que el pueblo catalán tiene derecho a la autodeterminación.


 Naturalmente, esa Ley 19/2017 fue declarada inconstitucional y nula mediante sentencia de 17 de octubre de 2017. En dicha Sentencia, el Tribunal Constitucional aclara que diversas resoluciones de las Naciones Unidas han acotado el derecho a la libre determinación a los casos de «sujeción de pueblos a una subyugación, dominación y explotación extranjeras», añadiendo que no debe invocarse para «quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país». También los magistrados señalan la obviedad de que pretender que el derecho a la autodeterminación (entendido como lo hace el Parlament) haya sido incorporado al ordenamiento jurídico español habría supuesto el contrasentido de negar la propia soberanía del Estado en virtud de la cual se habrían asumido dichos pactos internacionales. Diré, aunque mi opinión sea irrelevante, que comparto plenamente la interpretación del Tribunal Constitucional y, por tanto, considero que ni Cataluña ni ningún otro de los presuntos pueblos del Estado español ostenta derecho alguno a la autodeterminación.

Sin embargo, hemos de pensar que no pocos catalanes están convencidos de que, en el marco del derecho internacional, Cataluña tiene derecho a decidir su futuro, incluyendo la opción de conformarse como estado independiente. Gracias a la hábil estrategia de los conductores del procés se ha ido asentando entre muchos catalanes la idea de que ese derecho reconocido les es negado por un Estado opresor, que carece de las mínimas garantías democráticas, entre ellas de la separación de poderes e independencia judicial. Por eso, claro está, no se reconoce al Tribunal Constitucional (o a cualquier otro) y sus sentencias no gozan de ninguna autoridad, no van a convencer a nadie, más bien refuerzan las convicciones previas. Para colmo, pese a que a mí me parece fuera de toda discusión inteligente que el derecho de autodeterminación acordado en 1966 no es aplicable a Cataluña, hay unas cuantas personas de prestigio que no lo ven tan claro; es más, incluso hay voces que consideran (nunca lo dicen con absoluta rotundidad) que los catalanes podrían tener derecho a autodeterminarse como Estado independiente. No seamos pues tan ingenuos de pensar que todo está muy claro; hay suficientes ambigüedades y matices como para que los independentistas puedan sostener sin caer en el ridículo –por el contrario, con credibilidad– que Cataluña tiene reconocido el derecho a la autodeterminación y el Estado español se lo niega.

Ante esta situación, se me ocurre que quizá no fuera mala estrategia que desde el Gobierno español se plantease a la Generalitat que, aun entendiendo que Cataluña no tiene derecho a la autodeterminación, se estaría dispuesto a someter el asunto a un dictamen internacional, garantizándose el rigor jurídico y la imparcialidad. Es decir, que una comisión del más alto nivel jurídico se pronunciase sobre si el derecho de libre determinación de los pueblo, proclamado por la ONU en 1966, es de aplicación a Cataluña. Por supuesto, los dirigentes de los partidos que sostienen el gobierno catalán deberían comprometerse, así como el ejecutivo español, a respetar y acatar el dictamen.

A mi modo de ver, esta oferta desde el lado “español” sería tremendamente positiva en sí misma. De entrada, porque a cortísimo plazo tendría la bondad de desactivar el cansino discurso de que la única respuesta que da el Estado es la represión política y judicial; de pronto, los independentistas se quedarían en fuera de juego, desconcertados. Además, implicaría una especie de tregua, muy necesaria para posibilitar que en vez de las proclamas demagógicas e incitaciones a la violencia, empezaran a escucharse discusiones con un mínimo de sustancia argumental. Finalmente, estoy convencido de que el resultado de ese dictamen sería negativo, establecería que ese “derecho universal” no es aplicable a Cataluña. Ello, desde luego, no significaría que los independentistas renunciaran a sus anhelos, pero al menos habrían de renunciar a parte de las mentiras que alegremente exponen, perderían esa falsa pretensión de legitimidad y, probablemente, unos cuantos de sus acólitos abandonarían sus filas. Para mí, lo más importante es propiciar la disminución del porcentaje de independentistas como única vía para evitar la confrontación. Y, por cierto, si alguien me dijera que cabe la remota probabilidad de que ese comité de juristas concluyera reconociendo el derecho catalán a la autodeterminación, contestaría que habría de aceptarse y actuar en consecuencia (o sea, impulsar desde el Gobierno español los pasos legales procedentes, en el marco de la Constitución, para que los catalanes pudieran ejercer ese derecho). Para mí la unidad de España no está por encima del Derecho y, desde luego, me es mucho menos importante que evitar conflictos sangrientos (que parece que es lo que algunos desean).

Pero sé de sobra que hoy por hoy esta propuesta es absolutamente inviable. Y lo es desde los dos lados. La Generalitat nunca aceptaría vincularse a un dictamen jurídico neutral, por más que sus líderes cacarean reclamando la intervención internacional (mientras saben que el Estado no la acepta). No aceptarían porque saben de sobra que ello supondría deslegitimar su discurso. De otra parte, los dos principales partidos que claman por el 155 (a los que hay que sumar al nuevo) se precipitarían con salvaje entusiasmo a acusar al Gobierno de rendición humillante ante quienes quieren romper España y, lo más lamentable de todo, es que ese discurso encontraría un enorme apoyo entre los españoles (de modo que el Gobierno no se atrevería). Es muy triste comprobar cómo este país parece cada día más polarizado sin espacio para quienes buscan acuerdos, aparcar las emociones (emociones negativas, aclaro) frente a la razón. El otro día escuché que esta radicalización de las opiniones en relación a Cataluña no difiere demasiado de la que había en 1936. No comparto esa opinión, pero sí creo que el camino que llevamos es preocupante y que no conduce a nada bueno. En fin, ya pueden suponer cuál es uno de mis deseos para 2019.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Etapa 16: Punta de Teno - Las Portelas

Tras la interrupción navideña, reanudamos la Vuelta recuperando la etapa 16 que en su momento, un poco por las condiciones climatológicas y otro poco por falta de forma, habíamos pospuesto. Quedamos a las 8:30 en Las Portelas, donde Jorge, que ha venido acompañado de su hija Clara, deja aparcado el coche. Pasamos al mío y vamos hasta la Punta de Teno; son las nueve de la mañana y todavía no han cerrado la carretera. Nos sorprende que haya ya bastante gente en el lugar, probablemente por ser días de vacaciones y que el tiempo, aunque frío, esté magnífico. A modo de calentamiento, caminamos en sentido contrario, hacia el faro (el 21 de octubre, cuando llegamos aquí desde Buenavista, no tuvimos tiempo de pasear porque estaba a punto de salir la guagua de regreso). El primitivo faro es una pequeña torreta adosada a la fachada más exterior de una edificación cuadrada de una planta, de piedra traída de La Gomera, que albergaba dos viviendas para los respectivos fareros y sus familias. Todo el conjunto se construyó en la última década del XIX en el centro de la Punta de Teno, una mínima península rocosa que, prolongando la Isla, se convierte en el extremo más occidental de Tenerife. Por esas fechas no existía la carretera a Buenavista y llegar a la capital del municipio había de hacerse a pie por trochas que trepaban por los acantilados. La conexión habitual era por mar, arribando las falúas al pequeño embarcadero que no he logrado descubrir si estaba en el mismo sitio que el actual (al Este del istmo). Lo que sí sé es que con demasiada frecuencia el estado del mar impedía el atraco de las naves y los fareros quedaban varios días incomunicados. El faro actual, una torre cilíndrica de hormigón armado de 20 metros de altura pintada a franjas rojas y blancas se erigió en los setenta y su puesta en funcionamiento coincide, más o menos, con la apertura de la carretera, que haría accesible este extraordinario paraje. Hoy la instalación está completamente automatizada y telecontrolada. La vieja edificación, de momento sin uso, fue cedida por la Autoridad Portuaria al Ayuntamiento de Buenavista para destinarla a escuela taller pero, según me cuentan, los antiguos propietarios han reclamado la reversión de la propiedad y el asunto creo que todavía no ha sido resuelto. Lo cierto es que hoy la verja de entrada está cerrada, lo que nos impide llegar hasta el mirador que hay casi en el extremo de la Punta. Damos media vuelta y bajamos por la pasarela de traviesas de madera sobre el malpaís hasta la plaza de piedra situada en la cara Sur; de ahí, por un camino de tierra, llegamos al embarcadero que, a estas horas aun tempranas no muestra ninguna actividad. Luego subimos al borde de la carretera, a la explanada de aparcamiento.


Desde ahí giramos hacia el Este siguiendo una tenue trocha que se interna en el malpaís. A unos cuatrocientos metros se sitúa una vivienda unifamiliar que desde que la conozco me ha maravillado; no solo es una preciosidad arquitectónica sino que su emplazamiento aislado en medio de ese paisaje mágico le confiere una singularidad excepcional. El proyectista fue el madrileño Fernando Higueras (1930-2008), uno de los más relevantes de la arquitectura española de la segunda mitad del siglo pasado. Higueras conoció a César Manrique a principios de los sesenta haciendo cola en una tienda de pintura, se interesaron mutuamente y se hicieron amigos. Manrique, que entonces vivía en Madrid, llevó a su amigo a conocer Lanzarote en el 62 y ése fue un viaje iniciático: ambos se dieron cuenta de que la isla podía convertirse en un laboratorio que acogiera sus ideas creativas. La fama del proceso que transformó y revalorizó Lanzarote se la ha llevado el pintor canario pero hay bastantes indicios de que fue el arquitecto quien le hizo ver las inmensas posibilidades que se les abrían. Como fuera, lo cierto es que a partir de entonces se inicia una estrecha relación de Higueras con Canarias. Primero fue Lanzarote, pero enseguida dio el salto a Tenerife donde hizo bastantes proyectos aunque pocos han llegado a construirse. Tras exhaustivas búsquedas en internet no he encontrado ningún dato sobre esta vivienda, lo cual no deja de extrañarme. Sin embargo, un arquitecto que está trabajando para la familia propietaria de la casa (y de la casi totalidad de los terrenos de Teno Bajo) me asegura que le enseñaron los planos visados del proyecto con la firma de Higueras. Dice que le contaron que la vivienda era un piloto de una urbanización de lujo que se pretendía disponer en esa plataforma litoral. Sería interesantísimo encontrar documentación de ese proyecto que (afortunadamente) nunca llegó a realizarse. Supongo que todo eso –incluyendo la construcción del chalet– ocurriría a finales de los setenta o principios de los ochenta, poco después de que se abriera la carretera que comunica este paraje con Buenavista. Ciertamente, por esos años Higueras venía con frecuencia a Tenerife. En fin, pendiente de mayores investigaciones, lo cierto es que aquí está una maravillosa vivienda, que hasta hace poco era amarilla y recientemente han pintado de blanco (afeándola para mi gusto), como parte de unas obras de rehabilitación. Comprobamos que hay gente habitándola, sin duda turistas, ya que la casa está anunciada en airbnb al nada barato precio de 400 € diarios. La bordeamos y seguimos hacia el norte, tratando de llegar hasta el sendero PR-TF-51 que sube hacia Teno Alto.

Tras unos cuantos metros llegamos a una pequeña caseta (de instalaciones de servicio) y decidimos renunciar: hay demasiados arbustos que impiden el paso. De modo que retrocedemos hasta el camino de acceso a la vivienda y, a través de él, alcanzamos la carretera. Recorremos unos setecientos metros hasta unos antiguos invernaderos, hoy completamente desechos. Los bordeamos y en la esquina opuesta cogemos un camino que empieza a trepar la ladera. En realidad, el sendero oficial nace unos ochocientos metros más adelante, junto a la nave empaquetadora, y con él confluiremos tras los primeros cuatrocientos metros en los que subimos 120: ¡un 30% de pendiente media! Pero todavía nos queda el tramo peor: unos setecientos metros de tortuoso sendero que nos llevan desde los 180 metros sobre el nivel del mar a los 400, nada menos. Hemos de detenernos varias veces a recuperar fuerzas (y pausar el ritmo cardiaco), y aprovechar para mirar hacia la amplia meseta costera de Teno Bajo, apreciando ese espectacular paisaje en toda su grandiosidad. El camino es pedregoso, tintado de rojizo por la arenilla ferrosa; la ladera está colonizada por tabaibas, cardones, tuneras, verodes y otras plantas arbustivas. Abajo, haciendo abstracción de la espantosa mancha de los invernaderos, el terreno negro y ocre de la plataforma lávica y las rocas acantiladas de la costa (que se convierten en audaz punta que se adentra en el océano). Luego el mar y el horizonte y, sobre éste, la mole de La Gomera, nítida y majestuosa. El punto al que llegamos se dispone sobre la cornisa del macizo que enmarca la plataforma costera; el paraje se llama Las Azoteítas y tiene una especie de banco de piedra en el que descansamos un rato. A partir de aquí entramos en otro paisaje.


Este nuevo tramo del camino es bastante más descansado; seguimos ascendiendo pero con una pendiente suave (en torno al 10%). Recorridos los primeros 500 metros llegamos a una cancela con un cartel que pide que se mantenga cerrada para evitar que se escape el ganado (cabras) que pace libremente por estos prados. Abrimos y cerramos la puerta y seguimos adelante, cada vez con menos pendiente hasta que, a unos doscientos cincuenta metros de la cancela, el camino empieza a descender porque bajamos al cauce del barranco de las Cuevas, luego unas pocas viviendas con huertas y animales (unos gallos y gallinas hermosísimos) y el camino hormigonado de nuevo ascendente. Pero nos desviamos del mismo para seguir el sendero con un trazado más directo (y más en pendiente). Medio kilómetro más adelante y 110 metros más arriba volvemos a reintegrarnos al camino asfaltado (se llama de Las Cuevas), justo donde hay un pequeño grupito de casas rurales abandonadas y casi en ruinas. Seguimos unos cien metros por él para volverlo a abandonar. A partir de ahí, el sendero discurrirá durante mil ochocientos metros sin demasiada pendiente en dirección Este hasta llegar al núcleo de Teno Alto. Es éste un entorno de vegetación rala, casi pelado, donde aflora en varias partes la roca base; salvando las distancias, me recuerda el Pirineo en verano. Bordeamos la montaña del Vallado y me retraso para sentir el paisaje; me gusta mucho, casi diría que me emociona, esta soledad mágica, este silencio grandioso que de pronto rompen unas voces: turistas alemanes que están haciendo la misma ruta en sentido inverso. Aprovecho para decir que esta ha sido la etapa no urbana en la que más gente hemos encontrado. Sin duda el senderismo tiene cada vez más adeptos entre los visitantes de la Isla; no todo va a ser sol y playa.


Es la una menos cuarto cuando llegamos a Teno Alto. Llevamos tres horas y media de caminata para recorrer apenas siete kilómetros y medio; es decir, a una velocidad media de poco más de dos kilómetros a la hora. En nuestro descargo la dureza del recorrido: salimos desde el nivel del mar y estamos ahora en la cota de los 780 metros. Todavía subiremos unos doscientos metros más, pero las pendientes fuertes hace tiempo que pasaron (básicamente el primer tramo). Nos sentamos en la terracita del bar Los Bailaderos, abarrotada de turistas caminantes, la mayoría alemanes, y pedimos unas garbanzas y refrescos. Los Bailaderos es el nombre del caserío en el que estamos, el principal de Teno Alto que, en realidad, es el topónimos de toda el entorno. Era ésta tradicionalmente una zona de cereal, con abundantes eras que ya son solo vestigios etnográficos. El poblamiento se remonta a tiempos prehispánicos (hay una bonita leyenda sobre la nobleza de los guanches del lugar durante la Conquista). De hecho, parece que el nombre de “Bailadero” –repetido en otros lugares del Archipiélago– tiene su explicación en costumbres aborígenes, barajándose dos hipótesis al respecto. Según la primera, estos lugares corresponderían a antiguas plazas en las que los antiguos canarios celebraban sus fiestas con danzas vinculadas a ritos religiosos; la segunda opción hace derivar el término de “baladero”, por ser en estos espacios donde, mediante el ayuno, se forzaba a balar a las ovejas para que los dioses trajeran las lluvias. Cabras siguen quedando y el queso de Teno Alto goza de merecido prestigio. Mientras Jorge y Clara hablan por los móviles, me acerco a la adyacente plaza del caserío, acondicionada en el año 1986 por el Ayuntamiento de Buenavista, según reza en la inevitable placa sobre la fachada de la ermita. La ermita está bajo la advocación de San Jerónimo y data de principios del XVII aunque, de acuerdo a la documentación histórica, fue abandonada ya a mediados de ese siglo y se aprovecharon muchas de sus piedras para construir viviendas particulares del caserío. Actualmente presenta buen estado de conservación (imagino que sería restaurada en la fecha de la placa), respondiendo al aspecto tradicional de estos inmuebles religiosos en Tenerife. En fin, un caserío agradable, cuyo ancestral aislamiento –que llevó a que casi se despoblara en tiempos recientes– está siendo superado gracias a las visitas turísticas (hay unas cuantas casas de turismo rural).


Retomamos la marcha por el camino de La Mesita, una pista asfaltada que asciende sinuosamente en dirección Sur. A medidad que subimos, mirando al Oeste (hacia la Punta de Teno), se nos ofrece el espectacular paisaje por el que hemos caminado. Tras unos 850 metros de camino (y 80 metros de desnivel) abandonamos la pista para tomar a la izquierda un sendero cuyo primer tramo, de tierra rojiza y con escalones de piedras, sube la ladera para llevarnos hasta las cumbres que cierran por el Sur las laderas por las que discurre la carretera que sube a Teno Alto. Tras salvar unos cincuenta metros de desnivel, alcanzada más o menos la altitud de los 900 metros, el camino se adentra en un área boscosa de laurisilva, un paisaje de troncos delgados y retorcidos, cubiertos de musgo y empapados en niebla que evoca inevitablemente duendes y otros seres mágicos. Este recorrido apenas dura trescientos metros: de pronto acaban los árboles y se nos abre un paisaje abierto, de cumbre: rocas y matorral bajo y, sobre todo, majestuosas vistas a ambos flancos. Durante un buen trecho (hasta llegar al mirador de la carretera carretera de Masca, la TF-42), vamos a caminar por la principal arista cumbrera del Macizo de Teno, la que orientada Este-Oeste deja al Sur los impresionantes acantilados y al Norte la parte del Valle del Palmar y más allá la Isla Baja. Jorge me recuerda que en Canarias a las cimas lineales de las montañas, como éste por la que discurrimos, se las llama pericosas, término que también se usa para referirse a las copas de los árboles y por extensión a cualquier sitio alto. El vocablo lo recogen diversos diccionarios de canarismos (no así la RAE) pero no he logrado explicaciones sobre su origen. No cabe duda que proviene de alguna lengua romance, tal vez del italiano pericoloso,a, peligroso; tiene cierta lógica porque desde luego estar y moverse por sitios altos conlleva no pocos peligros.


Avanzamos unos dos kilómetros y medio por la cumbre del Carrizal, como señores de los magníficos paisajes que se extienden bajo nosotros con tentaciones al vértigo. Al poco de salir del bosque coronamos el punto más alto de la etapa (988 metros según la wikiloc) y, a partir de ahí, vamos descendiendo, mayoritariamente con pendientes suaves pero a veces los tramos se empinan presentando cierto riesgo. Me gustaría ser capaz de describir lo que vemos, pero no creo que se pueda con palabras y ni siquiera las fotos logran recoger las sensaciones “en vivo”: es lo que hay.




Aparece ante nosotros la carretera de Masca, la curva en la que cambia de vertiente y en la que, como es obvio, se ha dispuesto un mirador –Altos de Baracán, es su nombre– para que los automovilistas aparquen y por un ratito disfruten de parte de las vistas que nos llevan un buen rato acompañando. En este punto acaba el primer tramo del sendero PR-TF 51 (de dificultad alta, según el Cabildo, y es verdad pero solo en la primera parte) que sigue durante 14 kilómetros más hasta San José de los Llanos, pasando por las cumbres de Bolico y Erjos. Pero ese recorrido lo haremos otro día porque ahora hemos de descender hasta Las Portelas. El caserío lo vemos abajo en el valle pero tardamos un ratito en encontrar el sendero. Poco hay que contar de este último tramo de la etapa: en su primera parte el sendero es estrecho y de pendiente pronunciada, pero luego, al llegar a los terrenos cultivados, adopta un trazado más cómodo que acaba en una pista asfaltada (acceso Masapez, según la cartografía) y de la cual hemos de desviarnos para llegar al cauce del barranco (¿de las Lubes?) y, cruzado éste, hacer el último tramo casi a nivel que, convertido en calle del caserío, nos lleva al centro de Las Portelas; unos metros más allá está aparcado el coche de Jorge: fin de la caminata. Son las tres y media pasadas, de modo que llevamos seis horas y media en la ruta aunque hay que descontar la media hora larga del bar de Teno Alto; pero, aun así, es la etapa más larga, no en kilómetros (han sido algo más de trece) sino en tiempo. Y lo malo es que falta mucho para llegar a nuestras casas. Jorge y Clara me dejan en la estación de guaguas de Buenavista y tomo la que sale a las 16:10. Más o menos a las cuatro y medio estoy arrancando mi coche para recorrer los algo más de sesenta kilómetros que hay hasta mi casa. Normalmente se tarda una hora y diez pero a la altura de Buen Paso (Icod) me topo con un atasco descomunal que nos mantiene a paso de tortuga hasta llegar al municipio de Los Realejos. En resumen que llego a mi casa casi a las siete de la tarde, ya de noche, y muerto de hambre.


viernes, 21 de diciembre de 2018

Lo que yo creo que hay que hacer con Cataluña

Hay algo que para mí es evidente: un Estado no se puede mantener a largo plazo con una parte geográfica del mismo cuyos habitantes mayoritariamente quieren independizarse. No digo que sea el caso actual de Cataluña; parece que su población está dividida más o menos a partes iguales, lo cual ya es bastante grave.

Sin embargo, tanto el PP como Cs (y VOX, por supuesto) parecen no compartir eso que yo considero evidente. A la vista de sus propuestas, parecen considerar que pueden mantener por la fuerza la sacrosanta unidad de España. Bien, lo cierto es que, a corto plazo, esas soluciones funcionarían pero la pregunta es si, a medio o largo plazo, no serían contraproducentes, no nos abocarían a una brecha insalvable entre los catalanes y el resto de los españoles.

Imaginemos una suspensión del régimen autónomo catalán, la ilegalización de los partidos que defiendan la independencia, el encarcelamiento de más políticos … Todas estas medidas han sido ya propuestas por quienes se llaman demócratas y constitucionalistas. No significan otra cosa que instaurar un régimen de excepción en la región más próspera y europea del Estado, poco menos que una “ocupación”

¿Creen los “españolistas” que así se acabará con el independentismo? Tenemos varios antecedentes de estas soluciones en la Historia de España (el último no hace demasiado: el franquismo) y lo que ésta nos enseña es que los sentimientos y deseos centrífugos se reprimen pero no se extinguen, más bien se refuerzan y, cuando cesa la represión, explotan con más fuerza (es decir, los comparten más personas).

Por tanto, la pregunta pragmática es: en estos tiempos que corren, ¿se pueden mantener durante mucho tiempo ese tipo de medidas represoras? Yo creo que no. Pero lo grave no es eso, sino que, de adoptarse, cuando hayan de retirarse se estará en una situación peor que antes, con menos posibilidades de reconstruir puentes. Y si al final no hay más remedio que aceptar la segregación, ésta será a las malas.

Así que me pregunto, ¿tan grave sería contemplar la posibilidad de que Cataluña se independice? Sí, es verdad que se “rompería” la unidad de España pero, en realidad, ¿qué significa eso para los españoles (e incluyo en este término a los propios catalanes)? Piénsese, ¿en qué cambiaría la vida de cualquier españolito el que Cataluña fuera un país independiente? Contesto: si las cosas se hacen por las buenas, en nada.

Y conste que yo prefiero que eso no ocurra. Pero creo que las propuestas de la derecha española no son las adecuadas para lograrlo sino más bien nos llevan a un callejón sin salida, a un aumento de la tensión que fácilmente derive en violencia y que, de seguro, genera un clima de conflicto incompatible con cualquier objetivo de bienestar social. Para mí, la única estrategia posible es desarmar de argumentos a los independentistas y hacerlo antes de que sea demasiado tarde (ya se ha perdido mucho tiempo).

Ello pasa por plantear explícitamente que la segregación de una parte de España no es algo inadmisible y dar pruebas de que se está dispuesto a dar cauces para que los catalanes puedan expresar su voluntad al respecto. Eso no significa reconocer el derecho a la autodeterminación, pero si el derecho a manifestar sus deseos respecto de su relación con el Estado. Ahora bien, una vez expresada con claridad esa posición, habría que obtener a cambio el compromiso de los líderes catalanes del respeto a esos cauces de expresión de voluntad popular y de las posteriores consecuencias.

Y aquí es donde aparece la necesidad de líderes de la talla de los Trudeau (padre) o instituciones como el Tribunal Supremo canadiense. Desde luego, yo ofrecería a los catalanes la posibilidad de manifestar en referéndum su voluntad, peor previamente habría pactado unas condiciones que garantizasen que el proceso no fuera demagógico sino serio y meditado. La pregunta o preguntas a hacer, el tiempo de campaña (suficientemente largo para que se pudieran sopesar serenamente los pros y los contras), los mínimos de participación y los porcentajes para que los resultados fueran relevantes, etc.

También dejaría claro desde el principio que el resultado del referéndum nunca sería vinculante, porque obviamente la Constitución no permite que una región se separe unilateralmente. Pero, al mismo tiempo, me comprometería a que me vinculara políticamente. Es decir, si los catalanes deciden por mayoría suficiente que quieren independizarse, instaría una reforma constitucional para posibilitar tal opción; reforma que obviamente debería ser votada en referéndum por todos los españoles, de modo que siempre sería perfectamente legítima.

Esta estrategia, desde luego, sería abrir un proceso largo, no menor de cinco o seis años. Durante ese tiempo lo que primaría sería la búsqueda del consenso, no del enfrentamiento. Me atrevería a apostar que, de hacerse así, los catalanes no votarían mayoritariamente por la independencia de modo que el conflicto quedaría resuelto para las próximas tres o cuatro décadas. Y si votan que sí, habría que dejar que el conjunto de los españoles decidiera.

Lamentablemente, que en este país se abra un proceso como el que describo se me antoja imposible. Por lo visto, lo que da más réditos es azuzar la bronca, exaltar los ánimos, el tradicional guerracivilismo de las dos Españas. Y, como ya he dicho, creo que esa estrategia solo puede conducir al desastre. Esos que tanto se llenan la boca con su defensa de la unidad de España son, a mi juicio, los verdaderos traidores.

martes, 11 de diciembre de 2018

Dancing in the street

Marvin Gaye, palabras mayores, qué duda cabe. Y, sin embargo, lo descubrí tardíamente, debió ser hacia el 82 porque el primer disco suyo que escuché con atención –obviamente había oído canciones suyas antes– fue Midnight Love, el último que publicó en vida. Más o menos cuando yo nacía, Marvin, con veinte años, se instalaba en Detroit para, en poco tiempo, vincularse a la familia Gordy –se casó con Anna, diecisite años mayor que él– y fichar por la Motown. De nuevo palabras mayores: el sonido motown, en especial durante esa década prodigiosa de los sesenta (yo, claro, era demasiado niño y estaba demasiado lejos para enterarme de nada). Esa discográfica era una fábrica de éxitos, canciones que ya están para siempre en la historia de la música popular. La fórmula no era difícil: contar con unos excelentes compositores y unos excelentes músicos, sencillo, ¿verdad? En el otoño de 1964, cuando Gaye ya era una de las estrellas de la casa (y yo un chiquillo de cinco añitos), contribuye, junto a William "Mickey" Stevenson y Ivy Jo Hunter, en la composición de una cancioncilla alegre y pegadiza que había de interpretar el trío vocal Martha and the Vandellas. La canción es Dancing in the Street y a continuación pueden ver a las tres chicas interpretándola.


Tiene marcha, ¿a que sí? Aunque las tres muchachas se mueven muy recatadamente, quizá para no escandalizar a los televidentes de la época. Pero eso no impidió que alcanzaran un éito tremendo, creo que el mayor de su carrera. La letra no es que fuera muy profunda; se limitaba a gritar a todo el mundo –con menciones específicas a ciudades concretas de los USA– que había que salir a bailar a las calles, sin importar nada, solo bailar, reír y cantar. No está mal la propuesta en años de guerra fría y conflictos raciales en Estados Unidos. En fin, quizá no en las calles, pero desde luego los yanquis bailaron el tema hasta la saciedad. Enseguida cruzó el charco y también triunfó en otros países, entre ellos el Reino Unido, donde se situó en el cuarto puesto de las listas. Y aquí aparece otra banda mítica que deciden hacer un cover en su segundo LP. Me refiero a The Kinks y el álbum es el Kinda Kinks, publicado en marzo de 1965. El grupo de los hermanos Davies ya tenía cierta fama gracias a su You really got me y formaba parte de la invasión británica (a los USA), siempre a la sombra, claro está, de los incuestionados Beatles.


Solo unos meses después de álbum de los Kinks, en noviembre de 1965, un trío de Los Ángeles sacó el primero de la que no iba a ser una larga carrera en el que incluyeron el Dancing in the Street. Me refiero a los Walker Brothers (que no eran hermanos) y de los cuales solo conocía el cover que hacen de la maravillosa Love minus zero / No limit de Dylan. No he podido encontrar ningún video en la que los chicos cantaran el tema (tampoco es que su versión aporte demasiado, la verdad) y, en vez de poner el audio a secas, he preferido poner una la grabación de un show televisivo en el que interpretan uno de los mayores éxitos de Wilson Pickett, The land of 1.000 dances con su inconfundible na nanananá nananá naná (tuve la tentación de incrustar la versión de la de Dylan pero la resistí).


Al año siguiente se nos ofrece la siguiente versión a cargo de otro grupo de culto, The Mamas and the Papas. El tema apareció en su segundo álbum de estudio, The Mamas and the Papas, publicado en septiembre de 1966. La interpretación no estuvo nada mal, con bastante más marcha de la habitual en el repertorio folkie del cuarteto neoyorkino. Una de las aportaciones del grupo a la composición original fue que mencionan unas cuantas ciudades más, entre ellas una canadiense, Halifax, donde había nacido Denny Doherty. La última vez que cantaron el tema en vivo fue nada menos que en el célebre festival de Monterey de junio de 1967; el video que pongo a continuación recoge esa actuación.


Más o menos por la misma época en que los chicos de Mama Cassidy bailaban en la calle, uno de los grandes grupos de la psicodelia gringa incluyeron comenzaron a interpretar la canción en sus conciertos. Me refiero a los locos de Grateful Dead que eran más famosos por sus actuaciones en vivo que por su discografía de estudio. De hecho, este tema no lo grabaron hasta 1977 en su álbum Terrapin Station. No obstante, para ser fiel al espíritu de la banda y aunque imagen y sonido dejan mucho que desear, he preferido poner una grabación de un concierto en el parque Golden Gate de San Francisco, en septiembre de 1967. La ciudad del Norte de California vivía en esos días su apogeo como capital de la contracultura hippy y los Dead eran unos de sus mejores exponentes musicales. La guitarra de García era, desde luego, una verdadera maravilla: sonido rock del bueno.


Dejamos los sesenta –no he encontrado más versiones en esa década– y pasamos a los setenta para toparnos con que esta canción aparece en The King of Rock and Roll, el disco que en 1971 publicó nada menos que Little Richard. Merece la pena disfrutar de la entrega vocal del señor Penniman y entender por qué había enamorado a los Beatles y a los Stones. Lamentablemente no parece haber videos en los que este pionero del rock interprete el bailando en la calle, y es una pena porque era fantástico sobre un escenario. Así que, imagínenselo mientras oyen el single de Reprise Recordings. Desde luego, a diferencia de las versiones anteriores, ésta es la primera en que el cantante se apropia de la canción, la llena con su personalidad dándole un plus inimitable.


En este recorrido por los intérpretes de Dancing in the Street aparece en 1974 una banda que había olvidado hace más de cuarenta años: los Black Oak Arkansas, unos locos contraculturales de rock sureño, cuyo primer LP –en vinilo, desde luego– era uno de los que tenía en mi escasa discoteca a los dieciséis años (se trataba del homónimo Black Oak Arkansas, de 1971). Pero creo que no he escuchado ningún otro y ahora descubro no solo que grabaron el tema que nos ocupa en 1974 en el álbum Street Party (la canción encaja bien con ese título, sin duda), sino que los tíos siguen en activo. Jim “Dandy” Mangrum, el cantante y líder del grupo, ahora un viejete de 70 tacos, sigue subiéndose a los escenarios con la chupa de cuero abierta sobre una camiseta que no disimula la barriga cervecera y la melena rubia de sus comienzos; no me queda claro si es patético o admirable (o ambas cosas). En todo caso, la versión de Dancing in the Street, con la voz rasposa de Dandy, el ritmo más acelerado de lo normal y las guitarras envolventes y un poquito enervantes típicas del rock sureño (aunque no sean las de Duane Allman) tiene no poco interés.


Dejemos los setenta (mi década preferida en lo musical) y pasemos a los ochenta. En 1982 Van Halen saca su quinto álbum, Diver Down, planteado inicialmente como un disco de descanso con versiones de canciones populares (la más famosa, Pretty Woman de Roy Orbison). Van Halen no es precisamente de mis favoritos pese a lo cual reconozco que tienen temas de muy buena calidad y que la guitarra de Eddie es fantástica. De hecho, en su versión, Dancing in the Street casi pierde el aire motown original para vestirse con los sonidos del heavy y he de confesar que no me disgusta para nada. Pongo un video de una actuación en vivo en 1983 en el que la imagen es bastante defectuosa, pero es lo que hay.


Y llegamos al 85, año en el que yo –como muchos, supongo–descubrí Dancing in the Street gracias a la versión que hicieron dos de mis cantantes favoritos: Mick Jagger y David Bowie. El plan original era interpretarla en vivo en el famoso megaconcierto Live Aide organizado por Bob Gedolf contra el hambre en Etiopía, cantando Bowie desde el estadio de Wembley en Londres y Jagger desde el JF Kennedy en Filadelfia. No obstante, hubo que abandonar la atrevida idea porque la conexión vía satélite impedía la perfecta sincronización (¿se acuerdan de ese concierto? ¿De la rutilante presencia de Freddy Mercury? ¿Del We are the world final? ¿De McCartney, Dylan y tantos otros músicos e primea línea? Fue un momento clave en la historia el rock). Descartada la grabación en vivo, los dos genios la hicieron en junio en los estudio londinenses de Abbey Road y la publicaron en un single (el disco tenía tres versiones distintas); años después (en 2002), la versión se incluiría en el doble CD recopilatorio Best of Bowie. La interpretación fue un éxito mundial y llegó al número uno en casi todas las listas (incluyendo España). Aun reconociendo que no soy objetivo –me trae muy buenos recuerdos– ésta es desde luego mi favorita. Ahí va el video oficial.


Y hasta aquí quería llegar; mostrar las versiones de una estupenda canción durante veinte años. A estas alturas han pasado treinta más y revisándolos encuentro algunas más, pero no tantas y, sobre todo, no tan relevantes como las que he reseñado en el post. La única que salvo es la de Phil Collins de su disco Going Back (2010), en el que pretendía hacer un homenaje al sonido Motown, de modo que viene muy bien para cerrar el post (el círculo) con una vuelta a los orígenes. Pues nada, a bailar en la calle porque all we need is music, sweet music.