lunes, 19 de enero de 2009

Parafilia

Para la Real Academia, parafilia es sinónimo de desviación sexual. Desviación, en la acepción que aquí procede, sería según la misma fuente un hábito anormal en el comportamiento de alguien. Anormal es, obviamente, lo que no es normal. Normal (seguimos con el DRAE) es lo que se ajusta a ciertas reglas fijadas de antemano. Así pues, una parafilia sería un comportamiento sexual que no es como debe ser. Considerar parafílica una práctica sexual cualquiera implica, por tanto, emitir un juicio condenatorio sobre la misma: eso es algo que no se debe hacer.

Por cierto, esta breve búsqueda escalonada me ha servido para descubrir que el Diccionario no registra para el término normal la acepción con la que yo (y muchos más) lo utilizo. Yo suelo calificar un comportamiento de normal cuando es habitual, cuando es la forma más frecuente de hacer algo; para mí, la normalidad, más que con consideraciones preceptivas, tiene que ver con estadísticas, ajenas a todo juicio de valor. En todo caso, es indudable que hay una relación entre ambas acepciones: los comportamientos habituales son, en la mayoría de los casos, los que se ajustan a la norma, los que responden al sistema de valores imperante. Las transgresiones son siempre minoritarias, porque, si no, antes o después, acabarían normalizándose; es decir, se cambiarían las normas para que tales formas de actuar pasaran a ser las correctas. Me acuerdo ahora de la famosa frase de Adolfo Suárez, allá por 1978; algo así como elevar a la categoría de normal, lo que en la calle ya es normal.

Pero quizá en el sexo lo normal (ajustado a la norma) no se corresponda siempre, ni siquiera las más de las veces, con lo habitual. Algo puede tener que ver el hecho de que el comportamiento sexual, por mucha aparente libertad sexual que disfrutamos, es seguramente el ámbito de lo humano más sometido a presiones normativas, tanto más eficaces cuanto no son explícitas. Porque, en teoría, podemos hacer todo (entre adultos todo vale con el mutuo consentimiento), nada está prohibido; y, sin embargo, cuantísimos aspectos relacionados con nuestra sexualidad no pueden ni mencionarse porque violan leyes no escritas (pero sobradamente conocidas) de la corrección sexual. Leyes que, casi todas, son tópicos que a poco que los cuestionas exhiben sus absolutas incoherencias; pero da igual porque no se puede hablar, de verdad, sobre ellas.

Vuelvo a la parafilia. En psicología, el término se refiere a comportamientos sexuales en los que la fuente del placer no se encuentra en la cópula, sino en alguna otra actividad. Según cuál sea esa actividad generadora de placer, la parafilia adopta un nombre más específico. En su afán taxonómico los psicólogos han confeccionado listas sorprendentemente largas; así, en una guía de internet, encuentro una relación de casi doscientas parafilias y me quedo alucinado enterándome de prácticas que excitan eróticamente a gente suficiente como para que hayan merecido ser bautizadas (por más que hayan colado alguna que no puede ser sino coña: excitación sexual al ser sodomizado por iguanas epilépticas). Pero, sin enredarnos en las variopintas modalidades, no hemos de perder de vista el común denominador definitorio de cualquier parafilia: que el placer no provenga de la cópula.

Breve paréntesis de nuevo, y perdóneseme por machacar sobre lo archisabido (pero es que me gusta buscar en el diccionario). Cópula es la unión sexual y es sinónimo exacto (no metafórico, quiero decir) de coito. Si bien puede haber (de hecho hay) varias formas de unir sexualmente ("conectar") dos cuerpos humanos (o no humanos), la cópula como forma correcta del comportamiento sexual es, por supuesto, la consistente en la introducción de un pene de hombre en una vagina de mujer. El comportamiento sexual "normal" es, por tanto, aquél que se basa en el coito. Hay desde luego muchas otras prácticas además del coito y estarán bien en la medida que contribuyan (incrementando nuestra excitación, por ejemplo) a un mejor coito. Sin embargo, si la actividad sexual se queda en esas prácticas, si no hay coito, es incompleta y, en el marco normativo, condenable. Que de vez en cuando no haya penetración, pase (pecadillos veniales); pero que lo habitual sean los diversos "jueguecitos" en vez del coito, eso ya es una parafilia.

Hace unos meses, en una cena con bastante alcohol, alguien me "aclaraba" que follar es follar y lo demás son mariconadas". Por supuesto, ese alguien es un hombre (y buen amigo, pese a que sobre sexo no tengamos las mismas ideas), y diciendo lo que dijo no hacía sino simplificar el primer mandamiento (nunca escrito) del comportamiento sexual correcto, con su corolario condenatorio hacia todas aquellas prácticas que no tienen el coito como plato fuerte. Relacionemos ahora la definición del DRAE y la acepción de los psicólogos y concluiremos que toda práctica sexual que no se base en el coito es una desviación sexual. Luego nos dirán los sexólogos que son inofensivas, siempre que no sean prácticas peligrosas o impidan el funcionamiento sexual normal. Lo que viene a sugerir este añadido en tono perdonavidas es que, en el fondo, cualquier parafilia es potencialmente peligrosa, en la medida en que puede tornarse más atractiva que el coito. Dicho de otra forma, si no es follar (mete-saca) lo que más te gusta, eres un desviado (si bien, tu desviación puede ser, de momento, inofensiva).

En la misma cena a la que antes me refería, una mujer, algo mosqueadilla con las palabras de mi amigo, le replicó que a ella lo que más le gustaba eran justamente las mariconadas. Habrá que considerar que esta mujer, que obtiene el placer sexual de actividades sexuales distintas al coito, tiene un comportamiento parafílico, presenta una desviación sexual. Pero resulta que para la inmensísima mayoría de las mujeres la fuente principal del placer sexual no se encuentra en el acto copulativo, sino en otras actividades desarrolladas o no durante el coito. Ergo, el patrón normativo de lo "sexualmente correcto" no es, al menos en el caso de las mujeres, el comportamiento habitual; normal no significa frecuente.

Sin embargo, seguimos teniendo bien grabadito en el cerebro que una relación sexual es correcta cuando hay coito (y que la finalidad del coito es el orgasmo y si es simultáneo, la cagada; pero estos son asuntos para otro día). Sobre todo los hombres (creo) sentimos que algo falta si, en un encuentro erótico, no se produce la penetración. Me pregunto cuánto ha influido en nuestro imaginario sexual la repetición de los estereotipos normativos a través, por ejemplo, de la pornografía. Pienso, en concreto, en las imágenes de tíos que nada más empezar a bombear sus enormes pollas en los chochos de sus compañeras logran que éstas expresen con jadeos cómo son invadidas por tremendos placeres; las mujeres, por su parte, se han excitado tanto con unos breves preliminares (lamiditas y deditos con movimientos poco creíbles) que ansían ser penetradas ya que así y sólo así obtendrán los espectaculares orgasmos que nos brindan.

Estoy casi seguro de que el amigo de la cena cree que las mujeres se corren a golpe de sacudidas peneanas. Hace tiempo me reveló los que él considera sus secretos y, en un alarde de sinceridad, me confesó cuan fracasado (y enfadado) se había sentido una vez en que una mujer se masturbó mientras él se concentraba en un intenso metesaca. Yo, por esto de la presión de lo sexualmente correcto, no me atreví a decirle que pienso que ninguna de las mujeres con las que he estado ha tenido orgasmos debido exclusiva o principalmente a las emboluciones de mi pene en sus vaginas (lo cual no quiere decir que dichos movimientos no hayan coadyuvado a sus placeres). Porque admitirlo equivale a enterarse de que los hombres no somos los causantes del placer de la mujer y eso es un duro golpe a uno de los tópicos sobre los que se funda nuestra virilidad. Así que, mientras se pueda, mantengamos la definición de parafilia.


Quienes cantan son las Puppini Sisters, un reciente y delicioso descubrimiento. Se trata de tres mujeres (una italiana y dos inglesas) especializadas en temas de los cuarenta, que logran un simpático aire retro no exento de ironía (realce de las voces con arreglos instrumentales discretamente elegantes). Este tema fue popularizado por Glenn Miller y su big band; pese a su austeridad, esta versión no está nada mal (supongo que salvo para los puristas).

CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras

sábado, 10 de enero de 2009

Test (I)

Vas en el metro hacia media mañana. El vagón está relativamente vacío; pocos viajeros y todos sentados. Se abren las puertas y entra un chaval de unos veintipocos; se sienta enfrente tuyo sin mirarte. En la mano lleva un móvil; lo manipula y, de pronto, empieza a sonar reggaeton; el machaqueo rítmico enervante, las chirriantes distorsiones electrónicas, la estridente voz alargada en absurdos ecos y las letras, sobre todo las insoportables y vomitivas letras. Sientes, como ya has comprobado otras veces, que esa combinación de componentes que algunos llaman estilo musical hace que te hierva la sangre, que se apodere de ti una ansiedad asesina, cólera rabiosa. ¿Por qué tienes que soportar que te hagan escuchar esa pesadilla? Sólo han pasado unos segundos y ya te sientes a punto de estallar, así que:
  • A. Pese al malestar creciente que te va invadiendo, acojonado (aunque ni a ti mismo te lo admitas) por una eventual reacción hostil del muchacho, no haces nada. Te repites mentalmente que ya sólo faltan veinte estaciones para tu destino y que estás dando un ejemplo (¿ante quién?) de civismo sereno. Como un breve relámpago se asalta una melancólica añoranza de tu perdido cristianismo escolar, cuando los sacrificios tenían un sentido trascendente.

  • B. Te levantas con suficientes aspavientos para que ese joven energúmeno se percate de su falta de educación y te diriges al asiento libre más alejado que haya , mientras piensas que en la próxima parada cambiarás de vagón. En el caso de que al alzarte profieras alguna expresión despectiva y/o insultante del tipo "mierda de música", "gente maleducada", etc has de sumar dos puntos en el cómputo final.

  • C. Le pides educadamente a tu vecino de viaje que se ponga auriculares para que puedas concentrarte en la lectura (naturalmente debes tener un libro ostensiblemente abierto, lo cual no ha impedido para nada que el chaval decidiera hacerte escuchar su mierda sónica).
Supongamos que tu respuesta ha sido la A: sin decir esta boca es mía ni mover un sólo músculo del cuerpo, la vista fija en la misma línea del libro, vas sintiendo como si una batidora dentro de tu cerebro estuviera fundiendo todas las neuronas en una gelatina informe. Tratas de contrarrestar el proceso repitiendo mentalmente algún viejo mantra yóguico y, al mismo tiempo, visualizar un cielo azul infinito. Sin embargo la diabólica potencia del reggaeton es implacable y a las pocas paradas comprendes que estás a punto de desfallecer. Notas calambres, náuseas, una cefalea que combina todas las categorías conocidas, la cara la tienes congestionada, te parece que estás a punto de desmayarte y, al mismo tiempo, sientes tantísimas ganas de gritar que dudas de ser capaz de refrenarlas. Ante esta situación (a la que has llegado por tu propia inactividad), cuál de las siguientes opciones describe mejor tu comportamiento subsecuente:
  • A. Coherente hasta el final, sigues sin hacer nada hasta que acaece el presentido colapso, el cual puede presentar, a su vez, dos variantes: la agónica y la violenta. En la primera, el dolor cerebral y muscular alcanza tales cotas que hace que te desmayes; irónicamente, caes sobre el chaval del reggaeton, quien se asusta, pide ayuda, hace que se detenga el tren, te llevan en camilla hasta un puesto de primeros auxilios ... Pero de todo esto no te enteras, ya que despiertas casi media hora más tarde. La segunda variante, la violenta, se manifiesta en que pierdes el control de ti mismo, te levantas de golpe y, gritando a todo pulmón y con espumarajos en la boca, te pones a dar saltos en el centro del vagón. También en este caso el tren se detiene y eres inmovilizado por agentes de seguridad del metro que, sin que tampoco te enteres de nada, te llevan a un centro de primeros auxilios. Pasado más o menos el mismo tiempo recuperas la consciencia. En ambas variantes, el examen neurológico que te hacen al día siguiente no explica las causas del incidente ni, afortunadamente, revela que te haya dejado ninguna secuela.

  • B. Te levantas con suficientes aspavientos para que ese joven energúmeno se percate de su falta de educación y te diriges al asiento libre más alejado que haya, mientras piensas que en la próxima parada cambiarás de vagón. Se trata, en efecto, de la misma opción B planteada inicialmente, pero ocurre después de haber estado un largo rato soportando en silencio la mierda sónica de tu vecino. Por eso, si bien has de continuar el test al igual que si hubieras optado por la respuesta B inicial, no olvides sumar el puntaje de la A inicial en el cómputo total.

  • C. Le pides educadamente a tu vecino de viaje que se ponga auriculares para que puedas concentrarte en la lectura. Como en el caso anterior, volvemos tardíamente a una de las opciones iniciales, así que has de continuar el test al igual que si hubieras optado por la respuesta B inicial, pero no olvides sumar el puntaje de la A inicial en el cómputo total.

  • D. Te decides por cualquiera de las acciones que se plantean más adelante en este test como subsecuentes a las respuestas B y/o C iniciales, ya sea en la segunda etapa temporal o en alguna posterior. En este caso, has de continuar el test yendo directamente a dicha opción y sumando el puntaje correspondiente.

Si alguien esperaba que pusiese reggaeton como banda sonora de este post, es que no ha entendido nada.

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

lunes, 5 de enero de 2009

Intrigas electorales (escenas chipunas)

- Pero Rodri, ¿por qué me dices eso? Paripé y su gente son buenas personas.
- Esther, tú siempre crees que todos son buenas personas. No tengo ahora ganas de discutir pero créeme: en política nadie que lleve un tiempo va de buena fe. Si Facundo Paripé te ha propuesto para que encabeces su grupo, apuesta lo que quieras a que algo hay en estas elecciones que no te dicen.
- Cariño, a veces me da la impresión de que estás celoso. Simplemente necesitan gente dispuesta a dar el callo, empeñada en arrimar el hombro para desmontar este sistema corrupto del PICHi. Fíjate en lo que el Colectivo está logrando en los municipios vecinos. La denuncia de la reventa especulativa de la playa ha puesto contra las cuerdas al alcalde de San Trifón del Río. No dudes que las actuales intenciones del nuevo alcalde de Laurisilva del Estanque pretenden, entre otras cosas, desviar la atención de esa y otras chorizadas del PICHi. Por eso es importante entrar en el ayuntamiento; quién sabe si incluso, como sueña Facundo en su exagerado optimismo, nos hacemos con la alcaldía.

Amando Kalinas detuvo la grabadora y esbozó una sonrisa irónica ante el gesto ceñudo de su socio y amigo Ubaldo Pachulero, el presidente del PICHi. Tenía yo razón, afirmó, Paripé quiere tomar sus propias decisiones. Pachulero no contestó; la frente fruncida y la mirada baja eran pistas de sobra para cualquiera que lo conociese mínimamente: el presidente estaba cabreado y se esforzaba por serenar su ánimo. Pasado un rato inició, en su acostumbrado estilo seco y directo, un interrogatorio a su socio.

- ¿ Quién es esa Esther?
- Una ecologista que trabaja en el departamento de urbanismo del Ayuntamiento de Laurisilva. Esther Ronchamp Colorado; el padre, un francés irrelevante, pero la madre una Colorado ... ¿Qué te parece?
- ¿De los Colorado de Garbanzuela?
- Por supuesto, ¿de cuáles, si no? La madre es la menor de la prole de Pancracio. Dicen en Garbanzuela que cuando nació, al patriarca hacía tiempo que no se le levantaba; rumores hubo para todos los gustos, pero, claro, siempre en voz baja. Era hacia mediados de los cincuenta, imagínate. Pancracio estaba casado por entonces con su segunda mujer, un bellezón de la época. Seguro que a más de uno le habría gustado hacerle una barriga, pero mucha tenía que ser la lujuria para superar el terror que imponía el viejo. Las murmuraciones, en cambio, son más audaces y a media voz siempre han acompañado a la familia.
- Para ser lituano te gusta el chismorreo tanto como a la más chipuna de mis comadres. ¿Que coño nos interesa que hace medio siglo le hayan puesto los cuernos al cacique de Garbanzuela?
- Pues que por culpa de esos rumores, la madre de la pibita cuya voz acabas de oír fue criada entre los Colorado pero no como una más sino digamos que "bajo sospecha". Dicen que el viejo no la besó nunca y ni su propia madre la trató cariñosamente, temerosa de las iras de su marido. No es de extrañar que la chica saliera rebelde y que con apenas diecisiete años, a principios de los setenta, se escapara de casa. Fue a parar a Francia, sin duda para alejarse lo suficiente de las influencias de su poderosa familia. Casi no se sabe nada de lo que hizo allí para sobrevivir, aunque no es difícil de imaginar sabiendo cómo acabó. Murió en el 81, con sólo veinticinco años, en La Rochelle; de sobredosis. Vivía con un francés, bastante mayor que ella, el tal Ronchamp. Un individuo de mala calaña, un marino normando reconvertido a camello; sin duda era él quien, al menos en los últimos años, le facilitaba la heroína. El caso es que este Ronchamp se presentó en el verano del 82 en la casa de los Colorado a comunicar a la familia que la hija de la que hacía años no tenían noticias había fallecido en Francia dejando dos huerfanitos, un niño de dos años y una mocosilla de uno, esta Esther que Paripé quiere presentar como cabeza de lista en las municipales para Garbanzuela.
- ¡Muchacho! Si parece un argumento de telenovela venezolana. Tus servicios de información no dejan de sorprenderme, Amando. Y entonces, esta chica ¿cuenta con el apoyo de la familia Colorado a su candidatura?
- En principio sí, pero las cosas no son tan sencillas. Para una parte de la familia, la de los hijos de la primera mujer de Pancracio, Esther, como su madre, está bajo sospecha, por decirlo suavemente. Te acordarás de que a la muerte del viejo, en el 76, hubo una especie de secesión familiar. Los hijos mayores se quedaron con casi todas las tierras y exiliaron a la madrastra con sus dos hijos a la que había sido la cabaña de caza del viejo. Tampoco vayas a creer que era poca cosa; la llaman cabaña pero es un verdadero palacete en el que el cacique alojaba suntuosamente a los figurones del Régimen invitados a sus famosas partidas de caza. Pero sin ser una miseria, lo que les tocó a los segundones fue moco de pavo comparado con las propiedades de los mayores; una ladera boscosa al otro lado del barranco que limita Garbanzuela contra fincas agrarias en tentadora continuidad con el pueblo.
- Y las diferencias se agudizaron cuando, hace veinte años, la mayor parte de esa ladera boscosa a que te refieres la declaramos Espacio Natural Protegido. Fue a petición de Lucas Colorado, en pago por entregarnos la alcaldía de Garbanzuela.
- En efecto; la cosa es que los Colorado mayores no quisieron a los hijos de su hermana menor, de la bastarda, como la llamaban. No obstante, tampoco podían permitir que fuesen abandonados, ni que su historia se airease demasiado. Así que los niños fueron llevados a la cabaña con su abuela y tíos y al francés le compraron su silencio y lealtad poniéndolo como encargado de una explotación cebollera en el municipio de Valleñocos (la finca, dicho sea de paso, que nuestro viejo amigo Alexis Cachango recalificó el año pasado). Esther, pues, se ha criado al margen de la rama principal de los Colorado. De hecho, según me cuenta su novio, no se siente parte de esa familia y, cuando alguien le pregunta su parentesco con ellos, se desmarca diciendo que es de otros Colorado.
- Entonces, es la chica quien no quiere apoyarse en las influencias de su familia ...
- Esther es una buena chica y cree sinceramente en esas monsergas del desarrollo sostenible y pamplinas similares. Aunque desconoce mucho de los negocios de los Colorado, no ignora las más evidentes operaciones inmobiliarias de la familia, ejemplos claros de aquello contra lo que lucha. Si además le sumas el inevitable rencor que ha de sentir contra sus parientes poderosos, resulta evidente que ahora más que nunca les mostrará su repudio. Sin embargo ...
- Sin embargo, ¿qué?
- Que, como bien sabes, los Colorado son frontalmente opuestos a nuestro plan de fusión de Garbanzuela y Laurisilva y, según sus maquiavélicos cálculos, han decidido que les conviene tener a su sobrina como alcaldesa. Es decir, que quieren apoyar al Colectivo Voltereta pero, naturalmente, sin que se sepa que los apoyan. Sé que hace una semana Lucas Colorado y Facundo Paripé almorzaron juntos fuera de Chipunia. Conociendo a Paripé, no me cabe ninguna duda de que aceptará la ayuda de los Colorado. Es más, no descartes que les facilite información sobre nuestros planes que sólo los más cercanos deberíamos conocer.
- ¿Qué información?
- Tiene que ver con la fusión, aunque todavía no la conozco con exactitud. Sí sé que proviene directamente del alcalde de Laurisilva del Estanque.
- ¿Ricardo? Estás loco, Ricardo Palmero es de nuestros hombres mas leales, nunca nos traicionaría.
- No he dicho que nos haya traicionado, Ubaldo; simplemente me temo que ha pecado de exceso de confianza y, si me apuras, de encoñamiento propio de su juventud.
- ¿De qué leches me hablas?
- Te he dicho que Esther trabaja en el departamento de urbanismo del Ayuntamiento de Laurisilva, ¿verdad? Lo que aun no te había mencionado es que la muchacha está muy bien, que es una monada. Pues el caso es que, en las pasadas fiestas municipales, en uno de esos almuerzos de confraternización, Ricardo la conoció y quedó encoñado. Lleva tres meses acosándola; al principio eran insinuaciones educadas pero ha ido a más, tanto que Alicia, la jefa del gabinete de alcaldía, se dio cuenta. A mí Alicia me lo contó hará un mes y, la verdad, preferí no decirte nada; para qué preocuparte si podía controlarse. Así que le pedí a Ali que vigilase de cerca a Ricardo y también que procurase intimar con Esther. Esto último ha resultado muy fácil; sin duda por que la chica necesitaba desahogarse y no tenía con quién hacerlo (a Rodrigo, su novio, gracias a Dios que no le ha contado nada). Te asombrarías si supieras las patéticas escenas que ha protagonizado Ricardo; se muere por tirarse a la piba y pasa del acoso más grosero a promesas de todo tipo. Fíjate que hasta le prometió amañar los exámenes de oposición para que obtuviera la plaza de funcionaria de carrera. Sin embargo, Esther hasta ahora, se ha mantenido firme; parece, por usar tus palabras, la virtuosa heroína de una telenovela.
- ¿Me vas a decir que le contó nuestros planes de fusión para convencerla de que se acostase con él?
- No, por supuesto que no. En su encoñamiento, Ricardo la convoca continuamente y con cualquier pretexto a su despacho de alcaldía. Según me cuenta Alicia, parece que entre reunión y reunión le gusta charlar un rato con ella, insistir en su acoso, y es habitual que la retenga en su despacho mientras él está en la sala de reuniones adyacente. Lo que creo es que Esther, uno de esos días, debió oír algo que no debía sobre Garbanzuela. En el último mes, Ricardo se ha reunido con bastantes de los capitostes del municipio vecino; no es improbable que la chica viera u oyera algo que levantara sus sospechas. Quizá, avivada su curiosidad, fisgoneara entre los papeles que imprudentemente pudiera haber dejado Ricardo sobre la mesa de su despacho. No son más que hipótesis mías. Lo que no es suposición sino hecho cierto es que Esther le pasó a Facundo Paripé información confidencial sobre la fusión de los dos municipios.
- Eso es un hecho cierto, dices ...
- Sí, me lo ha dicho Rodrigo, su novio. A él no ha querido precisarle los detalles y le ha explicado que lo sabe porque le enviaron erróneamente un expediente de alcaldía. Cuando, siguiendo mis instrucciones, Rodrigo ha tratado de sonsacarle datos concretos, ella se ha violentado. Pero sí le dijo que tenía que hablar con Paripé. Por tanto, poniéndonos en lo peor, como siempre dices que hemos de hacer, demos por sentado que Paripé sabe más de lo que debería y también los Colorado.
- Es decir, que en las elecciones municipales de Garbanzuela la joven Esther va a ser, sin ella saberlo, el arma de los Colorado contra nuestros planes. Bueno, quizá sea divertido.
- Presidente, teniendo en cuenta lo que hay en juego, no me parece que divertido sea la calificación más procedente.
- Es que, querido amigo, a pesar de tus magníficos servicios de información, puede que yo sepa algo que tú todavía ignoras. No te preocupes, te lo contaré en breve; pero antes déjame que haga un par de llamadas.


CATEGORÍA: Ficciones

domingo, 4 de enero de 2009

Regalos navideños

Dice mi amigo Federico en su último post que, ante un sistema económico cuya crisis produce como primeras víctimas a los más desprotegidos, ante las tragedias que en estos días viven tantas personas, una actitud correcta, una pequeña contribución contra el actual y rechazable estado de cosas sobre las que apenas tenemos control, sería oponerse a la orgía anual de consumo tan propia de estas fechas. Por supuesto, desde nuestra situación occidental de niños mimados del primer mundo, podemos argüir que se requiere nuestro consumo para que la economía funcione, para que el capitalismo (al fin y al cabo, como la democracia, el menos malos de los sistemas conocidos) remonte esta crisis (financiera que no real, mas ¿qué es ya lo real?) Pero tengo la impresión de que los argumentos de la fría lógica económica no logran que nos convenzamos desde las tripas (que es donde radican los convencimientos verdaderos). Si con menos del 1% del dinero que los estados occidentales están inyectando para reflotar la banca se puede salvar a los millones de personas que cada año mueren de hambre, por más que me acumulen razones difícilmente dejaré de pensar que esas políticas públicas son inmorales. Análogas sensaciones me llevan a coincidir con Federico en que esta gran orgía del despilfarro es también inmoral, y más inmoral cada año que pasa.

Ahora bien, ¿cómo no comprar, cómo no ser cómplice de esta frenética vorágine consumista teñida, para más inri, de altruismo generoso? Pasado mañana vienen los Reyes Magos y han de venir cargados de regalos. Estos días, la autopista de escasos ocho kilómetros que une Santa Cruz y La Laguna (las dos mayores ciudades de esta Isla) mantenía sus cuatro carriles absolutamente colapsados con multitud de vehículos, los aparcamientos públicos de las zonas comerciales estaban atestados, las tiendas y grandes almacenes completamente abarrotados de gente ... Es posible que lo cercano opaque el recuerdo de lo remoto, pero me atrevería a asegurar que hay muchísimas más personas comprando este año que el pasado. Y se supone que estamos en crisis, que son malos tiempos y que vienen peores. La única explicación que se me ocurre es que la pulsión por los regalos navideños la tenemos ya implantada en lo más profundo del sistema límbico, es algo ya más fuerte que nosotros, que no podemos eludir, por mucha argumentación racional o reflexiones éticas nos hagamos. Como no creo que nos venga dada por la genética, habremos de concluir que se trata indiscutiblemente de un virus exitosamente inoculado por el sistema económico.

El caso es que si no te gastas el dinero que corresponda en comprar regalos a los que te son más cercanos quedas poco menos que como un desalmado. A la inversa, tampoco vale de nada que a las personas queridas les insistas por activa y por pasiva que no te regalen nada, que no quieres regalos. Te miran sonriendo y simplemente evitan discutírtelo ... y luego "sus" Reyes resulta que te han traído un montón de cosas. A veces incluso se me han enfadado, afeándome esa pretensión mía de "prohibirles" que me regalen; según ellos, con esa actitud les estoy privando de sentirse felices porque, efectivamente, les hace felices regalarme cosas. Y es verdad, les hace felices porque me quieren y cuando quieres a alguien te sientes bien haciéndole el bien; y una forma inmediata de hacer bien (inducida en estas fechas) es hacer regalos. Junto a esta motivación "bienintencionada" hay otra que podríamos calificar de su "negativo" y que se traduciría en un cierto miedo de que, si a esa persona que queremos no le regalamos nada, piense que no la queremos. De una u otra forma, lo cierto es que el consumismo mercantilista ha logrado atrapar en sus redes al más noble de los sentimientos; así, nos guste o no, nos lo digamos abiertamente o evitemos incluso pensar en ello, en estas fechas, mediante las compras de los regalos navideños, ponemos precio a nuestros amores.

Además de la inmoralidad descarada que supone este consumismo navideño, hay otro efecto que quizá parezca de menores repercusiones sociales pero que tampoco es baladí. Resulta que nos están estandarizando (y, consecuentemente, empobreciendo) los modos de expresar nuestro amor; pronto llegará un momento en que sólo habrá una forma efectiva de hacerlo: mediante el regalo de un producto de consumo dotado de los atributos comerciales adecuados (que habrán sido, obviamente, consagrados a través de una estricta campaña de marketing). Naturalmente, la creciente banalización de la producción de los bienes de consumo (que acumulamos sin saber bien para qué) llevará pareja la banalización del amor que expresamos regalándolos y, para escapar de esa banalidad cualitativa, no quedará sino incrementar cuantitativamente el consumo, alimentando la espiral del crecimiento eterno en que se basa este irracional sistema capitalista.

Sin renunciar al imprescindible activismo ético (en la línea del post de Federico), para contribuir a una progresiva reducción del consumismo navideño, pienso que deberíamos también apelar a motivaciones más "emocionales". Así, por ejemplo, no estaría de más insistir en que hay que recuperar formas de expresar el amor que sentimos hacia nuestras personas queridas que no pasen por comprarles bienes de consumo. Bueno sería poner de manifiesto que, en el fondo, un regalo comprado supone siempre, en mayor o menor grado, "ensuciar" el amor que nos motiva a hacerlo, y mucho más cuando se convierte (como se ha convertido) en el modo único. Hace poco leía que el mejor regalo es aquél que tiene algo de quien lo da y algo de quien lo recibe; difícilmente pueden cumplirse esos requisitos en un objeto adquirido en El Corte Inglés. Por eso sugeriría que empezásemos a ofrecer regalos "hechos" por nosotros, sean objetos o bienes intangibles. Y de todos esos bienes, para mí, sin ninguna duda, el más valioso es el tiempo; qué mejor regalo puede hacerte alguien que te quiere que dedicarte su tiempo, su atención, sus cuidados ...

Pero, en fin, me temo que predico en el desierto. Que los Reyes os traigan muchos regalos, pese a que seguramente casi ninguno de ellos aumentará vuestra felicidad. Pero, sobre todo, que quienes os hagan esos regalos encuentren tiempo y ganas para daros su amor de muchas otras y más satisfactorias formas.


Todo en el nombre del amor, dice Willy Deville (muy apropiado a este post).

CATEGORÍA
: Reflexiones sobre emociones

jueves, 1 de enero de 2009

Chi scopa a capo d'anno ...

.. scopa tutto l'anno. Se trata de un dicho italiano, muy popular en esas tierras. Scopare quiere decir barrer, así que la traducción sería que quien barre en año nuevo, barre todo el año. Es, como cualquier puede comprobar, un elogio de la limpieza, con la finalidad de que incluyamos, entre tantos típicos y tópicos propósitos para el año que comienza, el de ser ordenados, el de mantener nuestro entorno, pertenencias y también nuestros pensamientos en las mejores condiciones de higiene y ornato.

Yo, la verdad, tiendo a ser desordenado así que lo de scopare me lo he propuesto para este 2009 y, haciendo caso al refrán (aunque no sea patrio, pero es que los nacionalismos no son buenos), ya esta mañanita, como primera medida de año nuevo, he scopato un ratito. Muy bueno para despejar la resaca, oiga. Y, al acabar, se queda uno muy a gustito, de un relajado que maravilla. Si es que hay que hacer caso a los consejos morales de esa profunda y nunca bien ponderada sabiduría popular (sí, aunque no sea patria) ...

Algunas veces he oído el dicho enunciado negativamente: Chi non scopa a capo d'anno, non scopa tutto l'anno. ¡Qué barbaridad! Estos italianos, a veces, son demasiado radicales; y eso que tienen justamente la fama contraria, la de pragmáticos, conciliadores, lábiles. Imagínate todo un año sin barrer: la suciedad se acumularía en tal grado que llegaríamos a diciembre desquiciados. No sería de extrañar que, en la siguiente nochevieja (cuando por fin la maldición refranesca puede quebrarse) uno cogiera la primera escoba que encontrase y, sin los necesarios preparativos, se pusiese a barrer frenéticamente.

Así que, por si acaso, en este primero de enero os recomiendo encarecidamente que barráis un ratito, que barráis bien, poniéndole toda la dedicación que tan importante tarea se merece, para que este 2009 sea para todos un año limpiecito, ordenado e higiénico. Hala, a scopare tutti.



CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Feliz año nuevo

Ayer estuvo lloviendo ininterrumpidamente desde primeras horas de la madrugada hasta el anochecer. Leo que en Santa Cruz se han medido 45 litros por metro cuadrado, lo que es mucho. El temporal venía además acompañado de fuertes vientos del suroeste (más de 80 kilómetros/hora) y, en La Laguna, de una espesa niebla que apenas te dejaba ver a unos metros. Pero no había de despedirse así el año, porque hoy ha amanecido un cielo casi despejado con un sol alto y brillante; el aire fresco y con olor a limpio. La ciudad, en las primeras horas de la mañana, estaba bastante vacía: parece que se ha generalizado que el 31 no se trabaje. Yo, en cambio, he subido a la oficina, a tener un par de reuniones y recoger algún material que tengo que rematar antes del fin de semana.

Este es el tercer año que se acaba desde que escribo en este blog. Compruebo que tanto el último día de 2006 como de 2007 publiqué el correspondiente post. Toca hoy pues hacer lo propio para ir consolidando, de tal guisa, una especie de tradición que, pasados unos años, lustros, décadas o incluso siglos (¿por qué no habían de continuar este blog mis herederos?), pudiese optar a ser reconocida como una muestra representativa del acervo cultural, mereciese la declaración de patrimonio de la humanidad (el post de nochevieja de Miroslav). Obviamente, en estas fechas, la entrada debe hacer (o, al menos, simular que hace) balance del año que acaba y también expresar los propósitos y/o anhelos para el venidero. Pues vamos a ello ...

Lamentablemente, lo cierto es que no me apetece nadita nada balancear el 2008 y, además, no tengo tiempo. En cuanto a mis propósitos para el 2009, no me atrevo ni a decirlos en voz alta. Sí comentaré que me acojona la velocidad a la que se escapa el puñetero tiempo: ¡2009: si ya estamos terminando la primera década del XXI! Y yo redondearé el medio siglo; ¡Mamma mia! Sé que es así y, sin embargo, no me lo creo; no me lo creo en las tripas, que es donde residen los verdaderos convencimientos. Creo que fue Borges quien dijo que el tiempo se mide por fracciones de nuestra edad; eso explicaría que cada vez nos resulte más breve. Como sea, el propósito (el anhelo) que se me impone es el exprimirlo al máximo, intentar vivirlo con la mayor intensidad posible (con la mayor felicidad).

Hay otros, por supuesto, pero, al fin y al cabo, son secundarios o, si se prefiere, quedan incluidos en el anterior. No obstante, la excesiva presión laboral a que he sido sometido en los últimos seis meses tampoco me ha dejado apenas tiempo para siquiera esbozar planes de futuro. O no más allá del próximo mes de enero, que ese sí que lo tengo tan previsto de actividades que no creo que me den los días. Hasta el quince, currar como un cabrón, pues la prórroga que ingenuamente deseé me fue concedida (desconfiemos de nuestros deseos; que razón tenía Buda). Luego, para celebrar eso y otro acontecimiento de mayor calado, una escapadita de fin de semana con destino todavía no completamente decidido. Seguirá una semana de planificación detallada del trabajo para el 2009 a fin de evitar que nos ocurra lo que nos ha ocurrido en estas fechas (supongo que no lo lograremos, pero en fin). Y hacia final de mes tengo un viaje "de trabajo" (ja ja ja) a México, que me ilusiona muchísimo; nunca he estado allí y, como saben quienes me leen, es un país que me atrae enormemente.

¿Los siguientes once meses? Pues imagino que trabajar mucho (demasiado) porque dentro justamente de un año deberemos estar entregando el Plan General para que sea aprobado inicialmente. Pero también espero que una buena planificación previa y una disciplinada gestión del tiempo y de los recursos me permita hacer algo más que trabajar y, sobre todo, que la presión de esta última etapa se relaje un tantito. En todo caso, confío en seguir escribiendo y en seguir leyendo a mis blogueros habituales (y a los nuevos que vaya a descubrir) que tanto me entretienen y enseñan. A todos los que me leen (que por estas fechas sé que son muy pocos) aprovecho para desearos, con cariño, el mejor año posible; que seáis todo lo felices que podais aguantar.


Nota: Estuve tentado de subir un video de algún concierto vienés de año nuevo (la Marcha Radetzky o algún vals de Strauss) por eso de afianzar la vocación tradicionalista de este post. Sin embargo, al final me he decidido por esta preciosa canción de los chicos irlandeses (de épocas en que me gustaban más) que también es alusiva a estas fechas (I will be with you again).

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

sábado, 27 de diciembre de 2008

Coincidencias entre mi vida y una novela (y III)

Nada más irse sus padres, Jessica me tomó la mano y su apretón lo traduje como confirmación de mis calenturientas expectativas. Estábamos de pie en la sala, como dos estatuas indecisas, cuando apareció la empleada para anunciarnos que nos esperaba una merienda. La muchacha entró y salió, en una sensación de irrealidad teatral. Entonces, sin que me lo esperase en absoluto, Jessica se giró hacia mí y me besó; juntó su boca a la mía y disparó su lengua hacia adelante que, como un animal dotado de vida propia, se dedicó a explorar ansiosamente mis cavidades mientras yo apenas me desprendía de mi pasmada pasividad. También este incidente (aunque no exactamente en el mismo momento de la secuencia de los acontecimientos) aparece en la descripción de la cita entre Leslie y Stingo; cito de la página 293:

De pronto, su lengua se coló en mi boca. A decir verdad, yo no había dirigido ninguna invitación a aquel prodigio de lengua: sólo me había vuelto hacia Leslie para observarla, esperando que la expresión de deleite estético que pudiera descubrir en su rostro correspondiera a la que yo sentía en el mío. Pero no pude ni vislumbrar su cara, tal fue la increíble rapidez con que aquella lengua se me adelantó. Sumergida en mi boca abierta de sorpresa y retorciéndose en ella como un raro animal marino, casi me dejó sin resuello mientras parecía buscar un punto inalcanzable cerca de mi campanilla; se meneaba, pulsaba y se contorsionaba para barrer una y otra vez mi bóveda bucal; creo que, por lo menos una vez, dio la vuelta completa sobre sí misma. Resbaladiza como un delfín, menos húmeda que deliciosamente mucilaginosa y con sabor amontillado, tuvo por sí sola la fuerza suficiente para echarme hacia atrás, contra la jamba de una puerta, donde me mantuve apoyado, indefenso y con los ojos fuertemente cerrados, en espera de que terminara aquel éxtasis lingual. No sé lo que aquello duró, pero cuando por fin se me ocurrió corresponder, o intentar hacerlo, y comencé a desenvainar mi lengua con un sonido gutural sentí que la suya se encogía como una vejiga deshinchada y que su boca se separaba de la mía; apretó, sin embargo, su cara contra mi mejilla y me dijo en un tono agitado: –No podemos ahora.

Y Jessica, efectivamente, se separó de mí para, tirándome de la mano, llevarme hasta la amplia cocina donde nos esperaba una bandeja con refrescos y sandwiches. Yo estaba aturdido, tratando con dificultad de poner orden en la confusa y atropellada amalgama de mis pensamientos y sensaciones. Mi estado mental debía reflejárseme en una cara de pasmarote, porque Jessica me miraba con una media sonrisa, mientras hablaba despreocupadamente de sus futuros planes universitarios (quería hacer arquitectura) y luego me apuraba a que me diese prisa porque íbamos a llegar tarde a la película; ¿habíamos quedado para ir al cine? Y fuimos al cine, a ver Saturday Night Fever, que, en esa etapa de mi vida, simbolizaba la negación de todos mis principios estéticos y musicales. Puede que aquella fuera la primera ocasión en que comprobé (en mi propia persona) cómo los principios no tienen nada que hacer ante la lujuria. El caso es que me dispuse a sufrir los cánticos y contoneos del odioso Travolta, compensados por los dedos de Jessica entrelazados con los míos e intermitentes acercamientos de nuestras cabezas culminados en breves piquitos. Como cualquiera puede fácilmente imaginar, la situación suponía un progresivo enardecimiento de mis sentidos que se aproximaban peligrosamente a las temperaturas de ignición. Intenté, desde luego, otros acercamientos táctiles, tocamientos de partes inexploradas del cuerpo de Jessica que me tenían magnetizado. Llegué a palpar sus mullidos y abultados pechos, aunque apenas unos instantes, porque enseguida la mano de ella retiró suave pero firmemente la mía. El gesto denegatorio, sin embargo, lo acompañaba de un apretón cariñoso en mi otra mano y de una sonrisa dulce, signos, en fin, que yo traducía como confirmación de una promesa para cuyo inminente cumplimiento sólo me pedía un poco de paciencia. Por eso, como Stingo en el restaurante con Leslie, no me sentí desanimado sino que mi excitación se redobló y el deseo por esa preciosa chica terminó de invadir los pocos recovecos de mi ser que aún estuviesen indemnes a su hechizo.

El regreso del cine a la casa de Jessica fue en taxi, otra coincidencia con la aventura de Stingo. Al igual que en la novela, ese viaje fue un prolongado escarceo erótico. Ella, acurrucándose junto a mí volvió a asumir la iniciativa, besándome con desesperación ansiosa. De nuevo, más que buscar palabras propias, prefiero recurrir a las de Styron que, salvo en pequeñísimos detalles, reflejan fielmente lo que viví:

Nunca hubiera creído que esa manera de besar fuera tan descomunal, tan expansiva. Pero es obvio que ha llegado el momento de que yo ejecute mi papel, y así lo hago. Mientras bajamos por la calle Fulton le correspondo "dándole la lengua", cosa que visiblemente no le desagrada, pues responde con pequeños gemidos y estremecimientos. Al llegar a este punto, estoy tan caliente que hago algo que siempre quise hacer al besar a una chica, pero nunca me atreví por sus escandalosas connotaciones: mover lenta y rítmicamente la lengua hacia dentro y hacia fuera de su boca con largos y copulatorios movimientos. Esto hace gemir de nuevo a Leslie ... Es imposible describir mi estado en ese momento. Poseído de una especie de frenesí controlado, decido que ha llegado el instante de empezar a avanzar de veras. Así pues, con gran delicadez deslizo la mano hacia arriba de modo que me permita recoger en su oquedad la parte inferior de su delicioso pecho. Y en este instante, con una incredulidad casi total por mi parte, con una firmeza y una decisión por la de ella que vencen mi delicada cautela, coloca su brazo en una posición protectora que significa claramente: "No te propases". Su actitud es desconcertante, tanto que pienso que uno de nosotros ha cometido un error, que ha fallado nuestro sistema de señales, que ella ha querido gastarme una broma pesada, o algo por el estilo. Por lo tanto, poco después, con mi lengua todavía hurgando en su gaznate y sin que ella haya dejado de gemir, avanzo la mano hacia su otra teta. ¡Wham! Lo mismo de la otra vez: el súbito movimiento de protección, el brazo que baja, lanzado, como una de esas barreras de los pasos a nivel ferroviarios. "Prohibido el paso". Es realmente increíble.

La sucesión de nuestros forcejeos en el taxi no interrumpió un beso prolongado durante todo el viaje, tanto que parecía que cada uno quisiera beberse al otro. Mis sentimientos eran, como los de Stingo, de desconcierto ante la actitud recatada de Jessica pero no por ello disminuía un ápice mi convencimiento de que esa misma tarde iba a consumar con Jessica la pérdida de mi virginidad. Así, sus firmes rechazos a mis tocamientos los explicaba por la incomodidad del asiento del taxi o la presencia del chofer, inconvenientes que no existirían en el dormitorio de Jessica al que habíamos de llegar en poco tiempo. De otra parte, también hay que decir que el trayecto entre los distritos limeños de Miraflores y San Isidro probablemente fue más breve que el que hicieron Leslie y Stingo en Nueva York; insuficiente, en todo caso, para enturbiar en nada ni mi lujuria ni mis esperanzas.

Sin embargo, al llegar a casa de mi chica, recibí el primer aviso inequívoco de que el majestuoso palacio de mis deseos podía ser un mero castillo en el aire. En la puerta de entrada, antes de introducir la llave en la cerradura, Jessica se volvió hacia mí, me apretó ambas manos, me besó suavemente los labios y con voz tierna me dijo que lo había pasado muy bien, que muchas gracias y que buenas noches. ¿Cómo que buenas noches? De nuevo tuve un momento de desconcierto, el suficiente para que mi amiga abriese la puerta y se metiese dentro de su casa, dejándome afuera en estado de shock. Por suerte, reaccioné justo antes de que se cerrase totalmente el portón; espera, Jessi, grité, y debí poner tal tono de angustia en mi voz que la cara de ella, al volver a aparecer ante mi mirada, mostraba una expresión mezcla de preocupación, dolor y pena. De pronto, empecé a entender que esa noche no iban a consumarse mis expectativas; es más, como un relámpago devastador, por mi mente cruzó la intuición de que ni esa noche ni nunca me tocaría en suerte disfrutar de ese cuerpo tan voluptuoso que tenía delante. Ahí, en el umbral, los dos nos miramos con ojos tristes y, sin palabras, nos abrazamos. Ella se apretó contra mí y cuando sintió que le correspondía con un abrazo tan o más fuerte, pareció aflojarse y comenzó un llanto espasmódico. Ya no era la muchacha desvergonzadamente liberal, sino una chiquilla que temblaba entre mis brazos. Mi confusión se incrementaba; me venían las más diversas emociones a una velocidad demasiado vertiginosa para que mi cerebro pudiese procesarlas. ¿Qué estaba pasando?

La llevé abrazada hasta la sala y me senté con ella en un sofá. No dejaba de llorar, y a medida que transcurría el tiempo mi preocupación aumentaba. Por fin, entre hipidos y miradas de dolor, me contó que era virgen, que nunca había pasado de los besos y que, además, tenía pavor a ir más lejos. Se daba cuenta, me dijo, de que yo esperaba más de ella y eso no podía dármelo. Necesitaba, me explicó, cubrir antes unas etapas en su sexualidad, algo que yo debería entender. A medida que hablaba, mi lujuria iba transformándose en una mezcla, a partes iguales, de culpabilidad y sensación de haber sido estafado. Pensándolo tiempo después, me di cuenta de que hacerme sentir culpable (¿de qué?) era la estrategia que Jessica usaba para evitar que se volviese en su contra la indignación natural de un chaval a quien frustraba las expectativas que ella misma había alimentado. Y ese arma, desde luego, la usaba con maestría porque me encontré consolándola con palabras tiernas y haciéndole caricias absolutamente asexuadas. Al cabo de un rato me despedí con un casto beso, prometiéndole que la llamaría al día siguiente.

A Stingo vino a ocurrirle algo muy similar que no transcribo porque es demasiado largo y tiene varios detalles (la mayoría de ellos relacionados con referencias psicoanalíticas) que no se produjeron en mi historia. Digamos que mi desenlace fue más sencillo, carente de los matices intelectualoides de la novela, como, por otra parte, corresponde a las diferencias de edad entre las dos parejas (la de la novela y la mía). Pero esos matices diferenciales no anulan las coincidencias fundamentales y, para mí, sorprendentes. Como Stingo, yo tampoco volví a quedar con Jessica (a quien sin embargo sí volví a verla porque, meses después, ingresó en mi misma universidad para estudiar arquitectura). Fiel a mi palabra, la llamé al día siguiente, pero con alguna excusa eludió el que nos citáramos. Creo recordar que insistí alguna vez más, pero por diversos motivos no hubo más encuentros. Enseguida conocí a otra chica y con ella sí mantuve una relación bastante más "sana" y fructífera; un clavo saca otro clavo y, además, el clavo de Jessica ni siquiera había tenido tiempo de hundirse mucho. De hecho, seguro que esta historia habría permanecido en el recoveco olvidado de mi cerebro en el que estaba si su recuerdo no me hubiera sido devuelto gracias a la lectura de La decisión de Sophie.

CATEGORÍA: Literaturas y Recuerdos

martes, 23 de diciembre de 2008

Coincidencias entre mi vida y una novela (II)

En mi afán por resaltar las coincidencias, en el post anterior omití algunas notas diferenciales entre el grupo de chicos de Coney Island en el verano de 1947 y el que estaba (yo entre ellos) en el Club Regatas en 1977. La más significativa es que las edades diferían una media de cinco años, lapso más que importante cuando se es tan joven. Los estadounidenses eran graduados superiores, intelectuales, como deduce Stingo; en mi grupo había chavales recién ingresados a la universidad o, como Jessica, del último año de la secundaria. Así, aunque esa tarde en el Regatas se habló de orgasmos y de Freud, el nivel hubo de ser bastante más superficial que el de la novela, cuyos personajes tenían sobre la arena ejemplares de La Función del Orgasmo. Por aquellas fechas no es que no hubiera leído a Reich, sino que con toda seguridad desconocía su existencia. Tampoco, a diferencia de los de Brooklyn, los chavales limeños habíamos sido psicoanalizados, si bien creo recordar que Jessica contó que su madre estaba asistiendo a sesiones con un analista extraordinario. De hecho, me impactó que en esa conversación se ligaran dos términos para mí entonces tan ajenos como padres y sexualidad. No diría que Jessica afirmara algo tan provocativo como Leslie (Antes de empezar el psicoanálisis era completamente frígida, ¿os lo podéis imaginar? Ahora no pienso en otra cosa que en joder. Wilhelm Reich me ha convertido en una ninfómana. Me refiero a la sexualidad cerebral -página 222), pero aunque las voces de aquella tarde no estén frescas en mi memoria, sí creo que ese día me convencí, como Stingo, de que mi nueva amiga tenía toda la experiencia necesaria para ser la mejor maestra sexual que pudiera encontrar.

Así que, si he de describir mi estado al día siguiente, antes de salir hacia casa de Jessica, el siguiente párrafo de la novela resulta casi perfecto: Mientras yacía en la rosácea luz de mi habitación ( la luz probablemente no era rosácea, vale) y los minutos de la tarde se arrastraban con lentitud, se unió a mi enfermizo estado una incredulidad cercana a la demencia. Hay que recordar que mi castidad se hallaba casi intacta (en mi caso, usar el casi es casi pretencioso). No estaba sólo a punto de yacer mucho mejor que en aquel momento; me había embarcado en un viaje a Arcadia, a la Tierra Prometida, a las estrelladas regiones de terciopelo negro situadas más allá de las Pléyades. Traía de nuevo a mi memoria (¿cuántas veces había evocado su sonido?) las claras indecencias que Leslie había pronunciado y, mientras lo hacía, el visor de mi mente volvía a dar forma a cada hendedura de sus húmedos y suculentos labios, a la ortodóntica perfección de sus brillantes incisivos, incluso a una sutil mota de espuma en el borde del orificio bucal. Me parecía el más fabuloso de los sueños de un fumador de opio la casi seguridad de que, antes de que terminara aquella misma noche, aquella boca sería ...No podía permitirme tales pensamientos sobre aquella resbaladiza boca y sus inminentes empleos. (La boca de Jessica, ciertamente, me obsesionaba pero, aclaro, no era la única parte de su cuerpo que me mantenía en permanente desasosiego).

Luego, caminando las escasas cuadras entre mi casa y la de Jessica, me pregunté, cómo sería un hogar y una familia judía ya que, al igual que el narrador de La decisión de Sophie, nunca había conocido ninguna. Mi ignorancia era aún mayor que la de Stingo ya que, en la España franquista de la que provenía, judío era algo así como una categoría mítica respecto a la cual se mantenían de forma genérica leyendas muy parecidas a las de 1492. Por supuesto que yo no creía para entonces en conspiraciones judeo-masónicas (uno de los mantras favoritos del General) pero comprobé que carecía de la mínima información fiable con la que sustituir todas esas bazofias antisemitas. Por eso, a diferencia de Stingo, no me hice ninguna imagen mental previa de unas habitaciones sombrías revestidas de nogal, ni de una mesa con el Menorah u otra con el Talmud; tampoco pensé en que los padres pudieran ser inmigrantes centroeuropeos que hubiesen llegado al Perú escapando de las persecuciones nazis (¿o quizá los abuelos?) y que hablarían un castellano con acento rasposo, herencia de su idioma eslavo natal. Pero, aunque carente de imágenes, sí es cierto que iba con prevención, pensando que me metía en un mundo ajeno a mis referencias. Luego, como pasa en la novela, descubrí que la casa era de lo más normal (la normalidad propia de la clase medio-alta de San Isidro en aquellos años) y también de los más normal eran los padres de Jessica. Sin embargo, aunque por esos días no fui capaz de entenderlo en toda su dimensión, el judaísmo de Jessica (o más bien mi no judaísmo) fue uno de los factores (entre varios otros) que determinó que mi relación con Jessica no pasase de un simple amago.

Una empleada doméstica (no era negra como en la novela) me hizo pasar a la sala donde me recibió el padre de Jessica. Lo recuerdo como una persona encantadora, algo bajito y rechoncho, que hablaba con voz muy suave y me hacía infinidad de preguntas: sobre España, sobre mis padres, sobre la carrera de arquitectura, sobre todo ... Me ofreció una cerveza y cuando llevábamos un rato charlando, apareció la madre, que era lo más opuesto al marido que cabía imaginar; se trataba de una mujer enorme que, además, vestía de forma extremadamente barroca. Iban a salir a una cena, de forma que Jessica y yo tendríamos la casa entera a nuestra disposición. Es decir que se daban exactamente las mismas circunstancias que las que narra Styron en la novela. Asimismo, para describir la aparición de Jessica en la sala, justo en el momento en que sus padres se disponían a despedirse, me vale de sobra el siguiente párrafo:

Por fin apareció Leslie, hermosa y rubicunda (1), con un vestido negro de punto que se adhería y adaptaba a sus ondulantes redondeces de un modo dolorosamente atractivo (no me atrevería a jurar que el vestido fuera negro y de punto, pero sí que se adaptaba demasiado bien a las curvas de mi amiga). Me dio un húmedo beso en la mejilla, momento en que noté los efluvios de una inocente agua de tocador que olía a algo tan fresco como un narciso (tampoco lo aseguraría pero sí que no llevaba ninguno de esos perfumes agobiantes que tanto me desagradaban) y que, por alguna razón, la hacía tres veces más excitante que las calientapollas que había conocido en Tidewater, aquellas absurdas vírgenes empapadas de su almizcleño (2) perfume de odaliscas. Esto era clase, verdadera clase judía. Una chica con suficiente seguridad para vestir de aquella manera no podía ignorar lo que era la sexualidad.

Poco después, en la despedida, el padre de Jessica le dijo a su hija palabras muy similares a las que dice a Leslie su padre al dejarla sola con Stingo: Serás buena, ¿verdad, mi princesita? Podrán acusarme de mentiroso, pero me acuerdo perfectamente de que el padre de Jessica usó exactamente el vocativo princesita, con una mezcla de cariño protector y entonación admonitoria. Desde luego desconocía el arquetipo de la princesa judía, su modus vivendi y su significado en el orden de las cosas (Styron dixit) y, a diferencia de él, tampoco puedo decir que he llegado a conocerlo. Pero oír llamar princesita de su papá a la que en ese momento representaba el culmen de mis deseos eróticos tuvo un cierto efecto anticlímax. De hecho, a la vista de cómo transcurrió mi velada en las siguientes horas, creo que el término "princesa judía" se me ha grabado en el subconsciente y no precisamente como un refuerzo de mi libido. Por cierto, un par de años después, cuando Zappa sacó su fantástico Sheik Yerbouti, la audición de su Jewish Princess (quiero una guarrilla princesa judía, una pequeña princesa judía cachonda) me recordó inevitablemente a Jessica.

Y aquí paro esta segunda entrega, para que Alicia vuelva a quejarse (con razón) de que no llego a lo mejor (he dado más de una pista); habrá una tercera.



(1) Rubicunda es una palabra que siempre me ha sonado mal y, sin embargo, en este caso, tiene la virtud de que sus dos acepciones valen perfectamente para la imagen que conservo de Jessica: era rubia tirando a rojizo y tenía un estupendo color que denotaba completa salud.

(2) No sé identificar el olor almizcleño pero, atendiendo a la definición del DRAE (Sustancia grasa, untuosa, de olor intenso que algunos mamíferos segregan en glándulas situadas en el prepucio, en el periné o cerca del ano, y, por ext., la que segregan ciertas aves en la glándula debajo de la cola. Por su untuosidad y aroma, el almizcle es materia base de ciertos preparados cosméticos) puedo suponer que corresponde a esos perfumes que tanto me agobian.

CATEGORÍA: Literaturas y Recuerdos

sábado, 20 de diciembre de 2008

Coincidencias entre mi vida y una novela (I)

En la novela La decisión de Sophie, de William Styron, el narrador, Stingo es un joven sureño de Virginia que se ha mudado a Nueva York con la intención de convertirse en escritor. En el verano de 1947, recién despedido de una editorial en Manhattan, alquila una habitación en la casa de una señora judía, en Brooklyn. Allí traba amistad con Nathan, un culto y contradictorio judío, y Sophie, una bellísima polaca superviviente de Auschwitz. En una excursión de los tres a Coney Island, Nathan le presenta a Leslie Lapidus. La brevísima relación entre Stingo y Leslie parece un calco (salvo las diferencias propias de espacio y tiempo) de una experiencia que viví en 1977, treinta años después de la narrada en la novela y dos antes de que ésta se publicara. La cosa es que la semana pasada, leyendo esas páginas de los capítulos 5 y 7, reviví con sorprendente "realismo" las imágenes y sensaciones que creía olvidadas de aquella chica del último curso del León Pinelo, el colegio judío situado en el distrito de San Isidro de Lima. En esos párrafos me veía a mí mismo como el narrador y, en vez de Leslie, leía el nombre de Jessica, que era el nombre de mi amiga seguido de un apellido que delataba sin lugar a dudas su adscripción askenazi, con claras referencias geográficas a Polonia o su entorno. Como he dicho, tanto me han sorprendido las coincidencias que no me puedo resistir a transcribir algunos de esos párrafos de Styron y confrontarlos con las que fueron mis propias vivencias.

Imaginaos, pues, lo que sentí cuando, el primer día que vi a Leslie Lapidus, unas horas después de habernos conocido, extendió sus soberbias piernas sobre la arena como una joven leona y, clavándome en la cara sus almendrados ojos, sugirió con toda la silenciosa perversidad de una pagana ramera babilónica y usando los más increíbles y escabrosos términos, la aventura que me esperaba. Sería imposible exagerar mi conmoción, en la que el espanto, la incredulidad y una hormigueante incredulidad de delicias se mezclaron torrencialmente. Sólo el hecho de que era demasiado joven para una oclusión de coronaria salvó mi corazón que cesó de latir durante un número crítico de segundos.

Pero no fue tan sólo la sorprendente espontaneidad de Leslie lo que me enardeció. El aire que cabía en los límites del acotado triángulo de arena que ... el vigilante socorrista amigo de Nathan nos había reservado para aquella tarde de domingo como un santuario social privado, se llenó con las palabras más puercas que hubiese oído jamás en lo que pudiera denominarse reunión mixta. Pero había algo más serio y complejo que eso. Era su sofocante mirada, que contenía un desafío directo y la esperanza de la correspondiente aceptación, una mirada de desnuda invitación, como un lascivo lazo echado alrededor de mi cuello. Se refería llanamente a pura acción, sin paliativos. (página 215)

El escenario de mi primer encuentro con Jessica fue también una playa arenosa. Había ido al club Regatas con unos amigos recientes y uno de ellos, a su vez, era amigo del hermano de Jessica. Se hizo un grupo mixto, usando las palabras de Styron, en el que, sin duda, destacaba aquella chica de melena rubia y cuerpo con demasiadas curvas para una niña que como mucho andaría por los diecisiete. En la novela, Leslie se siente atraída por Stingo gracias al "exotismo" (para ella) de su origen sureño; también funcionó a mi favor la nota exótica, en este caso la de mi procedencia española. En ese rato grupal, además, pude decirle que estudiaba arquitectura y que escribía cuentos (desastrosos, por más que entonces no me lo parecieran), que debieron sumar motivos bastantes para que la preciosa judía se las ingeniase para apartarse conmigo y pasar el resto de la tarde a solas.

Supongo que no estaríamos juntos más de un par de horas, pero las recuerdo como una verdadera vorágine de sorpresas. Enseguida derivo una conversación literaria más o menos genérica (y poco comprometida) hacia el sexo. A diferencia de la Leslie ficiticia, Jessica no había ido al psicoanalista (quién sabe si luego lo haría, al fin y al cabo era muy joven por entonces); sin embargo, recuerdo que teorizó sobre lo malo que era la represión de la sexualidad en el desarrollo de la personalidad, usando una jerga vagamente freudiana. Confesaré que por aquellas fechas casi nada sabía de Freud y atendía estupefacto a las explicaciones sobre la libido que salían de unos labios demasiado tentadores, que me daba una mujercita en bikini cuyo cuerpo me mantenía en un desasosiego permanente. De hecho, mi primer interés hacia el psicoanálisis tiene la fecha de esa primera tarde con Jessica. Pero ahí no acaban las coincidencias porque, se me crea o no, también me habló de El amante de lady Chatterley que, como Leslie, había devorado en plan revelación trascendente. No puedo asegurar que me dijera las mismas palabras, pero al leerlas en la novela vi claramente a Jessica pronunciándolas:

¿Has leído El amante de lady Chatterley, de D.H. Lawrence? ... Léelo, léelo, por tu salvación. Una amiga mía pasó uno de matute al venir de Francia; te lo prestaré. Lawrence es la respuesta ... Ah, sabe tanto de eso del joder ... Dice que cuando jodes te trasladas al mundo de los dioses oscuros ... Ah, Stingo, te lo digo en serio: joder es trasladarse al mundo de los dioses oscuros. (página 300)

A diferencia de Stingo, yo sí había leído la famosa novela de Lawrence (la cogí a escondidas de la biblioteca de mis padres en el último año de bachillerato) y pude sumar algún punto más, aparentando conocimientos que distaba mucho de poseer. Porque, en lo que a experiencia sexual se refiere, estaba unos cuantos escalones más abajo que Stingo. La mía no era una virginidad técnica como la del virginiano, sino absoluta; y en lo que se refiere a escarceos con jovencitas "calientapollas" (lenguaje de Styron) tampoco había habido nada más allá de torpes besos de lengua y tocamientos sobre la ropa y demasiado superficiales para mis ansias. Diré en mi defensa que yo andaba por los dieciocho, mientras que el chaval de la novela tiene veintitrés.

Supongo que los setenta no fueron, en términos de represión sexual, tan duros como los cuarenta de la novela. Sin embargo, yo venía del tardofranquismo y una educación enfermizamente obsesionada con el sexto mandamiento y había caído en una sociedad tremendamente machista e hipócrita, en la que los niños de buenas familias podían desfogarse en burdeles pero habían de "respetar" a sus enamoradas. Dado que no me había atrevido a visitar ningún burdel y que para entonces sólo había tenido una enamorada que parecía considerar desagradable cualquier connotación sexual (no hablemos ya de actos concretos), no creo que mi situación anímica y mis perspectivas al respecto fueran muy distintas de las de Stingo. Lo cierto es que durante primera "cita" con Jessica, en la que aparenté una madurez y experiencia que distaba de poseer (al menos así me lo creí), recargué las baterías de mi libido tanto o más que Stingo en Coney Island y, como él, me despedí con la seguridad de que la próxima vez habría entre nosotros algo más que palabras.

Porque esa tarde en el Regatas sólo había habido un par de apretones de manos, casi como al descuido. No me pidió que le diera crema por la espalda, como hizo Leslie. Tampoco me dijo nada tan directo como que pensaba que yo podría producir un orgasmo de campeonato a cualquier chica (palabras de Leslie a Stingo), aunque sí recuerdo que también hablamos de orgamos. Pero hubo más que suficientes palabras, gestos, miradas, sonrisas y hasta vibraciones de energía sexual como para que me quedase meridianamente claro que algo había de pasar; que por fin ese algo me iba a pasar a mí y, para que el premio fuese el gordo, iba a ser con esa preciosidad rubia y voluptuosa. Durante la conversación ya habíamos comprobado que vivíamos muy cerca el uno del otro (al lado del Golf de San isidro) y, al despedirnos, Jessica me propuso, con naturalidad admirable, que fuera a visitarla al día siguiente. También Stingo se despidió seguro de que iba a tener plan y concretando una visita a la casa de Leslie, aunque él hubo de esperar unos días más que yo.

CATEGORÍA: Literaturas y Recuerdos

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Las castas coloniales

El sistema social de la América española se basaba en una compleja división en castas raciales. A partir de los tres "troncos" originarios -el europeo conquistador (español), el esclavo africano y el indio nativo- y gracias al mestizaje tan mitificado (en mi opinión demasiado superficialmente) como nota caracterizadora de la colonización hispana frente a la anglosajona, las Indias fueron poblándose de individuos con distinta proporción de genes de cada una de las "razas primarias". Lo realmente curioso -y yo diría (desde mi ignorancia) que sin parangón en otros sistemas sociales de segregación racial- es la enorme cantidad de castas o subdivisiones raciales que se identificaron y, consiguientemente, se cualificaron en cuanto a su encaje en la estratificada sociedad colonial. Esto del encaje no es moco de pavo, porque las Leyes de Indias regulaban muy detalladamente los diversos modos de integración de cada individuo en la colonia; a tales efectos, la partida de nacimiento y el consiguiente rastreo de los antecedentes raciales era uno de los factores más determinantes.

Es en el último periodo de la historia colonial (a partir del siglo XVIII, ya con la nueva dinastía borbónica en el trono español) cuando el afán taxonómico de los burócratas alcanzó sus máximas metas, en especial en las capitales de los dos principales virreynatos, el de Nueva España y el del Perú. Por mi historia personal, me habría gustado encontrar más referencias peruanas pero la mayor parte de las fuentes que internet me ha facilitado provienen de México. Parece que hacia mediados del XVIII existían en Nueva España hasta cincuenta términos para identificar a los resultados de los sucesivos cruces raciales. El primer listado con pretensiones de exhaustividad fue elaborado por Francisco de Ajofrín, un capuchino manchego que en 1763, con 44 años, viajó a México a recolectar fondos para las misiones de su orden en el Tíbet. Este fraile escribió su Diario del Viaje a la Nueva España y ahí anota su catálogo racial, recogiendo sin duda los términos usuales en el virreynato:

De español e india nace mestiza; de español y mestiza nace castiza; de español y castiza, española; de español y negra, mulato; de español y mulata, morisco; de español y morisca, alvina; de español y alvina, tornatrás; de español y tornatrás, tente en el aire; de indio y negra, nace cambujo; de cambujo e india, lovo; de lovo e india, alvarasado; de alvarasado y mestiza, barcino; de barcino e india, zambaigo; de mestizo y castiza, chamizo; de mestizo e india, coyote. Los lovos, cambujos y coyotes es gente fiera y de raras costumbres.

Advierto que esta clasificación no es única y, además, que tiene algunos errores. Pero no nos perdamos en pejiguerías y admirémonos de la fecundidad lingüística para distinguir matices raciales. Barcino, por ejemplo, ¿quién sabía que así se denominaba a los individuos que tenían una parte de negro, cuatro de español y once de indio (afinaban hasta la dieciseisava)? Barcino, por cierto, se dice de ciertos animales de pelo blanco y pardo y a veces rojizo, aunque en América hace alusión a los pelajes manchados o rayados. ¿Y qué me dicen de albarazado (siete octavos de indio y uno de negro)? Pues que en castellano significa manchado de blanco o de otro color (poca ayuda nos da). Hay, como ya he dicho, más términos para esos y otros cruces. El más notable es el de zambo que, en Perú, se refiere al hijo de negro e india (o viceversa); lo que en México sería el cambujo. Pero hay más términos de esta índole, aunque no sea cuestión de ponerse a relacionarlos todos.

Hace un mes, leyendo un estupendo post de Strika sobre la palabra cholo, me vino el recuerdo de unas pinturas que recordaba del Museo de América madrileño en las cuales se representaban las clasificaciones raciales del sistema de castas colonial. Desde entonces, he ido dedicando algunos ratillos muertos (que son escasos) a buscarlas en internet y a ir acopiando información sobre lo que fue todo un género pictórico en la última etapa de la América española. Pero la mejor sorpresa no estaba en la Red sino en uno de los libros que hace tiempo me regaló un amigo que vino de México y que o no había leído o no me acordaba. Hojeándolo descubrí un magnífico artículo de Elena Isabel Estrada de Gerlero (de quien me entero que es una de las voces más autorizadas en estos asuntos, profesora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM), titulado Las pinturas de castas: imágenes de una sociedad variopinta; su lectura resulta tan apasionadamente sugerente que debo dejarla reposar antes de escribir tres o cuatro sandeces sobre esos curiosos cuadros y sus singulares artífices.

Pero también me gustaría hablar en otro momento de los motivos que explican esa obsesión enfermiza por la taxonomía racial. Intuyo que tiene que ver con el miedo de los criollos a un entorno hostil (miedo y odio, que son caras de la misma moneda) e intuyo también que tiene sus antecedentes en los siglos bajomedievales peninsulares que producirían el antisemitismo (y anti-morismo) y el nacimiento de la Inquisición española con la consiguiente obsesión por la limpieza de sangre. Pero, en todo caso, lo que en la metrópoli fue de una manera, siguió cursos algo diferentes al otro lado del charco; incluso me atrevería a decir (y a mi propia experiencia me remito) que ha marcado más persistentemente a las sociedades americanas que a la española. Como fuere, son sembrados para transitarlos con más tiempo y calma.

CATEGORÍA: Curiosidades dispersas

sábado, 13 de diciembre de 2008

La parábola de los ciegos

Un pintor que me ha gustado desde que lo descubrí en el bachillerato es Pieter Brueghel (1525-1569). Durante mis años jóvenes, lo tenía un poco opacado por el Bosco, con el que mantiene indudables rasgos comunes. Tenía que ser muy chaval cuando vi por primera vez el fantástico Triunfo de la Muerte en El Prado. Si ahora contemplo una reproducción de este óleo sé que he estado ante él y, sin embargo, no llego más que a un recuerdo difuso, incapaz de situarlo respecto a ninguna otra referencia. Pero al ver ese cuadro, en cambio, me viene a la cabeza el tríptico del Jardín de las Delicias e intuyo vagamente que no es sólo por las similitudes figurativas sino porque Brueghel se relacionaba en mis visitas con El Bosco.

La semana pasada, con motivo de leer sobre el pintor, pasé unos cuantos ratos repasando varios de sus cuadros. Hay muchos que me parecen extraordinarios, para quedarse abobado ante ellos durante tiempo y tiempo, recreándose en los detalles, intrigándose por los tantos misterios que se intuyen, disfrutando de ese abigarramiento de trucos y efectos, aprendiendo de cómo eran y vivían los flamencos del XVI ... Incluso los más conocidos por haber sido reproducidos como portadas o ilustraciones en multitud de ocasiones (por ejemplo, la Torre de Babel, los juegos de niños, o el paisaje invernal), si uno se detiene en ellos, descubren siempre nuevas sorpresas. Una maravilla.

Uno de los cuadros que en estos días me ha cautivado es La parábola de los ciegos. Se trata de un óleo de formato horizontal (86x154 cms) que está en la pinacoteca napolitana de Capodimonte (ya tengo otro motivo para visitar Nápoles). En la tabla se ve a seis ciegos que iban caminando en fila, cada uno apoyado en el anterior. En el instante representado, el primer ciego ya está caído de espaldas en una zanja, el segundo está cayendo, el tercero empieza a tambalearse hacia adelante, el cuarto percibe con miedo que pierde el apoyo de su antecesor, el quinto "olfatea" el peligro y el sexto y último todavía no se ha percatado de nada. Se trata de la última obra acabada del pintor y hay quienes ven en ella no sólo la madurez plena del artista sino una especie de testamento tanto pictórico como ético-ideológico. ¿Qué quiso decirnos este hombre del que se sabe relativamente poco con esa pintura? ¿Que los humanos somos ciegos guiados por otros ciegos y el desastre es nuestro trágico e inevitable destino? Quizá, tan cerca de la muerte, el pintor se reafirmaba en un pesimismo filosófico; no lo sé.

El tema del cuadro es una referencia directa al Evangelio. No es una parábola estilo cuentito con moraleja de las que tanto gustaba Jesús, sino una simple frase dedicada a los fariseos. Jesús está en plena actividad predicadora y milagrera. En el capítulo anterior (el 14), Mateo nos cuenta la multiplicación de los panes y los peces, la caminata sobre las aguas y la curación de multitud de enfermos por el simple acto de tocarle el manto. El de Nazaret estaba pues, por esos días, causando un revuelo lo suficientemente significativo como para que algunos fariseos se acercasen desde Jerusalén a conocerlo, haciendo más de cien kilómetros hasta las tierras de Galilea, pobladas de paletos bruscos e ignorantes. Aprovecho para mencionar que, por culpa del evangelio, los pobres fariseos han quedado marcados con toda suerte de tachas, especialmente la hipocresía. Sin embargo, entre las diversas facciones del judaísmo que coexistían en Palestina en los tiempos de Cristo, no eran ni mucho menos los peores (bastante más desagradables me parecen los saduceos, ya puestos). Pues nada, que llegan algunos fariseos con unos escribas y observan el comportamiento de ese grupo de harapientos. Entonces, según Mateo, le preguntan a Jesús que por qué sus discípulos quebrantaban la tradición de los ancianos no lavándose las manos cuando comían pan. Y va Jesús y se despacha a gusto contra estos individuos. Primero les acusa de que también ellos quebrantan el mandamiento divino e inmediatamente les llama hipócritas. Luego convoca a la multitud y les dice que no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de ella. Ridiculizados en público, los fariseos se retiran muy ofendidos. Algunos discípulos que oyeron sus refunfuños se lo advirtieron a Jesús y ahí es cuando éste, para quitarles importancia, profiere la frase que inspirará a Brueghel: Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo (Mateo 15:14).

En fin, la cosa es que me apetecía hacer un post contando la de cosas que me ha sugerido este cuadro; incluso tenía apuntadas algunas notas, muy orgulloso yo de mis cualidades como crítico de arte. Nada hay más audaz que la ignorancia, porque buscando un poquillo encontré un video dedicado precisamente a este cuadro. Ahí ya se dicen las tres o cuatro obviedades que tan inteligentes me habían parecido y muchas otras cosas más. A quien le interese la pintura y Brueghel en particular, no puedo sino recomedarle que disfrute del video.


CATEGORÍA: Personas y personajes