jueves, 7 de abril de 2016

Los papeles de Panamá (1) (escenas chipunas)

Aquilino Jambón salió pletórico del despacho de Kalinas, henchido de gozo e ilusión, rejuvenecido. Habían sido años duros los tres últimos. Las fraticidas luchas internas del PICHi (Partido Identitario Chipuno) habían concluido con la inmisericorde derrota de Ubaldo Pachulero y el apartamiento de sus fieles (al menos de los que no supieron cambiar de bando a tiempo) de los cargos de poder. El nuevo líder, David Surquillo, no era nada partidario de la política de enfrentamiento con el gobierno del Estado que había caracterizado la etapa de Pachulero, al menos de cara a la galería. Bien es cierto que a la fuerza ahorcan y que las heridas abiertas en el partido lo habían debilitado tanto que no era tiempo de ponerse gallitos. Al menos, algo así le explicó el propio David en la primera y única reunión a la que lo citó para comunicarle que, por motivos tácticos y de imagen, convenía que cesara como asesor de la Consejería de Educación y Cultura. A él, al ideólogo más serio y comprometido del nacionalismo chipuno, lo apartaba ese jovencito ambicioso, a él que ya se batía el cobre por la soberanía chipuna cuando David no era más que un niño de teta. Pero lo cierto es que los resultados de las últimas elecciones abrían un panorama desolador; la pérdida de votos del PICHi había sido estrepitosa y el desastre no fue mayor gracias a la tramposa ley electoral. En esas circunstancias, se pudo mantener el gobierno gracias a una renovación del pacto con la FLiPa (Federación Libertaria y Pacifista) con guiños cómplices al PMC (Partido Moralista de Cascaterra), las dos formaciones que desde el fin de la Dictadura habían protagonizado el régimen turnista de la democracia cascaterrana. Pero la crisis había traído al parlamento de Chipunia (como en el resto de las regiones autónomas de Cascaterra) nuevas fuerzas que cuestionaban el bipartidismo reinante y, lo que era peor, amenazaban con desmontar el status quo tan esforzadamente construido.

En su momento, aún sintiéndose vejado, Aquilino hubo de admitir que la estrategia de Surquillo no carecía de lógica. Sin embargo, pasado el primer año de gobierno, tanto "buen rollito" del nuevo Presidente con el Estado (complementado con numerosas giras por Cascaterra) lo habían llevado a un estado de indignación permanente. Veía con angustia cómo languidecían todas las decididas iniciativas que durante los dos gobiernos de Pachulero habían ido reforzando la conciencia identitaria chipuna en una estrategia conducente a medio plazo a la independencia (como el carné de identidad chipuno, las transferencias económicas forzadas al Estado al amparo del Plan Estratégico de Seguridad Ambiental y alguna otra). Naturalmente, Jambón había seguido trabajando en lo que era su razón de existir: la defensa de la soberanía chipuna. Al salir del gobierno, Amando Kalinas, el influyente empresario de origen lituano, le concedió la dirección de la Fundación de Estudios Chipunos, conocida popularmente como la Chifún. Desde allí, gracias al generoso presupuesto, impulsó numerosas actividades de fomento de la cultura identitaria chipuna así como un instituto demoscópico que con periodicidad mensual sondeaba los sentimientos patrióticos (o sea: independentistas) de la ciudadanía. Como cabía esperar, los gestos apaciguadores de Surquillo habían reducido el porcentaje de los soberanistas. A ello se sumaba que, desde la muerte de Gobelio Gil, conocido como el señor Burns, Hoy había abandonado casi totalmente el agresivo nacionalismo de sus editoriales. Jambón desesperaba ante el irremediable daño que el presidente de su partido infligía a la que debía ser la sagrada causa común y envidiaba la política rupturista que habían emprendido en Lacetania, donde una coalición independentista, con mayoría en el Parlamento, había declarado el inicio de un proceso para la separación de Cascaterra.

Pero parecía que venían nuevos tiempos, se abrían de nuevo ventanas de esperanza para el nacionalismo chipuno. Y pensar que tenía que haber sido un empresario (no un intelectual como él) y para más inri de origen foráneo (no de pura sangre chipuna como él) quien había visto la oportunidad que se presentaba a los luchadores por la independencia; era un poco humillante, la verdad, pero en estos momentos sobraban las vanidades personales. Malena Labell, la secretaria de Kalinas, lo había llamado la víspera al despacho de la fundación. Con esa voz seductora a la que no lograba habituarse –escucharla era sentir un latigazo de erotismo, evocar la voluptuosidad de aquel cuerpo femenino, y lo peor de todo, quedarse descolocado, sin saber ni siquiera qué pensar– le había preguntado si podría reunirse con el empresario para tratar asuntos de la máxima importancia para el futuro de la patria. Sí, había dicho patria, una especie de clave privada, de advertencia personal, para él. A ningún otro habría Aquilino admitido una convocatoria tan apresurada, pero al lituano le debía mucho y, más importante aún, era el único apoyo eficaz con que contaba para evitar el abandono de la lucha soberanista. De hecho, mediante discretas gestiones de Amando, Jambón había ido reuniendo en la Chifún un selecto grupo de miembros del CHIPi descontentos con la política de Surquillo e incluso, a pesar de sus reticencias iniciales, a otros más jóvenes vinculados al Colectivo Voltereta y que, a pesar de su radicalismo anti-sistema que tan antipático se le hacía, podían representar un apoyo táctico muy relevante ante próximos desafíos frente al gobierno de Cascaterra (se trata de ligárnoslos con el argumento de que la revolución social en Chipunia requiere como paso previo liberar nuestra tierra de la opresión colonialista –le había explicado Kalinas–; son compañeros de viaje, luego ya veremos). Así que le confirmó a Malena que iría y acto seguido postergó su cita con el urólogo.

– ¿Qué sabes de los papeles de Panamá? Fue la pregunta con que, una vez solos y cumplidos los primeros comentarios intrascendentes, entró en materia Kalinas.

– Lo que todos, supongo: a una firma de abogados de ese país, especializada en gestionar empresas off-shore le han robado mediante hackeo informático una barbaridad de documentos y han sido filtrados a los medios los nombres de muchísimas personalidades en todo el mundo que tenían sociedades de ese tipo, lo que les pone bajo sospecha de evasión fiscal, cuando no de cosas peores.

– Buen resumen, Aquilino, pero, ¿no te parece sospechosa esa filtración? ¿No crees que puede que esos datos no sean todos auténticos?

– Sí, lo cierto es que lo había pensado, pero no sé, ¿un montaje? Hay muchos periódicos involucrados, supongo que se asegurarán de la fiabilidad de lo que publican.

– ¿Asegurarse? No dejes que la verdad te estropee una buena noticia, Aquilino, vete aprendiendo esa máxima fundamental del periodismo actual. De entrada, mucha ética no tienes por qué suponerles cuando se lanzan a publicar datos robados. En todo caso, lo que sí te puedo garantizar es que en esas listas de nombres que se han filtrado ni están todos los que son ni son todos los que están.

– ¿Y tú cómo lo sabes, Amando? Disculpa que te lo pregunte.

– Eso deberías poder figurártelo, dados el tiempo que nos conocemos y tu privilegiada inteligencia, señor Jambón. Pero te diré sólo una cosa: yo gestioné la creación de tres sociedades off-shore con Mossack Fonseca y mi nombre, ni ha salido ni saldrá a la luz pública.

– Vaya, y si tú siendo no estás, también cabe que haya quienes están y no sean. Ya me gustaría que tal fuera el caso de Gino Pezzi.

Llegados a este punto, procede abrir un paréntesis aclaratorio para los lectores no avisados, si posible es que alguno desconozca quién es Gino Pezzi (tal vez alguien que acabe de despertar de un largo coma). Chipunia nunca había tenido equipos de fútbol relevantes en la liga de Cascaterra; el club de la capital, el Trifón Atlético, es el típico "ascensor", subiendo y bajando entre primera y segunda división. Hace un par de años, sin embargo, la situación cambio radicalmente. Para poder zanjar la crisis del PICHi y evitar daños irreparables, a Ubaldo Pachulero, apasionado hincha del Trifón, se le ofreció, a modo de salida digna, la presidencia del club. El apoyo financiero provino del pacto secreto de Amando Kalinas y Lucas Colorado, probablemente los dos hombres más poderosos de Chipunia. Pacto tan secreto que casi nadie lo conocía porque, de cara a la galería, a ambos les convenía que se pensara que mantenían una eterna y cordial enemistad aunque, en un nivel subterráneo y con vista a largo plazo, colaboraban en objetivos comunes. El caso es que a mitad de la temporada pasada, Pachulero fichó (con el dinero del lituano, claro está) a la joven estrella del Sporting Patagonia, un media punta de una calidad extraordinaria que desplegó toda su capacidad nada más llegar al Trifón Atlético. Ver jugar a Pezzi es un verdadero placer: la inteligencia en la colocación, la precisión de sus pases, su endiablada velocidad con imposibles cambios de ritmo, el bellísimo baile de sus regates ... Esa primera temporada, revolucionó al equipo y enamoró a la afición; el Trifón acabó sexto y si hubiera habido dos o tres jornadas más se habría clasificado para la Champions. En la presente, el club reforzó la plantilla con inteligentes adquisiciones además de incorporar a tres chavales de la cantera de incuestionable calidad. El Trifón, desde el inicio, está arrasando y ahora, ya mediada la segunda vuelta, ocupa el primer puesto con una cómoda ventaja sobre el siguiente. Es fácil imaginar el entusiasmo de la población chipuna, en especial de los más viejos que lloran emocionados ante la muy probable victoria en el campeonato del equipo de la tierra. Aquilino, partícipe de este orgullo generalizado de la ciudadanía, ha pensado varias veces que debería aprovecharse en favor del sentimiento identitario, que habría que convencer a Gino para que apoyase la causa soberanista chipuna. Conocedor del pacto entre Kalinas y Colorado y de que ambos trabajan en secreto por desligar Chipunia del yugo cascaterrano (aunque sea por intereses crematísticos y no patrióticos como él), ha sospechado más de una vez que el fichaje de Pezzi es más que una mera operación futbolística, pero hasta hoy no ha tenido ningún indicio sólido que lo corrobore. Y ahora, en estos papeles de Panamá, aparece como titular de una sociedad en ese país en la que presuntamente oculta bienes al fisco de Cascaterra. Vladimiro Valaco, el locuaz e impertinente ministro de Hacienda en funciones (del PMC), se apresuró a declarar que había encargado una investigación sobre los nombres de los "papeles" y, si se comprobaba que no habían declarado las cantidades que tenían en esas sociedades, pagarían su delito con todo el rigor de la Ley, independientemente de quienes fueran. Las declaraciones del ministro habían indignado a los chipunos, pues parecía dar por sentada la culpabilidad de Pezzi y amenazaba con llevarlo a la cárcel.

martes, 5 de abril de 2016

Una de cal y otra de arena

Ésta es una de esas expresiones que escuchamos hasta la saciedad y que todos entendemos para referirse a situaciones que tienen aspectos buenos y malos. Por ejemplo, un diario económico, para sintetizar el caótico comportamiento de las bolsas europeas, emplea como titular “los mercados siguen dando una de cal y otra de arena”; es decir, se alternan resultados buenos y malos. Ahora bien, casi nadie parece tener claro qué es lo bueno y qué lo malo: ¿la cal o la arena?

En su “Diccionario de dichos y frases hechas”, Alberto Buitrago aporta el breve texto que sigue: “Dar una de cal y otra de arena: Actuar alternativamente de forma positiva y negativa. El equipo no funciona bien. Un día gana y al siguiente pierde. Está dando una de cal y otra de arena. Antiguamente, cuando no existía el cemento, los ladrillos o piedras se fijaban con mortero, un compuesto que se hacía con una palada de cal, el material caro y más noble, la parte buena, y otra de arena, lo más abundante y menos importante. Con frecuencia, con la intención de ahorrar o de engañar al contratante, se echaba más arena que cal”. La explicación nos remite al mundo de la construcción en que se usan los áridos y la cal para hacer mortero. Lamentablemente, en este libro no se aportan referencias documentales que permitan conocer cuándo se empezó a usar esta frase hecha pero, si es verdad que proviene de tiempos en los que aún no se usaban morteros de cemento, habrá de ser de principios del XIX o anterior.

Recurro entonces a los fantásticos bancos de datos de la Real Academia pero la única mención que encuentro a esta frase hecha es demasiado reciente (1887), aún cuando la fuente sea una obra tan notable de nuestro idioma como Fortunata y Jacinta. Al principio del capítulo II de la Parte Primera escribe Don Benito que “Daba sus descargos el delincuente como podía, fatigando su imaginación para procurarse respuestas que tuvieran visos de lógica, aunque éstos fueran como fulgor de relámpago. Ponía una de cal y otra de arena, mezclando las contestaciones categóricas con los mimos y las zalamerías”. En todo caso, el hallazgo vale para confirmar que en la segunda mitad del XIX la expresión estaba firmemente consolidada en el hablar coloquial. También nos confirma que su significado era ya el que hoy define la RAE –alternancia de cosas diversas o contrarias para contemporizar–.

Ahora bien, ni de la cita de Galdós ni de la definición de la RAE se desprende que la alternancia de cosas diversas corresponda necesariamente a unas buenas y otras malas. En el texto de Don Benito, Juanito, ante las preguntas de Barbarita, responde unas veces de forma categórica y otras con evasivas zalameras. ¿Cuáles son las respuestas buenas y cuáles las malas? No parece que el novelista quisiera hacer la distinción en estos términos. Así pues, dar una de cal y otra de arena significaría alternar actos distintos, independientemente de su calificación en cuanto a su bondad. Ciertamente, si esta alternancia es entre actos positivos y negativos también sería de aplicación la frase hecha, pero estaríamos ante un caso particular y limitado, no el único posible (como establece Alberto Buitrago).

Supongo yo que con esta expresión se quería caracterizar a los de comportamiento poco fiable, ésos que no mantienen una línea de conducta congruente. Pero no a todos; no, por ejemplo, a quienes su conducta errática obedece a desequilibrios mentales, ya que, como señala la RAE, esas actuaciones obedecen a una intención contemporizadora. Es decir, que el que da una de cal y otra de arena lo hace con una finalidad, para ganarse el favor de alguien (en Fortunata y Jacinta, Juanito quiere convencer a Barbarita). Quizá por eso, lo más frecuente en los comportamientos que se calificaban con esta frase hecha sería que la alternancia fuera, efectivamente, entre cosas buenas y malas. Hago algo que sé que no le va a gustar a alguien (malo) e inmediatamente, para ganarme su favor o evitarme su animadversión, le hago algo bueno.

Así pues, intuyo que acotar el significado de la expresión a la alternancia de cosas buenas y malas –tal como establece Buitrago– es una reducción del campo semántico. No discuto que sea así, que hoy cuando se usa esta frase todos den por sentado que sólo vale si alternativamente se suceden noticias o actos buenos y malos (la bolsa sube y baja, en el ejemplo del diario económico), pero parece que no era así cuando se acuñó. Por tanto, en su origen no se mentaban la cal y la arena porque una fuera mala y otra buena sino, simplemente, porque eran distintas. Así que la respuesta que aporta Buitrago suena a explicación “a posteriori” para darle a la arena el rol negativo, ya que la pregunta habría carecido de sentido cuando se inventó la frase.

Por cierto y para acabar, en un foro de traducción inglés-español he encontrado que la frase hecha se aplica preferentemente en el ámbito de las relaciones laborales como un comportamiento típico de los jefes que pretenden mantener motivado a los empleados (dando una de cal) pero sin que éstos se tomen demasiadas confianzas (y para ello, dan la otra de arena). Si así fuera, vendría a ser una expresión equivalente a la del “palo y la zanahoria”, perfectamente homologable en inglés (carrot and stick). En fin, si no estamos muy seguros de cómo usar las frases hechas en nuestro idioma, mejor ni se nos ocurra intentarlo en otros distintos.

  
Cal y arena - Celia Cruz (Mi vida es cantar, 1998)

PS: Encuentro en la Red mención a una novela titulada precisamente “Una de cal y otra de arena”, publicada en La Habana en 1957 y escrita por el cubano Gregorio Ortega. Este Gregorio Ortega (1926-2004) se afilió muy jovencito a los comunistas cubanos y, a partir del triunfo de la Revolución castrista, hizo larga carrera oficial en la Isla. La novela está ambientada a principios de los cuarenta, periodo que se caracterizó por una violencia extrema en las calles habaneras, resultado del vacío de poder posterior a la caída de Gerardo Machado (1933) por la ”revuelta de los sargentos”. Gran parte de culpa en esa situación la tuvo el acuerdo que alcanzaron Batista y Lansky (el segundo de Lucky Luciano) pocas semanas después del golpe y que duraría prácticamente hasta la nochevieja de 1958. Estaría bien leer esa novela, no sólo para enterarme del por qué del título (que algo me barrunto al respecto), pero me temo que es otro de los muchísimos libros imposibles de conseguir.  

domingo, 3 de abril de 2016

Dylan en romance (10)

El catalán –incluyendo sus variantes– lo hablan unos once millones y medio de personas; el idioma español o castellano, en cambio, alrededor de quinientos sesenta millones. Es decir, hay casi cincuenta castellano-parlantes por cada hablante catalán. Ante tamaña desproporción demográfica a favor del español, habría que esperar que hubiera muchísimas más versiones de canciones de Dylan en este idioma que en catalán. Pues no, es justamente al revés, al menos basándome en lo que he podido investigar y en las muestras de mi propia colección. Así que ante este hecho estadístico, contrario a lo que cabría esperar, hay que encontrar alguna explicación y ésta puede que radique en que el catalán, en aquellos años del “segundo franquismo” en los que palpitaban ansias de cambio y libertad, era un idioma prohibido. Por tanto, emplearlo era requisito obligado de coherencia.

  
Politics de raçó - Enric Barbat (Els Setze Jutges-Audiencia Publica, 2009)
  
Los aires o climas de una época se convierten en acontecimientos a través de personas concretas, hijos de su tiempo –como todos– que actúan. Como es bastante sabido, a finales de los cincuenta, una vez pasados los años más duros de la represión de posguerra, quienes llevaban años trabajando por la democracia y el catalanismo animaron a gente joven e inquieta (y con mucho talento) a que compusieran e interpretaran canciones en catalán. Por esa época, al amparo de la abadía de Montserrat, se publicaba una revista catalanista y en catalán llamada Germinàbit; en el número de enero de 1959, Lluís Serrahima (1931), uno de los más influyentes intelectuales catalanistas del momento publicó el artículo Ens calen cançons d’ara (Se necesitan canciones actuales) que se considera el hito fundacional de la nova cançó. El resultado más inmediato fue la formación en 1961 del colectivo –mítico en la cultura catalana– de Els Setze Jutges, la mayoría de ellos aficionados por entonces, que comenzaron a componer y cantar canciones, muy influidos por la chanson francesa y los “trovadores” de entonces, muy en especial Brassens (repetidamente adaptado al catalán). Aquellos dieciséis jueces lo fueron al cabo de unos cuantos años, a medida que se iban sumando músicos jóvenes a los cuatro fundadores (Miquel Porter, Remei Margarit, Josep Maria Espinàs y Delfí Abella). Si consideramos que el décimosexto juez –nada menos que Lluis Llach– se incorpora hacia 1967 y el grupo se disuelve en el 69, se ve que fue, sobre todo, un semillero y catalizador de la música popular catalana. Acabada la “década prodigiosa”, algunos de sus integrantes abandonarían la canción para dedicarse a sus profesiones (todos eran universitarios de buenas familias burguesas); otros en cambio se profesionalizarían (Pi de la Serra, Guillermina Motta, Serrat, María del Mar Bonet, Lluis Llach). Els setze jutges no fueron una banda unitaria sino un paraguas que, bajo unos presupuestos ideológico-musicales comunes, amparó a relevantes personalidades individuales. En 1967 grabaron un disco compuesto por varias canciones, cada una de cada uno de los “jueces” (de ese disco, reeditado en 2009, provienen los dos temas que subo a este post).

  
Minyó que no et vols casar - Francesc Pi de la Serra (Els Setze Jutges-Audiencia Publica, 2009)

En 1967 aparece en Barcelona otro colectivo que se bautiza como el Grup de Folk. Se trataba de un grupo de chavales algo más jóvenes que los de Els setze jutges, también la mayoría hijos de familias de la alta burguesía catalana, también con ganas de impulsar la nova cançó, pero más gamberros y rebeldes que aquéllos y, además, no tan obnubilados por los cantautores franceses sino, en cambio, mirando más hacia el folk anglosajón y, más en concreto, a las canciones izquierdosas de Woody Guthrie y Pete Seeger o, claro está, del primer Bob Dylan. Serán estos chicos los primeros que adaptarán el repertorio dylaniano al catalán. El primer caso del que tengo noticia es bastante curioso y, de hecho, anterior incluso a la fundación del Grup de Folk. En 1964, tres adolescentes barceloneses, dos hermanos y un primo, forman un grupo claramente influido por el folk-rock norteamericano, al que llamaron Els 3 tambors, en referencia a una canción tradicional catalana. En 1966, el primo (Xavier Triadó) se va y entran dos nuevos. Así, el definitivo cuarteto queda constituido por Jordi Batiste (voz) y Albert Batiste (bajo), Gabriel Jaraba (batería) y Josep María Farrán (guitarra); quédense con estos nombres (especialmente con el primero), porque son importantes en el dylanismo en catalán. En 1966, Belter –sello especializado en el flamenquismo oficial del régimen; las cosas algo estaban cambiando– les publica un EP con cuatro canciones. Tres son compuestas por ellos y, entre ellas, la Cançó del noi dels cabells llargs uno de los temas de los sesenta que trascendería aquella generación. Pero la que aquí nos interesa es la que abría la cara A, el Romanço del fill de vídua que, sobre la música del Tombstone blues de Dylan habían montado un magnífico texto del poeta Pere Quart. La letra de la canción de Dylan poco o nada tiene que ver con el poema de Joan Oliver, aunque la mordaz ironía del mismo ("cuando no hay visitas hablo siempre en catalán") seguro que habría encantado a Bobby. No he conseguido el texto original del poema ni su fecha de publicación (supongo que será de finales de los cincuenta o principios de los sesenta), aunque la versión que hacen los tres tamborileros es una adaptación más breve, ya que hay otra que graba la Trinca en 1971 bastante más larga y musicalmente muy distinta. Me gustaría saber si estos chavales se pusieron en contacto con el poeta –un venerable sesentón por esas fechas– y también si a éste, cuando la escuchara, le gustó la canción. A mí sí, desde luego, y aunque en rigor no podemos decir que se trate de una adaptación al catalán de un tema de Dylan, vemos que en fecha tan temprana ya había en Barcelona algunos chicos que seguían al de Minnesota (recuérdese que el Highway 61 Revisited es de 1965, el año anterior).

  
Romanço del fill de la vidua - Els 3 tambors (EP, 1966)
   
Fijémonos ahora en otros tres chicos barceloneses que, durante el bachillerato se integran en el movimiento scout catalán que, después de una primera etapa represiva por el franquismo, estaba empezando a emerger. Dos de ellos son hermanos, Xesco y Joan Boix, el otro, el más joven, se llama Eduard Estivill (en la actualidad uno de los especialistas más reconocidos en los trastornos del sueño). Al finalizar sus estudios secundarios, los mandan a pasar una temporada en los Estados Unidos y allí se encuentran con un ambiente de plena efervescencia: la contracultura juvenil, el antimilitarismo, la psicodelia, los hippies … Musicalmente, se sienten atraídos por el folk (o, mejor, por el folk-rock) y van a escuchar a gente como los Beach Boys, Peter, Paul and Mary, Joan Báez y, por supuesto, al propio Dylan. De vuelta en Barcelona, serán de los impulsores del Grup de folk. Xesco, el mayor de los tres, y Jaume Arnella, otro de los nombres que en esos años integrará el colectivo, graban en 1967 el EP Espirituals negres con tres temas traducidos al catalán. Los otros dos, con Amadeu Bernadet, montan a principios del 68 el grupo Falsterbó 3 que, con cambios de componentes, se mantendrá hasta el 75 y después, a partir del 82, vendrá una posterior resurrección y hasta la fecha. Pero antes de Falsterbo, en 1967, Joan graba con Ramon Casajoana dos canciones de Dylan que éste había traducido al catalán. Se trata de Blowin' in the wind (cómo no) y When the ship comes in. Que yo sepa son las dos primeras versiones de las letras de Bobby en catalán.

  
Escolta-ho en el vent - Joan Boix-Ramon casajoana (EP, 1967)

  
El dia que el vaixell vindrà - Joan Boix-Ramon casajoana (EP, 1967)

Pero el nombre clave, creo yo, es el de Pau Riba, uno de esos inclasificables que ha hecho de todo (y casi todo interesante) y a sus sesenta y cinco tacos sigue dando guerra. Según la crónica oficial, en el 67 pide ser admitido entre los Setze Jutges pero éstos lo rechazan, parece que por divergencias estilístico-musicales: en vez de adorar a Brel o Brassens, se decantaba por Dylan (y no le hacía ascos a la guitarra eléctrica). El Pau, entonces, llama a un grupo de amiguetes (los que he citado en los dos párrafos precedentes y alguno más como el loco de Jaume Sisa u Oriol Tramvía) y forma el Grup de Folk, un colectivo más abierto que el de los jueces y también másw combativo aunque, eso sí, desde el ámbito de la música popular en catalán. En mayo del 68, todos estos muchachos ofrecen un concierto en el parque de la Ciudadela que ha pasado a convertirse en la referencia seminal del cambio generacional en Barcelona, enlazando esta ciudad con los movimientos similares que se vivían en Europa (empezando, claro, por París). El acto se denominó Festival Folk y tuvo una duración de siete horas con la asistencia de 9.000 personas, algo inusitado para la época. Al año siguiente repitieron el reto y hasta ahí, porque en el 70 han desaparecido de hecho (aunque algunos de ellos resucitan el nombre del colectivo para el Canet Rock del 75). De esos dos años proviene la versión de Girl from the North Country que adaptó al catalán Pau Riba y cantó Jordi Batista, que se puede escuchar a continuación y coincidirán conmigo en que no está nada mal.

  
La noia del pais del Nord - Jordi Bautiste (1968)

Pues de momento, hasta aquí, nos quedamos en los sesenta. Ya han sido presentado los jóvenes contestatarios que se pondrían a cantar a Dylan en catalán, antes que nadie en el resto de aquella España Una, Grande y Libre. Pero esto no es más que el inicio; a partir de ellos (y ellos mismos) el de Minnesota seguirá siendo adaptado, abundantemente adaptado. Lo vemos (y escuchamos) en otros posts.

viernes, 1 de abril de 2016

Dylan en romance (9)

Catherine apareció en mi vida a finales del 79. Tenía 18 años, venía de haber cursado el último año de la secundaria en Francia, e ingresó de cachimba en la Facultad de arquitectura limeña en la que yo cursaba el cuarto año. El caso es que hubo flechazo y breve relación de “enamorados”. Aunque era peruana de nacimiento y crianza, sus antecedentes familiares y, sobre todo, la estancia del último año en una ciudad de la Provenza la convertían en un bicho raro, poco adaptada todavía a su ciudad natal. De hecho, probablemente esa “condición de foránea” tuvo bastante que ver en que yo le gustara, sobre todo en esos primeros tiempos de recién llegada. Lo cierto es que me tocó la lotería, porque la chica era un encanto y una verdadera preciosidad, bastante parecida a su tocaya la Deneuve de jovencita. Cuando unos cinco meses después rompió conmigo me dejó muy hecho polvo, aunque por suerte a los veinte años los desamores se curan rápida y fácilmente. No volví a verla hasta doce años después (entre medias acabé la carrera, regresé a España, me instalé en Tenerife) en un viaje con mi ex a Nueva York. Allí nos alojó una muy buena amiga de la universidad quien me hizo saber que Catherine vivía también en la Gran Manzana. Así que una tarde quedamos con ella y me sorprendió lo mucho que se había estropeado (la verdad es que me hizo quedar fatal con mi ex, a quien le había alabado la belleza de aquella novieta de juventud). En fin, una muestra más de la efímera transitoriedad de la belleza, que diría Francisco de Borja ante el cadáver de Isabel de Portugal.



Pero si he traído a colación a Catherine no es para relatar mis rollitos románticos, sino porque fue ella la que me hizo conocer a Francis Cabrel, un cantautor que prácticamente estaba empezando cuando ella vivió en Francia y que le había subyugado totalmente. Por entonces había publicado sólo dos elepés y el segundo –Les Chemins de traverse– lo escuché hasta la saciedad durante los escarceos románticos en su casa, en especial la canción que más había popularizado al joven trovador: Je l'aime à mourir. Algunos años después, él mismo la cantó en español y también fue un bombazo en los países con nuestra lengua, tanto que bastantes se animaron a hacer sus propias versiones. Ya de vuelta en España, me acuerdo de que a principios de los ochenta sonó bastante la de Manzanita (prolongando el éxito que había conseguido poco antes con el ramito de violetas de Cecilia). Hay más versiones: por ejemplo, la bilingüe de Shakira que interpretó en su gira europea de 2011; también la de Niña Pastori de su último disco (Ámame como soy); o, por citar la que más me gusta, la que hicieron a duo Pau Dones y Alejandro Sanz en su gira americana de 2011. Búsquense en Youtube si quieren empalagarse de balada romántica; yo pongo aquí la más rockera de las citadas.


A cambio de que me enseñara a Cabrel yo la empaché lo más que pude de Dylan. Para esas fechas yo ya estaba bastante al día en la discografía de Bobby, e incluso empezaba a adquirir un cierto bagaje sobre la vida y milagros del cantautor de Minnesota. Justamente, durante la relación con Catherine atravesé mi primera crisis amorosa con Dylan a consecuencia de la publicación de Slow Train Coming, el primero de los dos álbumes que corresponden a su etapa de "cristiano renacido". Pasados los años no voy a decir que esos discos sean mis preferidos, desde luego, pero lo cierto es que ya no me producen el intolerante rechazo de mis veinte años y aprecio (sobre todo en éste) la mucha calidad que tiene, incluyendo la participación de un Mark Knopfler que prácticamente estaba dándose a conocer con Dire Straits. Pero a lo que interesa: como de lo que se trataba era de impresionar al bomboncito con el que había ligado, el primer disco de Bob que le hice escuchar fue el mejor de esa década de los setenta que no es otro que el Blood on the Tracks. Recuerdo perfectamente la escena: estábamos al atardecer en mi volkswagen escarabajo de color butano aparcados frente al Pacífico, en el extremo de la bahía de Lima, ese disco de Dylan sonaba en el cassette. Empezó A simple twist of fate y Catherine me dijo: esta canción la canta también Cabrel.
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 Un simple coup du sort - Francis Cabrel (Vise le Ciel, 2012)

Me descolocó por un momento (todavía no me interesaban como ahora las versiones del repertorio dylaniano); pensé que ese "también" se debía a que ignoraba la autoría de la canción, pero no. Me explicó que, hacía unos meses, había ido a un concierto de su ídolo en un pequeño local tipo café-concierto. Por lo visto, en un intermedio, Cabrel se puso a conversar desenfadadamente con el público y uno del grupo de Catherine le pidió que tocara algún tema de Dylan porque sabía que era un gran admirador del americano. Y así, en su inglés afrancesado, interpretó el "simple giro del destino" haciendo que por primera vez esa colegiala franco-peruana escuchara una canción del norteamericano. La anécdota me llamó la atención e hizo que Cabrel, cuya música me agradaba, me resultara aún más interesante. De modo que, ya en España, durante los ochenta me hice algunos de los vinilos que publicaba y los escuchaba con frecuencia; digamos que era el representante de la música francesa (muy minoritaria frente a la anglosajona) en mis audiciones. En esos tres o cuatro discos de los ochenta nunca grabó una canción de Dylan, pero sí puede apreciar su influencia tanto en la composición como en algunos arreglos concretos. Quizá lo que me había contado Catherine no era cierto, pero encajaba, no se me antojaba inverosímil.

  
S'abriter de l'orage - Francis Cabrel (Les Beaux Dégâts, 2004)

Mucho después, ya en este siglo, vine a conocer un poquillo de la vida y milagros de este aquitano de orígenes friulianos y me enteré de que, en efecto, el tipo es uno de los muchos afectados por la música de Dylan. Parece que a los trece años escuchó en la radio Like a rolling stone (que entonces era un tema relativamente reciente) y quedó impactado; esas navidades le regalaron una guitarra y se puso como loco a componer tomando como referencia al que ya era su ídolo y también a Leonard Cohen, Neil Young (bastante previsible). Estamos hablando del 66-67, así que para entonces –como he he ido repasando en los últimos posts– ya una generación anterior a la de Francis había dejado en Francia sus ejercicios de dylanismo adaptado al francais. Luego, antes de que empezara su carrera profesional, saldría el LP monográfico de Kerval, complementando el canónico previo de Aufray. Es una suposición mía, claro, pero me da que si Francis, a sus veintitantos años estaba con ganas de grabar alguna versión de Dylan, el peso de sus mayores le inhibía; aunque también intuyo que sentía que él podía acercarse con su propio estilo al de Minnesota.

  
Elle m’appartient (C’est une artiste) - Francis Cabrel (Des Roses et des Orties, 2008)

Elucubraciones al margen, lo cierto es que durante más de veinte años y unos quince álbumes, su pasión por la música de Dylan no se materializó en un estudio de grabación. Y de pronto, en su primer disco del nuevo siglo, ya entrado en la cincuentena, Cabrel se dio permiso, se dijo que ya era lo suficientemente mayor para hacer sus propias versiones de Dylan. En mayo de 2004 publica su décimo LP de estudio, Les Beaux Dégâts (Los hermosos estragos) y justamente el verano de ese año pasé un par de días en Tolouse (no muy lejos de donde vive el cantautor), vi el CD y, aunque por entonces lo tenía muy olvidado, no dudé en comprarlo. Lo escuchamos al día siguiente, en el reproductor del coche. La verdad es que me gustó mucho; el hombre había madurado una barbaridad, la música era bastante más rica ... Por supuesto, no entendía ni papa de las letras y lo cierto es que cuando escuché la novena canción del álbum (S'abriter de l'orage), que me encantó, no caí en que se trataba de una versión del Shelter from the storm. Sólo un par de días después, viendo en los créditos que el compositor era Bob Dylan, logré descubrir que se trataba de una versión muy personal (y diferente) de ese conocido tema. Y lo curioso es que, pese a que Cabrel me coló sin que me diera cuenta la primera versión que grababa de nuestro admirado Dylan, al empezar a escuchar el disco me había evocado el sonido envolvente y misterioso de los de la época de Lanois (en especial el Oh Mercy de 1989). Pues nada, que me reencontraba con Cabrel justo cuando se tiraba por fin a la piscina de las adaptaciones de Dylan. Agradable sorpresa.

  
Comme une femme - Francis Cabrel (Vise le Ciel, 2012)

Cuatro años después, Francis saca su disco Des roses et des orties y de nuevo viene con una adaptación al francés de una canción de Dylan, ahora She belongs to me. Esta vez la reconocí sin dificultad y, aunque me gustó, me impresionó algo menos. En todo caso, se ve un Cabrel sobrado de seguridad en sí mismo y, según compruebo, con masiva aceptación del público francés (este disco fue número uno en el país vecino, pese a que lo que hacen los gabachos no suele interesarnos). Total otros cuatro añitos después –y ya estamos en 2012– nuestro hombre quiere hacer su aportación definitiva, sumarse a Aufray y a Kerval, siendo el tercer francés con un LP entero dedicado a Dylan. Se llama Vise le Ciel (Hacia el Cielo) y contiene once canciones de las cuales solo las dos provenientes de Blonde on Blonde (Just like a woman y I want you) y La balada de Hollis Brown contaban con versión francesa previa (de Kerval las dos primeras y de Aufray la tercera). Las ocho restantes suenan por primera vez, que yo sepa, en ese idioma, novedades a las que hay que sumar los dos adelantos en los discos previos ya mencionados. Si atendemos al fraseo de las letras para fijarnos en el grado de idoneidad rítmica de las traducciones, tengo la impresión de que, aún sacando en general buena nota, Cabrel no llega al nivel de Aufray. Musicalmente, sin embargo, este ramillete de canciones me parece más logrado que el de su antecesor y necesaria referencia; siendo bastante fieles a los originales (ninguna se resiste a ser identificada), Cabrel las ha hecho muy suyas, unas versiones sentidas y actualizadas, muy de hoy. Por cierto, entre ellas se cuenta el Simple twist of fate, la que Catherine me contó que le había escuchado; tantos años después se decidió a adaptarla a su lengua y grabarla en un disco (me pregunto si mi novieta de entonces, que ahora será una cincuentona, habrá escuchado este disco). En fin, en este post van unas cuantas de las canciones de Dylan que Cabrel interpreta en francés, para que cada uno juzgue a su gusto. Y también para dar por finalizado el repaso a Las Galias y decidirme, en la próxima entrega, a cruzar los Pirineos.

  
Tout se finit là, bébé bleu - Francis Cabrel (Vise le Ciel, 20012)

miércoles, 30 de marzo de 2016

¿Cuál será el próximo gobierno? (de nuevo)

Hace más de dos meses publiqué un post en el que vaticinaba que el próximo gobierno sería del PSOE coaligado con Ciudadanos, y argumentaba por qué lo creía así. En ese momento, pasado un mes desde las elecciones, todavía no se había producido el acuerdo PSOE-C's, que muy pocos creían viable. Por supuesto, por esas fechas, nadie apostaba por el gobierno que yo preveía; hoy poca gente lo cree, pero ya hay algunos que advierten que en esa dirección se están moviendo no pocos poderosos intereses. También entonces propicié una porra en mi centro de trabajo; participaron unas treinta personas: el pronóstico más repetido fue repetición de elecciones y nadie, salvo yo, apuntó una coalición PSOE-C's. Pues bien, a día de hoy sigo manteniendo mi previsión; es más, creo que los acontecimientos que hemos vivido apuntalan su verosimilitud.

No voy a repetir los argumentos que expuse en el post (recomiendo que se repasen). Insistiré sólo en las ideas centrales: una, ni PP ni Ciudadanos ni tampoco (y muy especialmente) el PSOE están dispuestos a permitir que Podemos (ni IU) pille cacho; dos, el PSOE (y más en concreto Pedro Sánchez) no puede admitir que gobierne el PP (y más en concreto Mariano Rajoy); y tres, todos saben que, de repetirse las elecciones, la situación resultante a efectos de combinaciones posibles será básicamente la misma. ¿Alguien cree que alguna de estas premisas no es absolutamente cierta? Pues si se comparten, ha de concluirse necesariamente que la única salida lógica es que salga elegido Pedro Sánchez, con los votos afirmativos de PSOE y C's, la abstención del PP e incluso con los votos en contra de todos los demás (como máximo 97 noes que son menos que los 130 síes reforzados con las 123 abstenciones).

Más o menos lo que ocurrió en las dos votaciones de principios de este mes, con la importante salvedad de que el PP no se abstuvo sino que voto en contra de la investidura de Pedrito. ¿Y por qué el PP no votó a favor cuando, según afirmo, sabía ya de sobra que es lo que tiene que hacer irremediablemente? Pues, sencillamente (como ya contaba en el post de hace dos meses), porque tanto el PP como el resto de partidos, para hacer lo que tienen que hacer, necesitan una narración creíble, o, para decirlo en otro lenguaje, necesitan "vender la moto", contar con el discurso de marketing apropiado, so pena de tener que afrontar graves costes a futuro. Y, desde luego, en la primera semana de marzo todavía no estaban a punto los distintos discursos. Sin embargo, de entonces acá creo yo que se han dado algunos pasos en este paripé teatral que nos están ofreciendo a los ciudadanos-espectadores.

Evidentemente, el discurso del PSOE se tiene que basar –como hacen– en que no salen las cuentas para un pacto de izquierdas y, además, en que Podemos hace imposible cualquier acuerdo "razonable". Las dos sentencias son falsas (o, al menos, no completamente ciertas), pero eso es lo de menos; lo único que importa es que sean verosímiles a un suficiente número de personas. Pues bien, esa estrategia discursiva ya la pudieron en marcha con el pacto con C's y la ruptura poco clara con Podemos. Desde luego, ellos mismos sabían que era poco convincente, pero no les preocupaba mucho porque no era más que un primer ensayo, un tanteo del terreno. Porque, además, también tenían claro que en esos momentos era imposible que colara.

La razón que el PP tenía necesariamente que votar en contra (como hizo) ya que no estaba en condiciones de "vender" una abstención a la investidura PSOE-C's. Para que el PP pueda justificar su abstención requiere presentarla como la salvación del mal mayor; es decir, para evitar que Podemos entre en el gobierno. Pero para ello, tiene que percibirse como real el pacto PSOE-Podemos, y todavía no es así. Creo pues que con el consenso tácito de PP y PSOE (o, al menos, los muñidores en la sombra de estos dos partidos) ha de llegarse presentarse a la ciudadanía como algo ya casi hecho ese "pacto de izquierdas" e incluso que iba a contar con la abstención de suficientes representantes de las minorías como para que los noes de PP y C's no pudieran impedir esa investidura. Llegados a ese punto, habría un importante revuelo mediático (machaconameándonos con el desastre económico al que nos precipitaríamos) y, a última hora y con gran dramatismo, el PP anunciaría su disposición a permitir un gobierno PSOE-C's como acto de loable sacrificio patriótico.

En realidad, según yo lo veo, quien más se sacrifica (a medio plazo) no es el PP, ni Ciudadanos ni tampoco Podemos (estos los que menos); es, sin duda, el PSOE que para hacer lo que sabe que ha de hacer (y además, Pedrito quiere hacer) habrá de pagar un importante coste. Apuesto lo que quieran a que en las próximas elecciones (sean cuando sean) el PSOE es sobrepasado con muchos votos por Podemos. De hecho, o hay alguna sorpresa que soy incapaz de imaginar por el momento, o estamos asistiendo al inicio de la decadencia de la socialdemocracia a la española que, obedientemente, empezó a hacer Felipe (quien, por cierto, desde su torre de marfil es uno de los pocos que ya presiona públicamente por al acuerdo PSOE-C's con la abstención pepera). En cambio, el PP puede hasta salir consolidado pero, eso sí, como quienes manejan el cotarro tienen asumido que ha de pasar una temporadita en el banquillo de la reserva, será un PP renovado en las caras (ciao, Rajoy).

Supongo que la mayoría de quienes me lean creerá que me equivoco en mi predicción sobre el próximo gobierno. Puede ser, claro, pero espero que admitan que a fecha de hoy es más creíble (o menos increíble) que cuando la hice hace más de dos meses. En este tiempo, lo que ni se consideraba una posibilidad ya hay varias voces (vale que de "outsiders") que la han planteado. Pero, sí, puedo que yerre en mi pronóstico, pero no porque mis premisas sean incorrectas o mi conclusión contravenga la lógica sino, simplemente, porque los "actores" a quienes le toca interpretar este guión teatral sean tan malos que no sepan hacerlo. En otras palabras, si hay elecciones el 26 de junio será porque no han sido capaces de hacer lo que saben que tiene que hacer (e incluso muchos de ellos quieren hacer). Y eso que, en mi opinión, los españolitos estamos dispuestos a creernos el paripé a poco empeño que pongan (no somos un público muy exigente).

Acabo recomendando a quienes son escépticos con mi pronóstico que hagan un fácil ejercicio: supongan que todos los políticos que (teóricamente) cortan el bacalao pretenden vendernos el gobierno PSOE-C's como la solución menos mala en las condiciones actuales; y bajo esa suposición analicen las declaraciones y actos que vayan realizando. Verán como, bajo ese supuesto, casi todas (independiente del partido político al que pertenezca el político concreto) apuntan en esa dirección. Es decir, si asumes que van hacia un lugar determinado puedes darte cuenta de si se están acercando o no. Y, como ya he dicho, creo que estas últimas semanas se han ido acercando, aunque ciertamente aún falta bastante teatro para que lleguen.

 

 Puro teatro - La Lupe

lunes, 28 de marzo de 2016

Dylan en romance (8)

 
Je t'aime (I want you) - Serge Kerval (Serge Kerval chante Bob Dylan, 1971)

Serge Kerval fue un cantante bretón que nació en Brest en 1939 y se suicidó en Nantes a los 59 años. Kerval era fundamentalmente un folklorista que interpretó canciones tradicionales de diversas regiones de Francia y durante los sesenta dejó unos cuantos LPs que imagino que son referencia obligada en la materia. Pero también cantaba temas de gente que admiraba (Léo Ferré, Charles Trenet, Anne Sylvestre) e incluso musicalizó textos poéticos de nombres como Victor Hugo, Pierre Seghers o el mismísimo Julio Verne. En el 71 publica un álbum dedicado a Bob Dylan con doce canciones pasadas al francés, ninguna de las cuales había sonado antes en ese idioma. Hay que decir que selecciona temas relativamente recientes en ese momento: siete de Blonde on Blonde (1966), tres de New Morning (1970) y dos de Selfportrait (1970); ninguno de estos discos de Dylan se había publicado cuando Aufray presentó el suyo seis años antes. Y digo esto porque la comparación es obligada; lo malo es que, por más que he buscado, no he conseguido más que dos canciones del disco de Kerval. Parece que el disco original se pasó a CD en 1996, pero no se comercializa en digital por Internet (sólo he encontrado algunos ejemplares de segunda mano del vinilo bastante carillos y a tanto no llega mi manía coleccionista). En todo caso, quienes lo han escuchado y hacen público su juicio crítico (por ejemplo, Alan Bumstead), nos dicen que se trata de un álbum bastante bueno “en general”, que actualiza, en “modo rock’n’roll”, las versiones de aire más “folkie” de Aufray, recurriendo a unas bien provistas bandas de acompañamiento y a unos excelentes arreglos. Sin embargo, del lado del debe señala que las letras no le parecen tan correctas como las de Aufray, que no logra como aquél mantener el timing de los temas originales y a veces el silabeo no termina de encajar en la estructura métrica (y rítmica) de la canción; no obstante, se apresura añadir que tampoco es un defecto que llame demasiado la atención. Concluye su crítica con una encarecida recomendación del álbum, pero no nos da ningún enlace que nos permita escuchar o descargar las canciones. Aún así he conseguido las dos canciones que salieron en disco sencillo. Son el I want you (traducido muy ortodoxamente como Je t'aime) y el Most likely you go your way (éste menos literalmente titulado Va ton chemin). La verdad que las dos interpretaciones se ajustan bastante a las originales, Kerval no asume demasiado riesgos. También es verdad que, sobre todo en la segunda, algunas frases francesas chirrían un poco, pero en conjunto las dos me han agradado.


 
 Va ton chemin (Most likely you go your way) - Serge Kerval (Serge Kerval chante Bob Dylan, 1971)

Entre los dos discos monográficos, el de Aufray del 65 y el de Kerval del 71, hubo algunas otras versiones de canciones de Dylan en francés. Voy a referirme a dos que tienen la particularidad de que, si bien traducidas al francés, estaban interpretadas por extranjeros. La primera es Adieu Angelina, interpretada por la griega Nana Mouskouri. El tema original (Farewell Angelina, obviamente), Dylan lo había compuesto para el Bringing it all back home pero al final se quedó inédita. Quien la había grabado en ese mismo año de 1965 fue –como no– Joan Báez, que sería con toda seguridad la referencia de Mouskouri. Ésta graba la canción en su álbum de 1967 Le Jour où la colombe, que la consagró definitivamente en Francia, donde residía desde 1960. Nana cantaría más temas de Dylan en francés (y también en inglés e incluso, creo, en alemán); en mi colección tengo A hard rain's a-gonna fall, Love minus zero/No limit y Tomorrow is a long time; pero para este post basta con su primera incursión, claramente influida por la Báez.

 
 Adieu Angelina - Nana Mouskouri (Le Jour où la Colombe, 1967)

La segunda versión que quiero traer aquí es nuevamente de If you gotta go, go now, la misma que un años antes había interpretado Johnny Halliday (y que ilustra el anterior post de esta serie). La graban en 1969, primero en single y luego en su tercer LP Unhalfbricking, los londinenses Fairport Convention ahora con un título más ajustado:Si tu dois partir. Esta banda había surgido un par de años mirando hacia el folk norteamericano (más tarde evolucionarían hacia el folk-rock y las raíces británicas), obviamente con Dylan como una de sus referencias. Al igual que Farewell Angelina, Bobby no había publicado este tema –compuesto también durante las primeras sesiones de Bringing It All Back Home en 1965– y, en ese mismo año y que yo sepa, la habían grabado sin mucha difusión los Liverpool Five, un grupo de esa ciudad inglesa que se había asentado en la costa Oeste de los USA y, sobre todo, Manfred Mann, el sudafricano ya residente en Inglaterra. No tengo muy claro por qué los Fairport decidieron hacer su versión en francés. Antes de grabar el LP, la discográfica de Dylan les había pasado para que escucharan las sesiones de lo que luego serían las Basement Tapes y habían quedado entusiasmados (de hecho, graban dos de esas canciones, pero las que nos ocupa no iba en ese lote). Intuyo que les tuvo que hacer gracia (o todo lo contrario) la interpretación de Halliday, el empujón para decidirse a ofrecer su alternativa. Richard Thompson, el gitarrista de la banda, ha contado que se les ocurrió que sería divertido hacer una versión al estilo cajún (el francés de Lousiana) y, en medio de una de sus actuaciones, pidieron voluntarios para que les ayudaran con la adaptación. Parece que se sumaron tres personas al proyecto y al final el resultado ni es muy cajún, ni muy francés ni menos muy Dylan. A mí, la verdad, no termina de convencerme (un año después, en el 70, los Flying Burrito Brothers la interpretaron en inglés haciendo una versión mucho mejor), pero merece estar en este post. Hela aquí:

 
 Si tu dois partir - Fairport Convention (Unhalfbricking, 1969)

Para acabar este post pondré otra versión en francés de la misma canción, esta vez a cargo de un trío rockero de los setenta, Bijou, que la grabó en un single de 1977. No conocía a estos chicos, émulos en las Galias de los mod británicos (de los Who, por ejemplo) y que grabaron cinco LPs entre el 77 y el 81. La canción de Dylan sólo aparece en un recopilatorio de 1989 titulado Pic à glace. Un rock un poquillo elemental, ingenuo casi, pero se deja escuchar, tampoco está mal. Tengo localizada alguna que otra versión "suelta" más de Dylan en francés, pero creo que con las que he he subido a este post nos podemos hacer una idea suficiente. Así que podría dar por acabado el capítulo del Dylan francés si no fuera porque me falta una figura importante a la que habré de dedicar el siguiente post.

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 Si tu dois partir - Bijou (Pic à Glace, 1989)

sábado, 26 de marzo de 2016

Cruyff

Después de la Guerra Civil, a mi abuelo, telegrafista, lo trasladaron como jefe provincial a Gerona. Ahora no tengo aquí la breve biografía de los años infantiles de mi padre que después de su muerte hizo mi hermano así que no puedo asegurarlo, pero creo que cuando se trasladaron a Gerona ya había muerto mi abuela biológica y mi abuelo había contraído segundas nupcias con la adusta señora a la que conocí como mi “abuelita”. Tampoco puedo dar una fecha precisa, pero calculo que estamos hablando de los primeros cuarenta, así que mi padre sería ya todo un adolescente entre doce y catorce años, a diferencia de sus dos hermanos menores, aún niños. En fin, que aunque mis abuelos residieron esa temporada (que creo que no fue larga) en Gerona, a mi padre lo mandaron interno a los Jesuitas de Sarriá, en Barcelona. Tengo entendido que está considerado uno de los colegios de la élite catalana y, desde luego, mi abuelo nunca anduvo sobrado de recursos económicos. Imagino que, en calidad de afecto al Régimen desde los primeros días (de niño me contó que el 19 de julio del 36, al conocerse el alzamiento de Marruecos, en su calidad de jefe de correos de un pueblo gallego instó al cabo de la Guardia Civil a detener al alcalde socialista republicano) le harían un precio especial, aunque ya para entonces estaba muy apartado del franquismo triunfante, como siguió hasta su jubilación, sin aprovecharse de los beneficios de la victoria. Bueno, no me enrollo porque ni es el objeto del post ni, la verdad, sé gran cosa de la vida y milagros de mi abuelo cuando no era el anciano que yo recuerdo. Lo que cuenta es que mi padre hizo uno o dos cursos, probablemente los últimos del bachillerato, interno en San Ignacio (estaba entonces prohibido llamarlo Sant Ignasi), en el hoy barrio barcelonés de Sarriá.

De esa breve temporada, aparte de las enseñanzas académicas, a mi padre le quedó un cierto dominio del catalán (así que su parla no debería estar tan prohibida) del cual dio algunas muestras en mi presencia, y no me refiero sólo al empeño en recitarnos de vez en cuando, intentando que lo memorizáramos, un puñetero trabalenguas sobre dieciséis jueces que se comían el hígado de un ahorcado al que ellos mismos habían condenado*; bastante desagradable, la verdad. Pero también y sobre todo, hizo amistad con el vástago de una familia de la alta burguesía barcelonesa, Fernando D, que mantuvo durante toda la vida. Recuerdo bien la última vez que vi a Fernando: fue en el funeral de mi padre, a finales de 2000, y el hombre, muy deteriorado físicamente, estaba absolutamente compungido, llorando a moco tendido; no sabría decir, en cambio, cuándo lo conocí. Fernando y mi padre, uno en Barcelona y otro en Madrid, habían seguido en contacto desde muchachos y, al menos en lo familiar, parecían llevar vidas paralelas: ambos se habían casado más o menos por la misma fecha y ambos tenían seis hijos emparejados en edades casi todos. La principal diferencia estribaba en lo económico: mientras Fernando se había dedicado a los negocios –supongo que apoyándose en sus vínculos familiares– y contaba con una desahogada situación, la de mi padre podía calificarse de apurada (no éramos pobres, pero el dinero llegaba para lo justo, sin ningún extra). Cuando, niños todavía, Fernando viajaba a Madrid y nos hacía una visita, siempre nos dejaba algún regalito o, al menos, una moneda de cinco duros (todo un capital). Y en el verano del setenta y tres nos regaló a mi hermana y a mí un mes de vacaciones con su familia en la casa que tenían en Playa de Aro. Por entonces, aunque ya claramente orientado al turismo de masas, no era lo que es hoy. Lo cierto es que guardo fantásticos recuerdos de esas vacaciones, en las que, probablemente por primera vez, experimenté la sensación de libertad y de aventura con Luis, el hijo mayor de Fernando, de mi misma edad.

Contados los antecedentes, pasemos a hablar de fútbol. Empezaré aclarando que, aún habiéndome criado en Madrid, nunca fui de ninguno de los dos principales clubes de la capital e incluso al Real le tenía manía (y no se la he perdido), creo que por la prepotencia chulesca tan habitual entre sus aficionados que casi, por ósmosis quizá, parecía haber adquirido carácter institucional. Ahora bien, por mucho que se le imputara ser el equipo del Régimen y por tanto contar con ayudas para obtener más triunfos de lo que merecía, hay que reconocer que el Madrid del final de mi infancia y adolescencia era muy bueno. Mi infancia y adolescencia se correspondieron con el Madrid de Di Stéfano (del cual no me acuerdo) y de sus sucesores inmediatos, que cuasi-monopolizaron el campeonato español (y Europa) desde mediados de los cincuenta hasta finales de los sesenta. Justo en el cambio de década esa supremacía se rompió con dos ligas que no pudo ganar (la del 69-70 se la llevó el Atlético de Madrid y la del 70-71 el Valencia), pero con los yeyés, los Pirri, Amancio, Velázquez, no sé si aún seguía Gento, volvió a ganar las dos ligas siguientes. Por tanto, cuando en otoño del 73 empezaba quinto de bachillerato, yo, como la mayoría de mis amigos, daba por sentado que el Madrid volvería a ganar la liga. Pero esa temporada para mí iba a ser especial, porque gracias a Fernando, que no sé que cargo tenía en la federación española de fútbol en Barcelona (o algo así), se me ofrecieron pases para ambos estadios madrileños. De modo que casi todos los domingos, eligiendo de acompañante un amigo distinto entre los cuatro más íntimos de entonces, acudía ya al Bernabeu ya al Manzanares a ver “en vivo y en directo” un partido de la primera división y a vivir la inmersión en el enardecimiento de las masas. Después de tan intensa dosis adolescente de estadio, quedé saciado y en los siguientes cuarenta años no habré ido más de diez o quince veces. Me sigue gustando el fútbol (aunque ya no veo cualquier partido), pero prefiero verlo en la tele (bien es cierto que las retransmisiones actuales nada tienen que ver con las pésimas en blanco y negro de finales de los sesenta y primeros setenta).

Esa temporada iba a ser especial, y no porque yo fuera al fútbol casi todos los domingos. La gran novedad era que, después de varios años, se volvía a permitir el fichaje de extranjeros (estaba prohibido desde mediados de los cincuenta, salvo los llamados “oriundos”, fuente de bastantes fraudes). De este modo vino a la liga (porque en la Copa seguían sin poder jugar) el genial delantero del Ajax, Johan Cruyff; tras un largo culebrón, el 13 de agosto del 73 el Barcelona acordó con el club de Amsterdam el traspaso por la exorbitante cantidad de 60 millones de pesetas (360.000 €). También, con menos alharaca, había llegado a Barcelona el peruano Sotil. El Madrid, por su parte, se reforzaba con el alemán Günter Netzer, un medio centro ofensivo que provenía del Borussia Mönchengladbach. Aún así, ni uno ni otro de los grandes rivales tuvieron buen comienzo: tras enfrentarse en el Nou Camp en la sexta jornada con un aburrido empate sin goles, el Madrid iba noveno y el Barça decimoséptimo. Bien es verdad que Johan aún no había debutado; lo haría dos domingos después, el veintiocho de octubre del 73, ante el Granada, famoso en la época por tener una de las defensas más leñeras. Cruyf marcó dos goles de los cuatro del equipo y, a partir de ahí, el Barça dio un cambio radical, tanto que sólo cinco jornadas después alcanzaba el primer puesto del que ya no se bajó en lo que quedaba de temporada. En cambio, el Madrid seguía renqueando y así, en enero del 74, sustituyeron a Miguel Muñoz por el canario Molowny, recurso habitual de pagarla en el entrenador que, como en la mayoría de los casos, no dio los resultados esperados. Y por fin llegamos a la fría tarde del 17 de febrero de 1974, jornada vigésimo segunda, en la que el líder visitaba el Bernabeu con muchas expectativas entre los catalanes que apenas se atrevían a pronunciar en voz alta. Ese fin de semana, Fernando D viajó a Madrid, para ver el partido en el palco, dado su cargo. Lo acompañaba Luís, su hijo, quien fue mi acompañante en ese partido, para cabreo de los cuatro habituales de los otros domingos.

Lo que pasó esa tarde forma parte de la historia del fútbol español –de la fausta del Barcelona y de la infausta del Madrid– y es suficientemente conocido como para evitarme cualquier amago de crónica. Diré sólo que aluciné (aunque entonces todavía no se usaba esta palabra) con el juego del Barça y me impresionó ese 9 desgarbado que, efectivamente, era tan bueno como decían. Mi amigo Luis estaba que no cabía en sí de gozo, emocionado hasta las lágrimas y, como me dijo, con la euforia de estar siendo partícipe de la historia con mayúsculas, algo que yo no he sentido nunca, quizá por alguna carencia sensitiva o quizá porque no tengo muy claro cuando hay que ponerle mayúsculas a la historia. Cuando acabó el partido, tal como habíamos quedado con su padre, nos acercamos al pasillo que daba acceso al palco de autoridades (recuerdo que era un estadio muy distinto del actual, anterior a las reformas). Fernando estaba aún más exultante que su hijo cuando apareció y nos dijo que lo acompañáramos adentro. Ahí estaban varios señorones que me eran desconocidos, en un reparto contrastado de júbilos y cabreos. En un rato, después de que se asearan, iban a subir Rinus Michels, el entrenador del Barça, con dos o tres jugadores, entre ellos Cruyff. Así lo conocéis, nos dijo Fernando; a mí, la verdad, no me ilusionaba demasiado, me sentía muy fuera de lugar, incómodo. En efecto, media hora después apareció la pequeña embajada de los vencedores y entre ellos el extraordinario holandés. Hubo un excitado remolino de presentaciones: manos que se estrechaban, palmadas en los hombros, abrazos incluso. En un breve momento de esa ceremonia de la confusión, Fernando y el que supuse que era el presidente del Barcelona, Agustín Montal, se plantaron frente a nosotros, los dos críos arrinconados, escoltando al héroe del día. Mira Johan, dijo Fernando, éste es Luis, mi hijo, y Miroslav, un buen amigo nuestro. Y Cruyff, con una sonrisa seria, nos dio a cada uno la mano, nos dijo algo así como hola amigo y siguió su ronda. Así que uno de los más grandes genios del fútbol me dio la mano y me llamó amigo. Lo cierto es que nunca lo valoré especialmente; de hecho, creo que ni siquiera lo comenté entre los compañeros al día siguiente ni casi a nadie más en los más de cuarenta años que han pasado desde el famosísimo cero a cinco del Bernabeu.


Ahora, a su muerte, me ha apetecido contarlo. Ayer incluso me compré el Marca porque traía un suplemento especial dedicado al “genio que reinventó el fútbol”, apreciación que me parece acertada y justa. No tuvo nada que ver con que me saludara un instante en el palco del Bernabeu, desde luego, pero a partir de entonces me convertí en un seguidor y admirador de Cruyff. Ese verano se jugó el Mundial de Alemania; Holanda, la naranja mecánica, llegó a la final y a mí me habría gustado que ganara (pero enfrente estaba Beckenbauer con los suyos y encima jugaban en casa). Luego, cuando yo ya era “mayor” (había acabado la universidad), Johan se convirtió en entrenador y revolucionó el fútbol, más todavía que como jugador. Su dream team abrió el camino para acercar fútbol y estética, creó una escuela (porque es verdad que ha habido muestras anteriores de belleza futbolística, como el jogo bonito de Brasil, pero se me antojan resultado más de las genialidades artísticas de unos individuos brillantes que de unos planteamientos preconcebidos y ensayados). En fin, sería ridículo que yo me pusiera ahora a elogiar la genialidad de ese holandés irreverente y único, pero sí quiero dejar constancia de mi tristeza: se nos va otro de los más grandes, uno de los que ha contribuido a hacernos la vida más feliz, al menos a quienes disfrutamos con el buen fútbol.

* Setze jutges d’un jutjat mengen fetge d’un penjat; si el penjat es despengés es menjaria els setze fetges dels setze jutges que l’han jutjat.