miércoles, 7 de septiembre de 2016

Sobre Casandra (2)

En el Canto XIII de la Iliada, se nos cuenta la tremenda batalla que se desata junto a las naves aqueas, con la participación de Zeus y Poseidón, a favor de troyanos y griegos, respectivamente. Idomeneo, rey de Creta, destaca entre los aqueos matando troyanos a diestro y siniestro. El primero que se carga es un tal Otrioneo de quien Homero nos informa lo siguiente: “Éste había acudido de Cabeso a Ilio cuando tuvo noticia de la guerra y pedido en matrimonio a Casandra, la más hermosa de las hijas de Príamo, sin obligación de dotarla; pero ofreciendo una gran cosa: que echaría de Troya a los aqueos. El anciano Príamo accedió y consintió en dársela; y el héroe combatía, confiando en la promesa”. Cabeso, dicho sea entre paréntesis, era una pequeña ciudad de la Troade, la región en la que se situaba Troya. No es extraño pues que los vecinos de esa localidad acudieran a defender a Ilio de los invasores lejanos (al menos, del otro lado del Egeo), pero por lo que parece no se sentían obligados. Si Otrioneo acude a la guerra es porque estaba enamorado de Casandra y quería casarse con ella. Homero, en la primera mención que hace de nuestro personaje, nos asegura que era la más hermosa de las hijas de Príamo; o sea, nos informa de su filiación y de su belleza, nada más por el momento. Añade, eso sí, que el rey accede a dársela como esposa. Naturalmente, por muy bella y valiosa que fuera para las estrategias matrimoniales de Príamo, el precio que ofrecía pagar el joven pretendiente era más que suficiente. Lamentablemente, como ya hemos visto, Idomeneo, “aunque ya semicano”, acabó con las esperanzas del chaval clavándole la lanza en el vientre. De Otrioneo nada más sabemos; el personaje no ha inspirado a posteriores autores. Puestos a ello, nada nos impide fantasear con las breves horas, o quizá días, que pasaría en Troya a su llegada de Cabeso. ¿Venía atraído por la fama de la belleza de Casandra y al verla se enamoró perdidamente de nuestra protagonista? Cuando se conocieron, ¿hubo algo entre ellos, algo más que las simples presentaciones formales?

  
Obertura - Wolfgang Amadeus Mozart (Idomeneo, Re di Creta, 1781)

El segundo y último párrafo de la Iliada en el que se menciona a Casandra se encuentra en el Canto XXIV, donde se nos cuenta cómo Príamo, destrozado por el dolor, se llega hasta la tienda de Aquiles para suplicar al cruel héroe griego que le entregue el cadáver de Héctor. El viejo rey logra su objetivo y torna en la madrugada hacia Troya. La aurora estaba esparciendo su azafranado velo por la tierra cuando Casandra, “subiendo a Pérgamo, distinguió el carro y en él a su padre y al heraldo, pregonero de la ciudad, y vio detrás a Héctor, tendido en un lecho que las mulas conducían”. Pérgamo, en el interior de Troya, era la ciudadela sagrada que obviamente estaba en lo más alto para desde ahí poder otear el panorama al exterior de las imponentes murallas que circundaban la ciudad. Este Pérgamo de la Iliada no es la ciudad del mismo nombre (está a algo más de 200 kilómetros por carretera hacia el Sur) pero, según la Leyenda, fue fundada por uno de los hijos que Andrómaca, la mujer de Héctor, tuvo con Neoptólemo, el hijo de Aquiles, a quien fue concedida como botín de guerra. Pero lo que nos importa es que en este segundo pasaje Casandra adquiere voz, en cierto modo Homero nos la presenta viva, actuando. Su actuación consiste en prorrumpir en sollozos y clamar por toda la ciudad convocando a los troyanos a que se junten para recibir el cadáver de Héctor. No es un papel muy vistoso, ni tampoco nos aporta gran cosa sobre el personaje. Una hermana destrozada por la tristeza que grita a sus vecinos, nada más; no hay alusión a sus vaticinios, a sus dotes proféticas. ¿O sí? Leyendo ese párrafo podríamos preguntarnos por qué precisamente ella es la única que advierte la llegada de Príamo, ¿acaso había anticipado esa escena? ¿Bastó tan breve presentación del personaje para que posteriormente se la caracterizara como profetisa? Quizá aventuro demasiado, condicionado desde el conocimiento; lo cierto es que de la sola lectura de la Iliada no obtenemos una imagen definida de Casandra, tan solo la mera noticia de su existencia: hija de Príamo y hermana de Héctor, joven y muy bella.

En La Odisea sólo una vez puede leerse el nombre de Casandra. Es en el terrible Canto XI, en el que Ulises y sus compañeros arriban a los confines del Océano, al sitio indicado por Circe, y convocan las almas de los muertos. Después de que se le aparecieran y le hablaran Elpénor, su madre Anticlea, Tiresias y numerosas mujeres, lo hace el angustiado espíritu de Agamenón, derramando copiosas lágrimas. Ulises le pregunta cómo ha muerto y el átrida contesta: “Egisto fue quien me preparó la muerte y el hado, pues, de acuerdo con mi funesta esposa, me llamó a su casa, me dio de comer y me quitó la vida como se mata a un buey junto a un pesebre. Morí de este modo, padeciendo deplorable muerte; y a mi alrededor fueron asesinados mis compañeros, unos en pos de otros, como en la casa de un hombre rico y poderosísimo son degollados los puercos de albos dientes para una comida de bodas, un festín a escote, o un banquete espléndido. …. Oí la misérrima voz de Casandra, hija de Príamo, a la cual estaba matando, junto a mi, la dolosa Clitemnestra; y yo, en tierra y moribundo, alzaba los brazos para asirle la espada. Mas la descarada fuese luego, sin que se dignara bajarme los párpados ni cerrarme la boca, aunque me veía descender a la morada de Hades”. O sea, que Homero nos informa de que Agamenón había regresado a Micenas con Casandra, aunque no nos dice que de ésta se había apoderado como botín de guerra, si bien es fácil deducirlo. También nos hace saber que ambos fueron asesinados muerto por Egisto y Clitemnestra, conjurados, aunque no se extiende en explicarnos lo que había pasado ni lo que pasaría a continuación (habrá que esperar a Esquilo y luego a Eurípides para saber de Ifigenia y de Orestes, entre muchos otros personajes). Así pues, tampoco en la Odisea Homero aporta apenas noticias sobre Casandra, salvo las nada menores de su vínculo (en principio forzado) con Agamenón y su muerte en Micenas.

Tan escasa información en las dos grandes epopeyas griegas, las más antiguas que nos han llegado, no hace sino confirmar que el carácter y avatares de Casandra, como los de los demás personajes de la mitología helena, eran suficientemente conocidos por los contemporáneos, el público que acudía a escuchar los cantos de los aedos. Estos griegos del siglo VIII aC, cuando escuchaban embelesados en la Iliada el nombre de Casandra, sabían de sobra que esa mujer era una adivina, sacerdotisa de Apolo, y que advertiría a sus conciudadanos de los peligros del gran caballo de madera que habían dejado los aqueos, aunque ninguna de estas historias las narrara Homero. Del mismo modo, cuando oían los lamentos de Agamenón por su traicionera muerta, pensarían en la compleja conjura micénica, en el posterior asesinato de Clitemnestra, etc, etc. Las dos grandes obras homéricas no eran los únicos poemas que circulaban en aquella época arcaica. Se conocen los nombres de otros autores (Estasino de Chipre, Arctino de Mileto, Eumelo de Corinto, Lesques de Lesbos, Agias de Trezén, Pisandro de Camiros, Eugamón de Cirene) que escribieron poemas, cuyo conjunto se ha dado en denominar el ciclo troyano. Todos ellos se han perdido pero contamos con los resúmenes que de varias de esas obras hace Procio en su Crestomanía (no está claro si este Procio fue un importante filósofo neoplatónico del siglo V dC o un gramático del siglo II dC). Yo, la verdad, no he leído ninguno de estos resúmenes, en concreto de seis obras, y me he conformado con revisar los resúmenes de los resúmenes que se pueden encontrar en varias páginas de internet. En ellos he indagado en busca de Casandra, para completar el más antiguo estrato de sus orígenes literarios (si dispusiéramos de grabaciones, podríamos irnos más hacia atrás en el tiempo, siguiendo la tradición oral).

En Ciprias, once libros que se atribuyen a Estásino de Chipre o a Hegesias de Salamis se narran los hechos anteriores a la Iliada, desde la boda de Peleo y Tetis (en la que aparecería Éride para arrojar la famosa manzana que causaría la disputa de las tres diosas y la perdición de Paris) hasta el cabreo de Aquiles y su apartamiento del bando aqueo, que es como comienza Homero (“Canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles …”). Parece que a propósito del viaje de Paris a Esparta (donde seducirá y raptará a Helena) se mencionan las dotes proféticas de Casandra. En La Etiópida se nos cuenta la llegada de las amazonas para luchar al lado de los troyanos (con poca fortuna porque enseguida Aquiles se carga a Pentesilea) y acaba con la muerte de Aquiles por Paris y la posterior disputa entre Odiseo y Ayax por sus armas; no parece que se aparezca Casandra. La llamada Pequeña Iliada –cuatro libros– se centra en los episodios finales de la guerra, desde donde la dejó Homero, que conducen a la victoria aquea: la muerte de Paris, la boda de Helena y Deífobo después de que Héleno no lo consiguiera, las últimas escaramuzas y, por fin, el protagonismo de Ulises, que entra como espía en la ciudad y por fin el caballo de madera. Aquí sí aparece Casandra, justamente advirtiendo a los troyanos que el caballo no es un regalo sino una trampa e intentando “destrozar todas aquellas maderas o prenderles ardiente fuego: para eso cogió de su hogar un tizón de pino todavía encendido... en la otra mano llevaba un hacha de doble filo.... Pero en un momento le quitaron de las manos el fuego y el hierro aniquilador.." La cuarta obra (en el orden cronológico del relato, no de su escritura) es La Iliupersis o el Saqueo de Ilión; en ella se debía narrar con detalle la violación de Casandra por Áyax y su posterior entrega a Agamenón como botín de guerra. Seguirían cinco libros atribuidos a Agías de Trezén o a Eumolpo que contaban los regresos de los principales caudillos aqueos (menos el de Odiseo, claro) y, entre ellos, la llegada de Agamenón a Micenas y su muerte a manos de Egisto y Clitemnestra; cabe suponer que también se informaría del asesinato de Casandra. La última obra del ciclo troyano es la Telegonía, que cuenta un nuevo viaje de Ulises que se va de Ítaca debido a la infidelidad de Penélope (sorpresa, sorpresa); pero Casandra no aparece, lo cual es lógico porque se supone que ya está muerta.

Concluyo: desde que acabó la supuesta guerra de Troya y durante cuatro siglos se fue construyendo a través de la tradición oral el gran relato mitológico en torno a ese acontecimiento. Con la adopción del alfabeto fenicio (que evolucionaría para convertirse en el griego) se pone por escrito esta epopeya en el periodo arcaico, entre los siglos VIII y VI aC. A nosotros sólo nos han llegado las dos grandes obras atribuidas a Homero, pero sabemos que había al menos seis más. Por tanto, hay que suponer que antes de la época clásica, los griegos contaban con el relato sobre Troya y asuntos relacionados completamente fijado por escrito. Los datos básicos sobre Casandra, uno de los personajes de la epopeya troyana, también estaban claros. Luego, a partir del siglo V aC, vendrán los Esquilo y compañía a enriquecer a nuestro personaje (y a los restantes). Y después los romanos, y así hasta nuestras fechas.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Diario de Casandra (4)

Hace una semana que dejé de tomar el clozaril. No le he dicho nada a nadie, claro, ni siquiera a mi mellizo Héleno a quien hasta no hace mucho nada le escondía. Si alguno de mi familia, mi padre especialmente, se enterara lo más probable es que volvieran a recluirme en el sanatorio. Tienen pánico a mis trances, a los que llaman crisis esquizofrénicas. Y supongo que ahora, en estos momento en que –pobres ingenuos– creen que van a alcanzar la victoria definitiva, menos que nunca les apetece que Casandra, la agorera, vuelva a la andadas. Todavía, sin embargo, no ha llegado ningún trance. Supongo que los efectos de la clozapina tardan en desaparecer. Aún así, enseguida, desde el primer día en que no tomé la pastilla, noté una mayor claridad mental, que empezaba a disiparse ese abotargamiento casi continuado. Y hoy, al levantarme, he percibido por fin los signos con que mi cuerpo anuncia la inminencia del trance. En distintas partes del cuerpo se activan los músculos en palpitaciones involuntarias, fasciculaciones creo que es el término preciso. Son espasmos breves y apenas dolorosos; en el brazo, luego en el muslo, después en el abdomen … Al principio se presentan espaciados, pero a medida que se acerca el trance se van juntando y, cuando faltan unas dos horas, se convierten en calambres, principalmente en los gemelos y en los pies, éstos sí tremendamente dolorosos. Hace un momento ha pasado el que sé que es el último de los calambres; ahora dispongo de unos noventa minutos para prepararme. Me he encerrado en mi apartamento tras despedir a mi cuñada Andrómaca con la excusa de que quería escribir (Andrómaca pasa casi todas las tardes conmigo; se supone que he de ayudarla a sobrellevar la muerte de Héctor aunque a veces pienso que viene aquí para vigilarme, por encargo de mis padres).

Así que aquí estoy, sentada frente a mi ordenador, recordando. Me remonto al principio, antes de que el desastre empezara. Pero más cierto sería decir antes de que yo supiera, de que nadie supiera. Porque los hechos se anudan unos a otros, de modo que aunque aún no hayan sucedido es sólo cuestión de tiempo –de tiempo, justamente de tiempo– que nos golpeen los eslabones predestinados. Mi dolorosa experiencia me ha convencido de que todos y todo estamos sujetos a Ananké, la más poderosa de las diosas (démosle esa naturaleza, para entendernos), la que impulsa a Chronos, su compañero, a pautar la inevitabilidad de las horas, de los días, de nuestras vidas. Y en éstas no nos cabe sino la triste encomienda de representar el guión escrito. Ni la más poderosa voluntad humana es capaz de burlar los designios de las Moiras. Yo, que soy fuerte, la más fuerte de una poderosa estirpe, lo he intentado, he puesto todo mi empeño en alterar el texto colmado de desgracias que para mi familia guarda el Destino. Desgracias que me anticipaban mis malditas voces premonitorias y, por tanto, sufría desde mucho antes, con un dolor multiplicado por la impotencia. A lo largo de estos casi diez años he ido confirmando la inutilidad de nuestros esfuerzos en mis propios fracasos. Ni siquiera Dios, los dioses, si es que existen, podrían contradecir esta fuerza fundamental del Universo, la Necesidad que es el núcleo del Ser, la esencia de todas las cosas. No obstante, para mí hubo un antes, un tiempo en que no conocía los trances ni imaginaba todavía nada de lo que había de ocurrir. Fue la infancia, años de felicidad, una niña a la que el mundo se le ofrece como fuente infinita de placeres, de alegrías. Pero también la adolescencia y el inicio de la juventud. Y la llegada del primer deslumbramiento amoroso: Agamenón

Rememoro mayo de 2005. Estaba acabando el segundo año de ingeniería informática en la Universidad de Barcelona, si bien también llevaba asignaturas de matemáticas con la intención de obtener ambas licenciaturas. Por aquel entonces yo era la mujer perfecta: joven, bella, rica y muy inteligente. Siguiendo la tradición familiar (que casi se remontaba a la Edad Media catalana), era Héctor quien, sin ninguna discusión, estaba llamado a suceder a nuestro padre al frente de la empresa; tanto por primogénito como, sobre todo, por ser varón. Sin embargo, Príamo daba por supuesto que sería yo quien realmente daría continuidad a su obra, actuando a la sombra de mi hermano mayor, aconsejándolo y protegiéndolo. No sólo por mi muy superior clarividencia sino también por ser la que más amaba entre sus muchos hijos. Esa situación cambiaría mucho y muy deprisa en los siguientes meses pero, en aquellas fechas, las cosas estaban muy claras para todos, empezando por mí misma, que asumía con ilusión mi destino como alma de Troya y me preparaba intensamente para ello. De hecho, ya por entonces, con apenas diecinueve años, trabajaba a tiempo parcial en la empresa por voluntad de mi padre, a fin de familiarizarme con los negocios que abordábamos, con nuestras peculiaridades (fortalezas y debilidades), conocer las estrategias, la evolución del sector, las oportunidades y riesgos … Ese verano tenía previsto cursar un seminario introductorio de MBA en Berkeley, que de paso contribuiría a mejorar mi ya bastante correcto inglés. En resumen, era una joya de chica, con un futuro que no era prometedor porque se consideraba seguro.

Una tarde, como tantas anteriores, después unas horas revisando los últimos movimientos contables, me dirigí al Templo; quería saludar a mi padre y, de paso, preguntarle por unas cuantiosas transferencias que recientemente se habían dirigido a una compañía griega de software, Hellas Digital. Herófila –todavía trabajaba para nosotros– me advirtió que estaba reunido con unos extranjeros importantes, no se le podía interrumpir. Pensé en retirarme pero justo entonces se abrió la gran puerta de la Sala del Consejo y salió Príamo acompañado de tres o cuatro hombres. He reconstruido esa escena tantas veces que ahora sé perfectamente que estaban Ulises, Áyax y Menelao, pero en ese momento mi mirada, mis sentidos todos, quedaron imantados con brutal potencia por uno solo de ellos, por Agamenón. Por un instante eterno el universo se detuvo, el aire se escapó de mi cuerpo, cesaron los pensamientos, cualquier movimiento orgánico. Agamenón, enfrente de mí, también me miraba extático, sosteniendo con sus ojos la extraordinaria intensidad de esa ligazón mística que nos enlazaba. Sé de sobra que suena fantasioso, hasta cursi, lo admito, pero no alcanzo a encontrar palabras con las que describir la singularidad mágica de esa sensación compartida. Y digo compartida porque, sin necesidad de pensarlo, desde el primer momento se me hizo evidente, con la rotundidad de lo inevitable, que esa violenta, implacable atracción que padecía era mutua. Si de mí hubiera dependido jamás habría encontrado el modo de romper ese hechizo paralizante. Pero Agamenón, hombre experimentado, entrenado ya en el disimulo, supo quebrarlo, fue capaz de apartar la mirada al tiempo que apoyaba la mano sobre la espalda de mi padre, empujándolo muy sutilmente hacia mí.

Mi padre, sin aparentemente percatarse de mi turbación, sonrió ampliamente al verme y se apresuró a hacer las presentaciones, elogiándome desmedidamente ante los visitantes. Cuando, después de saludar a sus acompañantes, estiré la mano hacia Agamenón, cogiéndomela, me atrajo hacia sí y con tono burlón me pidió permiso para darme un beso, pues quería ser como mi segundo padre. Debí enrojecer intensamente porque, mientras sentía la ardiente quemazón de sus labios en mi mejilla, escuché reír a mi padre y decir que era la primera vez que veía a su hija, siempre tan segura, comportarse como una tímida muchachita. Lo cierto es que sentía un confuso torbellino de emociones que me impedía comportarme como usualmente lo hacía. Por primera vez en mi vida, asistía impotente a un vertiginoso fluir de acontecimientos respecto del cual no tenía ningún control, pese a desear con toda mi alma poder controlarlos, entenderlos al menos. Como en una película a cámara rápida, los griegos se despidieron y siguieron hacia la salida escoltados por Príamo, Héctor y algún otro ejecutivo de Troya. Yo me quedé clavada en el sitio, como una estatua. La voz irónica de Herófila me volvió a la realidad: huy, huy, huy, canturreó, la doncella se nos ha enamorado, y lo ha hecho de quien menos le conviene. Herófila dejó la empresa pocos meses después, contratada por Agamenón; fue probablemente uno de los primeros “actos bélicos”. Entonces yo casi ni me fijaba en ella, de hecho lo que me dijo aquel día me sorprendió, entre otros motivos, por provenir de quien se me antojaba una mosquita muerta. Sin embargo, meditando con posterioridad, me he convencido de que Herófila era mucho más de lo que aparentaba, que podía ver y anticipar lo que los demás no podían, y que Agamenón se dio cuenta, como poco después se daría cuenta de mis propias capacidades, casi antes que yo misma. Ahora bien, entonces no pensé nada de esto; simplemente me ruboricé y no supe que contestar. Yo, la hija favorita del presidente todopoderoso, siempre tan segura, salí corriendo hacia mi apartamento.

Me apetecería seguir recordando aquellos tiempos pero se me ha acabado el tiempo. Siento ya que el trance se apodera de mí.

  
Shot of love - Bob Dylan (Shot of Love, 1981)

viernes, 2 de septiembre de 2016

Un gobierno sin el PP es razonable y posible

A los políticos electos les encanta traducir los fríos resultados electorales en mensajes imperativos de los españoles. Así, por ejemplo, los del PP nos aseguran que los españoles han querido que el presidente del gobierno sea Mariano Rajoy; por el contrario, los de otros partidos suelen hacer notar que una mayoría de españoles no ha querido que el presidente de Gobierno sea Rajoy. Desde luego no es posible obtener, con una mínima seriedad, ningún mensaje claro de los votos, y eso justamente permite a cada partido arrimar el ascua a su sardina. El ciudadano lo único que hace es dar su voto a un candidato que (salvo en Madrid) no pretende ser presidente de Gobierno. Lo más que podemos aventurar es que, si vota a uno de los “cuatro grandes”, es bastante probable que desee que el correspondiente cabeza de lista sea presidente de gobierno o, al menos, participe en éste, pero ni eso es seguro. Al final, lo único cierto, es que los ciudadanos otorgan su representación (le prestan su voz) a unos señores concretos que se presentan en el Congreso. Como además todos los miembros de cada partido votan lo mismo (disciplina), podemos concluir que todos los votantes de cada partido han cedido su representación al órgano (o persona) de máxima autoridad de dicho partido. En otras palabras, cuando los 137 diputados del PP votan que Rajoy sea presidente, hemos de asumir por respeto a las reglas de este juego que los 7,9 millones de españoles que han votado al PP quieren que Rajoy sea presidente. Del mismo modo, cuando los 85 diputados del PSOE votan unánimemente que Rajoy no sea presidente, hay que suponer que los 5,5 millones de españoles que los han puesto en el Congreso quieren que Rajoy no sea presidente.

En este marco, el de la democracia representativa, lo que han dejado claro las dos sesiones parlamentarias del primer intento (frustrado) de investidura es que hay 11.108.034 españoles que quieren que Rajoy sea presidente, 12.055.883 que quieren que no lo sea, y 11.433.121 que no tienen quien los represente. Es decir, que a la vista de los resultados electorales, a la pregunta “¿quiere usted que Rajoy sea presidente? “, de cada 100 españoles 32 dicen que sí, 35 dicen que no y 33 no saben/no contestan. Pero es más, si atendemos no al escueto voto final sino a las argumentaciones de los portavoces, mientras que todos los que votaron no manifestaron con rotundidad su oposición a que Rajoy sea presidente, de los que le dieron su apoyo sólo el de los del PP fue entusiasta. Creo que estaremos de acuerdo en que tanto los de Ciudadanos como la de Coalición Canaria votaron como podrían haber votado no o abstenerse. Con esta apreciación, habría que dividir los 32 españoles de cada centena que antes decíamos que quieren que Rajoy sea presidente en dos grupos: 23 que sí quieren que Rajoy sea presidente y 9 que, por simplificar, les viene a dar un poco lo mismo. Contados así los resultados electorales (y no creo estar distorsionando su interpretación) no está tan claro que un gobierno de Rajoy sea lo que mejor expresa la voluntad de los españoles. Sin duda es la persona que más españoles quieren que sea presidente pero, a la vez, no me parece aventurado asegurar que hay todavía muchos más españoles que quieren que no lo sea, que quieren al PP fuera del gobierno.

Me da la impresión que, al menos en estos momentos, es más decisivo (y hasta más democrático) que el gobierno que se constituya sea el que menos rechazo genere. Y es que ése es el drama de Rajoy y del PP, que no parece ser capaz de reducir el número de rechazos por debajo de la mitad del número de congresistas. Dicho de otra forma, de momento Mariano es el candidato a presidente que más apoyos tiene pero a la vez es el que cuenta con más apoyos para ser el jefe de la oposición. Dicho de otra forma, son más los diputados que quieren echar al PP del gobierno que quienes quieren que esté o estén dispuestos a que esté (180 – 137 – 33, en concreto). Así las cosas, en contra de lo que afirmó Rajoy apelando a la manida táctica del miedo, es perfectamente viable alguna posibilidad de gobierno minoritario que garantice que el PP se quede en la oposición. Que exista ese gobierno pasa, obviamente, porque el PSOE deje de repetir la interpretación que hace de los resultados electorales (tan errónea como la del PP): que los españoles han querido que sea el principal partido de la oposición. No, más correcto sería afirmar que es el PP el partido que más españoles quieren que esté en la oposición y, por tanto, Pedrito estaría obligado a proponer una alternativa de gobierno, como bastante explícitamente se la han pedido casi todos los portavoces, mientras él miraba para otro lado y a veces esbozaba unas sonrisas bastante tontas.

Para que esa alternativa sea viable, la aritmética obliga a que voten , además de los diputados socialistas, los de Podemos. Habría así 156 apoyos, más que los 137 seguros votos negativos de los peperos. Sé de sobra que Sánchez no quiere pactar nada con Iglesias, que en el PSOE prefieren terceras elecciones (¿y hundirse más?) a asociarse. Bien, que Podemos renuncie a entrar en ese gobierno, que rebaje al mínimo indispensable, casi simbólico, el precio de sus 71 votos afirmativos. En mi opinión, Iglesias y los suyos tienen que saber que aún no ha llegado su momento y, en las actuales circunstancias, el máximo rendimiento que pueden obtener es aparecer ante la ciudadanía como quienes propician el cambio de gobierno y el fin de las políticas de recortes del PP. Han de hacerle a Pedro Sánchez una oferta que no puedan rechazar, no darle ninguna excusa para escaquearse. Si a esos 156 síes se suman los de Ciudadanos, Sánchez sería inevitablemente investido, porque alcanzaría los 188 apoyos, cifra impensable para el PP. No me parece que sea muy difícil conseguir un acuerdo de investidura entre PSOE y C’s, pues al fin y al cabo ya lo alcanzaron hace unos meses. Pero, si Albert(ito) no estuviera dispuesto a decir que sí, por lo menos debería podérsele convencer (apelando a su sentido de Estado como hizo el otro día el portavoz de Compromís) de que se abstuviera, ya que Podemos que es su bestia negra no iba a estar en el Gobierno. Absteniéndose Ciudadanos, incluso con los votos en contra de los catalanes “rupturistas” y EH Bildu (que votarían lo mismo que el PP), sólo necesitaría un apoyo y cinco abstenciones de los seis escaños que restan. Coalición Canaria votaría a favor a cambio de los elementales compromisos de lo que aquí se llama la “agenda canaria”. En cuanto al PNV no me parece nada difícil conseguir la abstención y hasta veo bastante sencillo el apoyo en positivo.

En resumen, que siempre que Pedro Sánchez asuma que sí dan las cifras y que debe intentar un gobierno alternativo y los de Pablito se conformen con estar fuera de ese gobierno y pasar esta legislatura legislando y no gobernando, creo que es relativamente sencillo conformar un gobierno en minoría del PSOE. En el pero de los casos, Sánchez saldría investido en segunda ronda con 157 votos a favor (PSOE, Podemos y Coalición Canarias), 156 en contra (PP, Esquerra, Convergencia y HB Bildu) y 37 abstenciones (Ciudadanos y PNV). En una hipótesis más optimista (y no demasiado improbable) podría salir en primera ronda con 189 votos a favor (sumamos a los anteriores los de C’s) o incluso 194 (también los del PNV), 137 en contra (los del PP) y 19 abstenciones (los catalanes y Bildu). Así pues, a la vista de la absoluta oposición mayoritaria de todos los grupos (salvo PP, C’s y CCa) a que Rajoy sea presidente, Pedro Sánchez debería rectificar dos de las frases que viene repitiendo desde que conoció los resultados del 26J: ni es claro que la voluntad mayoritaria de los españoles sea que el PSOE pase a la oposición ni tampoco es verdad que no den las cifras para presentar una candidatura alternativa a Rajoy (incluso sin contar con los catalanes). Que logre obtener en una próxima votación de investidura resultados como los calculados depende de su habilidad negociadora y, sobre todo, de la responsabilidad de Podemos y de Ciudadanos. Pero, lo que me parece evidente es que eso, no siendo sencillo, le es al PSOE infinitamente más fácil que al PP. Por tanto, si de verdad no quieren que haya terceras elecciones, he aquí la tarea, sobradamente posible.

  
Everybody's got to change sometime - Taj Mahal (Taj Mahal, 1968)

jueves, 1 de septiembre de 2016

Propuesta de cambio express de la Constitución

La palabra no sería sorprender porque no podemos decir que nos sorprenden cuando repiten hasta la náusea los mismos rollos inmutables. Pero, así, entre el tedio y la impotencia, pareciera cada vez más posible lo que hace dos meses consideraba (yo y casi todos) altísimamente improbable: que se convoquen terceras elecciones generales. Bien es verdad que tampoco en la breve legislatura anterior creí, hasta casi el último momento, en segundas elecciones, y ya se vio. A fecha de hoy, y pese al deprimente show de estas dos jornadas parlamentarias, sigo pensando que no, que no habrá terceras elecciones, que a última hora (es decir poco antes del 31 de octubre) el PSOE permitirá que algunos de sus diputados se abstengan, los suficientes para que los 170 síes a Mariano sean más que los noes. Mejor sería que los del PP contaran con los 5 votos del PNV (por ejemplo, apoyándoles para que formen gobierno en Euskadi después de las elecciones vascas), pero incluso en ese supuesto se necesita la abstención de algún socialista (o de Pedro Quevedo, de Nueva Canarias). Claro que como Pedro Sánchez ha sido tan tajante en su negativa a facilitar la investidura de Rajoy, uno piensa que para que ocurra lo que el sentido común dice que tiene que ocurrir (evitar la convocatoria de elecciones) debe previamente suceder algo suficientemente importante que permita al PSOE justificar su cambio de postura; por ejemplo, la desaparición de Mariano y, como efecto obligado, la del propio Pedro (nada me disgusta ese escenario, por cierto). Pero a lo peor no pasa nada de eso y la inercia de las tozudeces y arrogancias nos conduce irremisiblemente, como si se tratara de una tragedia griega en que el destino se empeña en hacer real lo que todos dicen querer evitar a toda costa. Y si hay terceras elecciones, ¿qué?

Pues que con casi toda seguridad tendremos un escenario que con ligeras variaciones seguirá siendo muy similar al actual a efectos de lograr una investidura. Y entonces todos dirán (como dijeron también después del 26 de junio) que en ningún caso habrá cuartas elecciones, pero nadie estará dispuesto a hacer lo que esté de su mano para evitarlas. Porque, por ejemplo, ¿qué razón habría que no haya ahora para que el PSOE en la eventual próxima legislatura se abstuviera? Más bien, cabe incluso pensar que la postura mantenida se reforzaría para no deslegitimarla. Entonces, ¿nos vamos a unas cuartas elecciones para el principio del verano de 2017? Imposible no es, desde luego. ¿Y luego a unas quintas? Y así, ¿por qué no imaginar un bucle infinito, con un gobierno eternamente en funciones, mientras los españoles somos convocados dos veces al año a emitir votos que nunca dan mayoría suficiente a un partido para que pueda ser investido? Esta situación no fue prevista en la Constitución, desde luego, que en un solo artículo (el 99) establece el procedimiento vigente: si en dos meses desde la primera votación de investidura ésta no se logra, se disuelven las Cámaras y se convocan nuevas elecciones. Supongo que los constituyentes pensarían que si esa situación se daba (ya la debían considerar muy poco probable) los nuevos diputados estarían tan escarmentados que sería inconcebible repetir las elecciones. Bueno, pues tan inconcebible no es.

Si es verdad, como aseguran sin excepción nuestros políticos, que  consideran algo malísimo repetir las elecciones, tendrían también que coincidir en que hay que cambiar las reglas actuales para evitar que esta situación vuelva a repetirse. Yo incluso me atrevería a afirmar que no sólo se debería evitar la posibilidad de unas terceras elecciones, sino incluso de las segundas. Parece razonable que no se admita convocar al electorado sin que haya habido una actuación de los políticos que permita revisar el voto previo ni tiempo suficiente para esperar cambios suficientemente significativos de los resultados. En otras palabras: si las elecciones generales tienen por objeto conformar las dos cámaras representativas y que éstas decidan el gobierno de la legislatura correspondiente, refórmese la Constitución para que necesariamente el Congreso electo haya de investir un nuevo Presidente de Gobierno. Esa es la premisa que habrían de aceptar todos los diputados si de verdad fueran coherentes (y honestos) con sus declaraciones de que han de evitarse nuevas elecciones. He escuchado por ahí que una forma de solucionar el problema sería, sencillamente, declarando por Ley ineligibles para las siguientes elecciones a los diputados electos en la legislatura fracasada. Ciertamente, esa amenaza de perder el escaño sería un buen acicate para que llegaran a los acuerdos necesarios para la investidura, pero no los garantiza, ni tampoco que los nuevos diputados –obedientes a las instrucciones de sus partidos– repitan los comportamientos obstruccionistas de sus predecesores. Aún así, votaría por implantar esta norma como una medida de acompañamiento de mi propuesta que, además, parece un castigo justo para quienes han sido incapaces de cumplir con su obligación. Pero creo que sería de muy discutible viabilidad jurídica.

Mi propuesta es más sencilla. Mantendría los cuatro primeros números del artículo 99 de la Constitución tal como están pero modificaría el quinto que pasaría a rezar lo siguiente: “Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey nombrará Presidente al candidato que durante las votaciones de investidura hubiera obtenido más votos favorables”. Con esta regla después de unas elecciones y de un periodo acotado para que los partidos intentaran alcanzar acuerdos, siempre habría gobierno (probablemente en minoría). A mi modo de ver, los efectos serían positivos para los diputados, porque al perder la capacidad de obstruir, se verían mucho más obligados a pactar y, al mismo tiempo, les resultaría bastante más difícil mantener la hipocresía de sus discursos. En la situación en que estamos, por ejemplo, los acontecimientos se habrían sucedido con más claridad, porque todos sabrían que, si no se hace nada en positivo, Rajoy sería necesariamente Presidente de un gobierno en minoría. Pedro Sánchez se plantearía de otra manera si se presenta de candidato, porque podría ocurrir que lo votaran independentistas y Podemos. A su vez, éstos podrían no ser tan exigentes con las condiciones para que sea investido Sánchez, si saben que la alternativa es irremisiblemente la investidura de Rajoy. En fin, no digo que fueran así las cosas, pero lo que es seguro es que se aclararía mucho el panorama, los diputados y los partidos tendrían menos margen para el escaqueo (y la hipocresía) y, en todo caso, habría gobierno, que es de lo que se trata.

Que el gobierno fuera en minoría no me parece nada muy malo. Es, al fin y al cabo, el resultado de la voluntad democrática: los españoles no han dado la confianza mayoritaria a ningún partido. Lo digo para adelantarme a las propuestas del PP de reforma del sistema electoral para primar las mayorías y, por tanto, en sentido contrario a mejorar la representatividad. Pero, en todo caso, la reforma electoral, siendo necesaria, no es la solución para resolver el problema actual (salvo que fuéramos a fórmulas descaradamente anti-proporcionales), por lo que no procede ahora esa discusión. En resumen, que si fueran mínimamente serios sus señorías, en los dos meses que quedan, además de negociar para intentar formar gobierno, deberían tramitar la reforma constitucional que propongo. Los antecedentes de la famosa modificación del artículo 135 (que se resolvió en 34 días) demuestran que es factible.

  
Wasted on the way - Crosby, Stills & Nash (Daylight Again, 1982)

martes, 30 de agosto de 2016

Sobre Casandra (1)

Lady Hamilton as Cassandra (George Romney, c.1785)
Casandra es un personaje de la mitología griega, la que en nuestra cultura merece el calificativo de clásica, la mitología por excelencia, es decir, la que no necesita que se le añada el adjetivo griega para saber que se trata de ésta. Para entendernos, convengamos en aplicar la palabra mitología a una colección de mitos (también a la disciplina que estudia los mitos, pero esta acepción ahora no viene al caso). El mito, por tanto, vendría a ser el relato, sea éste la creación del mundo, los trabajos de Hércules, la Guerra de Troya, por referirnos sólo a la mitología griega. Es relevante destacar que una mitología concreta (la griega que es la que nos interesa) consigue un grado suficiente de congruencia; es decir, los distintos mitos forman un relato de largo alcance que, pese a inevitables disonancias y contradicciones puntuales, es en su conjunto coherente. Como dice Carlos García Gual*, los mitos se insertan en una red narrativa, cultural; no funcionan como relatos aislados, al modo de los cuentos populares. De otra parte, está más que asumido que cualquier mitología es tradicional; es decir, se trata de una narración que viene de muy atrás y ha pasado de generación en generación, con anterioridad a su fijación literaria. Naturalmente, eso no quiere decir que cada mito se mantenga inalterable, más bien al contrario, según pasa el tiempo (los siglos) va sufriendo cambios. No obstante (y vuelvo al artículo ya citado de García Gual), en cada mito han de permanecer constantes algunos motivos que son justamente los que definen la estructura básica del relato. Ahora bien, nuestro conocimiento de una mitología proviene de las fuentes literarias que la recogieron y han llegado hasta nosotros. Por eso, tengamos en cuenta que cuando los escritores más antiguos (cuyas obras son para nosotros las más antiguas disponibles) nos relatan los mitos están, primero, incorporando a la literatura una tradición previa pero también, en segundo lugar, enriqueciéndola, ampliando la narración, si bien en aspectos menores, que no cuestionan las invariantes que definen el mito de que se trate.

El texto escrito más antiguo que contiene relatos mitológicos griegos es La Iliada y en La Iliada aparece por primera vez (para nosotros) mencionada Casandra. La confección de la Iliada, como de la Odisea, se fecha (si no toda, sí en su mayor parte) en la segunda mitad del siglo VIII antes de Cristo. De acuerdo a la historiografía, estamos en los inicios de la Época Arcaica, al inicio de la Edad del Hierro, cuando sobre la base de una multiplicidad de etnias (pelasgos, aqueos, jonios, dorios, eolios, arcadios) se estaba formando en el entorno del Egeo –Europa, Islas y Asia Menor–  la que sería la civilización griega. Se está empezando la helenización, y en este proceso que permitiría la eclosión cultural y artística del época clásica jugó un papel fundamental la creación del alfabeto griego (a partir del fenicio) y la aparición de las primeras grandes obras literarias, sobre una importantísima tradición oral precedente recuérdense los aedos, los que cantaban las epopeyas acompañándose de un instrumento musical. Homero, en cierto modo, puede considerarse el último aedo (y el primer “escritor”) y de hecho en La Odisea abundan aedos (el propio Ulises lo es). Así pues, parece razonable pensar que cuando Homero fija en papiro su peculiar crónica de cincuenta y un días del décimo año del asedio de Troya no está sino recogiendo una tradición miles de veces repetida (sin que ello, supongo, le impidiera no sólo darle su toque personal sino añadir datos de su propia cosecha). Por eso, digo yo, no se siente obligado a informar al lector sobre el “quién es quien” entre los dioses y los héroes, porque daba por sentado que eso era conocimiento generalizado. Él lo que hacía era contar una epopeya, no elaborar un manual de mitología (aunque nunca lo habrían llamado así); de eso, ya se ocupó el otro gran contemporáneo, Hesíodo, con la Teogonía. Pero Hesíodo no menciona a Casandra.

Grecia HoméricaMapa creado por Pinpin para Wikimedia Commons
La mitología griega no sólo es un conjunto de relatos congruentes, integrados entre sí, sino que se articula con vocación de ser una narración histórica (o proto-histórica, si se quiere). Hasta bastante después de Homero, el relato mitológico contaba verosímilmente el pasado que se dividía en tres épocas: la edad de lo dioses (teogonías), la edad en la que hombres y dioses se mezclaban y la edad de los héroes. Esta última acaba con la Guerra de Troya y sus secuelas (en particular el trabajoso regreso de Ulises a Ítaca). Es decir, Homero está narrando –en la Iliada y en la Odisea– los últimos episodios de los tiempos heroicos y lo hace cuando han pasado ya muchos siglos desde que ocurrieron, en un tiempo en que ya no hay héroes y los dioses parecen haberse olvidado de los humanos o, por lo menos, ya no intervienen como lo hacían antes. A los griegos de la época clásica no dudaban de la historicidad del conflicto; es más, consideraban que sus orígenes como pueblo (más en una acepción cultural que étnica) se remontaba justamente a ese acontecimiento bélico (Tucídides, el gran historiador clásico, opina en su Guerra del Peloponeso que la primera vez que los griegos actuaron juntos como un solo pueblo fue en la guerra de Troya). A finales del XIX, cuando la mayoría de los académicos adscribían el acontecimiento al mundo de la ficción, Heinrich Schliemann “descubrió” Troya y actualmente se piensa (aunque no de forma unánime) que lo que convirtió Homero (o los autores que se personifican en Homero) en una grandiosa epopeya correspondió en la realidad a una serie de conflictos entre las ciudades griegas, que por motivos comerciales necesitaban atravesar los Dardanelos, y los gobernantes de Troya, que les exigían fuertes impuestos para permitirles el paso. La fecha de la guerra que dio Eratóstenes de Cirene, director de la Biblioteca de Alejandría a mediados del siglo III aC es congruente con las aportaciones de la arqueología: 1184 aC.Es decir, Homero cuenta el relato –y lo fija para la posteridad– de unos acontecimientos que han ocurrido entre cuatro y cinco siglos antes y que durante todo ese tiempo se han ido transmitiendo a viva voz. Increíble, ¿verdad?

Pero volvamos a la relación mitología – literatura. En los inicios de la época arcaica, Homero y probablemente otros, aprovechando la nueva herramienta del alfabeto griego, empiezan a poner por escrito la tradición mitológica oral. No es de extrañar que hubiera otros poemas que contaran los mitos que ni Homero ni Hesíodo relatan. De hecho, se piensa que hay seis poemas perdidos que junto con la Iliada y la Odisea forman el llamado ciclo troyano, que trata de la guerra de Troya y de los acontecimientos relacionados con ella (conocemos estos poemas gracias a resúmenes de sus argumentos realizados por un tal Proclo, tal vez un neoplatónico del siglo V dC). Lo que me interesa resaltar son dos cosas. Primera, que a lo largo de la época arcaica (incluso diría que en las primeras décadas de ésta, a lo largo del siglo VIII aC), se pasa a la nueva escritura (también al nuevo idioma) la mitología completa, de modo que los griegos de la época clásica (entre ellos, por supuesto, los grandes literatos) tenían a su disposición todos esos relatos, cuyo contenido dejó de depender de la transmisión oral. Cuando, por ejemplo, Esquilo compone las tragedias de la Orestiada puede recrear, añadir, matizar y dar su visión de la trama de los acontecimientos pero, como dije antes, lo básico de ésta es invariante. Pero, en segundo lugar, Homero y sus contemporáneos, al fijar por escrito los mitos no se diferencian demasiado de lo que harán los grandes dramaturgos que le seguirán tres siglos después. Es decir, tampoco Homero pudo “inventar” el relato de la guerra de Troya ni del regreso de los héroes aqueos, sino tan sólo darle su estilo personal y complementarlo en los detalles. Y esto fue así porque los relatos eran conocidísimos por los contemporáneos los cuales, como un niño pequeño cuando su padre le está contando un cuento, no habrían admitido que se modificaran en sus estructuras básicas.

Ahora bien, después de la ruptura de la continuidad cultural clásica tras el triunfo del cristianismo y la subsiguiente caída del imperio romano (acompañada de la pérdida de muchísimas obras), cuando un occidental quería escribir sobre alguno de estos personajes mitológicos tenía que remitirse a las fuentes disponibles, a las supervivientes podríamos decir. Naturalmente, dado que son personajes mitológicos, cualquiera puede “reinterpretarlos” como quiera. Pero, cuidado, porque no han perdido del todo su carácter sagrado, aunque solo sea por pertenecer a los fundamentos más profundos de nuestra cultura (y si nos ponemos psicoanalíticos en plan jungiano, ya serían palabras mayores). Así que es recomendable, si uno se pone a escribir sobre Casandra y sus compañeros de aventuras, revisar las fuentes y eso es lo que he pretendido hacer, incluso para un divertimento como el que estoy publicando en el blog, carente de toda pretensión. De modo que, a medida que vaya avanzando en la historia (y antes de que, como es usual en mí, se vea interrumpida), iré intercalando resúmenes de lo que los autores nos cuentan de Casandra, empezando, claro está, por Homero.

  
Casandra - Ismael Serrano (Sueños de un hombre despierto, 2007)

* Mitología y literatura en el mundo griego, artículo en el número 0 de “Amaltea, revista de mitocrítica”, 2008

domingo, 28 de agosto de 2016

Diario de Casandra (3)

Al atardecer, hace unas horas, he subido al torreón, la habitación de la atalaya, como la llamaban mis padres cuando éramos niños. Entonces, tiempos alegres, era un espacio frecuentado, propiedad comunal y privativa de los hijos, donde nos reuníamos al margen de los adultos para charlar y compartir secretos, escuchar música, leer libros prohibidos, fumar nuestro primero pitillos … Salir de la infancia supuso también dejar de acudir al cuarto del torreón. Para casi todos los hermanos este tránsito se correspondió con la intensificación progresiva de las violencias entre nuestra empresa y Hellas Digital, que ensombreció hasta la tragedia nuestras primeras juventudes, obligándonos a implicarnos en la guerra. Es fácil pues entender que la atalaya represente para mí (parece que no tanto para Deífobo o Héleno) un paraíso perdido, un símbolo de la felicidad inocente que ya he renunciado a gozar de nuevo. No obstante, a veces siento la necesidad de volver a este espacio en lo alto, tan abandonado ahora. Prefiero subir cuando el sol cae y también el agobiante calor de este agosto. Miro primero hacia atrás, tendría que decir hacia el Oeste, recorriendo en ciento ochenta grados las vistas del bosque de pinos, las laderas de la sierra de Collserola incendiadas por los naranjas salvajes del ocaso. Pero luego me siento en el pequeño balcón que se abre hacia el mar y me deleito con la visión de la ciudad enrojecida que poco a poco va siendo engullida por las sombras de estas montañas hasta que, al cabo de un rato, los edificios se difuminan en la oscuridad, se pierden sus contornos, tan sólo adivinados por la iluminación nocturna, luces que se desparraman hasta la negrura del mar y del cielo. Cuando ya la noche se ha extendido del todo sobre el paisaje, pacificadas siquiera un poco mis emociones, suelo descender del torreón y caminar silenciosa por los jardines hasta mi pequeño apartamento, el más aislado de todos en la gran finca familiar.


Hoy sin embargo he salido de mi privilegiada atalaya presa del más intenso nerviosismo. La causa, la inesperada escena que por pocos segundos se ha desarrollado ante mi mirada atónita. Todavía no se había diluido la claridad cuando por la cancela que se abre a uno de los senderos del bosque –un acceso a la finca que casi nunca se usa– he visto entrar a mi padre acompañado nada menos que de Agamenón. El corazón me ha dado una voltereta, amenazando escapar del pecho. ¿Qué hace este hombre –el feroz, el inmisericorde, el impío– con mi padre? ¿No se supone que lo que queremos, lo que necesitamos, es acabar con él, que desaparezca de nuestras vidas? Enseguida los dos hombres desaparecieron de mi vista, dirigiéndose probablemente hacia una de las salas del edificio social de Troya Electronics*. Fue tan breve la escena que por un momento dudé si habría sufrido una alucinación, consideré que mi cerebro sobreexcitado podría estar jugándome la mala pasada de una broma macabra. Pero la intensa rabia que por dentro me quemaba descartó esa idea y me precipitó escaleras abajo a la búsqueda de Príamo y ese rey de los traidores. Solo pensaba en expulsarlo a patadas de nuestra casa, en recriminar luego a mi padre que hubiera osado permitirle volver a pisar nuestro hogar. Y mientras bajaba, aunque al principio no me di cuenta, manaban lágrimas incesantes de mis ojos.

Llegué corriendo hasta la verja que cerraba la parcela en cuyo centro se erigía “El Templo”, el sancta sanctórum de la empresa, el búnker de máxima seguridad que albergaba el ordenador central y las bases de datos, las copias de seguridad, en fin, los activos más valiosos de un negocio multinacional de informática. Con mi tarjeta cifrada abrí la valla exterior; sin embargo, la puerta blindada del Templo no encendió la luz verde cuando el sensor leyó mi huella digital, mi padre había bloqueado el acceso. Rabiosa, aporreé la puerta, a sabiendas de que al interior no llegaría ningún ruido. Al cabo de un rato de inútiles golpes y gritos me dejé caer agotada en el césped que rodea el edificio y lloré largamente. Finalmente se fue silenciando el atronador latir del corazón, los músculos se relajaban, empezaba a pensar con algo de claridad, volvía la calma. Entonces caminé hacia la cancela por donde los había visto entrar. Esa puerta sí pude abrirla y salí al sendero que se adentraba en el bosque. A unos pocos cientos de metros, en un pequeño claro, estaba aparcado el Mercedes de Agamenón. Me acerqué creyendo que no habría nadie pero, de pronto, como salido de la nada, apareció Ulises, con su característica sonrisa irónica. Hola, Casandra, me dijo, hacía ya mucho tiempo que no nos veíamos. Sí, pensé, hace ya mucho que no veía a Ulises ni al resto de socios de Agamenón, y en ese momento presentí que volvería a verlos pronto y fue un presentimiento aciago.

¿Qué haces aquí? Le increpé sin circunloquios, maleducadamente incluso. Supongo que esperas a Agamenón, sé que se ha atrevido a venir hasta aquí. Ha sido tu padre quien lo ha convocado. No pienses que él tiene demasiado interés en negociar con Troya; aunque le ilusionaba imaginar que en esta visita podría cruzarse contigo, hablarte. Insensato, le grité airada, dices mentiras completamente fuera de lugar, absurdas; además, ¿cómo puedes pensar que yo quisiera verlo, a ese traidor? Pues a mí me da la impresión, estimada Casandra, que quizá sí quieras hablar con él; si no, ¿qué haces aquí? Enrojecí, Ulises, maldito sea, es sagaz, sabe leer los pensamientos ocultos, disfruta descubriendo secretos. Quiero echarlo de esta casa, quiero que compruebe en persona mi desprecio, que sepa cuanto lo rechazo. Ulises no contestó, pero siguió con su odiosa sonrisa; al poco rato consiguió que me sintiera incómoda. Además, fue entonces cuando me percaté de que estaba fuera de lugar, de que no había sido buena idea llegarme ahí. Me imaginé que mi padre acompañara de vuelta a Agamenón y me viera allí. Sin duda le asaltaría uno de sus legendarios cabreos, de nuevo provocado por su hija conflictiva. Sentiría que había puesto en cuestión su autoridad, que desconfiaba de su liderazgo en la empresa, en la familia, que lo había engañado. Tenía que volver, largarme a toda prisa de allí. Lo hice pero me costó, me costó mucho.

Rehice el trayecto a la carrera, rezando para no cruzarme con mi padre. No me dirigí a mi apartamento sino que regresé al torreón. Quería, a la vez, esconderme y espiar la salida de Agamenón. Al poco de asentarme en mi atalaya, con las luces apagadas, divisé a los dos hombres caminando hacia la cancela del bosque. Al llegar se detuvieron, se dieron la mano mientras demoraban la despedida, luego el griego abrió la puerta y salió. Seguí mirándolo mientras se alejaba por el sendero, su perfil difuminándose por momentos. De pronto, justo antes de fundirse en las sombras, se dio la vuelta y elevó la cabeza, adiviné que miraba hacia mí, y entonces alzó el brazo, saludó. ¿Intuyó que estaba en el torreón, que lo observaba? Han pasado ya muchos años, más que suficientes para creer que una pasión que nunca debí vivir estaba ya absolutamente extinguida. Pero mi sobresalto al verlo entrar con mi padre, las insidiosas palabras de Ulises, ese saludo enigmático … Es ya noche avanzada y sigo aquí, en la habitación del torreón. Me interrogo, quiero descubrir mis sentimientos, saber si durantes tanto tiempo me he engañado. ¿Acaso soy capaz de adivinar lo que ha de ocurrir y no de conocerme a mí misma? Hace mucho que he dejado de ser la jovencita impresionable, ésa que se enamoró como una colegiala del apuesto extranjero, un ejecutivo maduro, que pasó a convertirse en el enemigo de nuestra familia. Pero, ¿qué siento ahora hacia Agamenón?

  
Cassandra - Thomas Bergersen (Sun, 2014)

* Nota del editor de estos diarios: La finca en la que vive la familia de Casandra, una extensa propiedad de veinte hectáreas en el interior del Parque Natural de Collserola, acoge también la sede de la empresa Troya Electronics. Familia y empresa se confunden.

jueves, 25 de agosto de 2016

Diario de Casandra (2)

No es ésta solo una guerra comercial. Es un combate a muerte que no lo impulsa la ambición de lucro, ni siquiera de poder, sino las pasiones más violentas y crueles. Y no ha acabado; esta guerra no ha acabado. Mi padre Príamo, mis hermanos Díoforo y Héleno, los consejeros que dicen ser además amigos, todos creen que el contrato que nos ha adjudicado el Ministerio de Defensa supone la victoria definitiva Hellas Digital, la empresa de Agamenón, no podrá sobrevivir, habrá de declararse en quiebra, cerrar su sede española, las espaciosas oficinas que ocupan tres plantas de uno de los edificios más lujosos de Barcelona. Príamo, Díoforo, Héleno, los consejeros, todos están convencidos de que Agamenón volverá a Grecia dando por perdido para siempre el mercado del Suroeste europeo, abandonando la agresiva conquista que empezó hace ya casi diez años y que tantas y tan terribles desgracias nos ha traído. Pero yo siento que no es así, los gritos de dolor resuenan en mi cabeza. Y luego el silencio, la nada. Porque quien nos visita no es heraldo de victoria sino de muerte. Quizá Agamenón deje España pero será después de haber destruido nuestra empresa, a nuestra familia entera. La guerra ha de acabar, sí, pero no nos traerá paz jubilosa sino el olvido al que son arrojados los difuntos, tanto empresas como hombres.

Esta tarde se ha celebrado Consejo de Administración de Troya Electronics. Como propietaria de un importante paquete de acciones (igual que mis hermanos) he asistido, me he sentado a la gran mesa ovalada del salón Laomedonte (en honor a mi abuelo), y he notado, como si fueran vibraciones del aire, los sentimientos de los consejeros, mezcla de desagrado y temor, ante mi presencia. Ya estoy habituada a este rechazo aunque aún no he conseguido que me sea indiferente, en especial si lo percibo en mis hermanos, en mi propio padre, que tanto me amó cuando era su niña. Pántoo se me acerca, me pone las manos sobre los hombros en gesto que aparenta ser paternal pero trasluce su repugnante lujuria, me pide hablar un momento a solas, antes de que comience la sesión. Pántoo es griego, como Agamenón, pero lleva más de media vida en Barcelona. Príamo lo trajo a trabajar en la empresa poco después de acceder a la presidencia, al morir mi abuelo tras el desastre de los controladores de video, la quiebra que sucedió a la primera gran guerra empresarial, también contra un grupo informático griego, Herakles microsystems. A estas alturas, Pántoo es casi de la familia, el asesor más antiguo de la empresa, cuya lealtad nadie cuestiona, máxime cuando sus tres hijos –Euforbo, Hiperenor y Polidamante– han sido víctimas en esta segunda guerra. Sin embargo, a mí no me gusta. Y yo tampoco a él.

Espero, Casandra, que no vengas a profetizar nuevas desgracias, me dijo. Debo decir lo que pienso, Pántoo, ¿acaso no es también ése tu deber, como consejero de la empresa, el más respetado? Y así hago, jovencita, yo no veo un futuro infausto. O tal vez no quieras, no te interese verlo, repliqué impertinente, más te conviene anunciar bonanzas. Por supuesto que me conviene, nos conviene a todos. Nadie, ni siquiera tú con tu arrogancia, sabe lo que ha de venir; pero sí pienso que somos capaces de influir en el curso de los acontecimientos con nuestras creencias. Prever catástrofes es convocarlas, desafiar la ira de los dioses, como decían mis ancestros en la Antigüedad. Además, si algo ha de ocurrir, ocurrirá; a nada ayudan los agoreros, Casandra. Lo miré despectiva, me irritaban esas palabras en las que adivinaba hipocresía, egoísmo. Pántoo sólo velaba por sus intereses, estaba segura. Para él, la quiebra de Troya, la ruina de nuestra familia, incluso más muertes, nada de eso era trágico en términos absolutos. Algo así le dije, con frases torpes, inseguras. Tienes razón, Casandra, contestó, para mí nada es definitivo salvo mi propia muerte. Por eso, sí, lo que más me interesa, como a cualquiera, es mi pervivencia, pero no es lo único que me importa, ahí te equivocas. Has vivido poco aún, muy poco si comparas tus años con los míos. Ya comprenderás esto que te digo, ya entenderás que tu afán de anunciar desgracias, tu pretensión de poseer la verdad y tener derecho a imponerla, es consecuencia de tu necesidad de autoestima, de afianzar ante los demás tu importancia. Cuando, con la edad, adquieras humildad descubrirás que tus profecías siempre fueron mentiras, incluso las que se cumplieron.

Ahora, en la soledad de mi dormitorio, me pregunto si Pántoo tendría razón, si ha alcanzado a conocerme mejor de lo que yo misma creo hacerlo. Frente a lo que nos depara el futuro inmediato –sea lo que sea, será dramático–, estas reflexiones carecen de sentido. En todo caso, en algo sí tiene razón: doy importancia excesiva al destino de los míos, como si mi yo estuviera compuesto de cada uno de ellos y por tanto sus menoscabos, ruinas, muertes fueran a ser las mías. Al cabo, el tiempo sigue fluyendo, indiferente a las vidas asoladas que deja a su paso. Vidas, además, que se rehacen y también continúan, y la historia de esta familia mía lo prueba: los días del primer hundimiento, la desesperación de Laomedonte que lo condujo al suicidio, Príamo –entonces muy joven y lejos de ser padre– asumiendo la dirección de una empresa agónica. No eran aquellas fechas menos aciagas que las presentes y, sin embargo, Troya renació y prosperó, superando con creces su anterior esplendor, así como la familia que fundó Príamo, la continuación de una dinastía prolífica. No sé, no puedo saber; tal vez no escucho el futuro, tal vez sólo sean sugestiones mías, engaños de una mente demasiado excitable. Pero no puedo evitar que me invada la angustia que encoge las tripas, que aprieta el alma, la angustia generada por ese desastre que anticipo.

No me gusta Pántoo pero hoy le hice caso. Callé durante la sesión del Consejo. Me limité a escuchar los informes triunfalistas de los consejeros, de mis propios hermanos, de mi amado padre. La tensión, el nerviosismo que me hacía vibrar por dentro, me era casi insoportable. Por más que intenté disimular, se me debía ver extraña. Príamo, hacia el final de la sesión, me preguntó qué me pasaba, si quería dar mi opinión. Comprendí que a pesar de nuestros airados desencuentros todavía me amaba con la mayor de las ternuras, advertí gozosa que, aún temiendo que anunciara sucesos nefastos, me animaba a hablar preocupado por mi sufrimiento. No, no tengo nada que opinar, contesté, desde mi ignorancia comparto las opiniones de los consejeros; pero habéis de disculparme pues me siento indispuesta. Entonces Príamo se levantó para ayudarme, y cuando me alcé me abrazó y besó dulcemente en la frente. Me retiré sin hablar, sin insistir en mis vaticinios de desgracias inminentes. Y ahora estoy aquí sola, esperando el sueño que sé que esta noche no llegará, con el corazón sangrando.


  
Casandra - Pedro Guerra (30 años, 2013)

martes, 23 de agosto de 2016

Diario de Casandra (1)

Príamo, nuestro padre, exultante en el desayuno familiar. Su contacto en el Ministerio asegura que este viernes el Consejo de Ministros concederá a Troya Electronics el contrato de los radares antiaéreos equipados con el software de nuestra empresa. Hemos alcanzado la victoria definitiva, es el fin de Hellas digital, Agamenon está acabado, se arruinará. Hécuba, mi madre, calla, ni el más tenue brillo animaba sus ojos tristes. Mujer, le dice nuestro padre, alégrate conmigo, alegrémonos todos, pues esta noticia compensa tantos sufrimientos. Mi madre se revuelve indignada, llena de rabia: compensar dices, nada compensa la muerte de dos hijos. Y se levanta llorando, mi padre detrás, la sujeta por los hombros y ella lanza las manos hacia su rostro, quería arañarle, pero no, hunde su cabeza en el pecho de Príamo, se aprieta contra él en sollozos. Mi amor, no llores por favor, sabes que no lo soporto, tu fuerza es la que me sostiene, no llores, Hécuba. Mi madre, poco a poco, cesa en su llanto; los dos quietos, abrazados, en medio de la sala, largo rato. Luego, siempre abrazados, a pasos lentos, dolientes y en silencio, se encaminan al dormitorio. Dos ancianos agotados, vencidos por una vida larga e inmisericorde. La mañana en que se ha anunciado una buena nueva, la mejor que podríamos haber deseado. Pero llega demasiado tarde.

Al retirarse nuestros padres, Deífobo protestó por la actitud de Hécuba. Debería alegrarse, dijo, pues esta noticia da sentido a las muertes de Héctor, Troilo y Paris, ellos lucharon para lograr esta victoria, para derrotar a Agamenón. Héleno, mi mellizo, asentía con parsimonia, sin terminar de pronunciarse. Siempre ha sido así, desde pequeño, y así ha ganado su fama de prudente, de sabio casi, pese a su juventud. Mas yo sé cuál es su verdadera sustancia, hasta donde alcanzan de verdad sus saberes. Como yo, también Héleno tiene sueños, también ve más allá de las apariencias engañosas; pero teme alargar su vista, renuncia a conocer lo que no conviene. Ni decirlo, por supuesto, y así manifiesta lo que a padre y a los restantes consejeros de la empresa les agrada escuchar. En eso, sobre todo, nos diferenciamos. Y también en que él es hombre y por eso está envenenado por el amor a la guerra, todo en términos de lucha; ansía la victoria y abomina de la derrota. Yo, en cambio, soy mujer y no veo en la guerra ninguna belleza, sólo crueldad, odio, muerte. Entiendo a mi madre, claro que la entiendo. Comprendo su dolor y su rabia ante la alegría triunfante de mi padre. Porque ese triunfo revive la muerte de sus hijos, vuelve a instalar en nuestra casa la guerra, esta guerra interminable, cuya victoria huidiza es el principal, casi el único, anhelo de los varones de mi familia. Y hoy ellos todos la celebran, hasta mi mellizo que debería intuir, como yo, que la nueva de hoy sea tal vez aviso de nuevas desgracias.

Anoche soñé otra vez con las serpientes que reptaban a nuestra cuna doble, en la que Héleno y yo, bebés de pocos meses, dormíamos tranquilos. Culebrillas viscosas eran, cuatro, cinco, media docena quizá. En el sueño siento su tacto húmedo sobre los muslos regordetes de esa pequeña niña que era, que soy de nuevo mientras duermo. Me veo dormir, como también duerme mi hermano mellizo, también su cuerpo paseado, reptado, por sierpes. Nos veo dormir y no quiero que despertemos, me esfuerzo en que esos dos niños sigan dormidos, que no perciban a los asquerosos animales que recorren sus cuerpos, que no los sientan, aunque yo que soy ella sí los siento, sí los veo. Van ascendiendo hacia las cabezas, están ya en los cuellos, ya asoman sus diminutas y cónicas cabezas a las orejas. Y entonces noto cómo penetran en ellas, se enroscan siguiendo el recorrido laberíntico de sus interiores, los míos, los de Héleno. Siento sus lenguas afiladas, finísimas y flexibles, que limpian los conductos, que aspiran las sustancias que obstruyen sus caminos. Dedican a esa tarea largo rato, un minucioso desatascar auditivo. Apenas siento un cosquilleo, nada molesto. Finalmente, las repugnantes culebras afloran, descienden por el cuello, por los hombros, dejan la cuna y desaparecen. Me despierto nerviosa, palpitaciones aceleradas, como cada vez que vuelvo a ser bebé y vuelven a visitarme las serpientes. Sé el significado del sueño, que he recibido el don de escuchar –no de ver– el futuro.

He dicho don y, sin embargo, habría de calificarlo de maldición, pues intuir, adivinar lo que ha de pasar sólo me ha traído dolor y frustración. Nunca han creído mis vaticinios, a pesar de que siempre puntualmente se cumplen. Era muy joven cuando advertí que enfrentarse a Agamenón sólo traería desgracias a nuestra empresa y a nuestra familia. Paris acababa de enamorar a Helena. Helena, la mujer más bella de la ciudad, la cuñada de Agamenón, la musa de Hellas Digital. No ajomas a esta mujer en nuestra casa, dije, que Paris se aleje de nosotros con ella. Estábamos, como esta mañana, sentados a la mesa familiar, Helena como huésped de honor, loada por todos, los varones embelesados por su hermosura, mi madre protegiendo el capricho de su hijo favorito. Príamo me mandó callar, enfadado: no seas grosera, Casandra, no faltes a la más elemental hospitalidad; somos personas civilizadas que no mezclamos los asuntos privados con los negocios. Unos meses después, cuando ya Hellas había iniciado las agresiones empresariales contra Troya, a escondidas sorprendí a mis padres reconociendo entre ellos que la ira de Agamenón y su hermano Menelao, así como la de sus socios, era de naturaleza personal. Pero no admitieron que yo lo había advertido; al contrario, me creían aquejada de alguna enfermedad nerviosa, de alguna insania mental. Les oí decir que habían de llevarme a un especialista, recluirme durante algún tiempo en un sanatorio. Lloré desconsolada la noche entera. Y desde entonces, todo ha ido a peor.

viernes, 19 de agosto de 2016

Toma de posesión (2) (escenas chipunas)

Nada altera la legendaria impasibilidad de Amando Kalinas. La gente del Norte ya se sabe, se dice aludiendo al origen del empresario, tienen la sangre más fría, helada algunos. Pero la procesión va por dentro. Ubaldo Pachulero ha caído antes de resolver la apuesta más importante de la azarosa carrera profesional del lituano. Una apuesta a doble o nada llamada Hedonia Park; que el proyecto se apruebe o no en el plazo máximo de unos meses es para Amando la diferencia entre la quiebra o multiplicar su ya inmensa fortuna. Y, aunque Kalinas no quiere ni pensarlo, arruinarse podía no ser lo peor, porque los antecedentes de sus socios (unos italoamericanos que controlan hoteles y casinos en Las Vegas) no son nada tranquilizadores. Demasiado en juego, desde luego. Cómo haberlo imaginado hace apenas año y medio, cuando tras la discusión del proyecto en el Comité del PICHi, el propio Pachulero le había prometido que el Gobierno lo calificaría de singular interés público para eludir la moratoria turística y permitir su ejecución. Sin embargo, en vez de cumplir ese trámite con la debida diligencia –habría bastado la propuesta de la Consejera de Turismo, Cruci Estupiñán, en Consejo de Gobierno–, Ubaldo le había convencido de seguir una táctica retorcida a fin de garantizar un mayor apoyo y, al mismo tiempo, ventajas políticas para el PICHi. En síntesis, lo que pretendía el entonces presidente es que el informe jurídico de la Consejería se le filtrara a Ahmed Pi de la Rosa, portavoz parlamentario del FLiPA, quien enseguida comprendería que la construcción del Hedonia Park suponía un duro golpe para Juvenal Barriles, el empresario hotelero más importante de la región, muy vinculado al Partido Moralista de Cascaterra. Como Pachulero bien sabía, los dirigentes del partido socialista cascaterrano llevaban tiempo insistiendo a sus socios chipunos (el FLiPA) para que erosionaran los intereses de Barriles, de modo que si el PICHi se quedaba quieto sería Pi de la Rosa quien, con toda seguridad, reclamaría la aprobación del proyecto. Así, los nacionalistas no se quemarían aunque obviamente, adoptando un respetuoso (y cínico) legalismo, votarían a favor de la iniciativa de Kalinas.

Pero las cosas no ocurrieron como estaba previsto. El congreso del PICHi en el que se defenestró a Pachulero significó un cambio de rumbo, aunque Kalinas no lo valoró en su justa medida al principio. Como es natural, el empresario se había preocupado de conocer y engatusar a Surquillo desde que su figura emergió entre los críticos del partido como la más clara alternativa al liderazgo de Ubaldo. Y lo cierto es que Amando pensó que había logrado la amistad y confianza del joven político. De hecho, había sido el lituano quien, dos meses antes del congreso del PICHi, organizó en la Fundación de Estudios Chipunos, institución que financiaba, la conferencia-debate “Nuevos retos del nacionalismo chipuno”, acto que fue considerado como la presentación en sociedad, con máximos honores, de David Surquillo. A Kalinas le constaba que David le estaba muy agradecido por ese gesto, máxime cuando conocía su amistad con Pachulero y, en efecto, en los meses siguientes se habían encontrado amistosamente en más de una ocasión e incluso alguna vez había sido convocado a reuniones con “asesores de confianza” para discutir asuntos concretos de la economía regional en la preparación del programa electoral. Así pues, con vistas a un futuro próximo, nada hacía sospechar al empresario que su notable influencia política en el PICHi variara como consecuencia del cambio de equipo dirigente. Verdad que, en sus conversaciones con Surquillo, nunca se había tratado del Hedonia Park, ni siquiera en aquel cónclave al que fue invitado para discutir sobre las estrategias de política turística y en el que, como siempre, se insistió en la necesidad de recualificar y diversificar la oferta alojativa chipuna, excesivamente orientada al sector sol y playa. Habría sido un buen momento, piensa Kalinas, para que el joven político sacara a colación el proyecto del complejo dedicado al sexo, como ejemplo de establecimientos de nuevo cuño capaces de singularizar el destino chipuno a escala internacional, pero ni lo mencionó pese a que tenía que estar perfectamente al tanto de que el expediente estaba en tramitación en la Consejería. Pero aún así, en esos primeros meses tampoco quiso ver ninguna sombra. Creyó en lo que declaró Surquillo al ser elegido nuevo presidente del PICHi: "en los meses que restan de legislatura, el gobierno de Chipunia, presidido por Ubaldo, seguirá teniendo el absoluto apoyo y la lealtad ciega del partido, para lograr que alcance sus objetivos que –nadie lo dude– son también los nuestros".

Sin embargo, vistos los acontecimientos, se diría que la apertura de un resort como el Hedonia no formaba parte de esos objetivos comunes. Pi de la Rosa, confirmando las previsiones de Pachulero, planteó una moción parlamentaria en la que reclamaba al gobierno que impulsara la aprobación del nuevo establecimiento, al que calificaba como “magnífica oportunidad para iniciar con paso firme la recualificación de la oferta turística chipuna”. Los socialistas del FLiPA esperaban que los diputados del PMC (Partido Moralista de Cascaterra) se opusieran a la propuesta por considerar el proyecto un atentado a las buenas costumbres, una iniciativa que de ejecutarse sería la vergüenza de Chipunia. Con esa idea, Pi de la Rosa tenía preparado un discurso en el que ridiculizaba los “valores decimonónicos del PMC” y, sobre todo, les acusaba de querer imponer una ética retrógrada contraria al progreso y bienestar de la sociedad chipuna. Contra todo pronóstico, fue Alexis Cachango, alcalde de Valleñocos, el parlamentario más controvertido del PMC, protagonista de no pocos escándalos, el que intervino en respuesta a la moción del FLiPA. Y también contra todo pronóstico, dada su conocida actitud despectiva hacia el ecologismo, la oposición al proyecto la argumentó en los gravísimos daños ambientales que supondría la implantación del establecimiento en un espacio de altísimos valores naturales, un área a la que calificó de “sumo santuario de la biodiversidad chipuna”. Al acabar la que fue una de sus más brillantes intervenciones parlamentarias se podía percibir en el hemiciclo el impacto que había causado entre los diputados. Raiza Cálajan, la portavoz del heterogéneo Bloque Ecologista-Anarquista (BEA), habló desde el estrado visiblemente molesta de que el protagonismo en la defensa medioambiental se lo hubiera arrebatado nada menos que el odiado Cachango; aún así, como era previsible, se sumó a la oposición al proyecto. Así las cosas, en la sesión de tarde, Kalinas escuchó preocupado cómo la Consejera Estupiñán, en nombre del gobierno, informaba a los diputados que el proyecto estaba siendo estudiado por los técnicos de su departamento y que, desde luego, “las consideraciones ambientales primarían sobre cualesquiera otras, como ha sido siempre el criterio de este gobierno”.

Los meses siguientes, los previos a las elecciones, la tramitación del Hedonia se estancó. En un encuentro discreto entre Kalinas y Pachulero, el todavía presidente intentó tranquilizar al empresario. El debate parlamentario ha hecho mucho daño, le dijo, ahora conviene esperar a que se calmen las aguas; pero no te preocupes, Cruci está volcada en el asunto, ya ha encargado una evaluación ambiental que demuestre que los efectos del hotel son mínimos, incluso beneficiosos. Las aguas, sin embargo, no se calmaban: Hoy, el periódico de Gobelio Gil, impulsó una serie de “reportajes de investigación” en los que insinuaba tramas mafiosas detrás del Hedonia Park (también en otras iniciativas turísticas recientes), amén de machacar con los daños ambientales que supondría su ejecución. Por esas fechas, Crucifixión Estupiñán dejó de contestar las llamadas de Kalinas y le hizo saber a través de un amigo común que había comenzado una relación sentimental con una persona extremadamente celosa, especialmente del lituano, por lo que, de momento, prefería cortar toda comunicación con él. Amando se quedó estupefacto; esta pendona, a la que he tratado como una reina, va y me sale con tamaña tontería. La siguiente sorpresa, pocos días después, fue la dimisión de la Consejera de Turismo por “motivos personales” y su fulminante desaparición de Chipunia. A partir de ahí, los sucesos se precipitaron, todos en peligrosa cuesta abajo. El congreso del FLiPA, como un par de meses antes había hecho el del PICHi, llevó a cabo una renovación integral y Pi de la Rosa fue apartado de la dirección. Enseguida, primero en foros de Internet y poco después en los principales diarios de Chipunia, circularon rumores sobre negocios inmobiliarios conjuntos del ex–líder socialista y el presidente Pachulero, aprovechándose de sus cargos gubernamentales. Probablemente, pensó Kalinas, no serían sino calumnias vertidas con intención política, para borrar de la escena a esos dos viejos dinosaurios, incómodos para los nuevos dirigentes de sus respectivos partidos. Si tal era el objetivo, tuvo éxito. Pi de la Rosa anunció que el próximo curso se desplazaría a una universidad americana para impartir un máster de economía política. Pachulero, por su parte, actuó durante los últimos meses de su presidencia como si lo único que le importara fuera pasar desapercibido. Pero el cambio más notorio fue que los dos partidos que compartían el gobierno, el PICHi y el FLiPA, a través de sus nuevos equipos dirigentes, se dedicaron a repetir hasta la saciedad promesas de renovación moral y a asegurar al irritado electorado chipuno que el próximo gobierno significaría un cambio radical en la forma de hacer política.

Y así fueron pasando los días, las semanas, los meses hasta que acabó el gobierno de Ubaldo sin que la tramitación del expediente del Hedonia avanzara en lo más mínimo. Poco después de las elecciones, Kalinas tuvo que viajar a Las Vegas para entrevistarse con Jimmy Lorzone, uno de los socios en el proyecto. La conversación fue breve y tensa. Lorzone se limitó a recordarle los compromisos adquiridos y la cada vez más perentoria necesidad de mover el mucho dinero que se había puesto en juego. Naturalmente, Amando se cuidó de dar al yanqui cumplida información del negro panorama político en Chipunia (para los intereses de ambos). Pero luego, en el regreso al aeropuerto a bordo de una limusina ofrecida por Lorzone, le acompañó un tipo que había asistido a la reunión completamente en silencio –Kalinas creía que era algún asesor jurídico– y quien con pocas palabras le dio a entender que los socios americanos sabían bastante bien lo que se cocía en su tierra. Tienes que desactivar a Barriles, él está detrás de todo y cada vez controla más a nombres clave tanto del PICHi como del FLiPA. De pronto, como un fogonazo, Amando comprendió que Barriles había tanteado a Lorzone pero éste, al menos de momento, prefería mantener el acuerdo. Estaban a punto de llegar al aeropuerto de Las Vegas. Entonces, dijo Kalinas intentando que la voz no delatara su angustia, ¿qué debo hacer? Nosotros pensamos que Josué Yanguas es una excelente baza para desbloquear el proyecto. ¿El Director General de Urbanismo? Amando siempre lo había considerado un cero a la izquierda, un inútil que solo descollaba en la adulación vil, como demostraba su cambio de bando tras el congreso del PICHi, traicionando sin ningún pudor a Pachulero. Yanguas va a ser el hombre fuerte del urbanismo chipuno, le aseguró su enigmático interlocutor, y tenemos un amigo que puede ayudarte a convencerle para que apruebe el proyecto. Esperaremos a que el nuevo gobierno tome posesión, y a partir de entonces habrá que forzar la máquina. Buen viaje. La limusina estaba parada frente a Salidas Internacionales. Kalinas se despidió del americano; ya tenía bastante que pensar durante las doce horas de vuelo.