martes, 15 de junio de 2021

Indagación léxica sobre el vocablo balcón

Me informa mi maravilloso Corominas  que la palabra balcón proviene de la italiana balcone. Encuentro en una web de etimologías que esta última, a su vez, proviene del longobardo balko que, por lo visto, significaba viga (digamos que de balko deriva tanto balcón como palco que, a fin de cuentas, viene a ser un tipo concreto de balcón). Este vocablo longobardo (lengua germánica ya extinta) parece ser el que da origen a esta palabra en la mayoría de los idiomas europeos. 
 
Que balko significara viga me sugiere que ya con ese término se aludía a lo que entendemos (al menos yo) por balcón; esto es, una plataforma que desde un vano del edificio sobresale de la fachada hacia el espacio abierto. Hago esta aclaración porque la definición del DRAE es “ventana abierta hasta el suelo de la habitación, generalmente con prolongación voladiza, con barandilla”. O sea, que basta que una ventana esté abierta hasta el suelo para que merezca en castellano el nombre de balcón, toda vez que su “prolongación voladiza” existe con frecuencia pero no siempre. De hecho, en el Diccionario de 1791, la Academia llamaba balcón al antepecho que se pone en las ventanas formado de balaustres para poderse asomar sin riesgo, sin mencionar siquiera el vuelo hacia el exterior. 
 
Pero no deduzcamos de estas definiciones académicas que no había balcones volados en el XVIII porque, como más adelante trataré, éstos son de muy antigua y remota datación. Pero antes de referir “datos fácticos” me apetece seguir transitando por terrenos lingüísticos. Tan solo quise apuntar, a modo de curiosidad, la extraña definición de balcón en nuestro idioma. La web de la Real Academia Española nos ofrece un maravilloso recurso al que ha bautizado, en homenaje a Covarrubias, Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española (NTLLE). Se trata de una amplia recopilación de diccionarios que “durante los últimos quinientos años han recogido, definido y consolidado el patrimonio léxico de nuestro idioma”. Aprovecharé pues esta maravillosa herramienta para indagar sobre la evolución de la palabra balcón
 
El primer diccionario recogido es el Vocabulario español-latino, publicado por Antonio Nebrija en 1494 (dos años antes había acabado el latino-español); pero no incluye balcón. Tampoco viene en el Vocabulista aráuigo en letra castellana, impreso en 1505 por el fraile jerónimo Pedro de Alcalá, primer diccionario español-árabe. Ambas obras son del reinado de los Reyes Católicos, poco después de la toma de Granada. Ciertamente, por entonces había balcones espléndidos, por ejemplo, los magníficos ajimeces de las ciudades andaluzas –cajas sobresalientes de la fachada cerradas con celosías de madera– y de algún modo habrían de denominarse. 
 
Busco la palabra en los dos mayores bestsellers de la época –la Celestina (1502) y el Amadís de Gaula (1508)– y no la encuentro. Me llama la atención, no obstante, que al describir el combate entre Ardán Canileo y Amadís de Gaula (capítulo 61) se dice que “toda la gente de la corte y de la villa estaban por ver la batalla en derredor del campo, y las dueñas y doncellas a las fenestras, y la hermosa Oriana y Mabilia a una ventana de su cámara, y con la reina estaban Briolanja y Madasima y otras infantas”. Esas ventanas y fenestras en las que se acomodaba tanto espectador digo yo que serían balcones. 
 
El texto más antiguo en que encuentro el vocablo balcón, siendo también de esos inicios del XVI, no es literario sino jurídico. Se trata de una pragmática dictada por los Reyes Católicos a principios del XVI y ratificada por su hija Juana hacia 1515 que ordenaba que “los edeficios desta cibdad se fiziesen sin valcones e pasadizos ni salidizos en tal manera que la salud del pueblo no se ynficionarse con los lugares e parte e cubiertas e no se escureciesen las calles con los dichos cobertizos, con los quales cubren el sol e la luna e se dava lugar a delitos”. No deja de ser llamativo que uno de los primeros documentos en que se mencionan los balcones tenga por objeto prohibirlos. Leo en algunos estudios sobre urbanismo medieval que formaba parte de la tradición normativa castellana (se dice que desde las Partidas del rey Sabio) impedir la ocupación del espacio público. Hay quien opina, sin embargo, que en el asunto de los balcones pesó más el rechazo de la reina católica hacia todo lo que evocara la cultura árabe. Años después, el 28 de junio de 1530, el emperador Don Carlos y su madre Doña Juana promulgan en Madrid una ley “para que no se reedifiquen los balcones i saledizos, que caen sobre las calles, cayéndose ò reedificandose, i de nuevo no se hagan, i se derriben luego por mandado de las Justicias”. He obtenido el texto –sobre el que volveré en otro momento– del Tomo Segundo de las Leyes de Recopilación, que no son sino la última edición (1745) de la Nueva Recopilación de Leyes de Castilla, aprobada durante el reinado de Felipe II (vendría luego la Novísima Recopilación de 1805). Por cierto y aunque no venga al caso, el 28 de junio de 1530 ni el emperador ni su madre estaban en Madrid; él en Augsburgo y ella encerrada en Tordesillas desde 1509.
 
Llegados a este punto, aprovecho para, si no corregir, sí mejorar mínimamente al excelso Corominas. Señala el eminente lexicógrafo que la primera cita documentada de la palabra balcón se debe a la autoría de Fernández de Oviedo en 1535. Con este dato es inmediato deducir que se trata de la primera parte de la Historia General y Natural de las Indias, islas ytierra-firme del Mar Océano, impresa a modo de sumario en Valladolid. Y en efecto, en la página 567 de la edición que publicó en 1851 la Real Academia de la Historia, al inicio del capítulo vigésimoséptimo, “en que se cuenta lo que le acontesció al adelantado Hernando de Solo con el cacique de Tascaluca, llamado Actahachi, el qual era tan alto hombre que parescía gigante”, nos dice Don Gonzalo que “… estaba el cacique en un balcón que se hacia en un cerro á un lado de la plaça …” Poca información da el cronista para imaginar cómo era ese balcón que a mí me parece que más que un cuerpo saliente de edificación fuera un palco o podio erigido al aire libre. Pero, en todo caso, he aquí la palabra, aunque no sea la primera vez que se escribía en documento publicado (Corominas no conoció la ordenanza antes citada).

Sentado pues que la palabra balcón aparece en nuestro idioma al menos desde principios del XVI, vuelvo a la revisión de los diccionarios que nos ofrece el NTLLE. El primer diccionario que recoge el término es el Vocabulario de las lenguas española y toscana, publicado en 1570 por el sevillano Cristóbal de las Casas. Este diccionario bilingüe tenía por objeto facilitar la mutua comprensión de las lenguas, en unos tiempos de muy estrechas relaciones entre españoles e italianos, y en él ya se recogen los términos balcone y balcón. Lo curioso, sin embargo, es que la palabra toscana se traduce al castellano por ventana, mientras que la española pasa a convertirse en varias italianas sin que entre ellas esté balcón. Esta falta de correspondencia me hace sospechar que tal vez el término balcone no fuera ni siquiera en Italia el más usado para referirse a los balcones. Lo cierto es que de las cinco palabras toscanas que De las Casas hace equivaler a balcón –poggio, poggioulo, spalco, sporto, verone–, solo la última tiene este significado en el italiano actual, aunque con la advertencia de que es un anacronismo que se remonta al siglo XIV. 
 
En todo caso, que a inicios del XVI balcone no fuera término de frecuente uso en Italia –como tampoco lo era en España– no permite cuestionar su existencia en el toscano pues aparece nada menos que en la Divina Commedia, escrita doscientos años antes (a inicios del XIV). En concreto, los tres primeros versos del Canto IX del Purgatorio: "La concubina di Titone antico / già s’imbiancava al balco d’oriente, / fuor de le braccia del suo dolce amico". (Aclaro entre estos paréntesis, que la concubina de Titono no es otra que la diosa Eos o Aurora, a la que Dante hace asomarse al balcón del Oriente para indicarnos con tan mitológica metáfora que estaba amaneciendo). En fin, lo relevante es que la palabra llevaba ya un par de siglos usándose en toscano, aunque puede que fuera excesivamente poética y no se empleara en el lenguaje vulgar para designar los elementos arquitectónicos a los que luego designó. De hecho, es obvio que el balco al que se asoma la Aurora no es uno de ellos (y, por cierto, hago notar que Dante usa una voz – balco– casi coincidente con la lombarda original; pareciera que aún no ha adoptado la desinencia -ne con la que llegaría a nuestro idioma.
 
Paso ahora al Dictionary in spanish and english publicado en 1591 en Londres por Richard Perceval, políglota traductor de documentos españoles en la corte de Isabel I. Perceval traduce balcón por bay window, término que todavía hoy se usa en inglés y que, según el Oxford Dictionary, significa “a window built to project outwards from an outside wall”, definición que se ajusta perfectamente a la idea de balcón. Perceval, además de la traducción al inglés, aportaba la latina y así vemos que balcón es una fenestra prominens (ventana salediza). El vocablo más usado actualmente –balcony– todavía no aparece en este diccionario, lo que apunta a que para designar los balcones que hubiera en Gran Bretaña –sin duda, bastantes menos que en los países mediterráneos– se recurría a un término compuesto (leo en una web de etimología anglosajona que, en efecto, la palabra balcony se introduce en el idioma inglés hacia los años diez del siglo XVII). En todo caso, en lo que nos importa, parece bastante seguro que a finales del XVI la palabra balcón estaba ya firmemente asentada en nuestra lengua con la acepción que sigue hoy manteniendo. 
 
Los tres siguientes diccionarios que nos facilita la RAE son casi contemporáneos, de la primera década del XVII. Son el Diccionario muy copioso de la lengua española y francesa (1604) de Jean Palet, médico de Enrique IV; el Tesoro de las dos lenguas francesa y española (1607) de César Oudin; y el Tesoro de las tres lenguas francesa, italiana y española (1609) del italiano Girolamo Vittori. Los tres incluyen el vocablo balcón, lo cual refuerza nuestra anterior conclusión. Lo curioso, sin embargo, es que ninguno recoge el término en francés y las traducciones que hacen son descripciones de lo que es un balcón: "ventana sobre la calle", dice escuetamente Jean Palet; "una especie de galería o ventana que se abre en forma de saliente apto para apoyarse", según Oudin al que copia Vittori. Es decir, aunque en la primera década del XVII ya existía el vocablo en italiano y castellano, aún no en francés (ni en inglés). Parece que se recurría a la palabra appuy, pero ésta alude más al antepecho que propiamente al balcón. En una web de etimologías francesas leo que la palabra se introduce en el francés ya avanzado el XVII (en el Mercure François de 1623 se escribe el vocablo, explicando al margen su significado, prueba de que por entonces era un neologismo aun poco conocido). 
 
Y para acabar este post que ya se ha hecho largo (y, lo que es peor, sobre un asunto que no debe interesar a nadie) reviso el famosísimo Tesoro de la Lengua Castellana o Española (Madrid, 1611), “compuesto por el licenciado Don Sebastián de Cobarruvias Orozco, capellán de su Majestad, Mastrescuela y Canónigo de la Santa Iglesia de Cuenca, y Consultor del Santo Oficio de la Inquisición”. Covarrubias nos confirma que se trata de un nombre italiano y lo refiere geográficamente a Venecia, Génova y Lombardía. Le atribuye como significado el de ventana preeminente y de majestad que vuela por encima de las puertas de las fortalezas. Pareciera pues que refiere el término a los balcones representativos de edificios principales, de modo que tal vez todavía a principios del XVI los balcones más modestos se denominarían con otro vocablo. Sin embargo, en la misma entrada cita a un comentarista de Petrarca que informa que los llamados balconi abundaban en las ciudades italianas, lo que parece desmentir el uso restringido del vocablo, al menos en Italia. 
 
En resumen, y aunque no puedo estar totalmente seguro, concluyo que el término balcón es un italianismo que se introdujo en nuestro idioma a principios del XVI. Parece que durante todo ese siglo e incluso hasta avanzado el XVII no debió de ser de uso muy frecuente y puede que hasta de significado ambiguo; probablemente, en los primeros tiempos, se referiría preferentemente a los vistosos balcones de las casas nobles y, poco a poco, se iría generalizando su aplicación a cualquier ventana salediza. Para profundizar en esa evolución del significado de balcón conviene aparcar los diccionarios y recurrir a la literatura que, para el periodo que nos interesa, no es otra que la del Siglo de Oro.


martes, 25 de mayo de 2021

Catizone I de Portugal (2)

La primera explicación es que, en efecto, fuera Sebastián, el rey portugués, que la historia que contó fuera verdad. Esta hipótesis es casi imposible de aceptar. Por su formación y carácter no es creíble que Sebastián hubiera protagonizado esa odisea estrambótica, tan dilatada en el tiempo y en el espacio. Y todavía menos que luego se instalara en Italia suplantando a un natural del país. Además, ¿por qué se haría pasar por un Catizone real, del cual se conocen parentesco y datos biográficos? No cuadra en absoluto. Además, esta opción me disgusta porque el protagonista dejaría de ser un familiar de Luisa; no obstante, convengamos que es muy atractiva, obviamente por ser la más novelesca, la más apropiada para escribir un relato histórico de intriga. 
 
Una segunda alternativa es que Marco Tullio, advertido de su semejanza con el rey desaparecido, decidiera conscientemente montar el engaño. Casi todos los que han escrito sobre este asunto dan por sentado que así fue y, sin embargo, yo no lo veo tan claro. En primer lugar, Catizone se da a conocer la friolera de veinte años después de los hechos; ¿llevaba dos décadas dándole vueltas a la idea? No parece verosímil; más bien habría que pensar que algo ocurrió en 1598 para animarle; ¿pasaría por Messina un antiguo colega de Alcazarquivir y, recordando los viejos tiempos mientras le daban al vino en alguna taberna, tramarían el montaje? Digamos que pudo ser, pero en ese caso, nuestro hombre era un loco temerario porque no hacían falta muchas luces para prever que la empresa estaba condenada al fracaso y que el fracaso se pagaba demasiado caro, como demostraban las imposturas antecedentes. Pero es que no solo había que tener reblandecido el coco sino también estar desesperado y, la verdad, no parece que nada de eso cuadre con la personalidad y situación vital de Marco Tullio. 
 
Así que desemboco en una tercera y última hipótesis y es que Catizone no fuera Sebastián pero creyera honestamente serlo. Claro que, para pasar de repente a creerse Sebastián, algo tendría que haberle ocurrido: un golpe en la cabeza, un ictus, qué se yo, algo que le causara un trastorno psicológico que derivara a un delirio megalomaníaco. En este supuesto, nuestro hombre, de pronto, se recordaría asimismo como el rey que había sido derrotado, que luego había emprendido aquel tortuoso periplo para al cabo renunciar a sus glorias y convertirse en un anónimo comerciante en el Mediodía italiano. Pero pensaría también que de esa vida lo arrancaba la propia voluntad divina, que se le había manifestado a través de un sueño sobrenatural, de modo que estaba obligado a emprender tan santo cometido. Por supuesto, en el marco de esa demencia son irrelevantes las consideraciones sobre los riesgos que, en cambio, resultan decisivas en la hipótesis del engaño consciente. De modo que me inclino a pensar que lo que le pasó a Catizone es que se volvió loco, aunque la locura solo se manifestase en lo concerniente a su nueva identidad. Imaginemos la desolación que embargaría a sus familiares y amigos. 
 
Leo en una web que se apunta convencida a la segunda hipótesis, que Catizone planificó detalladamente la suplantación: estudio a fondo la historia portuguesa (incluyendo el idioma, supongo) e incluso, para acrecentar más su parecido con el rey Sebastián, se hizo alargar un brazo y engrosar un tobillo, operaciones que no fueron poco dolorosas. Como fuera, lo cierto es que las primeras noticias de su existencia lo sitúan en la ciudad de los canales en el verano de 1598. Parece que llegó a Venecia después de un largo itinerario desde Messina, pasando por Roma, Loreto, Verona y Ferrara. En aquellos tiempos, la República Serenísima iniciaba la que iba a ser una lenta decadencia; su existencia dependía de que mantuvieran una difícil y precaria neutralidad, evitando irritar a ninguna de las potencias que la acosaban (la España de la casa de Austria, los otomanos, los franceses e incluso el Papado). Por tanto, a sus gobernantes –el Dogo y su consejo– no les hizo ninguna gracia que apareciera entre ellos un pretendiente al trono portugués, ocupado a la sazón por un Felipe II agonizante. Y es que, por lo que se cuenta, el tal Catizone se hacía notar y enseguida consiguió el apoyo entusiasta de no pocos seguidores, en especial exiliados portugueses descontentos con el dominio hispano. 
 
De esos exiliados, los que más y más eficazmente defendieron la autenticidad del Caballero de la Cruz –que así se hacía llamar Catizone, en alusión a una orden militar que había fundado Sebastián antes de su desventurada expedición africana– fueron los frailes dominicos. Henry Kamen cuenta que, gracias a su influencia, el arzobispo dominico de Split (entonces Spalato, bajo soberanía veneciana) “acogió al pretendiente bajo su tutela y lo alojó por todo lo alto en un lugar de los alrededores de Venecia, donde se las arregló para que una serie de personajes importantes lo visitaran”. Durante el otoño de 1598, el pretendiente alternó su residencia entre Venecia y Padua (también bajo dominio véneto) y su fama fue acrecentándose y extendiéndose por toda Europa; en Londres, por ejemplo, se representaban obras teatrales cuyo argumento era la estrambótica historia del rey portugués desaparecido tras la batalla y vuelto a aparecer veinte años después en Italia. En el fondo, todos los pesos pesados de la época, incluyendo los portugueses, estaban convencidos de que se trataba de un impostor, pero era una baza atractiva para jugarla contra España, aborrecida por muchos de los países europeos. De ahí que recibiera no pocos apoyos. 
 
En noviembre, supongo que ya bastante irritado por el circo que se había montado, el embajador de España en la Serenísima, Iñigo López de Mendoza, reclamó que fuera detenido. Las autoridades venecianas tardaron en plegarse a los deseos de la que entonces era la monarquía más poderosa. En primera instancia le conminaron a que abandonara la República pero Catizone, que se sentía fuerte y protegido, se negó. Así que, finalmente no les quedó más remedio que apresar al incómodo calabrés (no tengo clara la fecha, pero antes de marzo de 1599). Sin duda, lo que el embajador habría querido es que los venecianos le entregaran al pretendido pretendiente, para escarmentarlo como merecía. Pero, por más que aquellos cedieran finalmente a las presiones españolas, llegar a hasta ese punto era incompatible con mantener una mínima dignidad de estado soberano. Y así, el tiro le salió por la culata a Don Iñigo, porque el encierro de Marco Tullio tuvo como efecto casi inmediato indignar a prácticamente toda Europa y provocar que numerosas voces reclamaran al Dogo que lo pusieran en libertad. Llegaron a Venecia cartas de Enrique IV de Francia y de los Estados Generales de los Países Bajos, entre muchas otras. Pero el mensaje más destacable provino nada menos que del Papado, según se afirma en otra web. En un Breve de 23 de diciembre de 1598 dirigido a Felipe III (por entonces con solo dos meses en el trono español) Clemente VIII escribió que “ … nuestro muy amado hijo don Sebastián, Rey de Portugal se presentó personalmente en esta Curia Romana, haciéndonos la súplica que mandáramos devolverle el reino de Portugal pues era el verdadero y legítimo rey de ella, que por sus pecados se perdió en Alcázarquivir. Mandamos, por consejo de Cardenales en Cónclave que fuera examinado con mucho detalle y se hicieron los procesos que en el Archivo de esta Curia se guardan… y verificado ante nosotros ser el propio rey Sebastián, por tal lo declaramos y sentenciamos y mandamos al muy Católico rey Felipe III de España que entregue el reino en paz, so pena de excomunión mayor ipso facto incurrenda reservad a nos y no permitiendo dilaciones”. Si texto es verdad, Catizone habría sido recibido por el Papa en su camino a Venecia; aunque casi es más creíble que no y que Clemente VIII, del partido de los Cardenales contrarios a la influencia española en la Santa Sede, se lo inventara todo para incordiar los intereses hispánicos. 
 
El pobre Catizone paso unos dos años prisionero y fue sometido a intensísimos interrogatorios. Kamen dice que “a pesar de varios intentos por poner a prueba la memoria del prisionero y preguntarle por detalles íntimos de la vida de Sebastián, el mendigo salió airoso de todas las pruebas. Podía repetir detalles de conversaciones que los embajadores venecianos de la época habían mantenido con Sebastián, demostró que tenía una fortaleza física semejante a la del rey (que había sido capaz de levantar a un hombre con un brazo), y fue identificado como Sebastián por personas que habían conocido al rey veinte años atrás”. Ante tan sorprendente comportamiento del calabrés, según pasaba el tiempo su pretensión atraía más apoyos y su fama se acrecentaba. Además, durante el encierro, los frailes portugueses que eran sus más fieles seguidores (si no cómplices en la impostura) no cesaron de dirigirse a cuantas personas influyentes destacaran en Europa, no solo para lograr la libertad del preso sino, sobre todo, para inflamar un movimiento para la restauración de la corona portuguesa. Es fácil imaginar que los representantes españoles estarían bastante cabreados, intentando por todos los medios acabar con la farsa. Por su parte, las autoridades venecianas, incómodas en extremo ante tantas presiones, lo que más ansiaban era quitarse el marrón con la mayor dignidad posible. El caso es que a mediados de diciembre de 1600, para evitar verse arrastrado a un conflicto político, el Senado de Venecia decretó la libertad del prisionero, con la condición de que abandonara el territorio de la república inmediatamente. Marco Tullio era libre pero, en menos de dos semanas, echaría en falta su prisión veneciana.

miércoles, 19 de mayo de 2021

Mina

En otoño de 2011 a Luisa le vinieron las ganas de tener un perrito que le hiciera compañía en el piso. Era, según me dijo, un deseo viejo, casi de siempre, pero ahora por fin se sentía con medios y disponibilidad para atenderle. De modo que me puse a buscar y localicé a una chica argentina cuya perrita yorkshire había tenido cachorros. Me acuerdo bien de la alegría y emoción de Luisa cuando se lo dije y de esa tarde de noviembre en que fuimos a la parte baja de la Rambla (a la altura del cuartel de Almeida) donde nos esperaba aquella mujer con el bebé de apenas tres meses (al que habían cortado la cola) que enseguida se llamaría Keko. Por supuesto, Luisa 
se enamoró de Keko, desde el primer instante en que lo vio los ojos le brillaron y resplandeció su maravillosa sonrisa. A los pocos meses, sin embargo, empezó a sentir remordimientos por dejar a Keko tanto tiempo solo en el piso de San Benito; téngase en cuenta que por entonces trabajaba en el colegio de 9 a 5 con un breve descanso para almorzar. Así que desde el principio de 2012 le daba vueltas a la idea de adoptar otro perrito para que ambos se hicieran compañía pero, al mismo tiempo, le parecía que tener dos en el piso podía ser demasiado; no terminaba de decidirse. Hacia mediados de marzo, mientras seguía dudando, vi un anuncio de una familia que regalaba cachorros mezcla de yorkshire. Animé a Luisa que nos acercáramos a verlos, sin compromiso (aunque estaba seguro de lo que iba a ocurrir), y ese fin de semana nos llegamos hasta uno de los asentamientos de la costa sureste (creo que era en Los Roques de Fasnia, pero no estoy del todo seguro) y conocimos a Mina. Recién destetada, ya tenía esa mirada de desconfianza y la boca con los dientes torcidos; comparada con la canónica belleza de Keko, Mina era feíta, desde luego, pero esos rasgos “raros” son justamente los distintivos visibles de su personalidad y los que hicieron que, también desde ese primer momento, nos encantara. Más de una vez me he enfadado con algunos que la han tildado de fea. Como era de prever, regresamos con la nueva perrita, a la que Luisa bautizó con el nombre de la gran cantante italiana, a la que adoraba desde su niñez romana. 
 
Luisa tenía ya dos hijitos de cuatro patas; Keko y Mina fueron su sueño de infancia cumplido, sus niños, sus “cuquis”, como ella los llamaba. Fueron los primeros y los únicos hasta que se mudó a vivir permanentemente a la finca de Tacoronte y la familia creció con Buffy (gato), Jagger, Greta y Mayo. Como buena madre primeriza se desvivió por ellos: collares, huesecitos, suéters, chubasqueros, paseos a horas intempestivas en las pocas horas libres que le quedaban … Los fines de semana se los traía a mi casa de Santa Cruz y cambiaban el parque de San Benito por el de La Granja; el domingo tarde, la hacían rabiar remoloneando para no regresar a La Laguna (especialmente Keko). Ambos eran listísimos –y lo siguen siendo–; nos entendían todo y enseguida aprendían lo poco que Luisa quiso enseñarles. Pero Mina tenía una personalidad y unas cualidades sorprendentes. A diferencia de Keko, nunca fue nada sociable y en cuanto se le acercaba un perro a saludarla soltaba unos alaridos que pareciera que la fueran a matar, y daba unos saltos impresionantes para que la cogiéramos en brazos. Tremendamente exagerada hasta el punto, por ejemplo, de hacer miles de aspavientos y gritos de dolor si, por ejemplo, le caía una hoja sobre el lomo. Además Mina es capaz de ver la televisión; está relajada en el sofá, sin aparentemente mirar la tele, pero en cuanto aparecen animales en la pantalla –caballos, vacas, y sobre todo perros– inmediatamente levanta la cabeza y ladra. Compruebo ahora que, según National Geographic, “los perros domésticos pueden percibir las imágenes de la televisión de la misma manera que lo hacemos nosotros y son lo suficientemente inteligentes como para reconocer en ella animales que verían en la vida real, incluso si no los han visto antes, y sonidos como los ladridos”. Pues Mina no será tan excepcional, pero ninguno de los varios perros con los que he vivido, incluyendo los otros cuatro de ahora, mostró nunca la más mínima reacción ante la tele. Otra de las características de Mina es su obsesión por la comida, que siempre está buscando (hasta se mete en la huerta a desenterrar papas); de hecho, tiene sobrepeso. 
 
Pero Mina es, sobre todo, enormemente cariñosa con nosotros, con su familia (de los perros, solo con Keko, su compañero desde siempre, porque a los otros tres solo los soporta y de mala gana). A Luisa la adoraba, sencillamente. Cuando volvía a casa después de estar un tiempo fuera, se tiraba sobre ella con exagerada desesperación a besarla y reclamar sus caricias. Por supuesto, desde pequeñita ha dormido en nuestras camas. Es, de todos, la que más pendiente ha estado siempre de ella, como si tuviera miedo de perderla. Durante la enfermedad de Luisa, descubrimos hasta que punto la quería; no se separaba de ella en ningún momento, la seguía a todos lados como si de un guardaespaldas se tratase, y ese comportamiento se multiplicó en las últimas semanas. Dana cree (y yo también) que Mina lo sabía, sabía lo que iba a pasar y en la cama se acurrucaba en el huequito que Luisa formaba entre sus piernas en la cama, se ponía a su lado en el sofá, y si no había sitio se imponía y lo encontraba, la seguía al baño y la miraba fijamente hasta que se levantaba ... Por las noches, cuando Luisa se acostaba, Mina salía al porche a acompañar a Dana y mientras los demás dormíamos, se acostaba a sus pies y ambas respiraban juntas. Algunas veces, durante esos últimos días, se acercaba a mí y me pedía que la atendiera poniéndome la mano en el pecho y mirándome con sus grandes ojos, tan expresivos. Creo que me pedía explicaciones que yo no podía darle. 
 
Desde que Luisa se ha ido Mina está muy triste, es con diferencia la que más la echa en falta. Y tan triste está… que se ha puesto malita. En las últimas semanas la notábamos inquieta, haciendo sonidos extraños al respirar. Hace como un mes ya empezamos a preocuparnos y Dana la llevó al veterinario. Le dijeron que tenía una cardiopatía y que el corazón era demasiado grande. Este martes la llevé yo para que le hicieran una ecocardiografía y ésta confirmó la gravedad del diagnóstico; además, pese a llevar unas semanas tomando varias pastillas al día, la situación no se ha regularizado. Le han aumentado las dosis y tengo que controlarle la frecuencia respiratoria (no debería pasar de treinta respiraciones al minuto, pero las supera) y volver a llevarla en dos semanas. El pronóstico es malo. Todos los que han tenido perro saben el cariño que se les coge y lo dolorosa que es su pérdida y a Mina la queremos mucho, desde luego. Pero, además, sentimos que, cuando muera, se nos irá otra parte de Luisa, una muy singular. Así que, como Dana le ha escrito hoy a su madre, solo nos queda cuidarla y quererla como Luisa lo habría hecho, devolviéndole, siquiera en parte, tanto amor y compañía que le dio durante los últimos nueve años.
 

jueves, 13 de mayo de 2021

Catizone I de Portugal (1)

El rey de Portugal, Sebastián I (1557-1578), tenía desde muy niño ínfulas de cruzado, se consideraba un miles Christi llamado a luchar (y vencer) contra el poderío del Turco. No en vano pertenecía a la Casa de Avís, fundada por el maestre de esa orden militar, de relevante papel en la reconquista lusa. De otra parte, por aquellos tiempos la expansión musulmana por el Norte de África era preocupante y Sebastián estaba convencido de que había de ocuparse Marruecos para contener ese avance y evitar que los moros volvieran a la Península. Súmese a todo ello que desde hacía varias décadas Portugal mantenía una activa política colonial en el continente vecino. El resultado de todo ello fue que el joven rey se obsesionó con organizar una gran cruzada contra los emires marroquíes. En la navidad de 1576, con apenas veintidós años, se reunió en Guadalupe con su tío Felipe II, entonces de cuarenta y nueve. Éste trató de disuadirlo de lo que le parecía una campaña insensata y también contraria a sus intereses en esos momentos de mantener la paz con el Turco. No lo consiguió como tampoco algo que preocupaba especialmente: que el propio rey fuera a la batalla, arriesgándose a morir, lo que, al no tener descendencia, generaría una crisis sucesoria (así ocurrió, en efecto, y de ella sacó finalmente partido el propio Felipe II, incorporando Portugal a su corona). En suma, que el exaltado de Sebastián fue a la guerra y el 4 de agosto de 1578 en Alcázarquivir, el ejército marroquí masacró al cristiano. En esa batalla desapareció para siempre el joven monarca luso.
 
Y digo desapareció porque inicialmente no fue encontrado su cadáver, lo que dio origen a toda una leyenda mítica que se llamó sebastianismo según la cual el rey no había muerto y volvería para salvar a Portugal. Al amparo de esta creencia, durante las décadas siguientes a la funesta batalla aparecieron unos cuantos personajes que pretendían ser Sebastián y que, como era de esperar, tuvieron finales trágicos a manos de la autoridad (obviamente, el sebastianismo fue bastante incómodo para los monarcas castellanos pues cuestionaba ante el pueblo su legitimidad en el trono luso). Conozco cuatro presuntos Sebastianes y quizás hubo alguno más. El primero montó su corte en 1584 en Penamacor, un pueblo cercano a la frontera con el cacereño Valle de Jálama; fue el único que logró sobrevivir (escapó a París). El segundo había nacido en Azores y vivía como eremita en las cercanías de Lisboa hasta que, gracias a su gran parecido con el rey desaparecido y al apoyo de algunas personas con dinero, se proclamó rey en Ericeira y comenzó una campaña anunciando la pronta liberación de Portugal del yugo castellano, propiciando incluso un levantamiento armado; éste acabó decapitado y descuartizado. El tercero fue Gabriel de Espinosa, un pastelero que en 1594 apareció en Madrigal de las Altas Torres (cuna de Isabel la Católica, nada menos) declarando ser el rey luso; su impostura dio origen a una intrincada conspiración que acabó muy mal: el usurpador fue humillado, ahorcado y descuartizado. 
 
La del cuarto Sebastián era la única historia que ya conocía aunque hasta hace una semana ignoraba el nombre del protagonista. Para escribir sobre la abuela de Luisa –la nonna– indagué un poco sobre la familia Marincola y su enraizamiento en la nobleza local de Catanzaro. Todavía en el relato no ha aparecido el padre del padre de Luisa, pero falta poco. Así que he empezado a buscar datos sobre su familia, los Catizone, también de la nobleza de Calabria. Pues bien, para mi sorpresa, me entero de que el cuarto impostor (o tal vez no) se llamaba Marco Tullio Catizone. Me pongo a fantasear e imagino una historia paralela (o virtual, la llaman a veces) en la que este Marco Tullio hubiera sido reconocido como rey luso e instalado en el trono, llevándose a sus familiares a Lisboa y tres siglos y medio después un Catizone portugués habría conocido a una chica de Gran Canaria y Luisa se habría criado en Portugal y no en Italia. Me sonrío triste: cuánto me habría gustado contarle a Luisa la historia de este remoto ancestro suyo. La cuento aquí imaginando que pueda leerla; aclaro que hay varias versiones con ligeras diferencias en los detalles aunque coinciden en lo fundamental. 
 
Veinte años después de la batalla de Alcazarquivir, en 1598, se presentó en Venecia un tipo con aspecto de vagabundo que decía ser el rey Sebastián. Apiadado, lo acogió un posadero y desde ese refugio la noticia de la reaparición del añorado rey no tardó en difundirse por la República Serenísima. Para explicar su larga desaparición contaba una historia bastante estrambótica pero, precisamente por ello, muy adecuada para alimentar las ansias de los sebastianistas. Según el pretendido rey, habría logrado escapar tras la derrota protegido por unos pocos nobles. No regresó a Portugal porque se sentía culpable del desastre que había causado, sino que se encaminó hacia el Este, recalando primero en Egipto y luego en Etiopía, donde permaneció varios años en la corte del mítico rey cristiano Preste Juan. Luego pasó a Persia y se enroló en el ejército de ese reino para guerrear contra los turcos. Después de seis años de batallas, visitó Jerusalén y de ahí a Constantinopla (la capital de sus odiados enemigos). Cruzó el Bósforo y recorrió Hungria, atravesó Rusia y alcanzó Suecia. De Suecia fue a Inglaterra, donde dijo que se entrevistó con el exiliado aspirante al trono portugués Antonio de Crato (lo que éste ya no podía confirmar pues había muerto en 1595). A continuación Holanda, París y finalmente bajó a Italia. Para entonces, a través de visiones sobrenaturales, se le había hecho saber que debía recuperar su trono y la mejor forma de hacerlo le pareció que sería presentarse ante el Papa quien lo reconocería como el soberano legítimo (qué ingenuidad). Según alguna fuente, llegó a ser recibido por Clemente VIII y según otros tuvo la mala suerte de ser asaltado por unos maleantes que, antes de entrar en Roma, lo dejaron en andrajos, y pareciendo un pordiosero le negaron el acceso al Sumo Pontífice. De modo que decidió ir a pedir amparo en Venecia. 
 
Unos años después, ya prisionero en Nápoles, varios testigos lo identificaron como un comerciante de origen calabrés pero residente en la ciudad siciliana de Messina. Según parece, el apellido Catizone tendría un origen griego bizantino (provendría de khatizo, consejo, y por tanto significaría consejero o miembro del consejo), de lo que cabe deducir que la familia se remonta a los tiempos altomedievales del Ducado de Calabria, dominio de los emperadores de Oriente (que existió entre los siglos VI y XI). De hecho, el primer Catizone que he encontrado en Internet, Andrea, fue un monje eremita, discípulo de San Basilio de Cesárea, que hacia finales del siglo X era el abad del monasterio de Simeri, municipio muy cercano a Catanzaro. De otra parte, la familia Catizone aparece inscrita entre la nobleza napolitana, si bien con el título de nobile o nobiluomo, el más bajo de la escala aristocrática (por debajo del barón). Según descubro, en su origen esta distinción venía a significar sobre todo la liberación de la condición servil y de las ataduras feudales. No creo, por tanto, que en la segunda mitad del XVI nuestro Catizone fuera un aristócrata pero tampoco un campesino; seguramente la familia se adscribiría a la burguesía local de su localidad natal, Magisano, muy cercana a Taverna, ciudad que aparece repetidamente vinculada a los Catizone y que también está prácticamente al lado de Catanzaro. 
 
En la página dedicada a los Catizone de una web sobre la nobleza del antiguo Reino de Nápoles, se afirma (sin citar fuente) que Marco Tullio luchó en la batalla de Alcazarquivir. Si suponemos que tuviera más o menos la edad del rey, cabe pensar que fuera reclutado en Calabria por la administración española. Recuérdese que durante los siglos XVI y XVII, tanto Sicilia como la Italia Meridional (Reino de Nápoles) pertenecían a la monarquía española –gobernadas por sendos virreyes– y que Felipe II, aunque a regañadientes, cedió tropas a su sobrino Sebastián en apoyo de la desgraciada campaña marroquí. Incluso podemos imaginar que Marco Tullio estuviera enrolado en el contingente italiano que, a instancias del Papa, había formado el aventurero católico Thomas Stucley, para invadir Irlanda y liberarla del dominio de la pelirroja Isabel I; soldados que el inglés finalmente sumó al ejército de Sebastián. En fin, aunque no estoy convencido de que Catizone estuviera en la batalla –y de haber estado, desconozco absolutamente cómo fue a parar allí–, asumiré que así ocurrió. Haber viajado a Lisboa, confraternizado con portugueses, puede que hasta ver al Rey (o que le hicieran notar el parecido que con él guardaba) son circunstancias que contribuyen a hacer más verosímil que, veinte años más tarde, se animara a embarcarse en una impostura de ese calibre. 
 
Marco Tullio Catizone regresó a Italia, seguramente agradecido de haber escapado con vida de la cruenta masacre africana. En el blog “Los reinos de las Indias” se dice que se casó con una tal Paola Gallardeta con quien tuvo una hija; su profesión no quedó del todo confirmada pero se le presumía mercader con una economía holgada. Lo que parece más seguro (lo he encontrado en varias fuentes) es que residía en Messina, la ciudad siciliana más pegada al continente, la primera por tanto a la que se llega desde Calabria. Así que, a las alturas de 1578, tenemos a un caballero en la mitad de la cuarentena, marido y padre, que probablemente regentaría una casa comercial cuyos negocios marchaban bien, de buena posición social y reconocido en Messina … Y este hombre, de repente, decide iniciar una campaña para reclamar el trono portugués como soberano legítimo. ¿Cómo se le ocurrió tan disparatada iniciativa en la que se arriesgaba a echar por la borda una vida cómoda y aparentemente feliz? Se me ocurren tres posibles hipótesis.

domingo, 9 de mayo de 2021

María, la empleada doméstica de Umberto D.

Intento, mientras escribo sobre la abuela y los padres de Luisa, imaginar la Roma de aquellos años. Gracias a GoogleMaps y StreetView puedo identificar los domicilios y ver fotografías actuales de esas calles y edificios. Viajar en el tiempo solo es posible encontrando fotografías viejas o –mucho mejor– con películas de la época. Los años cincuenta, además, son un momento señero del cine italiano: acabada la guerra surge el neorrealismo, movimiento al cual se adscriben grandísimas obras maestras y magníficos realizadores. De modo que podemos sumergirnos en la Roma de esa década disfrutando a la vez disfrutar de unos ratos estupendos. Acabo de ver Umberto D. (1952), una de las joyas de Vittorio De Sica (y digo ver y no volver a ver porque, aunque creía que de De Sica tenía visto casi todo, nada recuerdo de esta peli; tampoco significa mucho porque mi memoria es desastrosa). El filme muestra las andanzas de un pensionista –Don Umberto, interpretado por un ilustre lingüista, Carlo Battisti– que intenta evitar que lo expulsen de la habitación alquilada en que vive. 
 
La película nos pasea por varias zonas de Roma, que me he entretenido en intentar localizar (me han faltado algunas). Pero el protagonista casi siempre se mueve por el centro, muy lejos de los barrios vinculados a la infancia de Luisa o a sus mayores. No obstante, esas escenas nos ofrecen un buen panorama de cómo eran la ciudad y sus habitantes: la gente vestida mayoritariamente de oscuro y casi todos los hombres con sombrero, los coches que todavía recuerdan los de las películas de gangsters, la abundancia de puestos callejeros, el intenso dinamismo de una urbe monumental pero plena de miseria; eran los años durísimos de la posguerra, todavía no había llegado el “milagro italiano”. La Roma de Luisa niña sería algo distinta, menos pobre; pero la que conoció Amparo a su llegada no debía ser muy distinta (solo habían pasado cuatro años) y, desde luego, esa fue la ciudad en la que empezó Guido su vida de adulto. 
 
Pero dedico este post a una escena de interior, una escena sin palabras pero de alta intensidad dramática y con un único personaje, María, la sirvienta de la casa donde vive alquilado Don Umberto. Como es sabido, una de las notas características del neorrealismo es que con frecuencia los actores no eran profesionales; tal es el caso de Maria Pia Casilio, que con solo diecisiete años y sin experiencia previa, fue fichada por De Sica, iniciando así una interesante carrera cinematográfica, casi siempre en papeles secundarios. Reconozco que no la conocía y me he quedado prendado de su expresividad, sobradamente manifiesta en el breve fragmento –solo cuatro minutos– que adjunto y comento. 
 
Como he dicho, María es la joven empleada doméstica de la casa en que vive Umberto D. El piso, de grandes dimensiones, está en un edificio de cierto empaque situado cerca de la Stazione Termini. La propietaria, una cantante con mucha vida social, alquila habitaciones (una de ellas a Umberto y otras a amantes adúlteros). María duerme en el pasillo, en una endeble cama de campaña. Muy temprano, antes de que amanezca, le despierta Don Umberto haciendo una llamada por el teléfono negro de pared que está junto a ella. Mira hacia arriba y, a través de la tela metálica de un lucernario, ve un gato que se pasea por el techo. Se endereza, aparta las sábanas, saca las piernas y, sentada de lado, se lleva las manos a la cara y tararea un instante la que me parece una canción infantil. Se la ve preocupada y sabemos que es porque está embarazada de tres meses. Tiene el pelo recogido con una extrañas pinzas y viste una camiseta blanca con una especie de delantal por encima. Se pone unas zapatillas, coge con la mano izquierda una bata ligera y se levanta. La cámara se aleja hasta el fondo del pasillo mostrándonos esa parte de la vivienda: el suelo de mosaico cerámico, las paredes con revestimiento de madera hasta media altura y luego papel pintado, pilastras decorativas, techos altos y el lucernario de estructura metálica que se adivina algo oxidada. Mientras da quince aletargados pasos que la llevan hasta una puerta de doble hoja con cuarterones, María se va poniendo la bata. 
 
Cambio de plano al abrir la puerta, la cámara está dentro de la cocina, cuyos acabados y mobiliario me recuerdan mucho la de mis abuelos. Muebles bajos de madera, con cajón superior y armario abajo, alacena alta con hojas de cristal como motivos decorativos, garrafas enfundadas en cestillos de mimbre, tarros cerámicos, interruptores de luz de los de clavija, con el cable a la vista, una cocina de gas de cuatro fuegos … Hasta ella se acerca María, somnolienta; de una cajita fijada a la pared coge un fósforo y lo enciende raspándola contra el revoco de la pared que, precisamente por eso, está llena de rayones blancos. Me acuerdo de haber visto en mi infancia esa forma de prender las cerillas, se decía incluso que traía buena suerte; desde finales del XX, al menos en Europa, ese tipo de cerillas de tan fácil encendido (strike anywhere) ya no se fabrican. Con el primer fósforo no logra encender el fuego de la cocina; se da cuenta de que la llave del gas está cerrada, la abre y repite la operación con un segundo: ahora sí. 
 
Nada más arder el fuego, María levanta la cabeza y gira el rostro hacia la cámara. Ese plano me parece bellísimo. La chica está envuelta en un aura casi majestuosa, con una mirada profunda desde sus grandes ojos negros; algo le ha llamado la atención. Camina hacia la cámara que se aparta y nos deja ver que va hacia una puerta ventana de doble hoja; se pega al cristal y mira con cierta tristeza hacia afuera: es el patio interior de manzana, al que dan las fachadas traseras de las viviendas, paredes feas y sucias, muy distintas de la cara que esos edificios muestran hacia las calles. Un gato –¿el mismo de antes?– camina precavidamente sobre la cubierta inclinada de una claraboya. Los ojos de María, tan expresivos, se mueven en todas las direcciones como si buscaran algo en el aire quieto de esa hora temprana. Tras unos segundos se da la vuelta y regresa, se llega hasta la alacena, corre una de sus portezuelas, alarga el brazo derecho y del estante superior coge una jarra metálica. Con la jarra en la mano va hasta el fregadero y abre el grifo para llenarla de agua. Mientras lo hace mira hacia arriba y, aunque no se enfoca, sabemos que está viendo hormigas corriendo por los azulejos; dobla el flexible de goma hacia arriba para mojarlas; luego bebe un chorrito y algo de agua le cae al pecho porque se sacude la ropa. Termina de llenar la jarra y con ella la mano se acerca a la mesa, sobre la que hay unos papeles, una estilográfica y un tintero. Para entonces ya existían los bolígrafos pero debían ser todavía poco habituales; de hecho yo recuerdo que en mi infancia (más de diez años después de esta película) mi padre escribía con pluma y tintero. María recoge papeles, estilográfica y tintero –¿de quién eran?– y los guarda en una gaveta. Mientras tanto, punteando sobre la música no deja de escucharse el goteo del grifo. 
 
María coge la jarra y la apoya sobre la cocina. Se queda un momento quieta, mirándola, y luego baja la vista hacia su cuerpo. Pone su mano derecha en el diafragma, marcando el abombamiento, todavía muy leve, del abdomen. Luego sube la mano a los pechos, al cuello, como si estuviera reconociéndose y al mismo tiempo mira fija e intensamente a cámara, con inspiraciones profundas, y a sus ojos asoma una lágrima. Es un breve momento de angustia y enseguida, como si no pudiera permitírselo, se mueve hacia la mesa, coge el molinillo (igualito que el que tenía mi abuela), se sienta en una silla, abre la lata del café y echa un puñado en el cacharro. Enseguida, con la lágrima resbalando muy despacio por la cara, apenas un reflejo, se pone a dar vueltas a la manivela y escuchamos el quejido de los granos al triturarse. Mientras se esfuerza en vencer la resistencia de éstos, la chica va dejándose resbalar en la silla hasta que su pie descalzo alcanza a empujar el borde la hoja abierta de la puerta para cerrarla. Entonces se endereza y vuelve a quedar bien sentada. En eso, cuando notamos que el café está casi molido, se oye un timbre. María abre más sus grandes ojos en gesto de sorpresa (¿quién toca la puerta a estas horas?), deja el molinillo sobre la mesa y con las dos manos se frota los ojos, para secar las lágrimas. Luego se levanta, abre la puerta de la cocina y, atándose la bata, se dirige a la entrada del piso. Fin del extracto.
 
 
Se tarda más en leer esta farragosa descripción (y mucho más en escribirla) que en ver este breve trocito, uno de los mejores a mi juicio de la que es una excelente película. La magistral dirección de De Sica y la no menos lograda interpretación de Maria Pia Casilio, consiguen en solo cuatro minutos que empaticemos completamente con los sentimientos y pensamientos de esa muchacha, asustada ante el futuro pero, a la vez, resignada ante la certidumbre de que nada le va a ser fácil, de que está en el lado de los derrotados. De paso, vemos uno de los interiores que mejor revela la vida cotidiana de la Italia esa época (no muy diferente eran las cocinas españolas contemporáneas). Los pisos en los que transcurrió la infancia de Luisa, de más reciente construcción y probablemente menor tamaño, no serían así, sino algo más modernos (con la modernidad en la decoración algo hortera de los sesenta). Pero posiblemente en los que viviera Guido con su madre antes de casarse sí tendrían cocinas parecidas.

viernes, 7 de mayo de 2021

El nacimiento de Luisa

Luisa, hija de Amparo Estévez y Guido Catizone, nació en Roma el 16 de enero de 1959. Los Catizone ya tenían un hijo, Gianni, que había nacido año y medio antes, en junio del 57, en la casa familiar de la madre en Santa María de Guía, en la isla de Gran Canaria. Amparo había querido dar a luz a su primogénito asistida por su tío médico y por eso, diez meses después de la boda, habían regresado a la Isla. Pero poco después del parto ya habían regresado a Roma y ahí nacerían las siguientes cuatro hijas del matrimonio: Luisa, Paola, Patrizia y Adriana. 
(Foto de la derecha: Amparo y Guido con Gianni regresando en barco a Italia en el verano de 1957).
 
Durante la estancia de los Catizone en Roma, a pesar de que cambiaron de vivienda muchas veces, salvo una excepción, todos sus domicilios se situaron en la misma zona: el extremo Norte del quartiere Trieste, casi junto a la Tangenziale Est (vía de circunvalación) y muy cerca del parque de Villa Chigi. A finales de los cincuenta, la zona en que se asentaron era de muy reciente urbanización y construcción. Los edificios, bloques de ladrillo alineados a las calles, de unas seis plantas con balcones corridos, son muestra de las viviendas sociales de la época, resultado probablemente de promociones públicas o cooperativas.¿Por qué eligió Guido esa zona de la ciudad? Me barrunto que por estar cerca de su madre, Rachele, que vivía por entonces en la zona Villa Albani y cerca de Villa Borguese, en el quartiere Salario, lindante con el de Trieste. También la nonna, a pesar de sus varias mudanzas romanas desde que llegó a la capital en 1930, había vivido siempre en ese entorno que, por tanto, era el de la infancia de Guido. Sin embargo, supongo que esos barrios serían prohibitivos para un joven recién casado que trataba de ganarse la vida. De modo que buscaría domicilios más accesibles y, por tanto, hacia la periferia, pero en la misma banda radial de su madre (la estructura urbana de Roma es marcadamente radiocéntrica), definida por las vías Salaria y Nomentana. La posterior larga fidelidad de Guido al barrio obedecería luego –pienso yo– a que en esa zona habría ido articulando sus intereses comerciales, que empezaron con un negocio de compraventa de coches.
(En el plano de Roma adjunto, el círculo rojo la zona de los Catizone y el azul la de la nonna).
 
Luisa nació en una clínica privada, la Casa di Cura “Villa Mafalda”, apenas a ochocientos metros de donde vivían sus padres. La cercanía al domicilio explica sobradamente que allí fuera Amparo a dar a luz, aparte de que tenía prestigio (de hecho, allí nacerían también las siguientes tres hermanas). No obstante, teniendo en cuenta que por entonces la situación económica de los Catizone no era boyante, sorprende que acudieran a un establecimiento privado que, al menos en los últimos años, tiene precios muy caros (de hecho, he encontrado algunas noticias denunciando lo escandaloso de sus tarifas). Supuse que tal vez hubiera sido la nonna Rachele quien asumiera la factura, primer acto de generosidad de los muchos que vendrían luego hacia la que iba a ser su nieta preferida; pero no, pagaron los padres de Amparo. 
 
Por cierto –y entre paréntesis– me ha llamado la atención el nombre de la clínica y, aunque he buscado un buen rato, no he logrado confirmar a qué obedece. En todo caso, decir Mafalda en Italia remite inmediatamente a la segunda hija del rey Víctor Manuel III, una princesa cuya vida y muerte (en el campo de concentración de Buchenwald, prisionera de los nazis) es ciertamente de novela. La clínica, además, se encuentra casi pegada al inmenso parque de Villa Ada que fue propiedad de los Saboya y en cuyo interior está Villa Polissena, que fue el hogar de Mafalda cuando se casó con el príncipe alemán Felipe de Hesse-Kassel. Cuando se inauguró el establecimiento sanitario –en 1954– la depuesta familia real todavía era la dueña de esa enorme finca; a lo mejor –no lo sé– la parcela en que construyó la clínica formaba parte de aquella. En fin, casi seguro que el nombre alude a la princesa Saboya, aunque no sé el porqué. 
 
Vuelvo al nacimiento de Luisa. Según me dice su madre, el embarazo transcurrió con normalidad, sin ningún problema. El parto, sin embargo, fue largo y dificultoso, tanto que las enfermeras le preguntaron si era primeriza. Diríase que la pobre niña se temía lo que le esperaba e intentaba retrasar la salida lo más posible. Pero al fin, entre las cuatro y medio y cinco de la madrugada, Luisa entró llorando en el mundo. Sol y Mercurio en Capricornio, la Luna en Aries, el ascendente en Sagitario, Venus en Acuario y Marte en Tauro, para quien tenga interés por la astrología. Pesó tres kilos y medio, valor algo superior a la media, un bebé gordito pero dentro de lo normal. No hubo ninguna complicación post parto de modo que madre e hija no tardaron en regresar al cercano domicilio familiar. Allí Luisa siguió llorando; era, por lo que me cuentan, muy llorona. No parece que se debiera a ninguna causa fisiológica; quizás, incluso recién nacidos, los niños son capaces de percibir el clima emocional de su hogar y, si es así, no me extraña que Luisa llorara, asustada por los gritos de su padre, constantemente enfadado. En todo caso, el llanto de la criatura exasperaba a Guido y durante sus primeros meses tuvieron que vivirse varias escenas desagradables, tanto como para que cuando Luisa rondaba el año, poco antes del nacimiento de Paola, la nonna Rachele se la llevara a vivir consigo y la tuviera casi dos años. Prefiero no comentar nada al respecto.

sábado, 1 de mayo de 2021

La trigésimosexta de las cien breves novelas río de Manganelli

El arquitecto al que se había confiado unánimemente la tarea de construir la nueva iglesia no es creyente. Es tolerante hacia la comunidad eclesiástica, hacia el clero; menos hacia los fieles; en cualquier caso, no es un perseguidor. Sin embargo, está absolutamente convencido de que Dios no existe, y, por consiguiente, que los sacerdotes ejecutan ceremonias desprovistas de sentido objetivo, cuya única función es la de distraer tanto a ellos como a los fieles de la conciencia de la inexistencia de Dios. El arquitecto sabe que las palabras «espíritu, alma, pecado, redención, virtud» carecen de todo significado, y, no obstante, no puede negar que entiende su sentido, al menos en la medida que le permite hablar con los clientes de la nueva iglesia. Es un buen arquitecto, sobrio e imaginativo: ha construido escuelas definidas como «llenas de luz», hospitales «serenos y acogedores», un delicado asilo de ancianos, estaciones ferroviarias funcionales; un barrio entero, que es el orgullo de la ciudad que se lo ha confiado. Ahora, por vez primera, tiene que construir un edificio que él considera totalmente inútil, incluso engañoso en la misma medida en que sea una buena obra. El arquitecto tiene una correcta conciencia profesional. En último término, construir una iglesia significa únicamente construir un edificio con un destino concreto, especificado por sus clientes. Ahora bien, sus clientes cultivan unas convicciones que él no sólo considera insensatas, sino inmorales; si le confiaran la construcción de un patíbulo, ¿aceptaría sin vacilar? Pero ¿una iglesia es un patíbulo? En cierto sentido, sí; es un lugar proyectado como estación de paso hacia la nada. Los clientes quieren eso de él: que les adorne el lugar de paso. En esto no sería diferente de los propios sacerdotes, que adornan esa nada y la ocultan tras los velos de su fantasía ceremonial. ¿Así que le sugieren que se haga sacerdote? Podría ser un sacerdote de la nada, un adornador que no oculta, no esconde, no elude. ¿Esa iglesia es un lugar falso, o un lugar engañoso pero verdadero? ¿Existe otro itinerario para entrar en la nada? «Adorna la nada, construye la nada, danos una nada eterna», les obliga a decir a los sacerdotes. Toca con la mano la hierba desguarnecida del terreno desierto, la hierba a extirpar para dar lugar a su edificio, y piensa, a un tiempo, en el altar, en los sacerdotes, en la hierba, en la nada.
 
A Giorgio Manganelli (1922-1990) se le tilda de inclasificable, pero en la literatura italiana del XX hay unos cuantos inclasificables (me viene a la cabeza Gadda, por ejemplo); en el fondo, cuando se dice inclasificable tan solo se constata que el escritor se separa de la <i>mainstream</i>, que escribe lo que y como le da la gana. Normalmente –y es el caso– los inclasificables hacen "literatura experimental". juegan con el lenguaje, con los conceptos. Son –me parece a mí– como exploradores de tierras incógnitas de difícil tránsito –malezas intrincadas, arenas movedizas, pendientes pedregosas–; quizá por eso no pueden sino avanzar breves trechos, a modo de excursiones efímeras. Leo estos cortos textos, intensos y concentrados cada uno de ellos, y descubro ideas, imágenes, formas pero –he de confesarlo– no llegan a sacudirme, a emocionarme, a apropiarse de mi atención o mi memoria. Algo me recuerda a Italo Calvino –de hecho, fue amigo y mentor suyo–, pero a éste sí lo tengo en el altar. Es el primer libro que leo de Manganelli –muy respetado pero muy poco leído– y aún no le he acabado. Me gusta, sí, pero ... Este capítulo que he transcrito –el número 36– me ha llamado especialmente la atención, sin duda por obvias razones de mi formación académica. Me ha recordado a Le Corbusier: quizá pensara algo emparentado cuando en 1950 el cura dominico Marie-Alain Couturier, que además era pintor, grabador y vidriero, le encargó que construyera una iglesia sobre una colina vecina al pueblo de Ronchamp. 

sábado, 24 de abril de 2021

Conduciendo ...

… Pienso en ti. Conduciendo pienso en ti. Nada extraño, casi siempre estoy pensando en ti, el cerebro se me va solo hacia ti, eres mi pensamiento “por defecto”. Dejo solo de pensar en ti cuando me fuerzo a pensar en otra cosa, y aún entonces, a poco que me descuide en mantener la voluntad de pensar en esa otra cosa, mi pensamiento se distrae hacia ti. Pero al conducir, no parecen caberme distracciones y todo el rato pienso en ti. 
 
No solo pienso, te siento a mi lado, en el asiento del copiloto. Procuro no mirar porque sé que no voy a verte y saber que la vista va a contradecir la envolvente sensación de tu presencia me avisa de un dolor agazapado que quiero evitar. Porque, de verdad, te siento ahí con mucha más intensidad de como te sentía cuando realmente estabas. Noto cómo, alternadamente, miras por la ventana y luego a mí, sonriendo. Noto cómo estás pendiente de mi conducción, como siempre hacías –no lo podías evitar a pesar de mis quejas–. 
 
Como te siento a mi lado, conduzco como a ti te gustaría que lo hiciera, con más cuidado del que tenía cuando venías conmigo en el coche –cuando venías físicamente, porque ahora sigues viniendo conmigo–. Desde que no estás, al subir o bajar por el camino de acceso a nuestra finca, lo hago más despacio y con más atención que antes, para evitar meterme en las zanjas y agujeros hechos por el agua. Y cuando caigo en un bache, aunque no sea un golpe muy brusco, te pido perdón en silencio y la mano derecha se me va sola hacia tu muslo en frustrada caricia. 
 
Pensarás que a buenas horas, que por qué no fui tan cuidadoso cuando estabas conmigo. La respuesta, por más que me duela, es evidente: porque no te daba la importancia que ahora te doy. Pensaba que eran manías tuyas –y de hecho, sigo pensando que muchas eran manías– y que no tenía por qué acceder a ellas, que hacerlo sería darte la razón cuando no la tenías. No eran más que minucias, como casi todo lo que nos ocurre durante nuestras vidas cotidianas. Minucias que, en vez de aprovecharlas para darte felicidad, eran con frecuencia excusas para las malas caras. 
 
Voy conduciendo y miro las tres consonantes de la matrícula del coche de delante y pienso una palabra que las contenga en ese orden esperando que tú te me adelantes y la digas, como hacías casi siempre. Pero no te escucho; el oído, como la vista, es también desleal a tu recuerdo –no obstante, tu voz sigue resonando dentro de mi cabeza–. Hace un rato, volviendo de Mercadona, la matrícula que seguía era GHN y se me ocurrió gehena y no puedes imaginarte cuántas ganas tuve de decírtelo, sabía que te asombrarías y me sentí orgulloso construyendo mentalmente cómo te habría explicado que es un término de origen hebreo para designar el infierno. 
 
Conduzco sintiéndote a mi lado y miro los paisajes por los que paso rememorando cuando los mirábamos juntos, porque la mayoría de estas vistas, tan repetidas, han sido comunes. De estos recuerdos, los más recurrentes –los más dolorosos– son los desplazamientos recientes para llevarte al ambulatorio de San Benito o al Hospital (bajando la autopista hacia Santa Cruz, al acercarme a la desviación del Hospital, siento la bola de angustia en las tripas). El último viaje a La Laguna, cuando de vuelta, mirabas todo con extraña intensidad, como si quisieras fijar esas imágenes; se me ocurre ahora que quizás te estuvieras despidiendo. Y yo ahora, miro el mismo paisaje como si lo viera contigo; un paisaje que es el mismo y no lo es, porque no estás tú para verlo.

miércoles, 21 de abril de 2021

La Nonna (3)

Cuando los padres aceptaron entregar a Rachele, la niña acababa de empezar quinto de primaria en una escuela de monjas de Catanzaro. Con catorce años cumplidos debería estar tres o cuatro cursos más adelantada, en la secundaria. Para justificar su atraso escolar, Rachele explicó al Tribunal que había perdido cursos debido a los muchos cambios de destino de su padre como empleado público. Como ya he dicho, desconozco los domicilios de los Marincola anteriores a la ruina familiar y el regreso a Catanzaro, pero no me parece argumento convincente para haber acumulado un retraso escolar tan grande. Según Saverio Marincola, hijo mayor de Domenico y primo de Rachele, la verdadera razón es que Ernesto, además de ludópata, era exageradamente celoso (los celos eran una de las excusas para golpear con frecuencia a su mujer) y por eso, cuando la niña apenas tenía ocho años la sacó del colegio para que permaneciera siempre en casa vigilando a la madre e impidiendo las imaginadas infidelidades que le atormentaban. Una joya de padre le tocó, no hay duda. En todo caso, lo relevante es que a los catorce años la chica carecía de la formación que le correspondería a su edad. La Nonna llegó a ser una mujer culta, pero lo logró de forma autodidacta. 
 
Pactado el matrimonio, el siguiente paso fue presentar a los prometidos. Caligiuri ya la conocía, claro, y atendiendo al empeño que puso en casarse, infiero que la habría visto repetidas veces, buscándola en sus paseos por las calles de Catanzaro, aprendiéndose sus rutinas. Sin embargo, Rachele declaró que hasta la tarde de la presentación formal no conocía, ni siquiera de vista, a su futuro marido. No tengo ninguna prueba para desmentir esa afirmación, pero se me antoja poco verosímil. Me extraña mucho que una chica tan avispada no se percatara del acecho a que le sometía ese tipo mayor que además no era precisamente un maestro del disimulo. Tiendo a creer, en cambio, que los patéticos movimientos de Renato enseguida se le hicieron evidentes y le debieron divertir y hasta puede que halagar. Me imagino a la chica chismorreando entre risas con alguna amiga a costa del feo pretendiente que le había salido. Ciertamente no sería con las compañeras del colegio, mucho menores que ella, pero quiero creer que tendía alguna amiga de su edad (o, por ejemplo, con la prima Francesca Suriani, a la que luego me referiré). En fin, pasado tanto tiempo y sin ningún testimonio, no podemos más que fantasear sobre la cotidianidad de esa niña, lo que pensaba y lo que sentía. 
 
Sabemos no obstante –porque así lo declaró Rachele– que poco después de la segunda petición de mano, sus padres le anunciaron que se barajaba una propuesta de matrimonio. Según ella, al oírlo, se echó a reír pues le pareció un chiste absurdo, algo completamente ajeno y lejano a su mundo infantil. Puedo imaginar a la niña escuchando a sus padres en actitud dócil y hasta risueña. Sería Ernesto quien llevaría la voz cantante, explicándole en tono autoritario la necesidad de que se casara, más ordenando que buscando convencerla; la madre, a lo mejor, suavizaría el discurso del padre con palabras más afectuosas, quizá con caricias tranquilizadoras. En el juicio eclesiástico Ernesto dijo que su hija, en un principio, consintió en conocer al pretendiente, incluso en iniciar un noviazgo. Puede ser verdad; puede que Rachele, en las vísperas de la presentación formal, conmovida por los argumentos familiares (especialmente los referidos a la salud del hermano), diera a sus padres el sí provisional de una niña que, en la ingenuidad de su edad, no entendía bien lo que le esperaba. Me da la impresión de que, por más que a esas alturas ya tenía suficientes mimbres para intuir lo que se avecinaba, no terminaría de creérselo y mucho menos pensaría que sus padres la forzarían a casarse.
 
La presentación fue en noviembre de 1921 en la casa de la tía Concetta, hermana menor de Anna, la madre; el domicilio de Rachele no reunía las condiciones mínimas para una recepción de esta naturaleza. Asistieron los futuros esposos y sus respectivos padres y también, lógicamente, el matrimonio anfitrión, los Suriani. Los dos hijos, Marcantonio, de 20 años, y Francesca de 17 estaban en casa pero probablemente solo permanecerían un rato en el salón. Al fin y al cabo, era una transacción entre adultos; Rachele era poco más que el objeto del pacto. Todos los testimonios –salvo el del propio Caligiuri que no se debía enterar de nada o su orgullo le impediría admitirlo– confirman que la impresión que la chica recibió del que había de ser su marido fue pésima; le pareció muy feo, bajito –ella era alta–, de aspecto enfermizo y cegato, ridículo. Pretexto alguna excusa y huyó del salón a refugiarse en la habitación de su prima con la que guardaba una relación estrecha, de confianza, pese a ser tres años mayor, mucho a esa edad. La veo arrojándose en brazos de Francesca, llorando de rabia y angustia. No quiero casarme con ése, diría, es muy feo y además raro. La prima la serenó, le dijo que no era tan feo y le insistió en que le convenía casarse con él, tanto por su bien como por el de la familia. Rachele volvería al salón y aguantaría la que supongo que sería una reunión aburrida y ceremoniosa, plagada de frases huecas, tópicos manidos y silencios incómodos. Una tortura para una chiquilla de catorce años. Ella, por supuesto, estuvo fría y callada, seguramente con la cabeza baja y rehuyendo las miradas. Menos explicable es que Renato, por su parte, se mantuviera también rígido, sin hacer ningún intento por mostrarse simpático, por agradar a Rachele. En realidad, como él mismo declaró, lo único que importaba de ese acto preliminar era oficializar el noviazgo. 
 
Desde luego, para todos fue evidente que a la niña le desagradaba profundamente el joven con quien la querían casar. Ante el Tribunal, Rachele aseguró que desde esa tarde dejó clara la aversión que sentía. Caligiuri, sin embargo, declaró que no se percató en absoluto de ese rechazo porque, de haberlo notado, no habría consentido en casarse. Por muy pagado que estuviera de sí mismo, por muy tonto que fuera, no parece creíble que se engañara tanto. Más verosímil resulta que dijera esas patrañas para no quedar como lo que realmente era: un desgraciado ruin y egoísta que se había encaprichado de una niña sin respetar en nada sus sentimientos. De hecho, hasta su madre se dio cuenta de lo que había y me barrunto que algo le diría regresando a su domicilio, pero al hijo le entraría por un oído y le saldría por el otro, tan obtusa y terca era su vanidad (además, parece que menospreciaba a la madre). Cuando los Caligiuri se fueron, Rachele explotó y, entre hipidos y lágrimas, repetía que no quería casarse con ese tipejo. Me representó la escena: Ernesto enrojeciendo de ira ante la terca rebeldía de su hija, su cuñado calmándolo para evitar daños mayores, Anna, Concetta y Francesca –madre, tía y prima– rodeando en actitud protectora a la niña, intentando tranquilizarla y, con buenas palabras, convencerla de que había de seguir adelante con ese noviazgo. Ahora te parece feo y le tienes aversión pero verás que con el tiempo le irás cogiendo afecto, el amor surge poco a poco. En fin, que con buenas y malas palabras, con gestos cariñosos y amenazantes, lograron consolar a Rachele y que aceptara –más bien que se resignara– su nuevo estado. Ese día empezó el noviazgo que, como mandaban los buenos usos y más siendo tan tierna la edad de la prometida, se fijó en un año. Largo plazo para una adolescente; quizá que la boda fuera tan lejana contribuyó a que accediera.
 
El noviazgo de entonces consistía fundamentalmente en un rito de visitas del prometido a la casa de la prometida; allí los novios pasaban el rato hablando de vacuidades y siempre con la presencia de algún familiar (las más de las veces, supongo que sería Anna, la madre). También, durante ese año, hubo algunas visitas –menos– de Rachele, escoltada por Anna, a la casa de los Caligiuri. Obviamente, los adultos habían de estar presente para prevenir muestras de afecto que pudieran atentar al decoro, riesgo que no existía en este caso: a Rachele lo que menos le podía apetecer es que Renato la acariciara o besara y éste debía ser, además de muy apocado, hombre de muy reducida libido. Ahora bien, las cartas que le escribió desde el principio (y que se presentaron durante el proceso de nulidad) muestran un Renato enamorado hasta las trancas que se lamenta amargamente de no ser correspondido. “Cuando estás junto a mí, me aíslo de todos y de todo y no vivo más que para ese instante intenso en el cual puedo mirar en tus limpios ojos serenos tu alma sencilla y buena”; “Lina mía, te adoro, enloqueceré si no me amas”; “durante la velada, te comportaste como si fuésemos extraños”; “esa cortesía glacial que usas cuando estamos juntos” … 
 
Pero en esas cartas, que corresponden al primer mes de noviazgo, también consta que la novia a veces se portaba cariñosamente, que estaba al lado de su prometido “educada, desenvuelta y sonriente” e incluso, al menos en una ocasión, lo “recibió con una luminosa sonrisa de amor” (o eso le pareció a Renato). Rachele explicó al Tribunal que sus muestras de afecto fueron siempre debidas a las presiones y amenazas de su padre, temeroso de que Caligiuri, al convencerse de que no le quería, rompiera el compromiso. Así, hay una carta del 13 de diciembre en que ella le asegura que lo ama mucho, que no debe dudar de cuanto lo quiere; pero esa carta, según declaró, fue dictada por su padre (añadió además que por su escasa formación escolar no era por entonces capaz de redactar). Más o menos lo mismo vino a confirmar Saverio Marincola, que calificó a su prima como casi analfabeta y que era el padre quien escribía las cartas a lápiz para que luego ella pasara la pluma por encima de las letras. Aunque hay pocos testimonios, parece que hasta fin de ese año de 1921 y puede que algo más, hubo una dura pugna entre de Ernesto con Rachele para convencerla –por las buenas o por las malas– de que tenía que engatusar al Caliguiri. No terminaba el padre de conseguirlo, como demuestran las quejas del novio. Incluso, algunos desplantes de la chica eran causa de que, de regreso a su casa, Renato sufriera ataques nerviosos con convulsiones; entonces, su padre iba a protestarle a Ernesto y éste castigaría a la chica, conminándola a que cambiara de actitud. 
 
Ya hacia mediados o finales de enero del 22, el pretendiente parece haberse convencido de que su novia lo quiere y achaca sus malhumores o tristezas a que él es aburrido y melancólico, no a falta de amor. Da la impresión de que en esa primera etapa del noviazgo Rachele fue domada, sometida a la voluntad de su familia. No descarto que hasta pudiera haberse resignado y, llegado a ese punto, que por momentos pudiera sentir algo de aprecio por ese con quien no tenía más salida que casarse (hacer de la necesidad virtud). Si pensamos en cómo era tratada por su padre, parece admisible que salir de su casa, aún para vivir con un marido que le repugnaba, fuera una opción con algunas ventajas; quizá calculara que podría manejar a Caligiuri y organizarse una vida más o menos aceptables. En todo caso, por muchos vaivenes de su ánimo, la aversión de Rachele no desapareció y afloró repetidamente en los siguientes meses previos a la boda.

sábado, 17 de abril de 2021

Absurdo e imposible

Hoy se cumplen dos meses de la muerte de Luisa, 59 días de tristeza inmensa y casi incesante porque hasta en los breves ratos en que algo me tiene entretenido y los pensamientos se distraen de su obsesivo objeto la llevo de fondo, sorda pero presente. La echo en falta en cada momento, cada cosa que hago la hago pensando en ella, para ella, esperando que me diga qué le parece, incluso oyéndola decírmelo. Sé –es obvio– que todavía no he aceptado que se haya ido, que no voy a volver a verla. Por más que sepa que está muerta, no soy capaz de digerir esa realidad. Es como si estuviera ante algo absurdo, imposible –cómo Luisa va a estar muerta, es absurdo, es imposible– que, por tanto, no puedes creer. No sé, como si de pronto alguno de mis perros empezara a hablarme con perfecta dicción y absoluta congruencia. En realidad es así, pero justo al contrario. Porque cuando algo es absurdo lo es porque va contra la razón y, en este caso, se trata de un absurdo emocional, del corazón. Luisa ha muerto como consecuencia absolutamente lógica y previsible del maldito glioblastoma; no hay nada absurdo, nada imposible en ese final (más bien, por lo que parece, casi lo imposible habría sido que hubiera sobrevivido al tumor asesino). Pero por más que mi razón me diga eso, mi yo más profundo (radique en el corazón o, más probablemente, en las tripas) dice que no, que es absurdo, que es imposible. 
 
Y cuando lo absurdo, lo imposible, se te impone, no entiendes nada porque se te rompe la estructura que te soporta, te articula, te mantiene íntegro y, sobre todo, te da sentido. De modo que, de pronto, te quedas sin apoyo y dejas de tener sentido pues lo que creías que lo tenía no lo tiene, es absurdo. Lo imposible no solo es posible, es real pero entonces, la realidad no era la que creía, esa que estaba llena de ella porque era ella la que aportaba ese ingrediente mágico –era amor, claro– que la dotaba de sentido. Dice Janet Winterson que perder a alguien a quien amas cambia tu vida para siempre. No es solo la vida, es la realidad toda la que ha cambiado, como si se hubiera vaciado de sentido y por supuesto de belleza. Me siento como Keanu Reeves cuando descubre la descarnada y espantosa realidad de Matrix. Así de fea, de vacía, es la realidad sin ella. Winterson habla de un hueco que no se va a llenar nunca. Me parece acertado hablar de hueco pues el hueco, el vacío, es lo que no es, lo que fue y ya no es, ha dejado de ser. Y en efecto, mi sentimiento más intenso es carencia, oquedad. Un vacío que duele –que duele muchísimo, como nunca antes nada me había dolido–; un vacío que duele como si me estuviera desgarrando por dentro, vaciándome a dentelladas. Me viene a la mente la conocida proposición de Spinoza –“cada cosa se esfuerza en perseverar en su ser”– y se me ocurre que la muerte de Luisa ha roto mi ser, lo está destruyendo, lo acerca a su negación, a la nada. Y quizá por eso me duele tanto. 
 
Este dolor del vacío me hace ver también cuánto de mi propio ser era Luisa. Mientras vivía no lo supe. Sabía que la amaba, desde luego, pero no imaginaba que tanto y, sobre todo, no me di cuenta de que se había fundido tan íntimamente conmigo que era yo; nunca se me pasó por la cabeza –ni siquiera en los meses terribles de la enfermedad– que al perderla no la perdía solo a ella sino que perdía parte –sin duda la mejor parte– de mí mismo. Ahora sé perfectamente cómo y cuándo Luisa entró en mí (además, ya lo he contado). Luego, a lo largo de quince años, ocurren muchas cosas, no siempre buenas, y te olvidas, imbécil, de valorar lo que tienes como se merece, de cuidar el amor, de amar mejor. En estos días últimos he empezado con los reproches, pero de eso hablaré más adelante. Hoy, al cumplirse los dos primeros meses, lo que quiero es protestar a gritos contra una muerte absurda, contra la puta vida que se empeña en hacer real lo que era (tenía que ser) imposible. Sé que este dolor lacerante irá poco a poco desvaneciéndose, sé que iré aceptando que Luisa no está, sé que incluso recompondré los pedazos rotos de mi ser, aunque el hueco seguirá para siempre. Quiero pensar que hasta conseguiré “integrar” la ausencia de Luisa y la llevaré conmigo, como fuente de amor, paz y motivación. Pero hoy siento la rabia de la impotencia, clamo indignado contra el absurdo, me rebelo inútilmente contra el imposible que no lo fue. Y lloro.

martes, 13 de abril de 2021

La Nonna (2)

Tengo la impresión de que ya desde muy jovencita, el carácter de Rachele Marincola era duro y frío. Era aún una niña y, como tal, pervivían en ella vestigios de ternura, debilidad, temor … Pero ya se estaba forjando una fortaleza interior construida a costa del rechazo al sentimentalismo, que sabía que le sería necesaria para sobrevivir. Es natural que un niño cuya vida cotidiana ha sido vapuleada hasta esos extremos, si no se derrumba anímicamente, endurezca su carácter. En el caso de Rachele, intuyo que se suma lo que cabría llamar “conciencia de clase”, el saberse de un estatus superior que no se correspondía con la miseria material de su vida. Añádase que era una chica viva e inteligente, además de muy guapa; dones que reforzarían su convencimiento de merecer una existencia mucho mejor. Estas notas de su personalidad todavía infantil vienen confirmadas por diversos testigos durante el proceso de la nulidad matrimonial. De todos ellos, el que más me ha llamado la atención es el de una vecina de los Marincola que dijo que “la hija, cuando los padres se peleaban, en vez de alarmarse o conmoverse, permanecía impasible, en una actitud casi cínica; no creo que les tuviera miedo”. 
 
Esa niña tenía trece años en el otoño de 1920, cuando por primera vez la vio Renato Caligiuri, un recién licenciado en letras de veintidós años y, según declaró al tribunal eclesiástico, “le suscitó afecto”. Dispongo de muy poca información sobre la situación familiar de los Caligiuri. Se trata de un apellido conocido en Calabria pero no nobiliario como Marincola. De hecho, según uno de los testigos, los Caligiuri eran una familia modesta pero con un discreto patrimonio, y Renato hijo único, adorado y mimado. No quedan claros los pormenores de ese primer encuentro: algunos testigos dicen que fue en un recital diurno en un teatro, otros que se cruzaron por la calles. Si fue lo último, tras ver el plano de Catanzaro y leer un poquillo sobre su evolución urbana, me atrevo a apostar que sería en el Corso Mazzini, vía principal que atraviesa el casco histórico medieval y que se abrió a principios del XX; en fotos de la época se aprecia esa calle atestada de viandantes, de modo que no es aventurado suponer que fuera el escenario preferido de los paseos ciudadanos, el lugar donde se cruzaban miradas los solteros de buena familia, rito previo al cortejo formal. Supongo que Rachele iría acompañada por su madre o de alguna otra pariente adulta; por más que los padres estuvieran casi en la ruina no iban a dejarla que se paseara sola. Supongo también que la niña se daría cuenta de que despertaba la atención de ese joven feucho y bajito, muy delgado y de aspecto enfermizo (así lo describiría al Tribunal); no le atraería en absoluto pero no descarto que, por coquetería congénita, pudiera haberle regalado alguna sonrisa inocente que haya animado a Caligiuri a dar el siguiente paso. 
 
Lo primero que hizo Renato después de quedar deslumbrado fue informarse sobre esa chiquilla. Informarse, allí y entonces, significaría preguntar por los vínculos familiares de Rachele y enterarse de los dos datos fundamentales: que pertenecía a una familia de alcurnia –por tanto, un partido socialmente aceptable– y que esa familia estaba en una gravísima situación económica, lo que colocaba al pretendiente en  posición ventajosa. Tras hacer las pertinentes gestiones y decidir que quería desposarla aunque solo la conociera de vista y por referencias, Renato, siguiendo la costumbre, envió a dos personas honorables a pedir su mano; pero estos dos señores –un commendatore y un dottore– no fueron a ver a los padres de Rachele, sino a Domenico, el hermano mayor de Anna, y que sería algo así como el capo de la familia Marincola. Estamos en la Calabria de principios de siglo que no debía ser muy diferente de la Sicilia de la que escapa Vito Corleone en la segunda parte del Padrino. Domenico habló con Ernesto, pero esta primera petición fue denegada. Según declararon los padres, porque su hija era demasiado niña para casarse; según Caligiuri, porque los Marincola tenían vergüenza de que el pretendiente conociese su estado de miseria que, además, les imposibilitaba aportar dote ninguna a la boda. Vistos los testimonios durante el juicio, me da la impresión que a Rachele ni siquiera se le informaría; lo que no aseguraría, en cambio, es que no se enterara, me da la impresión de que estaba muy al corriente de lo que pasaba en su familia. 
 
El segundo intento fue unos siete meses después, calculo que hacia el otoño del 21, con Rachele ya de catorce años. Esta vez Ernesto Marincola acepta la propuesta. Ciertamente, la chica era un año mayor, pero no suficiente para pasar de demasiado joven a simplemente joven; pero han surgido nuevos factores. El primero –que es el que más se repitió durante el proceso de nulidad– que el hermano Totò había vuelto a casa de la Guerra, enfermo de tuberculosis. Por aquel entonces, la tisis era una enfermedad mortal para muchos de los que la contraían; si bien desde finales del XIX se conocía el bacilo que lo causaba, no se lograron las primeras vacunas hasta acabada la Gran Guerra y aun hubo que esperar hasta el descubrimiento de la estreptomicina en 1946 para contar con un antibiótico eficaz. Bien es verdad que por esos años, la incidencia de la tuberculosis había disminuido, gracias a las mejoras en los hábitos alimenticios e higiénicos; de hecho, el problema más grave de salud pública de entonces fue la famosa gripe española. Pero la tisis seguía siendo una enfermedad muy grave y altamente infecciosa. No he logrado averiguar casi nada de Totò, el hermano mayor de Rachele. Si había enfermado sirviendo en la Gran Guerra, calculo que habría nacido en los últimos años del XIX (al inicio del matrimonio de sus padres) y tendría poco más de veinte años. La contienda finalizó para los italianos en noviembre de 1918 tras la rendición de los austrohúngaros. ¿Dónde estuvo Antonio Maríncola desde esa fecha hasta que llegó a Catanzaro, probablemente en 1921? No lo sé, pero se me ocurre que quizá en algún sanatorio militar, quizá por los Alpes italianos, ya que se recomendaba el clima de la montaña para curar a los tuberculosos. En todo caso, cuando por segunda vez Caligiuri hace su propuesta matrimonial, el enfermo está en casa y los padres están preocupados –o dicen estarlo– ante el riesgo de que la hija pequeña se contagie. Casarla se presenta ahora como una solución deseable para proteger su salud. 
 
Sin embargo, no me convence. Si tanto les preocupaba que la chica enfermase, había otras alternativas bastante menos radicales que forzarla a una boda; la más obvia, que la acogiese cualquier familiar, lo que no habría sido muy complicado. De hecho, Rachele convivió con su hermano enfermo durante el año que duró el noviazgo (a lo que hay que sumar los meses que Totò llevara ya en casa) sin que ni los padres ni el prometido manifestaran ningún temor; lo cierto es que ninguno se contagió. Por eso pienso que había otros y más importantes argumentos en la decisión familiar; el fundamental, en mi opinión, fue el económico: Rachele fue vendida al Caligiuri para facilitar la mejora material de la familia Marincola. El propio Renato contó al Tribunal –y a este respecto no hay motivo para no creerle– que, conocida la razón del primer rechazo, se ofreció a liberar a la chica de aquella situación dolorosa a su costa. Ernesto admitió asimismo que se la entregaron a Caligiuri porque la aceptaba sin dote, mientras que cualquier otro la habría exigido y no estaba en condiciones de aportarla. E incluso, de la lectura de algunos testimonios, se capta entre líneas que los Caligiuri, una vez formalizado el compromiso, pudieron contribuir directamente a la economía de los Marincola. Parece que el padre de Renato no puso objeciones a cuantos gastos contribuyeran a satisfacer el deseo de casamiento de su hijo.
 
De todos modos, por más que desde la óptica actual ese comportamiento paterno nos repugne, es compatible con que Ernesto y Anna creyeran estar haciendo lo mejor para el futuro de su hija. En la mentalidad de esos años –y más en el atrasado Sur italiano– el bienestar y felicidad de Rachele pasaba necesariamente por hacer una buena boda y, dada la situación familiar, el del Caligiuri se presentaba como el mejor partido posible. Esa conclusión fue reforzada por la autoridad familiar del tío Domenico, como confirmó en el proceso su hijo. Y si hemos de creer a otro de los testigos, Giuseppe Colao, médico de los Caligiuri, fue Domenico quien, casi con violencia, impuso a los padres que forzaran a la hija a casarse, como si estos no terminaran por si solos de decidirse. No sé si creerlo, aunque cabe imaginar que el hermano mayor de Anna estaría indignado con su cuñado y deseara sustraer a su sobrina de un futuro miserable. En todo caso, no tiene demasiada importancia; lo cierto es que, con más o menos dudas, cuando Renato solicitó por segunda vez la mano de Rachele hubo consenso unánime entre los Marincola para casarla.